Capítulo 9: Cura
La mañana había llegado después de mucho esperarla y Fenrir apenas podía estar agradecido al ver la luz penetrando por su ventana. A su lado, Jin estaba prácticamente inmóvil, con sólo el lento subir y bajar de sus costillas para delatar que seguía vivo. El joven se había pasado toda la noche velando por él, pero no sentía cansancio. Apenas regresaron, Fenrir gritó y bramó a los sirvientes todo lo que necesitaba para tratar a su lobo mientras la silenciosa figura de Ártica lo asistía. Lograron detener la hemorragia y suturarlo, pero era imposible saber cuál sería el desenlace de esta situación.
Fenrir se duchó rápidamente y se vistió. Entró sin tocar a la habitación de junto para encontrar a su Sombra sentada en el borde de la cama, mirando la alfombra. Le había vendado el puño derecho a la joven después de usar un envase lleno de nieve para bajar la inflamación. Fuerte y entrenada como era, el severo golpe con el que bien pudo haber destrozado la cara de Bud tenía su lado contraproducente. En el momento no lo había sentido, pero sin protección de por medio, Ártica también se había causado daño a sí misma. Las cobijas de la cama estaban desarregladas y Fenrir sabía que ella también había tenido un descanso poco reparador. -Veo que ya estás despierta-
-No tenía mucho sueño para empezar- contestó, mirando ahora por la ventana.
-Bien, entonces ven acá-
La de cabellos de olivo lo siguió de vuelta a su habitación. -¿Qué pasa?-
-Acuéstate al lado de Jin y hazle compañía hasta que regrese- ordenó Alioth Epsilon en un tono firme.
-¿Q-qué? ¿Por qué m-me tengo que quedar yo?- reclamó la otra con algo de ansiedad.
Fenrir frunció el entrecejo. -Porque sé que no vas a querer salir de aquí hoy, y yo tengo cosas que hacer-
-Pero...- De manera inconsciente, Ártica se llevó la mano al ojo. -Y-yo...-
Su Dios Guerrero se colocó las botas y abrió la puerta de la habitación. -Ya no eres lo que eras, Ártica. Hasta hueles diferente-
La otra no estaba muy segura de qué quería decir con eso, pero no dijo nada más. Para cuando cerró la puerta, su Sombra ya se había sentado al lado de Jin, así que Fenrir continuó su camino hasta el comedor. Apenas entró se topó cara a cara con Andri, la anciana sierva que había tratado la herida de Ártica con pobres resultados. El joven tensó la mandíbula. -Por favor envíe desayuno al cuarto de Ártica-
La anciana asintió y salió del lugar, mientras Fenrir observaba cuidadosamente a los presentes. Como era de esperarse, Bud tampoco se había hecho presente a desayunar. -Psst- se escuchó a su izquierda, y el joven vio a Boreal haciéndole señas para que se sentara en su mesa. Fenrir arqueó una ceja, incómodo, pero no encontró fuerza en su interior para negarse. Se ubicó entre los dos hermanos. -Buenos días, joven Fenrir- le saludó Polar con una amable sonrisa. A Alioth Epsilon le recordaba a alguien, pero todavía no sabía a quién. El aludido murmuró el buenos días de vuelta. Kalervo, Skírnir y Embla hicieron lo mismo.
-¿Eh? ¿Dónde está la tía Ártica?- inquirió el menor mientras devoraba su desayuno.
Alioth Epsilon se comió primero sus salchichas antes de contestar. -No se siente bien-
-Esa Ártica... sólo falta que se enferme justo antes de la boda- reclamó Boreal, rascándose el brazo.
-De seguro no es nada- compartió Kalervo. -A cualquiera le da un malestar durante una mañana-
-Apuesto que más bien se acostó tarde anoche y todavía tenía sueño- sugirió Polar, limpiando la barbilla de su hijo con una servilleta.
Embla no dijo nada, simplemente se dedicaba a comer de su fruta. Fenrir tampoco dijo nada, pero intentaba con todas sus fuerzas ignorar las acciones de Polar. Kalervo se aclaró la garganta. -Joven Fenrir, no quisiera abusarme de su buena voluntad pero... ¿sería posible que nos permita ver los Mantos Sagrados?-
El otro arqueó una ceja con una tostada todavía en su boca. -¿Para qué?
-Ah- intervino Polar. -Mi esposo e hijo han crecido toda su vida en el país vecino, lejos de las grandes canciones de nuestro pueblo. Al escuchar hablar tanto sobre los valerosos Dioses Guerreros de Asgard pues... era de esperarse su ilusión al conocerlos-
Fenrir frunció ligeramente el entrecejo. Cuando le dijo a su Sombra que tenía cosas por hacer, no se refería a esto. -Primero debo hacer algunas cosas- es todo lo que dijo y los demás se dieron por satisfechos.
Una vez terminado el desayuno, se pusieron de pie e iban a salir del comedor, pero una voz los distrajo. Syd discutía con la mayor de las princesas, haciendo gestos con sus manos y señalando a Fenrir. Éste, ligeramente molesto, se le quedó viendo. Hilda le hizo una seña para se acercara y él obedeció. Seguidamente los guió a una antesala cercana, lejos de los curiosos ojos de los invitados.
