¡Aquí estoy! No me lo puedo creer, sobre todo porque en realidad el capítulo lo he escrito en dos o tres días. Me ha gustado este capítulo, sobre todo por la escenas de Kol.
Espero que os guste :)
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad de la CW.
#PALABRAS: 3,204.
LA CAZA
CAPÍTULO IX
TORTURA Y SUFRIMIENTO
Bonnie suspiró. Estaba sentada en una incómoda silla, en medio de una sala de hospital del hospital más caro de Portland. Elena había logrado hackear las cuentas de las Cazadoras para poder ingresar a Kai, a pesar de saber que los médicos no podrían hacer nada para curarlo. Al menos, si su vida se ponía en riesgo, podrían hacer algo por mantenerlo estable hasta que Bonnie y Elena encontraran un modo de curarlo definitivamente.
Pero la morena no se había marchado del hospital a la vez que Elena. La otra chica, después de haber dejado a Kai en una de las habitaciones individuales más caras del hotel, se había marchado de nuevo a casa de los Parker. Necesitaban contactar con Damon; él, como híbrido, sabría cómo curar lo que estaba matando al Cazador. Y, si él no lo sabía, tendrían que contactar a Richard, por mucho que él los hubiera echado del grupo y no quisiera volver a verlos.
Bonnie, en vez de irse a casa junto a Elena, había decidido quedarse mientras que le hacían distintas pruebas a Kai. Una vez que él estuviese en su habitación, dormido gracias a las drogas que ya le habían dado, podría marcharse y pensar en qué hacer con Rebekah, pero prefería quedarse por el momento y esperar a los resultados. A pesar de saber lo que le pasaba, no podía evitar esperar que algo diferente, algo humano, le estuviera pasando. Algo que se pudiera curar con medicina.
La chica se levantó de la silla y se acercó a la máquina de café. Llevaba cerca de veinticuatro horas sin dormir, y aquello le estaba pasando factura, a pesar de que las Cazadoras pudieran aguantar más tiempo sin dormir que los humanos normales. Introdujo una moneda. No era suficiente. Fue a introducir la otra, pero se le cayó al suelo, bajo la máquina expendedora. Las manos de Bonnie se convirtieron en puños, y la chica respiró hondo, tratando de no golpear la máquina hasta romperla en pedazos. En vez de intentar recuperar la moneda, sacó otra y logró, finalmente, el café que tanto necesitaba.
Volvió a sentarse en su silla, y esperó. Le parecieron horas, pero finalmente el doctor salió y le explicó que no habían encontrado nada que explicara los síntomas de Kai. Sin embargo, debía quedarse en el hospital por precaución. Perfecto. Precisamente lo que necesitaba oír. Bonnie se puso la cazadora y, después de hacer una última visita a Kai, se marchó corriendo.
Kol Mikaelson despertó dentro de una jaula. No sabía cómo había terminado ahí, pero sí sabía que lo odiaba. La humedad dejaba un olor rancio que inundaba sus demasiado sensibles fosas nasales, y el metal de los barrotes estaba oxidado. No podía ponerse de pie ni estirarse lo suficiente para acabar tumbado. Y, lo más inquietante, había manchas (algunas, reconocibles, de sangre seca; y las otras, de un desagradable tono amarillento, bien podrían haber sido de vómito.
La sala en la que estaba la jaula no era mucho mejor. Era un cuartucho del tamaño de un armario, de paredes enmohecidas y llenas de telarañas. Una rata dormitaba en una de las esquinas. Lo único que había en la sala, además de la puerta que parecía a punto de salirse de los goznes, era una silla de plástico replegable en el medio de la habitación, bajo una tintineante bombilla de un enfermizo tono amarillo.
En resumen, la habitación era repugnante.
Kol intentó romper los barrotes, pero no hubo manera. También intentó convertirse en lobo, dispuesto a aprovechar la fuerza extra de su mandíbula lupina. Pero, por mucho que sudó, no lo logró; había algo en la sala que se lo estaba impidiendo. Así que se sentó, estiró las piernas sacando los pies descalzos por entre los barrotes e intentó recordar cómo había terminado en aquel lugar.
