Penúltimo capítulo de Consecuencias. Yep. Esto se acaba, señoras y señores. Y antes de comenzar el capítulo, me gustaría darle las gracias a Hessefan quien me ha escrito nueve preciosos reviews, uno por cada capítulo, y que gracias a ella he llegado a las tres cifras. Jamás me había ocurrido, así que encontrarme con cien reviews de repente ha sido bastante irreal, como si no fuera yo xD En fin, tres cifras está muy bien y no creo que llegue a cuatro XD Gracias a todos los lectores y gracias por sus reviews. Le dais la vida a Consecuencias.

Y, tras ponernos ñoños, vamos a por el capítulo.

Nos leemos abajo.


Capítulo nueve: Libertad

Uno de los conceptos más solicitados a largo de la historia de la humanidad. Uno de los derechos más puros y fieles a su propia naturaleza. El más difícil de conseguir. La libertad es esa idea que siempre está en la punta de los dedos y que nunca alcanzas a agarrar. Las responsabilidades te atan, los planes te ahogan y el futuro te exige un mínimo de juicio. No existe una persona libre como tal, no existe el "vive y deja vivir", tus acciones siempre van a tener una repercusión en mayor o menor medida en la libertad de otros. Para bien o para mal. Y cuando hemos hecho lo que hemos querido ha sido dentro de unos parámetros socialmente aceptados, así que estamos obligados a adaptarnos a unas normas y seguirlas y enseñarlas y cumplirlas. Encorsetados por nuestra propia libertad.

Armin tenía su propia visión de la libertad. Una libertad más general y abierta, que intentaba llegar a todos por igual. Sabía que la libertad de uno terminaba donde comenzaba la del otro. Sabía que era libre para elegir siempre y cuando luego acatara las consecuencias. Sabía que había que pelear por ella, por conseguirla y por mantenerla, y que ese era un camino difícil de seguir. Era mucho más fácil aceptar la voluntad del superior y someterse a sus deseos sin pensar, razonar o atreverse a hacer algo diferente que vaya contra la norma general.

Sin embargo, Armin también sabía que no había muchos que tenían la opción de elegir, así que decidió luchar por ellos. Y aceptó ser su voz en una batalla que ellos mismos no podían librar.

—Sólo digo que estamos en la Legión para ser libres —le explicó Armin sin cansarse, después de la cuarta negativa en lo que llevaban de semana para quitarles las pulseras a los novatos. Hanji Zoe lo miraba en silencio. Acababa de volver del juicio de Ymir y Christa junto con el resto de la expedición. Armin se sentía culpable al ver el cansancio en sus ojos, pero si no conseguía convencerla a ella, no podría hacer nada por ayudarlas. A nadie, en realidad—. Si no seguimos nuestros propios principios, ¿quién lo va a hacer por nosotros?

Hanji seguía sin decir nada. Los párpados le pesaban, pero Armin notaba que continuaba con el cuerpo entero en tensión, forzándose a escuchar, a continuar sentada y concentrada. Piernas cruzadas y manos juntas. Contrariada. Está de acuerdo contigo pero las órdenes de arriba le impiden hacer lo correcto.

Armin se obligó a ser paciente. Esa conversación acababa de convertirse en un juego de a ver quién aguantaba más y no pensaba ceder ni un milímetro para ganar. «El futuro de Christa está ahora en mis manos». Era la hora de devolverle el favor que le hizo seis meses atrás. «Estoy viva gracias a ella». Y eso no podía olvidarlo.

—Es interesante eso que dices —aceptó Hanji con un corto asentimiento. Cogió uno de sus lápices y empezó a dar golpecitos en el borde de la mesa. A Armin seguía extrañándole que hiciera eso desde el primer día en el que pedía la libertad para los novatos. Además, no parecía nerviosa, solo cansada, así que no sabía a qué venían esos golpes tan repetitivos e impacientes—. Pero no podemos quitarles esas pulseras sólo porque tú lo digas. No estamos aquí para ser misioneros, Arlet.

—Pero tampoco somos carceleros —replicó Armin a quien ya comenzaba a ponerle nervioso ese sonido. Toc. Toctoc. Toctoc—. Cada uno tiene derecho a tener la libertad de elegir.

—No cuando han infringido la ley.

—Para eso está la cárcel, Hanji.

—Ymir todavía no me ha dicho nada sobre los titanes.

Armin apretó la mandíbula viendo que no iban a llegar a ninguna parte. Toctoc. Toc. Toc.

—Ymir no recuerda nada de su vida anterior, ya se lo ha dicho y es cierto. Y su cuerpo va a rechazar cada experimento que intentas hacer con ella como le pasó a Eren, ¿es que no ha sufrido lo bastante ya? —Puso las manos sobre la mesa, apretó las palmas contra la madera—. Hablemos claro. Hanji, eres una mujer inteligente, lo sé. Sé que esto te parece mal, que bastante tenemos con estar recluidos todos en el mismo lugar, con murallas gigantes a nuestro alrededor, para que encima obliguemos a otros a hacer lo mismo en un espacio aun más pequeño. No somos animales. Ningún ser humano debería vivir de esta forma. Es injusto, es cruel y no arreglamos el problema, sólo lo empeoramos.

Por fin Hanji dejó de golpear la madera. Un intenso silencio invadió el despacho de olor a romero molido y alcohol de quemar. La lucha de miradas más extraña que podían sentir dos personas. Una dudosa y otra decidida.

Y entonces el golpeteo volvió.

—¿Sabes? Me parece muy interesante esa teoría que tienes sobre los infrarrojos. Y creo que tienes razón, debe haber otro dispositivo que los mantengan vivos. Algo interno y propio al ser humano—dijo sin inmutarse a pesar del obvio cambio de tema. Armin trató de permanecer impasible—. Y… supongamos que alguien tuviera acceso a esa tecnología tan avanzada, no sería raro imaginar que también tiene en su poder otras maneras de controlarnos, ¿verdad? Escuchando conversaciones a distancia, incluso cuando no están presentes.

