Descargo de responsabilidad: Para aclarar sigo siendo tan pobre como antes de empezar a escribir este fic por lo tanto es obvio que la saga de Harry Potter no me pertenece.

Sin más, disfruten de la lectura ^^

10 — Furia y Angustia

Snape caminó rápidamente hacia el interior del castillo con Elena en sus brazos. Después de haber pasado algún tiempo sin su capa, el hombre ya empezaba a sentir mucho frío. La mujer que llevaba en sus brazos se sentía como si se hubiera hecho más pesada y el pocionista sólo podía rogar para que ningún alumno lo viera en aquella situación, por suerte para él, habían sido muy pocos los alumnos que se habían quedado en el castillo esta navidad.

Apresuró el paso a la enfermería. Siendo sincero, le preocupaba el estado en el que se encontraba Elena, teniendo que esforzarse cada varios segundos para distinguir su débil respiración, la cual en un principio le había producido un leve cosquilleo. Al llegar a la enfermería, llamó varias veces a madame Pomfrey mientras depositaba a Elena en una camilla. Poppy salió apresurada de su oficina al oír el tono de urgencia en la voz de Snape.

— ¿Qué sucedió? —preguntó, alarmada Poppy al ver el poco saludable color que tenía Elena mientras era depositada por Snape en la cama.

Inmediatamente madame Pomfrey empezó a realizar una prueba de diagnóstico sin esperar respuesta del hombre. Minutos después la medimaga se encontraba yendo de un lado a otro con mantas y pociones para la mujer. Le quitó la capa que tenía la señorita Lauper dejando al descubierto su delgado cuerpo. Snape que seguía presente, fue consciente de que estaba invadiendo la privacidad de la mujer así que, con paso rápido se dirigió a la oficina del director para informar los últimos acontecimientos de la noche.

Madame Pomfrey despojó de toda prenda a Elena y le dio dos pociones distintas; un relajante muscular y solución de fortalecimiento. Con un movimiento de su varita cerró la herida del labio de Elena. Con un limpio movimiento de la varita terminó vistiéndola con un camisón blanco mullido y arropándola con las gruesas mantas hasta el cuello. La señorita Lauper finalmente agotada con los últimos sucesos se dejó caer en un profundo sueño.

—Severus, ¿Te encuentras bien? —preguntó Dumbledore cuando lo vio entrar y una expresión de confusión acompañó a sus palabras al ver al hombre sin su capa, su ropa húmeda y más pálido de lo habitual. El profesor hizo un leve asentimiento con la cabeza. — ¿Y bien? ¿Qué noticias traes?

—El señor Oscuro atacará Azkaban para liberar a diez de sus más leales mortífagos. Entre ellos se encuentran los Lenstrange, Dolohov y Rookwood.

—Lamentablemente no hay nada que se pueda hacer ya que Cornelius no quiere escucharme, y yo le he advertido desde hace algunos meses que algo así podía llegar a pasar.

Ambos magos se quedaron en silencio varios minutos, el ambiente en la habitación se sentía pesado ante aquella negativa noticia. Dumbledore se dio cuenta de que Snape tenía más para decirle así que preguntó.

— ¿Hay algo que no me estés diciendo?

Snape rodó mentalmente los ojos ante esta acción evasiva de Dumbledore, ya que era obvio que el mago de mayor edad sabía que la información entregada no era toda la que tenía para dar.

—La señorita Lauper ha dejado de contar con el interés del Señor Oscuro.

— ¿Sabes a que se debe esto? — preguntó mientras se acomodaba mejor en una postura obvia de alguien que desea saber más del algo.

— No, ni idea.

— ¿Cómo te enteraste?

Snape suspiró antes de sentarse. Miró expectante a Dumbledore a la espera de algún comentario por su actitud el cual no llegó, así que decidió entrar en detalles.

— Cuando salía de la mansión Malfoy me topé a la señorita Lauper en el vestíbulo. No tenía buen aspecto y cuando traté de llevarla a su habitación ella se negó argumentando que el Señor Oscuro no la quería cerca. Ahora mismo se encuentra en la enfermería siendo atendida por Poppy. Aunque tal vez— añadió con lentitud— Mcnair haya participado en cuanto al estado final de la señorita Lauper.

Al escuchar la parte sobre el hecho de que Elena se encontraba en la enfermería de Hogwarts, los ojos del director brillaron de entusiasmo y preocupación.

— Así que Elena se encuentra en este preciso momento en Hogwarts ¿Verdad?

Snape lo miró extrañado ante esta actitud tan rara, casi parecía un niño al que le habían dicho que había una nueva versión de su videojuego favorito.

— Albus, no pensaras en ir a verla en este momento ¿cierto? — preguntó con cautela y con algo de recelo, no entendía del toda la curiosidad del Director.

— Por supuesto, este es tan buen momento como cualquier otro.

Y levantándose con rapidez se dirigió a la salida.

— ¿Piensas quedarte hasta que regrese o prefieres acompañarme?

