Antonio llegó a casa todavía con una ligera sonrisa en los labios. Su hijo lo recibió con un abrazo y él lo recibió de buen grado.
–¿Dónde estabas?– Preguntó una joven con los brazos cruzados a unos metros de él– Sorpréndeme con la nueva excusa.
Odiaba que le hablara con ese tono de voz.
–Me encontré con un viejo amigo y quise pasar un rato con él– Cogió al niño en brazos y frunció el ceño–. Ah, cierto. Que ni eso me permites.
–En ningún momento te he prohibido salir. Sólo pido que me avises.
–¿Y cómo quieres que lo haga si te acabo de decir que me lo encontré? ¿Quieres que vea el futuro?
–Yo no he dicho eso.
–Pues entonces deja de una vez de quejarte sin razones. Voy a llevar al niño a dormir. Te aviso por si te vas a volver a enfadar, como siempre.
–Eres un infantil.
Antonio prefirió no contestar y subió con su hijo. Todos los días venía con la misma historia. Estaba harto.
Lovino entró con cierta vergüenza en casa del alemán. Trató de pasar desapercibido, aunque su hermano lo descubrió antes de tiempo, deteniendo su huida.
–Fratello!– Abrazó al de ojos color ámbar y comenzó a sollozar– ¿Dónde has estado? Me tenías preocupado...
–Fui a pasear para evitar escucharos, asquerosos.
Se despegó y trató de ir a su habitación caminando con todo el disimulo que pudo a pesar de que cada paso se le hacía un infierno. Mataría a Antonio si lo tuviera delante. Feliciano notó el gesto y alzó ambas cejar ante la sorpresa.
–¡Pero serás...! – Exclamó, tratando de mirar a los ojos de su hermano mientras este intentaba rehuirlo – ¿Tuviste una buena bienvenida? Porque eso parece.
–No sé de qué me estás hablando– Siguió caminado mientras sentía que a cada paso el dolor aumentaba. Necesitaba tumbarse y no levantarse de allí en un mes por lo menos, o nunca. Rectificó su idea al recordar que estaba de prestado en casa de Ludwig.
–Hicieras lo que hicieras, no te has metido en líos, ¿verdad? –Preguntó su Feliciano con algo de miedo en su tono.
Lovino se giró hacia su hermano y puso su típica mueca de molestia.
–No te incumbe.
A la mañana siguiente no sentía ni fuerzas para poder levantarse. Un dolor intenso le recorría el final de la espalda cada vez que intentaba reincorporarse. Finalmente, su hermano lo echó de cama.
–¡Vamos! ¿No te apetece hacer algo en vez de quedarte todo el día tumbado? ¡Podemos ir a la ciudad cercana! ¿Sabías que hay una? Tienen un montón de sitios a los que poder ir.
–Sí, sí. Lo sabía. Una vez fui... ¿No te estás emocionando un poco de más con el dinero del macho patatas?
–¡Él me lo dio! ¡Ve! ¡Ve! ¡Ve!– Canturreó– Además, vendría también.
–Entonces paso.
–Vengaaa– Comenzó a zarandearlo, aumentando su molestia–. Al fin tenemos tiempo para disfrutarlo y no lo quieres pasar con tu querido hermano pequeño...
Al final tuvo que ceder porque era eso o asesinarle.
–Por aquí pasa un autobús, ve. Tenemos suerte– Dijo Feliciano mientras salían de casa.
Lovino se limitó a asentir mientras mantenía la mirada fija a ciertos ojos verdes los cuales le miraban desde lejos mientras seguía su camino hacia su puesto.
–Fratello?
–¿Qué?– Salió de su ensimismamiento– ¿Qué quieres, pesado?
–¿Ese no es Antonio? ¡Antonio!
Corrió hacia el otro, el cual sonrió ampliamente al verle y le dio un par de palmaditas en la cabeza. Tanto Lovino como Ludwig se vieron obligados a ir junto ambos.
–Es genial volver a verte, Feli– Se giró hacia el mayor de los Vargas, todavía con la sonrisa en labios–. Hola, Lovi.
–Hola– Dirigió la mirada al suelo.
Feliciano se dio cuenta del gesto.
–¿Os habíais visto antes?– Preguntó bastante seguro de la respuesta.
–Ayer me lo encontré al volver a casa– Respondió Antonio, algo incómodo–. Si no os importa, tengo algo de prisa... No quiero perder el autobús.