Armin sintió el corazón congelarse un momento. Articuló un "¿nos están escuchando?" y Hanji le devolvió una mirada llena de duda. Una duda que, por lo que pudo deducir, llevaba a cuestas desde hacía meses.

—No sería una locura pensarlo, sí —afirmó Armin comprendiendo por fin a qué venían los golpecitos.

—Así que yo te aconsejo que llevéis cuidado. —Hanji escribió con su otra mano una nota rápida y se la pasó por encima de la mesa—. No sabéis a qué os enfrentáis.

"Tiene que ser esta noche. Después estarán vigiladas todo el tiempo".

Y después, más abajo, una sola palabra que a él le costó varios segundos en comprender. Armin asintió al meterse la nota en el bolsillo para deshacerse de ella en cuanto pudiera. Miró el lápiz, sonriendo para sí. A Hanji siempre se le había dado muy bien decir dos cosas al mismo tiempo.

Hanji articuló "me estoy jugando mucho".

"Lo sé. Gracias".

—Tengo que volver con mi Escuadrón —se despidió él levantándose de la silla. Haciendo el saludo de la Legión, ofreciendo su corazón de verdad—. Siempre es un placer hablar con usted —añadió utilizando el tono formal que se esperaba de él.

—Haz lo que tengas que hacer —"y no me lo cuentes".

A Armin se le dibujó una pequeña sonrisa en los labios a pesar de la situación tan delicada en la que se encontraban.

Caminó con dificultad por el pasillo, apoyándose en la piedra fría con cada paso lento e inseguro, pero mucho menos doloroso que las primeras veces. Las costillas ya comenzaban a soldarse bien así que, según el enfermero, estaría bien en menos de un mes. «Pero no puedes salir de la cama, ¿me has entendido?». Después de que se fuera, Armin se levantó y fue a ver a Jean que acababa de volver de la expedición. Pero apenas lo saludó cuando Jean se retiró y con suavidad, acariciándole los brazos de manera reconfortante, le explicó qué había ocurrido. Que no solo habían encontrado a Ymir, que Christa estaba con ella y que ahora estaban condenadas a portar una pulsera toda su vida. Armin no tardó mucho en reponerse de la sorpresa y correr hasta las mazmorras, antiguo dormitorio de Eren, donde tenían a ambas prisioneras.

Cuando llegó, su corazón se liberó de la parálisis que lo ataba para empezar a doler como nunca al verlas a las dos encadenadas a la pared.

—Dejadme hablar con ellas. —Trató de ordenarlo pero la voz le salió de la garganta sin carácter por la emoción de encontrarse con Christa de nuevo.

—Haced lo que dice —ladró Jean a sus espaldas. Los vigilantes no lo volvieron a dudar, Kirschtein desprendía autoridad por cada uno de sus poros, sobre todo tras el respeto que se había ganado a pulso después de trabajar con los novatos, no se atrevieron a desafiar una orden directa y no lo hicieron.

Cuando Armin entró, no se entretuvo mucho antes de caminar hasta Christa y comprobar con sus propios ojos que, efectivamente, estaba viva.

—Estás bien —susurró Christa sonriendo en la oscuridad.

A Armin casi se le escapó una risa tonta que no sería muy adecuada para el momento que estaba viviendo.

—Gracias a ti —dijo abrazándola emocionado. Ni siquiera el tintineo de las cadenas pudo separarlo de ella—. Dos veces si no me equivoco —añadió acordándose de su alucinación en el que se vio a sí mismo poco después de que Declan lo hubiera soltado.

—No podía quedarme quieta al ver que estabas en peligro. De nuevo —añadió con una risilla.

—Te dije que no merecía la pena, Christa. Ahora estamos metidas en este lío por culpa de ser la heroína de Armin por segunda vez —gruñó Ymir a su izquierda.

—Sí, pero gracias a que lo salvé la primera vez, hemos estado juntas todo este tiempo —la regañó Christa con suavidad—. No te preocupes, Armin. Estaremos bien. Solo debemos recordar que no tenemos que alejarnos mucho de la fortaleza y nada ocurrirá.

Armin acarició la muñeca de Christa sintiendo la suavidad de la tela negra en sus dedos. Era demasiado pequeña para ser tan letal.

—No, nada os ocurrirá —prometió Armin poniéndose de pie con ayuda de Jean—. Os vamos a quitar esas pulseras. Lo juro, Christa.

Poco después de despedirse de ella, Armin había aporreado el despacho de Hanji para exigirle la libertad de dos de sus mejores amigas. Y ahora que conocía la respuesta, que tenía la llave para liberarlas, debía actuar esa misma noche para salvarlas. No sabía si podía hacerlo, pero lo debía intentar, aunque desafiase al mismo rey para lograrlo.

Pero antes de llegar al final del pasillo, unas manos cálidas y ásperas le ayudaron a ponerse recto.

—¿Pero qué hace un chico como tú en un lugar como este?

Jean.

Trató de darle una respuesta inteligente, pero el dolor en los costados y su apabulladora presencia («Apenas puedo respirar, ¿siempre ha sido así?») le revolucionaba las ideas.

—Intentaba caminar, pero empieza a ser difícil —le respondió con normalidad.

—¿Es por alguna razón en especial? —susurró en su oído, cerca de donde estaban todos sus órganos vitales, vibrando juntos al mismo tiempo. «Oh, por favor»—. Si quieres te llevo yo, no está muy lejos y tú eres un canijo.

—¿Están todos? —preguntó alejándose de él para mantener la cabeza fría.

Jean gruñó y se separó con un mohín fastidioso.

—Eres un aguafiestas, Arlet. —Le pasó la mano por la espalda y le ayudó a caminar—. ¿De verdad ni siquiera me vas a saludar?

—Ya nos hemos saludado antes —respondió bajando la mirada hasta el suelo. No había sido un reencuentro como había esperado, pero ahora estaba tan preocupado por Christa que no debía pensar en nada más. Pero, a veces, era muy difícil—. Tenemos que hablar en el campo de entrenamiento, Hanji me ha dicho que es probable que nos estén vigilando.

—¿Cómo, vigilándonos?

—Te lo explicaré después. Pero tenemos que actuar cuanto antes. —Una punzada en los costados le obligó a callarse durante un segundo—. Esta misma noche.

