Undisclosed desires

Emma se había quedado dormida casi inmediatamente esa noche. Regina seguía pensando y pensando, se hacía mil y una preguntas. Pensaba en ese beso, en ese beso robado. El momento había sido intenso, Regina sabía en lo más profundo de su interior que había ido demasiado lejos. Había pasado su lengua por su cuello. Su lengua. Era justo que Emma le devolviera lo mismo a través de un beso. Le había gustado, no podía negarlo. Pero, ¿estaba bien? No. Definitivamente no. Es mi alumna. Mi alumna. Nunca me había pasado esto, en ocho años, jamás. Y aún menos con UNA alumna. Pero qué hermosa es. Siempre que pasa por delante de mí, debo hacer un esfuerzo para no devorarla con los ojos. Tengo tantas ganas de estar a su lado…Es como si lo necesitara…

«Me haces realmente perder la cabeza, Emma Swan» murmuró en medio de la noche.

Anidada en el cuello de Emma, sus cabellos rubios cosquilleándole la piel, y era como si recibiera micro descargas eléctricas. La escuchaba respirar, lentamente, era calmante.

Regina sabía que estaba mal. Estaba durmiendo con una alumna. Y le gustaba. Sabía que se estaba exponiendo a muchos problemas, con Emma estaba en peligro, pero paradójicamente se sentía bien. Y poca gente le provocaba ese tipo de sentimiento. Con Emma, eran dos.

La noche dio paso al día, demasiado rápido para la morena, que entonces decidió levantarse, aunque había dormido poco. Procuró no despertar a Emma, después de todo, ella necesitaba descansar. Estaba preparando una cafetera en la cocina cuando tocaron a la puerta. El corazón de Regina se aceleró. ¿Quién podía venir a tocar en su casa un domingo a las ocho y media de la mañana? Abrió la puerta temblando ligeramente

«¡Hola, Regina!»

«¿Mary Margaret? Pero, ¿qué haces aquí?»

Mary Margaret la abrazó y Regina la hizo entrar.

«¡Me he dicho que estarías sola, así que he venido a traerte el desayuno!»

En otro momento, Regina se habría sentido encantada de la delicada atención de su amiga, pero esa mañana era diferente a las demás.

Mary Margaret se sentó en uno de los grandes taburetes de la cocina y dejó la bolsa de papel, que contenía dos cafés y croissants. Regina se sentó con ella.

«Entonces, ¿qué hiciste anoche?» preguntó Mary Margaret «Por tu cara, diría que saliste…»

Regina cogió uno de los cafés de la bolsa, después respondió

«¿Yo? Oh, yo…» Bajo la mirada algo penetrante de la morena, Regina se vio obligada a decirle la verdad «Sí. Salí»

Una sonrisa iluminó el rostro de Mary Margaret.

«¿Y has encontrado a alguien interesante?»

«Sabes bien que con Robin es demasiado complicado para pensar en eso…todavía estoy con él, te recuerdo»

«De momento»

Se escucharon ruidos en la planta de arriba, y Mary Margaret miró el techo con el ceño fruncido.

«No sabía que hoy lo tendrías…»

«No» cortó Regina «Lo tendré a partir de mañana»

«Entonces, ¿qué…? No, espera. ¿Te has traído a alguien?» Su voz se hizo un poco más baja, pero mucho más apremiante «¿Realmente te has traído a alguien?»

«Sí, pero…»

Pero la pequeña enfermera ya no la escuchaba.

«¿Y cómo es? ¿Es guapo al menos? ¿Has pasado una noche tórrida?»

«¡Mary Margaret, cálmate!» exclamó Regina «¡No es en absoluto lo que piensas!»

Regina habría querido que su amiga dejara de interrogarla, estaba entrando en terreno resbaladizo, y podría llegar a ponerse peligroso.

«Muy bien, muy bien, no quieres decir nada, muy bien…comprendo»

Mary Margaret puso una expresión de desilusión y puso morros. Entonces, miró a su alrededor, y sus ojos se posaron en la chaqueta roja de cuero, colgada en una de las sillas. Después su mirada se desvió hacia Regina y pasó de nuevo alternativamente ente las dos.

«¡Qué raro!, tengo la impresión de haber visto ya esa chaqueta en algún lado…»

Se quedó un instante pensativa, como intentara buscar en sus recuerdos, mientras que el corazón de Regina se dejaba arrastrar por el miedo.

«¿Tú crees?»

«Sí…Bueno, voy a dejarte en encantadora compañía…¡Más tarde me cuentas todo!» Le hizo un guiño y desapareció tan rápido como había llegado, y Regina se sintió aliviada.

