2002
Claro que había salvado su pellejo en muchas ocasiones, pero no por su astucia. El Correcaminos era un ave con mucha suerte, pero listo, lo que se decía listo, no era. Quizás hasta entonces su diminuto cerebro no había sido capaz de procesar lo ocurrido. Quizás hasta aquella mañana o el día anterior no se había dado cuenta de que, cuando le decían que Chuck se había ido, no querían decir que volvería tarde o temprano con una maleta en la mano.
Wile E. lo encontró en la playa donde días atrás le habían dado el último adiós. Estaba sentado sobre la arena, como la gallina que empolla tranquilamente sus huevos, mirando cómo las olas se mecían con el viento. Giró el cuello al verlo venir, pero no dijo nada ni se movió. Wile E. tampoco le pidió que lo hiciera. Simplemente se sentó a su lado a mirar el mar.
No se había fijado la semana anterior en lo bonito que era aquel lugar. Podría haber caído una bomba a tres metros de él, que no se habría percatado. Había estado demasiado ocupado con sus pensamientos. Admirando la corona de flores blancas y rojas que había llevado Pepé, mientras éste regaba la arena de la playa con sus lágrimas. Dándole vueltas a cómo había visto a Marvin acariciar con la punta de los dedos el féretro antes de que lo cremaran y el rato que hacía que no lo veía. Escuchando a la Abuelita comentarle a Claudio que Elmer no se había sentido capaz de acudir a la ceremonia. Todo aquello se sentía como algo ajeno, extraño. Como una película, casi.
Sabía cómo se sentía el Correcaminos. Entendía que por una vez no tuviera ganas de correr ni de sacarle la lengua a nadie. Él también tardaría un tiempo en recuperar las ganas de sonreír. Aunque Chuck y los guionistas hubieran reservado para él el papel de genio al que le caen encima todos los yunques y le explota la dinamita en la cara, no dejaba de ser su creador. Y aunque no era una posición muy afortunada, nunca le había hecho hacer nada indigno. No podía tener queja alguna. Todo eran buenos recuerdos. Incluso cuando Chuck y Clampett se enzarzaron en aquella desagradable disputa, jamás había manchado su nombre.
Claro que el pájaro no había sido plenamente consciente de lo que había ocurrido. La muerte era algo difícil de comprender para los dibus y cuando cogían el concepto, muchas veces se negaban a creerlo. La idea de quien les había dado la vida, sus amigos, sus benefactores, envejecerían y morirían...Difícil de aceptar para las demás personas de carne y hueso; aún más para los dibus. Ahí estaba Lucas, sin ir más lejos. Se pasó dos años enteros sin dirigirle la palabra a nadie desde que se enteró demasiado tarde de que el señor Avery tenía cáncer de hígado. ¿Y Porky? Tenía preparado su regalo de cumpleaños para Clampett, preciosamente envuelto y con su tarjetita de felicitación, cuando recibió la llamada. Y McKimson...bueno, lo doloroso de aquello fue que nadie lo vio venir.
Por supuesto, los directivos no comprendían nada de eso y les habían puesto a trabajar de inmediato. Para ellos, el luto consistía en publicar en la prensa algún dibujito sentimental y dedicar una película a la memoria del finado. Supuso que para ellos los dibus eran todo diversión y poca memoria, simples trazos incapaces de tener relaciones significativas con alguien de carne y hueso. Wile E. no iba a presionar a su compañero para que actuara como siempre. Para empezar, no lo habría podido controlar ni aunque quisiera. Y no quería. Que se fastidiaran esos idiotas trajeados que tenían la mitad de su edad y se creían con autoridad para gobernar sus vidas. Seguirían haciendo feliz a la gente porque eso era lo que Chuck hubiera querido y lo que a ellos más les gustaba hacer en el mundo. Se tomarían un descanso necesario. Para recordar.
Por supuesto, las viejas generaciones de los creadores se retiran y/o, tarde o temprano, mueren.
Robert McKimson fue el primero en morir, en 1977, mientras almorzaba con sus compañeros DePatie y Friz Freleng de un ataque al corazón fulminante. Tenía 66 años.
Tex Avery fue el siguiente, de un cáncer de hígado, en 1980, a los 72 años.
Después, Bob Clampett, de otro ataque al corazón en 1984, a unos pocos días de su 71 cumpleaños.
Luego, Friz Freleng, en 1995, por causas naturales, con 88 años.
El único que quedaba, Chuck Jones, falleció en 2002, por un fallo cardiaco, contando 89 años. Como se muestra aquí, sus cenizas fueron echadas al mar, y con él desaparecieron los creadores de los Looney Tunes.
Se hace referencia a una enemistad que surgió entre Clampett y Jones porque, según la versión de Jones, respaldada por muchos de sus compañeros y Mel Blanc, se atribuía méritos que no eran suyos y se le veía copiando ideas ajenas.