—¿Hoy? —se sorprendió Jean. Los dos giraron la siguiente esquina y se pararon un momento para que Armin pudiera recuperarse. Tanto tiempo sin salir de la cama le había mermado toda fuerza física.

—No puede ser otro día —le explicó encogiéndose un poco de dolor—. Desde mañana van a estar vigiladas todo el tiempo.

—No estamos preparados —se quejó Jean cruzándose de brazos—. Tú mismo lo dijiste, hay que ver quiénes las vigilan, planear vías de escape para todos si algo sale mal y ni siquiera sabemos cómo quitarles las jodidas pulseras.

—Eso déjamelo a mí —afirmó Armin, ya recuperado y dispuesto a seguir caminando. La nota de Hanji quemaba en su bolsillo—. Creo que sé cómo hacerlo.

—¿Crees? Eso no es suficiente. Hay que saber quitárselas con seguridad, no podemos hacer nada que las ponga en peligro.

—Lo sé —lo cortó él tambaleándose de nuevo—. Lo sé muy bien, Jean. Por ahora confía en mí.

«Siempre lo hago, Armin».

—Vale —aceptó fingiendo cansancio—. Nunca dejarás de hacerte el misterioso, Lisa es igual. —Los ojos de Armin brillaron un momento y Jean reprimió una sonrisa. «Se le acaba de ocurrir algo»—. Pues si sólo tenemos esta noche para hacerlo todo, será mejor que vayamos con los otros cuanto antes.

Con cuidado le pasó la mano por la espalda de nuevo y, cuando estuvo desprevenido, lo levantó en volandas y lo estrechó para sí sin demasiada fuerza.

—Así iremos más rápido, ¿no?

—¿Qu…? —Un beso rápido lo acalló de golpe—. ¿Qué haces?

—Llevarte —explicó comenzando a caminar sin apartar la mirada de él—. ¿No es obvio? No tenemos toda la noche para caminar hasta el otro lado de la fortaleza y tú vas tan lento que parece que caminas hacia atrás.

—Claro, porque tú no tienes ningún motivo oculto, ¿verdad? —comentó empezando a notar las manos de Jean serpenteando por debajo de su camiseta.

—No. Ningún otro motivo en particular. Desde luego, eres un malpensado —le reprochó Jean con una sonrisa que no había forma de hacerla desaparecer. Ni siquiera en esa situación.

Quizás era que se había dado cuenta del tiempo perdido y no quería repetir los errores que llevaba cometiendo desde hacía meses. Quizás es que no quería dejar que el pasado lo ahogara de nuevo. Quizás todo se debía al deseo de vivir la vida que tenía y no la que había querido desde que había sido un crío que esperaba a su padre en la puerta de la cocina con un cuento en el regazo. O quizá era que la conversación que había tenido con Connie antes de encontrar a Ymir y Christa le había afectado mucho más de lo que había pensado. Pero estaba dispuesto a disfrutar del presente con todo lo bueno que podía encontrar.

—Alguien nos puede ver —susurró Armin mirando hacia los lados.

—Que nos vean —replicó Jean ya acercándose a la habitación de Sasha donde se habían reunido todos a escuchar a Armin.

—¿Y que nos pregunten qué hacemos fuera de nuestra habitación cuando ya deberíamos estar durmiendo? —«Y en esta posición, Jean. Esta posición es muy vergonzosa».

Jean gruñó dejándolo en el suelo frente a la habitación de la puerta de la chica. Odiaba que fuera tan pragmático, tan práctico, tan correcto. Tan poco arriesgado. Se despidió de la cercanía de su cuerpo con un rápido beso y murmuró contra sus labios:

—¿Después?

«¿Estaré contigo cuando todo esto haya acabado?»

Armin asintió feliz de poder entenderlo sin necesitar de escuchar más que una palabra para comprender lo que realmente quería decir.

—Después.

Jean le dio un nuevo beso en la frente antes de llamar a la puerta.

Los cuatro chicos que había en el interior los recibieron con el semblante frío y serio, recordándoles la gravedad de la situación en la que se encontraban.

—Armin… —Mikasa y Eren fueron a recibirlo con un abrazo. Cada uno a un lado, rodeándolo y reconfortándolo con un simple contacto. Y siempre funcionaba.

—¿Estáis bien? —preguntó recibiendo el abrazo.

—Christa me preguntó por ti —le contestó Eren sin soltarlo—. Quería saber estabas a salvo.

Ambos se miraron y se dijeron lo mismo con la mirada. «Hay que salvarlas».

—¿Qué te ha dicho Hanji?

El trío se separó para que Armin pudiera hablar, pero extrañamente él no lo hizo. Con un gesto les indicó que lo acompañaran hasta el campo de entrenamiento que por fortuna no estaba muy lejos de ahí, donde en un rincón oscuro, fuera de la vista de todos, les avisó de que era muy probable de que los estuvieran escuchando a saber cómo. Y, cuando ni siquiera se habían recuperado de la sorpresa y esta todavía no se había transformado en ira, les dijo que solamente tenían esa noche para hacerlo todo.

—¿Tiene que ser hoy?

—No hay otro día. Parece ser que van a contratar a alguien entre los soldados para vigilarlas. —Jean y él se miraron, no era la primera vez que intentaban algo parecido. Con Lisa ocurrió algo parecido.

—¿Pero cómo lo vamos a hacer? —preguntó Mikasa buscando el apoyo de Sasha. No había abierto la boca desde que encontraron a Christa y ni siquiera Connie podía hacerla reaccionar al abrazarla por los hombros —. No tenemos ni idea de cómo quitarles las pulseras, Armin.

—Vosotros librarse de los guardias, con discreción —añadió al ver que Eren y Jean trataban de ocultar sendas sonrisas que revelaban intenciones no muy buenas—. Yo iré a comprobar una cosa.

—¿Dónde? —preguntó Jean.

Armin respondió con evasivas, algo que le dio muy mala espina así que Jean no volvió a las mazmorras con el resto. Lo acompañó a pesar de sus protestas y confirmó sus sospechas cuando vio hacia dónde se dirigía.