En ese instante Emma hizo su aparición a los pies de las escaleras, vestida con su pantalón de pijama, una pequeña sonrisa tímida en sus labios, sus cabellos rubíos aún en desorden por la almohada.

Regina se giró, y le sonrió a su vez. Era extraño ver a su alumna en esa situación, pero por otro lado, era como si siempre hubiera sido así, como si dormir en su casa fuera una costumbre. Todo le parecía tan natural, tan normal, muy reconfortante.

«¿Has dormido bien?» le preguntó

«Como un lirón» respondió Emma bostezando

«Muy bien. ¿Quieres tomar algo? Hay café, me lo han traído»

«Sí, lo sé, he escuchado a la señora Blanchard…»

Emma se sentó en la silla donde su chaqueta se había quedado colgada, después tomó la taza que Regina le tendió. Esta se sentó a su lado.

«¿Te sientes mejor?»

«Creo que sí…» dijo Emma mirando su café «Quiero excusarme otra vez, por lo de anoche. Se me…se me cruzaron los cables…»

Regina miró a Emma, intentado captar su mirada, pero Emma mantenía la vista fija en su café.

«No pasa nada, de verdad. Soy yo la que…comenzó todo. Así que si hay que buscar una culpable por lo que pasó anoche, soy yo a la que hay que echarle la culpa. No a ti»

Emma giró repentinamente su rostro hacia Regina

«Espere…» murmuró ella, sospechosa «¿Desde cuándo me tutea? ¿Me he perdido algo durante la noche?»

«Oh…euh…» Regina ni siquiera se había dado cuenta de esa proximidad verbal «Lo siento, yo…en fin, si la molesta, yo puedo…»

«No…Hágalo, me gusta» Y fue el turno de Regina de sonreír tímidamente «Con una única condición» continuó Emma

«¿Cuál?»

«Se supone que somos amigas, ¿verdad? Es lo que dijimos anoche, ¿verdad?» Regina asintió con la cabeza «Entonces…déjeme hacer lo mismo. Creo que voy a morir si todavía tengo que llamarla señora Mills cuando estamos la dos solas, como si fuera una solterona burguesa y amargada»

«¡Pero soy una burguesa y amargada!» Emma reía mientras Regina parecía reflexionar sobre la cuestión durante unos instantes, después prosiguió «Tutearme…¿Por qué no?...Después de todo, más o menos distancia ahora, ¿qué cambiaría?...» Emma exhibió una enorme sonrisa, que hizo aparecer todos sus dientes «Pero solo cuando estemos solas…¿De acuerdo?»

Emma asintió enérgicamente, y se acabó su café de un golpe.

«Entonces…¿puedo usar… TU ducha?»

Regina dejó escapar una ligera sonrisa. Emma era realmente encantadora.

«Sí, Tú puedes usarla. Hay toallas en el segundo cajón de la cómoda»

«Estupendo. Gracias Regina»

«Podría llevarte a casa después, si quieres. A menos que…» su voz se estranguló en el fondo de su garganta «A menos que quieras quedarte»

«Me encantaría, de verdad. Pero tengo muchos deberes y…»

«Entonces te llevo. Tus deberes son antes que yo»

«Muy bien. Voy a…ducharme»


En el cuarto de baño, Emma abrió y dejó correr el agua caliente, mientras se desvestía rápidamente. El agua caliente le hizo bien. Después cogió el gel que estaba en una pequeña balda en una esquina de la ducha. Lo olió, y su corazón de repente se inflamó. Olía a manzana. Olía a Regina. Y tendría ese olor durante todo el día. Era euforizante. Se quedó un rato bajo la ducha, disfrutando del delicado perfume. Mientras se vestía, divisó un pequeño frasco de perfume, también de manzana. Debía ser su perfume. Dejó libre sus muñecas y se echó algunas gotas. Su corazón vibró de nuevo. Estaba totalmente loca por ese aroma, y pensándolo bien, también lo estaba por la que habitualmente lo llevaba.

Regina la condujo a su casa una hora más tarde. La rubia habría adorado pasar más tiempo con la morena, cosa compartida por esta. Lo que se tradujo en que en mitad de la tarde, el ligero ruido reconocible de la mensajería instantánea resonara por los altavoces de su ordenador. Emma se acercó entonces a su pantalla.

RMills: Ya te he hecho de manos :(

La rubia sonrió

EmSwan: Yo también…

RMills: Estar contigo es mágico, pero después…

El corazón de Emma se saltó un latido. ¡Regina encontraba su presencia mágica! ¡Definitivamente, sería un bello día!

