X. LA ZORRA Y LAS UVAS

Camus se enredaba y se volvía a desenredar de entre los brazos del pretor, su largo cabello rojizo regado por la cama, daba la impresión de ser un charco de sangre en el cuál los dos estaban felizmente revolcándose, le empujaba tratando de librarse de su captor, pero era un hecho que sus labios lo tenían más cautivo que todo su peso encima, el cabello rubio que le acariciaba los hombros y que caía como cascada de oro sobre la musculosa espalda del romano le hacía cosquillas.

Estaba muerto de miedo.

Su tacto le hacía sentir una descarga de electricidad por toda la espalda y esa misma descarga se transportaba a la parte frontal de su cuerpo bajando por el pecho, por el estómago y luego más abajo, por entre los muslos, era evidente que estaba excitado, no tenía la más remota idea de que hacer.

Quería reír como loco y quería sentarse a llorar.

Dejó de pelear, se quedó inmóvil.

Se estremeció cuando Milo se hundió entre sus muslos, acomodando sus piernas separadas encima de sus hombros, la lengua del pretor le estaba causando sensaciones que no había imaginado, sus dedos acariciaban el resto de su piel. El galo simplemente apretaba las sábanas y miraba hacia otro lado, se sentía apenado de ver lo que le estaban haciendo.

Cuando inconscientemente empujo la pelvis contra la boca húmeda del rubio, que literalmente se lo estaba comiendo, Milo interpreto aquello como un "sigue", sus dedos entonces se hundieron lentamente en el cuerpo del galo, el otro gimió.

Un instante después de tanta tortura se encontró montado a horcajadas, observándolo con sus ojos azules, muerto de miedo y de vergüenza, quiso bajar de ahí y echarse a correr pero Milo lo detuvo por la muñeca, pronto encontró el punto de unión entre ambos y lentamente abrió su cuerpo.

Camus se mordió los labios y ahogó un grito de dolor, el pretor finalmente lo tenía, era suyo.

No sabía que hacer así que se dejó guiar, se dejó enseñar.

Se dejó sentir hasta el final, luego se desplomó a su lado tratando de dejar de jadear.

—¿No vas a hablar? ¿no me vas a decir quién te ha enviado? —insistió Milo después de un rato en silencio, mientras Camus le daba la espalda.

Silencio fue lo que obtuvo.

—Es muy grave lo que trataste de hacer, está claro que alguien te envió y aunque guardes silencio voy a llegar al fondo de esto… ¿lo sabes no? —inquirió tocando con el dedo índice su hombro.

Nuevamente Camus se había encerrado en su profundo silencio, ni ese día ni otros más volvió a pronunciar palabra alguna.

Tampoco accedió a compartir de nuevo su lecho, por más que Milo trató de convencerlo por las buenas y por las malas, no obtuvo más que pelea…

—Sabes que puedo obligarte ¿no?, sabes que puedo tomarte a la fuerza cuando me venga en gana, sigue jugando al niño bueno, maldito galo, y te arrancaré la piel a tiras —maldijo limpiándose la sangre de un lado del cuello, Camus le había arañado haciéndole sangrar.

Estuvo por tomar la fusta y darle una lección hasta que se dio cuenta de que era tarde, tenía que llegar al palacio para el cambio de guardia.

Abandonó a Camus tirado en el piso como un trapo viejo y se marchó en su caballo a toda velocidad.

Tuvo tiempo para calmar su frustración cabalgando casi imprudentemente hasta llegar al palacio, bajó de un salto y continuó dictando órdenes por el camino mientras algunos de sus soldados se acercaban para darle las últimas novedades de la mañana.

En automático repartía obligaciones, vociferaba a voz de cuello y tomaba este o aquel papiro en la mano revisándolo rápidamente.

Entró al palacio verificando, casi con ojos de ranura, que todo marchara bien. No se dio cuenta de que Mancinia lo había visto llegar y lo observaba atenta, sonriente, como siempre que tramaba algo.