—No pensarás probar tu teoría con Lisa, ¿no?

Armin siguió sin decir una palabra al respecto.

—Me niego a que la utilices para uno de tus experimentos. —Silencio y pasos tan rápidos como le dejaban sus heridas, es todo lo que obtuvo—. Al menos me dirás en qué consiste tu maravilla de hipótesis.

—Ha sido idea de Hanj…

—Me da igual, Armin —exclamó poniéndose en medio del pasillo para que no diera un paso más—. No me importa saber de quién ha sido la idea, no pienso dejar que juegues tan alegremente con la vida de mi amiga. Vas a contarme qué piensas hacer con ella y vas a hacerlo ahora.

Armin se peinó el pelo del flequillo, largo otra vez, y fijó la vista en el suelo, sin poder mirarlo a los ojos.

—La conexión debe mantenerse con una pila —explicó despacio y con palabras escogidas con cuidado—. Una pila es algo así como un dispositivo que alimenta la conexión, que le dé vida. Esa pila debe ser algo permanente y repetitivo, para que no se pierda de golpe y vuelva a surgir otra vez. Y también tiene que ser algo que los seres humanos no podemos parar aunque queramos.

Jean se calló cuando iba a soltar que podía ser el calor, pero eso se pararía en cuanto alguno de ellos saltase al río en invierno (él mismo lo había sentido en su piel y no era para nada cálido ni reconfortante). Así que debía ser algo más, algo. Algo. Algo…

—¿El pulso? —preguntó probando suerte, sintiéndose otra vez como aquel niño de con el uniforme recién estrenado que se ponía nervioso cada vez que su profesor le hacía la primera pregunta de clase.

Armin sonrió durante un segundo y Jean se sintió como si hubiera aprobado un examen. Faltaba el «muy bien, Kirschtein, lo has hecho muy bien» para que el cuadro estuviera completo.

—Es lo único que encaja —afirmó Armin asintiendo—. Es repetitivo, monótono e incontrolable. He pensado que si pudiera… cortar el pulso de Lisa y acercar mi muñeca, podía tener el tiempo suficiente para cortar la tela y quitársela.

La frágil sensación de orgullo se esfumó de un plumazo.

—No, me niego —apuntó negando con la cabeza—. Me niego Armin. No vas a hacer esa tontería. No vas a arriesgar tu vida y la de Lisa por esto.

—Es la única con la que tenemos confianza y a la que más le interesa salir de aquí. Y seamos sinceros, no hay otra persona que se prestaría voluntaria a hacer esto.

—Lisa no va a aceptarlo —aseguró Jean sin estar completamente convencido.

—Son Ymir y Christa, Jean —replicó él tratando de avanzar—. No voy a comprometer sus vidas sin un mínimo de seguridad. Además, es mi decisión y va a ser la de Lisa, no la tuya.

—Siempre dices que hay que saber sacrificar el presente para cambiar el mundo —le reprochó Jean parándolo al agarrarlo por el brazo—, pero lo único que haces es sacrificarte tú. Tú, Armin, a pesar de que yo he intentado evitarlo siempre te pones a primera línea para que nadie más ocupe ese lugar. ¿Y ahora quieres arriesgar también la vida de una chica que no ha recibido más que golpes?

Armin trató de soltarse pero el agarre se hizo más fuerte. Sentir su propio pulso a través de su piel solo le hizo sentir peor.

—Christa me salvó la vida dos veces, Jean —gimoteó con lágrimas en sus grandes ojos azules—. Y si no se lo devuelvo de alguna forma… Si no hago algo… tendré esta sensación toda la vida. La sensación de que podía haber hecho algo más por ella y no quise únicamente por cobardía. Y no quiero ser cobarde. Y no lo soy.

Jean trató de calmarse para controlar sus emociones diametralmente opuestas. Él conocía ese sentimiento que hablaba Armin, eso de que estaba de pie, hablando, comiendo y respirando gracias a otra persona y no poder hacer lo suficiente para devolvérselo. Armin ya le dijo en su momento que no tenía importancia, pero tal y como había dicho en ese momento, la tiene. Le quitó las lágrimas con los pulgares y luego lo abrazó con suavidad.

—¿Estás… Estás seguro de que funcionará?

—Sí. Creo que sí —respondió dejándose abrazar y acariciar por Jean. Últimamente le gustaba demasiado estar ahí.

—De acuerdo. —Le besó la coronilla y recorrió los cuatro pasos que quedaban hasta llegar hasta la puerta de Lisa. No quería esperar mucho más, estas cosas era mejor quitárselas cuanto antes mejor. Llamó un par de veces antes de darse cuenta de que estaba abierta.

—Os he oído —dijo ella desde el interior, dejándolos pasar al abrir la puerta por completo—. No sois muy discretos que digamos.

—Bien. —Jean pasó, y se sentó en la única cama que había en la esquina de la habitación—. Lisa, ¿estás segura de querer hacer esto?

Los tres sabían la respuesta antes de que ella dijera nada.

—Por supuesto que voy a hacerlo —asintió remangándose la camisa hasta el codo, revelando la pulsera de la muñeca izquierda que tanto se empeñaba en ocultar—. Como Armin tan amablemente ha señalado, no tengo nada que perder.

—Lo siento, Lisa —se disculpó él sintiendo las mejillas arder de vergüenza.

—No te disculpes, si tienes razón. —Lisa se sentó al lado de Jean y le indicó dónde estaban las pequeñas cuchillas que utilizaba durante las comidas para cortar la carne.

Armin abrió el primer cajón y no le resultó muy difícil encontrarlas. Al volverse de nuevo, se encontró que Jean y Lisa se estaban abrazando y dándose fuerzas casi sin hablar. No necesitó más que ver la manga de Jean a medio subir para comprender qué estaba ocurriendo y qué pretendía.

—Me has dicho que era seguro —indicó Jean al ver su cara.

—No pienso dejar que…

—Es mi elección. No la tuya, Armin —le dijo utilizando a sabiendas las mismas palabras que había dicho él—. Además, ya te lo dije, confío en ti y si dices que funcionará, seguro que lo hará. Así que acabemos con esto de una vez.

