No había sido una huida de película la suya, cuando se separaron de Jace en las alcantarillas y Tatia hechizó a Céline, las dos mujeres siguieron caminando hasta estar justo debajo de Hotel Dumort. Entonces la híbrida salió al exterior con cuidado de no ser vista, envió un mensaje y sacó a su compañera. Esperaron entre las sombras a que Lily encontrase la forma de separarse del nido sin llamar la atención. Les consiguió un nuevo escondite temporal en una casa cercana, mientras les conseguía un modo para ir a otro país. Las dos mujeres andaban con pies de plomo por el apartamento abandonado, procurando no hacer ruido para que los vampiros que vivían cerca de ellas no las descubriesen. Era horrible la sensación de que todos los que te rodeaban te veían cómo a su enemigo. Habían pasado varios días, y ya se cumplía la fecha en la que Lily pasaría a verlas con noticias sobre su plan de huida, le había dejado a Tatia bastante sangre en reserva cómo para no tener que pasar por un apartamento supuestamente abandonado demasiadas veces sin motivo aparente. Dieron dos golpes seguidos a la puerta, una pausa y luego tres más. Era la señal establecida con Lily. Tatia miró a Céline, asintió con una sonrisa y fue a abrir la puerta. En el umbral se encontraba la vampira, pero no estaba sola. Estaba acompañada de un chico joven, al que Tatia conocía muy bien. Sus ojos se llenaron de lágrimas antes de abrazar a Jon Wayland.
—¡Estás vivo!
Había entrenado a aquel joven durante años, había sido lo más parecido a un hermano pequeño para ella. La Guerra Maestra les separó, no supo nada más de él desde que se encontró a su padre en Idris y le prohibió volver con ellos, luego ella se convirtió en híbrida así que tampoco podría haber vuelto ni para despedirse. Pensaba que jamás volvería a verlo, pero ahí estaba. Entraron en el apartamento y cerraron la puerta, no querían curiosos observando. Tatia miró a Lily y ella se encogió de hombros. No podía creer lo que acababa de hacer por ella. El chico abrazó con fuerza a la híbrida y cuándo habló lo hizo susurrando junto a su oreja.
—Lily me ha contado todo lo que ha pasado, no sabes lo feliz que me hace saber que sobreviviste a todo aquello. No importa cómo.
Tatia creía que iba a llorar en cualquier momento, no era una persona que se rindiese fácilmente a su parte emocional. Jon, por su parte, sí que estaba llorando sin ninguna vergüenza.
—¿Estás bien? ¿Está tu padre bien?
Entendía bastante bien la reacción de Michael, no le guardaba ningún rencor. Ella había puesto a su hijo en peligro, después de prometer que lo protegería. No podía enfadarse con él por echarla de sus vidas. El rostro de Jon se ensombreció, y por unos segundos temió lo peor.
—Fue herido durante la lucha, todavía está recuperándose. Perdió su puesto de Director del Instituto de Nueva York, ahora lo dirige un miembro de la Cohorte. Aunque nos permiten quedarnos a vivir ahí hasta que se recupere.
La mujer se separó de él bruscamente. Michael no debía de haber estado en Idris aquel día, si se hubiese quedado en Nueva York con su hijo no habría ocurrido aquello. Otra cosa que no entendía es qué pintaba la Cohorte en todo eso, y desde cuándo tenían tanto poder. Algo había cambiado en la sociedad de los nefilim, y no parecía algo bueno.
—¿Qué está pasando? ¿Desde cuándo la Cohorte...?
—Desde que destituyeron a Imogen Herondale de Inquisidora, y nombraron a un tal Horace Dearborn. La Cohorte está convenciendo a la gente de que cualquiera que no sea nefilim es el enemigo, empezando con los híbridos y los mestizos.