Le salió al paso y tiró de él para meterlo a una de las varias habitaciones vacías cerrando tras de sí.

Milo la observó y le dirigió una sonrisa, trataba de ser condescendiente, no estaba de humor.

—Mancinia, ¡que grata sorpresa!

—Parece que últimamente hay que hacer cita para siquiera intercambiar una palabra contigo, Milo —respondió sugestiva adhiriéndose a él y echándole los brazos por los hombros.

—¡Que va!, es el trabajo, ya lo sabes, mayor rango mayores responsabilidades… —se disculpó zafándose del abrazo—. Es un tanto peligroso que hagas esto cuando sabes que Aulo está merodeando por aquí…

—¿Qué más da? Además te extraño mucho, como no tienes idea —susurró acercándose a él y besándolo de sorpresa mientras con una mano se desataba el vestido y lo dejaba caer.

Milo abrió los ojos y la boca, sorprendido, nervioso, se agachó para recoger el vestido y volverlo a colocar en su lugar.

—¡Por Júpiter, Mancinia!...

—Antes no te molestaba ¿qué pasa contigo Milo?

—Nada, pero no creo que esto sea buena idea.

—¿Por qué no?

—Porque te meterás en problemas y me meterás en problemas, ¿acaso quieres que Aulo te repudie? —le lanzó ofuscado.

Ella le miró rabiosa.

—No me importa, te tengo a ti.

—No te engañes Mancinia, yo no puedo darte todo eso a lo que estás acostumbrada, además, perfectamente sabías que se trataba de una aventura y nada más —sentenció dando la vuelta para salir de ahí.

La romana corrió hacia el con el vestido a medio poner y con cara llorosa.

—Milo… por favor, yo quiero estar contigo, yo dejaría todo por ti…

—Pues bien, yo no —sentenció frío y sacándosela de encima, empezaba a cansarse de esas escenas con ella, de pronto, en medio de su berrinche ella se percató del arañazo en su cuello y furiosa le atravesó el rostro de una bofetada.

—Así que se trata de eso ¿no?, tienes a alguna golfa contigo ¡es eso!, te revuelcas con quién sabe qué puta…

El pretor entornó los ojos y dio la vuelta abriendo las puertas para escapar de esa loca que balbuceaba y maldecía, si realmente supiera que llevaba días sin tener sexo y que llevaba días buscando la manera de volver a acostarse con su esclavo… que no le quería obligar pero que este tampoco quería ceder, se echaría a reír.

—Piensa lo que quieras, me da lo mismo.

—¿Es tu última palabra, Milo? piénsalo bien… porque una vez que atravieses esa puerta no habrá vuelta de hoja, te lo advierto… —siseó, y algo en sus palabras le hizo volverse de nuevo.

—¿Me estás amenazando, Mancinia? —preguntó divertido.

—Sí, Milo, te estoy amenazando, si no vuelves conmigo el tiempo no te alcanzará para arrepentirte.

—Haz lo que quieras, no serás más peligrosa que una horda de germanos —puntualizo y se marchó dejándola atrás maldiciendo.

Por un momento se preguntó si realmente Mancinia se atrevería a hacer algo en su contra, desechó el pensamiento automáticamente y decidió proseguir con su vida como si nada.

La patricia por su parte, decepcionada, dolida, y muy herida, pensó que de nada había servido lo que había hecho, se había arriesgado al ir a buscar al lanista y se había arriesgado al llevarse a ese gladiador a la cama, se golpeó las piernas con los puños mientras apretaba los dientes, terminó de arreglarse el vestido para salir y pensar en algo.

Aulo por su parte se encontraba de mal humor, igual que su consorte, por el hecho de que Milo seguía respirando el mismo aire que él, porque Camus no lo había eliminado, algo le parecía extraño en todo ese asunto y empezaba a sospechar que el maldito galo, al que había engatusado diciéndole que precisamente Milo había dirigido esa campaña en la que eliminaron a toda su gente en la Galia y que su suerte era culpa de Milo, se había arrepentido.