–¿También vienes? ¡Bien!
El moreno los vio algo confundido, pero prefirió no preguntar.
La ida fue bastante incómoda para todos menos para el menor de los italianos, el cual parecía estar lleno de energía e ilusión. Lovino y Antonio se miraban de vez en cuando, el mayor sonriéndole al otro y consiguiendo que se alterara por ello.
–¿Cómo estás?– Preguntó Antonio, haciendo alterar al ítalo.
–¿Qué? Bien. No me puedo quejar, supongo.
–Bien– Le sonrió y volvió a haber silencio.
–¿Y tú?– Preguntó de vuelta un par de minutos después.
Antonio se encogió de hombros.
–Hay algún que otro problema últimamente, pero no tienen demasiada importancia.
–¿Relacionado con tu mujer acaso?
Feliciano se acercó un poco a ellos de forma disimulada, fingiendo no escuchar ya que estaba hablando alegremente con el alemán. No obstante, la pareja pudo notar el creciente interés de éste, por lo que decidieron no hablar demasiado del tema. El moreno hizo un gesto con la mano, indicando que se lo diría luego, para recibir un asentimiento por parte del mayor de los hermanos.
–Qué va. Ella es genial– Sonrió, notando como el menor de los Vargas se apartaba algo, ya menos interesado. Había sido demasiado fácil.
–Me das envidia. Yo lo más parecido a una mujer que tengo es a Feliciano, y no es muy agradable.
–¡Veeee! Fratello!– Se giró hacia ellos, poniendo un puchero.
–Cotilla de mierda– Golpeó la frente del otro con el dedo–. Métete en tus propios asuntos.
–¡No seas cruel!– Gimoteó un poco, siendo arrastrado de nuevo al sitio por Ludwig nada más hacerlo.
El español rio.
–Yo bajo aquí. ¡Nos vemos!
En todo lo que transcurrió de la tarde, el menor de los Vargas no le quitó la vista de encima a su hermano, ya que aquellas miras, y esa manera de andar que tenía lo delataban claramente. Ese había tenido un momento indecente con un hombre casado. Estuvo cerca de regañarle varias veces, pero en parte lo entendía. Realmente, ¿quién mejor que él podía entender ese asunto? De acuerdo que Feliciano había tenido suerte en cuanto a su relación, y que Ludwig seguía sin contraer matrimonio, mas entendía bien la situación de encontrarse continuamente en peligro y el no tener opción a la hora de enamorarse de alguien.
No obstante, Lovino se estaba metiendo en un problema todavía más complicado.
Lovino entró en la casa del francés y se sentó en el sofá. Vio que había una estatua bastante grotesca y explícita en la sala de estar. Estaba seguro de que si la dictadura lo hubiera encerrado en lo más profundo de un calabozo para que no volviera a ver siquiera la luz del sol de nuevo. No tardó mucho en empezar a dar vueltas por la sala, impaciente. Se detuvo para mirar el reloj y comprobar que eran las nueve y cinco minutos. Retomó su intranquilo paseo, todavía más nervioso.
Justo cuando estaba tratando de recordarse por qué estaba ahí y por qué le había dado una oportunidad al español, llamaron a la puerta. Asomándose un poco por la ventana pudo comprobar que era el idiota de Antonio.
–¡Hola, Lovi!– Saludó cerrando la puerta.
–¡Nada de "Hola, Lovi"! ¿Dónde estabas?
El español puso los ojos en blanco.
–No me basta con mi mujer que ahora preguntas tú...– Suspiró ruidosamente– Fui a avisar que volvería tarde. Ayer me echaron bronca. Bueno, ahora estoy aquí.
El mayor acarició la mejilla de su amante y fue al sofá, donde se dejó caer. Lovino lo observó desde lejos unos segundos hasta que decidió acompañarlo. Fue recibido en un cálido abrazo.
–Tengo problemas con mi mujer desde hace mucho tiempo– Soltó sin más el moreno, jugando con los dedos de Lovino–. Ella no es tan maravillosa como decía. Todo iba bien hasta que le pedí terminar. Al volver se volvió mandona y abusiva, pero pensé que sería cosa de mi imaginación, ya sabes, ideas equivocadas por no sentir lo que debería sentir, y no le di demasiada importancia. Después nos casamos y no hubo marcha atrás, y poco después se quedó embarazada y ahí las cosas se pusieron peor. Al ser más en la familia, más dinero debía conseguir, pero no me ascendían así que ella volvía a quejarse. Si llegaba algo tarde, se repetía la misma historia. Al final me rendí y terminé por tardar más sólo para pasar menos tiempo con ella.
