¡Hola! ¿Como estan? Ya les traigo el nuevo capí, que lo disfruten :D
Gracias por los reviews, favs y follows.
No olviden que tenemos un grupo en fb del fic, lo encontraran con el nombre de la primera temporada.
Cheers!
Soundtrack del Capitulo.
"Como hemos cambiado" SBE www youtube com/ watch?v=DNAJFg-gVPE
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Capitulo beteado por Patto Moleres. Betas FFAD
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Algunos de los personajes no me pertenecen, provienen de la maravillosa imaginacion de la gran Stephenie Meyer; la historia es completamente mia.
Las avenidas, ciudades y barrios de Los Angeles mencionados en la historia son verdaderos.
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Bella POV:
Envié a mi marido por un pastelito de chocolate mientras yo iba al consultorio de Tia y sacaba mi ficha. Ese día tendría un nuevo ultrasonido en el que esperaba que Bodoque nos dejara saber si era un guapo niñito o una preciosa niñita.
—Buenos días —saludé—. Tengo cita con la doctora Collins.
—¿Su nombre? —respondió la secretaría con voz cansada.
—Isabella Cullen.
—La doctora la recibirá en un momento. Tomé asiento, por favor.
—Claro. —Fui a sentarme a una de esas incomodísimas sillas de la sala de espera, junto a mí estaba una mujer morena con una enorme barriga y que le daba un jugo a una niña pequeña de coletas. Edward llegó al poco rato con una caja de Unicel y un portavasos con dos de estos.
—¿Ya te vio, amor? —me preguntó.
—No, aún no. Está en consulta. Estoy nerviosa, mi amor, ya quiero saber que es.
—Yo también, cielo —respondió mi marido acariciando mi vientre—. Así mi hermosa esposa va a poder soltar toda su inspiración en la habitación.
Reí.
—No me des ideas, Cullen, que sabes que soy capaz. Pero sí, tengo muchísimas ideas para la habitación; si es niña, probablemente será blanca o lila, tal vez; pero no quiero ningún rosa.
Edward suspiró aliviado.
—Eso me alegra, cariño. Pensaba que le ibas a inculcar el rosa desde bebé.
—¡Obvio que no! Jamás le haría eso a mi bebé, es un cliché demasiado usado.
—¿Y si es niño?
—Blanca. Quiero que cuando crezca, sea niño o niña, tenga la oportunidad de adornarla como quiera, sin la necesidad de quitar pinturas; quizá si ponga alguna cenefa o algo por el estilo, muy de bebé, pero no hacerlo o hacerla sentir así cuando tenga trece años.
—En eso tienes razón, amor.
Esperamos unos minutos hasta que Tia salió detrás de una paciente y nos dejó entrar. Nos sentamos frente a su escritorio después de saludarla y comenzó con las preguntas y revisiones de rutina.
La primera imagen que tuvimos del ultrasonido fueron dos pequeños piececitos con cinco deditos cada uno, reí al verlos. Tia llevó el aparato hacia arriba y nos topamos con la cabecita; tenía sus ojitos cerrados y su pulgar dentro de su boca.
—¡Es tan precioso! —exclamé—. Mira como se mueve, mi amor.
—¿Lo estas sintiendo, Bella? —me preguntó la doctora. Asentí. De pronto, sus ojitos se abrieron y comenzó a moverse más. Edward exclamó un "vaya" en voz baja mientras veíamos a nuestro bebé tener una fiesta dentro mí—. Hola, bebé —dijo Tia moviendo el aparato, se detuvo cuando llegó a la pancita de Bodoque—. ¿Quieren saberlo o prefieren esperar?
—Por el bien de mi salud mental, Tia, déjanos saber que será —le pidió mi esposo. Reí y extendí una mano posándola en su mejilla.
—Bueno, chicos. ¿Listos? —nos preguntó. Asentimos. El aparato comenzó a moverse, buscando el ángulo perfecto pese a tanto movimiento de Bodoque. ¡Y lo encontró!—. Ya casi, ya casi —murmuró moviendo el aparato. Se detuvo cuando vio esa prueba del sexo de mi bebé— ¡Y ahí está! Edward, Isabella; saluden a su princesa.