—¿Lisa? —preguntó buscando un poco de apoyo. Sólo de pensar qué pasaría con Jean si algo salía mal, se sentía enfermo.

—¿De verdad creías que este imbécil iba a dejar que estuvieras en peligro? —Lisa ignoró los ladridos del susodicho imbécil y siguió mirando a Armin seriamente.

—Pero yo… no quiero que… No quiero que le pase nada… a ninguno de los dos —se rectificó recriminándose por egoísta.

—No me va a pasar nada —lo tranquilizó Jean tomándolo de la mano y acercándolo a él para mirarlo a los ojos—. Dijiste que era una teoría muy probable y esta es la única manera de comprobarla. Y hay que salvar a Christa, ¿no?

«Pero no poniendo en riesgo tu vida».

«No pienso arriesgar la tuya, Armin».

«¿Y si algo sale mal?»

Jean le besó los dedos de la mano y sonrió socarronamente.

—Entonces asegúrate que mi entierro sea legendario.

—No tiene gracia, Jean —se quejó él sintiéndose a punto de llorar de nuevo.

—Alguna vez me vais a tener que contar cómo hacéis eso de hablar entre vosotros sin soltar ni una sola palabra —intervino Lisa algo incómoda y bastante molesta. También era ella la que se jugaba la vida en un experimento y no podía estar muy tranquila mientras los tortolitos hablaban de amores épicos y cursiladas varias—. ¿Qué os parece si nos dejamos la conversación para otro momento y hacemos esto de una vez?

Armin asintió acariciando la mano de Jean por última vez (no, última no) y agachándose para ponerse a la misma altura de ellos.

—Hay que hacerlo rápido —dijo él dándose fuerzas en silencio.

Le buscó el pulso a Lisa a través de esa arteria azul que le recorría el antebrazo, y apretó justo antes de llegar a la pulsera. Jean apoyó su muñeca justo encima y no necesitaron más que unos segundos para comprobar que debía estar funcionando porque ninguna cuchilla había aparecido. Con cuidado y un corte limpio, Lisa se libró de la pulsera y, como si lo hubieran ensayado, Armin agarró la tela negra para que no se cayera.

Nada sucedió.

—¿A la de tres? —preguntó Armin con el corazón en la garganta y en el pecho y en todas partes.

—Ya, Armin, joder —gruñó Jean sudando hielo.

—Vale.

Una mirada. Era lo único que necesitaron ambos para saber cuándo separarse. La mano de Jean y la pulsera recorrieron direcciones contrarias y el mecanismo se activó al momento que dejó de rozar su piel, haciéndole un rasguño apenas visible.

Por fin los tres pudieron respirar.

—¿Ya está? —Lisa se llevó la mano hasta su propia muñeca, ahora desnuda. No se podía creer que hubiera sido tan sencillo—. ¿Se acabó? ¿Soy libre?

—Parece ser que sí —contestó Armin poniéndose de pie con dificultad. Sus piernas temblaban no por el esfuerzo, sino por el miedo.

—Entonces… ¿puedo irme y… nadie… me lo impediría?

—No creas que vamos a delatarte —la tranquilizó Jean con una mano en su hombro—. Eres libre.

Lisa parpadeó para contener las lágrimas y abrazó a Jean con tanta fuerza que por un momento no pudo respirar. Susurró en el oído palabras de agradecimiento que nadie más que él entendió y luego se separó secando sus ojos con las manos.

—Y tú… —dijo levantándose de la cama y acercándose a Armin—. Te… te lo debo todo, Armin.

—Hanji también ayudó a resolver tu problema —comentó quitándole importancia.

Pero no se libró de que Lisa le cogiera la cara con las dos manos para darle un beso en la frente.

—Cuídame al idiota. Te necesita más de lo que crees —murmuró en su oído—. Bueno, chicos. Ha sido un placer conoceros, pero creo que no voy a quedarme aquí ni un segundo más.

Recogió sus pocas cosas en menos de dos minutos, se despidió con un «creo que la Legión puede prescindir de uno de sus caballos» y despareció de sus vidas.

Nunca más volvieron a verla.

—Espero que sea lista. —Jean estiró su espalda con toda la tranquilidad, sin aparentar tener un atisbo de nerviosismo que le había invadido segundos antes—. Tiene que vender el caballo en cuanto llegue a la ciudad más próxima porque si no la podrán encontrar en segui…

Jean no pudo acabar la frase. Armin se acercó y sujetándole de la nuca, le besó tan profundo como podía con el cuerpo tembloroso hasta la última célula.

—Nunca más vuelvas a hacer eso —le reprendió con los labios pegados a los suyos.

—¿El qué? —preguntó algo mareado—. ¿Confiar en ti?

—Exacto. Jamás, jamás, jamás lo hagas de nuevo. —Con cada palabra, un nuevo beso, pero Jean no llegaba a quejarse. Tampoco era que quisiera hacerlo—. ¿Me escuchas?

—Más o menos —admitió acercándolo más a su cuerpo—. Decías algo sobre… Algo… ¿Importante?

—Sí, bastante importante. —Le acarició el pelo oscuro de la nuca, donde era más áspero—. No vuelvas a arriesgarte tanto.

Jean emitió un sonido que quería ser una afirmación, pero acabó siendo una especie de gruñido gutural.

—Pero tendré que repetirlo con Ymir y Christa, ¿no?

Armin abrió los ojos.

—Es cierto. Tenemos que irnos. —Se separó para caminar hasta la puerta y la abrió rápidamente. («Como si nada hubiera pasado, pero será cabrón»)—. Venga, no queda mucho tiempo.

Jean se levantó maldiciéndose. Algún día aprenderá a mantener la boca cerrada, hasta entonces tendría que asumir las consecuencias.

(…)

Apenas pusieron un pie en las mazmorras, escucharon los gritos.

Corrieron todo lo rápido que le dieron sus pies, uno con punzadas en el costillar con cada paso y el otro tratando que su necesidad de saber lo que ocurría no lo dejara atrás. Al final llegaron a la celda, ya sin guardias que la custodiaran, para ver que los gritos y las recriminaciones venían de parte de Sasha.