-Fenrir, Syd está bajo la percepción de que tuviste un altercado con su hermano y terminó en una herida moderada-
-No es cierto-
-¡Claro que lo es!- escupió Syd de inmediato. -¡Quién más va a ser! Mi hermano se está negando a decirme algo sobre esto, así que estoy seguro de que tiene que ver contigo-
-¿Qué clase de lógica estúpida es esa?-
El otro estuvo a punto de replicarle algo más, pero Hilda levantó su mano y ninguno de los dos se movió. En el pasado, el sólo gesto hubiera significado un dolor inimaginable debido a la influencia del Anillo Nibelungo. El cosmos de la princesa no era agresivo en lo absoluto, pero no quería decir que no era menos imponente. Era de esperarse de la representante de Odín en la tierra. Una vez recobrada la calma, se sentó. -Fenrir, cuéntame tu versión, por favor-
El joven entrecerró sus ojos en dirección al gemelo ahí presente y procedió a relatar exactamente lo que había pasado el día anterior. Sin embargo, prefirió dejar por fuera todo el asunto de la elección de Ártica. Le pareció que eso no era asunto ni de la princesa ni de Syd, aunque de seguro Alcor Zeta le terminaría diciendo algo al respecto después. Cuando terminó, el gemelo se quedó sin palabras. Hilda parecía triste. -Muchas gracias, Fenrir- colocó su mano en el hombro del joven de cabellos plateados. -Yo misma me encargaré de la recuperación del pobre Jin-
Fenrir sintió una ola de alivio en todo su cuerpo al escuchar esas palabras. O tal vez fue el cosmos que emanaba de esa delicada mano sobre su hombro, pero el caso es que asintió y se dio media vuelta para partir. -Ah, y por cierto. No olvides el deber que te encargué-
El lobo la vio sonreír y asintió nuevamente como respuesta. La familia de Ártica lo estaba esperando en el pasillo, así que en lugar de detener sus pasos, siguió por el mismo y los demás comenzaron a seguirle. Sin embargo, cerca del ala oeste, uno de ellos se rezagó. Fenrir indicó a los demás que lo esperaran afuera. Una vez fuera de su vista, retrocedió hasta el lugar donde Embla se había detenido. -Lo siento, joven Fenrir- se excusó. -Este viejo cuerpo no es lo que era... si gusta, adelántese con ellos, yo llegaré en algún momento-
El otro arqueó una ceja. -No se moleste en mentir, sé que no es cierto-
-Yo sé que cuando dijo que Ártica "no se siente bien" tampoco era cierto, al menos no físicamente, pero no me molesté en evidenciar su mentira-
Fenrir se inclinó para verla mejor. -Ah, es usted una señora muy perspicaz-
Embla se carcajeó con la vitalidad de un cartón arrugado. Le pellizcó la mejilla al contestar. -No, joven Fenrir, sólo soy la madre de tres niños- y se fue a paso lento pero seguro hasta donde ella sabía estaba la habitación de Ártica. El Dios Guerrero se frotó la mejilla con algo de fastidio mientras recorría el camino hacia afuera. Ahí se topó con sus encargados, más uno.
-Buenos días, Fenrir de Alioth Epsilon- le saludó un castaño alto y fornido, el Santo de Leo. El aludido le gruñó el buenos días de vuelta. Aioria se veía en un excelente ánimo. -Me estaba comentando este animado jovencito que van a ver los Mantos Sagrados de Asgard. ¿Sería mucha molestia si me anexo a la excursión?-
Las cejas de Fenrir se fruncieron bastante. Miró de reojo a los demás y todos menos Skírnir se encogieron de hombros con una sonrisa. El joven bufó. -Como quieras- y comenzó a caminar en dirección al sector de los jardines donde estaban las armaduras sagradas de su pueblo. Aioria caminaba, para su pesar, a su lado. -Disculpa la molestia. Otro miembro de la élite dorada tiene la habilidad para reparar armaduras y estoy seguro de que le hubiera gustado echarle un vistazo a las de estas tierras-
-Hm- respondió Fenrir sin mirarlo. El Santo de Leo siguió hablando de muchas cosas diferentes; el abrazador sol que azota Grecia, los grandes números de soldados en el ejército de su diosa, su hermano el héroe, los templos de mármol, una mujer pelirroja, sus compañeros de armas, y demás. A todo el asgardiano le respondió "hm", porque para ser sinceros, nada de eso le importaba. Skírnir lo interrumpía de vez en cuando para preguntarle cosas sobre los Santos de Athena, cosa que Fenrir aprovechaba para caminar un poco más rápido y no tenerlos tan cerca.
Después de un rato, finalmente llegaron a la galería de las armaduras. No era la gran cosa, tenía un techo sencillo que evitaba que la nieve cayera sobre ellas y cada una se ubicaba en un nivel un poco más alto que el del suelo. La galería no tenía paredes, sólo los cuatro postes que sostenían el techo y más allá la muralla baja que daba una forma laberíntica a los jardines. -Aquí están-
Kalervo, Aioria y Skírnir estaban absolutamente maravillados, pero Boreal y Polar no se quedaron atrás. Casi parecía como si de repente, todos tuvieran la misma edad que el niño de cabello dorado y ojos de plata. Las armaduras se acomodaban en el siguiente orden: Duphe Alpha, Merak Beta, Megrez Delta, Alioth Epsilon, Mizar Zeta, Benetasch Eta y Phecda Gamma. Esta última debería estar entre Merak y Megrez, pero debido a su gran proporción en relación a las demás, se la dejó en el extremo. Dejando eso por fuera, ese era el orden de las estrellas de la constelación de la Osa Mayor. Al otro lado estaban sus hermanas blancas.