EmSwan: Comprendo. A pesar de todo ha sido un buen fin de semana, y lo único que lo ha estropeado realmente es el haber tenido que dejarte

RMills: «3

EmSwan: «3

Emma iba a volver a sus deberes de matemáticas, cuando un nuevo mensaje apareció

RMills: Ven a verme mañana, tengo algo para ti…

EmSwan: ¿Puedo saber qué es?

RMills: No, no, señorita Swan, es una sorpresa ;) Es pequeño, pero no puede darse en público…

EmSwan: Mejor, me gusta mucho eso…

RMills: Entonces, ¿cita en la 131 mañana durante la pausa?

EmSwan: ¡Trato hecho! :D

RMills: Ahora te voy a dejar trabajar. Hasta mañana, preciosa «3

EmSwan: Hasta mañana SEÑORA Mills :D

El corazón de Emma palpitaba como nunca. Una ola de calor se apoderó de ella, hasta tal punto que su cabeza comenzaba a dar vueltas.

El día siguiente llegó rápido, felizmente. Pero las dos primeras horas de clase le parecieron bien largas, teniendo en cuenta la excitación que le asaltaba el vientre, y su dolor de cabeza, que estaba presente desde el día anterior. Regina tenía que darle algo, y se había pasado la noche y esas últimas horas preguntándose lo que sería. Había visualizado en su cabeza a una Regina con las mejillas sonrosadas por la timidez que quedaba en ella cada vez que se veían, depositándole un dulce beso en sus labios y murmurándole «Este es mi regalo» Sin embargo, sabía muy en el fondo que Regina nunca haría una cosa parecida. Porque no era soltera. Porque estaban en el instituto. Porque quizás no la quería hasta ese extremo.

Sus pasos la llevaron a la 131. La puerta estaba abierta y los alumnos salían justo en ese momento. Emma observaba a Regina y se daba cuenta de lo diferente que se comportaba con ella.

«No olvidéis, quiero vuestras redacciones sobre mi mesa antes del viernes, si no, se va a armar, ¡ya me conocéis!»

Había reobrado su habitual tono frío y su máscara de profesora demasiado autoritaria había vuelto a su rostro. Pero este se iluminó de repente cuando vio a Emma, y le dedicó su más bella sonrisa.

«¡Vaya! ¡Buenos días señorita!»

«¡Buenos días, señora Mills!» contestó ella

Emma se había quedado en la puerta, y Regina se acercó a ella.

«Lo siento, no tengo demasiado tiempo para charlar» le dijo en voz baja.

Emma sabía que no pasaría nada, pero no podía evitar sentirse decepcionada.

«Ok, euh, ok, ningún problema…»

«Pero tengo algo para usted» añadió la morena sacando una pequeña bolsa de papel de su propio bolso.

Se la tendió a Emma, que la tomó, rozando con sus dedos la mano de Regina. Emma la vio estremecerse ante ese breve contacto.

«Gracias» murmuró Emma.

Se inclinó para besarla en la mejilla, pero Emma la detuvo poniendo su mano en su hombro.

«Aquí no, señorita Swan…» sin embargo le dio una sonrisa de consuelo «Me tengo que ir. Guárdelo en su bolso» le indicó posando su mirada en el regalo «Tendrá tiempo de ver lo que es más tarde»

«De acuerdo. Ya le diré si me gusta»

«Cuento con ello» le hizo un guiño y cerró la puerta de la clase con llave «Hasta más tarde Emma»

«Hasta más tarde…»

Y Emma se dio la vuelta.


Era casi la una cuando Mary Margaret escuchó tocar a la puerta de la enfermería. No había tenido a nadie en toda la mañana, y empezaba a aburrirse, creyendo que nadie quería caer malo ese día. Así que abrió la puerta, con expresión vivaracha, y vio a Emma Swan, aún más blanca de lo normal, frente a ella.

«¿Emma? ¿Estás bien?»

«¿Tendría algo para el dolor de cabeza?»

«Sí, por supuesto, entra»

Mary Margaret la hizo sentarse en una de las sillas de delante de su mesa, y sacó una tableta de pastillas de uno de los muchos cajones que había en la gran sala blanca. Le dio un vaso de agua a Emma, así como la pastilla.

«Toma, esto debería aliviarte»

«Gracias…»

Y Emma se tragó la pastilla rápidamente.

«¿Desde cuándo te duele la cabeza, Emma?»

«Creo que desde ayer por la tarde» respondió la rubia

«¿Y no se ha ido desde entonces?»

