Nota: Se que esta súper prohibido poner notas pero es muy necesario se que tiene tiempo que no actualizó pero tengo una justificación estaba en fin de semestre es el penúltimo y estaba súper atareada en la universidad una disculpa como ya he terminado, hoy terminare de subir la historia en el transcurso del día son increíbles gracias por sus visitas, gracias a quien lee y no deja review, gracias a quien lo hace. Sin esas visitas no seguiría subiendo historias estamos a nada de empezar con Alice y Jasper háganme saber de que pareja prefieren nuevas adaptaciones traigo unas en mente.

Disclaimer: Esta historia no me pertenece, ni sus personajes al final de la trilogía diré la autora valen mil son increíbles.

Capítulo 9

Se sentía débil y abotargada otra vez. Aunque eso no era nada en comparación con el temor que la abrumaba. Miró de reojo al hombre que la acompañaba en el ascensor agarrándola del brazo. No había dicho ni una palabra desde que salieron del restaurante. La esperó hasta que salió del cuarto de baño, pero no pudo mirarlo cuando le preguntó si quería que se marcharan. Los empleados del restaurante se disculparon por todos los medios, pero ella no tuvo el valor de decirles que, probablemente, lo que estaba pasando no tenía nada que ver con la comida. Eso se lo dejó a Emmett porque ella solo había podido pensar en lo que podía estar avecinándose.

Salieron del ascensor y lo siguió aturdida. Una vez en la habitación, se dio cuenta de que estaban en la suite de él, no en la de ella. Pasaron la sala, el despacho y el dormitorio principal y entraron en un segundo dormitorio con una cama inmensa. Detrás de un arco se veía el cuarto de baño y un vestidor y todo Washington quedaba a los pies de los ventanales.

—Tienes un cepillo de dientes sin estrenar por si lo necesitas —comentó Emmett mirándola fijamente.

Ella dejó el bolso de mano en la cama y fue apresuradamente al cuarto de baño, más por demorar lo inevitable que por lavarse los dientes. Se los lavó y se agarró al borde del lavabo. Emmett no era tonto y su mirada le había indicado que pensaba lo mismo que ella.

—Rosalie.

Ella se incorporó tan deprisa que casi se mareó. Él la agarró de la cintura con una mano y le acarició la mejilla con la otra.

—Ven.

El gesto cariñoso la desconcertó y dejó que la llevara al dormitorio. Se sentaron en la cama, él se quitó la chaqueta y se remangó la camisa. Le tomó la barbilla con una mano temblorosa y el corazón le dio un vuelco.

—¿Qué tal estás? —le preguntó en voz baja.

Ella lo miró. Su expresión era menos intensa y una sombra le velaba los ojos.

—Yo…

No pudo terminar porque tenía la garganta seca y atenazada por la inquietud.

—Bebe un poco de agua.

Él le dio un vaso y esperó mientras daba unos sorbos.

—Emmett…

—Rosalie, antes de que digas algo, quiero que estés completamente segura.

El corazón le dio otro vuelco al oír la profunda emoción de su voz.

—¿Por qué? —preguntó ella antes de que pudiera evitarlo.

—Porque las consecuencias serían mayores de lo que puedes imaginarte.

Su voz ronca y la mano temblorosa que todavía tenía en su cintura hicieron que la inquietud se adueñara de ella y desataron un torbellino de emociones en su interior.

Derramó unas lágrimas…

—No llores, por favor —le pidió él con la voz entrecortada.

—Perdona, no suelo ser llorona. Es que no puedo evitarlo.

Él apretó los dientes y le pasó los pulgares por las mejillas mientras las lágrimas

seguían cayendo. Llamaron a la puerta y él se dio la vuelta, pero ya había captado los ojos atormentados.

—Ha llegado el médico.

—¿El médico? Emmett, no necesito un médico. Estoy bien.

Él se levantó y la miró antes de meterse las manos en los bolsillos.

—Puedo decirle que se marche si quieres, pero tenemos que asegurarnos de que no estás enferma. Eso es innegociable. Podemos hacerlo ahora o mañana, cuando tú prefieras.

Tenía razón, tenían que estar seguros de que estaba bien antes de seguir adelante.

—De acuerdo, lo haremos ahora.