Así que esa noche le iba a dar una lección para recordarle a quién debía obedecer.

Milo regresó a la casa, por la tarde, fastidiado y sin muchas ganas de hacer nada, en especial no ir a la casa de Aulo y Mancinia para una cena, lo único que quería era echarse en la cama y no levantarse más. Lo primero que hizo fue buscar a Camus, pero el galo no estaba, para variar, o no estaba visible.

Poco después lo vio en el huerto contemplando los árboles de manzanas, llevaba puesto un ligero lienzo que le cubría, lo cual significaba que había salido o que acababa de llegar, una de sus escapadas que nadie sabía a dónde eran.

Algo brillo entre la ropa, algo oculto en el pecho, un breve destello, Milo se talló los ojos y observó de nueva cuenta, pero esta vez no vio nada, caminó hacia él en silencio y al estar cerca echó un breve vistazo: nada fuera de lo común.

—Vamos a salir, a la casa de tu anterior dueño, a la casa de Aulo… —le anuncio analizando cada movimiento, casi cada pestañeo, pudo notar su nerviosismo cuando simplemente asintió, sus ojos se ocultaban y él mismo parecía ocultar algo.

—¿Te molesta ir a ese lugar? —inquirió.

El pelirrojo simplemente negó con la cabeza y caminó hacia la casa a toda prisa, Milo lo contempló marcharse, se quitó algunos mechones rubios de la frente y suspiró.

—Mierda…

La villae(1) de Aulo se encontraba retirada del centro ruidoso de Roma, en la parte donde las familias más acomodadas moraban, a diferencia de la domus(2) de Milo, localizada en una zona pudiente que se encontraba más cerca del bullicio de la capital. Mucho se decía que la fortuna de Aulo era gracias a la suma de la fortuna de Mancinia.

Como era de esperarse Milo vistió una rica toga palmata(3) de acuerdo a su cargo, con excelso bordado en hilos de oro y ribetes coloridos así como unas cómodas soleae(4), joyería más modesta, nunca fue de llevar joyería ostentosa, y el cabello lo dejó así como estaba, ni hablar de volver a sufrir otra serie de tirones para insertar cuentas entre las hebras doradas.

Camus iba con él, como su esclavo personal, vestido de una manera modesta pero más dedicada que el grueso de los esclavos que en su casa trabajaban.

Aulo le recibió con abrazos y alabanzas, fingiendo alegría.

—¡Milo! Enhorabuena, los dioses te han traído con bien, aunque mucho me alegraría que te hicieras acompañar por una esposa más que por un esclavo —ironizó lanzándole un velada mirada de repudio al galo, este bajó la mirada y guardó silencio.

—Aulo, como bien sabes, aún no ha llegado la patricia que me atrape, a diferencia tuya y no te culpo —se zafó elegantemente del comentario referente a su postergado matrimonio—. El ejército y las mujeres son dos cosas que juntas representan la perdición de los hombres.

Ambos rieron del comentario, y pasaron hacia el salón que los aguardaba decorado con la misma pulcritud que el resto de la villae. Camus les seguía de cerca en completo silencio, nervioso. Hubiese preferido quedarse en un rincón oculto, de esos que él conocía muy bien entre esos muros.

Mancinia apareció poco después seguida de las esclavas que colocaron los platillos en la mesa central: frutas en dulce, higos rellenos, algunos bocadillos de vísceras marinadas y vino especiado con mirra, una delicia que se guardaba para ocasiones especiales ya que el vino madurado con mirra requería cierto tiempo de resguardo en la cella vinaria(5).

La velada se desarrollaba en completa calma, Mancinia estaba particularmente encantadora, como si no hubiese pasado nada, lo cual ponía en alerta los sentidos de Milo, las mujeres furiosas eran una cosa de temer.

