Disclaimer: Thanks to LyricalKris for letting me translate this story! Solo me adjudico la traducción. ¡Disfruten!


Capítulo 10

A pesar de que tenían una hermosa habitación esperándolos, Edward y Bella se quedaron en San Francisco esa noche.

Sabiendo cuánto adoraba los museos de ciencia, Edward condujo al Exploratorio. Cuando los ojos de Bella se iluminaron, dándose cuenta de lo que era, él sonrió.

Se suponía que sería una científica. Se preguntaba qué había sucedido con ese sueño.

Casi le pregunta.

En su lugar, la observó saltar de una a otra exhibición. Siempre adoró cuán maleables eran los museos de ciencias.

Se consiguieron con una pequeña luchando para sacar la mitad de una barra de metal del agua jabonosa.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó Bella mientras se acercaba.

La pequeña asintió.

—Soy muy pequela. ¡Quiero haced una pared grande!

—Podemos hacerla juntas. —Bella se colocó junto a la niña, haciéndole una seña a Edward para que tomase el otro lugar. Lo hizo—. Ahora tenemos que tener cuidado. Lento. Lento. Sí, justo así.

En lugar de observar la pared de burbuja, Edward vio el rostro de Bella. La pequeña niña y ella tenían expresiones iguales, con los ojos amplios, llenos de fascinación. La pared se movía, atrapando la luz del edificio y convirtiéndola en arcoíris, y ambas sonrieron como bobas.

Edward sintió una calidez surgir en el centro de su pecho. Sopló suavemente solo para ver la expresión de ambas. Protestaron y luego lo apoyaron cuando la pared cedió.

—¡Awww! —corearon cuando la burbuja explotó.

Regresaron lentamente a Carmel, deteniéndose en pequeños tramos de playa. La costa era hermosa en esta área, algunas veces acantilados rocosos y otras una arena preciosa. En un lado, había focas acostadas. Aunque se podían tocar, Edward y Bella fueron más inteligentes.

La atmósfera entre ambos era, por lo menos, confusa.

Edward se despertó en su cuarto en Carmel, en el tercer día de su luna de miel improvisada y nuevamente encontró a Bella despierta antes que él. Estaba vestida con un pareo, sugiriendo que tenía un traje de baño bajo el mismo.

—Está un poco fresco como para ir a nadar, ¿no?

Los ojos de Bella se mantuvieron en los suyos por un momento, como si estuviese esperando el comentario sarcástico o algún juicio.

—Comparado a First Beach esto es una sauna. —Le ofreció una pequeña sonrisa—. Puede que no entre, pero creo que no he estado en el océano desde que tenía 12 años y fui a visitar a mi mamá. —Tomó una pausa—. ¿Quieres venir conmigo?

Su voz estaba llena de duda, como si no estuviese segura de que debería estar ofreciendo aquello.

Era reconfortante saber que no era el único luchando con cómo navegar en esta amistad entre ellos.

—No ahora.

Ella asintió y salió por la puerta en el siguiente segundo, dirigiéndose a la playa.

Edward golpeteó sus dedos en sus piernas, agradecido por el respiro. Era bueno tener un poco de espacio lejos de ella. Tal vez pudiese pensar en algo más.

Por supuesto, terminó mirando por la ventana, observándola mirar las olas.

Los minutos pasaron y Edward no se movió. Seguía diciéndose que debería hacerlo. Que debería distraerse. O si iba a continuar mirándola, tal vez debería acceder a su oferta. Un chapuzón podría distraerlo. Tampoco podía recordar la última vez que había estado en el océano.

Recordaba a las parejas que habían pasado cuando caminaron por la playa el día anterior. Recordaba sus risas y la forma en la que un hombre había envuelto la cintura de la mujer con sus brazos, llevándola al agua.

Antes de que pudiera evitarlo, se imaginó jugando de esa forma con Bella.

El sonido de su teléfono lo sacó de sus fantasías, y Edward saltó.

Su estómago se retorció, instantáneamente, por la ansiedad. Automáticamente sus pensamientos fueron a una dirección oscura. ¿Y si su familia lo estaba llamando para decirle…?

No. No, necesitaba más tiempo.

Llevó el teléfono a su oreja.

—¿Hola?