Recordó que ni siquiera había salido de Mystic Falls. Después de su "cita" con Davina, había vuelto a su nueva casa para ducharse y coger algún arma por si acaso él y su hermana se metían en más problemas de los necesarios. Lo último que recordaba era estar en la ducha, con el pelo enjabonado. Después de eso… Nada. Absolutamente nada. No había oído que nadie lo siguiera por Mystic Falls, ni que nadie entrara en la casa. Todo había sido muy raro.
Kol volvió al presente al escuchar cómo la puerta se abría. Un joven, claramente humano, entró en la habitación. Era un chico alto, guapo, de pelo algo largo, castaño; y ojos oscuros. Llevaba una simple camiseta de tirantes blanca, como si, en vez de ser un carcelero, fuera un simple adolescente que estuviera a punto de ponerse a hacer deporte.
−Eres mi secuestrador, supongo –dijo Kol, con una sonrisa para nada alegre−. No está nada mal, para ser un humano. Si hubieras secuestrado a otro híbrido, te felicitaría.
−Silencio –dijo simplemente el chico, sacando un teléfono del bolsillo de los vaqueros. Marcó un número y esperó−. Señor. Lo tengo… Perfecto. Eso haré.
Cuando colgó, salió de la habitación, y volvió poco después con una mochila negra. La abrió, y Kol vislumbró varios cuchillos, estacas e incluso flechas. El híbrido entendió. Iba a torturarlo. Perfecto. Pasaría un buen rato intentándolo. Kol no diría nada. Siempre había sido muy resistente a la tortura. Ventajas de vivir con Klaus Mikaelson.
Damon llegó a la casa de los Mikaelson a primera hora de la mañana. Nunca hasta el día anterior había odiado tanto no poder salir a la luz del día. El chico respiró hondo durante varios segundos antes de subir los escalones del porche y abrir la puerta de entrada.
Se encontró a solas en el vestíbulo de los Mikaelson, inusualmente desordenado. Un abrigo negro colgaba de la barandilla de la escalera, y Damon rápidamente lo reconoció como el abrigo (uno de los muchos) de Elijah, el mayor de los hermanos originales. Así que había vuelto a casa. Aquello le venía bien. Probablemente habría puesto a Klaus a salvo de April, y además, evitaría que Klaus lo matara en un arrebato de furia.
Algo más tranquilo que antes, Damon subió las escaleras, esperando encontrar a Klaus en el que había sido el despacho de Elijah desde siempre. El híbrido recordaba que, siempre que el mayor de los Mikaelson estaba en la casa, siempre se encontraban en aquella habitación, alejada de todas las habitaciones de los demás híbridos y de cualquier sitio en el que pudieran estar por casualidad.
Abrió la puerta del despacho de Elijah sin molestarse en llamar. Sabía que ambos hermanos eran conscientes ya de su llegada. Y sabía también que era muy probable que Klaus tuviera ya un brazo en alto, dispuesto a darle un puñetazo, como poco.
Y eso fue exactamente lo que sucedió.
La expresión enfadada del rubio apareció frente a él tan pronto como abrió la puerta. Klaus lo golpeó fuertemente, en la nariz. Damon oyó el crujido que hizo al romperse, y arrugó la cara, haciéndose más daño. Klaus lo agarró de la camisa y lo alzó del suelo. Lo lanzó contra la pared, haciéndolo chocar contra una estantería llena de libros. Fue en ese momento cuando Elijah alzó la mirada del libro que había estado leyendo, y miró mal a su hermano. Klaus, sin embargo, lo ignoró, y le dio una patada a Damon.
Un segundo después, Klaus se encontraba en el suelo, herido, mientras que Elijah agarraba la nariz de Damon y la recolocaba en su sitio. El híbrido emitió un gruñido de dolor, pero se dejó ayudar. El mayor de los Mikaelson lo levantó y lo llevó a un sillón de cuero, sobre el que previamente había colocado una toalla blanca. Nadie manchaba los muebles de Elijah Mikaelson.
