Capitulo 9 El ángel, el mago y el demonio

/En algún lugar/

– ¿Crees que funcione? – le preguntó Selene mientras miraban el portal mágico.

– No necesito que funcione, solo necesito que lo intente. Si lo logra, será de gran beneficio para todos.

– ¿Por qué le diste los libros? ¿Por qué no intentarlo tú?

– El riesgo sería muy grande y no vale la pena, solo hay un Ishbal y Céfiro está lleno de magos blancos. Muchos se sacrificaran por mí. Pero si falla, tengo muchos planes de lo que ocurrirá después.

– ¿Y si muere?

– No morirá, Alquiam no dejará llorar a Marina otra vez ni dejará morir a ningún compañero. Pero nosotros usaremos esto en nuestra ventaja.

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/Alquiam de Nadezca/

La máscara de la joven jinete golpeó en el suelo con un golpe sordo. Mientras la mujer, con un labio abierto y miedo en la mirada, lo miraba se acercaba a ella.

– Son unos idiotas – decía con deseos de matar – Son unos verdaderos estúpidos.

– Ella es una guerrera mágica, ella puede ayudarnos, ella podía darnos la fuerza para...

Guardó silencio al sentir la mirada del soldado negro.

– ¿Cuántos muertos en batalla? En ambos bandos.

– Tal vez doscientos.

– Yo sumí este mundo en la desesperación y yo destruí sus corazones y yo derribé sus sueños y les mostré que podían pelear sin ellas y que no las necesitaban para nada. ¡Ella es solo una niña, ella no es mayor que tu hermana! ¿Cómo puedes cargar a la espalda de una niña la muerte de doscientas personas? Apenas es mayor que tu hermana, ¿acaso tú le harías eso a una niña?

La mujer no respondió y Alquiam pareció desesperado antes de tomar por el cuello a otro de sus generales y darle un rodillazo al estomago. Algunos minutos después terminaba de desquitar su odio contra su gente.

– No merecen nada, no merecen mi ayuda, no merecen vivir, no merecen existir. Yo les mostré a defenderse a si mismos sin depender de nadie, les di la fuerza para pelear por ustedes mismos. Pero apenas ven a alguien a quien cargarle sus responsabilidades corren como liebres asustadas. Y tú, maldito mago – dirigiéndose a Clef – ¿Cómo dejaste que lo hicieran? ¿Por qué dejaste que mis hombres abandonaran su espíritu de batalla? ¿Por qué Anaís otra vez?

Con un gesto muy serio el mago lo enfrento para decirle.

– El príncipe fue envenenado por una flecha del enemigo, pudimos salvarlo con un sueño de muerte. La mandrágora tardara varios días en estar lista y hasta entonces no podremos despertarlo. No podíamos dejar a los soldados sin un líder, sin una razón por la cual pelear. Ella es la pareja del príncipe, ella es una razón por la cual pelear, ella es la nueva princesa de Céfiro.

– Eres un idiota, eres un verdadero idiota. ¡Y ninguno de ustedes se merece siquiera la vida que conseguí para ustedes! – Un momento para recuperar la calma y después mirar a ese grupo de trajes oscuros como monjes extraños. – ¿Y estos quiénes son?

– Maestro – mencionó uno de ellos y el grupo entero se inclinó ante el muchacho – Somos un grupo de soldados que cree en su batalla y respeta su memoria. Somos guerreros que le esperamos durante mucho tiempo y entrenamos nuestros cuerpos para estar listos para su regreso. Maestro, nos hacemos llamar los sirvientes del Calgary y esperábamos este momento para pedirle se convirtiera en nuestro señor, en nuestro general.

– Muestra la cara.

– Se retiraron las capuchas dejando ver jóvenes no mucho mayores que el mismo Alquiam. Pero de ojos muertos y sin vida, ojos de alguien que parecía condenado a muerte.

– ¿Cómo se entrenaron?

– Forzando nuestros cuerpos más allá del límite, destruyendo nuestras almas para aguantar cualquier sufrimiento. Estábamos entrenando en las montañas de Simeón cuando nos enteramos de su regreso y tardamos en venir hasta aquí. Juramos fidelidad a su genérala hasta su regreso y su decisión.

– Los vi pelear, son buenos. Tal vez me sean útiles.

– Maestro, aceptemos como su guardia personal.

– Yo ya tengo una guardia personal, son las dos jinetes pegasos, ustedes se convertirán en mi grupo de elite si dan el ancho. – se le quedo mirando a uno de esos soldados. Uno que parecía un poco más joven que los demás y sus ojos mostraban una emoción extraña. Como nervioso por estar ahí. – ¿Cómo te llamas?

– Kamil de Eleventria, mi señor.

– Te ves diferente.

– Es el más nuevo en el grupo, mi señor, no ha terminado su primer entrenamiento.

– Lo quiero, obséquiamelo como muestra de lealtad.

– Es todo suyo mi señor.

– Vámonos entonces, tengo que comenzar a entrenarlos.

Se retiró del lugar de manera violenta dejándolos a todos en el lugar mientras la joven jinete pegaso ayudaba a su hermana a levantarse y le miraba a herida del labio. Marina se sentía extraña, hasta asustada de la reacción de Alquiam. Le tenía miedo, comenzaba a asustarla cada vez más.

– Lo siento – le dijo Anaís y le tomó gentilmente de una mano para llevársela del lugar. Era tan raro que ahora todo el mundo trataba a Anaís como la princesa del lugar, el que Paris no estuviera contribuía a eso. Mientras Mokona saltaba alrededor de ellas mientras se alejaban del lugar. – No quería que vieras eso.

– ¿Qué pasó? ¿Por qué todo esto?

– Después de que te fuiste, Ishbal comenzó a atacarnos con un ejército muy grande. Tienen el símbolo de una serpiente negra. Nos defendimos lo mejor que pudimos hasta que Paris fue herido y todos lo creían muerto. Fue un momento muy difícil, los ejércitos querían desertar, no tenían fuerzas para pelear, creí que iban a matarnos. Hasta que me puse mi armadura y los dirigí como creí que Alquiam o París lo harían. Cuando lo vieron, los soldados nos siguieron y los hombres de Alquiam obtuvieron ayuda. Ellos eran los únicos que seguían peleando todo el tiempo, los únicos que no me necesitaban ni a su señor para pelear. Me hubiera gustado entrar para decirle, pero…

– ¿Te dio miedo hablarle? A mí también me daría miedo, estaba muy afectado.

– ¿Quieres comer algo? Te va a gustar mucho, pero cuídate de que Mokona no se lo coma primero.

– Tratare, ¿en serio pasó tanto tiempo desde que nos fuimos?

– Mas de dos semanas.

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Un lago de sangre.

Un cielo de sangre.

Una tierra de sangre.

Todo era rojo, teñido de la sangre de sus víctimas, alimentado de las almas que devoró con su odio.

Frente a él, ese ser cubierto de vendas que lo miraba con lastima, ambos metidos en ese lago de sangre hasta la cintura.

"Bebé"

Le ordenó ese con su voz de moribundo ofreciéndola de esa sangre en el hueco de su mano. A lo que Alquiam solo negó.

"Bébela"

– No quiero, no quiero matar más. No quiero hacer más daño.

"¿Cuál es tu deseo? ¿Qué quieres entonces?"

– Quiero morir.

"Ellos lo harán"

Surgieron manos del agua, de cientos de personas, de cuerpos que se pudrían para tomarlo y jalarlo, para obligarlo a hundirse y respirar esa sangre en lugar de aire. Para alejarlo del sol rojo que era la única luz que le quedaba.

Tenía miedo.

Tenía tanto miedo.

Pero de repente se escuchó otra voz.

"Alquiam"

– ¿Marina?

"Alquiam despierta."

– Ayúdame.

"¿Qué haces durmiendo en el parque? Te van a arrestar."

– Lo siento, lo siento de veras.

"Ya es muy tarde, dijiste que a las cinco."

– Tratare que no vuelva a pasar.

"¿Sabes...? Tu también me gustas mucho"

Despertó de manera calmada en aquella habitación del castillo, buscando ligeramente a Marina con la mirada. Pero ella no estaba ahí. Ya hacía mucho tiempo que no estaba en ningún lado.

Antes tenía mucho ese sueño, se despertaba gritando y a veces llorando, a veces lagrimas... a veces sangre. Pero en una época, Marina comenzó a aparecer a la mitad de ese sueño, como ahora. Y lo despertaba de manera tranquila y podía volver a dormir.

Hacía ya mucho que no soñaba eso, sus sueños eran solo de dolorosos recuerdos de lo que alguna vez vivió junto a ella. Tal vez ahora iba hacia atrás, ella aparecía ahora y lo salvaba, tal vez después de un tiempo ella dejaría de salvarlo y los muertos lo devorarían.

Mejor volver a dormir.

Se escuchó de pronto un grito en el castillo, algo infrahumano y sintió en el aire, la magia de un hechizo que alguna vez experimentó.

No podía ser de verdad.

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Era de noche ya, con las luces tenues de las lámparas iluminando el lugar mientras ambas mujeres se encontraban rodeadas de toda clase de ropas raras.

– Pruébate este – le decía Caldina a la chica entregándole uno de los conjuntos que a la chica le pareció demasiado escandaloso. Recordaba aquellos tiempos en que fue "invitada" de Ziceta y la vistieron de aquella manera. Pero aun así, las ropas de aquella ocasión no eran tan reveladoras como estas.

– ¿No tendrás algo un poco mas... normal?

– ¿No quieres nada de gala? Está bien, un poco de ropa normal... Veamos, este muestra el ombligo de forma muy coqueta.

Se sentía incomoda con cada prenda que le mostraban. Caldina tenía un cuerpo hermoso y el orgullo de mostrarlo a pesar de que ya había tenido un hijo con Ráfaga. Mientras que ella prefería ropas más tranquilas, como las de las campesinas o esas jinetes pegasos de atuendos guerreros pero muy ligeros de portar. Sobre todo por que ahora llevaba la navaja que Alquiam le hizo.

– Es muy poca tela.

– Ya sé, tengo aquí un leotardo al estilo de Alanís. Una sola pieza y mallas altas para mostrar esas piernas largas. Hay que lucir lo que tienes – le guiñó un ojo con picardía mientras Mokona parecía imitar el gesto.

No la estaba comprendiendo en nada.

– Me gustaría algo más simple, como esos vestidos largos.

– No van contigo, – negando con la cabeza y los brazos cruzados mientras el conejo mágico hacia lo mismo – te ayudo a probarte este. Si Ascot te viera vestida así se volvería loco – dijo la mujer y comenzó a quitarle la ropa a la chica mientras esta hacia lo posible por resistirse – Vamos hay que darse prisa. Anaís quiere verte y no debemos hacer esperar a la princesa.

– ¿La princesa? – pregunto Marina intrigada y pareció querer decir algo mas, pero de repente abrió los ojos y se llevo las manos al pecho cayendo de rodillas. Temblando como si tuviera miedo de algo.

– ¿Estás bien? – Le decía preocupada Caldina e hincándose junto a ella, Mokona también agitaba las pequeñas manos, preocupada – ¿Te paso algo? ¿Quieres que llame a una sanadora o a Guruclef?

– Sentí... Un alarido desde mi corazón. Como si una mano helada lo tomara y lo apretara por un segundo.

– Eso está muy mal, hay que llevarte con Guruclef – volvió a decir la mujer mientras tomaba a la chica por un brazo para ayudarla a levantarse. Y antes de que pudieran moverse se escuchó algo parecido a un grito, más bien un alarido que no venía de ningún ser humano.

– Sonó... – dudó Marina – Sonó como un grito de un alma en pena.

Olvidándose de lo que ella misma sentía, ambas se apresuraron a donde creían salió el grito seguidas por la pequeña Mokona. Era en ese mismo piso, tal vez no muy lejos. No sabían que esperase o si debían preparar sus armas, solo sentían que tenían que llegar lo más rápido posible.