-Espero hayas estado prestando atención antes de dormir, Skírnir- dijo su madre. -Dime, ¿qué es Duphe Alpha?-
-¡El dragón Fafnir!- exclamó el niño con alegría.
-¿Fafnir?- inquirió Leo con una mirada confundida.
Boreal se aclaró la garganta. -Un intrépido enano cuya avaricia lo convirtió en dragón y eventualmente el héroe Siegfried le dio muerte. ¿Y qué representa Phecda Gamma, Skírnir?-
-Jörmungandr, la serpiente marina que envuelve todo Midgard- respondió el niño, esta vez más para Aioria que para su madre. Así siguieron recitando hasta que llegaron a Alioth Epsilon. Frente a ella, Polar se arrodilló y oró en silencio unos minutos. Fenrir no se había dado cuenta en el momento, pero al verla ahí no pudo evitar fruncir el entrecejo con incomprensión. Luego notó que, aunque de pie, Boreal estaba haciendo lo mismo. Aioria se veía incómodo al no comprender la aparente solemnidad del momento.
-¿Qué están haciendo?- dejó escapar Fenrir, casi sin pensar.
Polar sonrió con mucha calidez y permitió que Kalervo le ayudara a ponerse de pie. -Le agradecemos al gran Lobo del Norte por devolvernos a nuestra hermana- dijo, señalando la Alioth blanca al otro lado. -Es evidente que estaba destinada a cosas más grandes que el fondo del mar congelado-
Un ligero tic invadió el ojo de Fenrir, pero Boreal no pareció notarlo. Éste se acercó y colocó la mano sobre su hombro. -Gracias- fue todo lo que dijo. El Dios Guerrero se quedó congelado en su posición, imposibilitado de reacción alguna. Skírnir tomó su mano y sonrió. -¡Venga, señor Fenrir, tengamos una guerra de nieve!-
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Si había situación más incómoda en el mundo, Ártica no podía imaginársela. Ahí, acostada al lado del lobo que intentó comerse su cara, se había quedado desde que Fenrir había salido de la habitación. Eventualmente apareció Andri tocando a la puerta de su propio cuarto, así que se levantó, tomó rápidamente la comida y se volvió a acostar en la cama. No pasó mucho tiempo, sin embargo, cuando Jin pareció reaccionar a algo. Estaba gimiendo y temblaba violentamente. En contra de todos sus instintos, la Sombra acercó su mano izquierda al lobo. Éste, como pudo, giró la cabeza en su dirección. Sus ojos estaban cerrados y llenos de lagaña, pero su nariz olfateaba y resoplaba constantemente. Curiosamente, apenas percibió el aroma del brazo izquierdo de Ártica, retomó su posición de reposo, como si estuviera más tranquilo.
La otra, lenta y cuidadosamente, se fue acercando hasta que le pudo acariciar la cabeza. Esto, después de un rato, hizo que dejara de temblar. Ártica observó la botella con leche que estaba junto a su plato y la vació en el recipiente en que Fenrir había puesto nieve para desinflamar su otra mano. Jin dio débiles lamidas al contenido, hasta que finalmente se volvió a dormir. La Sombra se quedó ahí un rato, pensando en sus manos. En una, la marca del lobo azul y en la otra, la marca del lobo de ojos ambarinos. Sentía como que había algo importante en ello, pero el cansancio de no dormir la noche anterior se llevó lo mejor de ella y pronto se durmió.
El mundo era un borrón blanco y gris, con las carcajadas distantes de unos niños. Sí, más rápido, más rápido, o me van a alcanzar. No quiero perder el juego, debo ser más rápida, más rápida, más ágil, como el ciervo que huye del depredador, más rápida...
Y de repente estaba luchando contra los helados cuchillos del agua fría que intentaba clavarse en por su garganta y llegar hasta su corazón. Sus pulmones se desplomaban ante la baja temperatura. Y lo peor estaba por llegar, porque ella sabía que el océano estaba por recibirla. Una inmensidad azul se la iba a tragar. No me quiero morir.
Ártica se despertó de pronto con los golpes en la puerta de su habitación. Se puso de pie, tan suavemente como pudo para no despertar a Jin y se fue a abrir. Su madre entró con pasos lentos, pero cuando hizo el ademán de sentarse en la silla, su hija le negó con la cabeza y la guió hasta la habitación de Fenrir, donde retomó su posición en la cama. Embla arqueó una ceja. -¿Con qué confianzas estás durmiendo en la cama del joven Fenrir?-
-No estoy durmiendo aquí. El Dios Guerrero ordenó hacerle compañía a Jin y su Sombra obedece-
Su madre cerró los ojos (por decirlo de alguna manera, la edad ya había hecho que sus párpados cayeran más que antes y a veces era difícil saber) y se encogió de hombros. Se sentó en la silla al lado de la cama, donde Ártica muchas veces había pasado sus días esperando a que Fenrir despertara. -¿Qué le pasó a tu mano?-
-...No es nada, sólo me lastimé mientras entrenaba-
-Pequeña Ártica, no te preguntaré lo que no quieres contarme, pero recuerda que yo te vi crecer durante años. Sé mejor que nadie que cuando estás desanimada, no vas a desayunar-
Su hija sonrió. Ciertamente era tonto esperar que Embla no se diera cuenta. -Ayer me vi en una situación en que... muchas cosas se cruzaron a la vez-
-Me atrevería a decir que tiene que ver o con el joven Fenrir o con Bud, como para que te afecte así-
-Tiene que ver con muchas cosas- reiteró, sin confirmar o negar nada. -De darse cuenta de que las cosas cambian, la gente cambia, el mundo cambia-
Embla se rascó la barbilla con un arrugado dedo. -Así debe ser, de lo contrario nunca avanzaremos-
-Pero... No sé, siento que en ocasiones es demasiado brusco, ni oportunidad se tiene para reaccionar-
-No, no lo es. El cambio siempre está ahí, que no lo notes o no quieras verlo es diferente-
Ártica repasó mentalmente ciertos momentos que pasó con Bud y reflexionó. En unos más que en otros, de haberse puesto a pensarlo en ese instante, lo habría visto venir. Al mismo tiempo, no podía evitar pensar que desde que se le eligió como Sombra de Alioth Epsilon, había una cosa en su mente, y sólo una.