−Explícame cómo demonios tienes el valor de volver aquí después de haberme traicionado –las palabras de Klaus eran casi gritos, y un repentino dolor de cabeza inundó a Damon−. Dame una razón para que no te mate en este mismo momento.
−Venía a decirte la verdad. La verdad sobre April. Aunque supongo que algo ya sabes.
−¿Venías a ayudarnos? –Elijah se colocó frente a Damon, bloqueando la vista de Klaus. Cuanto más separados estuvieran, mejor para los tres−. Resulta difícil de creer.
−Puede que Klaus quiera matarme, pero me da la impresión de que April es un enemigo mucho más importante que yo. Una alianza temporal es todo lo que vengo a buscar.
−Una alianza contigo y con las Cazadoras, supongo. Eres más idiota de lo que pensaba.
−No con las Cazadoras. A mí las Cazadoras me importan una mierda. Con que Elena esté a salvo, yo estoy contento –explicó Damon−. Sabemos cosas, Niklaus. Elena y yo. Y, si no me equivoco, en estos momentos ella y otras dos Cazadoras habrán derrotado a tu hermana. Tampoco tienes muchas opciones.
Klaus quiso volver a atacarlo, pero Elijah lo detuvo, y pidió por favor que Damon los dejara a solas durante unos minutos. El híbrido lo hizo, e incluso se alejó lo suficiente como para no escuchar su conversación a escondidas. En aquellos momentos, no le servía de nada. Lo único que necesitaba era contactar con Elena.
Sin embargo, primero tenía que terminar de curarse. Elijah no lo había notado, pero la patada que Klaus le había dado le había roto varias costillas. Damon se las recolocó, sin poder evitar un pequeño grito de dolor. Cuando estuvo bien, se giró.
Y se encontró cara a cara con una chica rubia. Caroline. La víctima de Klaus.
−Caroline –saludó el híbrido con educación. Quiso marcharse, pero la rubia lo detuvo por un momento.
−Eso te lo ha hecho él, ¿verdad?
Damon no dijo nada. No hizo falta.
Elena tardó más de lo que Damon preveía en contestar. Y, cuando finalmente lo hizo, su voz sonaba diferente. Angustiada. Rápidamente, el híbrido temió lo peor.
−¿Ha pasado algo?
−En realidad sí. Quería hablar contigo sobre ello. ¿Tú sabes qué efectos exactamente tiene el mordisco de un híbrido en una Cazadora?
−No exactamente. Pero podría averiguar cosas –respondió rápidamente Damon−. ¿Qué ha pasado, Elena?
La chica le contó todo lo sucedido. Le habló de la pelea con Rebekah, de los síntomas de Kai y de la decisión de Bonnie por encontrar una cura. Damon le escuchó en silencio, preparado para volver al despacho de Elijah en cualquier momento. En cuanto colgó, aquello fue lo que hizo. Encontró a los dos hermanos todavía de pie, frente a la chimenea, totalmente en silencio. Y, durante varios minutos, los tres se quedaron quietos, sin mirarse siquiera.
Finalmente fue Damon el que comenzó a hablar.
−Necesito vuestra ayuda.
Elijah lo ignoró, pero Klaus se volvió hacia él, tan furioso como antes.
−¿Acaso no entiendes lo que es la privacidad? Te hemos dicho que nos dejes a solas.
−Decidme que sabéis cómo curar un mordisco de híbrido –dijo Damon, ignorando la pregunta de Klaus, que sonrió.
−¿Qué pasa? ¿Tu pequeña Cazadora está en problemas? –el híbrido no parecía muy dispuesto a ayudarlo. Damon lo había esperado, pero aún así tenía que intentarlo.
−Sabemos –interrumpió Elijah−. Pero no sé si merece esa información, señor Salvatore. Niklaus me ha contado de tu traición.
Damon se quedó en silencio. No había corregido a Klaus en su pensamiento sobre quién había sido la víctima del mordisco. Le convenía que ellos pensaran que estaba desesperado, cuando en el fondo no podía importarle menos lo que le sucediera a Kai, por mucho que hubiera ayudado a que Elena huyera de las Cazadoras. Sólo quería ayudarlo por Elena.
