Disculpen la demora. La falta de reviews me produjo el típico síntoma de "oh, esto apesta", pero al fin me decidí a continuar. Disfrútenlo.
Capítulo 10: Deberes y obligaciones
—¿Sabes? A veces, muy ocasionalmente, me pregunto si lo que hago no es desperdiciar mi tiempo en sueños. Y cada vez que me lo pregunto, termino pensando en la gente que me rodea. Va y viene por el mundo, ocupándose de asuntos que creen importantes, intentando hacer lo mejor que pueden con lo que les fue dado y con lo que quizá, si tienen suerte, puedan llegar a conseguir. Muriéndose, literalmente, por correr en contra del reloj. Y luego, la nada. Llegan al final sin haber logrado la mitad de lo que alguna vez se propusieron, exhaustos, cobardemente satisfechos algunos. Unos pocos habrán vivido intensamente, alcanzado la felicidad, ganado fortunas, conquistado imperios... para finalmente ser devorados por la tierra, descompuestos por los mismos microorganismos que descomponen a un vegetal o a un perro sarnoso. Patético. Yo no quiero morir. Mis expectativas no son tan mediocres. No creo en Dios ni en todas esas patrañas que se han inventado para salvarse de caer en la desesperanza de la nada inevitable. No puedo conformarme con semejante vulgaridad. No puedo conformarme con nada, de hecho. ¿Y sabes qué, pequeño? Soy perfectamente consciente de ello. No puedo morir sin antes haberlo poseído todo, y todo es demasiado como para poseerlo durante la corta vida de un hombre.
Desprendió la mirada del techo y la dirigió al sonrojado rostro del falso niño, quien rítmicamente se hundía entre sus piernas. Lo tomó de las mejillas con ambas manos y lo hizo detener su labor, obligándole a verlo a los ojos.
—¿Comprendes lo que digo?
Ira asintió con la cabeza.
—¡Vamos! No tienes por qué mentirme a mí—dijo, y luego chasqueó la lengua.— ¿Justamente tú ibas a comprenderme?
Sosteniéndolo por la cintura, lo puso de pie, y luego lo sentó sobre su miembro erecto, descendiéndolo lentamente. Ira gimió.
—Supongo que cuando cumplamos tu caprichito de volverte humano, comprenderás. Por cierto, quiero que me traigas a Edward Elric.
—¿A... Edward?
Codicia continuó penetrándolo despacio, como era su costumbre: frío, distante, pero aún así, intenso. Luego, sin separarse de él, se arrojó al suelo, colocando las dos piernas del homúnculo sobre sus hombros, aumentando levemente la velocidad.
—Yo también he hecho mi tarea... Decidí averiguar un poco sobre el Alquimista Estatal del que tanto hablabas, y me llevé la grata sorpresa de que se trata del hijo de Hohenheim de Luz. Si tenemos suerte, será tan talentoso como su padre... y tendrá muchas ganas de compartirnos ese talento.
Ira cerró los ojos con fuerza y se soltó del cuello de Codicia.
—N-no puedo hacerlo.
Entonces, el hombre sonrió burlonamente, deteniéndose de repente dentro de su cuerpo.
—Oh, claro que podrás. Estoy seguro que no te costará nada.
Y se separó de él con brusquedad, sabiendo que el pequeño no se resistiría a cumplir con lo que se le mandaba. Humano o no, las ambiciones son siempre demasiado tentadoras como para desistir de ellas.
—De acuerdo...—asintió Ira en un murmullo.
°°¤ø,¸ ¸,ø¤°°
El riguroso calor de esos últimos días había culminado en un fuerte temporal que amenazaba con echar el cielo abajo. La mañana estaba bastante avanzada, pero todo indicaba que de seguir así el clima, el sol no asomaría un solo rayo, dejando a Ciudad Central oculta bajo un techo de negras nubes tormentosas. Edward se había levantado más temprano que de costumbre para cerrar la única ventana de su departamento antes que su escritorio y el desorden que reinaba sobre él terminaran por arruinarse, cuando a través de los vidrios empapados divisó cómo un grupo de militares descendía de un gran vehículo estacionado frente a su acera. No supo adivinar la razón de su inesperada visita, así que se vistió lo más rápido que pudo con lo primero que halló, bastante disgustado, y bajó a su encuentro. Entre los militares reconoció a Basque Gran, el mismo tipo que había interrumpido su operativo en el Laboratorio 5. Ninguno lucía expresión agradable en el rostro, cosa que no sorprendía demasiado, ni tampoco se disculparon con el joven por haber ido a su casa tan temprano sin siquiera avisar.
—Necesitamos hacerte algunas preguntas con respecto al Teniente Coronel Hughes—dijo Basque Gran una vez refugiados en el húmedo pasillo de la residencia.—¿Cuándo fue la última vez que lo viste?
—El domingo a la tarde, cuando fui a su casa a almorzar. ¿Por qué?
El hombre guardó en su bolsillo el pañuelo con el que había estado secando las gotas de su calvicie, y luego sacó una pequeña libreta en donde anotó algunas palabras.
—Y ya que veo que mantenías una relación con él fuera del trabajo¿tienes idea si estaba involucrado en alguna empresa peligrosa¿Algo que consideres que pudo traerle problemas?
Ante el interrogatorio del sujeto, Edward intentó que su mueca de preocupación fuera confundida por una de sorpresa. Procuró que su respuesta sonara lo menos nerviosa posible, recordando lo que había hablado hacía dos días en casa de Maes.