– ¡Sanadoras! – gritaba Alquiam de manera desesperada mientras ayudaba a alguien a caminar a pesar de su propia cojera. Tan desacostumbrada estaba Marina que tardó en darse cuenta que se trataba de Clef, en aquel cuerpo adulto, cuyas ropas estaban teñidas de sangre.

– ¿Qué demonios está pasando? – grito Ráfaga muy alterado ante la escena.

– ¡Necesitamos sanadoras, a un lado, maldita sea!

Les abrieron el paso mientras las mujeres de hábitos blancos como hermanas de la caridad. Al parecer las sanadoras, llegaban atraídas por los gritos. Ráfaga trató de ayudar al mago a caminar también, pero la manga de su traje estaba vacía, le faltaba un brazo.

– ¿Dónde está el brazo?– pregunto una anciana con aspecto de una sanadora mas – podemos unirlo.

– De ese brazo ya no queda nada, cierren la herida y detengan la sangre. Solo eviten que muera.

Llena de horror y cubriéndose la boca, Marina retrocedió para dejarlos pasar. Y ese gesto en el rostro de Clef le asustó, esa máscara de terror infinito en su cara. Como si hubiera visto algo terrible e indescriptible. ¿Qué había pasado?

Lo dejaron en uno de los cuartos y algunos segundos después, Alquiam salió y cerró la puerta tras de él. Con la mirada perdida, comentó como si la situación no tuviera importancia.

– Perdió el brazo, pero creo que estará bien. Puedo forjarle uno nuevo que mueva con su magia. Necesito acero de Krienea para la forja y oro de Lanzia para conductores y un taller para trabajar. Algo de aislante para los cables o tal vez debería ir a aquel mundo y compara cables, tuercas y tornillos para la prótesis.

Ráfaga se acercó con brazo firme y tomándolo de la armadura lo azotó con fuerza contra otro de los muros.

– ¿Qué le hiciste? – le gruñó furioso.

– Yo no hice nada – respondió con la misma mirada perdida y después se deslizó contra la pared hasta quedar sentado en el suelo – Clef acaba de cometer el pecado más grande de todos... intento creerse tan poderosos como un dios.

– ¿Qué hizo el Gurú Clef?

Un dibujo de luz apareció en el suelo entre los pies del chico, puso las manos sobre él y un pedazo del suelo sobresalió como por magia.

– Hay una ciencia en otro mundo llamada alquimia. La ciencia del cambio exacto. Los alquimistas podemos cambiar las partículas más fundamentales de la materia, transmutar, es el nombre que ellos le dan. – el bloque pequeño cambió de forma para parecer un caballo en dos patas y después un carrusel – Acomodarlas de la forma que queramos y convertir unos elementos en otros. También se puede hacer en las plantas para que tomen la forma que queremos y unir varios animales para crear quimeras como las criaturas mágicas de este mundo.

Dos figuras diferentes de un león y un dragón se unieron en un tercero que era una mezcla de ambos. Nadie decía nada esperando la verdadera explicación por lo que Alquiam continuó.

– En teoría nada debería impedirnos tomar un montón de sustancias y crear con ellas un cuerpo humano idéntico al de un fallecido. Después tomar el alma de esta persona y atarla a este nuevo cuerpo. Nada debería impedirnos revivir a los muertos. Pero siempre falla... Por siglos muchos alquimistas lo han intentado cosechando solo fracasos. Hay algo en la ecuación que no estamos tomando en cuenta. El alquimista termina siendo devorado por su propio hechizo, se convierte en material y muere destruido. Eso le habría pasado a Clef si no yo lo hubiera evitado. Y en todos estos sacrificios, nadie ha podido crear algo que se acerque mínimamente a lo que es un humano... ¡Clef trato de levantar de entre los muertos a su amada y pagó el precio por eso! Durante mucho tiempo estudié esta teoría... creí que con la magia de este mundo podría encontrar la solución al problema de la transmutación humana. Pero cada nuevo descubrimiento me llevaba a un nuevo error. Cada nueva fórmula tenía una solución imposible de encontrar. Era imposible y escondí mis textos y mis descubrimientos. Tal vez algún día podría finalizarlos. Pero Clef los encontró y lo intentó a pesar de todos los riesgos y las advertencias que venían en esos libros. El muy tonto creyó que podía ignorar el verdadero precio del alma humana... el alma es el elemento que no puede calcularse para el cambio equivalente.

– Eso quiere decir que Sierra está viva. – dijo Marina entusiasmada.

– ¡Lo que está en esa habitación no puede llamarse humano! – Gruñó él levantándose – ¡Viste el terror en el rostro de ese mago con solo ver a la cosa que había creado! Si el alma de Sierra se encuentra unida a esa cosa, entonces lo único que nos suplicaría seria que la matemos. ¡Suplicaría que le quitáramos la vida de esa existencia tan horrible!... Ishbal mató a Sierra una vez, ahora me toca a mí hacerlo de nuevo. Matare a Sierra por segunda vez.

– Espera, no puedes hacerlo.

– ¡Hazte a un lado!

– Si hay, aunque sea un poco de ella ahí, no puedes matarla. Tenemos que ayudarla, tenemos que salvarla – le impedía el paso en forma retadora.

– No hay forma de ayudar a esa cosa, no hay forma de salvarla. Lo único humano que podemos hacer por ella es destruirla para que deje de sufrir.

– ¡No te voy a dejar!

– Hazte a un lado.

– ¡No!

– ¡Apártate!

– ¡No me voy a quitar! – gritó ella y apenas terminó la frase recibió un duro golpe al estomago del que se suponía era su compañero. Cayó de rodillas, sin aire y sintiendo un dolor intenso. Caldina se hincó a su lado para tratar de ayudarla mientras Alquiam pasaba de largo llenando sus puños de un fuego negro, con paso firme a pesar de su pierna. Rompió la puerta de la habitación y lleno de fuego el lugar. Si había algo allá adentro, no podría sobrevivir.

Quiso gritar, suplicarle que se detuviera, pararlo por la fuerza pero no fue capaz de hacer nada. Así que solo bajó la mirada deseando que nada de aquello fuera de verdad. Que nada fuera cierto.

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Su fiebre era altísima, la herida no podía terminar de cerrarse y tuvieron que amararlo a la cama para evitar que se moviera. Aun en contra de la opinión de Alquiam y algunos otros, le permitieron a Marina permanecer junto al mago al terminar el trabajo de las sanadoras.

Al principio pensó que sería una buena idea. Pero ahora se sentía terrible en esa situación. Deliraba constantemente y se retorcía de dolor. Decían que ya le preparaban algo para el dolor pero hacia horas de aquello y aun no volvía nadie.

No se cansaba de mencionar a Sierra una y otra vez, de llamarla como si quisiera que ella lo salvara. En otras parecía llorar acariciando sutilmente su nombre, le tomó de la mano, atada a la cama por el brazo y trato de decirle algo, de hacerlo sentir mejor. Y lo único que se le ocurrió fue.

– Aquí estoy, estoy a tu lado. No voy a irme.

– Sierra – seguía repitiendo el herido.

– Tú eres la persona más importante para mí, aquí estoy, soy tu Sierra. Estoy aquí para ti.

Una sanadora entró al lugar con un recipiente entre las manos. Le pidió a Marina que lo levantara ligeramente para poder hacerlo beber. Después de lo cual comenzó a secarle el sudor del cuerpo.

– Los soldados se preparan – dijo la jovencita como si no importara – dicen que alguien ataca. Usted debe quedarse aquí, aunque el Alquiam quería que usted fuera a pelear, la princesa se negó a eso.

Marina no respondió y cambio la compresa húmeda en la frente del herido, mirando el vendaje que cubría el lugar del que debería salir un brazo. Al menos ya se estaba calmando con aquella medicina, ojala pudiera quedarse dormido y por fin descansar.

Abrió los ojos de repente poniéndole una mano en la cintura, sujetando aquella navaja que Alquiam forjó para ella. Mirándola a los ojos como si le suplicara.

– Ve tras él – le gruñó entre dientes – Detenlo y evita que haga algo malo, tienes que detenerlo.

La soltó de repente gritando de dolor por su brazo y la sanadora trató de recostarlo.

– ¡Salga! – Le ordenó la sanadora tratando de calmarlo.

– Pero él no esta...

– Solo lo está alterando. ¡Váyase!

Asustada de lo que pasaba salió de la habitación cerrando tras de ella y cubriéndose los oídos para no escuchar los gritos. De repente todo estaba tan mal. Pensó en esa petición y por alguna extraña razón sentía que podía ser de ayuda con los demás. Así que antes de darse cuenta ya se encontraba ante ellos mientras se preparaban, parecía como si a ninguno de ellos le importara su presencia. Ocupados moviéndose por todos lados y gritando ordenes. Se acercó lentamente a la mesa principal y poniendo las manos en ellas les dijo.

– Voy con ustedes

Anaís trató de levantarse de su trono al otro lado de la larga mesa, pero Alquiam se adelanto a decir.

– Vienes conmigo y te quedas a mi lado, de ser necesario apoyas a Ráfaga en la primera línea. Los rumores de Clef corren entre las tropas, debemos hacerles creer que aun tienen en quien apoyarse. La princesa Anaís, la guerrera Marina y el demonio Alquiam servirán bien. Los ejércitos pelearan. ¿Cuánto falta? – le gritó a alguien más.

– Cuatro minutos – le respondieron y toda la atención regresó a los mapas sobre la mesa. Como Marina no los entendía bien se acercó ligeramente a Ráfaga para preguntarle.

– ¿Qué pasa?

– Ishbal ataca el templo del viento, el santuario del Windom. Si lo destruyen será un símbolo de la derrota de la princesa.

– No existe peor estrategia que el ataque a ciudades y fortalezas – decía Alquiam mientras hacía que la superficie de la mesa tomara la forma del templo, al parecer cansado de batallar con los mapas – Tienen fuerzas aquí, aquí y aquí.

– ¿Cuál es el plan? – inquirió Ráfaga caminando alrededor de la mesa para ver la "maqueta".

– No podemos atacar desde atrás, llegar al frente tendría muchas pérdidas, no podemos desde arriba, tiene demasiados arqueros y posiciones buenas. Si hacemos batalla afuera, los ejércitos no tienen suficiente espacio y corren riesgo de caer... solo la infantería mas fuerte abrirá la puerta: guerreros de hachas y nórticos. Ya abierta entraremos todos.

– ¡Las tropas están listas!

– ¡Vámonos entonces!

Se recogieron los planos, se volvió a transmutar la mesa como antes, se cargó otro trono para Anaís y un nuevo portal se abrió para llevarlos. Un poco temerosa, Marina se mantenía cerca de Ráfaga y durante un momento intercambio miradas con Alquiam. Con aquellos ojos tan negros como su cabello, mirándola retadoramente. Después de eso, el soldado se colocó su máscara y entró en el portal.

La chica se esperaba una imagen parecida a la anterior, en donde la mesa de los generales se encontraba detrás de un enorme ejercito de cientos de soldados. Pero la desolada imagen del templo lejano la desilusionó un poco.

– ¿Dónde está el ejército? – pregunto el capitán Ráfaga.

Saldrán en el último momento, irán directo a las puertas y tú debes llevarlos.

El soldado afirmó y después se acerco a Anaís para hincarse frente a ella.

– Pelea fuerte – le dijo la joven imponiéndole las manos.

– Sí mi señora.

Y después el hombre entró en uno de los portales para desaparecer.

Algo a parecido a música pareció sonar de repente en el lugar, música de una orquesta proveniente de donde estaba atrincherado el ejército enemigo. Tocaban una marcha de guerra con todos los instrumentos, mostrándose como si no hubiera peligro alguno.

– ¡Ese maldito! – Gritó Alquiam golpeando la mesa de mapas – ¡No solo toca marchas de victoria antes de la batalla! ¡Me insulta trayendo músicos como si nuestra batalla fuera un juego! ¡Manden a todos los hombres, manden a todos los regimientos! Quiero a cada espada y a cada hombre despedazando a ese ejército. ¡Sirene, ordene ahora mismo la ofensiva total!

