—Capítulo 10—
Bloody Bashing

Cuando la cosa se estaba poniendo muy caliente y parecía que estaba a punto de estallar una somanta de tortas a ton ni son, el Doctor nos tocó el hombro y nos guiñó el ojo. Teníamos que largarnos ya, mientras estos locos se mataban entre ellos. Cuando saltó el primer manotazo del Coronel Mayor Sontaran al Emperador Dalek, salió corriendo el Doctor hacia una puerta que había al fondo. En cuestión de segundos empezó a montarse un pitote de rayos láser, guantazos y empujones como las películas viejas de Bud Spencer y Terence Hill. Y nosotros pasando en medio de todo este barullo de majaretas apocalípticos. Pero Harry y Ginny no perdieron el tiempo con lo ocurrido. Cuando llegamos a la puerta, vieron que en suelo yacían un dalek, un cyberman y un sontaran con pajaritos y estrellitas sobre la cabeza. Recogieron suficiente material genético para usar el artefacto. En medio del alboroto, unos cybermen y unos daleks se percataron que huíamos, y empezaron a perseguirnos. Es posible que algún sontaran se hubiese dado cuenta que estábamos huyendo, pero probablemente estaban más interesados en las tortas y los bofetones, que en perseguir a dos fugitivos. Total, eso no era muy glorioso, era más insigne y épico morir en campo de batalla.

En ese momento de huida me preguntaba quién me mandó meterme en este fregado, y por qué me habría de haber metido en la Tardis. Me resonaban las palabras del Doctor en la cabeza: «… No me gusta viajar solo y acepto a algún acompañante de viaje. Quien venga conmigo vivirá una vida llena de emociones y aventuras. Jejeje». Y no veas qué emociones, como para sufrir un patatús, por favor. Con menudo chiflado me he juntado. Si salgo viva de esto, me vuelvo a casa. Me acordaba de mis compañeros de facultad, cuando nos juntábamos en el bar de la uni y nos poníamos a hablar de series, de música, de tonterías o de lo horrible que era editar vídeo en esas cabinas que parecían una celda de Auschwitz. Pero nos lo pasábamos bien después de todo, aunque nos fastidiase esa profesora maldita con cara de Sheldon Cooper que me suspendió la muy… y que la carrera no me acababa de convencer. Pero eran buenos tiempos. Al menos, mucho más tranquilos y apacibles que el delirio en que me había metido ahora. No tenía que huir bajo una lluvia de rayos láser, ni perseguida por monstruitos de metal o con forma de pulpo, ni por más locuras que he vivido… en pocas horas que he marchado de casa, he pasado de todo: he sido disparada, me estrellado en un coche volador, con una escoba voladora sobre una bala de paja, … que es una locura. Y a saber de estos locos. Esto parece que es una nave espacial. ¿Qué ocurriría si la destrozan? Nos íbamos todos al garete.

Cuestión, mientras reflexionaba en el mar de luces en la huida, nos íbamos perdiendo en los pasillos laberínticos de la nave espacial. El Doctor iba sellando las puertas con su destornillador sónico. Esto solo servía para contenerlos durante un rato corto hasta que derribaban la puerta a cañonazos láser. Llegamos a una gran sala circular donde se podía ver unas escaleras que conducían a diferentes balcones metálicos agrupados en cada piso. Arriba del todo se veía una gran cúpula de cristal. Decidimos a última instancia de subir hacia arriba a ver qué nos amparaba el destino y si encontrábamos algún rincón donde no ser descubiertos. Subir era realmente agotador, después de una estampida enloquecida, solo faltaba que encima tuviésemos que subir tantos pisos. Me faltaba el aire de tanto subir. Cuando llegamos a una puerta a nivel considerable, un grupo de Daleks había logrado acceder a la sala y pudimos ser vistos. ¡A tomar espárragos el factor sorpresa! En ese instante descubría algo que me acabó de aterrorizar más. Los Daleks vuelan… sí, vuelan… como helicóptero. Eso quiere decir que en un santiamén van a alcanzarnos. El Doctor cerró una gran puerta blindada que nos daría quince minutos de tregua. Había que pensar algo.

—¿Cómo tenemos el Perturbador Genético? —Preguntó el Doctor angustiado.

—Vamos a necesitar tiempo y tranquilidad —Respondió Ginny.

—Se necesita preparar el material genético —dijo Harry—, y luego introducirlo en el artefacto. Para eso se requiere tiempo, no es fácil.