—¿Edward?

Edward se relajó, aliviado de escuchar la voz de su madre.

—Hola, mamá.

—Hola, cariño. ¿Es un mal momento?

—No. Está bien.

Hablaron un poco sobre lo que había estado haciendo la feliz pareja en los úlimos días. Edward le dijo medias verdades. Había actuado la felicidad. No era tan difícil como pudo haber sido. Realmente había disfrutado de la compañía de Bella, pero actuó el romance para beneficio de Esme.

—Edward, te amo, pero sé sincero conmigo.

—¿A qué te…?

—Sigues molesto.

Edward se quedó en silencio por varios segundos, y tragó fuerte.

—No estoy molesto.

—Sí lo estás. Siempre lo has estado. —Su madre suspiró—. Sé que si no estuviese enferma no te habrías casado con ella.

—Mamá…

—No. Has sido mi hijo toda tu vida, Edward —bromeó. Luego su tono se volvió más serio—. Sé que todavía la amas, nunca has dejado de hacerlo, pero también sé que te aferras al pasado con uñas y dientes.

—Yo… —Edward comenzó a discutir, pero luego desistió. Considerando todo, sonaba como si ella todavía no estuviese consciente de que su matrimonio era una total fachada. Podría ser un hijo teniendo problemas con una relación—. Es solo que… no entiendo. Pudimos haber tenido una hermosa vida juntos. Fue tan innecesario. Todas estas cosas que nunca ha hecho, pudimos haberlas hecho juntos. Pudo haber tenido todo esto sin... angustia.

—Oh, dulzura. —Esme sonaba casi decepcionada—. No hay vida sin angustia. Cometió un error. Tú también los has cometido. Si ella no hubiese hecho lo que hizo, habría sido algo más. Nunca es por nada.

—Pero nuestra vida, la vida que habíamos planeado…

—Edward. —Esme sonaba exasperada—. Eres muy rígido. Creaste esta vida perfecta en u cabeza cuando tenías diecisiete años, y te rehúsas a olvidarla.

—Era una buena vida.

—¿De verdad lo era? —Tomó un respiro irregular—. Piénsalo, Edward. Has hecho todo lo posible para ser la persona que prometiste ser cuando eras poco más que un niño. ¿Te ha traído felicidad? Detestas el trabajo que Bella y tú escogieron.

—No lo detesto.

—Edward —advirtió.

—De verdad que no. Soy bueno en lo que hago. He sido exitoso.

—Éxito no es igual a felicidad. Y sí, te conozco, cariño. Sé que piensas que pudiste haber sido feliz si Bella no hubiese hecho lo que hizo hace tantos años. Pero no hubieses sido feliz si no aprendías a cambiar. No puedes ser un adolescente para siempre.

Edward no dijo nada. Estaba mareado por sus palabras, pero también estaba preocupado por la forma en la que comenzó a balbucearlas. Sonaba exhausta.

—Deberías recostarte, mamá.

Esme dio un devastador suspiro terminando en un respire tartamudeado.

—Supongo que sí. Después de todo, tienes que regresar con tu esposa. —Su suspiro fue wistful—. Nada con ella. Es sorprendentemente romántica. Hay una razón por la cual los viejos productores de cine usaban las olas chocando contra el mar como una metáfora para el orgasmo.

—¡Mamá! —protestó Edward.

Su risa fue débil.

—Anda, hijo —jadeó entre palabras—. Te veré. Cuando llegues a casa.

—Te amo, mamá.

—Te amo, Edward. Siempre.

Edward colgó el teléfono a regañadientes, mirándolo un rato más. Su estómago se retorció, y tuvo una intensa necesidad de regresar a casa, al costado de su madre. Por un segundo, la necesidad fue tan fuerte que no pudo respirar, y su cabeza giraba demasiado.

Mañana por la tarde. Mañana por la tarde estarían en un avión de regreso a casa.

Edward dejó salir un suspiro lento, su cabeza agachada mientras trataba de no pensar.

Saltó un momento después cuando una rama golpeó la ventana. Fuerte.

Entrecerrando los ojos, Edward se levantó y echó un vistazo por la ventana.

—Maldita sea —murmuró por lo bajo.