−Hagamos un trato−comentó Klaus, como si se le acabara de ocurrir−. Yo te ayudo a curar a tu Cazadora y tú, a cambio, volverás a ser mío. Y esta vez, será para siempre y sin condiciones ni libertades.
Elijah no parecía muy contento con las palabras de su hermano. El mayor de los híbridos originales nunca había aprobado los métodos de su hermano, su manera de tratarlos como si fueran sólo esclavos. Sin embargo, no dijo nada. Al fin y al cabo, no era de su incumbencia lo que Klaus hiciera con los que lo traicionaban.
Damon permaneció en silencio durante varios minutos. Luego, lentamente, asintió.
Estaba soñando. No había otra explicación para lo que estaba viendo. Se veía a sí mismo, de pequeño, en un parque de atracciones, acompañado de su familia. Aquello habría sido algo noraml, un simple buen recuerdo entre muchos en la mente de un niño querido por su familia.
Pero, en la mente de Kai, no había nada ni siquiera remotamente parecido a una familia que lo amara. Los recuerdos que el chico tenía de su infancia no eran pinos de Navidad, películas Disney y algodón de azúcar. Los recuerdos de su infancia eran oscuridad, soledad, miedo. Y el sieño que estaba teniendo, Kai no sabía si calificarlo de sueño o de pesadilla.
Porque, en el fondo, estaba aterrado. Cada vez que su padre, el de su sueño, se acercaba a él para despeinarlo cariñosamente o para recolocarle la chaqueta, Kai se encogía. Parecía bueno. Joshua Parker siempre había parecido bueno. Al principio, al menos. Pero luego…
Oscuridad. Soledad. Miedo.
Su hermano Joey lo arrastraba a una increíblemente alta y atemorizante montaña rusa. Los gemelos, Livvy y Luke, intentaban agarrarlo desde su silleta. Kai se sintió sonreír.
Oscuridad. Soledad. Miedo.
Su madre le ofrece palomitas. Su padre nunca le permitía comer nada que no fuera lo suficiente para no morir de hambre. Pero… Su padre, el de su sueño, le sonríe mientras que esperan en la fila de la montaña rusa a la que Joey los había arrastrado. Kai se llena las manos de palomitas.
Oscuridad. Soledad. Miedo.
En el fondo de su mente, habla una voz.
¿Por qué no está funcionando?
−Creía haber dejado bien claro que no quería volver a saber nada de vosotros tres.
No llevaba ni medio minuto al teléfono y Elena ya se estaba arrepintiendo de llamar a Richard. Pero estaba desesperada, y Bonnie se lo había pedido. Ella misma había intentado llamarlo, pero Elena le había arrebatado el teléfono de las manos antes de que lo hiciera. En aquel momento, con lo nerviosa que estaba la chica, encontraría lo que los humanos llevaban buscando desde la invención del teléfono: la manera de matar al que había sido su mentor a través del teléfono.
En un principio, Elena no había tenido ninguna intención de llamarlo, pues dudaba que el líder de las Cazadoras fuera a ayudarla a ella, tras haber sido la causante de todos sus problemas. Pero Bonnie era su mejor amiga (su únicaamiga), y Elena se sentía culpable hasta cierto punto por todo lo sucedido. Así que ahí estaba.
−Sé que en este momento debes odiarnos, Richard –comentó Elena con calma−, pero estamos en peligro. Kai está en el hospital, y Rebekah…
−No me importa, señorita Gilbert. Quiero que tengáis algo muy claro los tres. O las dos, si el señor Parker no sale del hospital. No quiero que volváis a aparecer por aquí. Desde ahora ya no sois parte de las Cazadoras. Y, si os vuelvo a ver, os arrepentiréis de haberme traicionado.
Richard colgó. Cuando Elena dejó el teléfono en la mesa, vio que Bonnie la miraba esperanzada. Elena negó con la cabeza, y la bruja se levantó. Su expresión cambió a una fría como el hielo. Salió de la casa casi corriendo. Su amiga no hizo nada por detenerla.
