EREN

—Pareces Roy Keane con esa barba —fue lo primero que me dijo Franz tras mis dos semanas de exilio (in)voluntario—. ¿Qué tal, colega?

—Bien. Me ha sentado de fábula respirar el aire puro del campo —aspiré hondamente—. Me siento como si no tuviera ni una gota de nicotina en el cuerpo.

Franz rió. No me atreví a decirle que, por primera en mi vida, en un pueblecito como Dauper, me había sentido felizmente insignificante. ¡Insignificante y anónimo! Mi espíritu habría engrandecido, incluso… en el hipotético caso de que tuviera una. París era mi hogar, mi cueva, pero había algo agobiante en el aire de la ciudad. O quizás…

Suspiré mientras el paisaje pasaba tras la ventana. Hannes y su mujer habían quedado atrás; les había dado mi dirección por si algún día se decidían a visitar la capital. Nostalgie, igual en francés y en alemán. Nostalgia de Dauper, de París, de la maldita Berlín… de todo y de todos. Franz me miraba de vez en cuando por el rabillo del ojo, con un asombro mudo; si realmente estuve con una gachí o no es algo que jamás le revelé, ni siquiera consideraba importante ese detalle. Debió percatarse de que algo había cambiado. ¡Nunca cambiaré, cacho cabrones! Eso habría clamado el otro Eren, el de antaño, pero tu manera de ver la vida cambia cuando te dan una buena paliza.

—He estado pensando —dije—. Puede que haya estado confundido desde el principio, Franz.

—No sé de lo que hablas, pero eso es lo que dice Hannah cuando hablamos de nuestra relación.

—Llevo toda mi vida pensando que estoy en la cima del mundo: dinero, coches, lujo y toda esa mierda a la que tienes acceso cuando eres un Jaeger. Y si… ¿Y si realmente he estado todo este tiempo en el fondo?

—Si te soy sincero, tío, creo que estás como una cabra, ya me entiendes. Bien sabe Dios que yo bebo Pernod como agua bebe un pez, y que he estado de fiesta meses enteros. ¡Joder, qué tiempos! ¿Te acuerdas cuando nos conocimos en el Oktoberfest? No voy a olvidar esa juerga en la vida. Recuerdo que me pareciste un tío de puta madre, y lo eres, pero… Joder, te pasas muchísimo. Si te digo la verdad, no cambiaría mi sencilla vida con Hannah por tu dinero, tus coches, tu lujo y todo tu desenfreno. He sentado cabeza, Eren, y no por ello he dejado de disfrutar, porque créeme: se disfruta de la hostia cuando estás con la persona que quieres. Esa es la cima para mí.

Sí, fue una verdadera locura aquella fiesta: cerveza y emparedados de caviar durante un mes. No imaginaba que Franz podría soltar algo tan profundo. Después de todo, ¡el Pernod no le había llegado al cerebro!

—La única chica a la que creí querer es lesbiana.

—¡Hay más peces en el mar! —rió mi amigo—. Has salido con tías esculturales, como esa azafata… Quelle femme! Hannah es mi mejor amiga, eso es lo más importante: que seas amigo de la gachí que amas. Por eso Hannah es la mujer de mi vida… y de mi muerte.

—Estabas completamente pillado: «Oh, Hannah, iré adonde digas: Helsinki, Singapur, Guatemala… Si es contigo, iré». ¿Te acuerdas? ¡Qué risa, joder!

—Eso, eso: ríete —gruñó Franz—. Ya te gustaría a ti escribir cartas de amor tan bonitas. Por cierto, ¿te dejo en el Bristol o en la casa de tu madre?

—En el Bristol.

—Sí, mejor será. A doña Carla le daría algo al verte aparecer con un petate y una camisa que no es de marca.

—Muy gracioso.

Cuando llegamos a París, sonreí. Antes de bajarme del coche le di las gracias a mi amigo.

—Gracias por el aventón. Eh, y dile a Hannah que mida los chupetones, ¿quieres? Menudo cuello te ha dejado.