En la media hora que había estado hablando con su madre, el clima había cambiado dramáticamente. Nubes oscuras habían aparecido y el viento era más fuerte. Edward frunció el ceño, preocupado, mientras caminaba hacia la sala, escaneando la playa.

Bella no estaba a la vista. Su toalla seguía en la playa, amontonada como si hubiese sido movida por el viento.

Por alguna razón, la incomodidad se asentó como una piedra en el fondo de su estómago. Dio un paso hacia adelante, moviéndose con rapidez hacia el porche. El clima era muy fresco, lo suficiente como para que Edward se cerrara la chaqueta.

Aún no veía a Bella.

Sus nervios se incrementaron.

El agua estaba muy turbia. Demasiado. Las olas estaban muy altas.

Sus recuerdos regresaron a hacía una hora, cuando Bella se debatía entre si quería enfrentar la fría temperatura para ir a nadar.

Los pasos de Edward se aceleraron. Sus ojos escaneaban la costa, pero todo lo que veía eran olas.

Un niño pasó corriendo, girando su cabeza para llamar a su hermano.

—¡Apúrate! Hay alguien en el agua.

Edward comenzó a correr.

Por supuesto, había una pequeña multitud reunida en la playa, mirando hacia el agua. Algunas personas de aspecto oficial mantenían a la multitud a raya, lejos de las olas peligrosas. Alguien estaba en peligro, y de pronto se aterrorizó de saber quién era.

—¡Bella! —gritó, y corrió más fuerte.

Su mente estaba en blanco, todos sus pensamientos en una sola emoción: miedo.

Porque se merecía si terminaba de esta forma. ¿Su madre no le acababa de decir lo preciosa que era la vida? ¿No había estado tratando de hacer que viese que el tiempo podía agotarse en un latido?

No ella. No ella. No ella.

—¡Bella!

Estaba a punto de agarrar a uno de los chicos que tenía las manos levantadas para detenerlo cuando escuchó su nombre en otra voz.

Edward se volteó.

—¿Bella?

Bella salió de la multitud, y él corrió hacia ella, tomándola en un fuerte abrazo. Murmuró su nombre una y otra vez, tan profundamente aliviado que apenas sabía lo que hacía. Tomó su rostro entre sus manos y la besó.

Notó que su cabello estaba empapado al enredar sus dedos en su cabello. Su piel era hielo. Su sollozo murió contra sus labios. Edward estaba vagamente consciente de que su cuerpo, presionado contra el suyo, estaba igual de empapado que su cabello bajo el overol que usaba. Había estado en el agua.

Ya que había corrido por la playa, le faltaba el aliento. Se separó del beso, sosteniéndola fuerte entre sus brazos.

—Me asustaste mucho.

—L-Lo s-siento.

Estaba temblando. Fuerte

—Oh, Bella. —La soltó para poder sacarse su chaqueta.

—Estoy bien —dijo, parpadeando hacia él como si estuviese ligeramente aturdida. Ante su acción, colocó sus brazos en las mangas de su chaqueta. Su mirada amplia sobre él, observándolo mientras subía el cierre.

—Estás congelándote. —Frotó sus hombros—. Entremos.

—Quiero ver qué le pasó…

—Bella, por favor —rogó. La ansiedad seguía siendo su emoción primordial. Necesitaba que ella estuviese bien. Aunque la veía completa y bien frente a él, su mundo estaba tambaleándose demasiado—. Por favor, entremos. Necesito que te calientes. Lo que sea que suceda, estoy seguro de que lo sabremos. —Tal vez era cruel, pero le importaba mucho más el bienestar de Bella que el de la persona atrapada en el agua.

Lo estudió por un momento antes de asentir.

—De acuerdo —dijo en voz baja.

Al principio, solo sostenía su mano mientras caminaban en silencio, pero rápido, hacia su habitación, pero cuando vio que seguía temblando, la acurrucó bajo su brazo y llevó sus dedos hacia sus labios, calentándolos con su aliento.

Para cuando llegaron a la habitación su pánico ya había cedido un poco. El aire alrededor de ellos parecía pesado de nuevo, aunque no malintencionado. Solo raro, de alguna manera.

Edward no sabía cómo procesar lo que estaba sintiendo.

Bella se apartó de él cuando entraron.

—Yo, um… Voy a tomar una ducha.