-Tu padre suele decir que la nieve es blanca porque ha olvidado de qué color era...- agregó Embla. -Conforme vamos aprendiendo a vivir, recordamos nuestro verdadero color-
-Pfff- dejó escapar Ártica antes de echarse a reír (lo más calladamente que pudo). Embla ladeó la cabeza. -Bueno, querida madre, creo que después de todo, los dioses decidieron que mi color seguía siendo el blanco-
Embla sonrió. -Ahh, sin duda, pequeña Ártica. El blanco de las Sombras- dijo, pasando sus arrugados dedos por la cicatriz en el ojo de su hija.
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El reflejo en el espejo era horrible. No sólo tenía ojeras marcadas bajo sus ojos, sino que buena parte de su mejilla estaba bien inflamada y hasta le costaba un poco abrir el ojo derecho debido a ello. Incluso le incomodaba enjuagarse la boca gracias a la encía descubierta que dejó el diente que Ártica le tumbó. Realmente, era una visión horrible.
Bud se terminó de asear y salió del baño, mirando el plato de desayuno que seguía ahí. Todavía tenía comida, aquella demasiado dura como para que la pudiera ingerir. Se sentó en la cama y suspiró profundamente. -Ahora sí que lo arruiné-
Su mirada deambuló por la estancia, deteniéndose en objetos varios como fotografías, un abrigo, una carta y la daga de su familia, entre otras cosas. Buenos momentos en todas ellas que ahora le daban algo de vergüenza recordar. Sin embargo, no tenía tiempo para eso, pues alguien tocaba con algo de innecesaria fuerza a su puerta. Alcor Zeta se puso de pie en sus piyamas y fue a abrir.
Los ojos azules de Siegfried se clavaron en él como una daga, deteniéndose ligeramente en la mejilla inflamada y el ojo medio cerrado. -¿Ya te bañaste?- Su escucha negó con la cabeza. -Entonces hazlo de una vez, la Princesa Hilda ha solicitado tu presencia. ¡Y que sea rápido!- ordenó.
Bud, perplejo, se metió al baño sin decir una sola palabra. Siegfried frunció el entrecejo. -¿Podrías calmarte?- le dijo Syd, quien lo había acompañado hasta ahí (a duras penas, porque el rápido caminar de su líder no se lo había hecho fácil). -En lo absoluto- le replicó el otro y la mirada en sus ojos le hizo entender que era mejor no decir nada más.
Obediente a sus órdenes, Bud tardó muy poco en ducharse y vestirse con ropas más presentables. Duphe Alpha no aligeró la arruga en su rostro. -Andando-
El caminar de Siegfried escondía cierta furia. La Sombra estaba todavía algo confundida, pero no tuvo que esperar mucho para saber de qué se trataba todo esto. -Estoy totalmente decepcionado de ti, Bud. Debería emparejarte la cara con otro puñetazo-
-Hey, hey, no le hables así a mi hermano- intervino Syd de inmediato.
Siegfried no pareció darse por enterado de las palabras de Mizar Zeta. -Te dije que debías dar el ejemplo y cumplir con tu deber como líder de las Sombras Guerreras, pero nos has deshonrado a todos-
Alcor Zeta bajó la cabeza y no la volvió a levantar hasta que se encontraron en la Sala del Trono, donde los esperaba Hilda de Polaris. Había una mirada muy triste en sus ojos y Bud sintió como si su garganta se hubiera cerrado. Syd dio un paso al frente. -Señorita Hilda, lamento insistir, pero todavía no estoy convencido de que lo que dijo Fenrir sea cierto-
-¿Por qué no?-
-Porque Fenrir... es decir... ¿Cómo sabemos que no estaba mintiendo?-
-No lo está- dijo Siegfried.