Siendo sincero consigo mismo, Snape no creía que fuera buena idea acompañarlo y obviamente no se iba a quedar solo en ese despacho esperando por quién sabe cuánto tiempo hasta que el director se dignara en regresar. La opción más viable era, por lo tanto, que fuera a sus habitaciones en la tranquilidad de las mazmorras, además de que debía cambiarse de ropa ya que la que cargaba estaba húmeda y el empezaba a notar cada vez con más insistencia el frío. Pero ciertamente lo más desconcertante era que su instinto Slytherin le decía mantenerse alejado por su propia seguridad, aunque no podía encontrar la razón exacta por la cual debía guardar distancia con todo ese asunto.

— Estaré en mis habitaciones si me necesitas. — dicho esto salió con su paso elegante aunque carente del dramatismo que añadía su capa.

Dumbledore sólo lo miró divertido y luego procedió a emprender camino a la enfermería. Al llegar a su destino la encontró desierta. Extrañado, empezó a recorrerla hasta llegar al fondo de la sala donde se encontraba el despacho de Madame Pomfrey y una habitación para pacientes con casos especiales. Educadamente tocó esperando con ansias para poder entrar. Casi al instante la cabeza de la medimaga se asomó.

— Oh, Albus, eres tú. ¿Necesitas algo? — pidió al verlo, ya saliendo totalmente de la habitación y cerrando suavemente la puerta tras de sí misma.

— Sí. Me han informado que tienes una paciente que no es de estos lares y me preguntaba si podría verla por un momento.

— Lo lamento, Albus, pero en este momento no podrás verla. La pobre chica se encuentra en un estado deplorable y necesita reposo y tranquilidad para recuperarse. Sé que lo entiendes. — agregó al final con una voz que sugería que le daba igual si no lo hacía.

— Sí, por supuesto.

La medimaga asintió, pero miró con desconfianza al director al cual le brillaban los ojos de un modo misterioso. Claro está que con el tiempo que llevaba conociéndolo sabía exactamente el porqué de ese brillo.

— Albus, ¿Quién es la chica? — pidió con suspicacia.

— Oh, bueno, no es realmente muy conocida. — evadió su pregunta deliberadamente.

— Albus Dumbledore, ¿Qué se supone que ocultas?

La medimaga lo enfrentó, pero con una expresión de inocencia el director se despidió y salió del ala del hospital. Madame Pomfrey lo observó con una mirada de sospecha hasta que se perdió de vista. Era seguro que el director, como siempre, sabía más de lo que decía. Pero lo que atrajo la atención de la medimaga fue aquel brillo en sus ojos tan peculiar. Habían pasado muchos años desde la última vez que lo vio con aquel brillo. En definitiva tenía que hablar con Minerva, fue lo que pensó con un suspiró cansado mientras se dirigía a su despacho a realizar su informe sobre su nueva paciente, aunque pensándolo bien, no sabía su nombre. Tal vez Snape lo hacía. Tendría que preguntarle, pero no hoy, se recordó pensando en que tal vez el profesor de pociones no se encontraría de buen humor. ¡Vaya víspera de navidad que estaba teniendo!

El día de navidad amaneció frío y nublado, no era de extrañar teniendo en cuenta la época. Los pocos estudiantes que habían quedado en el castillo se levantaron tarde, y la mayoría después de abrir sus regalos tomaron un desayuno rápido en el Gran Comedor antes de salir a jugar con la nieve.

Una preocupada Narcissa se paseaba de un lado a otro en su salón preferido del té deteniéndose cada dos minutos para mirar a través de las ventanas.

— Cissy, vamos, tranquilízate. De ese modo lo único que lograras es formar un agujero en el suelo.

Habló con voz pausada Lucius quien tomaba una taza de té en el cómodo sofá de color beige, mientras al mismo tiempo leía el diario El Profeta. Su esposa lo miró con una expresión que claramente le reprochaba su tranquilidad ante la situación.

Ese mismo día en la mañana los señores Malfoy habían abierto sus regalos, una túnica azul marino de terciopelo hecho de una exquisita calidad y un juego de pulseras de oro con una pequeña piedra semipreciosa en el centro con forma de la flor camelia. La gema de hecho era una crisoprasa también conocida como crisopras o crisopas, una variedad de ágata (calcedonia) de color verde botella intenso, y ambos regalos habían sido de parte de Elena.

En sí, no había habido problema alguno hasta ese momento. La complicación empezó cuando Narcissa decidió ir a agradecer por los regalos a Elena. Al no encontrarla en la habitación empezó a buscarla por toda la mansión. Con el pasar de las horas y al no hallarla decidió mandar a un elfo doméstico a buscarla en todo el territorio Malfoy. Dicho elfo volvió minutos después con nada más que el vestido de Elena y uno de los aretes que había usado en la noche. Lo que más alarmó a la señora Malfoy fue que dichas prendas habían sido encontradas en uno de los pasillos. Su preocupación era obvia y ya tenía al mismo elfo buscando a la bruja aunque hasta el momento no había noticias.