– No señor – respondió con voz firme la mujer de la máscara que les acompañaba.

– ¿Te atreves a desobedecer mis órdenes?

– No voy a enviar a mis compañeros a la muerte solo por que usted está enojado.

Furico, el joven se abalanzó contra la mujer, pero entre dos soldados de hábitos negros le sujetaron de los brazos deteniéndole.

– ¡Basta maestro! Enfurecer al enemigo es una técnica demasiado vulgar y usted ha caído en ella con facilidad. Debe calmarse o Sirene lo relevara del mando.

De un movimiento brusco quitó los agarres y se retiró la máscara para limpiarse el sudor.

– Ese maldito va a pagarlo muy caro. ¡Ordenen a Ráfaga iniciar el ataque! El grupo cuatro ataca por este y el dos espera ordenes. Que el general de viento prepare a sus diez mejores pegasos y también a los diez mejores tiradores. Grupo de elite listo para entrar en acción.

Cojeando de su pierna como siempre, regresó a su mesa principal para dar órdenes mientras esos soldados de capuchas se formaban listos para cualquier cosa.

Portales frente al templo dejaron salir a los hombres de Ráfaga, recibidos por una lluvia de flechas y después con otros portales con infantería enemiga. El paso se vio impedido por una línea de batalla sin dejarles avanzar más. Todos parecían ocupados enviando y recibiendo órdenes mientras la batalla avanzaba un tanto lejos de ellos. Aunque era fácil ver como Alquiam parecía batallar para tomar las decisiones que sus soldados transmitían. Tal vez no estaba acostumbrado o tal vez había algo que Marina no podía notar.

– ¡Nos atacan! – avisaron ante un portal que dejaba salir soldados en medio de su campamento. Pero no eran los mismos portales de antes, de las alas dentro de un circulo. Ahora los dibujos se veían mucho más complicados y parecían un eclipse con muchos símbolos muy elaborados. Algo extraño y complejo.

La mayoría de los generales siquiera se inmutó, mejor dejar que los soldados del lugar se hicieran cargo. Por lo que de nuevo, entró a la acción ese grupo con armaduras negras iguales a las de Alquiam.

– Kamil – regañó Alquiam a uno de estos jóvenes que permanecía todo el tiempo junto a él y parecía listo para ayudar a sus compañeros. Era extraño pero la armadura de este tenía un color diferente a las de los demás. Tal vez significaba algo – Quiero tu atención en la estrategia.

– Estamos atorados. – Le decían ignorando la pelea a pocos pasos de ellos – perderemos más de la mitad de la infantería antes de llegar a esa puerta.

– Necesitamos romper su línea de defensa.

– Yo lo haré – dijo Anaís levantándose de su trono. Ya no traía el vestido blanco de antes si no una armadura parecida a la que usaba de guerrera mágica. Pero esta incluía una larga falda al suelo y parecía estar hecha de metal. De placas metálicas con grabados artesanales.

– ¿Puedes? – le preguntó Alquiam.

– Sé como... lleva a Marina y cuídala.

– ¡Marina, grupo de elite y mi guardia personal conmigo! Señor Marcus, encárguese de la estrategia.

Sin necesidad de moverse aparecieron cerca de la primera línea de batalla. Anaís, con mirada decidida, levantó las manos como si tensara la cuerda de un arco, y un arma de ese tipo, hecha de luz, apareció en el lugar.

– ¡Riutatsenban! – gritó y un gran salió del arco creando un surco en el suelo por la fuerza y llevándose a todo a su paso. Ahí estaba el agujero que necesitaban, pero era necesario mantenerlo abierto.

Con su grupo, el joven se lanzó a la pelea mientras otros soldados retiraban a Anaís de la batalla. La infantería no tardó en darse cuenta y aprovechó esa debilidad en la defensa. Marina se movía cerca de Alquiam, con su armadura de guerrera mágica y sosteniendo frente a ella su espada. Pero cuatro de los sirvientes de Calgary junto a ella no dejaban que nada se le acercara.

Sentía dentro de ella el golpe de adrenalina que la batalla provocaba, todos sus sentidos tensos, la respiración profunda y los músculos listos para cualquier cosa. Pero ahí estaba el ataque, una lluvia de flechas que rebotaron contra el escudo invisible de su brazo izquierdo. Se sentía rara no saberse protegida mientras los demás confiaban en que si lo estaba.

Un gigantesco ariete pasó junto a ella, un grueso tronco de árbol con la figura de un carnero en un extremo para abrir la puerta a golpes. Muchos hombres sostenían escudos al cielo para evitar las flechas y rocas desde las partes altas y otros más alejaban a los soldados enemigos. Por más grande que fuera la puerta, la chica sintió que no resistiría un solo embate de esa cosa. Pero aguantó bien el primero y todos los siguientes. Aquello no era solo madera y metal.

– Me encargare de los arqueros – anunció el tal Kamil y comenzó a escalar la pared hasta llegar a donde estaban los enemigos. Alquiam le gritaba que se detuviera y después envió a casi todo su grupo de elite a ayudarlo. Más portales del mismo Alquiam dejaban salir un reducido grupo de jinetes pegaso que peleaban contra los arqueros. Una lancera agresiva que comandaba el animal y llevaba en ancas a un arquero que le protegía. Pronto la parte alta estaría despejada pero la puerta aun no cedía.

Y Alquiam comenzaba a toser.

La última ocasión, cuando comenzó a toser sangre no pudo realizar más magia. Y según dijo fue por usar demasiado poder mágico de una sola vez. Tal vez por eso llevaba esos raros guantes llenos de inscripciones con los que hacia alquimia. Usaba sus alas negras volando a pocos centímetros del suelo para compensar sus movimientos y en su rostro se notaba el esfuerzo. Se acercaba rápidamente a su límite.

Tal vez por eso no la dejaba pelear todavía. Cuando él cayera, para lo cual no faltaba mucho, ella debía encargarse de lo demás. Aunque ahí llegaba Ráfaga, usando sus poderosos cortes para mantener alejados a los enemigos; él sí que se veía en buenas condiciones.

– ¡Esto está tardando demasiado! – le dijo Alquiam al recién llegado y después se elevó en el aire rumbo a la puerta. Tomó a uno de los soldados enemigos en el vuelo y lo aprisionó contra la puerta como si deseara interrogarlo. Algo parecido a la explosión de una bomba sacudió las puertas y el siguiente golpe del ariete las abrió por completo. Provocando que la ola de soldados inundara el lugar, comandados por Alquiam que volaba de un lado a otro alentando a sus soldados.

– ¿A dónde vamos? – preguntó ella ya en el interior. No recordaba que el templo del viento fuera así, pero ya habría tiempo después de expresar quejas.

– Siento una energía muy fuerte por acá – le contestó el muchacho tomándola de un brazo. Llevándola en dirección diferente a todos los demás soldados, hacia el fondo del lugar a donde casi no llegaba luz. Otra puerta tras de la cual se veía una sala iluminada. ¿Qué habría allá adentro?

– ¡Tardaste mucho! – saludó Ishbal sosteniendo algo en las manos.

– Por fin te encuentro.

– Tal vez te preguntas por que cambié mis portales. Quería presumirte mi más nueva adquisición. – frente al enmascarado, sostenía una cúpula de cristal y en su interior, parecía dormir Mokona.

Alarmada, Marina quiso decir algo, pero Alquiam la detuvo.

– No es nuestra Mokona, la fuerza es diferente. Es un ser que puede viajar entre dimensiones y entre tiempos.

– ¡Correcto mi querido amigo! La conseguí recientemente de un grupo de viajeros.

– ¿Quién eres?

– ¿Cambias el tema? – le cúpula desapareció en el aire y el joven se acercó a ellos – Si tanto quieres saberlo, entonces creo que te lo diré. Soy un poderoso Alquimista que encontró la forma de viajar entre dimensiones – juntando un poco las manos como si rezara, transmutó uno de los pilares del lugar en una estatua de una serpiente – Soy famoso en mi mundo por mis habilidades. Mi nombre es Edward Elric, el full metal alchemist con el brazo de acero.

Terminó levantándose la manga derecha para mostrar su prótesis metálica en lugar de un brazo normal.

– No – respondió Alquiam como si no interesara –, no puedes ser él. Acepto que casi me engañas, la coleta rubia que se asoma de tu máscara, las pupilas doradas, el brazo metálico y esa capacidad para transmutar sin círculo. Todo hacer parecer que de verdad eres el alquimista de acero. Pero también le decían el alquimista diminuto, no mide más de un metro y medio, así que tú no eres Elric. Acepto que no lo conocí, pero escuché nombrar mucho de él cuando estaba en ese mundo. Por lo que voy a tener que matarte para conocer tu verdadero rostro.

– Solo ven e inténtalo.

Se lanzaron uno contra otro, listos para pelear, Ishbal con ese gesto de rezo y Alquiam con los guantes de inscripciones por delante. Transmutando todo a su alrededor, creando armas del suelo y de los muros, tratando de golpearse cuando se tenían cerca. Pero Alquiam trasmutaba cosas en objetos parecidos, metal, en metal y piedra en piedra, mas ese otro hechicero no cumplía con esas reglas. Inclusive solo palmeó las manos y la de nada apareció un escudo.

– El cambio equivalente – le dijo Alquiam.

– ¿Ya lo notaste? No estoy unido a esas tontas reglas, tengo algo que me vuelve lo que yo quiera ser. Una piedra filosofal que les quite a los dueños de la Mokona.

– ¿Una piedra? ¿Y puedes...?

– Ya no falta mucho, solo necesito un poco más de tiempo. Mi venganza estará completa. Mi poder es ahora muy superior al tuyo. ¿Tu cuerpo esta lastimado Alquiam? ¿Por eso usas alquimia en lugar de magia? Eres en verdad patético.

– ¿Por qué haces esto?

– Por que te odio, por que destruiste mi vida y todo aquello a lo que amaba. Por que tú hiciste de mi existencia un infierno. Por que tu maldad me quitó todo lo que amaba. Quiero hacerte sentir toda la desesperación y el dolor que le hiciste sentir a la gente de tantos mundos. Hay muchos que te odian tanto como yo, pero solo yo pagué el precio por obtener mi venganza.

La pelea se detuvo para escuchar estas palabras, como si Alquiam recordara aquellos antiguos tiempos.

– ¿Por qué no solo me matas?

– Antes tienes que suplicarme que lo haga.

Nuevamente a la pelea, recorriendo el lugar. No era el mismo estilo del soldado de armadura negra. Ahora parecía tener miedo de usar toda esa energía de antes, esos ataques espectaculares de magia. Si tosía sangre solo con abrir los portales para los soldados, entonces alguna clase de hechizo lo dejaría fuera de combate como antes.

Pero Ishbal cayó al suelo de un golpe y la camisa se le manchó de sangre en el pecho. Como de una herida aun no sanada.

– Mi herida aun no cierra, lamento tener que dejarlos de esta manera. ¡Nefly!

Un hombre apareció de otro de los portales, adulto joven de largo cabello ondulado y algo extraño en la mirada. Con una joya ovalada y oscura en su frente que no parecía parte de su atuendo.

– Ordene, señor Ishbal.

– Mate a ese infiel.

Una espada se desenvainó para poder atacar a Alquiam mientras Ishbal escapaba por otro de sus portales. Marina deseaba hacer algo sin saber bien qué. Pero ella pidió su poder a Seres para ya no depender de nadie. Así que ayudaría a su compañero a luchar y después se irían de ahí. Por lo que empuñó fuerte su espada para acercarse.

Pero no podía.

Era como una pared que no podía verse, algo sólido que no estaba ahí como aquella vez en el parque. Por primera vez se decidía a pelear y algo no la dejaba hacerlo.

– ¡Vete! – Le gritaba Alquiam – Ayuda a Ráfaga, no puedes hacer nada aquí.

– No quiero dejarte solo.