Syd volteó hacia él con una mirada de total incredulidad. -¿Y tú cómo puedes saber eso?-
-La señorita Hilda es la única persona a la que hace algún tipo de caso y dudo mucho que se atreviera a mentirle en tu presencia-
Mizar Zeta frunció el entrecejo y no dijo nada más. La princesa de acercó a ellos. -Bud, por favor cuéntanos lo que pasó-
-No es necesario, Fenrir ya les dijo lo que pasó- replicó el otro con la mirada y el ánimo por los suelos. El shock en la cara de su hermano gemelo hizo que su interior se retorciera de vergüenza. -Estoy muy seguro de que se los dijo de manera imparcial y no tengo nada más que agregar-
Siegfried parecía listo para molerlo a golpes. -¡¿Cómo te pudiste atrever a atacar a un Dios Guerrero? ¡Actuar en contra de tu razón de ser como Sombra...! ¡Menos mal que Ártica sí sabe cuál es su deber, de lo contrario...!- y pudo haber seguido, pero la delicada mano de Hilda se posó en su hombro y pareció recobrar los cabales momentáneamente. Bud se dejó caer de rodillas, derrotado. -Yo... yo no...-
La joven puso su mano sobre la cabeza del gemelo Sombra. -Bud, me entristece mucho que ahora que finalmente nuestro país ha recobrado la paz, se dé esta situación- Sus palabras no le estaban ayudando mucho a la Sombra. -Si bien es cierto tengo una vaga idea de qué te pudo haber impulsado a cometer tales acciones, me temo que no las justifica. Además, me parece terrible que te hayas desquitado con Jin-
"Estúpido lobo, estúpido Fenrir, estúpidos todos" pensaba Syd con molestia. -Princesa, no me parece justo que vuelquen toda la culpa en mi hermano. Entiendo la gravedad de las consecuencias que pudieron haber tenido sus acciones, pero ya que no es así...-
-Syd- interrumpió Hilda. -Tu hermano es más débil de lo que quieres creer, pero más fuerte de lo que él mismo piensa-
Los gemelos se le quedaron viendo, atónitos. -Más débil, porque lamentablemente cayó ante sus furia irracional... pero más fuerte porque aceptar su error es el primer paso para ponerse pie otra vez-
-Señorita Hilda...- balbuceó Bud.
-La hinchazón de tu rostro es castigo suficiente por ahora, pues sé que tu orgullo está en peores condiciones. Sin embargo, más adelante tendremos que determinar cuál será la mejor manera para que te reivindiques- dijo, dando unos pasos hacia la puerta.
Bud levantó la mirada y vio que Siegfried le estaba ofreciendo su mano para ponerse de pie. La comisura de sus labios se torció hacia arriba. -Todo guerrero puede caer en batalla... pero sólo uno verdadero puede levantarse de nuevo-
El gemelo asintió y aceptó la ayuda. Duphe Alpha y la princesa se fueron mientras que su hermano se colocó a su lado. Le dio un suave golpe en el hombro. -Eres un imbécil-
-Lo sé- respondió y se fueron del lugar.
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La expresión de fastidio en la cara de Fenrir era más que obvia, pero esto parecía pasar totalmente desapercibido para el niño que tenía en frente. Habían comenzado ellos dos, luego con Kalervo, y Boreal, y luego Aioria, y para cuando se dieron cuenta, medio Palacio Valhalla estaba dándose duro con bolas de nieve en los jardines. Hasta Athena y sus Santos de Bronce andaban por ahí. Se había pasado un buen rato evitando que le dieran a Skírnir, más que lanzarle nieve a alguien, pero la verdad ya estaba cansado y para eso Aioria era un buen reemplazo.
Cuando pudo, se escabulló hasta llegar a las puertas del Palacio, aunque sabía que no podría entrar. Todavía debía cumplir con su deber, muy para su pesar. Así que se quedó viendo durante un tiempo y sin darse cuenta, la vieja Embla estaba a su lado. Polar estaba cerca también, pues parecía que la actividad no era realmente algo en lo que quería involucrarse, pero estaba más concentrada en su familia que en ellos dos. El Santo de Escorpión también estaba posado por ahí, pero lo suficientemente lejos como para no hablarles. -Veo que todavía hay vitalidad en estos jóvenes- dijo la mujer con una sonrisa.
-¿Ya curó a Ártica?- le preguntó el otro, poco consciente de lo que le estaba diciendo.
Embla se llevó un dedo a la barbilla. -Creo que es cosa de ella curarse de ésta, estos pobres huesos ya no son lo que eran-
-Hmph, mi madre podía curar cualquier cosa- dijo Fenrir, más para sí mismo que para la mujer. -Le hubiera podido enseñar un par de cosas-
La mujer ladeó la cabeza con una sonrisa misteriosa. -De seguro que sí-
De repente, un osado Aioria salió de su escondite detrás de una gran pila de nieve. -Señorita Polar, me parece una lástima que no esté disfrutando del juego con el resto de nosotros-
-¿Qué?- exclamó Boreal desde atrás de la pila. -No, no, espere señor Aioria. A Polar no, ¡a Polar n...!-
Pero ya era muy tarde y la bola de nieve del griego le había dado en toda la cara a la joven madre. Si ya estaba frío de por sí, el aura que cubría a Polar bien podría haber hecho que el mismo infierno se congelara. Boreal apenas se asomó. -S-señor Aioria... ¡Cúbrase!-
Pero nuevamente fue muy tarde y el castaño apenas tuvo tiempo de abrir los ojos como platos cuando una gigantesca bola le dio duro contra la cabeza. Y esa bola estaba hecha de nieve tan compactada que bien podría haber pasado por hielo sólido...