—No. No tengo idea de qué habla.
Basque Gran lo escrutó con la mirada, arqueando ambas cejas, provocándole un leve aumento a su ritmo cardíaco. Tras la reiteración de la pregunta, el joven se puso serio, intentando demostrar algo de enfado por la falta de confianza, y aseguró nuevamente no saber nada acerca del asunto. Nadie le respondió cuando volvió a preguntar qué había sucedido.
—Bien... Por ahora ponte el uniforme y ven de inmediato al Cuartel General. Allí continuaremos con el interrogatorio—ordenó antes de retirarse, seguido por los otros dos militares que lo acompañaban. Ni siquiera le ofrecieron alcanzarlo en automóvil para salvarlo de la lluvia, que cada vez se hacía más gruesa.
Edward no dejó pasar un solo segundo más y corrió a su departamento a cambiarse de ropa. Mientras caminaba a paso rápido hacia el Cuartel General, haciendo lo posible para que su paraguas no fuese arrastrado por las poderosas ráfagas de viento, la preocupación se agitaba cada vez más dentro de su pecho. Imaginaba que Hughes había decidido comenzar su investigación con respecto al Laboratorio 5 y la llamada a la oficina del Fürer, y que había sido descubierto en el proceso. Sabía que de ser ese el caso, querría defender de la forma que fuese a su amigo, pero no se le ocurría cómo. Porque, después de todo, Hughes era culpable. De ninguna manera habría sospechado que no sería necesaria ningún tipo de defensa.
Cuando llegó a destino, el tumulto que se sucedía allí dentro era visible incluso desde la calle. Varios oficiales se hallaban en la puerta principal, sus rostros ensombrecidos mientras hablaban en un mismo tono apagado. Pensó que la cosa debía haber sido realmente grave si todos estaban enterados del asunto, pero no quiso preguntarle a cualquiera. Roy de seguro sabría explicarle qué había sucedido exactamente. Entró a su oficina sin haberse detenido a golpear la puerta, completamente devorado por la ansiedad. El Coronel se hallaba de pie frente a la ventana, observando la lluvia con una tranquilidad asombrosa.
—Al fin llegaste, Acero—dijo, dándose media vuelta.—Raro de ti tan temprano.
—Déjate de estupideces. ¿Qué demonios sucede aquí dentro? Basque Gran acaba de ir a mi departamento para interrogarme acerca de Hughes.
—Siéntate.
—No entiendo qué sucede aquí. Nadie ha querido decirme qué demonios sucede.
—Acero.
—Y todo este escándalo...
—Acero.
—Interrogarme sobre Hughes. ¿Qué pudo haber hecho un tipo tan bonachón como él?
—Hughes está muerto.
—Es una loc... ¿qué?
Edward se llevó instintivamente una mano a la cabeza, no pudiendo dar crédito a lo que oía. Roy tomó asiento frente a su escritorio, pidiéndole a Edward que hiciera lo mismo, cosa que aceptó, aún boquiabierto.
—Hallaron su cuerpo ayer en la noche, cubierto de papeles en la Oficina de Archivos, junto con los de otros dos oficiales. Aún no se sabe quién ni por qué lo asesinó, ni qué hacía en ese lugar. Creemos que estaba involucrado con algún asunto ilícito, quizá con la pandilla que estamos investigando.
—¡No!—lo interrumpió Edward de un grito, alterado.—No digas eso. No puedo creer que estés diciendo eso de tu mejor amigo.
Roy cerró suavemente los ojos, en un gesto de disgusto y escasez de paciencia.
—Aquí no se trata de amistad. Estamos hablando de un caso serio, y como el Coronel que soy no puedo confundir mi trabajo con la relación personal que pude haber mantenido con Hughes.
El joven alquimista cerró fuertemente el puño, intentando serenarse ante la repulsión que sentía hacia el sujeto que tenía enfrente. Quiso descifrar algún dejo de tristeza en su endurecido rostro, pero ningún rasgo humano parecía vislumbrarse en él, cosa que le produjo una especie de furia combinada con lástima hacia el fallecido Teniente Coronel.
—¿Cuándo... cuándo es el entierro?—preguntó con un hilo de voz, evitando mirarle a los ojos.
—No lo sé, pero tú no podrás asistir.
—¿Qué quieres decir?—inquirió, sobresaltado.
—Irás al sur en busca del Doctor Tim Marcoh, y me traerás toda la información sobre la Piedra Filosofal que él tenga.
—¿Y qué hay con Hughes¿No me concierne a mí la investigación según tus malditas acusaciones?
—No—le respondió secamente.—Acabas de demostrarme tu falta de profesionalismo en el asunto, así que me encargaré de designar a otros para que investiguen su asesinato. Si llega a ser cierta la vinculación con la pandilla, sólo entonces pensaré en dejarlo en tus manos.
Edward se puso de pie y le dirigió un saludo marcial, más bien como ironía que como muestra de respeto. Salió del Cuartel General con la orden de partir en busca del Doctor Marcoh esa misma tarde, consciente de que cualquier intento de protesta sería en vano. Pensó en ir a ver a Gracia para darle el pésame, pero se sintió idiota al no saber exactamente qué decir a la desdichada mujer y a su pequeña hija. En cambio, se dejó caer al suelo, bajo la lluvia, intentando que las gotas que se estrellaban despiadadas sobre su rostro le aclararan sus confusas ideas, aunque su mente sólo parecía estar cada vez más y más perturbada.
Continuará…
