Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia es de la escritora Leona Lee.

CAPITULO 10

Cuando Edward aparcó en la entrada de la casa, estaba agotado, pero muy contento con todo el cariño y apoyo que había recibido de su equipo. Cuando se enteró de las acusaciones de contrabando, estaba convencido de que aquello sería el final. Aunque no dudaba de que sus abogados hicieran todo lo posible para remediar la situación, sabía que el daño que había sufrido su reputación acabaría con la empresa.

Estaba asombrado y conmovido a la vez por todo el trabajo y esfuerzo de su personal y, una vez más, aunque ella no tuvo nada que ver con aquello, se lo debía todo a su esposa. Su tenacidad durante los peores momentos no había pasado desapercibida, y en lugar de abandonar cuando las cosas iban mal, su personal había tomado la iniciativa para mantener la compañía a flote.

Había estado pensando en crear un fondo de acciones de la empresa para sus empleados y, suponiendo que salieran de aquello, es lo que iba a hacer.

Una vez en el dormitorio, se aflojó la corbata y se sacó los zapatos. Sonrió cuando sintió los brazos de Isabella alrededor de su cintura.

—¿En qué piensas? —le preguntó, y él se dio la vuelta.

—No me esperaba lo que ha pasado. No tenía ni idea de que opinaran así. Estaba pensando que si… cuando termine todo esto, me gustaría recompensarles de alguna manera, para darles las gracias por no tirar la toalla.

Isabella le frotó el pecho y sonrió. Se puso de puntillas y le besó la barbilla.

—Me parece una excelente idea.

Dio un paso atrás, tomando el lazo de su vestido. Con una mirada seductora, lo soltó, dejando que el vestido se abriera, revelando un sujetador de encaje y un tanga a juego. Vio como los ojos de Edward se oscurecían con deseo, mientras le recorría el cuerpo con la mirada.

—Hasta entonces, querido esposo, ¿qué te parece una recompensa para ti? —ofreció, dejando caer el vestido al suelo.

Edward la cogió en brazos y la llevó a la cama.

—¿Qué he hecho para merecerte?

Colocándole los brazos alrededor del cuello, Isabella lo atrajo hacia ella.

—Lo mismo me pregunto yo de ti— le respondió, antes de unir sus labios a los suyos.

Isabella cerró los ojos, sintiendo una caricia en su rostro, un beso pausado y suave, lleno de promesas. Aferrándose a su cuello, Isabella gimió en su boca, disfrutando de aquel momento que le aseguraba que todo iba a salir bien, que, aunque las cosas cambiaran, siempre se tendrían el uno al otro.

Las manos de Edward le recorrían todo el cuerpo, avivando el fuego que tan fácilmente provocaba en su interior. Deseando resarcirle por la pelea que habían tenido en la isla, y por todo lo que había sucedido, le dio un empujón, y él la miro sorprendido. Hizo que se tumbara de espaldas y se subió encima, a horcajadas sobre sus caderas. Su largo cabello castaño se había escapado de la cinta que llevaba, y le caía alrededor. Él pasó los dedos por su pelo, mientras ella le dedicaba una mirada sensual.

Le desabrochó la camisa lentamente, acariciando la piel expuesta. Bajó la cabeza y le mordisqueó las cicatrices del accidente, y él respondió con un gemido. Hizo una mueca de dolor cuando ella cambió de posición para buscar el cinturón y ejerció demasiada presión sobre su ya dolorosa erección.

Después de aflojarlo, lo abrió con destreza y bajó la bragueta del pantalón. Agarrándolo por la cinturilla, levantó una ceja, esperando a que él subiera las caderas para quitarle la prenda.

Sus labios encontraron su pecho, y lo besó, lamió, y mordisqueó desplazándose hacia abajo. Con una mano empuñó su verga, acariciándola lentamente y estremeciéndose ante su propio placer.

Cuando bajó la cabeza, él esperaba que le provocara, por lo que cuando ella le propinó un largo y tórrido lengüetazo, para después tragarse por completo su polla, le pilló completamente desprevenido. Pronunció su nombre con un prolongado gemido, mientras su cálida boca lo envolvía por completo, con la lengua presionando firmemente contra el lateral de su verga, a medida que se desplazaba hacia arriba con un ritmo lento y tortuoso que hizo que se aferrara con fuerza a las sábanas.

Se abandonó al placer, mientras Isabella succionaba vorazmente, chupando y lamiendo, produciendo chispazos que recorrían su cuerpo como descargas eléctricas. Casi perdió el control cuando una mano de Isabella se aferró a la base de su polla, y con la otra le atrapó los testículos. Su mente se quedó en blanco a medida que su placer se intensificaba.

Una repentina necesidad de tocarla se apoderó de él, y colocó una mano sobre su cabeza para detener sus movimientos.

Ella le miró sorprendida, y preguntó: —¿Te pasa algo?

Negando con la cabeza, dio unos golpecitos a su lado.

—Ponte aquí, para poder tocarte— le dijo, preguntándose si su voz le sonaba tan pastosa como a él.

Sin soltarle, pasó por encima de su pierna y se colocó más cerca de él, antes de volver a tomarlo en su boca.

Apartando la mirada de la sensual imagen de su cabeza moviéndose hacia arriba y hacia abajo, le puso una mano en el pubis, y pasó su palma por el empapado tanga. Deslizó un dedo por debajo del encaje y le acarició la raja, antes de encontrar su rígido clítoris. Isabella gimió, creando una vibración contra su polla que hizo que presionara más fuerte sobre su clítoris, provocando a su vez un temblor de igual intensidad en ella, mientras su humedad le inundaba la mano.

Él continuó rozando y frotando su clítoris, y ella comenzó a jadear, succionando con más fuerza y aumentando la velocidad a un ritmo febril, tragando más a fondo, para volver a subir ejerciendo presión con los labios, casi hasta la punta, y devorarlo por completo de nuevo.

Edward introdujo fácilmente dos dedos entre sus pliegues, replicando su ritmo, a la vez que con el pulgar le rozaba el clítoris. Isabella se tensó y se aferró con más fuerza a su polla, y comenzó a mover las caderas contra su mano.

Con un gemido, retiró la mano y tiró de ella, e Isabella se sentó rápidamente a horcajadas sobre él. Se apartó el empapado tanga a un lado, antes que atrapar su férrea verga y sentarse sobre ella con lujuria, gimiendo e inclinando la cabeza hacia atrás con placer.

Tomándola por las caderas, Edward la tumbó de espaldas, y se subió encima de ella con un movimiento fluido, para comenzar a embestir con un frenesí del que no se hubiera creído capaz dos horas antes.

Con las piernas alrededor de él, Isabella arqueó sus caderas hacia arriba, y le devolvió los embistes, al mismo ritmo que él se movía dentro y fuera de ella. Su cuerpo estaba tenso de deseo y, en unos instantes, sintió cómo la devoraba un tremendo orgasmo. Levantando la cabeza, le mordió el labio inferior, y Edward gruñó. Él abrió la boca, e Isabella deslizó la lengua en su interior, imitando sus movimientos, ambos estremeciéndose de placer.

Uno, dos, tres embistes más y él presionó sus caderas contra las suyas, temblando al tiempo que se corría.

Tras derrumbarse encima de ella, Isabella lo abrazó fuertemente, y él rodó a un lado, atrayéndola hacia él, hasta que estuvo tumbada contra su pecho, con una pierna descansando perezosamente sobre él. Se acariciaron al uno al otro, demasiado cansados para hablar.