El hermano de cabellos olivos lo tomó del tobillo y lo jaló como pudo detrás de la pila de nieve para cubrirlo. Aioria se llevó la mano a la cabeza. -Pero qué diablos...-
Boreal y Skírnir lo miraban divertidos con sus ojos de plata. -A mi hermana mayor no le gustan mucho los juegos de guerras... pero no quiere decir que no sea buena en ellos-
-Me siento indignada, señor Aioria, de que tome por objetivo a una figura tan parcial y poco experimentada en este campo como yo- decía una voz cerca de ellos. Aioria sacó la cabeza y otra bola de nieve intentó partirle la cara, pero la esquivó en el momento preciso. Entrecerró sus ojos. -Esto amerita medidas extremas-
Ya llevaban rato de que el juego se había convertido en una auténtica guerra en la cual hasta ahora nadie más había logrado darle a Polar y ella, sola, le había dado uno que otro moretón a casi que todos los participantes (menos a Kalervo y a Skírnir, claro está, quienes habían tomado su lado del campo y estaban más que divertidos aprovechando su ventaja). Fenrir, por otro lado, estaba tan poco interesado en la actividad que tenía muchos minutos de haberse desconectado de su entorno y bien podría haber estado en la luna... hasta que un chillido lo trajo de vuelta. Polar estaba de espaldas y se veía como la nieve chorreaba por la parte de atrás de su cuerpo. Esa misma aura intimidante de hace un rato se volvió a sentir y cuando la mujer se dio lentamente la vuelta, Fenrir sintió escalofríos bajar por su espalda.
-Joven Fenrir, de estos sureños me lo esperaría, pero nunca creí que usted traicionara mi confianza...- dijo, y su rostro reflejaba una herida tristeza y tal vez los destellos de unas lágrimas en sus ojos... pero el aura seguía presente.
-¿Qué...?- replicó el otro, con el entrecejo fruncido. -Yo ni siquiera...-
Presintió una sonrisa malévola detrás de él. Fenrir pasó sus ojos rápidamente por la nieve cerca de él que claramente se acababa de manipular para hacer una bola y luego el gesto de total inocencia en la cara de la vieja Embla. Una gota bajó por su sien. -No, no, nada que v...-
De la nada se tuvo que tragar un poco de nieve en contra de su voluntad y cuando la quitó de sus ojos, vio a Polar con la mano húmeda y una sonrisa. Alioth Epsilon arqueó una ceja y le devolvió el gesto. -Bien, así será-
Respiraba de manera entrecortada, sus ropas estaban húmedas por la nieve derretida y ya no aguantaba los dedos, pero Fenrir se estaba divirtiendo. Finalmente se detuvieron pues la hora del almuerzo estaba cerca. Alioth Epsilon se acercó a Polar. -Yo no tiré esa bola de nieve-
-Lo sé, joven Fenrir- replicó ella. Por un momento hizo un intento de tocar su hombro, pero luego pareció pensarlo mejor y se llevó la mano a su propia mejilla. -Sólo me pareció una buena excusa para invitarlo a jugar con nosotros-
El otro torció los labios, incómodo. -¿Por qué?-
-Y... ¿Por qué no?-
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Una vez liberada de su deber de resguardar a Jin, Ártica se fue a almorzar con el resto de los invitados. Le pidió a un siervo que le llevara comida a Fenrir y al lobo y se sentó en la mesa con su familia. -¿Ya te sientes mejor, tía Ártica?- le preguntó el pequeño Skírnir desde su asiento. La Sombra sonrió. -Un poco, sí-
-¿Lo suficiente como para que ahora más tarde salgamos a caminar?- inquirió Boreal.
-Claro, no veo por qué no- aceptó su hermana, alegre. -¿Y qué han hecho esta mañana?-
-El joven Fenrir nos mostró los Mantos Sagrados de Asgard- respondió Kalervo con un aire de encanto. -Mi corazón ha sido cautivado por ellas-
-También tuvo una guerra de nieve con nosotros- agregó Polar.
Ártica se le quedó viendo con los ojos como platos. -Con "nosotros" quieres decir que... ¿tú también participaste?-
-Oh, fue terrible, querida hermana. Ese sureño castaño me atacó sin previo aviso. ¡A mí, que ni estaba jugando...!-
-Ah, eso explica la gran marca roja que tiene en la frente-
Kalervo intervino. -¿Qué le pasó a tu mano?-
-Ayer... golpeé algo muy duro y estaba algo inflamada. Fenrir me vendó-
Ártica no lo notó, pero sus hermanos intercambiaron una misteriosa mirada ante sus palabras. El resto del almuerzo fue tranquilo y particularmente delicioso. Parecía que los cocineros del Palacio ya estaban más que listos para preparar el festín de la boda con tanta práctica en los últimos días. Al salir del comedor, un hombre de largo cabello negro alcanzó a Ártica. -Disculpa. ¿Eres tú la Sombra de Alioth Epsilon?-
-Sí, soy yo- respondió ella, mirando con interés al muchacho. Desde que había llegado a Asgard, había mantenido sus ojos cerrados. -¿En qué puedo ayudarle?-