Aquel no contestó mientras una lluvia de afilados cristales lo obligaba a poner un escudo mágico y retroceder hasta quedar de espaldas a la pared.

– No aguantaras mucho – le decía el hombre con aspecto de militar de algún extraño ejército antiguo.

– Aguantare lo suficiente para matarte.

Lo que provocó que el ataque se incrementara y durante algunos momentos pareciera que podrían aguantar los dos.

A los ojos de Marina le pareció como vidrio el escudo de Alquiam el romperse, primero por encima de su cabeza y después por completo dejándolo indefenso y con un cristal atravesándole la pantorrilla, clavándolo contra la pared. Aguantó el grito mientras el casco impedía verle la cara.

Un golpe de espada contra la barrera no le permitió a Marina entrar a ayudar a su amigo. Quien allá adentro parecía estar en verdaderos problemas.

Más cristales directo a él sin alcanzar a cubrirse.

Rodilla izquierda destrozando la rotula, muslo derecho, cadera, tres más en el torso incluyendo un pulmón. Codo izquierdo sujetando el brazo contra la pared. Gritó de dolor ante las heridas mientras sujetaba y jalaba uno de esos cristales sin mucha fuerza. Era una escena terrible ver aquello sin poder hacer nada.

– Muere – terminó el llamado Nefly y un último cristal le atravesó el ojo derecho clavando la cabeza contra la pared.

Tal vez el soldado gritó, tal vez su grito fue opacado por el de Marina que surgió de manera casi suplicante mientras Alquiam, con un gesto saturado de dolor, tomaba esta última navaja y trataba de arrancarla.

Durante un par de agónicos segundos, trató sin mucha fuerza y al final el brazo se dejó caer para tal vez no volver a moverse. Alquiam acababa de ser muerto frente a sus ojos y no pudo hacer nada.

Se juró antes que no volvería a correr, estaba decidida a ser fuerte y no dejarse vencer por nadie. Prometió proteger a los importantes para ella. ¿Por qué entonces corría? ¿Por qué escapaba de ese soldado que recién había matado a su amigo? ¿Por qué sentía tanto miedo?

– ¡Ráfaga! – Le gritó al verlo – ¡Rápido!

– ¿Qué pasa? – respondió este abrazándola ligeramente cuando ella pareció buscar refugio en él.

– Mató a Alquiam, viene para acá y es muy fuerte – decía la joven con lágrimas en los ojos. Al escuchar esto, los demás soldados miraron al capitán, esperando alguna orden. A lo cual este respondió con decisión.

– Retrocedan todos, a la sala principal. Vamos a aguantar aquí hasta que llegue la caballería, no hay que arriesgarse.

Dentro de la habitación aun quedaban soldados de Ishbal, fácilmente superados por Ráfaga y sus hombres. Por alguna razón la pelea continuaba en el exterior y la llegada de ese nuevo enemigo traía más problemas.

Alguien tomó a Marina de un brazo haciéndola voltear y ahogó el grito al verle la armadura. Pero el cabello castaño desmintió su idea de que se trataba de Alquiam, solo era uno de los soldados con armaduras iguales a aquella. Quería llevarla a algún lado así que sin saber muy bien por qué, lo siguió más adentro de aquel templo.

Estaban en la sala en donde una enorme estatua de piedra en forma de un fénix los miraba. La conducía a algún lugar más al fondo, tal vez detrás de la misma figura de piedra.

– ¡Clef! – mencionó Marina con sorpresa y corrió a ayudarlo. Caminaba lentamente mientas la sanadora de antes trataba de ayudarlo. Pero él era demasiado grande y aquella una jovencita no muy fuerte.

– Rápido – le dijo el mago entre dientes, tal vez aguantando el dolor o la fiebre – tenemos que despertar al templo.

– ¿Despertarlo?

– Un mago usa su magia para que el templo se defienda solo – un momento para quejarse antes de continuar – Pero necesito los dos brazos. Ayúdame con tu magia. Hay que salvar el templo.

¿Por qué el soldado no los ayudaba?

Aunque ya ni siquiera estaba ahí. No entendía mucho pero al parecer Clef sabía lo que estaba haciendo.

– Sujeta eso con las dos manos y dices después: Lega alma.

– Lega alma, lo entiendo.

Sujetó una garra de piedra con las manos mientras él hacía lo mismo con otra. Pronunciaron el hechizo y sus manos brillaron. Era una sensación desagradable, como si algo brotara de su piel. Pero Guruclef confiaba en ella y no lo decepcionaría.

– ¡Deténganse! – ordenó un grupo de soldados de Ishbal apuntándoles con arcos. Y ante la sorpresa de la chica, la sanadora los enfrentó, sosteniendo su báculo mientras decía.

– Invoco el poder del viento para proteger a mis compañeros, a la fuerza de la luna para pelear y a mi alma para no caer nunca. ¡Viento de defensa!

Energía brotó de su báculo, suficiente para protegerlos de las flechas lanzadas mientras las antorchas del lugar iban encendiéndose. No faltaba mucho para que el templo despertara.

Pero un ataque más fuerte que los anteriores rompió la protección y fue contra Clef. Quien alcanzó a retirarse a tiempo. Pero terminó en el suelo, doliéndose de su vendaje. Aquel era el mismo de la pelea contra Alquiam, el mismo.

– Ya no tiene caso, la batalla terminó.

Marina se apresuró a ayudar a Clef, quien no dejaba de quejarse de su vendaje. Al sentir que ese soldado extraño se acercaba, tomó su espada y trató de atacarlo. Pero este le sujetó del antebrazo y la acercó para mirarla.

– Un ángel bonito no debe tratar de hacerle daño a nadie

Y de una bofetada la envió junto al mago quien se incorporaba lentamente.

– La batalla terminó – seguía diciendo este llamado Nefly – Maté a su soldado negro, le atravesé la cabeza con uno de mis cristales.

Marina trató de ayudar al mago a levantarse y le sorprendió que estuviera riendo.

– ¿Solo eso? – Preguntó retador – Si fuera así de fácil acabar con el dios de la destrucción, ¿No crees que ya lo había hecho yo mismo hace ya mucho tiempo?

Nefly dudó durante un instante de estas palabras. Tal vez sería solo un truco, pero lo siguiente que Marina vio fueron aquellos dientes afilados tras de ese hombre. Dientes filosos de tiburón que se clavaron en su cuello haciéndolo gritar. Unas alas desgarradas los cubrieron durante unos instantes y al descubrirse solo estaba Alquiam. Golpeaba el suelo ligeramente con el pie derecho.

– Buena pierna – dijo levemente y después navajas de luz acabaron con los soldados malignos que quedaban.

Con pasó decidido se acercó a ella y tomó ambas garras de piedra para pronunciar el hechizo. Mucha energía salió de sus brazos encendiéndolas antorchas y al final, los ojos de la estatua. Quien pareció despertar, agitar sus grandes alas de piedra y emitir un canto.

Un poderoso viento salió de su batir de alas, viento cortante capaz de atravesar armaduras pero que solo hacía daño a quiénes querían destruir el lugar. Al terminar solo quedaban los soldados de Céfiro que levantaron las armas celebrando la victoria.

Cientos de brazos se levantaron y gritaron a la vez mientras el fénix de roca volvía a dormir. Sin cansancio, Alquiam se acercó a Clef y le dijo.

– Mago tonto. ¿Por qué no nos dijiste desde el principio? Hubiera traído mis propios hechiceros para que hicieran esto. – Le tomó por el brazo para ayudarlo a levantarse – Vamos.

En el exterior del templo, el enemigo se había retirado y solo quedaban sus hombres y sus estandartes. Cuya celebración se detuvo al verlo salir. Este dejó al mago en manos de un grupo de soldados con una camilla y después observó al grueso de sus hombres después de la batalla.

Portales por muchas partes mostraron su imagen para que todos oyeran su voz.

– ¡Vencimos! – Y el ejército respondió con energía – El enemigo no está muerto pero ha sido casi destruido. Volverá, estoy seguro, pero tardará mucho tiempo en hacerlo. ¡Y ya sabe a quién se va a encontrar cuando lo haga! ¡Dejamos de ser un ejército de respuesta, a partir de este momento somos un cuerpo de paz!

Cerró los portales mientras los hombres celebraban a grito abierto. Después miró a Marina y se alejó a pie sin cojear más. Pero a ella le impactó esa mirada, el ojo herido antes era de un color castaño claro, contra el color negro del otro, el color normal... Tal vez no era su ojo.

Más, al menos, estaba bien.

.

.

.

El castillo entero estaba de fiesta después del triunfo contra Ishbal, los ejércitos cantaban sus canciones y el vino corría por montones. Anaís se encontraba entre ellos, aprobando la fiesta como todo buen líder, por lo que Marina tenía que estar sola, cuidando a Clef.

Por fin estaba dormido, con los calmantes de hierbas que le prepararon dormiría durante largo rato. Sin sentir dolor y tal vez sin soñar.

Alguien tocó levemente a la puerta y ella fue a responder. En la misma habitación, una sanadora diferente a la de antes parecía rezar, así que mejor no molestarla.

– Hola – era Alquiam – ¿cómo está Clef?

– Creo que ya mejor.

– ¿Puedo... entrar un poco? Lo siento, te traje algo – le dijo entregándole un tarro y entrando después. Dejó otro recipiente con un gesto a la sanadora y después se le acercó al herido. Lo miró ligeramente y le tocó, aun con el guante de la armadura para medir la fiebre.

– Por fin pudo dormir – le comentó ella.

– ¿Sabes? En todos mis viajes por todos esos mundos, nuca aprendí medicina ni alquimia medicinal. Pensé que saber tratar heridas de guerra era suficiente. Pero ahora me siento tan inútil... que lo único que puedo hacer es construirle una prótesis para cuando despierte. No sirvo de nada aquí... Lo siento, ya me retiro.

– Espera – le detuvo Marina sin saber bien por qué y pudo admirar como aquel ojo oscureció con las horas. Apenas si se notaba la diferencia entre ambos, pero en esos ojos también había una mirada de infinito cansancio.

– ¿Qué pasa?

– ¿Estás bien? Es que te lastimaron mucho.

– Este cuerpo no es humano – dijo con una sonrisa triste –, no pueden matarlo con cosas tan simples como las que matan a los humanos. Ya no tengo ninguna herida y puedo usar magia si tengo cuidado. Cuida a Clef.

– Quería hablar contigo.

Esta frase lo detuvo cuando ya se dirigía a la puerta y no se dignó a voltear para contestar.

– No ahora, tienes que quedarte con él.

– No te entiendo.

Tardó un poco antes de decir.

– Zagato lo traicionó y murió después junto a la mujer que se suponía, Clef protegía. Alanís murió después al tratar de destruir este mundo, devoré a su pupilo Ascot y maté a Latiz en Tokio... y dejé morir a Sierra, la mujer a la que estaba aprendiendo a amar. Se ha quedado solo. Quédate aquí y cuando despierte hazle ver que no está solo. Yo tengo que irme.

– ¿Qué hay de ti? – no entendía el por qué de ese comentario.

– ¿A quién le importa lo que yo sienta? Deja de preocuparte de todos, niña tonta. Cuida a ese mago tonto.

Y salió a paso firme de la habitación dejándolas solas. No lo entendía muy bien y tal vez no quería hacerlo. Así que se acomodó nuevamente en la silla para ella y se quedó en silencio, pensando.

Desde siempre admiró la fuerza y la convicción de ese pequeño hombre cuando llegaron a Céfiro. Cuando las recibió como invitadas después y se mostraba siempre preocupado por ellas, en esas largas noches en que platicaban con ella sobre si todo iba a estar bien.

Su corazón sentía algo por esa persona, cuando pensaba en él se sentía contenta, pero también triste por que no podía verlo. Y mucho menos decírselo. Recordó todas esas noches largas en las que se lamentó por no hacerle dicho nada. Donde deseó con todas sus fuerzas poder regresar a ese momento y gritárselo con todas sus fuerzas. De sacarse esa presión del corazón.