Tatia negó con la cabeza, aquello no podía estar pasando. Era una locura. Había mucha gente que no cedería a ese tipo de pensamiento, y si la Cohorte ganaba poder, lo usaría para convencer por la fuerza a aquellos que no se dejasen convencer con palabras vacías. Acabarían desencadenando una guerra civil, y eso les debilitaría frente al verdadero enemigo. Luke Herondale y Esther, la mujer de la que Jace le había estado hablando durante su tiempo escondidos.
—Jon, si descubren que soy una híbrida tienes que evitar que usen la Espada Mortal contigo. No pueden descubrir que tú lo sabías y me habías visto antes de marchar. Tienes que evitar ponerte en peligro.
—Ya lo estoy, tengo el enemigo en casa.
Ella le dedicó una mirada triste.
—De momento estás a salvo.
—¿Y cuándo hayan conseguido lo que quieren?—preguntó él perdiendo la voz poco a poco—. La Cohorte no se contenta con odiar solo a los subterráneos e híbridos, odia a todo lo que no esté dentro de su estricta normatividad. Tengo miedo, no puedo ocultar eternamente cómo soy.
Empezó a llorar de nuevo y Tatia lo abrazó. Nunca habían hablado de ese tema, pero siempre lo habían sabido. Ella era consciente de que Jon no era más que un chico que sentía cosas por otros chicos. De la misma forma que él sabía sin necesidad de emplear palabras, que Tatia era capaz de amar incondicionalmente, sin importarle si se trataba de un hombre o una mujer.
—Sé lo complicado que es ser uno mismo.
Se abrazaron con fuerza, intentando transmitirse su mutuo apoyo. Pasara lo que pasase, ellos eran hermanos, aunque no fuera de sangre. Si tuviesen la misma edad, y el tiempo no hubiese pasado ya para Tatia, se habrían unido con el vínculo parabatai. Pero en momentos cómo aquel no no necesitaban para saber que se protegerían siempre. Hubiese o no una runa en sus pieles que les ligase. Se separaron con cuidado y Tatia le otorgó una sonrisa de apoyo, otra persona le habría dado un beso fraternal a Jon, pero ella no era muy de dar besos. Ni siquiera cómo apoyo.
—Si sientes que estás en peligro, coge a tu padre y marchad con los Carstairs. Cuéntales todo, incluido lo que soy ahora.
Jon asintió, dejando de llorar.
Luke se sentía henchido de poder, toda su vida era diferente ahora. Las hadas le habían hecho una corona, menos elaborada que la de la Reina, y sí se arrodillaban ante él si así lo deseaba. Lo aceptaban cómo a su líder, porque había una parte de él que era hada al completo, no una mitad. Habían llevado a su presencia a varios subterráneos capturados, tenía que seguir convirtiendo híbridos y aumentar sus huestes. O las huestes de Esther. Pero había hablado del tema con la Reina Seelie, y ambos habían llegado a un consenso de que esa situación no se podría prolongar por más tiempo. Esther no era tan poderosa cómo creía, y tal vez debía de ser ella la que trabajase bajo las órdenes de la realeza y no al revés. Las tornas iban a cambiar.
Caminó por las diferentes hileras de prisioneros, se paró junto a una joven de piel morena y cabello rizado, le dio un rodillazo en el pecho, obligando a que le mirase. Ella gruñó, enseñando los dientes y mirándole con sus ojos brillantes. Una mujer lobo.
—¿Cómo te llamas?
—No tengo nada que hablar contigo, tú eres solo un imitador. Soy leal al verdadero Maestro.
Algo hirvió dentro de Luke, dejó su mano caer, propinándole una sonora bofetada.
—Soy más de lo que nunca fue el Maestro, yo soy un Príncipe, vuestro único gobernante ahora. Sois mis súbditos, mi ejército. Soy Luke el Príncipe de los Híbridos.
Había decidido finalmente renunciar a su apellido nefilim, los Herondale ya no eran su familia. Ella escupió en el suelo.
—Y yo soy Maia Roberts, y no soy súbdita de nadie.