—¡Oh, por Dios! —exclamé.
—¿Es una niña? —preguntó Edward.
—Una preciosa niña, Edward.
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Kebi estaba desde hace dos horas en mi residencia ayudándome a planear el aniversario de la empresa y... el baby shower. Tenía seis meses de embarazo, y cuando menos lo pensara ya estaría dando a luz, por lo que todo debía ser planeado con anticipación. Ahora que ya sabíamos que tendríamos una niña, iba a ser más fácil organizar la fiesta, poner la mesa de regalos (asegurándome que no le regalaran a mi bebita nada rosa), decorar su habitación, y mientras hacía todo eso, también tenía que planear la cena de Año Nuevo.
¡Vaya! Qué año tan más ocupado hemos tenido.
—¿Dónde vas a hacer el Baby Shower? —me preguntó.
—Estoy pensando en hacerlo en el pent-house. Es lo suficientemente espacioso incluso con todos los muebles dentro; podemos hacer que los bajen al sótano para poner algunas mesas y sillas.
—Perfecto, yo me encargaré de eso. Tengo noticias sobre el Aniversario: ya conseguí el catering.
—¡Oh, genial! ¿Cuál es el menú?
—Un buffet como el año pasado. Esme me dijo que todos amaron ese detalle así que me pareció buena idea repetirlo.
Asentí. En ese momento Livaldo y Victor —el mayordomo— entraron de espaldas a la sala cargando un enorme oso de peluche; detrás venía Edward cargando cajas de regalo. Los miré confundida a todos mientras el chofer y el mayordomo acomodaban el oso blanco y marfil con un moñito dorado.
—¿Qué es todo esto? —pregunté entre risas viendo al jardinero y a algunas mucamas entrar con más cajas.
—Regalos —dijo Edward encogiéndose de hombros.
—¿Regalos?
—Si —respondió inclinándose para darme un beso.
—¡Estás loco! —le grité.
—No todo es obra mía, princesa; la mayoría los envió tu familia y la mía.
—¿Y qué me dices del oso? Ni en mil años mi familia enviaría esa cosa en avión desde Seattle hasta acá, y ni me hagas hablar de la tuya.
—Bien, el oso fue mi culpa. Pero sólo me adelanté a tus planes, ¿ya viste lo que tiene grabado en el moño?
Lo puso delante de mí y le tomé un lado de la cinta.
—¡No es cierto! —exclamé. Kebi, que lo estaba mirando conmigo, estalló en carcajadas—. Te amo, príncipe, pero a veces eres demasiado.
Edward rió.
—Yo también te amo, mi reina.
Miré al oso quien me miraba con ojos tiernos. Asentí entre risas.
—Es precioso.
—Sabía que te iba a encantar. Y más el lazo.
Kebi lanzó unas risitas.
—Saca todas estas cajas de mi vista, por favor, cielo. Me van a volver loca —le pedí.
—Claro, amor. —Me dio un beso en la mejilla—. ¿Cuándo comienzan a trabajar en la habitación de la niña? —me preguntó. Llamó a Livaldo, Victor y a John para que le ayudaran.
—Hoy empezaron, de hecho; así que suban todo eso a las habitaciones de huéspedes, por favor.
—Como diga, señorita —respondió el mayordomo. Le pedí a mi marido que se quedara para que Kebi nos siguiera poniendo al corriente con la planificación del Aniversario; Edward quedó encantado con todo lo que teníamos pensado este año y cuando le contamos sobre el Baby Shower, él nos dio ideas tal y como lo había hecho con la boda cuando recién nos enteramos que estábamos esperando a nuestra princesa... Parecía toda una vida atrás.
—Señorita, el té está servido en el jardín —me dijo una de las mucamas.
—Gracias, Kaure —respondí—. ¿Vienes, Kebi?
—Claro.
Edward me ayudó a levantarme del sillón y caminamos al jardín hablando sobre trivialidades; había tres tazas servidas con un platón enorme de galletas. Mi marido me retiró la silla, me senté y después la acercó a la mesa, el mayordomo hizo lo mismo con Kebi por lo que Edward se sentó inmediatamente a mi lado.