Pero Sierra...

Tardó tanto que ahora el corazón de Clef se ocupó con alguien más. Que ese lugar en su mente que ella deseaba estaba ocupado por otra mujer. No era justo, no era justo que después de tanto sufrimiento la llamara a ella en medio de su dolor. No era justo que ahora no solo fuera amable y bueno, si no también apuesto y fuerte y ya estuviera tan lleno de Sierra que ella no tenía ninguna oportunidad de acercársele.

– Pero... Yo siento algo por ti – decía Ascot con una mirada casi suplicante, parado a su lado con el cabello más corto a como recordaba y una gran cicatriz que le atravesaba la cara.

– Lo siento – respondió ella, pero ya hay alguien que me gusta.

– Entonces debo irme para no volver nunca – dijo este y se perdió entre la oscuridad.

– Yo no puedo recordarte, – le decía Alquiam, sentados los dos en el suelo de la sala de esgrima en casa de la chica – ese golpe me quitó todos mis recuerdos. Pero si no me gustabas antes, si no estaba tontamente enamorado de ti... entonces seguro que soy el más grande idiota de este planeta.

– Pero tú me gustas, tal vez mucho más que eso, creo... creo que te amo.

– Esto jamás debió pasar, jamás debí acercarme tanto como para que algo ocurriera – tomando su mochila el muchacho se acercó a la puerta del tren.

– ¡No puedes irte!

– Yo jamás debo sentir afecto por nadie, por nadie – las puertas del vagón se cerraron y el tren se alejó de ella dejándola llorando y sintiéndose destrozada.

– No te preocupes – le decía Alquiam tomándola de un hombro, sentado junto a ella en la sala de espera del hospital – va a estar bien y pase lo que pase voy a estar a tu lado, no estás sola.

Ella solo sonrió y levantándose un poco la falda para evitar mojarse se adentró algunos pasos en el mar.

– Ven, el agua esta rica.

– ¿Sabes nadar? – le preguntó él acomodándose el traje de baño.

– Claro que sí, vamos a nadar juntos.

– Pero no podemos estar juntos.

– ¿Por qué?

– Por que yo soy un estudiante pobre y sin ningún futuro. Reclamaba enojado aflojándose la corbata mientras caminaba de un lado a otro en el jardín de la casa – Y en cambio tú eres una princesa y la gente nos mira y piensa que estoy contigo por tu dinero o por tu cuerpo y que tú estás conmigo por que eres tonta. Tu padre me odia y tiene toda la razón de hacerlo, no soy nada para ti.

– ¡Eres un idiota! Es Lucy, es mi amiga y la quiero mucho. ¿Cómo vienes de repente a decirme que la besaste? – le reclamó tirándole los libros al suelo fuera del colegio de ella.

– ¡No quería hacerlo!

– ¡Ojala nunca hubieras venido a este mundo!

Alquiam retrocedió por el golpe pero se mantuvo firme, levantó los guantes al nivel de la barbilla y comenzó a lanzar golpes al oponente. Estaba ya muy lastimado y era apenas el tercer round. No sobreviviría si seguía con ese castigo y solo con una herida muy seria lo sacarían de ahí.

– ¡Detente! – le gritaba ella desde la primera fila.

Un nuevo golpe a la mandíbula lo mandó al suelo y ella corrió a ayudarlo.

– Estás bien, me alegro tanto – decía él mientras en la herida del pecho, la armadura se le manchaba de sangre. En medio de un Tokio tan destruido ya no se veía al enemigo.

– Vas a estar bien.

– No es cierto, ya estoy muriendo. Una hermosa y ansiada muerte.

– Déjalo – le reclamó Clef, muy lastimado y sujetando su báculo de navaja.

– Clef... yo te amo. – se atrevió al fin a decir y la respuesta tuvo que esperar por un fuerte viento en la cima de aquella montaña.

– No es cierto, solo estás ilusionada. En realidad no sientes nada por mí. Mejor trata de querer a alguien cercano a ti. Alguno de tus compañeros de tu instituto – contestó este con una sonrisa.

Ella se dio la vuelta aguantando las lágrimas y el coraje. Gritándole a la noche.

– ¡Me prometiste que siempre estaríamos juntos! Hiciste la promesa de que no dejarías que nada nos separara. ¿Por qué no estás aquí, Alquiam?

– Aunque tenga que escapar del infierno – respondió Alquiam con su nueva armadura dorada –, aunque tenga que pelear contra los dioses, regresare y me quedare contigo.

Ella corrió a abrazarlo y se recargó en su pecho, aliviada.

– Idiota, creí que habías muerto.

–Morí, pero Clef me ayudó a volver.

– ¿En serio?

– Claro – con su uniforme de mesero se rascó un poco la nuca. – ¿Qué te parecería si nos casamos? ¿Te gustaría?

– Es que Lucy se encuentra muy mal.

Sujetándose un costado, cual si le doliera. Alquiam se sentó en el sofá de su departamento.

– No creí que le afectara a tal grado.

– Tienes que hacer algo para ayudarla, tenemos que encontrar la manera.

– Puede haber una forma, pero tendría un precio tan alto que...

– Nada es más importante que Lucy.

Tomándola de ambas manos y mirándola de manera angustiante le dijo.

– Solo quiero que sepas que te amo más que a nada.

Y al soltarla se disolvió entre la oscuridad que los rodeaba como una gota de tinta en el agua. Hasta dejarla sola otra vez.

La despertó aquel agarre en el hombro que la movía suavemente y al abrir los ojos tenía frente a ella a la sanadora anciana de antes.

– Vaya a descansar – le ordenó con voz amable.

– Quiero quedarme – protestó ella tratando de despertar por completo.

– Descanse y después es libre de volver si desea. Pero necesito que las personas que estén aquí permanezcan alertas por si algo llega a pasar. La oscuridad entró en su cuerpo y debemos estar atentas a lo que pueda ocurrir.

– Lo siento – le levantó y con una reverencia a modo de disculpa salió después del lugar. Ni siquiera se dio cuenta del momento en que se quedó dormida y todos esos sueños raros.

¿Serian recuerdos? Tenía miedo de pensar en eso.

Alguna vez Alquiam dijo algo de recuerdos juntos. De tiempos juntos y sentimientos en común. ¿Hablaba de esos momentos? ¿En alguna ocasión ella sintió algo por él?

A través de una ventana podía verlo, parecía ayudar a la jinete más joven en algo así como un baile. Como si ensayara ayudada por él, mientras el gato grande los miraba con atención. ¿La niña bailaba en algo en especial?

¿Acaso podía gustarle él? ¿En algún momento ese tipo y ella fueron algo más que solo amigos? Al inició, ella solo hablaba con él como una cortesía, era un amigo de Lucy y como tantos otros ponía cara de idiota al conocerla a ella. Al principio eso le gustaba pero de un tiempo al presente ya no tanto y comenzaba a odiar que sucediera. Y hubiera pasado de aquel chico de no ser por que dijo que sabía esgrima. Y a pesar de la carrera que ella tenía se atrevió a desafiarla y a decirle que no sería muy rudo con ella.

Alquiam ganó en esa ocasión, por alguna extraña razón pudo ganarle haciendo nacer en Marina una especie de obsesión. Comenzó a entrenar más duro y por más tiempo para que la próxima vez que se encontraran las cosas fueran diferentes.

La siguiente vez ella proclamó el reto y después se una angustiosa batalla de casi una hora, ella pudo declararse ganadora. Pero fue tan emocionante que lo invitó a regresar siempre a practicar. Según ella así sería un muy buen entrenamiento.

A ella le parecía increíble que pudiera tomarse tiempo entre la escuela, el trabajo y los deberes para ir a practicar con ella. Y aunque se lo hizo saber en varias ocasiones este siempre negaba diciendo que estaba bien que no tenía ningún problema con ayudarla. Se volvió un buen amigo.

Pero de eso a quererlo.

No podía imaginárselo.

Era demasiado flaco, como un boxeador antes de una pelea pero sin los músculos. Según palabras de Lucy, siempre un cobarde cuando se armaba una bronca, tímido a la exageración con las chicas que no conocía y un ratón de biblioteca aunque en lo único que destacaba eran las matemáticas. Y un tanto ingenuo para su edad. Como si hubiera vivido en una isla desierta durante los últimos años.

En definitiva, no era alguien que ella podía querer.

Lo único que lo salvaba un poco eran sus modales de siglo antepasado y el cabello y ojos claros de tipo europeo. Los cuales seguro podía cambiar a voluntad por que ahora eran de color oscuros.

¿Acaso había algo más en ese tiempo para cambiarle tanto la forma de pensar?

¿Y cómo podía ella enamorarse de alguien, que todos decían, les hizo tanto daño?

– ¿Estás bien?– Le preguntaron tomándola de un hombro. Era la embajadora de Faren, la mujer asiática de antes. Kafka era su nombre.

– Hola, solo pensaba un poco. – aparentando normalidad. La mujer miró por la ventaba a adonde antes observaba la chica y después le dijo.

– No deberías preocuparte por eso. Deja de pensar en él.

– Lo siento, yo...

– Ven conmigo, ya terminé mi reporte así que tomaremos un poco de té mientras hablamos. Antes éramos buenas amigas, así que puedes confiar en mí. Shiriu, que nos lleven el té a la terraza norte.

Algunos minutos después, ambas estaban en una de las terrazas más largas del castillo con una vista muy bella de Céfiro. Era extraña la sonrisa de aquella mujer, una sonrisa sincera de alguien con quien parecía tener una relación de tiempo atrás. Se preguntaba la clase de persona que sería.

– Seguro te preguntas por qué digo que antes éramos amigas. Es una historia que tengo mucho tiempo de querer contarte.

– Sí...

– Veras, poco después de las guerras de Alquiam, en medio de un Céfiro tan destruido, me nombraron embajadora de Céfiro, ya que la princesa enviaba su ayuda para la reconstrucción del reino. Yo tenía que supervisar que esa ayuda se usara bien y por eso vine a vivir a Céfiro por encargo de la princesa. Escuché todas las historias sobre Alquiam y las atrocidades de la guerra. Aunque me parecían algo difícil de creer.

Una pausa para beber de su taza de té.

– ¿En serió fue algo tan malo como dicen?

– Fue peor. Después vinieron buenos tiempos y buenas cosechas, durante las cuales nadie las vio. Hasta que Autozam atacó este lugar, yo debía irme de inmediato, por que Faren no quería iniciar una guerra todavía más grande, si nos aliábamos con Céfiro, seguro Ziceta lo haría con Autozam y todos saldaríamos perdiendo. Pero contrario a los consejos del emperador, me quede aquí para ver lo que pasaba. Y como Alquiam apareció de repente y le juro fidelidad al príncipe Paris. Perdió a su familia en el ataque de Autozam y quería venganza. Cuando la situación se puso de verdad mala, las llamó a ustedes tres aun en contra de la opinión de Clef y las puso a pelear. Ahí nos conocimos y cuando nos dimos cuenta de que Autozam era víctima de un engaño hecho por las maquinas, Faren se alió a Céfiro y los vencimos entre todos juntos.

– Pero a Alquiam lo encerraron en esa pelea.

– Al final de esa guerra nos despedimos de ustedes por que seguro que no las volvíamos a ver. Hasta que un día, Alquiam apareció de pronto, trayéndolas a ustedes. Venían muy seguido, cada semana y se pasaban un día entero aquí. Tus amigas tenían con quien hablar pero tú tratabas de decirle a Clef lo que sentías. Por eso tú y yo nos pasábamos tanto tiempo juntas. Como buenas amigas. Inclusive hacíamos juntas las catas de Feng Shui y más te vale que aun las recuerdes por que quiero una compañera de nuevo.

– Tratare... ¿Y dónde está Shiriu? Nunca lo veo lejos de ti.

– Debe andar por ahí rondando a Anaís como siempre. Estaba decidido a casarse con ella.

– ¿En serio? ¿Y Paris?

Kafka sonrió levemente, recordando viejas cosas.

