EL NIDO DE LA SERPIENTE

X. DOLOR

Murmullos, chocar que platos, pasos sigilosos; todo parece haberse multiplicado por mil en la mente de Spica, convirtiéndose en una pavorosa orquesta de sonidos ensordecedores. Siente las miradas de decepción de su madre, y las de genuina preocupación de Abraxas- le duelen, la punzan, la lastiman, le hacen daño, la queman.

Pero ella no quiere ni preocupación, ni decepción. Quiere que todo el mundo se vaya y la deje sola. Quiere meterse entre sus sabanas y morirse lentamente.

Un espasmo de dolor le recorre cada una de las extensiones de su cuerpo haciéndole enarcar la espalda y clavarse las uñas en las palmas de las manos. Un espasmo de blanca agonía y casi puede oír el sonido de la carne (su carne) desgarrándose. Varias mujeres salieron de la habitación cargando toallas empapadas en sangre.

Spica lanza la cabeza hacia atrás, y la larga cabellera roza la mullida alfombra persa que tapiza la habitación principal de Malfoy Manor. Siente la mano de Abraxas acariciar con un torpeza tierna sus dedos crispados. Otro espasmo de dolor y siente como la carne se desgarra. La sangre le mancha los muslos y le escurre cayendo en lentas gotas, dañando la moqueta. De repente los gritos agudos llenan la habitación-suspira de alivio-. Por fin-se dice-, no más dolor.

La puerta se abre de golpe y entre su cansancio logra distinguir la figura de Tom mirándola en silencio. Sonríe alegre. Pero por algún motivo, nada pasa. Solo Abraxas enalteciendo a su nuevo hijo. Un frío le recorre la espalda. La comadrona le deja el bebe entre sus brazos.

Es un perfecto Malfoy. Tiene los ojos grises de Abraxas. Ni un leve atisbo a un marrón claro (como debería ser) o a un azul oscuro (como los de ella, para quedarse con la duda) Mira a Tom que ahora tiene una sonrisa ladina. Y lo odia. Y odia a Abraxas. Y odia a Lucius (su bebe, su hijo, su carne) Lo odia por que gracias a él, el único lazo que lograba mantenerla viva se ha quebrado en miles de pedazos.

-Te felicito…- dice la voz fría de Tom y sueña como una explosión.

Aprieta al niño con demasiada fuerza y este lanza un grito de descontento, moviendo las manos. Lo mira y le resulta repugnante, una rata rosada con apenas una delicada mota de cabello rubio cubriéndole el cráneo. Deja caer su cabeza y llora. Le duele el cuerpo. Le duele el corazón. Y le duele el alma.

No más dolor. Que ingenua.