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Salí de mi clase de Economía y me dirigí inmediatamente a la biblioteca por que debía hacer un trabajo de esa clase y entregarlo lo más pronto posible.
Dejaba la Universidad en unas semanas y no podía darme el lujo de atrasarme en la entrega de tareas y proyectos. Entré a la sala y fui inmediatamente a la zona de Economía de donde saqué dos libros, ya salía del pasillo cuando choqué con alguien que venía mirando los estantes. Los libros y mi carpeta se cayeron desparramándose en el suelo de madera.
—¡Cuanto lo siento! —murmuró el chico—. No te inclines, yo lo levanto.
—No puedo hacerlo, de todos modos —respondí mirando hacia abajo. El chico se levantó con mis libros y la carpeta morada en las manos y me los dio.
—Disculpa.
—No importa, fue un accidente —le aseguré.
—Mierda, ¿dónde están mis modales? Soy Embry.
—Isabella. Si vienes a hacer el trabajo del profesor Vaner los mejores libros son los del último estante, segunda fila.
—Gracias por el consejo. Y de nuevo, disculpa mi distracción.
—No fue nada —murmuré una despedida y salí del pasillo caminando a una de las mesas. Ya finalmente sentada, dejé mi bolso sobre la mesa de madera, saqué mi iPod, mis audífonos y mis plumas; puse música y comencé a leer sacando un largo y exitoso resumen sobre las diversas caídas que ha tenido la bolsa alrededor del mundo.
Esta materia en específico es realmente aburrida, pero estoy estudiando Administración de Empresas junto a Diseño de Interiores para poder cumplir uno de los mayores sueños que tenía mi madrina: emplear su conocimiento en la administración con lo que más le gustaba hacer, decorar. Si lo veo desde el lado egoísta, también se había convertido en mi sueño; Elizabeth me hablaba tanto sobre ello que terminé amando la idea y por esa razón no dude al elegir mi futuro. No quería ser la típica esposa ejemplar del empresario que sólo asiste a las fiestas como un acompañamiento y se queda en casa para cuidar a los niños, y estoy segura que Edward no me permitiría hacer eso... Aunque en este momento mi maridito sea un completo manojo de nervios imaginándose los peores escenarios en los que yo podría dar a luz y lo único que prefiere es que yo me quede a descansar en casa y dejarme consentir como la reina que soy...
No lo sé, el pobrecito se me va a volver loco si no le baja unas décimas a su puta histeria.
El chico con el que choqué, el tal Embry había llegado hace un rato y se sentó frente a mí, pero al darse cuenta que yo estaba ensimismada en el resumen y con el sentido del oído concentrado en los audífonos, se dedicó a lo suyo, ignorando mi presencia para no desconcentrarme. Después de unos minutos, opté por dejar el trabajo por ahora; cerré mi carpeta, tomé los libros y saqué mi credencial de mi bolso. Fui al escritorio de la bibliotecaria y le dejé los libros encima, ella los registró a mi nombre y después me dejó ir.
Me encontré con Angela al salir. Ella me saludó efusivamente y después enredó su brazo con el mío para ir a la cafetería.
—¿Sabes? Me siento un poco... extraña —soltó de repente.
—¿Extraña? ¿Por el cambio?
—Exacto. ¿Tú no?
—Ang, me casé, estoy embarazada y la que yo creía mi mejor amiga me odia. No me hables de cambios —le dije. Ella rió.
—Buen punto. De todos nosotros, tu vida fue la que más cambio, pero para bien, Belly.
—No me estoy quejando, Angie. Amo a Edward, a mi Bodoque y pasé de una vida maravillosa a una fabulosamente perfecta.
—¿Incluso con tus veinte años?
—Incluso con mis veinte años. Vamos a almorzar ya que Bodoque y yo morimos de hambre.
—¡Échale la culpa a Bodoque! —exclamó tomando una de las charolas blancas. Reí y caminé hacia la fila del almuerzo.
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Edward estaba en el estacionamiento de la Universidad cuando salí acompañada de mis amigos. Me despedí de ellos rápidamente y corrí hacia mi marido; él me recibió con un abrazo y un beso.