– Cuando las guerras de Alquiam, Paris estaba comprometido con una joven de mi planeta, la hija del señor de Ho. Eso arreglaría muchos tratos comerciales entre nuestros dos planetas y nos ayudaría mucho. Por eso Anaís se alejó de él y Shiriu comenzó a acompañarla un poco. Ella nunca lo aceptó, pero platicaban mucho y de buena manera. No lo creerás pero un día le dijo que teníamos una celebración muy importante y le prestó un vestido para la ocasión. Y de repente ya estaban los padres de Shiriu ahí mientras él les presentaba a su futura esposa. Le grite, lo amenacé, le di algunos golpes, despedí de manera amable a sus padres y les pedí disculpas, suplique ante Anaís un perdón para él y lo encerré en la mazmorra de mi casa hasta que se me olvidó lo que hizo. Ese muchacho está loco.

– ¿Y la esposa de Paris?

– Murió cuando esperaba un hijo de Paris. Estaba enferma y su enfermedad acabó con ella con la debilidad del embarazo. Por lo que el príncipe de este mundo es viudo y libre otra vez.

– ¿Y Anaís lo aceptó?

– Cuando te fuiste hace poco, ellos estuvieron platicando mucho y se perdonaron. Los dos cometieron errores y cosas que querían y no olvidar. Pero lo importante es que ahora están bien. Por eso, cuando Paris fue herido ella se declaró princesa, por derecho y comandó a la gente a la batalla contra Ishbal. Ella está muy preocupada esperando a que Paris despierte.

– Espero que sea pronto.

– Ya lo veras.

Alboroto de repente en la terraza, movimiento de soldados por todas partes que llegaban diciendo cosas. Asustando a la chica. ¿Qué pasaba ahora?

– ¡Senadora Kafka! – decía uno, alterado. – Su guardián ha obrado en contra de la princesa de Céfiro. La única razón por la que no ha sido ejecutado es por la petición de clemencia de la misma princesa por su vida.

– ¿Qué hiciste esta vez, Shiriu?

– Solo quería que ella recordara un poco.

– Entró sin consentimiento a la sala del trono y besó a la princesa Anaís. Atentó contra la dignidad de la señora de todo Céfiro.

– No es para tanto – decía la misma chica apenada detrás de todos aquellos soldados. El protector de la embajadora permanecía en actitud derrotada mientras dos soldados lo sujetaban. Kafka permanecía en tranquilidad mientras las cosas ocurrían, como si solo fuera un mal chiste de su guardián.

– Pido una disculpa de parte de mi protector y lo siento mucho. Me asegurare que no vuelva a ocurrir.

– Si se acerca de nuevo a la princesa, no dudaremos en usar toda la fuerza de Céfiro para atacarlo.

– Lo cuidare bien.

Lo dejaron en el lugar al cuidado de la senadora mientras los soldados se retiraban. Ella se levantó con su fría elegancia de siempre y se acercó a su guardián para preguntarle.

– ¿Y?

– Creí que podía hacerla recordar. No funcionó.

– ¡Eres un verdadero imbécil! Estuviste a punto de declarar un conflicto diplomático entre dos países solo por que no puedes hacerte a la idea de que Anaís ya te olvidó. De que ya no puede ni quiere recordarte por que ahora está muy feliz con el príncipe. Acepta a esa niña que tus padres consiguieron par ti para que te cases con ella y dejes de estar molestándome a mí y a mi trabajo con todo esto. De verdad que a veces me haces sentir, furiosa, de verdad que a veces siento que si no fueras tan bueno con la espada el mismo emperador se hubiera dado tiempo para mandarte ejecutar, la misma princesa me dijo que estaría bien contigo, jamás creí que el echarle a perder el cumpleaños a la misma princesa tuviera un castigo tan grande. De verdad que te odio. Vamos a irnos de inmediato a casa y en el próximo informe hablare detalladamente sobre eso, y si la próxima semana aun tienes la cabeza pegada al cuello entonces estarás de verdadera suerte. Como me caes mal.

Ignorando por completo a Marina se fueron del lugar sin dejar de escucharse los gritos de Kafka por todo el lugar. Como les lanzaba maldiciones a todos los miembros de la familia del muchacho a siete generaciones antes y después.

Un poco confundida, Marina optó por levantarse y retirarse del lugar. Ir a algún otro lado para distraerse un poco más.

– Te encontré – le dijo Caldina apareciendo con una mirada maligna detrás de ella.

– ¿Caldina?

– ¡Es hora de cambiarte! Por fin encontré la ropa que te va a quedar perfecta. Tuve que mover todo mi guardarropa pero estoy segura de que te va a gustar.

– No, espera, no. Quisiera esperar por algo más.

– Nada, nada, nada.

Casi cargándola se la llevó del lugar en medio de sus protestas. Lo que fuese menos terminar con ropa como la de Caldina en medio de tanta gente.

– Lista – decía Caldina algunos minutos después al terminar de cambiarla. Mientras Marina trataba de cubrir con los brazos lo que la ropa no hacía. Si es que a ese conjunto de bikini tan pequeño y malla transparente podía llamarse ropa.

– ¡No me gusta!

– No seas tan modesta. Claro que te queda bien. Ahora vea allá afuera y muéstrale a todo Céfiro lo bonita que eres – la empujó gentilmente al exterior con una sonrisa – Ahora tengo que atender a Lezant por que casi es hora de la comida.

– ¡Al menos regrésame mi ropa! – gritó la chica cuando cerraron la puerta tras de ella.

– Tiene que lavarse – volvió a decir la mujer solo asomando la cara antes de volver a cerrar la puerta.

– ¡Esto es increíble!

Enojada como estaba echó a caminar por el castillo hasta donde pudiera encontrar donde y con qué cambiarse. En el pasado, sus trajes de baño más atrevidos eran mucho más conservadores que lo que traía puesto. En cuanto volviera a ver a Caldina... en cuanto pudiera darle la queja a Ráfaga... en cuanto pudiera gritarle a alguien... entonces todos sabrían lo que era en realidad una chica furiosa.

Parecían ninjas aquellas personas que caminaban por los pasillos, aunque no la vieron esconderse detrás de uno de los pilares de los pasillos. Con tanta gente rara rondando a Alquiam, no debería ser extraño. Pero por alguna razón sentía que había algo mal ahí. Por lo que los siguió levemente para ver a donde se dirigían.

Según sabía por ahí estaba el "ataúd" de Paris. ¿Por qué soldados con mala pinta iban para allá?

– Ahora – ordenó uno de ellos ya frente al príncipe y todos sacaron sus armas.

– Deténganse – les llamó ella mostrando su espada. Y sin ninguna respuesta un buen número de esos soldados la atacó sin mediar palabra. Cuatro soldados de buenos movimientos eran muchos para ella sola. Tenía que moverse para evitarles y lo peor era que más enemigos ya se acercaban a Paris.

La mujer de la máscara plateada entró de pronto al lugar blandiendo su lanza y alejando a los extranjeros del príncipe. Ahora eran dos pero seguían siendo muy pocas, ella no estaba entrenada para pelear contra más de una persona a la vez por lo que hacía lo posible por mantenerse en movimiento.

Le plantó cara a uno de ellos y de un par de estoques pudo quitárselo de encima. El problema era que al concentrarse tanto en la persona que tenía enfrente se olvidó de los demás. Una espada ya se le dirigía a la cara y no tenía tiempo ni de atacar ni de moverse. El impacto era inevitable.

Una mano sujetó esa navaja a escasos centímetros de ella, cerrando los ojos Marina esperaba el impacto y tardó en ver que era Clef. Parado a su lado. Sujetaba a la espada enemiga con una mano derecha al parecer hecha de metal.

– Tranquila – le dijo con voz suave y después se lanzó a pelear contra los ninjas.

Usando su báculo de lanza atacó a los enemigos de negro. Todos a la vez y con facilidad. Cada uno de sus movimientos era un enemigo vencido y una gran luz acabó con el último de ellos con un movimiento elegante.

Había recuerdos, de una situación similar, el mago luchando contra muchos enemigos. De Guruclef en otro lugar, mostrando toda su fuerza. No era la primera vez que lo veía luchar.

– ¿Te lastimaron? – Preguntó él acercándose.

– No, no me pasó nada... ¿Tú estás bien?

– Ya me encuentro bien – respondió este moviendo la mano de metal – es difícil de usar pero puedo pelear.

Un círculo de fuego negro se encendió en el lugar y Alquiam surgió de él portando sus dos espadas.

– ¡Ya llegue para salvarlos a...! – se dio cuenta de la situación y soltó sus espadas, volviéndolas esperas negras que flotaban sobre sus manos – ¿Qué pasó aquí?

– Nada – el tono de Clef sonaba hastiado al decir esto.

– ¿De donde son estos? – con un pie giró al caído más cercano para verlo.

– Ni insignias, ni rangos, ni nada. Se llevaron sus secretos a la tumba.

– Un mago negro que no usa magia de oscuridad... eres todo un caso, Clef.

Con furia clavó los cinco dedos en el corazón del cadáver haciéndolo gritar. Se suponía que estaba muerto y ahora se quejaba de sus heridas.

"¿Quién?" – preguntaba con voz extraña.

– Soy el comandante Alquiam de Nadezca, tengo atrapada tu alma entre mis manos.

"Libérame señor, por favor. No aguanto este dolor."

– Si no me respondes vas a estar así para siempre. ¿Quién te mandó?

"El rey Kamry ordenó la muerte del príncipe. Jamás el reino de Mirna obedecerá a nadie. Los ejércitos están listos y atacaran. Déjame ir mi buen señor. Ya he cumplido con la petición."

Lo soltó, dejándolo morir nuevamente y se dirigió a la jinete pegaso de la máscara plateada.

– Prepare a todos los ejércitos, atacaremos lo más pronto posible y destruiremos ese reino. Cenaremos carroña muy pronto. – Se dirigió a Clef para decirle – Mago idiota, te acabo de poner la prótesis y perdiste aun más sangre, ya debes estar al borde del colapso.

– Aun aguanto un par de horas más, toda la tarde cuando mucho.

– ¡Vete a reponerte! – quiero usarte en la batalla. Y tú cúbrete, maldita sea, pareces una ramera – terminó lanzándole su capa a Marina antes de salir del lugar – Vas a venir con nosotros a la pelea.

Ese idiota.

.

.

.

Un cielo gris y encapotado cubría el cielo de aquella ciudad, nubes negras y rayos constantes agitaban el mar moviendo el barco aun más que antes. Comenzaba a sentirse mareada.

"¿Qué tal las negociaciones?" – preguntaba la imagen de Clef a través de un portal.

– Mal – respondió Ráfaga – Se niegan a firmar el tratado y si no abandonamos sus aguas antes del anochecer nos atacaran. Alquiam no deja de exigir que lo deje atacar. Ya subió varios barcos a la playa y está haciendo cosas raras. No creo que la guerra sea una opción, pero seguro están listos para atacarnos ellos, ya trataron de matar al príncipe.

Clef pensó largamente la situación y al final pronunció.

"Con todo el dolor de mi corazón, autorizo a Marina el uso de la fuerza hasta la rendición del reino de Mirna. Traten de minimizar las pérdidas civiles."

– Así se hará.

– ¡Espera! – Interrumpió Marina de repente – ¿Cómo esta Paris?

"La mandrágora ya esta lista y preparada, si la luna está bien esta noche lo despertaremos."

– ¿Podrías decirle a Anaís... que tiene todo mi apoyo?

"Ella lo sabe, pero se lo recordare. Si quieres venir podrías decirle a Alquiam, Anaís lo agradecería bastante."

– Lo intentare.

"Hasta luego, entonces" – respondió Clef y el portal se cerró.

– Creo que deberías irte desde ahora con mi esposa – le dijo Ráfaga y salieron de la habitación para llegar a donde Alquiam estaba. Ahí Caldina se acercó para preguntar sobre lo solucionado. Ella y el soldado platicaron en voz baja durante algunos instantes y después la mujer se acercó a Marina.

