Capítulo 9

Seguramente me quedé dormida, porque cuando me desperté, Regina estaba de pie a mi lado, colocando un mullido edredón sobre mi cuerpo desnudo.

"Duerme, princesa" dijo mientras yo trataba de incorporarme. Se había puesto unos pantalones de chándal y un sostén deportivo, pero seguía oliendo a sexo. Mi vientre se puso en tensión respondiendo a aquel olor.

Me dio un beso en la frente.

"Pediré la cena. ¿Te parece bien comida china?" me preguntó mientras yo me estiraba como un gato debajo del edredón.

"Claro, me parece delicioso".

"Bien, voy a llamar para que la traigan".

Me quedé mirando su precioso culo mientras salía del dormitorio, deleitándome en lo que aún quedaba de mi euforia postsexo. Dios, me sentía tan bien. No me habían follado así desde hace muchísimo tiempo. El cuidado y la atención que Regina me había dedicado como amante dejaba muy poco que desear. Por supuesto, eso hizo que quisiera tenerla, otra vez.

Sin embargo, ajusté el edredón sobre mí cuerpo mientras una sensación de inquietud me invadía. Traté de analizar de dónde venía. Lo cierto era que me sentía cómoda, demasiado cómoda. Mi regla número uno para evitar encariñarme de forma poco saludable era la de evitar encariñarme en general. Sentirse cómoda se acercaba demasiado a encariñarse. Y bajo ningún concepto eso podía pasar con Regina.

Una tenue bola de ansiedad empezó a formarse en mi estómago. Decidí que podía quedarme a cenar, pero tenía que vestirme y sentarme en la mesa. Luego, una vez terminada la velada, Regina y yo teníamos que mantener nuestra relación únicamente en terreno laboral.

Me quité el edredón de encima y empecé a recoger mi ropa. Encontré las bragas y me las puse y, a continuación, cogí el sujetador.

"¿Por qué te estas vistiendo?"

Me sobresalté, Regina estaba de pie en la puerta mirándome con un ligero ceño. Llevaba en la mano la camisa que había… bueno, habíamos dejado antes en el salón. De repente me sentí rara por estar casi desnuda y crucé mis brazos sobre mí pecho.

Lanzó la ropa al cesto y después se cruzó también de brazos. Pero Regina no parecía estar tímida como yo. Por su postura parecía que quería regañarme. Levantó una ceja.

"¿Tienes prisa por marcharte?"

Sentí un escalofrío. Su mirada y mi estado de desnudez hacían que me resultara difícil recordar porque quería irme. Aparté la mirada. De todos modos, era probable que ella quisiera que me fuera pronto, después de todo ya había conseguido lo que quería. No teníamos que molestarnos en fingir lo contrario.

"Normalmente las personas no quieren que me quede después del sexo". Argumenté ligeramente débil.

"Ese comentario pone sobre la alfombra tantos temas de discusión que no sé por donde empezar". Dio un paso hacía mí. "En qué demonios están pensando para no querer…" Negó con la cabeza. "Por favor, Emma, no me compares con las demás personas que conoces. Me gustaría pensar que no soy como la mayoría de los seres humanos con los que desafortunada debo compartir el mundo. Y no quiero ni pesar que te acuestes con otras personas. No me gusta compartir, señorita Swan".

Sin mirarla a los ojos, cogí mis pantalones cortos del suelo y no hice caso al estremecimiento que me recorrió la espalda con su sugerencia de posesión.

"Eso me suena mucho a relación. Y creí que no querías ninguna".

"No me van las relaciones románticas. Las relaciones sexuales son otra cosa completamente distinta. ¿Por qué te quieres ir?"

Ignoré su pregunta y me agaché para coger mi camiseta que estaba al pie de la cama, pero Regina llegó antes que yo.

"Detente" me ordenó, atrapando de mi la camiseta, me puso un dedo debajo de mi mentón para mirarla a los ojos. Arrugó el ceño con una mirada que reflejaba su confusión y dijo en tono sincero. "Quiero que te quedes y, si te parece bien, preferiría que no te vistieras".