–Es tu mujer. No deberías permitir que te dé órdenes.
–¿Y qué quieres que le haga? Ya he probado a mandarla callar pero soy demasiado dócil– Comenzó a reírse–. Es imposible para mí ganar en una discusión.
–Dale un bofetón. Seguro que así aprende a cerrar la boca– Gruñó, cruzándose de brazos y dirigiéndole una mirada reprobatoria a Antonio.
–Lovino... No todo se soluciona de esa forma.
–¿Y cómo pretendes que te haga caso?
–¿A ti te haría gracia que te pegara simplemente por discutir?
Lovino suspiró y se recostó en el sofá.
–Me llegas a tocar y te la devuelvo el doble de fuerte. Supongo que lo entiendo.
Miró hacia los orbes verdes de su compañero en silencio, admirando el color vivo que estos deprendían a pesar de encontrarse apagados por la mella que el tiempo había causado en su poseedor.
–Háblame de ti, Lovi. Quiero saber qué has estado haciendo estos años.
–Creo que ya he contado todo lo interesante que me ha pasado. Ya te he dicho que no hice más que trabajar y dormir, trabajar y dormir, beber, trabajar y dormir...
–¿Por qué no aprendiste portugués?
–Supongo que no fue realmente necesario. Con la gente que llegaba a interactuar hablaba en español con ellos. Si necesitaba un intérprete, tenía a Feliciano. Principalmente hablé con él y con alguna joven española o italiana que se encontraba por ahí, ya fuera de paso o huyendo de la guerra como en nuestro caso. Bueno, y con el bastardo de las patatas, pero con ese sólo eran insultos prácticamente– Antonio rio un poco–. Trabajé en una fábrica de muebles de madera, algo muy interesante...– Gruñó bajo tras soltar la frase con sarcasmo y se dejó caer sobre el regazo del otro – Al cabo de un año me despidieron y conseguí trabajo en otra, una de conservas. Les engañé y así mi hermano y yo aguantamos un poco más de tiempo allí. No me gusta Portugal, y dudo mucho que vuelva a poner un pie en ese lugar. Me sentía demasiado aislado allí.
–No te será necesario volver– Acarició el cabello de Lovino con cariño, convencido en lo que estaba diciendo, algo que tampoco le agradaba en exceso–. Volverás a Italia, tu hogar...
Realmente Lovino ya no sabía cuál era su lugar. Después de los años pasados, todos los problemas aparecidos respecto a la guerra, y las mudanzas, estaba completamente perdido.
–¿Vamos arriba?– Susurró el moreno cerca del oído del otro, dándole después un suave beso en el cuello.
–Ni de coña. Me hiciste tanto daño ayer que no creo que te permita volver a tocarme.
–Lovi...– Lloriqueó un poco, mas sólo consiguió un sutil golpe en la frente. Contratacó con un ataque de cosquillas el cual sólo consiguió enojar más al ítalo, o eso quiso fingir porque entre risa y risa obligada, había alguna real.
Antonio se despidió del menor y salió de la casa con una ligera mueca de felicidad en los labios. No habían podido estar demasiado tiempo juntos, pero al menos lo había tenido cerca.
Llegó a su hogar y abrió la puerta con algo de miedo, aunque para su suerte, María no estaba allí. Suspiró, aliviado, y comenzó a caminar por el pasillo hasta llegar al salón, donde se detuvo al escuchar la radio todavía encendida dando alguna que otra noticia. Sobre el sofá su hijo dormía con el brazo colgando fuera de este. Se enterneció completamente al verlo y lo cogió en brazos para llevarlo a su dormitorio. Su mujer era una irresponsable por ni molestarse en subirlo. Sólo bastaron dos pasos para que el niño abriera los ojos. Se le quedó mirando de forma somnolienta con sus ojos color jade, hasta que decidió bostezar.
–Buenas noches, papá. ¿A dónde me llevas?
El mayor sonrió y siguió caminando.
–A tu habitación. No es bueno dormir en el salón. Podrías pillar un resfriado o algo.
–Estoy bien. Soy fuerte– Volvió a bostezar–. No quiero ir a dormir.