– ¿Vas a quedarte? – preguntó tomándole una mano.

– Voy a quedarme.

– Cuídate mucho... y nuca te perdonare que no te gustara mi ropa. Cuando regreses vamos a probarte muchas cosas bonitas. ¿Está bien?

– Esta bien, nos vemos.

Cuando Caldina salió del lugar, la atención de los presentes se centró en Ráfaga. Muchos mapas y figuras llenaban el lugar como a la mitad de las peleas.

– Se terminaron las platicas de paz – anunció el soldado rubio – la guerrera mágica Marina, tiene autorización para obligar al reino de Mirna a rendirse. Bajo el comando de Alquiam atacaremos, pero será difícil. Mirna es una capital amurallada y bien defendida. A ritmo normal nos tomaría unos tres meses pasar por esas puertas. Si sacrificas las tres cuartas partes de tus hombres en un solo ataque, tal vez podamos romper la defensa, pero el ataque posterior sería imposible, estaremos aquí durante largas semanas.

– Un día – respondió el muchacho – menos de veinticuatro horas serán suficientes para tomar la ciudad. Para mañana por la noche los soldados estarán en casa con sus esposas e hijos.

– Estás loco.

– Los ejércitos ya están aquí y mientras tú y tu esposa gastaban mal mi tiempo, nosotros ya planeábamos nuestra estrategia. Ven y observa como destruimos esta fortaleza. ¡Soldados! Ya saben qué hacer, vayan y háganlo

– ¿Se encuentra bien maestro? – le preguntó Florina mientras su lince dormía sobre un mueble grande parecido a un ropero. Alquiam se veía extraño, como si le molestara el respirar y se estaba agitando cada vez más.

– Hay alguien ahí, hay alguien en esta ciudad que está llamando a mi alma. Puedo sentir como su fuerza llama a la mía. Quiero encontrarlo... Quiero encontrar a esa persona. Siento que esa alma está llamando a la mía.

– ¿Puede ir a la batalla?

– Hay alguien ahí, Florina. No conozco su magia pero es algo tan bello, su magia y su fuerza. Debo encantarlo... vaya a hacer su trabajo, Florina.

Cuando todos los soldados se retiraron y solo quedaron en el lugar Alquiam y la misma Marina, este se dignó a verla, a barrerla con la mirada como antes.

– Eso te queda mejor, ven con nosotros para el ataque. Esta es una de las mejores que nunca haya planeado.

Comenzaba a parecer cada vez más molesto, o lo estaba haciendo a propósito o la verdadera cara de Alquiam era esa. Al llegar, la mayor de las jinetes pegaso le prestó un cambió de ropa, mallas de tela gruesa y una blusa muy larga que parecía un vestido corto, ropas resistentes y ligeras para alguien que peleaba. Aunque ellas las completaban con algunas partes de armadura. También le dieron una funda para su cuchillo, sobre las costillas donde no le estorbaba para moverse. Solo esperaba no tener que usarla nunca.

En la cubierta del barco el movimiento era frenético. Alrededor de una mesa de mapas como antes. La lluvia que comenzaba y el ambiente de tormenta no amedrentaban a aquellos hombres que discutían y preparaban sus estrategias.

– Buenas tardes, señorita – le decía uno de los seguidores de Alquiam. Un hombre con un hábito de monje que le cubría la mayoría del rostro. Su voz antigua combinaba con su bastón y su cuerpo muy encorvado, la típica escena de un monje en algún monasterio olvidado.

– Hola.

– Creo que no nos han presentado, soy el profesor Ilstar, del instituto de Crameria. No soy un guerrero así que mi presencia aquí es por otras razones. Pero hay un par de sillas que podemos usar, yo no puedo pelear y usted no quiere hacerlo así que podemos charlar un poco.

Cerca de la mesa de mapas había una mesa de té con varias sillas. Así que el hombre la condujo hasta allá de manera lenta, se notaba que hacía mucho de los mejores tiempos de aquel hombre.

A la chica le pareció extraño que este nuevo barco no se movía en lo más mínimo. Como si no estuviera en el mar, por lo que se lo hizo saber a su acompañante.

– Solo dé un vistazo por la borda.

A su alrededor no había agua, el barco estaba posado sobre la arena de la playa. Un barco encallado de esa manera parecía inútil

– ¿Por qué los barcos están así?

– Por que el comandante ha ordenado subir los barcos a la playa y ponerles ruedas. Ahora son fortalezas rodantes. Esta irá en la parte final y no atacará, los generales deben permanecer lo más lejos posible de la línea de batalla.

– ¿Quién es usted? – preguntó ella volviéndose a sentar mientras el monje servía té para los dos.

– Soy un profesor del único instituto de Céfiro. El reino de Crameria es el único que estudia la ciencia. Soy uno de los cronistas de la historia de Céfiro y principal biógrafo del señor Alquiam. Y al enterarme de que estaba de regreso vine personalmente para ser el cronista de esta nueva batalla. He ordenado me manden ayudantes para la crónica pero tardaran algunos días en llegar.

– ¿Solo viene para escribir sobre la presencia Alquiam? – impresionaba con estas palabras no alcanzaba a notar como los barcos avanzaban ya. Un rayo rompió el cielo antes de que el hombre pudiera contestar.

– El conocimiento es amoral y no puede tomar partido de nada ni intervenir en el curso de la historia. Aquellos como yo nos dedicamos solo a preservar el conocimiento sin poder sentir nada por aquello que estamos viendo. Aunque nuestro mundo fuese destruido, lo único que podemos hacer es escribir el pasar de las cosas y procurar que estos archivos se conserven.

– Eso es muy hipócrita.

– Solo vemos las cosas y las archivamos. Mis reportes de las guerras de Alquiam y la batalla contra Autozam son muy solicitados. Siempre hay copistas trabajando en ellos y ya se han pasado a otros idiomas. Mucha gente quiere saber sobre Alquiam y sus estrategias de batalla. Pero también he realizado crónicas sobre los diferentes pilares de Céfiro y uno muy extenso sobres ustedes. Si alguna vez me dejase hacerle unas preguntas sobre usted, sus amigas y su mundo, me haría muy feliz y también a mis lectores.

La joven por fin puso atención a su té y levantó la taza mientras parecía pensar. Algunos soldados levantaron una carpa sobre ellos al comenzar la tormenta.

– ¿Usted sabe lo que es realmente Alquiam?

A través del poco rostro que su capucha mostraba, Marina pudo ver una sonrisa.

– No muchos preguntan eso, tal vez por que nadie sabe la respuesta... Tal vez es solo el envase en donde duerme un dios, el dragón de Calgary, dios de la destrucción. Sin conciencia ni alma, el alma que muestra es actualmente algo raro en él. Tal vez por que devoró a su hermano Ascot y esa alma es la que ahora muestra con usted.

– ¿Conmigo? Últimamente me trata horrible.

– Trata de alejarla. Es uno de los actos más humanos que recuerdo conocerle. Así usted lo odia y no sentirá remordimiento por matarlo cuando sea necesario. Podrá regresar a su mundo pensando que usó esa daga contra alguien que se merecía morir y no contra alguien que una vez sintió algo por usted. Hará lo imposible por que usted lo odie y en cuanto usted se lo demuestre, cesara en su empeño.

– ¿Alquiam quiere que yo lo odie?

– Más que a nada.

Ruidos de cañones interrumpieron la conversación, Marina se levantó alarmada ante esto, pero el profesor la tomó por un brazo.

– El maestro Alquiam me pidió que hablara con usted, que la mantuviera ocupada durante el ataque. Usted no debe ver esto, su alma pura se contaminará con los gritos de la batalla. La pelea no debe llegar hasta su alma, así que quédese conmigo, por favor.

La tormenta arreció de pronto obligándolos a entrar a una de las habitaciones del barco, ante las protestas de Alquiam por quedarse cerca de su batalla. Los cañones se hicieron sonar con estruendo mientras aquel hombre la obligaba a entrar con los demás. ¿Cómo podían pelear con tal cantidad de lluvia?

Una tormenta como esa le recordaba los tiempos aquellos en los que Céfiro estaba tan destruido y oscuro.

– Es el odio de la batalla – le decía el anciano – Tanto odio y sentimientos negativos provocan este cambió. Conforme la batalla avance se pondrá peor... o tal vez sea por que el comandante ha ordenado destruir los templos. Así el enemigo vera que los dioses los han abandonado, arriesgándonos a despertar la ira divina sobre nosotros.

No quería pensar en lo que estaba ocurriendo allá afuera, en las personas que estaban muriendo, en los hogares siendo destruidos, en los heridos no quería pensar en nada.

– Hace poco, él tosió sangre.

– Estoy informado.

– ¿Por qué? ¿Qué le pasa?

– Como prisión de un dios, dispone de una cantidad de energía casi ilimitada para hacer hechizos, energías que otros magos toman de sus cuerpos o de la naturaleza a su alrededor. Pero manejar la energía consume energía y cada persona tiene una capacidad diferente de hacerlo antes de sufrir daño. Borrarle la memoria a todo un país como lo hizo Alquiam, significa un gasto de energía tan grande que el solo hecho de manejarla dañaría la capacidad mágica del hechicero. Ahora no puede hacer los mismos hechizos de antes, como cargar algo tan pesado que te lastimas y no puedes volver a cargar nada. Cuando rompe sus nuevos límites, el sangrado interno es una muestra de daño que se hace.

– ¿Es su límite?

– Ni una sola pizca de magia más o el daño será mayor, él puede sanar su cuerpo devorando enemigos, pero su capacidad mágica esta por completo dañada.

Nuevamente esa preocupación que no entendía, no había razón para sentirse así por lo que le pasaba a Alquiam.

– ¿Qué es esto? – preguntaba Alquiam frente a un portal que mostraba el frente de la batalla. Una situación muy confusa para Marina pero algo resaltaba, un manto blanco que se movía con rapidez hasta un soldado herido. Una sanadora, la que acompañaba a Paris la primera vez que llegaron a Céfiro, se movía entre la pelea para ayudar a los heridos. Arriesgándose a que la lastimaran.

– Las sanadoras están en la parte más lejana de la batalla – seguía diciendo Alquiam reclamando a sus hombres.

– Ella insiste en ayudar a los soldados en el mismo frente. Es la sanadora más fuerte que hay y maneja el viento de defensa, además, la mitad del grupo de elite la protege. Su valentía ha salvado muchas vidas, bastantes.

– No me gusta la idea de que la mitad de la elite la cuide... ordena que las tres cuartas partes lo hagan. Anaís le enseñó bien.

– ¿Anaís?

– ¿Recuerda que en una ocasión, hace mucho tiempo – decía el anciano –, usted y sus amigas salvaron a una niña de una de las bestias de Ascot en un pueblo?

– Sí, ya no lo recuerdo tan bien, pero la recuerdo.

– Ella, es esa niña. La guerrera mágica Anaís, le enseñó magia de sanación y se convirtió en una de las sanadoras principales del ejército del príncipe. Con la fuerza mágica de Anaís, la agilidad de Marina y la valentía de Lucy. De ser guerrera seria una de las generales principales, tiene la fuerza de voluntad, pero jamás levantará un arma.

– Cambió mucho.

– Aun es una niña, pero su aspecto es similar al de usted por su fuerza de voluntad. Como Esmeralda que parecía una niña a pesar de tener buena edad, o el mismo Clef que este año cumplirá los doscientos cincuenta. Será una gran fiesta.

– ¿Cuándo será? – preguntaba ella interesada.

De repente se escuchó mucho escándalo cerca de ellos, parecían ser soldados de Alquiam trayendo prisioneros. Pero no eran soldados, se trataba de un anciano y varias mujeres jóvenes con aspectos de personas mágicas.

– Sacerdote de los dioses – le decía Alquiam dejando los mapas – ¿Por qué tu rey se niega a obedecer a la princesa de Céfiro? ¿Por qué tu pueblo prefiere morir antes de aceptar la paz?

– Los dioses te castigaran por lo que haces.