Quise derretirme con aquella invitación, pero me negué a mostrar que me afectaba.

"Tu estas vestida" dije volviendo a cruzarme de brazos y con el un tono al de una niña cuando hace pucheros. El nudo de ansiedad se iba tensando y yo me agarraba a lo que fuera para tratar de mantenerme firme.

Me pareció ver el parpadeo de una sonrisa en la boca de Regina, pero fue tan rápido que muy bien podía estar alucinando.

"En cuanto traigan la comida, estaré encantada de quitarme la ropa. ¿Eso te hace sentirte mejor?"

"Si".

Pero eran mis hormonas las que hablaban. Mis hormonas querían que se desnudara. Y mis hormonas querían que la tocara y lamer su piel resbaladiza por el sudor. En cambio, mi cerebro no estaba seguro de que fuese una buena idea.

"No se" rectifiqué.

Sin quitar la mano de mi mentón, con la otra acarició mi mejilla.

"¿Qué esta pasando dentro de esa linda cabecita, mi amor? ¿Vas a salir corriendo cada ver que nos acostemos?"

Quería volver a acostarse conmigo. Mi corazón se saltó un latido y mis partes intimas se contrajeron agradablemente a favor de aquella idea. Pero a medida que mi excitación aumentaba, también lo hacía el terror que latía en mis venas. Normalmente, el sexo acababa con el interés que yo mostrara por cualquier mujer. Excepto antes, cuando nada acababa con el interés que sentía por ellas y me obsesionaba de forma perenne. Y ahora, que cada parte de mi cuerpo proclamaba la necesidad de disfrutar más de la mujer que tenía delante. ¡Joder! ¿Iba a volver a caer en mis antiguas costumbres?

Aparté la mirada.

"La verdad es que no pensaba que esto fuera a repetirse, Regina".

Me agarró del brazo y me acercó a ella.

"Emma". Me miraba fijamente buscando una respuesta que yo sabía que no iba a encontrar, pues ni siquiera yo la conocía. "Si no quieres volver a acostarte conmigo, tienes que decírmelo".

"¡Si quiero!" Sus manos sobre mí y sus ojos penetrantes consiguieron sonsacar la verdad de mis labios. "Si quiero" repetí en voz baja. Lancé mis brazos alrededor de ella y apreté mi cara contra el hueco de su cuello, acariciando con la nariz la piel debajo de ella. Regina respondió a mi abrazo. Su abrazo era cálido, seguro y fuerte. Como si pudiera protegerme de cualquier cosa que me asustara. Como si la realidad de lo que ella era, la realidad de lo que era para mí, pudiera ser suficiente para evitar que la necesitara más.

"¿Qué pasa?" Su voz sonaba alegre. Enterró sus manos entre mis rizos y los acarició, haciendo que el nivel de mi pánico bajara medio punto. "Dime".

Las lágrimas amenazaban con salir, por lo que agradecí que no pudiese verme la cara. ¿Estaba condenada a vivir el resto de mi vida con miedo a acercarme a la gente?

"Yo... No se me dan bien las relaciones. De ningún tipo. Tengo… ciertos problemas".

¿Qué coño estaba haciendo? El sexo sin más implicaba no compartir secretos íntimos. Pero me sentí bien al decir aquello.

"¿Cómo cuáles?" Regina enterró aún más sus dedos en mi cabello para tranquilizarme. "¿Esto tiene algo que ver con esa orden de alejamiento?"

De repente, el suelo desapareció bajo mis pies. Me encontraba congelada en el sitio.

"¿Lo… lo sabes?" tartamudeé.

Nadie lo sabía. Al menos, muy pocas personas. Neal, mi grupo de apoyo y Belle sabían algo. Pero nunca se lo contaría a Regina. Me solté de sus brazos como si hubiera recibido una descarga y me dejé caer sobre la cama, enterrando mi rostro en el edredón.

"Qué vergüenza".