–Mañana tienes colegio.
–Pero quiero estar un poco con papá...
Antonio se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Ya antes tenía poco tiempo para pasarlo con su hijo, menos ahora que llegaba todavía más tarde.
–Está bien. Mañana no irás al colegio por unas horas y te quedarás conmigo, que no trabajo de mañana. No se lo digas a tu madre, ¿eh? Se enfadaría mucho, y yo también si se entera.
El niño se llevó una mano a los labios y siseo, mostrando una alegre sonrisa.
–Así me gusta.
Dejó al niño sobre el colchón y le dio un pequeño beso en la frente a modo de buenas noches. Salió de allí y se acostó en su propia cama, en la cual se encontraba la joven durmiendo completamente echada hacia un lado, rechazando siquiera la idea de mantenerse cerca.
A la mañana siguiente, Lovino salió lo más rápido que pudo de casa para no tener que contestar a preguntas incómodas por parte de su hermano. El moreno no tenía trabajo de mañana, lo que quería decir que podrían pasar unas horas más juntos. Ir siempre a la casa del francés quedaba demasiado sospechoso, y como María salía todos los miércoles con amigas, la casa estaba completamente vacía.
Llamó a la puerta y esperó en el rellano. Antonio le abrió con una sonrisa algo forzada.
–Hola, Lovi. Pasa, pasa.
–¿Qué pasa, bastardo?– Entrecerró los ojos y avanzó por el pasillo seguido de su pareja– Por cierto... Si tienes interés aún en "eso", que sepas que ya no me due...– Se paró a mirar como el mayor negaba repetidas veces con la cabeza, haciendo que el italiano alzara una ceja– ¿En serio? Tú mismo...
–No es eso, Lovi. Es que...
El menor se sentó en el sofá, reparando que había una figura más pequeña a su lado.
–¡Hola!– Saludó, sonriente.
Lovino se levantó del asiento de un salto, echándose hacia atrás y casi tropezando con la mesita que decoraba el centro de la alfombra. Permaneció un minuto entero mirando al niño. Tenía los ojos verde intenso como los de su padre, cabello castaño y ligeramente rizado, además de alborotado. Una bonita sonrisa decoraba su rostro y llevaba ropa que aparentaba ser algo costosa. Quitando los rasgos infantiles y el pelo más claro, era exactamente igual a Antonio.
–¿¡Por qué hay una copia tuya en miniatura en el sofá!?
El español rompió a reír al escuchar esa frase.
–Es Toni, mi hijo. Ya te hablé de él.
–¿Qué tienes en los huevos? ¿Una imprenta o algo?
–¡Lovi!– Frunció el ceño, ligeramente molesto aunque trataba de reprimir la risa- Ese vocabulario.
–Ni que te molestara. ¿Podemos hablar?
–Sí, claro.
Lovino agarró el brazo de su compañero y lo apartó del pequeño para que este no pudiera escucharles.
–¿En qué momento me dijiste ayer que iba a haber un mocoso en casa?– Gritó en susurro.
–¡Oye! Es mi hijo. Lo sabes, ¿verdad?– Lovino enarcó las cejas– Lo siento, ¿vale? Se puso ayer triste porque apenas paso tiempo con él por el trabajo, y decidí que podía quedar aquí un rato... ¡Lo sé, lo sé! Fue estúpido, pero… mira esa carita– Señaló hacia el sofá–. Es imposible decirle que no...
–¿Te das cuenta de que yo voy a estar sólo una semana aquí? ¿No podías tener tu momento padre e hijo otro puto día?
–Te lo compensaré, lo prometo. Luego lo llevo a la escuela. Sólo va a estar aquí un ratito, un poco sólo. Venga... No te molestes...
El italiano suspiró ruidosamente.
–Está bien... Más te vale que sea poco tiempo.
El moreno sonrió ampliamente y guio al menor hasta el sofá de nuevo.
–Toni. Este es Lovino, un buen amigo.
–¿Qué hace aquí?– Preguntó mientras imitaba la mueca del ítalo para luego sonreír– ¡Ibas a estar conmigo!
–Lo sé, pero tengo que llevarte a la escuela. No vas a librarte de ir todo el día o mamá me mata– Se giró hacia Lovino– ¿Quieres algo de desayuno?