Asintió.

—Bien, sí. Es una buena idea. —Se movió hacia la calefacción, subiéndolo unos grados para quitar el frío de las habitaciones.

Cuando la ducha inició, Edward se sentó en la cama, su cabeza en sus manos, sus pensamientos moviéndose salvajemente.

Lo que se quería decir a sí mismo era que su preocupación por Bella era igual a la que hubiese sentido por cualquiera, pero no era así. Cuando se le ocurrió la idea de que hubiese sido arrastrada por el mar violento, su corazón, su alma, habían gritado de dolor, uno que no sabía describir.

Era diferente. Era tan diferente a cuando había roto su corazón. Por esos minutos de pánico fue como si su corazón hubiese sido arrancado. La idea de que su existencia pudiese terminarse era demasiado insoportable.

Porque la amaba. Todavía la amaba.

Estos últimos días había estado tratando de ser su amigo, pero había algo incómodo en ello. Sí, algo podía atribuirse a su ira pendiente, pero también a lo que le había dicho cuando estaba borracho.

No sabía cómo ser su amigo. No pensaba que fuese posible.

Sentándose en la cama, pensando en que su primera reacción ante verla viva y bien había sido besarla y abrazarla. Edward no podía negar eso. Estaba enamorado de ella. Aún. De nuevo. No lo sabía.

Edward tomó su cabello con ambas manos, jalando fuerte, tratando de controlar el sentimiento abrumador que se levantó dentro de él. Era otro tipo de pánico, porque, ¿qué se suponía que hiciera con esto?

Seguía tan molesto. ¿Se suponía que la perdonase? No podía olvidar. ¿Y cómo podría esto terminar bien? ¿Debía perseguirla? Ella todavía no podía amarlo… no después de cómo la había tratado. Pero ya lo había destruido una vez. Su rabia era correcta. Él…

La puerta del baño se abrió, y Bella estaba allí, con ropa seca y su cabello envuelto con una toalla. La mirada en sus ojos, como siempre, incierta.

Edward se levantó y caminó hacia ella. Por un momento, dejó que sus pensamientos se desvanecieran y actuó por instinto. Acunó su mejilla, verificando nuevamente que estaba bien y frente a él.

Se acercó más y quitó su toalla, observando su cabello húmedo caer por su espalda. Distraído, pasó sus dedos por él, peinándolo.

Sus labios estaban separados, sus ojos sobre los suyos, observando. Lucía tan corta de palabras como él.

¿Iba a besarla de nuevo? Quería. Justo entonces, quería fingir que los últimos ocho años no habían sucedido.

Pero sí habían pasado.

Dejando caer su mano, Edward se apartó de nuevo, dándole la espalda.

—¿Por qué no fuiste a estudiar? —La pregunta salió como un ladrido, su voz muy fuerte.

Bella no respondió de inmediato.

—¿Qué?

No podía culparla por su confusión. Era una pregunta muy rara dada las circunstancias, pero era la primera que le llegaba a la mente. Considerando todo, era una de las preguntas más tontas que rondaban por su cabeza.

—Han pasado ocho años desde que te graduaste. ¿Cómo no has logrado volver a estudiar en todo ese tiempo?

Ella bufó.

—¿Realmente quieres hablar de esto?

—Dijiste que querías hablar. Estamos haciéndolo. —Su tono era plano, y no se había volteado a verla todavía. Miraba las palmeras por la ventana.

—No tengo una gran respuesta para ti. La vida solo sucedió de esa forma. —Respiró profundo—. Decidí no ir a estudiar de inmediato. Algunas personas hacen eso, ya sabes. Decidí…

—Por favor no me mientas.

Bella se quedó callada.

—No te…

—Tu padre me dijo que no entraste a Darmouth. —Finalmente se volteó y encontró a Bella estática en el borde de la cama. Tenía la mirada baja, sus hombros levantándose y cayendo de forma brusca—. ¿Por qué nunca me dijiste eso, Bella? —Podía escuchar la desesperación en su propia voz, pero no podía calmarse—. ¿Qué? ¿Estabas muy avergonzada?

—¡Sí! —Lo sorprendió con un grito, con la mirada enojada mientras la levantaba, pero tan pronto el fuego se levantó, cesó, y notó un rayo de puro dolor mientras apartaba la mirada de nuevo—. Digo… Ese no era el punto.