Se rio y se tumbó a mi lado en la cama, con la cabeza apoyada en un codo. Me pasó una mano por la espalda, masajeándome los músculos en renovada tensión. Aquello me hizo sentir ligeramente bien y, de no haber estado muriéndome por la humillación, estoy segura de que habría soltado un gemido.

Cuando habló, lo hizo en voz baja y en mi oído.

"Se intimidades sobre ti, mi amor, como la cara que pones y los sonidos que haces cuando estas a punto de correrte, ¿y te preocupa esto?

Solté un gruñido contra el colchó, en parte de tristeza y en parte por el place que e daba sentir sus dedos sobre mi espalda. Giré la cabeza para que pudiese oír lo que decía, pero no le miré para no tener que verle la cara.

"Fue algo muy fuerte. Muy fuerte. Casi mi mayor secreto. Creía que mi hermano lo había enterrado". Me incorporé sobre los codos y me giré para mirarle por fin. "¿Y dices que debería avergonzarme por la cara que pongo y los sonidos que hago cuando…? Ya sabes."

"Tenía que saber todo lo que pudiera aparecer sobre mi novia falsa. Ya está enterrado". Colocó una mano sobre mi mejilla y sus ojos se oscurecieron. "Y nunca, jamás, sientas vergüenza por cuál sea tu aspecto o por cómo suene tu voz en ningún momento, sobre todo cuando estas a punto de correrte". Se acercó y dio rozó su nariz con la mía cariñosamente.

"Me muero de la vergüenza". Dejé caer la cabeza sobre la cama, pero seguí mirándola. "Por la orden de alejamiento, quiero decir. No sé cómo reaccionar ante lo demás".

"¿Por qué?"

Me pasó la mano por la cara y por el cabello, desencadenando con cada caricia una descarga eléctrica que soltaba chispas en lo más hondo de mi ser. Aquello me relajó, me reconfortó y temblé como un flan. En ese momento, podría haberme pedido lo que quiera y yo habría accedido.

"Porque hace que me sienta extraña y me estremezca. Y me calienta".

"Asombroso". Me respondió sonriendo. "Pero a lo que me refería es a por qué te mueres de la vergüenza".

"Ah" me ruboricé. Lo que había dicho por equivocación era, en realidad, menos embarazoso que lo que ella me había preguntado. Pero como seguía acariciándome con sus dedos mágicos más eficaz que la tortura china del gota a gota, le respondí también a aquello: "Porque es la prueba de que estoy loca. ¿Sabes? Eso que dije de que amo demasiado… La orden de alejamiento está relacionada con ese tema y me gusta fingir que nunca ocurrió".

"Entonces, nunca ocurrió". Me dio un beso en la nariz. "Todos hemos hecho locuras en el pasado. Nunca voy a echártelo en cara. "Dejó de acariciarme el cabello y miró hacía algún punto detrás de mí. "Solo es otro motivo por el que amor de pareja no me interesa. La gente se vuelve loca por su culpa".

A continuación, se relajó y volvió a fijar su hermosa mirada en mí.

"Pero, volviendo al meollo de la conversación, ¿qué tiene que ver eso con que una relación surja entre tu y yo?"

Me incorporé, desconcertada por la facilidad con que había desestimado mi antiguo comportamiento.

"Se me fue la cabeza, Regina. Con una mujer". No me estaba tomando en serio y yo necesitaba que ella lo comprendiera. "Con varias, en realidad. Pero con la última fue con la que no termino bien".

Regina se incorporó a mi lado, nuestros hombros rozándose.

"¿Y crees que se te va a ir la cabeza por mí?"

Me concentré en mis manos en mi regazo.

"La verdad es que no sé qué contestar. Me he mantenido alejada de las relaciones durante un tiempo para no tener que enfrentarme a eso. Intentar tener ahora algo contigo… es para mí un territorio desconocido". Lo cierto era que, por mucho que me asustara caer en una conducta insana, no quería terminar con Regina. Y tendríamos que trabajar juntas. Aunque lo mejor fuera no volver a acostarme con ella, ¿sería capaz de resistirme?