—¿Cómo te fue, mi amor? —me preguntó.
—Igual. Tengo que entregar mañana un trabajo de Economía y voy a necesitar toda tu ayuda.
—Bueno, entonces vamos a casa. Me enteré que Grace y Kaure están preparando un almuerzo italiano exquisito.
Gemí.
—No le puedes decir eso a una mujer embarazada, Cullen —me quejé subiendo al auto. Mi esposo rió y me ayudó a asegurarme el cinturón antes de subir a su lugar.
Mi papá nos había aconsejado mantenerme en los asientos traseros así no corría peligro en los embotellamientos cuando Edward frenara de repente, lo cual es muy común en la ciudad de Los Angeles, Californía en plena hora pico y cuando te diriges a Bel Air. ¡Es un infierno!
Edward entró al estacionamiento de nuestra residencia, bajó, me abrió la puerta y me ayudó a bajar. Ya no iba a regresar a la empresa por hoy pues estaba decidido que ambos nos quedaríamos en casa a disfrutar de Bodoquita y de nosotros; porque una vez que nuestra pequeñita llegara, ella sería el centro de nuestro universo.
Su habitación iba mejor de lo que pensaba. No había ni una sola gota de color rosa ahí dentro lo cual era genial; el problema surgió cuando fuimos a hacer la mesa de regalos para el Baby Shower. Erigimos cosas en colores neutros y unisex para no dar ninguna pista del sexo y que todos pensaran que ni nosotros lo sabíamos, íbamos bien hasta que se nos ocurrió confundirlos buscando regalos específicamente para niño y niña... Mucho azul y rosa... Me traumé.
Fuimos a nuestra habitación donde me dirigí directamente al escritorio para terminar el trabajo de Economía. Edward se quedó a mi lado ayudándome con eso y dándome más datos que ampliaban los de los libros. Terminé rápido, metí las hojas a una carpeta transparente color morada, ya marcada con mi nombre, grupo y carrera; me recosté con mi marido en la cama hasta que unos golpecitos en la puerta de la enorme habitación principal nos interrumpieron.
—Adelante —dijo Edward. Victor abrió la puerta, miró por la habitación hasta que nos vio sentados sobre las colchas.
—La cena esta lista, señores —nos dijo el mayordomo manteniéndose de pie en la entrada.
—Que la sirvan aquí, Victor, por favor.
—Como ordene, señor. Permiso. —Hizo una reverencia y se fue.
—¿Vamos a cenar aquí?
—Claro, princesa, ¿por qué no?
Reí.
—¡Perfecto! No tengo ninguna intención de bajar. Y Bodoque tampoco —dije mientras me movía a la orilla de la cama para levantarme. Edward rió y me tomó de las manos jalándome suavemente.
Las mucamas entraron y acomodaron la cena en la mesita que teníamos frente a la cama. Desde mi cumpleaños tengo una severa obsesión con los ravioles y Grace y Kaure me consienten preparándolos de diferente manera cada que pueden; Edward no se queja y come tanta pastal como yo sin decir ni pio. ¿Ya dije que mi bello maridito ha subido unos cuantos kilos desde que regresamos de Guadalajara? Es divertido por que se le han estado antojando las mismas cosas que a mí, incluso unas más raras, puede pasar todo el día comiendo.
Jasper y Emmett se burlan de él diciendo que parece un hombre embarazado, o que terminará igual de barrigón que yo... Eso dolió, y mucho. Mi papá le dice que con una mujer embarazada en la familia tenemos suficiente y Carlisle simplemente se divierte recordando como él y Esme pasaron por lo mismo cuando Edward venía en camino.
"Lo bueno es que no estás hormonal", le había dicho Kate hace una semana. Y juro que vi que mi esposo hizo un pucherito y sus ojitos se humedecieron. Sí, sí estaba hormonal, e igual de histérico que yo según los chicos.