Naturalmente, cuando subí a mi habitación estaba todo impoluto. El servicio de limpieza le había notificado al patrón mi prolongada ausencia, así que este fue corriendo a verme: «M. Jaeger, M. Jaeger! Ça va bien? Combien de temps!». Entonces me insinúa que había que pagar la cuenta del mes. «En dos días desalojaré», respondí. Eso lo hizo empalidecer: «¡Desalojar! ¿Algo del servicio lo ha molestado? ¡Dígamelo y se solucionará inmediatamente! ¡Ah, seguro que ha sido el nuevo botones, que es un insolente! ¿Qué le ha dicho, ese desvergonzado?». No se trataba del hotel; sencillamente, había decidido hacerme con un apartamentito. Sería más rentable. Después de la charla y de liquidar el mes, me di una ducha. Camisa azul con cuello italiano, vaqueros negros, Oxford brillantes. Me coloqué unas Bentley Platinum de sol cuando salí a la calle. Un taxi y rumbo a casa.

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LEVI

Era un poco después del amanecer cuando dibujé el camino hacia el cementerio. No es plato de buen gusto ir al camposanto; ahí reposaban los huesos de mis padres y ni una sola flor para hacerles compañía. Cielo anaranjado. Observé las cruces sin una expresión definida: el tiempo había mitigado el dolor. El dolor por mi madre, por supuesto. El nombre del difunto James Ackerman no me inspiraba nada. Y sin embargo, estaba yo delante de aquellas tumbas, sabiendo que algo iba a suceder. Escuché unos pasos a mi espalda, di media vuelta y lo vi: alto, flacucho, vestido de negro y con alzacuellos. Llevaba una pipa en la boca y se quitó el sombrero arrugado.

Era reverendo, pero antes había sido muchas cosas, cosas que lo habían alejado de Dios. Se había reencontrado con Nuestro Señor después de nueve años en la trena. Mi tío Kenny dio una larga calada antes de aclararse la voz.

—Solos tú y yo, Levi, solos tú y yo.

—Por fortuna o por desgracia. —Torcí la boca—. Mi padre era judío y mi madre provenía de una familia sintoísta, pero aquí están, amparados por la cruz del cristianismo. Tú eres anglicano y yo no creo en nada que no pueda ver.

—Ni mi hermano ni tu madre creían en nada; James no había pisado una sinagoga en treinta años, y Michiko… Bueno, había dejado sus creencias atrás hacia mucho tiempo.

Recordé la historia de mi familia. Los Ackerman nacimos al sur de Prusia, hacía siglos; con el paso del tiempo, el apellido primitivo fue evolucionando y mis ancestros, judíos, escaparon de los pogromos rusos a finales del siglo XIX. Mi padre se enorgullecía de su linaje, sí, pero odiaba profundamente a todos sus parientes. Lo habían hecho sentir siempre como un piojo, hasta que se escapó de casa con dieciséis años. No supo cómo, ni cuándo, ni por qué, pero acabó casado con una mujer de Kyoto, mi madre. Así vinimos al mundo mi hermana y yo.

—Nunca tienen flores, nadie viene a verlos —comenté en voz baja.

—¿Te refieres a ella, Levi?

—No podré perdonarla. Se ha olvidados de nuestros padres, de mí, de todo. Llevamos años sin hablar.

Kenny se llevó la mano derecha —gigantesca y llena de cayos— a la cabeza. Se dio la vuelta y comenzó a alejarse.

—Dios la guarda allí donde esté, sobrino. Mikasa no actúa sin motivo, y si se fue, por algo será.

Siempre decía lo mismo, ese reverendo larguirucho. Se iría a recorrer los bares y a leer el periódico. El alzacuellos lo había convertido es un miembro respetable de la sociedad. ¿Qué lleva a un delincuente a ser un hombre de Dios?

—Erwin está en Francia; quizás la encuentre.

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MIKASA

—Tengo que sacarme tres dientes —dijo Hitch, bajándose el labio inferior para que pudiera comprobar su dañada dentadura—. Pronto voy a necesitar una postiza. ¡Dios! Es culpa de todo el veneno que he comido en los últimos años. Cuando hacía la vaga, cuando vivía con Boris, estaba sana, y fuerte, y guapa. ¡Ese cabrón! ¡Mírame ahora, Mikasa, mírame! Creo que tengo almorranas. Estoy asquerosa, verdaderamente asquerosa… Estoy así de mal desde que empecé a trabajar. ¡A trabajar! Podría estar forrada ahora mismo, pero he desaprovechado las oportunidades… Ahora estoy fea y cerca de los cuarenta. ¡Marlow, Marlow!

