– Te ves fatal – comentó Hanabi mirándome no a los ojos, sino a los dos surcos oscuros que se habían formado bajo estos. Claro que me veía fatal, a pesar de que logré conciliar el sueño anoche, eso no repone el descanso de cuatro días y medio más.
– ¡Hanabi! No le digas así – escucho como Hinata la reprende.
– Lo siento, Tenten, no quise ser grosera, sólo… me preocupa que no estés durmiendo bien o lo suficiente – acepto sus disculpas y después le digo con una sonrisa tranquilizadora
– Estoy bien, de veras – digo haciendo parodia a la frase que Hinata usa continuamente en las conversaciones, ¿de dónde la habrá pescado? – últimamente me cuesta quedarme dormida eso es todo. Estaré perfecta en unos días
– Bueno… – dice Hanabi no muy convencida – si tu lo dices está bien, ¿no preferirías ir a que te chequen al hospital?
– ¡No! De verdad no hace falta.
– Yo creo que si, Tenten…
– ¿A qué te refieres, Hinata?
– Mañana tenemos que ir de nuevo. Ayer por la tarde nos habló el doctor para decirnos que te harán nuevos análisis para comprobar que todo está en orden… ya sabes, chequeo de rutina.
– Bueno…– digo sin mucho entusiasmo
– Tranquila – me consuela Hanabi. – Piensa que ya te enfrentaste con Neji y saliste triunfante, el hospital no vale un comino – sonrío ligeramente mientras termino de comer mi desayuno en silencio, al igual que mis dos amigas. El silencio es roto cuando Hanabi se fija en la hora:
– ¡Hinata, ya es tarde! ¡No llegaremos a tiempo a la universidad!
– Oh… chispas – grita ella.
– Perdona por no terminarte de acompañar, Tenten – me dice Hanabi desde la puerta mientras se calza.
– Lo sentimos – se disculpa Hinata
– No se preocupen, chicas, vayan con cuidado – les digo mientras ambas me sonríen y salen dando un portazo.
La casa queda vacía. Es una casa acogedora y preciosa, aunque realmente la presencia del Hyuga gruñón no permite que me sienta cómoda, como si en cualquier momento fuera a echarme. Ahora que ninguno de los tres ocupantes está, me siento sola y es una sensación que me asusta, me asusta terriblemente. Siempre le he temido a la soledad, pero desde ese día… le temo más. Le temo porque la soledad me da demasiado tiempo para pensar las cosas detenidamente. Me da tiempo para recordar cada detalle, cada marca en mi piel, cada palabra.
Las sesiones con la psicóloga logran calmarme a ratos, pero las sensaciones… ¿cómo se olvidan las sensaciones? Esa permanente sensación de suciedad e impureza…
En ese pensamiento, encuentro algo con que darle solución a mi ocio. ¿Dónde dijo Hinata que estaba la habitación de los productos de limpieza?
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Regreso bastante agotado a casa, ¿dónde están Hanabi y Hinata? Parece que no han regresado, no hay rastro de ellas. ¿Y la molestia castaña? No quisiera topármela, pero es poco probable que haya salido, a duras penas sale al jardín de la casa. ¿Dónde se habrá metido?
Cuando entro a la casa, algo me sorprende. Hay algo diferente en el ambiente. ¿Qué? Si, parece que está… limpio. Huele a productos de limpieza y a fresco ¿de verdad entra tanta luz a la casa con las cortinas descorridas? No es que la casa siempre esté sucia, pero tampoco brilla tanto como en este momento; Hanabi es un desastre como ama de casa y Hinata aunque limpia no tiene mucho tiempo por la universidad y eso. ¿La limpieza es cosa de la molestia? Increíble. La luz del sol, contrario a lo que recuerdo de mi infancia, resulta encantadora y no odiosa. Decido dejar las cortinas abiertas.
Subo los escalones deseando no encontrar a esa molesta chica. No quiero que me pida las gracias, en especial porque tampoco pienso dárselas, es lo mínimo que puede hacer después de todas las molestias que ha causado.
De todos modos, confirmo que el cielo me odia cuando me encuentro que ella esta pasando la aspiradora por el suelo del escalón. Mis músculos se tensan, ¿qué me dirá si me ve?
Me tranquilizo. No me importa, que haga lo que quiera, no pienso permitir que me altere. Subo las escaleras que me faltan.