Emmett salió de la habitación y volvió al cabo de unos segundos con un hombre alto y serio que empezó a explorarla y a hacerle preguntas que le pusieron nerviosa.

—El dolor de cabeza y la fatiga me preocupan un poco. Además, tiene las amígdalas algo inflamadas. Mi consejo es que descanse unos días.

—Eso hará.

—No —replicó ella con firmeza—. Emmett, no estoy enferma. De verdad, estaré bien por la mañana.

El médico los miró dándose cuenta de la tensión entre ellos.

—Puedo ponerle una inyección contra la gripe por si acaso.

Ella asintió con la cabeza y él sacó una jeringuilla. Se puso tensa e intentó dominar los nervios, pero la mirada de Emmett le indicó que se había dado cuenta. Rodeó la cama y la abrazó.

—Te dan miedo las agujas y, aun así, rechazas la alternativa más sencilla.

—Prefiero que me pinchen a quedarme unos días vagueando en la cama.

Se hizo un silencio muy elocuente y ella se puso roja como un tomate. El médico disimuló una sonrisa y se concentró en preparar la jeringa. Emmett se rio burlonamente y alivió un poco la tensión, aunque ella notó que estaba nervioso.

—Es muy desconsiderado reírse de un doble sentido involuntario.

Él parpadeó y le miró la boca. Tenía la barba incipiente al alcance de la mano, pero sus ojos color avellana y su boca eran más hipnóticos todavía. La mano que la rodeaba la estrechó más contra él y despertó ese anhelo que era imposible de dominar.

El médico se aclaró la garganta y ella dio un respingo. Tenía la aguja encima de la piel.

—¡Un momento! ¿Perjudicaría un embarazo?

Emmett se puso en tensión y el médico frunció el ceño.

—¿Está embarazada, señorita King?

—En realidad, soy señora.

Giró la cabeza y su mirada se encontró con la de Emmett. Entonces, lo supo, como él.

Emmett, con una velocidad que la dejó atónita, agarró la mano del médico sin dejar de mirarla.

—Entonces, ¿estás segura?

Ella asintió con la cabeza. Él soltó la mano del médico y se levantó de la cama con unas arrugas muy profundas a los costados de la boca. Estaba embarazada… de Emmett. Las dos ideas se le amontonaron en la cabeza y las dos eran igual de abrumadoras.

Remotamente, oyó que él despedía al médico. Volvió enseguida, alto, imponente y con una expresión que ella no se atrevió a definir. Fue de un lado a otro durante unos minutos, hasta que se quedó a los pies de la cama.

—¿Sabías que estabas embarazada? —le preguntó él con la voz cargada de emoción.

—No. Ni me lo imaginaba.

—¿Ni siquiera cuando te has… retrasado? ¿Cuántos días llevas de retraso?

—Casi dos semanas.

—¿No sospechaste nada? —preguntó él yendo de un lado a otro otra vez.

—No. Mi período siempre ha sido irregular.

Ella recordó aquella noche y se sintió avergonzada al acordarse de que estaba tan dominada por el delirio que ni siquiera pensó en tomar precauciones… y estaba embarazada. La felicidad fue adueñándose de ella. Esperaba un hijo al que amar y, sin tenía suerte, un hijo que la amaría.

—¡Dios mío! ¡Esta tarde he tomado unos analgésicos! —exclamó ella con una mano en el vientre.

—¿Qué tomaste?

—¿Crees que le habrá afectado al bebé? —preguntó ella después de decirle el nombre.

—No. El médico me dijo las medicinas que puedes tomar durante el embarazo.

—¿Se lo has preguntado?

—Claro. El bebé también es mío.

Sin embargo, no hacía falta ser un genio para darse cuenta de que no estaba muy emocionado.

—Sé que es muy inesperado. No quiero que pienses que tienes que implicarte… —¿Cómo dices? —la interrumpió él mirándola con los ojos oscuros como un trueno.

—Quiero decir que no estaba pensado y que no hace falta que participes en las tomas de decisiones. Yo me ocuparé.

—¿Tú te ocuparás?

La furia en su voz hizo que se diese cuenta de que no había elegido las palabras adecuadas.