Su novio apareció en el comedor con el delantal puesto.

—¿Sí, cariño?

—¡Date prisa! Necesito comer. Estoy en los huesos. No puedo más, Mikasa, ¡no puedo soportarlo! Soy una mujer, pero últimamente me siento como un piojo. Antes bebía champán del bueno… ¿Sabes lo que tengo en el frigo? Cervezas baratas, del supermercado. Una vez hubo una tía que se enamoró de mí, la heredera de un imperio vinícola… ¡Si fuera tortillera! Yo no era más que una joven insensata. Y ese hijo de puta, Boris, se aprovechó de mí durante años. Impidió que me arrojara al Sena cuando me abandonó. ¡Porque fue un abandono! Follaba con él noche tras noche, noche tras noche… ¡Marlow!

—Dime, amor.

—¿Todavía te gusta follar conmigo, querido? ¡Dime la verdad!

—Pero, ¡claro que sí!

—¡Eres el hombre de mi vida! ¡Ven aquí!

Allí estaba yo, viendo a esos dos energúmenos mientras tomaba una de las cervezas baratas del súper. No podía escapar de las garras de Hitch hasta después de comer. ¡Merecía mi asado de cordero por aguantarlos! Cuando acabó de comerle la boca a Marlow, mi amiga lo empujó violentamente hacia la cocina. Luego me miró, aparentemente desquiciada, y, estando su novio ocupado en los fogones, aprovechó para desembuchar:

—Es mi fin. Debo dinero. No sé la cantidad… Mejor. Marlow se enterará tarde o temprano. Me dejará y no tendré donde caerme muerta. Dios mío, Mikasa, ¿tienes una habitación de sobra…? No, no, me conformo con un sofá.

—Esto, Hitch…

—No, no digas nada —me interrumpió—. No adelantemos acontecimientos: el plazo para pagar aún no ha concluido. Necesito dinero rápido. Y arreglarme la boca. ¡Estoy en las últimas! ¡Marlow!

Empezó a chispear cuando devoraba el último muslo. Fabuloso. Eso me serviría para salir de allí corriendo bajo la excusa de que marcharme antes de que el tiempo empeorara. Era todavía muy temprano para hacer una visita a Pieck. Corrí hacia el café más próximo a matar el tiempo. Cuando salí, mis ideas habían cambiado. Si iba a ver a Pieck, tendría que aguantar lo que la ausencia de Porco provocaba. ¡Mo, por favor! Ya había tenido suficiente con Hitch, sus deudas y su pésima salud dental. Tampoco quería volver a mi apartamento: se me habían acabado los libros y no tenía ganas de afinar la guitarra. ¡Necesitaba alguien que me divirtiera de verdad! Tuve una idea. Saqué el teléfono.

—Jean —dije—, ¿tienes algo que hacer? He pensado que quizás podríamos vernos, tomar algo y hablar.

—Eres la única persona por la que haría un hueco en mi agenda —rió—. ¿Dónde estás?

Dijo que vendría a buscarme en diez minutos. Yo no sabía exactamente qué esperaba de él. Pero sabía qué quería él de mí. Tenía esperanzas de algo. Me sentí un poco miserable. Sabía que Jean me invitaría a cualquier cosa, a un crucero, si se lo pidiera; despilfarraría conmigo sin miramientos, pero no sentía yo lo que hay que sentir para corresponderle. De repente, quise huir. Demasiado tarde. Jean llegó en su BMV —con las lunas tintadas para que evitar el follón de ser famoso— y me sonrió. Me puso enferma, verdaderamente enferma. Había cometido un error al llamarlo. El tedio me había vencido, eso es todo. Ahora él iba a ser terriblemente amable, cortés, gentil, todo un caballero, y yo me sentiría como una damisela que no es capaz de apreciar la grandeza de su enamorado. Maldito el momento en el que…

—¿Has pensado en lo que te dije? —comentó Jean de sopetón.

—Sí —asentí—. Te aprecio mucho, Jean. Eres todo lo que una mujer querría. Pero…

—Contigo siempre hay un «pero».

Me enfureció ese comentario.

—Tú lo dijiste: el problema es que no puedo superarlo. —Apreté los dientes.

—No quería decir eso.