La miré a los ojos preguntándome si ya la habría espantado. Porque, aunque sabia que ella debía salir corriendo, esperaba que no lo hiciera.

"Por ahora, no he perdido la cabeza. Contigo. Y no quiero renunciar a acostarme contigo. Quiero decir… "Aparté la cara, ruborizándome enfurecidamente por enésima vez.

Ella me estrechó en sus brazos y me mordisqueó la oreja.

"Te pones tan adorable cuando estas nerviosa. Yo tampoco quiero renunciar al sexo contigo. Así que no lo haremos. Tendremos toneladas de sexo sensacional."

Me dejé abrazar.

"No he dicho todavía que sí". Pero ¿no lo estaba haciendo? "Tengo que ir despacio".

¿Qué iba a hacer si me despertaba una mañana completamente obsesionada? No podría romper con ella si llegaba a ese punto.

"Emma, tal vez tu tengas que ir poco a poco, pero yo ya sé que habrá montones de polvos entre las dos". Se acercó más y yo me derretí con sus palabras y sus caricias. "De hecho, voy a volver a hacer que tengas otro orgasmo antes de que te vayas a trabajar".

Noté que su mano había bajado hacía mi vientre desnudo. En lugar de sorprenderme y sentirme avergonzada por seguir deseándola tanto, decidí deleitarme con aquello.

"¿Ahora?"

Me besó intensamente, apoderándose de mi boca con su lengua Después, con la misma rapidez, se apartó.

"Ahora no, mi amor. La cena está a punto de…"

El portero automático sonó antes de que pudiera terminar la frase. Sonrió y se puso de pie. A continuación, se dirigió a la puerta y, mirando hacia atrás, dijo:

"Pero tu entusiasmo es de lo más excitante".

Sonreí, disfrutando del hormiguero que me había dejado nuestro beso. Mierda. La cena había llegado y yo estaba sin vestir. Ponerme la ropa ahora sería una declaración de principios. Quedarme desnuda, también. Me incorporé y vi su camisa sobre el cesto de ropa. Serviría como solución intermedia.

Me quité los pantalones cortos y me acababa de abrochar los botones de su camisa cuando me di cuenta de que el plan no funcionaria a la perfección, pues ya que Regina era unos centímetros mas baja que yo, su camisa apenas llegaba a rozar mi culo.

Pero no tenía tiempo para pensar en otra solución, ya que Regina había vuelto con una bolsa de comida en una mano y dos platos en la otra. Me miró de arriba abajo con un brillo de placer malicioso en sus ojos oscuros.

"Si tienes que estar vestida, te doy mi total aprobación".

De repente, me sentí juguetona e hice una reverencia.

"Pues muchas gracias, su majestad. No se que haría sin su aprobación".

Sonrió y se acercó a la cama.

"¿Quieres que yo me quite la ropa? Te prometí que lo haría".

"No si de verdad quieres que coma. Me distraes demasiado y ya lo paso bastante mal con los palillos chinos".

Regina sonrío entre dientes y me hizo una señal para que me fuera con ella a la cama.

"¿Necesitas que te de comer yo?"

"Eh… Puede que sí".

"Debo decir que no tengo la costumbre de comer sobre la cama, pero tengo algo de morbo al imaginarte a ti acá rodeada de comida, y poder comer directamente de ti que me hace romper mis propias reglas".

Una vez que me acomodé con cuidado de no derramar nada y por supuesto con mis mejillas en un eterno estado ruborizado, comimos juntas ternera estilo mongol y el pollo szechuan, que Regina había dispuesto sobre la cama. Forcejeé con los palillos y la mitad de la comida no llegó hasta mi boca. De vez en cuando, Regina me dio de comer y yo se lo permití, disfrutando de que cuidara de mí de un modo que nadie había hecho desde hacía mucho tiempo; si es que alguien me había cuidado así alguna vez.

"¿Qué haces mañana?" preguntó Regina después de ir a por dos vasos de té helado. "Me refiero a antes del trabajo".