—¡Llevamos dos años pensando que estabas muerta! —exclamaba tratando de soltarse del agarre de Connie y Mikasa—. Te hicimos un entierro, te lloramos todos, te tratamos como una heroína, Christa. ¡Y tú te estabas riendo de nosotros todo el tiempo!

—Sasha… —suplicó Christa tratando de contener las lágrimas— por favor, deja que te explique…

—No, no me vas a explicar nada. Ya no tienes ningún derecho. —Sasha pudo soltarse de Connie, pero Mikasa la sujetó con más fuerza y Eren acudió a su ayuda—. ¿Sabes las noches que me pasé despierta llorando tu muerte? ¿Sabes que Connie no pudo hablar en todo el día después de lo que ocurrió? ¿Sabes Armin todavía tiene pesadillas contigo? —Armin apartó la mirada, no debería habérselo contado mientras estaba en la enfermería—. Y tú mientras tanto viviendo la vida con Ymir, sin ninguna preocupación. Riéndoos de nosotros.

—¡Sasha, cállate de una puta vez! —gruñó Ymir tratando de arrancar las cadenas de la pared.

—No, yo… No estábamos riéndonos de vosotros —trató de defenderse Christa conteniendo el llanto—. Sólo quería…

—¿Qué, Christa? ¿Qué querías?

—Ser libre. —Christa se quitó las lágrimas tratando de secárselas con el hombro y las cadenas tintinearon en el silencio que se había cernido sobre las mazmorras—. Ymir… Ymir apareció después de que el titán me hubiera sacado del camino. Me sacó de ahí y curó mis heridas. Y yo quería volver, de verdad, pero estaba tan… Sola. Nunca había conocido lo que era ser libre para hacer lo que quería sin tener que dar explicaciones a nadie. Sin continua vigilancia, sin fingir, sin poner atención a cada palabra que decía y sin reglas que pudieran ponerme en peligro. Cada día me decía "mañana volveré" pero nunca tenía las fuerzas necesarias para hacerlo. Sin embargo, esto no es excusa. Siento mucho haber dejado que penséis que yo estaba muerta, no pasó ni un solo día en que no pensé en vosotros y realmente os eché de menos. Pero estaba… Sólo quería ser libre, Sasha. Sólo eso. No fue mi intención haceros daño.

Se quedaron callados tratando de decidir qué hacer. Miraron a las dos chicas que parecían haberse resignado a la suerte que tenían y algo se les removió por dentro. En un principio, lo único que querían era quitarles las pulseras y que todos estuvieran juntos en igualdad de condiciones para que todo fuera como antes. Protegerse los unos a los otros en la batalla, apoyarse mutuamente, pasarle un bollo a Sasha por debajo de la mesa cuando tenía demasiada hambre, reírse de las anécdotas de Jean, ver cómo Mikasa trataba de contener a Eren sin conseguirlo. Volver a la rutina y tratar de olvidar lo que había ocurrido. Ahora veían que nada volvería a ser como antaño. Annie estaba cristalizada, Reiner y Berthold se habían ido, y Christa e Ymir ya no eran felices en la Legión. Con pulseras o sin ellas.

«Cada uno elige la vida que quiere vivir» se recordó Armin.

Cruzó una mirada con Jean y ambos supieron lo que debían de hacer.

—¿No importará soltar a dos más, no? —bromeó Jean encogiéndose de hombros.

Armin le sonrió y asintió con la cabeza.

—Eren, ven. Ayúdame un momento.

—¿Eren? —Jean frunció el entrecejo de mal humor.

—Él puede regenerarse, tú no —le recodó Armin seriamente—. Si algo sale mal, no sufriría ningún daño.

Jean gruñó de peor humor y desde la distancia vio cómo Armin le explicaba a Christa y a Eren cómo funcionaba el mecanismo de las pulseras. Pero no se quedó de brazos cruzados, no cuando cualquiera podía volver y verlos a todos. La sentencia más probable por ayudar a tres fugitivas a escaparse era la pena de muerte y eso estropearía sus planes de morir de viejo en una casita en el centro de Trost, con la guerra acabada y sin titanes por el mundo.

—Sasha, dame una horquilla. —Y eso hizo la chica antes de salir corriendo sin mirar atrás.

—No creo que esos cerrojos se puedan abrir tan fácilmente —planteó Mikasa, adivinando lo que pretendía.

—Ya veremos —dijo Jean acercándose a Ymir. Ella lo miró confundida.

—¿Nos vais a sacar?

—Qué rápida, Ymir. —Jean se agachó y empezó a tantear las cerraduras—. Sabía que la agilidad mental era una de tus virtudes, junto a tu belleza, claro.

—¿"Agilidad mental"? ¿"Virtudes"? —bromeó ella mirando el trabajo de Jean—. Creo que alguien ha pasado demasiado tiempo con Armin…

—Es mi compañero ahora —explicó sin añadir nada más.

—Vaya. Han cambiado muchas cosas desde que estoy fuera.

Jean sonrió con sinceridad.

—Muchas más de las que te imaginas.

El clic del primer cierre apenas fue audible («Como montar en bicicleta»), pero para Jean fue la señal para ponerse con el segundo. El tercero y el cuarto fueron más fáciles de quitar y en menos de cinco minutos, Ymir ya estaba libre.

—Ahora hay que quitarte…

—No hace falta. —Ymir se puso de pie, tiró de su pulsera y se la quitó ella misma sin sentir la hoja que se clavó en el interior de la muñeca ni el humo que salió de su herida—. Ahora ponte con Christa.

—Ya le hemos quitado la pulsera —le indicó Armin para que se tranquilizara.

—Lo sé, estaba mirándote.

Jean no tardó mucho más en soltar a Christa. Las cuatro cerraduras se abrieron con la misma facilidad y no necesitó utilizar otra horquilla para ello. Cuando acabó las dos chicas corrieron a abrazarse, llevaban demasiado tiempo sin tocarse para dejar pasar un segundo más.

—No hay tiempo para esto —protestó Eren señalando la salida—. Hay que irse ya.