–Me vendría bien, sí– Se sentó a una distancia prudencial del infante y observó como Antonio se iba hacia la cocina–. Y... ¿Cuántos años se supone que tienes?
El guardia civil ya se lo había dicho, pero prefería parecer amigable. El crío era importante para el español.
–Cinco, casi seis– Volvió a imitar a Lovino, frunciendo el ceño y bajó el tono– ¿Cuántos años tienes?
–Muchos.
–Se nota– Rio.
El ítalo se giró hacia él, ligeramente molesto. Prefirió no decir nada. No le agradaban los niños.
–¿Eres la puta de la que mamá habla?– Preguntó el infante de la nada.
La expresión del joven cambió rápidamente de molesta a sorpresa, para luego horror.
–¡No! ¿Sabes que significa esa palabra?
–No... pero la repite mucho. Dice bastante "Antonio estará con la puta esa".
"Tú madre es la puta" pensó el extranjero, molesto.
–Tu mamá no sabe nada de eso. No soy una puta, ¿vale?
Lovino se cruzó de brazos y dirigió la mirada hacia otro lado. Ya no quería saber más del niño, aunque el otro sí parecía tener interés en él.
–¿Por qué hablas raro?
–Vengo de otro país.
-¿Dónde?
–Lejos.
–¿Más que tío Francis?
–Sí.
–¿Más que tío Gilbert?
–No.
Antonio apareció con un par de rebanadas de pan con manteca en una bandeja. Al menor le rugió el estómago nada más verlas. Tenía mucha hambre. El español dejó la bandeja sobre la mesita y observó al italiano mientras este engullía la pobre comida.
–Papá.
El español prestó atención a su vástago, sonriente.
–¿Qué es una puta?
Momento de silencio a excepción de la continua tos por parte del de ojos ambarinos, el cual se había atragantado del susto.
–Lovino...– Antonio sonrió, molesto– ¿Qué palabra le has enseñado?
–¡Ninguna, lo prometo! ¡Él la sabía de antes!
Ya de antes tenía al pequeño atravesado por ser el simple recordatorio de su error al dejar al guardia, pero después de aquello no quería volver a verlo por bastante tiempo. Al menos al final pudo compartir un largo rato a solas con Antonio.
–Te quiero– Le susurró el español al otro lado de la cama, observándolo con una ligera sonrisa en los labios.
–Eso lo dices porque me acuesto contigo– Se subió los pantalones a saltos y giró hacia el mayor–. Es broma.
–Más te vale que lo sea, porque no quieres ver mi furia desatada– Entrecerró los ojos, fingiendo molestia–. Puedo ser peligroso si se me provoca.
–Seguro que sí...
Antes de que el moreno pudiera abrir la boca de nuevo, Lovino ya había decidido darle un pequeño beso.
–Tienes razón. Prefiero no verlo. El Antonio que yo conozco es mejor.
–¡Lovi! ¡Eres adorable!
Y sin previo aviso, lo arrastró de nuevo a la cama para ahogarlo con besos y abrazos.
Salió de casa de Antonio todavía con una sonrisa en los labios. Se giró para echarle un corto vistazo al hogar del guardia civil y comenzó su camino. No mucho había avanzado hasta que vio a la joven la cual estaba sin saberlo compitiendo con él por el bastardo español. María se le quedó mirando fijamente, entre confusa y molesta. Lovino se preguntó qué tendría en su contra.
La mujer se detuvo, parando a su amiga la cual le acompañaba. Escrutó al ítalo durante unos segundos y siguió su camino.
"¿Qué mierda ha sido eso?" se preguntó el muchacho bastante hastiado ante el carácter de la española. Continuó caminando para finalmente llegar a casa del alemán y llamar a la puerta todavía con el ceño fruncido. Su hermano le abrió mostrando una sonrisa tan luminosa que pondría haber cegado al propio sol.
–Ciao!
–Lo que sea.
Apartó con cuidado a Feliciano y entró en la casa. Sin dudarlo mucho, se sentó en la primera silla que vio.
–¿Dónde has estado?– Preguntó el hermano menor con un deje de curiosidad en el tono– Te has pasado la mañana fuera. Lud dijo que te habías ido a las diez de la mañana.
–Fui a dar un paseo– Soltó, escueto.
–Ve. Piensas que soy tonto o algo.
–Lo afirmo– Sonrió de forma socarrona– ¿Qué más te da el qué estuviera haciendo?