—¡No! Quiero decir que me haré cargo del bebé cuando haya nacido.

—Entonces, para que quede claro, ¿piensas quedarte el bebé? —preguntó él en tono implacable.

—¡Claro! No se me había ocurrido… Sí, voy a tener el bebé. Quería decir que yo asumiré sola la responsabilidad y que no tienes que preocuparte.

—¿Qué derecho tienes a asumir tú sola la responsabilidad? La responsabilidad sexual es mutua.

—Lo sé, pero yo también participé sin pensar en la protección. Emmett, lo que intento decir es que no hace falta que te pongas en plan macho y que te culpes de algo que nos atañe a los dos.

—Rosalie, mírame —le ordenó él en un tono delicado y mortífero.

Ella levantó la mirada del vientre. La firmeza que vio en sus ojos hizo que se estremeciera.

—¿Te parece que soy el tipo de hombre que permitiría que otro hombre criara a su hijo? Doy por supuesto que en algún momento de tu vida querrás tener una pareja.

Era tan improbable que quiso reírse, pero su expresión le dijo que no le haría gracia.

—No lo sé —replicó ella encogiéndose de hombros—. Es posible.

—Intentemos algo mucho más sencillo —él se acercó a la cama. Su actitud no era amenazante, pero ella sabía que estaba bullendo por dentro—. ¿Te parece que voy a irme a algún sitio?

—Emmett…

—¿Te lo parece?

—No.

Ella no supo si sentirse complacida o asustada. Si Emmett quería el bebé, y todo parecía indicarlo, significaba que lo tendría en su vida durante el futuro inmediato. Su infancia en casas de acogida le había hecho ver que no todos los hijos son deseados. Independientemente de las circunstancias de la concepción, llegaba un momento en el que los padres abandonaban a sus hijos y desaparecían. Ella no pensaba hacerlo, pero tampoco podía hablar por Emmett. La infancia de él le había dejado unas cicatrices que influían en todas sus decisiones. Le habían decepcionado las personas que deberían haber sido incondicionales y eso, en cierto sentido, era peor que no haber conocido el amor de unos padres. Ella no había sentido ese dolor porque tampoco había tenido esa ilusión. ¿Podría Emmett olvidarse de su dolor para amar a un hijo?

—Perfecto. Me alegro de que haya quedado claro.

Retrocedió, se dio la vuelta y se marchó de la habitación sin decir nada. Sin embargo, volvió al cabo de diez minutos con una bandeja de comida que le dejó en el regazo. El jamón y el sándwich de pepino hicieron que le rugiera el estómago.

—Lo he preparado yo mismo. Te prepararé la comida hasta que encuentre un cocinero al que le explique la dieta que necesitas.

Ella se quedó boquiabierta durante unos segundos.

—¿Qué…?

Él le sirvió un zumo de naranja y se lo dio.

—¿Qué parte necesita explicación?

—La parte de… Todo. No hace falta que hagas eso, Emmett.

—Sí hace falta. Estás esperando un hijo mío y claro que tengo que hacerlo.

Se quedó con los ojos como platos por la emoción que percibió en su voz, pero cuando lo miró, sus ojos estaban velados y su rostro era inescrutable.

—Come —le ordenó él.

Ella comió en silencio porque, aunque quería seguir indagando lo que había detrás de sus palabras, tenía hambre y tenía que hacer lo que fuese para que su hijo estuviese sano.

—¿Qué tal te sientes? —le preguntó él cuando hubo terminado.

Su voz indicaba preocupación otra vez, pero también había cierta ansiedad que la inquietaba.

—Bien. En estos momentos, me interesa más saber cómo te sientes tú.

—Mi sentimientos no tienen importancia —replicó él levantándose con la bandeja—. Duerme un poco. Hablaremos mañana por la mañana.

Ella quiso preguntarle de qué iban a hablar, pero él ya estaba alejándose con la espalda tan tensa que hizo que se pusiera más nerviosa todavía. Fuera lo que fuese, podría sobrellevarlo siempre que no alterara la tranquilidad del bebé.