Sin embargo Mancinia había encontrado el momento de acercarse a él con suficiente discreción, mientras Aulo se llevaba a Camus consigo a la biblioteca para traer algunas traducciones de La Iliada que recientemente había adquirido, al tratarse de muchos rollos de papiro requirió de otras manos para transportarlos.

Así que la mujer no perdió el tiempo sentándose casi encima de Milo y deslizando una mano por sus muslos firmes.

—Pareces tenso, Milo, ¿acaso algo te preocupa? —preguntó sugerente.

—Nada me preocupa que no sea mi copa vacía, Mancinia, por cierto debo alabar tu gusto exquisito para el pavorreal relleno de carne de cerdo y huevo de codorniz, porque debo suponer que este manjar lo sugeriste tú… —comentó el pretor casual.

—Dices bien, he sido yo quién ha pedido este platillo, sé que te gusta… —contesto a secas cuando entendió que Milo no iba a caer y tampoco se iba a ablandar.

En un descuido Aulo se acercó a Camus que llevaba ambas manos ocupadas con los papiros, deslizó con suavidad por entre los pliegues de su ropa un collar con esmeraldas, luego le detuvo por el hombro.

—Aún no lo has hecho ¿por qué sigue vivo, Camus? ¿es acaso que lo perdonaste a pesar de todo?

Camus negó con la cabeza, vehemente.

No dijo más el hombre y se dirigieron de nueva cuenta hacia donde estaban su esposa y su invitado.

Cuando regresaron los dos hombres Mancinia pudo notar algo distinto en Milo, y eso era que su mirada parecía absorta en el esclavo mudo que Aulo le había regalado, casi había notado la clase de mirada interesada que alguna vez el pretor le dirigió a ella, pensó que tal vez estaba viendo de más, lo mejor sería continuar su evaluación silenciosa, de todas maneras ya tenía gente apostada cerca de la casa de Milo y gente que estaba dispuesta a seguirle de cerca.

Pronto la velada avanzó entre risas hipócritas y miradas suspicaces entre los cuatro.

Hasta que llegó el momento de retirarse, mientras Milo se despedía de sus anfitriones y Camus se mantenía en la distancia de pronto en el patio las risas se interrumpieron cuando Aulo empujó al galo y este fue a dar al piso aparatosamente rodando los tres escalones que les separaban del piso, y delante de él cayó también un collar de oro con esmeraldas que tenía oculto entre la ropa.

Cuando Milo se acercó, en un acto poco natural, para ayudarlo a levantarse contempló la joya frunciendo el ceño, Aulo avanzó a grandes zancadas para observar de cerca.

—Ese collar estaba en una caja en mi estudio… —dijo molesto.

Milo guardó silencio sin entender muy bien, pasó los ojos de Aulo a Mancinia que contemplaba la escena, burlándose, y luego en Camus que observaba asustado.

—¿El collar es tuyo, Aulo? —preguntó inquieto Milo.

—Sí, ¡por supuesto que sí! lo compré para Mancinia y este pedazo de mierda lo ha robado de mi estudio… —acusó indignado.

El pretor observó a Camus sin entender, este simplemente negó, diciéndole con los ojos asustados que no era verdad, que él no había tomado nada.

Su diálogo silencioso se vio interrumpido por el cortar del aire y luego por un golpe seco de látigo sobre el galo que bastó para rasgar la ropa, después uno más que desgarró en un nuevo lugar.

—Venir a robar a mi casa, tú, maldito esclavo… —aulló el romano empuñando de nuevo el látigo.

Antes de que asestara un tercer golpe Milo detuvo el látigo en su mano, poniéndose de pie, enfrentando a Aulo.

—Suficiente… no sé qué es lo que pasó aquí Aulo, lamento mucho esta confusión, acepta ms disculpas y permite que sea yo quien reprenda al esclavo, te aseguro que la ofensa será duramente castigada… —le pidió tratando de razonar con él.