-Soy el Santo de Bronce, Shiryu del Dragón. Yo combatí con Fenrir cuando se dio todo el asunto del Anillo Nibelungo-
Boreal notó un ligero tic en el ojo de su hermana ante la aclaración. Ártica asintió. -¿Qué puedo hacer por usted, joven Shiryu?-
-Desde que llegué, he querido conversar con Fenrir pero... se me ha hecho imposible...-
-No lo dudo-
-La princesa Flare me dijo que tal vez si conversaba contigo tendría una mejor oportunidad-
-Eh... aprecio la confianza de la Princesa, pero no es verdad. Fenrir es muy independiente y...- se rascó la nuca, algo incómoda. -No quiero sonar desagradable, joven Shiryu, pero él sabe que usted está aquí y si hubiera querido conversar con usted, ya lo hubiera hecho-
-S-sí... supongo que tienes razón...- dijo él, evidentemente decepcionado. -Bien, gracias de todos modos...-
Los hermanos lo vieron alejarse con la cabeza un poco baja. Boreal guió el camino al exterior. -Al menos pudiste haberle dicho que le ibas a preguntas a Fenrir-
-¿Para qué? No le mentí-
-Ártica... creo que tiene más que ver con él que con el joven Fenrir-
No iban a ir muy largo, apenas un poco más allá de los ya de por sí gigantescos jardines del Palacio. Las grandes formaciones montañosas los rodeaban en toda dirección. Boreal arrancó una rama de un árbol y comenzó a dibujar en la nieve lo primero que se le venía a la mente. Ártica miraba con interés. -¿Qué va a tener que ver con él?-
Boreal se rió. -Ah... creo que no sientes deseos de echarle una mano porque...-
-¿Porque...?- repitió, pero al ver el dibujo de una cara con orejitas de su hermano, comprendió. -¿Porque mató a Fenrir antes de que yo lo encontrara?-
El joven asintió y dibujó al otro lado otra cara con orejitas comiéndose una lagartija. -Hm, creo que capté la esencia del momento-
Ártica se carcajeó con ganas. -Supongo que tienes razón... Pero la señorita Hilda logró darles una segunda vida a los Dioses Guerreros y eso es lo importante-
Unas voces cercanas los hicieron voltear y se toparon con los gemelos de Zeta. A Boreal se le cayó la rama de la sorpresa. -¡¿ QUÉ LE PASÓ A TU CARA, BUD?-
Instintivamente, los gemelos miraron a la Sombra, pero no delataron nada más. -Tuve una... intensa sesión de entrenamiento-
-¿Tú también? Caray, la mano de mi hermana, tu cara... sólo falta que aparezca alguien más con una pierna herida y tenemos un combo completo-
Bud sonrió, aunque una gota de sudor bajaba por su sien. -Ártica, qué bien que te encuentro. ¿Te molesto con unas palabras?-
La otra meramente asintió, así que Syd se quedó al lado de Boreal. -Cuéntame sobre el país vecino, debe ser muy diferente a nuestro Asgard...-
Las Sombras no se alejaron mucho, apenas lo suficiente como para que los otros dos no los escucharan. Bud se detuvo y volteó hacia ella. -Ártica...-
-Te ves terrible-
-Me veo como me merezco verme... Ártica, lo siento, yo...-
La otra puso su mano en el hombro de Alcor Zeta y sonrió. -Bud, aprecio que hayas comprendido tu error, pero no es conmigo que debes disculparte...-
El otro dejó escapar una risa. -Supongo que no... pero tenía que asegurarme de que... de que...-
-Has sido una gran parte constante de mi vida, Bud. No te he dejado solo en tropezones anteriores, no te dejaré solo en éste-
Bud no se pudo contener y la estrechó en poderoso abrazo. En sus ojos sentía cierta humedad.-¡Lo siento tanto, gracias...!-
-Ya, ya- dijo la otra, devolviendo el abrazo. -No vayas a llorar, ¿qué dirá Boreal si te ve así?-
Se separaron y se miraron unos momentos uno al otro. Como si nunca se hubieran visto realmente, y se dieron cuenta, de que todo estaba bien.
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Los pasos de Hilda no resonaban en el pasillo del ala oeste del Palacio Valhalla y eso la hizo sonreír. Siegfried solía decir que era porque Asgard no se atrevía a delatar a su regente. Se detuvo frente a la puerta y tocó suavemente. Nadie respondió, así que giró la perilla y entró a la habitación. El lobo azul estaba echado en medio de la cama, gimiendo por lo bajo, mientras que Fenrir estaba sentado en el suelo, recostado contra el lado de la cama que daba hacia la ventana. Abrazaba sus piernas y tenía la mirada fija en la alfombra.
-Disculpa que entrara así, estimado Fenrir...- dijo, y se sentó en la cama, al lado de él. Colocó una mano sobre Jin y comenzó a acariciarlo de cabeza a cadera, una y otra vez. Su cosmos lo cubría poco a poco, tratando de ayudar a que las heridas sanaran más rápido. Ciertamente el lobo parecía ya gemir menos. Así pasaron varios minutos, tal vez media hora, tal vez una hora. -¿Pasa algo, Fenrir?-
-¿Por qué son así?- dijo el otro en voz alta, con la barbilla apoyada en sus rodillas.