—¿Entonces cuál era? —demandó, mientras la rabia regresaba rápidamente—. En lugar de hablar conmigo, de pensar qué haríamos juntos, ¿decidiste que era mejor de esta forma?

Envolvió sus brazos alrededor de sus hombros.

—No lo fue. ¿Quieres saber por qué no fui a estudiar? Porque me sentía muy mal por lo que había hecho. Apenas podía funcionar. Sabía que había sido lo incorrecto, pero para cuando me di cuenta, era muy tarde. —Negó con la cabeza—. Lo juro, Edward. Lo hice por ti.

—¡Eso es pura mierda! —Tuvo que cerrar los ojos y respirar profundo. Flexionó sus dedos en un costado antes de tratar de hablar de nuevo—. ¿Nunca te molestaste en averiguar lo que yo quería? ¿Y por qué? ¿Porque pensaste que me avergonzaría de ti?

—No. —Pero no sonaba tan segura mientras negaba.

—¿Por qué no te diste cuenta? Nunca me hubiese avergonzado de ti. ¿A quién demonios el importa si no alcanzabas los promedios de alguna escuela?

—Solo quería que alcanzaras tus sueños, que fueras feliz, y yo no iba a retenerte…

—¡Tú eras mi sueño, Bella! —rugió lo suficientemente fuerte como para hacerla saltar. De nuevo tuvo que respirar profundo. Solo pudo calmarse lo suficiente como para no atravesar la pared con su puño. Su tono todavía era fuerte y demasiado ruidoso—. ¿No querías retenerme? Bueno, felicitaciones. Ciertamente se te concedió ese deseo. ¿Querías que fuera feliz? Bueno, supongo que uno de dos no está mal.

Ella se mordió su labio, volteándose de nuevo para esconder las lágrimas que caían de las esquinas de sus ojos. El corazón de Edward se encogió. Detestaba verla llorar. Todavía quería ir hacia ella, tomarla en sus brazos y arreglar todo.

Pero demonios, ella los había puesto allí. Ella había hecho eso.

Edward comenzó a pasear.

—Entonces déjame entender esto. ¿Me "dejaste" para que pudiera perseguir mis sueños mientras tú te quedabas en Forks y hacías qué? —Esta era la parte que lo hacía perder la cabeza. Ella tenía todo el potencial para tener una vida maravillosa. Había construido una vida genial sin ella. Su madre tenía razón, no era una vida que él hubiese querido, pero no era tan… triste—. ¿Jugar a ser la mártir? Porque como yo lo veo, todo lo que has hecho por los últimos ocho años es absolutamente nada. ¿Y se supone que debo sentirme agradecido?

Ante esto ella se sentó en el sueño.

—No sabes nada de mi vida. No sabes lo que he hecho en estos ocho años. ¿Cómo demonios te atreves a llamarlo nada? Y realmente, no tienes derecho a juzgarme.

—Oh, ¿no tengo derecho?

—No. No lo tienes. Sí, cometí un error, Edward, pero tú me creíste. Creíste toda la mierda que te dije. ¿Por qué no te diste cuenta? —Le lanzó las palabras que él le había dicho hacía tan solo minutos.

Edward parpadeó, un poco estupefacto.

—No peleaste por mí. ¡Solo me dejaste ir!

Ambos respiraban con fuerza, mirándose el uno al otro a través de la habitación.

—¿Entonces fue alguna prueba?

—No —dijo, bufando—. Por supuesto que no. —Sonaba como si estuviese tratando de convencerse a sí misma—. ¡No fue a propósito! —dejó salir—. No lo hice a propósito. Se sentía como lo correcto, y nunca me dijiste que estaba equivocada. Te rendiste. ¿Yo era tu sueño? Si éramos tan perfectos juntos, si eso era lo que querías, ¿por qué solo me dejaste ir?

Antes de que Edward pudiese comenzar a procesar eso, su celular sonó. Lo llevó a su oreja sin pensar.

—¿Qué? —gruñó al teléfono.

—¿Edward?

Era Alice. Obviamente estaba llorando.

—Edward, necesitas regresar a casa de inmediato.