– ¿Los dioses, dices? ¿Dónde está tu dios ahora? ¿Dónde se esconde de mí mientras destruyo su ciudad y mato a sus gentes? ¡Sobre sus templos construiré monumentos a mi imagen para mostrarles que el único dios que está aquí soy yo!

– Hereje – le escupió las palabras con odio.

Alquiam lo soltó para darle la espalda por unos momentos, tratando de calmarse. De repente, tomó por el cabello a la más joven de aquellas mujeres y la amenazó con la navaja de su brazo.

– ¿En qué orden deben morir tus fieles? – Le gruñó él – ¡Elige cual morirá primero! ¡Aprende que tu dios no puede detenerme!

Una navaja pasó cerca del cuello del muchacho obligándolo a moverse y soltar su prisionera. Pero sin perder tiempo respondió al ataque con su propia hoja. Se intercambiaron un par de embistes y de repente dejó de defenderse, dejando que la daga de Marina le tocara la armadura por encima del corazón.

– ¡Basta! – ordenó ella furiosa pero perdió el semblante al ver el rostro de su compañero.

– Hazlo – le suplicó cubriendo la mano de la chica con las propias – Hazlo por favor, clávala. Acaba con mis sufrimientos, acaba con mis promesas. Libérame y clava esa navaja con esos ojos llenos de furia.

Como monedas sobre el metal sonaba la punta del cuchillo al golpear sin fuerza contra la armadura. Marina recordaba esa mirada, de algún lado podía recordarla. Unos ojos que suplicaban la muerte... pero no sería ella.

Soltó el cuchillo y tomándolo por los hombros le dijo.

– Te ordeno que los sueltes y termines esta batalla.

– Sí, mi señora – respondió bajando la mirada un momento, después de lo cual se levantó con el mismo gesto furioso de antes – ¿Quién dirige el ataque? ¿Dónde están los pegasos? ¡Llévense de aquí a los prisioneros antes de que me dé hambre!

– ¿Por qué nos haces esto? – Preguntó la menor de las sacerdotisas tomando a Marina por una mano – Antes éramos amigos, antes peleábamos juntos e invocábamos para ustedes. Éramos amigas. ¿Por qué dejas que nos hagan esto? ¿Por qué te volviste maligna?

– Lo siento – fue lo único que alcanzó a responderle mientras se la llevaban. ¿Acaso aquella era la verdadera cara de la guerra?

Sentía las piernas sin fuerza, sentía como si el aire se volviera cada vez más pesado.

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.

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Ocurrió alguna vez hacía mucho tiempo, un recuerdo más que volvía.

Alquiam dejaba el cuerpo de una joven en un cementerio reciente, todos sus amigos los acompañaban y muchos otros que no conocía. El ambiente era tan pesimista.

– Ya vienen – decía Alquiam – siento mi magia, están abriendo el portal hacia acá... Capitán Ráfaga, vaya al pueblo y prepare a todo aquel que pueda sostener un arma. Mujer, niño o anciano... que elijan si quieren morir tratando de defenderse o tratando de escapar. Esto ya se terminó, nos van a matar a todos.

– Podemos defendernos – le reclamaba Paris.

– Ya no tenemos a los ejércitos y vienen varias naves de tipo crucero. Sin importar lo que hagamos vamos a morir, enviare a las niñas a su mundo y al morir yo, las maquinas perderán la magia que me quitaron y el mundo místico estará a salvo. Nos van a matar a todos.

– Aun podemos pelear – decía Ascot.

– Se acabó, muchacho, ya no me queda fuerza.

– Entonces devórame, entonces acéptame y obtén toda la fuerza que guarda mi alma. Volvamos a ser uno solo.

– ¡Ascot! – le detenía Clef y Caldina se acercó para tomarlo por una mano.

– Basta hermanito, basta.

– Devórame, Alquiam – le dijo con una mirada decidida.

¿Por qué Marina no hacía nada por evitarlo? ¿Por qué ella no trataba de salvar a Ascot? ¿Acaso no le importaba?

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Despertó de pronto en una orilla de aquella sala, ya casi amanecía a pesar de que el ataque comenzó cerca del atardecer. Así que seguramente durmió toda la noche. Se sentía mal por hacer aquello y dejar toda la situación por solo un poco de sueño.

El anciano de antes seguía en la mesa, escribiendo de manera afanosa en un grueso libro de páginas en blanco. Haciendo las crónicas de lo que pasaba y de cómo aquella ciudad era destruida.

– ¿Ya despierta? Acérquese, hay algunos bocadillos y té caliente.

– ¿Estuvo... toda la noche? – sentía el cabello alborotado después de la siesta. ¿Dónde habría un espejo?

– La batalla ha seguido y hemos tenido varios reveses, será una crónica muy interesante. Puede arreglarse en el mueble de ahí, los demás no hemos dormido cuidando la guerra, las murallas cayeron y la torre principal de cañones también, y ahora la batalla es por el castillo mismo.

Mientras se cepillaba pudo ver a Alquiam gritándole todavía a sus hombres, jugando ajedrez sobre los mapas, contra una joven. La chica que antes acompañaba a Alquiam, la niña de los ojos extraños.

– ¿Quién es ella? – le preguntó al anciano ya regresando a la mesa.

– Ella es la oficial de comunicaciones de Paris. Mily, por como todos la conocen. No es humana, es un robot de Autozam, el más avanzado antes de la guerra. Pero como las maquinas fueron las culpables de que toda esa guerra ocurriera, hubo una revolución en ese planeta y la gente rechaza ahora mucha tecnología. Por eso Ráfaga la cuida, pues en su mundo seria destruida y ella recibe todas las informaciones del campo de batalla y envía los mensajes a las hadas. Así, la guerra es como si ella y el maestro jugaran un ajedrez con las vidas de todos los soldados.

– ¿Es un androide? ¿Por eso se le ven los ojos así?

– Exacto.

– Con razón se veía así.

Un ruido fuerte se escuchó cerca de ella, la mesa de mapas se encontraba volteada y un desastre de hojas y figuras se miraba por todas partes.

– La batalla terminó – decía Alquiam–, los ejércitos saben lo que tienen que hacer. Yo mismo iré a matar a su rey. ¡Traigan a mi grupo de elite! ¡Traigan a mi guardia personal, traigan a la guerrera del agua! El mismo Alquiam entrará a la batalla.

– ¿Puedes venir? – le preguntó Sirene tomando a la chica por el brazo.

– No quiero hacerlo.

– Tiene que ir – decía el anciano – Si se sale de control alguien debe detenerlo. La princesa, Céfiro y el mismo Alquiam le dieron esa responsabilidad. Nadie puede cumplirla, ya está al borde de su cordura.

– Vamos – le animó Sirena y entraron en uno de los portales.

¿Qué nuevos horrores le esperaban?

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.

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Le quemaba.

Cada respiración era como una bocanada de fuego. Tenía sed, tenía tanta sed. Deseaba sangre, deseaba matar a alguien rápidamente y beber su sangre y comer su carne y escucharle gritar.

Tenía ansia de matar.

Había soldados a su lado, que le seguían, solo eran sombras negras junto a él. También las jovencitas de auras brillantes, la de azul deslumbraba tanto que le molestaba para ver. Pero ella no era su objetivo, esos eran:

"Los que debía proteger"

Buscaba a un rey...

¿Qué rey?

No podía recordarlo, solo sabía que tenía que matar a un rey. Algo se acababa de romperse en su interior y ahora todo era de color rojo.

Tanto odio.

Soldados enemigos aparecieron para enfrentarlos, solo para convertirse en carne y en alimento. Matarlos era tan fácil. ¿Dónde estaba el maldito rey? ¿Tendría que destruir el castillo completo solo para encontrarlo?

"Carne, solo eran carne."

¿Quién estaba ahí dentro?

Solo ancianos y heridos que no podían moverse. El grupo de los rezagados. Mejor quitarlos de sufrimientos de una buena vez. Mejor llamar a sus espadas y acabar con la vida de todos.

"Carne".

– ¡Alquiam! – Le reclamaba la chica nuevamente – ¡Basta! ¡Detente!

¿Por qué lo detenía? Solo eran enemigos, no merecían nada, no debían vivir, ni mujeres ni niños debían quedar a su paso. Pero no quería discutir, no quería perder el tiempo.

La garganta le quemaba.

Se abrió pasó bruscamente y en el fondo, una pared podía moverse, empujando entres tres pudieron encontrar el pasadizo por donde los demás escaparon. Seguramente el rey con ellos. No tenía tiempo. Corrieron por aquél estrecho pasillo entre la piedra sin mirar nada. Sin evitar las trampas que el camino tenía.

Un simple escudo mágico le evitó todos esos problemas para seguir avanzando. Pero cuando el techo calló sobre ellos se vio obligado a sujetarlo durante algunos instantes y después, con alquimia, a sellarlo en esa posición. Nada lo detendría, nada.

Al salir, podía verse a lo lejos la caravana de los que escapaban, seguro ahí estaba el alma que le llamaba. Esa alma tan poderosa que le hacía perder la cabeza.

Con un portal ya estaban delante al grupo, quienes reaccionaron alarmados. Pero ellos no importaban, ¿dónde estaba el alma?

El rey se acercó como si quisiera pelear y lo despachó de un solo movimiento. No importaba, nadie importaba.

"¡No estaba ahí!"

– ¿Dónde está? – preguntó pero nadie le respondía. Debía sentirla de nuevo, debía encontrarla solo con sus sentimientos. En algún lugar hacia el norte.

Ahora lo sabía, ahora nadie podía detenerlo. La guerrera mágica trató de decir algo pero no la escuchó. Solo se fue a donde era llamado. Sin nadie que le estorbara.

Dos personas le atacaron apenas apareció, jóvenes con espadas. ¿Sería ese? El que mostraba esa fuerza. Su alma tenía un brillo bello, pero no era él... solo eran estorbos. Sujetó sus espadas con las manos y los lanzó fuerza del camino.

¿Acaso aquel guerrero que atacaba? Tampoco él. La locura de su alma no tenía la pureza que lo estaba llamando.

"Cielo rojo, tierra roja, aire rojo."

Un portal delante y uno detrás hicieron parecer que el corte de viento pegó de lleno sin hacer daño. Aprovechó la confusión siguiente para golpear fuerte y mandarlo con los otros.

Ahí estaba, su alma brillaba tan fuerte que no podía verla, pero sabía que era ella. Esa era el alma de alguien capaz de matarlo, de alguien capaz de destruirlo por completo. Pero otras almas lo protegían, almas oscuras y almas brillantes. No tenía tiempo para jugar con ellos. Así que usó un portal para evitarlas y llegar junto a su objetivo.

Y ahí estaba ella, tan joven como las guerreras mágicas pero de un aura mucho más dulce. ¿Era temor eso en su mirada? No sabía si atacarla o decirle algo más.

Pero algo le pasaba a ella.

Era como si estuviera enferma, como si no pudiera respirar bien. Le revisó la pupila y garganta sin encontrar ninguna enfermedad. Solo una gran cantidad de energía alrededor de ella y un gran hueco en su poder. No tenía fiebre, parecía estar sana.

Al final se quitó uno de los guantes de la armadura y se lo colocó a ella, ordenándole adaptarse a su nueva portadora. De inmediato la niña pareció calmarse.

– ¿Se encuentra mejor? – le preguntó.

– Un poco – le respondió la princesa Sakura con la respiración todavía agitada. Pero alivió en sus ojos.

– No debería viajar tan lejos si no está segura de lo que va a encontrar. La energía de este lugar le hace daño, pero con este guante estará bien.

– Gracias – le respondió ella.

– Si me disculpa un momento – se levantó para encarar a los otros – ¿Alguno de ustedes tiene un problema conmigo que nuestras armas puedan arreglar? ¿Alguno de ustedes tiene el mórbido deseo de probar el filo de mis espadas y mis dientes? ¿Alguno quiere pelear conmigo, mis señores?

Y nadie respondió.

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Continuará…