Di un sorbo, conmovida de que Regina hubiera optado por beber lo mismo que yo cuando probablemente ella habría preferido vino.

"Termino de trabajar esta noche a las tres. O mañana a las tres, como prefieras decirlo. Probablemente dormiré buena parte del día. Mañana entró a trabajar a las nueve, ¿por qué?"

Alargó la mano para darme otro bocado.

"Tengo que llevarte de compras. Vas a necesitar ropa para el evento benéfico de mi madre".

Prácticamente me atraganté con el pollo.

"¿En serio? Por un atuendo inapropiado y ya supones que no sé vestirme. De verdad voy a quemarlo".

"No se trata para nada de eso. Debes saber que me encanta esa ropa y me decepcionaría mucho saber que la has quemado. La verdad es que espero que la lleves otra vez. En privado, por supuesto". Sus ojos castaños se iluminaron, quizá por me estaba imaginando con el corsé ajustado que me había puesto la noche en la oficialmente la conocí. "Me encanta tu ropa". Tiró de la parte inferior de mi camisa, su camisa en realidad. "De verdad tienes un gusto excelente para vestir". Se mordió el labio inferior de una manera que me hacia sentir envidia de sus dientes. "Pero mi madre esperará que la chica con la que yo salga vaya vestida…" Se quedó callada. "¿Cómo te diría?"

Casi disfruté viéndole esforzarse por una vez para encontrar las palabras adecuadas. Pero me pareció que no lo conseguía, así que la ayudé.

"Ya entiendo. Necesito ropa de marca". Me callé para pensar en si me sentía ofendida. "Supongo que, si quieres llevarme a comprar costosa, no debo protestar".

Sus labios se curvaron ligeramente.

"Me gusta esa actitud. Te recogeré a las dos. Hazte la idea de que vas a pasar el día conmigo. Y no me mires así… Solo habrá sexo si tú quieres".

Desde luego que querría. Pero aún tenía que decidir si debía suceder o no. Tenía que meditarlo.

"Exactamente, ¿cómo quieres que funcione esto? ¿Me vas a enviar un mensaje cuando quieras follar?"

"Si. O puedes enviármelo tú. O podemos quedar con antelación, como hemos hecho esta noche." Regina se quedó mirándome. "¿Qué te parece el uso de juguetes?"

Siempre había pensado que los juguetes son un mundo maravilloso, pero, lamentablemente muy pocas mujeres con las que había estado supieron utilizarlos. Miré a Regina, preguntándome en que tipo de juguetes estaba pensando.

"Si sabes realmente que hacer con ellos, supongo que no hay problema…" me fui cautelosa.

"Claro que sé utilizarlos, señorita Swan". Se burló de mí. "¿Qué tal suena follarte ese bonito coño tuyo con un arnés?"

Me quedé sin aliento y los labios resecos con la sola imagen mental. "Entonces, sí a los juguetes".

Regina sonrió y yo me di cuenta de mi error.

"Si es que acepto, quiero decir".

"Por supuesto, señorita Swan". Fue subiendo su mano por la piel desnuda. La tensión sexual inmediatamente impregnó el aire que nos rodeaba, pero mi cerebro me gritaba cautela.

Me abracé las rodillas apartándome como si tal cosa de su caricia.

"Has dicho que quieres fidelidad. ¿Puedo esperar yo lo mismo de ti? ¿O vas a estar utilizando este departamento con otras mujeres?"

Regina bajó los restos de la cena al suelo para dejar vacío el espacio entre nosotras. A continuación, colocó una mano en cada una de mis rodillas y me atravesó con los ojos.

"No soy ninguna zorra, Emma, ni tampoco una… cabrona. He mantenido relaciones sexuales en este piso, si, pero lo tengo para poder estar cerca de mi despacho, no como picadero". Extendió la mano para acariciarme un mechón de cabello que tenía detrás de mi oreja. "Seré tan fiel como espero que lo seas tú".