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—Bells, deberías hablar con Alice, solucionar todo. Volver a ser las amigas de antes —me dijo Angela mientras caminábamos juntas al comedor de la Universidad. Suspiré. Sólo había visto a Alice unas cinco veces en todo este mes y sirvieron para que me diera cuenta que lo que pasa es mucho más que una simple discusión de amigas, ella en realidad me odia y no sé por qué; yo nada más me casé con el hombre que amo, al igual que ella, no tengo la culpa de que Edward haya decidido pedirme matrimonio dos semanas antes de la boda de mi hermano, y tampoco que ella haya dado por hecho cosas como que sería mi dama de honor o que iba a rogarle que regresara a la corte.
Desgraciadamente los muchachos ya se estaban dando cuenta de los inconvenientes que nuestra pelea le daba al grupo y habían formado un frente unido liderado por Emily, la lame botas de Alice, para que yo me disculpara con Alice, me arrastrara a sus pies y la dejara hacer de mí su fiel esclava...
¡Todos están locos si creen que yo, Isabella Marie Swan-Cullen, me voy a humillar disculpándome con Alice sobre algo que NO hice!
—¿Si sabes que yo no tuve la culpa de sus berrinches? ¿Te das cuenta que fue ella quien de un momento a otro se convirtió en eso? Angie, tú eres la más razonable de todos, ya habías entendido las razones de ambas para quedar solamente como cuñadas.
—¿Por qué? No pueden mandar todo al carajo. Ustedes eran...
—Exacto —la interrumpí—. Éramos, tiempo pasado. Después de todo lo que Alice le ha hecho a mi familia, el desplante de la casa y mi cumpleaños ya no puedo verla como mi amiga. ¿Sabes acaso como está mi mamá desde que Alice obligó a Jasper y Cynthia a irse de la casa?
Inconsolable. Así es como está mi mamá. No para de decir que ya era hora que el pollito mayor dejara el nido, pero mientras lo dice llora, y ni hablar de como está por Tyler, él era su oportunidad de volver a sentir lo que era tener a un bebé en sus brazos, en su casa.
Ilaria, mi papá, Edward y yo habíamos intentado por días comunicarnos con Jasper para que fuera a la casa a ver a mamá, para que le dijera que está bien aunque no sea cierto; pero al parecer el número de teléfono que Alice le dio a mi papá era falso y habían cambiado los celulares. Sólo teníamos la dirección, pero aún no queríamos llegar a esos extremos.
—Si se lo digo a Alice va a pensar que es chantaje.
—¿Y yo cuando te pedí que se lo dijeras a Alice? Conociéndola, se va a ir a quejar con Jasper de que estoy utilizando a mi mamá para chantajearlos y él en vez de ir a ver a mamá, me va a reclamar y vamos a terminar más peleados. No, gracias, mi paciencia es muy pequeña y casi inexistente para soportar esos reclamos sin sentido y dignos de un hombre manipulado.
—Mira, Bella, yo te entiendo; sé que tienes tus razones para que Alice este encabezando tu lista de personas no gratas, pero piensa en el grupo.
—¡Ay, Angela! ¿Sabes qué? Ya no tengo hambre y tampoco quiero estar soportando sus discursitos —le dije y me giré para irme. Fui al edificio donde tenía la clase de Economía, era a la última hora pero quería ver a mi marido y no tenía la paciencia para esperar hasta las tres de la tarde. Golpeé la puerta de la oficina del profesor y entré después de escuchar su autorización.
—Señorita Swan, ¿no tenemos clase hasta la una?
—Sí, señor Vanner, sólo vine a entregarle el trabajo que pidió. No me estoy sintiendo muy bien y necesito ir a casa —le dije extendiendo la carpeta donde estaba el ensayo que hice ayer con ayuda de Edward.
—De acuerdo, se lo acepto nada más porque es una situación especial y sé por experiencia propia lo insoportables que son los dolores de cabeza en el embarazo. Pero no lo haga una costumbre, señorita, se va en unas semanas y no es bueno que se pierda tantas clases.
—Se lo prometo, señor. Muchas gracias —respondí y me giré para irme.
—A usted, señorita Swan. Manejé con cuidado.
Asentí esbozando una pequeña sonrisa y salí cerrando la puerta detrás de mí. Una de las chicas que estaba en todas mis clases de Administración caminaba en mi dirección. Suspiré aliviada por habérmela encontrado.