—Pero lo dijiste, Jean, y lo dijiste cuando yo había confiado en ti, solamente en ti.

Pensaba que podríamos tener la fiesta en paz. El coche avanzaba y yo perdí cualquier indicio de enfado. Era algo que había contraído cuando llegué a París: la fugacidad del cabreo.

—Estaba desesperado —susurró Jean—. Estaba desesperado, Mikasa. Al fin y al cabo, soy un hombre.

—Ah, ¿y crees que yo no tenía… ganas? Tantas como tú, ¡más, incluso! Pero, oh, eres un hombre, sí, y crees que si una mujer no quiere follar contigo, no te quiere. Sois todos iguales, sois todos unos cerdos. ¿Sabes qué te digo? Esto es una pérdida de tiempo. Para el coche.

—¿Qué?

—Para el puto coche, Jean Kirstein, o salto.

Frenó. La lluvia se deslizaba por el cristal. Había echado los pestillos.

—Eso es, escápate. No afrontes la realidad. —Su tono era duro—. Me querías, no sé si con la misma intensidad que yo a ti, pero me querías. Soy humano, Mikasa, y por lo tanto soy egoísta. Si quería estar contigo, era porque te amaba; y no, cuando me… rechazaste, no pensé que no me querías: pensé que quizá creías que yo no te quería. Y créeme: te deseaba con todas mis fuerzas, con cada poro de mi cuerpo. —Se relajó. Por el contrario, la lluvia ya caía imparable—. Te deseo, te amo. Perdóname, fui un gilipollas.

—Los dos sabemos que no voy a superarlo —comenté, agarrándome el brazo. Me escocían las cicatrices—. Pero lo he aceptado, Jean: abusaron de mí. Hay algo muerto en mi interior, algo que apesta y que siempre apestará. Joder, Jean, ¿cómo te explico lo que sentí cuando me tocaste por primera vez? Al principio estaba bien, pero después… Ya no eran tus manos, Jean, ni siquiera eras tú: era él.

Era como un estado de guerra sin tregua. Los labios de Jean se entreabrieron y me miró sin saber qué decir. Qué miserable me sentí. ¡Miserable! Era preocupante, pero esa sensación me dejaba de inquietar día tras día. Si eso seguía así, sería capaz de las cosas más inmundas: ya había hecho sentir culpable a un buen hombre, a un hombre que quería.

—Te llevo a tu apartamento —anunció Jean sin gesto alguno.

—Bien.

No cruzamos ni una sola palabra, pero el lenguaje corporal era fácil de entender. Él estaba cabreado cuando, de repente, a dos manzanas de mi humilde morada, le insté a parar. En plena lluvia. Había una razón de peso, por supuesto. Abrí la puerta y corrí como si la vida me fuera en ello hacia el callejón entre un bar y un siniestro hotel (en el que me alojé en algún momento), hacia Gabi, que, desde el suelo, y con la boca chorreando de sangre, esperaba el nuevo puñetazo de una de las tres chavalitas que se alzaban ante ella con sonrisas maliciosas. Entonces vi que a Falco, que llegaba corriendo también, cobijado bajo un paraguas. Yo encaré a las abusonas y el muchacho fue junto a Gabi, que estaba cabreada: «¡Os mataré!», gritó, y Falco tuvo que agarrarla de los brazos.

Falco estaba en ascuas. A partir de ahora, él también estaría enfilado. Eran altas como varales, las chavalas, y el chico era un renacuajo… un renacuajo con agallas. «Marchaos de aquí», dije a las quinceañeras, que no se amilanaron. Una de ellas, la más alta, se echó a reír y dijo: «¿Tú eres la putita de su padre?».

—¿Qué está pasando aquí? —Jean echó un vistazo a Gabi, después a las tres muchachas, y finalmente se dirigió a estas últimas—. Chicas, no deberíais estar bajo la lluvia. Id a casa.

Aquella situación habría acabado con mi paciencia si se hubiera prolongado un minuto más. Lo habían reconocido: estaban tan impresionadas que no reaccionaron. Jean volvió a hablar: «Si no os vais, llamaré a la Policía. Marchaos, por favor». Entonces se desvanecieron y Jean se acercó a Gabi, se quitó la chaqueta y se la puso sobre los hombros. Los cuatro nos dirigimos al BMV.

—Tienes el labio partido —le dije a Gabi—. ¿Qué ha pasado?