Su cercanía, su caricia, su promesa de fidelidad… hicieron que mi excitación aumentara suplicándome que me rindiera. Pero también se me removió algo más profundo, algo que era tan familiar como desconocido, algo que no sabía nombrar ni identificar y, si lo intentaba, sabía que, fuera lo que fuese, me consumiría.

Me levanté asustada de la cama.

"Ahora mismo no puedo seguir pensando en esto".

"¿Por qué te asustas?"

Regina también se levantó.

Me di la vuelta para mirarle. De repente estaba enfadada con ella, conmigo misma, con mi estúpida obsesión con engancharme y espantar a la gente y con mis padres por haber muerto y haberme empujado hacia ese comportamiento.

"¿Sabes algo? Para ti es muy fácil decir que quieres una relación sexual duradera. No te costará nada evitar implicarte emocionalmente. Es tu defecto, no el mío. ¿No te das cuenta de que darte lo que me estás pidiendo puede resultarme imposible?" froté mis ojos y aparte mi cara, esperando detener las lágrimas antes de que empezasen a salir.

Regina extendió los brazos hacía mí, pero yo me aparté.

"Regina, cuanto más nos acostemos, más probabilidades hay de que me enganche y, aunque a ti también te pasará, nunca llegarás al mismo nivel que yo. Así que créeme cuando te digo que todo esto es una muy mala idea. Vamos a pensar que esta ha sido una velada maravillosa… Dios, más que maravillosa. Pero ahora pasemos página".

Ella apretó la boca en una línea recta.

"Si eso es lo que necesitas…"

"Si". Me abracé a mi misma, avergonzada por mi estallido. "También necesito una ducha. ¿Te importa?"

"Para nada. Ahí dentro". Gesticuló señalando el cuarto de baño. "Te traeré una toalla".

Estaba distante y yo me arrepentí de haberle empujado a esa actitud. Ya echaba de menos su calor.

En el baño, deje mi ropa sobre la encimera de granito negro y evité mirar al espejo, pues no me iba a gustar cuando viera quien me devolvía la mirada. Abrí el grifo del agua caliente de la ducha; esperaba que el calor aliviara el frío que se había instalado en mí y fuera subiendo bajo el fuerte chorro.

Allí dentro, sola, abrazada por agua y el vapor, las lágrimas salieron sin control. Lloré en silencio, rindiéndome a la misma soledad vacía a la que ya me había acostumbrado antes de que Regina llegara para enseñarme algo nuevo.

Sumida en la autocompasión, no la oí llegar al baño con las toallas. Abrió la puerta de la ducha y entró conmigo. En lugar de reprocharle la falta de respeto hacia mis deseos de apartarme de ella, me abandoné y apreté mi boca a la suya.

Ella respondió besándome con una suave agresividad. Cuando me aparté para tomar aire, cogió el envase de gel y se vació un poco en la mano. A continuación, empezó a enjabonarme. Se tomó su tiempo, pasando sus jabonosas manos por cada centímetro de mi cuerpo. Se detuvo más tiempo en mis pechos, apretándolos y acariciándolos, dándome pequeñas sacudidas en los pezones con los pulgares. Yo no hice más que suspirar de placer.

Cuando lavó bien la parte superior mi cuerpo, se arrodilló para lavar mis piernas, empezando por mis pies y subiendo por mis largas extremidades, tocando el punto sensible detrás de mis rodillas. Ella sonrió encantadoramente, avanzando con tanta lentitud y sensualidad que yo amenazaba con caerme allí mismo. Y, cuando sus dedos se deslizaron por los pliegues imposiblemente más húmedos, yo estaba a punto de suplicarle, aunque no sabía qué. Sentí el fantasma de un dedo pasar mi clítoris y solté un gemido.

"Regina…" Suspiré con los labios apretados y mi coño contraído por la excitación.

Ella respondió empotrándonos contra la pared de cerámica con las piernas enredadas, y empezamos a molernos deliciosamente una contra la otra. Y con su boca pegada a mi cuello y suspirando ruidosamente contra mí, me permití creer que podríamos estar juntas así, del modo que ella quería, sin llegar a obsesionarme; aunque también temía ya estar obsesionada.