—Rebecca, que bueno que te veo.
—Dime, Bella.
—Me estoy sintiendo un poco mal, así que me voy a mi casa. ¿Puedes decirle a los profes por mí? Ya hablé con el señor Vanner, me faltan los demás.
—Claro, Bella, no hay ningún problema. ¿Has ido a la enfermería?
—Ese no es el problema, dudo que tengan medicamentos apropiados para mí.
—¡Oh, claro! No es lo mismo.
—No —aclaré con una sonrisa. Esta chica como doctora, será excelente administradora—. Bueno, te veo mañana.
—Seguro. Que te mejores.
—Gracias.
No era del todo mentira que me sentía mal, este maldito dolor de cabeza que me daba intermitentemente era insoportable, y más cuando tuve que soportar un discurso, así que sí: Angela es la culpable. Y sin dejar de lado a Leah porque después de estar casi una hora mensajeándome, ya no me dejó dormir, bueno, nos. Edward también se quedó despierto conmigo.
Salí del campus rebuscando en mi bolso por las llaves de la camioneta. Le quité el seguro y me subí dejando todo en el asiento del copiloto.
La empresa no estaba muy lejos de la Universidad, así que no manejé tanto tiempo como lo hubiera hecho si me iba hasta mi casa. Entré al estacionamiento subterráneo de la empresa y fui al lugar que siempre tenía apartado a lado de Edward.
Bajé con cuidado tomando mi bolso y fui al elevador. No tardé nada en llegar, caminé a la oficina de mi marido y saludé a Zafrina abriendo la puerta.
—Buenas tardes, señorita Cullen —respondió. Le sonreí y entré.
—Hola, amor —saludé acercándome a él.
—Hola, mi reina —respondió abriéndome sus brazos. Me senté en su regazo—. ¿Saliste temprano?
—Algo así, la cabeza me está matando.
Mi marido me miró con ojitos de cachorrito y después me dio un besito en la sien. Se inclinó y abrió un cajón de su escritorio de donde sacó el frasquito para mis dolores de cabeza y le pidió a Zafrina que llevara un vaso con agua. La mujer entró con el vaso y lo dejó sobre el escritorio. Se fue. Edward dejó caer una de las pequeñas pastillitas amarillas en mi mano y después me dio el vaso, me tomé la pastilla y me acurruqué en sus brazos, él llevó su mano libre a mi pancita y comenzó a acariciarla. La bebé reaccionó encantada a los mimos de su papi y dejó de moverse para disfrutarlos.
—Una niña... —murmuró— Aún no lo puedo creer. Una pequeña princesita a la que mimar mucho.
Sonreí.
—Sólo no seas como mi papá o terminará igual que yo. Ya sabes que soy imposible.
—No eres imposible, mi amor. Te cuidaron mucho cuando eras niña e hicieron de ti una pequeña princesa, justo lo que eres.
Suspiré.
—Debemos pensar en nombres —dije cambiando el tema—. Tiene que combinar con Elizabeth.
—¿Algún pedido especial?
—Y que parezca de princesa.
—Es decir más de dos.
—¿Me crees capaz de hacer que mi bebé cargue con tres nombres? No respondas.
Edward rió entre dientes abriendo un archivo en su computadora. Era una lista de nombres muy bien escogidos tanto de niño como de niña, sus favoritos estaban subrayados y resaltados por lo que no fue difícil identificarlos. Sus favoritos también eran los míos desde que vimos otras listas así que nos pusimos de acuerdo muy rápido.
—¿Estos dos, reina?
—Sip —respondí asintiendo.
—Perfecto. Ya tenemos nombres para nuestra muñequita. —Se inclinó y besó suavemente mi vientre enorme— ¿Te gustan, hermosa? ¿Estás contentita con los nombres que mamá y yo elegimos para ti? Serás toda una princesa, mi amor, ya lo verás.
La bebé se movió dentro de mí respondiendo felizmente a las palabras y caricias de su papi. Sonreí y coloqué mi mano sobre la suya.