—Deberían cortarle una mano, así aprenderá… —sugirió la hermosa patricia, ahora le quedaba claro que Milo tenía cierto interés y aprecio por el galo, eso le ofendía, cambiarla a ella por un simple esclavo.

—Me encuentro sumamente apenado, Aulo —razonó Milo, ignorando el comentario de la mujer—. No deseo que este incidente manche nuestra amistad, permite que me vaya y reprenda a este esclavo…

—Dices bien Milo, esto no debe ensuciar nuestra amistad… —aceptó el otro ante la mirada atónita de Mancinia—. Dejémoslo así, sé que te encargarás de llegar al fondo de esto.

—Te aseguro que lo haré, mis disculpas.

No dijo más y se fue llevándose del brazo a Camus hasta arrojarlo al interior de la litera, bufaba de vergüenza y de ira, le observaba atento mientras el otro mantenía la vista fija en la nada.

—¿Te vas a quedar simplemente callado? ¿después de lo que hiciste? ¿cómo carajo se te ocurrió hacer eso? ¿aparte de mudo eres retrasado? ¡Contesta, por las pelotas de Júpiter! —gritó el rubio más cabreado que nunca.

Bajó casi de un salto de la litera al llegar al pórtico de la casa, entró dando órdenes como si se tratara del ejército y se hizo preparar un baño caliente, sólo por el hecho de no saber qué hacer consigo mismo y con lo que le rodeaba.

El hecho de haberse evidenciado delante de Aulo y Mancinia no le hacía gracia, de hecho le preocupaba.

Casi se arrojó de un salto limpio, digno de espectáculo, en las termas, una de sus esclavas, una númida de piel de ébano, le tallaba delicadamente la espalda con la esponja y escanciaba el agua tibia sobre sus hombros.

Tomó el brazo de la mujer negra y lo deslizó por su pecho, casi lo estaba abrazando, hasta que tocó su vientre y le guio más abajo, entre sus piernas, la esclava acostumbrada a atender esa y muchas otras necesidades sostuvo su sexo entre sus dedos hasta sentir como crecía, Camus había decidido ir a sondear el asunto en el que lo habían incriminado, cuando entró a las termas llevando consigo toallas se detuvo en seco al darse cuenta de lo que estaba haciendo la mujer inclinada por sobre los hombros de su amo.

Enrojeció y estuvo por dar la vuelta, pero el pretor lo descubrió.

—Vaya, vaya… pero si es eres tú… ¿a dónde vas? ¿pretendes que me seque al aire, o algo semejante? —preguntó dejando escapar un gemido.

Camus volvió la vista para no continuar observando el espectáculo, el romano rio de aquello y le indico con la mano a la esclava que los dejara solos, ella obedeció de inmediato. El galo acercó las toallas a la orilla de la poza de agua en donde Milo estaba sumergido, dejando todo listo para el momento en el que decidiera salir.

—Ya no hay nadie que te escuche… ¿realmente tomaste esa baratija? ¿por qué la tenías? —le preguntó observando sus manos blancas, parecían animales vivos independientes de su cuerpo, se movían con gracia propia.

Los labios del pelirrojo se abrieron, su lengua parecía debatirse entre decir algo o callar, finalmente no dijo nada, sólo guardó silencio, el rubio ofuscado por ello y desesperado porque de ninguna manera lograba arrancarle las palabras tiró de su muñeca y lo jaló haciéndolo caer dentro de la terma con un estrépito, salpicando agua por todos lados.

Camus no tardo en salir a flote completamente empapado, el romano aprovechando su confusión lo acorraló contra el pretil de la orilla más cercana, le sacó los girones de ropa húmeda, no se había cambiado esa ropa desgarrada por el látigo de Aulo, acarició los verdugones en su espalda, luego le sacó el taparrabos, hizo una bola arrojadiza con la ropa húmeda y la echó a un rincón.