—Lo de siempre. Han insultado a mi madre —susurró como si tal cosa.

En los asientos de delante, Jean le preguntó a Falco que si estaba bien, pues no tenía buena cara.

—Ver sangre me marea —respondió el amigo de mi alumna.

Desde el principio, desde los albores de nuestra plaga, arremeter contra el prójimo es parte de la condición humana, de las peores condiciones humanas. Gabi, en el fondo, estaba indefensa. Daba la impresión de poder arramblar con todo, sí; también tenía un carácter que la hacía parecer fuerte, pero bastaba con un soplido para que se derrumbara. Un soplido contra lo que más le dolía, en lo más sagrado: su madre. Me recordaba a alguien. La atraje hacia mí, y fue cuando, con la cabellera enterrada en mi cuello, se rompió del todo:

—Venía del cementerio.

—Ya ha pasado —susurré—. Es mejor que tu padre no te vea así. Falco, ¿te importa si vamos a tu casa?

—En absoluto.

Di la dirección a Jean, me miró por el espejo retrovisor y asintió. Cuando llegamos, Colt Grice se persignó: «¡Dios mío, Gabi! ¿Te has vuelto a pelear? ¡Pero si tú eres Jean Kirstein!». Gabi y Falco se metieron al cuarto de éste. Al final, sí que tomamos algo. Animado, el Grice mayor preparó unos cafés. Luego puso unos dulces sobre la mesa: «Hay que ser hospitalario con los invitados… Y cuénteme, señor Kirstein, ¿es cierto que planea fichar a…?». El dichoso balompié. ¿Que todos los caminos llevan a Roma? ¡No! ¡Los caminos llevan al fútbol! ¡Eso es! Es como una fiebre. Antes de irnos, hice prometer a Gabi que no se metería en otra pelea… por lo menos en dos semanas. Cuando subimos al coche, Jean ya no estaba enfadado.

—Así que, esa es tu alumna —señaló.

—Estoy empezando a pensar que es como una hermana pequeña y peleona para mí.

—Creo… Creo que tu presencia le hace bien, pero ella también te hace bien a ti, Mikasa —dijo—. Antes nos hemos violentado un poco.

—Sí.

—Quería decirte que has cambiado en los últimos años, has cambiado para mejor. Me alegro de que… puedas lidiar con ello sin tabúes. Porque él no volverá, él… está en prisión, ¿no?

—Sí.

¡Mientes más que hablas, Mikasa!

—Estoy muy orgulloso de ti —apostilló—, de que lo sobrelleves, pero, por favor, no dejes que lo que te pasó determine el resto de tu vida.

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EREN

—Eres… Eres… —Mi madre no encontró calificativo, así que abrió los brazos y dijo—: Dame un abrazo, hijo.

Entonces comenzó el interrogatorio.

—¿Dónde has estado metido, Eren Jaeger? ¿Qué motivo es tan poderoso como para no pasar por casa de tu madre en dos semanas? —Frunció el ceño—. Y esa barba…

—Es la moda —me defendí. Por supuesto, era mentira: la habría dejado crecer porque disimulaba la preciosa cicatriz que un golpe de Djel me había dado en la barbilla.

—Es que te noto muy cambiado, hijo. Eso es todo. Estaba preocupada por ti. Me sorprendió que te fueras repentinamente.

—He estado en un pueblecito muy agradable. Algún día te llevaré. Te he echado de menos, mama.

—Promete que no volverás a irte así.

—Prometido.

—Bien. —Carla Zucker sonrió—. Por cierto, tu amigo Armin estuvo aquí el otro día. Es un chico encantador.

—¿Armin…? ¿Qué quería?

—Oh, nada. Simplemente saludar a la madre de su mejor amigo y dejar tu coche en el garaje.

No me quedó más remedio que sonreír. Siempre pasaba lo mismo con Armin: podía confiar en él completamente. Seguía soportándome, después de tantos años. El caso es que había cuidado de la preciosidad que había pertenecido a mi tío Kruger.

Se acercaba la larga estación de frío, ¡pero no de soledad! Ya no. Sería el primer invierno que pasaba con mi madre. También se acercaba el momento de… de… demonios. De buscar trabajo. Había llegado a la conclusión de que, si trabajaba, me mantendría alejado de los malos vicios y produciría, por primera vez en mi vida, dinero. El único problema es que no me veía en un hospital. ¡Dios sabe que los odio! Envidié la habilidad de Mikasa para encontrar curro. Callejeaba sin parar hasta encontrarlo.