—Estoy segura de que los ama —murmuré. Mi marido me sonrió y me besó la frente.
Zafrina entró justo cuando los estábamos escribiendo en una hoja para no olvidarlos, ella le avisó a mi marido que ya lo estaban esperando en la sala de juntas.
—Voy para allá —respondió él. La secretaria asintió y salió. Nos levantamos—. No me tardo, princesa.
—Más te vale —advertí. Él sonrió y me dio un besito.
Lo vi salir apresurado y lancé unas risitas sentándome en su silla. Revisé mi correo en la computadora para ver si Kebi tenía más avances con el Aniversario y el Baby Shower. Y sí. El Aniversario ya estaba listo, podíamos hacerlo mañana si quisiéramos, las invitaciones llegaban entre hoy y mañana para que las repartiéramos, el club ya estaba apartado y sólo debíamos confirmar el menú del bufete.
Edward regresó después de media hora. Le mostré el correo de Kebi y las imágenes de los arreglos que nos había mandado, él estuvo de acuerdo con todo y agregó más opciones de comida al bufete. El tema iba a ser menos "otoño remilgado" como el año pasado que toda la familia Cullen metió su cuchara, ahora, como esposa del presidente, todo quedaba completamente a mi cargo y lo convertí en "otoño cálido". Íbamos a tener mucha madera, muchos tonos cafés, flores, vegetación típica de este periodo del año. Muy hermoso.
Regresamos a casa en la camioneta pues mi marido había llevado el Mercedes al mecánico hace unas horas por un extraño problemita que tenía en el motor. Cuando llegamos, Victor estaba recibiendo un enorme paquete en la puerta de la Mansión; Livaldo se llevó la camioneta a estacionar mientras nos acercábamos al mensajero y al mayordomo.
—Ellos son los señores —informó el mayordomo. Edward le pidió el recibo y él lo firmó mientras el mensajero ayudaba al mayordomo a meter el paquete, mi marido regresó el portapapeles y le dio la propina al chico quien salió de la residencia y se subió a la camioneta que lo había traído.
—Victor, ayúdame a abrirlo, por favor —le pidió Edward.
—Por supuesto, señor.
Entre los dos quitaron todas las cintas a la gigante caja plana, la apoyaron contra el barandal de las escaleras y sacaron el contenido. Era un enorme marco plateado adornado en las esquinas con una especie de yerba pintada de plata y blanco, dentro del marco había una preciosa pintura de la única difundida y más bella foto de nuestro compromiso; en ella estábamos Edward y yo abrazados, mi mano izquierda estaba sobre su pecho y nuestras cabezas estaban muy juntas.
Con el cuadro, salió volando una pequeña tarjetita, Victor se inclinó y la levantó sin siquiera soltar el marco y me la dio.
"Un atrasado regalo de bodas. Les deseamos toda la felicidad y el amor del mundo, que tengan una hermosa vida juntos y con toda la familia que han comenzado a formar. Muchas felicidades. La familia Black" —leí. Edward y yo nos miramos—. Jacob y Jessica —dije como única explicación.
—Es un detallazo.
—¿Detallazo? ¡Es más que eso! ¡Por Dios! Es el regalo más precioso que pudimos recibir, amor, y tu orgullo no te va a dejar negarlo.
Edward rió sacudiendo la cabeza.
—La verdad es que no. Pero dame unos minutos para sopesarlo.
—Bueno, en lo que lo sopesas, cuelga ese cuadro —ordené. Mi esposo asintió soltando unas risitas y con mucha ayuda por parte del chofer, el mayordomo y el jardinero dejó el maravilloso cuadro en una de las paredes de la sala, frente a nuestra foto de bodas y a la vista de todos.
Quedé encantada con su ubicación y con mi celular le tomé una foto para mandársela a toda la familia y que vieran mi regalo favorito al cual ni los finísimos juegos de té que nos enviaron podían superar. Era único, algo que nadie, ni nuestra familia, se le hubiera ocurrido enviar, pero el hecho de que haya sido mi ex en una clara muestra de paz le daba un significado diferente. Era raro pero satisfactorio. Hermoso, sencillamente hermoso.