— Ven siéntate. En cualquier momento vendrá el elfo y te dirá que no es nada grave y te habrás preocupado por nada.

— Tal vez tú no sientas la necesidad de preocuparte pero tengo una corazonada que me dice que algo anda mal. — respondió con una voz que sugería que estaba a punto de perder la paciencia.

Lucius suspiró audiblemente y se levantó dirigiéndose hacia su esposa a la cual abrazó por detrás haciendo que esta se recostara en su pecho.

— No te preocupes— habló el rubio después de un momento de silencio— las malas noticias siempre vuelan y como no hemos tenido noticia alguna de la señorita Lauper, lo más seguro es que se encuentre bien.

— Espero que tengas razón— murmuró, abatida.

— ¿Por qué mejor no le escribes una carta a Draco para saber cómo está pasando su día? — preguntó Lucius, tratando de mejorar su humor al distraerla.

— Sí, tienes razón. Además, me gustaría saber que le regaló Lena a él. Mientras, tú podrías mandarle a Severus la invitación para la fiesta de año nuevo. Tal vez este año tengamos mejor suerte, ya que esta vez por fin vino a la celebración de navidad.

Lucius bufó en respuesta ante lo dicho por su esposa.

— Hemos intentado por años que venga y jamás ha dado resultado. Si él quiere venir, que simplemente lo haga, sabe que es bienvenido aquí.

— Tienes que hacerlo, — le reprendió Narcissa— es el padrino de Draco.

Pero Narcissa al ver que su esposo no pensaba enviar la invitación, en forma de advertencia sentenció.

— Si tú no le escribes a Severus, yo no le escribiré a Draco y seguiré pensando en Elena.

Lucius, vencido, aceptó la propuesta de su mujer. Prefería escribir a su amigo que ver a Narcissa yendo de un lado a otro con los nervios a flor de piel.

Pero Narcissa no era la única que tenía sus emociones a punto de hacer erupción; Lord Voldemort en ese mismo instante estaba furioso, y al igual que con la señora Malfoy, la persona responsable de su turbación actual era Elena Lauper.

Voldemort había pasado la noche anterior tratando de descifrar el gran misterio que envuelve a Elena. Y es que con ella TODO es muy distinto a lo usual, desde el preciso instante en que llegó ya todo era diferente. Aquel día ella se había presentado ante él con una suave sonrisa y una disposición de lo más extraña. Ni Bellatrix había demostrado una admiración a tal grado y sin un motivo de por medio. Lord Voldemort no pudo evitar que una sonrisa de placer siniestro se hiciera presente en su cara durante algunos segundos.

Será divertido ver cómo se llevan Bellatrix y Elena. — pensó con diversión.

Pero al instante su enojo volvió. ¿Cómo se atrevía Elena a desaparecer así como si nada? Le debía respuestas. La noche anterior había sido muy claro, si no le daba respuestas, podía ir despidiéndose de su vida. La gran incógnita en ese momento era: ¿Dónde está Elena?

La rabia surgía dentro de Voldemort al recordar cómo había sido la relación entre él y Elena desde que esta última había llegado de manera permanente a la mansión Malfoy. Siempre con un toque de familiaridad, como si fueran viejos amigos. O incluso más cercanos, le susurró una voz en su cabeza. Eso de por si no hizo más que aumentar la ira del mago oscuro. Era inaceptable, inadmisible. ¿Cómo era posible que una insignificante mujer, no más madura que una simple chiquilla, provocara un cambio en su modo de actuar? Lo peor de todo era que aun así, en ese momento, siendo consciente de que algo debió de haber utilizado Elena para cambiar su actitud para con ella, seguía sintiéndose extraño con respecto a su persona, se sentía muy similar a un recuerdo lejano, no, aun más, sentía un deja vu con respecto a la bruja.

Era como… como si… no, ridículo. — pensó mientras crecía a cada instante más irritado. — ¡No podía ser! ¡Por supuesto que no!

Y con un movimiento furioso de su varita estrelló una butaca contra la pared. La misma butaca que solía usar Elena casi todos los días cuando pasaba horas o simplemente minutos en esa habitación, junto a la ventana.

Buenos días a todo el mundo. ¿Me extrañaron? Lo más seguro es que la respuesta sea no ya que no han dejado ni un solo comentario. ¡Qué malvados! Amo sus comentarios. Por favor no se olviden de dejar sus opiniones en el cuadro de abajo.

Ahora todo en torno a Elena se vuelve más confuso. ¿Qué es lo que sabe Dumbledore que no le ha dicho a nadie? ¿Y qué es lo que siente Voldemort con respecto a Elena? Si quieres saber esto y mucho más, no te olvides de estar pendiente del próximo capítulo.

Un enorme abrazo desde la distancia, nos encontramos en el próximo capítulo.

Besos y Abrazos. ^-^