Vio cómo otros subterráneos observaban la escena con interés, algunos empezaban a removerse también. No podía tolerar esa insolencia. No podía permitir que minasen su autoridad de forma abierta sin hacer nada al respecto. Entonces decidió hacer algo. Conjuró una bola de fuego, algo que era complicado y requería poder, pero él era imparable y la magia parecía entender sus deseos sin necesidad de hacer un gran esfuerzo. Tampoco era cómo un brujo normal. Tocó la frente de Maia, y el fuego se fue expandiendo por todo su cuerpo. Ella chilló, se removió sin poder hacer nada, mientras las llamas la devoraban viva y era incinerada.
—¡Podéis aceptarme cómo vuestro líder o podéis arder hasta morir!
Soltó el cuerpo calcinado, que cayó al suelo, quebrándose. Los prisioneros que antes se removían, se quedaron quietos. Todos a los que miraba le apartaban la vista, asustados. Luke sonrió, así era cómo gobernaría sobre todos ellos.
Sembrando el terror.
El pánico se extendió por Idris cuándo la noticia de la huida de Jace se dio a conocer. Los cazadores de sombras de la Cohorte habían ido por todas las casas, registrándolas de arriba a abajo buscando al prisionero huido. Buscaron en todas menos en una. La casa de Teri fue la primera en ser registrada, destrozaron prácticamente todo, ya que la situación les dio una excusa perfecta para hacerlo. Eran perfectamente conscientes de que Jace no podía ocultarse detrás de un cuadro, pero eso no les impidió rajar todos los que poseían los Herondale, no quedó un solo retrato familiar a salvo. Cuándo se marcharon, Teri intentó dar apoyo a su padre, pero él estaba fuera de sí. Observaba colérico un viejo retrato familiar destrozado de unos antepasados. Teri reconoció a Tessa con el que debió de ser su marido en el pasado y sus dos hijos. Era el rostro del hombre el que estaba irreconocible, uno de los nefillim de la Cohorte había hundido en él una daga con saña. La chica de dio cuenta de que había pasado una y mil veces frente al cuadro, pero nunca se había parado a observarlo detenidamente, y no podía recordar cómo era el aspecto de aquel hombre. Sí que recodaba el nombre de su antepasado. Era William Herondale. Su nombre permanecería en la historia de su familia, su aspecto no.
—¿Por qué íbamos a ayudar nosotros a ese chico a escapar?—preguntó su madre abrazando a su padre—. ¿Hasta cuándo vamos a ser nosotros el enemigo.
Teri se alejó de ahí, no quiso decir nada. Ella había ayudado a Jace a escapar, lo había dejado oculto en la casa de los Morgenstern que actualmente estaba vacía. Nadie había ido a buscarlo porque, de verdad, nadie esperaba que se tuviese el valor de ocultarse ahí. Si tan sólo supiesen algo de Jace, algo más allá de que era un híbrido y había sido un seguidor fiel del Maestro, sería el primer sitio al que habrían acudido. No obstante, se habrían tenido que enfrentar a los Lightwood. Alec hacía guardia por el día, e Isabelle se escapaba por la noche de casa para hacer guardia por la noche. Puede que fueran jóvenes, pero eran fieros guerreros, y al menos Isabelle luchaba cómo alguien que no tenía nada que perder. Por alguna razón, para ella el joven era lo único que le quedaba en el mundo, cómo un último legado de su amiga.
—Van a matarlo—dijo su abuela entrando en la casa en ese momento.
Los tres se giraron para mirarla. Estaba agitada, se acercó a su madre y le cogió las manos.
—¿A quién?—preguntó su padre confuso.
Pero Imogen no dijo nada más, solo apretó con fuerza las manos de su nuera y esta empezó a llorar.
—¡No!