—¿Y Mikasa? —pregunté.

—Ha salido, pero volverá enseguida —Mi madre soltó una risita—. ¿Por qué no subes a su apartamento a esperarla? Ella también te ha echado de menos, aunque diga que no…

Así que, hacia las cinco de la tarde me encontraba en su apartamento. Mikasa no permitía ni una gota de polvo. Estaba todo impoluto y ordenado. Podría ser un verdadero caos en otros aspectos, pero nunca en lo doméstico. Casi me sentí culpable por dejar un vaso en el fregadero después de beber agua. Sin embargo, había algo inquietante en aquel orden: una casa así parece estar deshabitada, muerta, carente de vida. Cada libro estaba colocado por orden alfabético, y la guitarra sobre la cama… La cogí. Dedos torpes, los míos, pues no encontraban el más mínimo sentido a aquellas cuerdas. Me fijé en la foto que había sobre la mesita de noche. Una Mikasa mucho más joven, de unos doce años, tomando de la mano a un muchacho de unos diecinueve o veinte, de pelo negro y ojos finos. Ambos sonreían y se encontraban en un parque. Detrás del marco ponía algo: «Mánchester, tiempos felices».

Cosa curiosa, aquella. Supuse que era su hermano, era demasiado joven para ser su padre. Entonces escuché una cerradura abriéndose y sonreí maliciosamente. Imagino que dejó las llaves sobre la mesa, se quitó la chaquea, la colgó en el respaldo de una silla, se lavó las manos (siempre lo hacía cuando volvía de algún sitio) y, finalmente, cuando entró a su cuarto, yo me encontraba detrás de la puerta, escondido. Le puse las manos en los hombros.

—Bu —susurré.

Un rodillazo en la entrepierna me hizo empalidecer. Se percató de que era yo y pasó de asesina (había aniquilado mis posibilidades de ser padre en un futuro muuuy lejano) a sorprendida.

—¡Eren! —exclamó—. ¡Qué demonios!

—¡Duele, duele! —Me dejé caer en la cama, con las manos en la zona declarada catastrófica—. ¡Caray, qué recibimiento!

—Eres un capullo, ¿lo sabes? —Negó lentamente y sonrió—. Levanta.

Hice caso. Entonces me abrazó. A mí, al capullo de los trajes caros, del perfume de Quasar, de las corbatas brillantes que no sabía anudar, de los cigarrillos de primera, de los anillos de platino en cada anular, de las manos incapaces de hacer música, del asma como excusa. A mí, a Eren Jaeger. Fue sorpresivo e inaudito. Su pelo húmedo abandonó mi cara cuando se separó para inspeccionarme.

—Pareces John Lennon con esa barba.

—Yo también te he echado de menos, Yoko Ono. Has estado muy aburrida sin mí, ¿eh?

Un minuto después estábamos sentados en el salón.

—Pues que sepas —Me señaló— que he rechazado un trabajo maravilloso por tu culpa.

—¿Y ahora que he hecho? Paso un tiempo fuera y arruino tu currículum.

Ella creía que había cometido la mayor gilipollez de su vida. Pero está justificada, dijo. Había rechazado la oportunidad de su vida: trabajar en el Moulin Rouge. Darius Zackley había hecho la oferta, la jugosa oferta. «Y cuando salí del hotel —comentó— vi a los dos gorilas que nos persiguieron aquel día, estaban cuchicheando y me pareció escuchar tu nombre».

—Qué fama tengo —reí nerviosamente.

—¿Hay algo que tengas que decir, Eren?

—¿Qué? ¿Por qué dices eso?

Arqueó una ceja.

—Te noto raro.

Mi nuevo móvil empezó a sonar. Descolgué y se me pusieron de corbata.

—Sé que estás vivo, chico —dijo Darius Zackley—. Tranquilo, no te alteres: esto es una llamada amistosa. Pensaba que no tendrías cojones para volver a París, pero veo que me he equivocado. ¿Creías que iba a matarte, muchachito? No seré yo el que te mate. Solamente quería darte una lección, una buena lección. Me haré un collar con tus muelas.