La distancia era nula entre ambos, prácticamente respiraban uno contra el otro y aunque el galo le empujaba y trataba de librarse tampoco es que lo hiciera con muchas ganas.

—¿Robaste ese collar? —le soltó directo, en voz baja mientras sus labios tocaban los suyos.

—No… —murmuró con su voz varonil.

—¿Por qué Aulo te inculpó?...

—No lo sé…

Los dedos de Milo tocaban la piel blanca del esclavo, lo reconocía punto a punto, jugaba con la piel debajo del agua y luego más abajo por su vientre una moderada erección le saludaba, lo acuno en su mano y besó sus labios, mordiendo, a veces lamiendo, el otro asustado no sabía si entregarse una vez más, porque se sentía morir ahí mismo, se sentía que estaba muriendo cada vez más.

—No, por favor… —suplicó el galo.

—¿Por qué no? —le dijo el pretor mordisqueando la piel de sus hombros.

—No está bien… —rogó.

—¿Según quién?... —increpó de nueva cuenta el pretor.

—Es contra natura…

—¿Según quién, Camus? —volvió a preguntar arqueando una ceja. Tomó sus piernas levantándolo en vilo casi y haciendo que estas rodearan su cadera—, sujétate del pretil… —le indicó, el otro obedeció al mismo tiempo que lo sometía una vez más y se dejaba llevar de nuevo, cerrando los ojos, meciéndose contra el cuerpo musculoso del rubio y a la par del agua tibia que los cobijaba.

Acostado desnudo en el colchón relleno de plumas contemplaba a Milo dormir plácidamente únicamente envuelto por su cabello, su rostro era de una belleza inaudita.

No podía creer que alguien tan bello fuese también tan cruel y desalmado, no podía entender porque estaba ahí sometiéndose a él en vez de terminar con todo.

Estaba por amanecer, se levantó, se vistió apresurado y se dispuso a salir.

Milo había sentido su ausencia de inmediato, pero se quedó quieto, esperando, cuando escuchó que cerraba la puerta tras de sí se levantó y se vistió a toda velocidad, para cuando Camus había cerrado el pórtico tras de sí el romano iba a la carrera por el recibidor y se disponía a seguir sus pasos escondido por la todavía noche.

Caminó un buen rato escondido en las sombras siguiendo al galo que se perdía fácilmente entre las callejuelas, doblando a la derecha, luego a la izquierda, luego otra vez a la derecha, el rubio iba tan concentrado en no perderlo que no notó que alguien más también los iba siguiendo a corta distancia.

De pronto el pelirrojo tocó una puerta en apariencia normal, alguien abrió, intercambiaron unas palabras, de entre su ropa el galo sacó algo que le mostró al hombre de barba blanca que tenía delante, cuando atisbó bien y aguzo la vista Milo tuvo el sobresalto de su vida, el corazón le latía como tambor, estaba realmente jodido.

Su esclavo tenía en la mano una cruz, lo que le estaba mostrando al hombre y que al parecer se trataba una contraseña, era una cruz.

—No puede ser… un cristiano, converso o lo que mierda sea… —farfulló

Ese mismo hecho lo estaba viendo el hombre que los seguía: uno de los sirvientes de Mancinia.

Una vez cerrada la puerta vieja de madera del templo clandestino pudo ver la figura de un pez grabada en ella, burdamente pero era un pez, había visto ya esos símbolos en los cristianos que solían morir en la arena o aquellos que servían de antorchas humanas en la cruz mientras los gladiadores peleaban.

La sangre le estaba bullendo, estaba decidido a enfrentarlo.

Esperó oculto, no paso demasiado tiempo cuando le vio salir de nueva cuenta, desprevenido y con el rostro descompuesto, parecía que lloraba. Le salió al paso plantándose delante de él.

—Así que este es uno de tus grandes secretos ¿no?...