El Doctor empezaba a deambular arbitrariamente mientras se cogía la cabeza con las manos y se arengaba diciendo «Piensa, piensa, piensa, piensa… piensa algo que los pare». Se subía por las escaleras, saltaba a una barra donde se columpiaba con los brazos, tiraba chinillas a un agujero en la pared, a hacer equilibrismo sobre una barra… y entonces miró al techo y dijo eureka. Había un tubo que transportaba un ácido muy potente.

—Si consigo —dijo el Doctor—que los Daleks pasen por aquí y construyo una trampa que cuando abran la puerta se les rocíe el ácido. Eso hará que su coraza quede dañada y no funcione bien. No podrán perseguirnos y nos dará tiempo para encontrar un escondite mejor. Soy un genio.

—¡Qué debemos hacer!—pregunté.

—Necesitaré cable o alambre, y que me ayuden a aguantar el tubo. Enseguida lo tengo listo. Después debemos huir por conducto del aire. Así no nos podrán perseguir.

Dicho y hecho; habíamos orientado el tubo hacia la puerta y creado un mecanismo que cuando se abría, salía el ácido. Es decir, que tan pronto como asaltaran la sala, quedarían bloqueados. Esto crearía tal confusión que nos daría tiempo para subir por el conducto del aire, y con la esperanza que nos dirigiese a un rincón donde tranquilamente Harry y Ginny activasen el Perturbador. Fuimos arrastrándonos por el canal iluminado con el destornillador sónico del Doctor y con las dos varitas mágicas de Harry y Ginny. Es curioso ver hasta los detalles que habían simulado las varitas con las de las novelas.

Al final llegamos a un punto que se debía ascender hacia arriba y no había ningún tipo de escalera. Enseguida Harry nos dijo que las varitas tenían un incitador de ingravidez. Es decir, que nos permitía levitar y que ayudado con las manos podíamos escalar. He de confesar que cuando me enteré cómo se levitaba me dio tal risa que aún no he logrado desprenderme. Te tocaban las orejas y empezaban a batir como si fuese un pajarillo, y lo hacían a tal velocidad que provocaba un zumbido. Sí, sí, … como os lo cuento. Sé que es difícil de creer. Si me lo hubiesen contado, me hubiese partido la caja de risa, pero soy testimonio y doy fe en pecho que fue así. El Doctor con su típica actitud inmadura —la leche y la madre que lo trajo al mundo, parecía que fuese Peter Pan de viejo—no paraba de reírse y silbar imitando el sonido de los pajarillos. Se tiene que reconocer que lo hacía muy bien y que daba el pego. Empezamos a ascender, creo yo que recorrimos como cien metros en vertical y al final llegamos a una escotilla. El Doctor la abrió con su destornillador sónico y entramos en una sala que parecía ser un laboratorio.

—¡Qué chuli! Aquí tendréis un espacio perfecto para preparar el Perturbador

—¡Sí Doctor! —contestó Harry—tenemos todos los utensilios perfectos. En media hora estará listo y habrá acabado.

—¡Doctor! —dijo Ginny—debería conseguir tener distraídos a los Daleks, Cybermen y Sontarans durante este tiempo y que no entren en el laboratorio.

—Jejeje tenéis razón, venga —dijo el Doctor mirándome—acompáñame que vamos a preparar una bromita al Emperador, al Rey y al Coronel Mayor.

—Doctor —le respondí—esto es una locura, no sería más seguro permanecer aquí y esperar a los resultados.

—Harry y Ginny tienen razón, ellos nos están buscando por todas partes y si los tenemos distraídos, ellos podrán trabajar tranquilos. No te preocupes. No correrás peligro.

—Jejeje Doctor —dijo Harry—Menos mal que Ginny era buen alumna de Severus Snape, porque preparar este material genético requiere conocimientos de Alquimia Oculta, y claro Hermione se había roto una pierna volando con una escoba. Así que lo va a tener que hacer Ginny.

—¡Pfff!¡ ¡Mmh! —Ginny dio un codazo a Harry y lo miró con odio—¿no me crees suficientemente capacitada para hacer esta poción?

—¡Claro que sí! Mejor que yo, a mi siempre me hacía la vida imposible. Tu hermano Ron y yo siempre estábamos castigados. Snape nos odia y es un amargado, que quieres que te diga.

—Pues entonces cállate la boca y haz lo que te diga sin rechistar.

—Sí, sí… cualquiera te dice que no

—¿Insinúas algo?

—No, nada, nada. Venga dime.