Iba a tener un hijo. Emmett consiguió dejar la bandeja y, temblando, se agarró a la encimera de la cocina. ¡Iba a tener un hijo! Quiso maldecir al destino, pero fue a la sala y se sirvió una copa de whisky de malta. No podía hacer otra cosa para soportar el miedo que le oprimía el corazón. ¿Estaría condenado a fracasar como había fracasado con Sofía? Se había ocupado de sus hermanos y de su madre y los había protegido de las consecuencias de los actos de su padre, pero no había podido salvar a su esposa… ni al hijo que esperaba.

¿Acaso el destino estaba provocándolo otra vez para que fracasara? ¡No! Agarró la copa con tanta fuerza que la dejó en una mesa para que no se rompiese. Esa vez, todo sería distinto. Fue de un lado a otro para serenarse. Iba a ser padre. Se paró delante de un ventanal. Hacía dos días había estado justo allí y había pensado que controlaba su mundo. Eso fue justo antes de que Rosalie irrumpiera y lo acusara de controlar su vida. En ese momento, creía que no controlaba ni la suya propia.

Dio media vuelta, salió de la sala y fue a su despacho. Estaban en plena noche en Washington, pero ya estaban trabajando en Londres y en toda Europa. Cuando terminó las llamadas, ya estaba despuntando al alba por el horizonte. Se pasó la mano por el mentón y apoyó la cabeza en el respaldo. No sabía cómo se tomaría Rosalie la conversación que iban a tener. Podía haber muchos obstáculos, pero pensaba pasar por encima de todos porque desde que supo que estaba embarazada tuvo muy claro que la seguridad de su hijo era lo más importante de su vida.

A las siete, cuando llamó a la puerta, ya estaba levantada, duchada y vestida… de negro. Solo la llamarada de su pelo daba una nota de color y estaba recogiéndoselo en un moño mientras lo seguía al comedor, donde él había preparado una bandeja con el desayuno.

Emmett tuvo que hacer un esfuerzo para no tocarla y para no obligarla a que se cambiara de ropa. Ella lo miró un instante a los ojos antes de fijarse en su ropa.

—¿No has dormido?

—No —contestó él algo molesto porque la ropa de ella lo había enfadado.

Los ojos de ella dejaron escapar un brillo de preocupación y él miró hacia otro lado. —Siéntate, bébete el té y come algunas galletas de esas. Te aliviarán las náuseas. —Un poco tarde —ella miró la bandeja y arrugó la nariz—. Ya he vomitado dos veces.

—Bébetelo de todas formas —insistió él disimulando la ansiedad.

Rosalie se sentó y él le sirvió el té dándose cuenta de que lo miraba con inquietud.

Quiso tranquilizarla, pero se contuvo porque sabía que lo que se avecinaba era complicado.

—¿No vas a tomar nada?

—No. Comeré aparte hasta que sepamos qué te produce las náuseas.

—¿Por qué sabes tanto de los vómitos por la mañana y de las náuseas?

Él contuvo el aliento y sintió una punzada gélida, pero no era nada comparada con el dolor que le desgarraba el corazón por el miedo y el remordimiento.

—Emmett… —insistió ella con la preocupación reflejada en el rostro.

—Lo sé porque mi esposa estaba embarazada de cuatro meses cuando murió.

Ella dejó caer la taza en el plato y se quedó pálida.

—Yo… No sé qué decir. Lo siento por…

Él se pasó una mano por el pelo porque no quería que ella viera la devastación que todavía lo asolaba por dentro. Tenían que hablar de cosas más importantes.

—Bébete el té, Rosalie. Tenemos que hablar de muchas cosas.

Ella tomó la taza y dio otro sorbo con el asombro todavía visible en sus ojos. Él esperó a que se hubiese comido una galleta antes de hablar.

—¿Tienes algún problema de salud que debería saber?

—Soy alérgica al marisco, pero, aparte de eso, siempre he estado sana y el seguro médico de Royce me hacía revisiones anuales que siempre fueron positivas.

Él apretó los puños al oír el nombre de su marido, pero sofocó ese sentimiento. Tenía que superar que hubiese sido la esposa de otro hombre durante un tiempo más bien corto.

—Muy bien. Entonces, pospondremos la revisión médica hasta que hayamos vuelto a Londres.

—¿Vamos a volver a Londres? —preguntó ella mirándolo a los ojos.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque nos casaremos en Londres.