Era sorprendente lo poco que tardaba en crecer la uña de un híbrido. Kol miró su meñique ensangrentado, mientras que la uña comenzaba a crecer. Estuvo entera en tan sólo unos pocos segundos. El híbrido sonrió. Siempre había sabido que ser lo que era tendría más ventajas que la inmortalidad y la eterna belleza.
Frente a él, el torturador frunció el ceño al ver su sonrisa. Sus manos y su camiseta estaban llenas de sangre. Mi sangre, pensó Kol. Mío. A los pies de su torturador, además de su mochila llena de instrumentos de tortura, había diez uñas. Las diez que ya se habían regenerado.
−Te lo he dicho. No vas a conseguir nada así.
−Soy paciente. Lo lograré.
−Si fueras tan paciente como dices, tu pierna no estaría temblando de rabia en estos momentos –observó Kol. Seguidamente levantó una ceja y sonrió−. ¿O no es de rabia? ¿No estarás excitado, mi querido torturador? Porque eso sería cruel, incluso para mí.
El otro chico se levantó de su silla, se acercó y le dio un puñetazo a Kol que le partió la mandíbula. El híbrido cayó hacia atrás, pero seguía sonriendo, a pesar del dolor. Se incorporó, y se colocó la mandíbula en la posición correcta. Se acercó a los barrotes rápidamente y, sin que el otro chico tuviera oportunidad de echarse atrás, lo cogió de la camiseta y lo hizo acercarse, hasta que estuvieron a apenas unos centímetros de distancia.
−Dime tu nombre, al menos. Si tu cara es la última que voy a ver en mi larga vida, creo que merezco saberlo.
−Suéltame –el chico forcejeaba, pero no estaba empleando ni la mitad de su fuerza, Kol lo sabía; había utilizado su fuerza en una de las palizas que le había dado.
−Dime tu nombre –el tono de Kol era ahora autoritario, y el moreno se detuvo, mirándolo fijamente a los ojos.
−Jeremy –contestó el chico, y el híbrido lo soltó al instante.
−¿Ves? ¿Tan difícil era, Jer?
−No me llames así. O mejor, no me llames –Jeremy sacó una pistola de su mochila. Kol sonrió al ver las balas de madera y se recostó. Abrió la boca, dispuesto a seguir hablando, pero el torturador lo interrumpió−. Silencio. Si no te callas, la próxima bala irá a tu boca.
−Ahora dime que no había segundas intenciones en esa frase –Kol, con total descaro, le guiñó el ojo.
Pero no volvió a hablar en un buen rato. Tenía una bala en la garganta.
Bonnie llegó al hospital cuando ya era de noche. Supuestamente, el horario de visitas había terminado hacía ya un buen rato, pero a ella no le importaba. Ella haría una visita nocturna e ilegal. Quién se lo hubiera dicho.
Se metió en la habitación de Kai sin ningún problema. El chico seguía dormido, lo cual le venía de perlas para lo que quería hacer. Se estaba metiendo en problemas, lo sabía. Estaba arriesgando vidas, tanto la suya como la de Kai. Y si lo mataba, sabía que se odiaría a sí misma. Pero iba a intentarlo igualmente. En aquello se había convertido Bonnie, en una mujer dispuesta a arriesgar las vidas de sus amigos por el mero motivo de no sentirse culpable por lo que les había sucedido.
Colocó ambas manos sobre el pecho de Kai, y empezó a recitar. Su hechizo no debería funcionar. Al fin y al cabo, estaba haciendo un hechizo de resurrección sobre alguien que ya estaba vivo. Pero tenía que intentarlo. Si no lo intentaba…
El pecho de Kai se alzó momentáneamente, y volvió a caer. Su cuerpo empezó a temblar, y una mueca de dolor apareció en su expresión. Bonnie quiso alejarse de él, detener el hechizo, pero no podía. La fuerza del hechizo le impedía moverse.
El terrible pitido que indicaba la falta de pulso de Kai resonó en su cabeza. Bonnie se desmayó.