—Ah, perfecto.

—Vamos a compartir esta ciudad, amigo. Te aseguro que no volveré a tocarte un pelo, pero ten cuidado: no soy el único que tiene ganas de verte criando malvas. Ah, y señor Jaeger…

—¿Sí?

—Dígale a su novia que la oferta sigue en pie.

—Lo siento, pero no va a poder ser. Ya nos veremos.

Sonreí como si nada hubiera pasado al despegarme el teléfono de la oreja. «Era un amigo, me ha invitado a tomar una copa esta noche —mentí—. No voy a ir». Supongo que la sorprendió que yo rechazara una juerga… y entonces caí en la cuenta de que no me comportaba como Eren Jaeger, no como el Eren que todos conocían. Solamente me apetecía hundirme en el sofá y ver una película.

—Oye —dije—, ¿te gusta Woody Allen?

—¿Es esto una nueva estrategia para follar conmigo?

—Por supuesto que no. Además, yo contigo no follaría… —Le guiñé un ojo—. Contigo haría el amor.

—No tenía ni idea de que fueras un romántico. Prepara el DVD mientras hago palomitas.

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ERWIN

La conversación con Levi se produjo cuando la rubia sin nombre abandonó mi cama. No mencionó nada sobre el trabajo, no me preguntó cómo, dónde o con quién estaba. Llevaba años sin saber nada de su hermana, eso era lo que preocupaba. Suplicó a Dios que lo perdonara. «¿Por qué?», pregunté. Entonces respondió: «Porque lo único que hice cuando ella se marchó fue enfadarme. ¿Y si tenía sus razones, Erwin? Y si… ¿Y si le ocurrió algo que no sé?».

—La he visto, Levi, la he visto —dije rápidamente—. No es a ti a quien Dios tiene que perdonar, sino a ella.

Activé el manos libres y le hice un gesto a la rubia, que esperaba en el marco de la puerta, dónde estaba el baño. Al otro lado de la línea, mi socio empezó a pensar en lo peor: «¿Qué has averiguado, Erwin». Estaba comiendo de mi mano: creería todo lo que le dijera; y, por supuesto, a esto contribuía la imagen que Mikasa había dejado en Mánchester.

—¿Que si he averiguado cosas, hermano? Sí, y muy a mi pesar. Está malviviendo, no tiene trabajo, y creo que no le interesa tenerlo… Intenté hablar con ella, pero fue imposible. No quiere saber nada, Levi, nada de ti. ¡Me da tanta pena! No quiero ser yo el que diga esto, pero…

—¿Decir el qué, Erwin?

—Será mejor que la des por perdida, Levi. La niña dulce que alguna vez conocimos, ya no existe.

Una vez que colgó, me reí como si no hubiera un mañana. Hasta se me olvidó la presencia de la rubia. ¡Esa mala puta! Al menos no había empezado a hablar de amor, como las otras chavalitas que me camelaba noche tras noche. Esta era diferente, e inglesa, nada menos, pero con un narizón de judía. Una mala puta, al fin al cabo. Todas esas tías que me tiraba eran transitorias, ya no podía aguantar más: necesitaba a Mikasa Ackerman. Inmediatamente me enfurecí al navegar entre las fotos de mi galería. Ahí estaba, una realidad terrible. Hacía unos meses que Mikasa había acudido, en compañía de unos amigos, a un antro, Le Carme. Allí, por supuesto, uno de mis ratoncitos se había colado y tomado la fotografía que tanto me quemaba. ¡Maldita sea, una y mil veces! Se había olvidado de mí, sí, había olvidado a qué nombre estaba puesta.

Ahí estaba ella, congelada en el tiempo, con una copa en la mano y….

—Pagarás, cariño —susurré arrojando el aparato a la cama—. Te daré un castigo digno de ti.

Un castigo por haberse entregado, sin mi permiso, a Jean Kirstein, pero, sobre todo, por esa imagen en la que besaba a Eren Jaeger.

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Holaaa!

¿Alguien me ha echado de menos? Bueno, bueno, si he estado tanto tiempo desaparecida... es porque lamentablemente tengo que estudiar. Virgilio y Ovidio me restan tiempo, pero me nutren de literatura.

¡He vuelto y eso es lo que importa!

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Hasta el siguiente milenio, buen lector.