Camus se quedó boquiabierto, los labios le temblaron, Milo presa del coraje le derribó de un golpe en el rostro, el pelirrojo cayó de rodillas frente a él, se desmoronó de pronto y con las manos apoyadas en el piso sollozaba sin control, la cruz que había visto en su mano colgaba de su cuello visiblemente, eso era lo que había visto brillar en el huerto de manzanas.

—Puedes matarme, no me voy a oponer… —le contestó en medio de sus lágrimas—. De cualquier forma estoy más muerto que vivo y ya no tengo salvación tampoco… sólo quiero que sepas que he pedido el perdón para ti, he pedido que perdonen tus manos tintas en sangre… y que encuentres fe…

Milo se quedó helado ante lo que acaba de escuchar, no tuvo el corazón para degollarlo ahí mismo, como era su derecho, se agachó en cuclillas para levantar su rostro cubierto de lágrimas y de frustración.

—¿Aulo te pidió que me mataras verdad? Pero no lo hiciste… —preguntó dubitativo mientras con el pulgar le limpiaba una lágrima cristalina.

—Sí… sangre por sangre… tú mataste a tanta gente, eres un asesino, una máquina de matar, destrozaste mi pueblo, tus soldados asesinaron a mi gente, me tomaron prisionero y me vendieron… él me lo dijo, él me lo contó todo… —hablaba sin parar, desgranando todo como si con ello pudiese librarse del dolor—. Poco después de llegar a su casa encontré este lugar, sentí paz… y no pude hacerlo, no pude matarte… me condené yo solo por hacer lo que hago… contigo.

Milo tragó saliva y le hizo ponerse de pie, le limpió las lágrimas con el borde del manto.

—Aulo te mintió, yo nunca estuve en la campaña de Galia, estaba en otro lado, regresando de Germania cuando eso sucedió, el que estuvo en Galia fue el mismo Aulo… —confesó preocupado y pensando en que ahora todo encajaba perfectamente—. Vámonos de aquí… sabes perfectamente que esto que haces está prohibido, acarrea la pena de muerte…

—No me importa.

—¡Pero a mí sí, imbécil! —escupió—. Vamos a casa… —tiró de él antes de que alguien les viera por ahí, pero era demasiado tarde, para esos momentos el esclavo de Mancinia ya había llegado casi a trote a la villae.

A primera hora Mancinia corrió a la habitación de Aulo para despertarlo.

—¡Aulo! Despierta perezoso… —le dijo moviéndolo, al no recibir respuesta le movió con más fuerza, Aulo simplemente gruñó— A que no adivinas quien tiene un esclavo cristiano… y además de todo le ha perdonado.

El hombre se revolvió en la cama, se talló los ojos y observó desenfadadamente a su mujer. Mancinia sonreía de oreja a oreja, había encontrado la forma de deshacerse del esclavo que estorbaba su romance con Milo.

—¿De qué hablas, mujer?

—¡De Milo! Milo, el pretor… tiene un esclavo cristiano, justo el pelirrojo, el que le regalaste y qué bueno que lo hiciste, imagina si acaso aún continuara en esta casa, en el problema en el que nos meteríamos… si eso se llegara a saber, sabes bien que ese tipo de cosas acarrean la muerte y la deshonra, además…

Pero Aulo ya no escuchaba la diatriba de Mancinia, pensaba en que tenía la mejor oportunidad de deshacerse de Milo y compañía en ese momento…

(1) villae - Villa, casa lujosa hubicada normalmente en la perifería de las ciudades.

(2) domus - Casa comúnmente de la clase pudiente.

(3) toga palmata - Toga que llevan los comandantes victoriosos, consules, pretores y tribunos. Llamada así por su fino bordado de ramas de palma.

(4) solae - Sandalias de piel cómodas desde cuya suela se desprenden las tiras de piel que se enredan por el tobillo para atarse.

(5) cella vinaria - Bodega fría construida para guardar vinos, zumos o de más enseres que requirieran protección y frescura, siempre estas bodegas estaban mirando hacia el norte.