– Buenas tardes, Hyuga-san– me saluda ella. Me molesta.
– Te dije…– le digo en voz muy queda – que no quería escucharte hablar. Guarda silencio– Pone cara incrédula. Me fastidia aun más.
– No pongas esa cara, yo ya te lo había advertido. Cállate.
– Yo…
– ¡Que cierres la boca! – obedece y continúa pasando la aspiradora murmurando algo que no comprendo. Se voltea mirándome fijamente a los ojos.
La miro con indiferencia cuando siento su mirada de odio.
– ¿Tienes algún problema conmigo, Hyuga? – me bufa de repente.
– Te dije que…
– ¡Si, lo sé, lo sé, que no hable! ¡Ya me han dicho eso toda mi vida, que cierre la boca, cumpla y obedezca! ¿Tú también me vas a tratar igual? ¿Por qué, Hyuga? ¿Yo, qué te hice?
– Llegar a mi vida. Tengo suficiente conmigo para lidiar con una persona tan molesta como tú…
– ¡No permitiré que me hables así! – grita al tiempo que alza su mano.
Luego, todo sucede en cámara lenta. Detengo su golpe, y sin pensarlo lanzo un contra ataque. Lo esquiva y después intenta darme una patada. La detengo e intento responder, pero ella es más rápida y lanza un puño justo a mi frente, lo esquivo haciéndome hacia atrás y después la hago caer dándole a los pies. ¡No permitiré que esta molestia me gane y me pisotee como ya han hecho otros antes! Está vez será diferente a otras.
– No me asusta golpear a una mujer. En especial porque ni siquiera eras ya una decente – le digo con sorna, para herirla. Quiero verla sufrir, quiero que llore, que suplique para que cese el tormento. Quiero que se marche. ¿En qué momento pensé que sería interesante tenerla en casa?
– Perfecto – dice ella alzando el rostro. Pensé que estaría llorando, pero no, sonríe con amabilidad sincera, ¿qué diablos?
Se levanta y vuelve a lanzarme el puño, que tomo con algo de dificultad, pero ella me jala y ahora soy yo el que está en el suelo.
– Detén esto, Hyuga – a pesar de que lo intento, no se enoja, no llora, sólo sonríe. Su sonrisa me molesta, ¡quiero que se enfade! Es cálida, ¿por qué sonríe así si tiene tantos motivos para ser infeliz? ¡Maldita! ¿Cómo puede ser ella más feliz que yo? – Detenlo – vuelve a repetirlo – no quiero pelear contigo. No serás feliz si me ganas, ¿o si?
– Ya lo veremos – le respondo mientras me levanto. – ¿Dónde aprendiste a luchar?
– Experiencia de la vida. Tomé artes marciales desde pequeña
– ¿Y aun así no pudiste defenderte ese día? Eres peor de lo que pensaba.
"¡Te equivocas, Neji!" quisiera gritarle. Ese día, yo estaba asustada, derrotada, había aceptado un fracaso que aun no se había dado. No tenía fe… pero sobreviví a pesar de todo. Tú no, Neji, tu decidiste morir en vida y ocultar quien realmente eres. Eres un gran imbécil, Neji, pero no dejaré que me insultes y te salgas con la tuya. Yo no soy una vergüenza, Neji. Quisiera que lo entendieras.
– ¿Y tú? – dice ella – ¿dónde aprendiste?
– Es parte de la formación de todo Hyuga. Hanabi y Hinata también saben, pero son un soberano fracaso. Quizás por eso te agradan y les agradas. Son iguales.
Le lanzo una patada que detiene con el pie contrario, me responde con ese mismo pie y logra darme cerca de la rodilla. Tiemblo pero no caigo, así que con una mano tomo su brazo y con la otra intento atestarle un puño, pero lo esquiva da un codazo cerca del codo. La suelto, sin darme cuenta de una cosa.
Ella continuaba en el suelo por el agarre de mi brazo. Sus pies estaban al bordillo de la escalera.
Impotente, observo como la chica castaña se cae de espaldas al abismo.
Debería alegrarme, pero cuando la veo finalmente en el suelo, hay una sola sensación que llega a mi.
No me acordaba de como se sentía, pero el nombre siempre ha estado en mi cabeza.
Remordimiento.
¿Qué es lo que acabo de hacer?