-¿Quiénes?-
-La familia de Ártica. ¿Por qué juegan a la guerra de nieve conmigo?-
Hilda no dijo nada al respecto. Fenrir continuó. -Yo sé que Ártica quiere pagar su deuda y por eso es amable conmigo, ¿pero su familia qué quiere?-
-No, Fenrir. Ártica pagó su deuda contigo en el momento en que dio su sangre para traerte de vuelta-
-¿Eso qué quiere decir? ¿Entonces por qué es amable conmigo?-
La otra mano de Hilda se dejó caer sobre la cabeza de Alioth Epsilon y revolvió sus cabellos con una suavidad que le recordó a su propia madre. -La gente no necesita una razón para ser amable-
-La gente no necesita una razón para ser mezquina conmigo, simplemente lo es, así que debe existir una razón por la cual es amable-
-Sabes, Fenrir, creo que eres una persona muy afortunada-
El otro volteó con incomprensión ante el cambio de tema tan brusco. -¿Qué?-
-Tu primera familia fueron tus honorables padres, quienes te llenaron de amor y cariño desde que naciste hasta que perecieron... Tu segunda familia fueron Jin y la manada, con quienes aprendiste a sobrevivir ante las adversidades y lo importante que es trabajar como uno. Ahora...- pausó unos segundos. -Bueno, ahora no sé... pero creo que tú mismo ya lo has venido sospechando-
Fenrir estrujó sus piernas con fuerza. -¿De eso es de lo que estoy enfermo?-
La respuesta de Hilda fue revolver sus cabellos una vez más cuando se puso de pie. -Todavía no está totalmente curado, pero creo que el señor Jin ya está mejor. Regresaré mañana... Ah, y por favor ven a la Sala del Trono después de cenar, hay algo que debemos resolver-
El otro asintió, también se puso de pie y la siguió hasta la salida. -Gracias, señorita Hilda...- susurró cuando ésta cruzó el umbral de la puerta y él la cerró suavemente tras ella.
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La cena, a diferencia de otras anteriores, se sintió claramente más dinámica. Y cómo no, si la boda estaba ya tan cerca. Reydar y Bjarna se notaban algo cansadas, pero parecían satisfechas con el trabajo que habían hecho para concretar los deseos de la señorita Flare. Baldur y Syd también habían tenido su lista de cosas por hacer con tal de de ayudarle a Hagen con las preparaciones. -No puedo esperar para bailar con el señor Aioria...- dejó escapar Reydar.
-A mí me gustaría bailar con la señorita Saori, se ve que es una persona muy gentil- compartió Asgrim con una mirada complacida.
-Yo no sé bailar- dijo Baldur con algo de pena. -¿Ustedes sí saben?-
-No es complicado, sólo necesitas mantener el ritmo y...-
Ártica estaba algo ocupada tratando de que su sobrino no devolviera toda la comida marina que acababan de ingerir, así que no le estaba prestando mucha atención a la conversación de los demás. -Carajo, Polar, te dije que no era buena idea que los probara-
-¿Cómo vamos a saber si le gustan o no si no los prueba?- dijo la otra, limpiando gentilmente la barbilla de su mareado hijo. -Al menos ahora ya sabemos que ésto es mejor evitarlo-
Embla venía a paso lento con un vaso de agua para su nieto. -Toma, Skírnir, bébelo poco a poco...-
El pequeño bebía un poco y luego se ponía el vas en la frente, aprovechando lo frío que estaba para aliviar el dolor de cabeza que tenía. -Abuela Embla, no me siento bien-
-Lo sé, pequeño, lo sé. Vamos a aliviarte para que puedas dormir tranquilo, de eso no te preocupes- le respondió la señora, acariciando su cabeza. -Ártica, a ti te solicita la señorita Hilda-
La Sombra, extrañada, dejó lo que estaba haciendo y se dirigió a la sala contigua al comedor, donde había visto salir a la Princesa unos momentos antes. Ahí estaba Fenrir con las manos en los bolsillos al lado de Hilda mientras que Syd esperaba a unos pasos de ellos con la mirada en la puerta. Ártica se colocó a su lado sin decir nada.
Seguidamente entró Bud y con un movimiento manual, la princesa ordenó que cerraran las puertas de la estancia. -Creo que todos sabemos qué estamos haciendo aquí-
Ártica no, pero no dijo nada. Bud camino hasta estar frente a la Princesa y el Dios Guerrero que el día anterior quiso asesinar. Sus ojos reflejaban cierta intranquilidad. -Fenrir, yo...-
El aludido tenía su penetrante mirada clavada en él, como si quisiera atravesarlo con ella. Bud bajó la cabeza. -Quiero... disculparme... por todo. Sé que desde hace tiempo me he estado portando...-
-Como un imbécil- ofreció Fenrir.
-Sí, sé que no he sido particularmente amable contigo y lo lamento... sé que todos hemos reclamado que no habías querido relacionarte con nadie a pesar de tener una segunda oportunidad en la vida... pero ciertamente yo no te lo he hecho más fácil-
-En lo absoluto-
-Así que te ofrezco mis más sinceras disculpas. Espero... puedas perdonarme por lo de ayer...-
Fenrir se le quedó viendo unos minutos, luego comenzó a caminar hacia la salida. Syd lo detuvo de inmediato al tomarlo del brazo. -¿Qué te pasa? Mi hermano te acaba de ofrecer sus disculpas-
El otro se soltó de un manotazo. -Yo vine a escucharlas, no a aceptarlas. Nada es excusa para que tratara a Jin de esa manera-
Syd quiso decirle algo más, pero Hilda lo detuvo. -Está bien, Syd-
-Si quieres que tenga una mejor opinión sobre ti, empieza por ser mejor persona- fue todo lo que dijo antes de salir de la estancia.
Bud volteó hacia Ártica y ésta levantó su mano herida en un puño. Alcor Zeta lo chocó con el propio y salieron del lugar. Hilda no pudo evitar pensar que en definitiva... ya todo estaba bien.