—Gracias —dijo Christa apenas sin separase—. Muchas gracias, de verdad.

—Ya nos lo agradecerás después, ahora hay que salir de aquí.

Recorrieron los pasillos en silencio, avanzando sin dejar de vigilar los cuatro puntos cardinales para que nadie se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo. Las manos en las cuchillas, la voz perdida y el aliento atrapado en los pulmones. Los pasillos se hacían más largos con cada paso, el miedo podía con la percepción de la realidad y el mínimo ruido hacía que saltaran en su dirección. Pero nadie salió de sus habitaciones, nadie les detuvo, nadie les vio marcharse. El silencio y la calma fueron las únicas compañeras que se encontraron en aquella fortaleza oscura.

—Está a punto de amanecer, es el cambio de guardia —les recordó Mikasa cuando ya estuvieron fuera—. Tenéis que iros.

—Id al Distrito Karanese, es una ciudad grande y nadie os conoce. Tenéis que llegar en unas horas, antes de que se den cuenta de vuestra desaparición —añadió Armin.

—Camuflaos entre la gente y si podéis, cortaos el pelo y cambiadlo de color. Así será mucho más difícil reconoceros —corroboró Jean a su lado.

—No os acerquéis a los soldados, no llaméis la atención y no os metáis en problemas —dijo Connie mirando a Ymir con toda la intención.

—Y que tengáis mucha suerte —finalizó Eren.

Ymir asintió con la cabeza y Christa trataba de contener las lágrimas. Pero cuando estaban a punto de partir, una voz chillona les hizo parar y volverse para ver que Sasha estaba corriendo hacia ellas con una cesta hasta arriba de comida.

—Para el viaje —se justificó ella recuperando la respiración—. No es mucho, pero así podréis comer un par de días.

Christa tendió la cesta a Ymir y la abrazó llorando en su hombro.

—Cuídate, mi diosa —le susurró en el oído—. Y no te olvides de comer.

—No, no lo olvidaré —le aseguró Christa separándose de ella—. Muchas gracias, a todos.

Ymir y Christa se alejaron cuando por el horizonte, tras las murallas, empezaba a aparecer una línea roja.

Para Armin, el práctico, soñador y lógico Armin, aquello significaba el amanecer. El momento que un nuevo día se alzaba y una nueva oportunidad se abría camino para empezar a corregir errores y vivir una nueva vida.

Para Jean, el pragmático, hábil y dirigente Jean, aquello también podía verse como un atardecer. El momento en que la tierra se enfriaba, el cuerpo se relajaba y los titanes se dormían para dar lugar a una nueva noche llena de esperanza por conseguir un mundo mejor.

Y eran dos puntos de vista diferentes. Pero ambos tenían un mismo camino por recorrer.

(…)

Armin trataba de recuperar la respiración, pero Jean no le daba tregua. Acostado sobre su cama, recibía los besos y las caricias que sentía por todo el cuerpo sin poder hacer nada más que gemir y suspirar. Había tratado en varias ocasiones de alzar la mano y tocarlo al menos, corresponderle de otra forma que no fuera con sonidos vergonzosos pero Jean se alejaba cada vez que lo intentaba. «He esperado esto mucho tiempo, Armin» le decía sin explicarle más. Ni cuánto, ni cómo, ni (lo que menos entendía) por qué. Sin embargo todas las preguntas se evaporaban como el agua al sol cuando lo besaba de nuevo. Estaba realmente perdido.

—Jean… por favor… —«Aire, no hay aire en la habitación»—. No puedo, Jean…

Nada. Ni un solo respiro. Los besos pasaban de ser de agresivos a amables y las caricias de rudas a suaves. Y volvía a empezar esa locura que no podía (no quería) controlar. Y por esos instantes el cansancio acumulado no existía, ni importaba la tensión que habían sentido en esas últimas horas. Sólo existían el uno para el otro y nada más.

Pero todo se acabó cuando empezaron a escuchar el alboroto en el exterior de la habitación. Los soldados se preparaban para ir a desayunar y a recibir las nuevas órdenes del Capitán Smith. Pronto se darían cuenta de que Christa, Ymir y Lisa habían desaparecido y entonces buscarían culpables entre toda la Legión.

—¿Cuánto tiempo crees que tardarán antes de darse cuenta? —preguntó Jean quitándose de encima a regañadientes.

—No lo sé —contestó Armin quien acababa de encontrar su fuente de oxígeno—. ¿Unos minutos, quizás?

—Bien. —Se acostó a su lado, con una mano en su cadera y la otra bajo la cabeza. Sin dejar de mirarlo—. Con suerte, podré dormir media hora antes de que empiecen el interrogatorio. Se me da mejor mentir con la cabeza despejada.

Armin rio y se acercó sus labios para darle un beso. Observó su cara relajarse de golpe, las líneas de su contorno alisarse y sus ojos castaños (ahora oscuros, como el café de medianoche), cerrarse poco a poco. El fantasma de una sonrisa. Las caricias ininterrumpidas. La cercanía, el olor a salvia, el calor de su cuerpo, sintiendo las marcas de sus besos todavía en la piel. Y de repente, fue tan lógico, fue tan obvio que se recriminó por no haberse dado cuenta antes.

Está enamorado de ti.

Y lo único que se sorprendió fue darse cuenta de que él también lo estaba de Jean.

Sin embargo, había un asunto que no lo dejaba en paz. Era un péndulo que volvía a su lugar tras un periodo, y aunque trataba de resolver el misterio por sí mismo, aún le faltaban datos que recopilar, información que conocer y heridas que cerrar.

—¿Jean? —Él gruñó por toda respuesta y pegó aún más sus cuerpos—. ¿Puedo preguntarte una cosa?

—¿Ahora? —inquirió entreabriendo un ojo.

—Después vamos a estar muy ocupados respondiendo otras clases de preguntas bastante más incómodas. —O no, ya no estaba seguro saber qué podía ser peor para él.

Jean suspiró y apoyó la cabeza en la palma de la mano para prestarle toda su atención.