–Quizás te estés metiendo en líos, fratello. Es por eso que estoy preocupado.
Lovino rodó los ojos. Sabía que lo que estaba haciendo no era realmente muy noble, pero la culpa la tenían Antonio y su rostro seductor.
Por suerte para Antonio, ese día no tuvo que soportar a su mujer. Volviendo tarde de "trabajar", se la encontró de nuevo durmiendo. No sabía a ciencia cierta cuando había comenzado a acostarse tan temprano, pero le pareció mejor ya que así no tendría que soportar quejas por todo.
Su hijo, como al día anterior, se encontraba en el sofá viendo el televisor. Esta vez no le dejó faltar a la escuela a la mañana siguiente. Su mujer se lo llevó a clase como hacía todos los días, y sólo cruzó monosílabos con Antonio, junto a un cortante "buenos días". Cuando iba a irse, su mujer lo detuvo agarrándole de la manga de la camisa. Le dirigió una mirada afilada y se decidió a hablarle.
–¿El italiano? ¿En serio?
Antes de que el español pudiera decir algo siquiera, ella ya se había ido. Antonio quedó estático en el sitio, tratando de quitarse la idea de que corría peligro. Sólo habría sido una tonta deducción, nada más.
...o...o...o...
Bueno, bueno, bueno, bueno. He de dar una explicación. Aunque no he tardado más de un mes en publicar esto, sí he de decir que llevo con este capítulo escrito desde hace casi semana y media. ¿Por qué he tardado tanto en subirlo? He pasado por unos días donde todo lo que escribía me daba asco, y al terminar de escribir esto ni me molesté en releerlo, por lo que no me atrevía a enviárselo siquiera a quien me corrige los capítulos. Una estupidez, lo sé, pero estaba tan hundida y asqueada con mis propios escritos que no podía. Lo que sea. Tras hablar de este tema, al final consiguieron hacer que me sintiera mejor y... aquí estoy. Dispuesta a seguir escribiendo y, esta vez, darme más prisa con la última actualización. El otro problema que tuve, y que aun sigue ahora mismo, es que Fanfiction no está enviando notificaciones de las actualizaciones. Eso supone que si publico esto, menos gente la leerá, y a lo mejor alguien que sigue la historia desde hace mucho se pierda este capítulo sólo por ello. De todas formas, quiero actualizar ya, y quiero suponer que el error de fanfiction ya ha pasado o sólo me pasa a mí.
Tras este mensaje exageradamente largo, os he de decir gracias, de veras. El anterior capítulo recibió muchísimo apoyo. Varias personas en las diferentes páginas donde estoy publicando esta historia me han dicho que les está gustando muchísimo, o que es de sus fics favoritos. No sé, eso me ha animado un montón y me he dicho: "Eh, ellos tendrán razón, ¿no?". El caso es que estaba muy insegura con este paso de los siete años, pero veo que a mucha gente le ha gustado, así que... gracias a todos por leer y apoyarme, de verdad.
B-bueno. Dejémonos de cursilerías y vayamos al asunto. Como hemos podido observar, la adorable mujer de Antonio no confía en nuestro querido italiano. ¿Se atreverá a decir algo más? Como lo haga creo que varios se le echarán al cuello... je. No os preocupéis por la siguiente actualización. Ya estoy trabajando en ella, y quiero pensar que será pronto. ¡Ahora estoy motivada!
sigdom: Lo sé, tesoro. No quería hacerte llorar, ya te lo he dicho T-T Ay, que poco confías en mí (Y haces bien). Jajaja sólo queda esperar al capítulo final... ¡Gracias por comentar!
Lovi love: Ay, muchas gracias. Ha sido un poco arriesgado, pero he visto que a la gente le ha gustado (Supongo que muchos se esperaban el cliché de "Dejaré todo para estar contigo"), pero sí. Siete años de nada han pasado. Por supuesto que Toni hijo hace feliz a Antonio, ya que fue su apoyo moral en esos años donde no tuvo a Lovino y tuvo que soportar a María. Lovino entiende que éste haya rehecho su vida, pues es algo normal, pero claro, duele mucho. jajaja El próximo será el último, y no se si sentirme triste o alegre, pues le tengo demasiado cariño a esta historia. No descartes el final feliz, pues puede darse de alguna forma, ¿no crees? Aunque difícil, parece.
Y eso fue todo. Gracias por leer, ¡y hasta la próxima!