Fue innecesario añadir más, Teri sintió una ligera opresión en el pecho. Cómo Jace había desaparecido, para calmar a las masas asustadas, iban a ejecutar a su tío. Ella no podía olvidar lo último que le dijo cuándo habló con él: «Creo que en el fondo no odio tanto a mi hermana cómo creía». Lucian no odiaba a su hermana, y viendo la reacción de su madre, Teri se dio cuenta de que ella tampoco lo hacía. Estaba viviendo la misma encrucijada emocional que ella con Luke. En su fuero interno, Amatis todavía había guardado una chispa de esperanza de que su hermano pudiese redimirse de sus actos, por viles que fueran. Teri abrazó con fuerza a su madre, sintiéndose terriblemente identificada con ella.
Pasaron las horas, hicieron un té a su madre para que se relajase y pudiese dormir. Su abuela se quedó en la sala principal hablando con su padre. Teri se puso una chaqueta gruesa con capucha, salió despacio de la casa y caminó con el rostro cubierto hasta la plaza principal, la misma en la que iban a ejecutar a su tío. Parecía estar todo Idris ahí, si los Lightwood también estaban presentes, Teri no los localizó. Se hizo sitio entre la gente, procurando no hablar mucho para que no la reconociesen, hasta llegar a primera fila. Habían montado una tarima de madera, y sobre ella habían puesto una guillotina. No tenía ni idea de dónde la habían sacado y le parecía una absoluta barbarie que en pleno siglo XXI alguien fuese a ser ejecutado de una forma tan arcaica. Lucian fue subido a la tarima en ese momento, la gente lo abucheó, y el que iba a ser su verdugo, Horace Dearborn, sonreía con orgullo. Obligó a Lucian a arrodillarse y colocar la cabeza en posición. Antes de ejecutarlo, el Inquisidor dio un discurso sobre la justicia que le quedaba bastante grande. Teri no escuchó nada de lo que decía, solo miró a su tío, quién en un momento dado, también la miró a ella. La reconoció y vio cómo durante unos segundos, su expresión se transformó de una seria e impasible, a una más apenada. Aquel hombre había crecido junto a su madre, había tenido una familia, un parabatai. Lo había perdido todo de la noche a la mañana, se había caído en su propia oscuridad y había actuado vilmente. Pero todavía había algo del joven Lucian en su interior, una esquirla de esperanza que iba a perderse para siempre. Teri no tenía poder para cambiar su destino. Lo único que podía hacer era quedarse ahí, mostrando su apoyo, mostrándole que no estaba solo en el mundo y que de haber tenido una oportunidad, podría haber recuperado a su familia. No esperaba que él entendiese todo aquello sin explicárselo.
El discurso de Horace terminó, y se acercó al condenado a muerte. Lucian vio entonces su última oportunidad de hablar, con todas las fuerzas que le quedaban, gritó alto y claro, para que ningún nefilim se quedase sin escuchar lo que tenía que decir.
—¡Si le cortas la cabeza a la hidra, saldrán otras tres más y así eternamente. Si de verdad queréis destruirla deberíais de ir directos a su corazón. Porque ese sí va a estar bien oculto mientras las eternas cabezas son mortíferas, pero sólo una mera distracción!
Muchos murmuraron, se habían tomado las palabras de Lucian cómo una especie de maldición, pero Teri había entendido perfectamente que era una advertencia. Hablaba de Esther, sin nombrarla realmente. Lo había hecho así porque no le estaba pidiendo a los cazadores de sombras que la parasen, ellos no lo harían. Se lo estaba pidiendo a ella, había hablado de tal forma que solo Teri pudiese entenderle. Horace parecía furioso, no dejó que esa situación se prolongase durante más tiempo. Dejó caer la cuchilla que rebanó la cabeza de Lucian. Teri lo observó sin ver realmente, mientras el resto de los nefilim vitoreaban la muerte del Maestro, la mente de ella estaba en otras partes. Lucian le había dado un propósito. Uno más allá que salvar a su propio hermano.
Iba a detener a Esther.