—Me preguntaba… —Tan pronto como comenzó, se calló. Era difícil tocar ese tema cuando aquella había sido la única pregunta que Jean jamás había contestado—. La verdad, yo me preguntaba si…

—Dilo de una vez, Armin.

—Marco —soltó de golpe—. Me preguntaba por Marco.

Jean no dijo nada y se pasó varios segundos sin que dijera una sola palabra.

—¿Qué sabes tú sobre Marco?

—Sé que le gustabas —dijo con extremo cuidado—. Y sé que te lo dijo durante la graduación. Creía que tú no sentías lo mismo, pero luego te vi en la fogata cuando él murió y supe que en realidad…

—Le dije que no a Marco —lo detuvo, tratando de ser lo más sincero que podía en esas circunstancias. Armin se merecía toda la verdad y esa era la oportunidad para explicárselo todo—. Él me contó lo que sentía por mí y yo le contesté que no podía corresponderle. Y que si algún día me gustara un chico, sería él.

El repentino alivio se transformó en unos pinchazos repetitivos y constantes en el corazón. Como el pulso, pero mucho más doloroso.

—¿Y entonces…?

—Tan sólo escucha, Armin. Sin interrumpirme —continuó, acariciándole la cadera—. Durante el viaje para buscar a Ymir, le dije a Connie lo que sentía por ti y me preguntó exactamente lo mismo. "¿Y Marco?" Yo al principio no sabía a qué se refería porque… bueno, él ya sabía que le dije que no.

«Pero sí te gustaba Marco».

«No, te equivocas, yo no…»

«Sí te gustaba. Estabas todo el día con él, lo perseguías, lo defendías, no dejabas que nadie extraño se acercara a él. ¿Y cuántas veces habéis dormido juntos? ¿Cuatro, cinco?».

«¿Cómo sabes que…?»

«¿Cuánto haces que no piensas en Mikasa, Jean? »

Jean se había quedado callado ante esa última pregunta. Se acababa de dar cuenta que no había pensado en ella en al menos tres años, más o menos el tiempo en el que empezó a obsesionarse con Marco. Connie lo miró y esperó a que digiriera la información.

«Te gustaba Marco, Jean. Te gustaba tanto que ha pasado más de un año y no lo has olvidado».

—Poco a poco —dijo con extremo cuidado—, Connie me hizo ver que en realidad sí me había gustado Marco. Pero que cuando él habló conmigo en la graduación, todavía no lo había asimilado del todo.

Armin no pudo más. Se separó y trató de levantase de la cama para esconder sus lágrimas en un sitio muy lejos de él, pero Jean le pasó el brazo por la cintura antes de que pudiera marcharse.

—Armin, escúchame.

—Pero yo no soy…

—Lo sé. No eres ningún premio de consolación, ni el segundo plato de nada y tampoco estoy desahogando mis penas contigo. Cuando te he besado antes, no estaba pensando en Marco, ni en Mikasa, ni en nadie más. Sólo en ti. —Jean se levantó y le abrazó por los hombros, para hablarle en el oído—. Lo que siento ahora, en este momento, no es exactamente lo mismo que lo que sentía por Marco. Sois dos personas diferentes y no es posible que os quiera de la misma forma. Esto, tú y yo, es real, Armin. Y no quiero perderlo. —Armin siguió sin hablar, pero al menos no lo rechazaba así que hizo un último intento—. El otro día me dijiste que creías que se podían querer a dos personas al mismo tiempo, ¿verdad?

Finalmente, tras unos segundos de duda y angustia, Armin asintió con la cabeza.

—Sí que lo creo, pero esto es… —Armin dejó salir todo el aire y volvió a respirar—. Tengo que asimilarlo, eso es todo. Necesito un poco de tiempo, ¿de acuerdo?

—Te doy el tiempo que quieras —aceptó Jean besándole la coronilla. Había esperado mucho tiempo antes de darse cuenta de que lo que sentía por Armin era irremediable, así que no le importaba seguir esperando un poco más a que él se diera cuenta de lo mismo.

En ese momento unos gritos de alarma se escucharon en el pasillo. Rugidos enfadados, voces nerviosas, chillidos histéricos. Y se multiplicaban con rapidez hasta alcanzar la totalidad de la fortaleza.

—Bueno, Arlet. Has puesto a tres fugitivas en libertad en menos de una noche. Espero que estés satisfecho. —Jean se levantó y le dio la mano para ayudarlo a incorporarse—. ¿Dispuesto a enfrentarte a las consecuencias?

Armin se levantó y tuvo que sujetarse a su brazo para no caerse de nuevo. Lo miró a los ojos y trató de sonreír de forma ladina.

—¿Contigo?

Jean no tardó mucho en corresponder a su sonrisa.

—Siempre.


Antes de explicar nada, la conversación con Connie la tenía preparada, escrita y bien redactada desde el capítulo dos, pero al ver que con ella superaba las diez mil palabras, que es mi límite decidí quitarla y resumir en pocas palabras lo que quería decir, creo que es más directo así XD

Y sí, aunque sea el capítulo nueve, esto para mí se ha acabado. El siguiente capítulo es un pequeño (espero) epílogo ya que siempre me gusta ver cómo avanzan los personajes después de un tiempo. Pero sí. Se acabó. "Finito" como dijo mi profesor de francés tratando de hablar español (muy hardcore todo). Y realmente estoy bastante triste al ver que casi todo mi trabajo hecho y publicado y que solamente me voy a levantar una vez más con el pensamiento de "Tengo que publicar Consecuencias". Gracias por compartir el mismo camino conmigo, gracias por leer, compartir, reír y enamorarse conmigo de estos personajes. Gracias por los reviews y los favoritos. Y sobre todo, gracias por leer esta historia.

Kororo: Armin es mi personaje favorito, así que lo llames "rubio guapetón" me ha heccho reír muchísimo XD Y Christa e Ymir son especiales, mira que no suele gustarme mucho el yuri, pero es que están hechas la una para la otra aunque después de haber leído el manga ya no estoy completamente segura (no te digo más por si acaso te hago un spoiler). Y ya está aquí el siguiente capítulo, espero que te haya gustado.

Duckisses,

KJ*