«No…»

«La pastilla debería hacer efecto rápidamente. Mientras puedes descasar aquí, hay camas al lado…»

«No, gracias, tengo un control, y no me puedo permitir faltar»

«Quédate al menos hasta que suene, no se te molestará»

«De acuerdo, gracias»

«¿Has comido?»

«No mucho, no me entraba»

Mary Margaret rebuscó en la pequeña nevera al lado del armario, y sacó un sándwich.

«Toma. Intenta comer esto al menos, te hará bien»

Emma la miró con expresión interrogativa.

«Todos los días cojo uno de la nevera, por si las moscas. Está muy bueno»

Emma lo miró y comenzó a comerlo con prudencia.

Mientras comía, Mary Margaret la examino, para ver si recobraba el color. Después, rápidamente como un deslumbramiento en plena cara, se dio cuenta de la ropa de Emma. Y sobre todo de su chaqueta de cuero roja. Era exactamente la misma que había visto en casa de Regina. Entonces durante todo ese tiempo había tenido razón. Algo se cocía entre las dos, quizás ni ellas mismas eran conscientes, pero era evidente. Lo había sentido en cuanto las había visto a las dos el día del baile. Se podía ver rápidamente la química entre dos personas, y la de ellas eran tan visible que habría podido verse un halo alrededor de ellas. Ella no había dicho nada, pero de todas maneras había intentado ponerle a Regina la mosca detrás de la oreja en Halloween, susurrándole que disfrutara de la velada. Incluso David se había dado cuenta de que desde hacía algún tiempo, Regina parecía menos sombría, menos sería, más feliz. Emma, entonces, había pasado la noche en casa de Regina. ¿Sería su historia tan seria hasta ese punto?

«¿Emma?»

«¿Hmm?»

«Te voy a hacer una pregunta, y me gustaría que me respondieras lo más sinceramente posible. Debes saber que no voy a juzgarte, ni a darte un sermón. ¿De acuerdo?»

Emma la miró, bastante inquieta, triturando el paquete del sándwich, pero aun así asintió

«¿Qué pasa entre tú y…Regina?»

Emma casi se ahogó con el trozo de sándwich, a continuación, tras un gran vaso de agua, consiguió articular con voz débil.

«¿Qué? ¿Entre la señora Mills y…yo? Nada…»

«No me mientas, por favor» dijo calmadamente Mary Margaret «Vi tu chaqueta ayer por la mañana en su casa»

«Ah…»

«Te prometo que no hablaré con la dirección, pero si habéis hecho algo reprensible este fin de semana…»

«¡No! ¡No!» replicó Emma «Le juro que no hemos hecho nada…malo»

«¿Pasaste la noche en su casa?»

«Sí. Pero yo…nosotras…solo dormimos. Nunca hemos hecho otra cosa»

«¿Era la primera vez?»

«Sí»

«Ya veo» Dejó pasar un momento, después añadió «Entonces, ¿qué sois?»

«Yo…no lo sé. Solo somos…amigas, creo. ¿Es eso tan malo?»

«Mi conciencia profesional me sopla en la oreja que no es terrible, en efecto. Si por casualidad os hubieran visto…» Emma tragó saliva «Pero mi cariño hacia Regina…me dice que es algo bueno para ella»

«Entonces, ¿cuál es su veredicto? ¿Tengo que dejar de verla?»

«Me llevaré la bronca por haber dicho esto un día si todo sale mal, pero…Regina parece estar bien cuando está contigo. Y creo que cuando algo nos hace estar bien, profundamente, no se debería obligar a dejarlo, no importa las miradas de los otros. Pero todo depende de ti, Emma»

«¿De mí? ¿Por qué?»

«He visto cómo la miras. Y no sé para ti, pero yo nunca he mirado a un amigo de la manera en que tú miras a Regina. Al único que he mirado así es a David»

De repente Emma fijó su mirada en sus zapatos, las mejillas rojas.

Al menos, recobra el color.

«¿Se nota tanto?»

Mary Margaret le dedicó una sonrisa compasiva.

«Entonces…¿sientes algo por ella?»

Emma elevó la cabeza hacia la morena

«Yo…no lo sé. Creo que sí. El corazón me late tan fuerte cuando estoy con ella que a veces…a veces no consigo pensar con claridad»

Mary Margaret posó una mano tranquilizadora sobre la de Emma

«¿Sabes?...No querría darte falsas esperanzas, pero…no creo que Regina haya dejado dormir a muchos alumnos en su casa. Y además, dada la manera en que a veces te devora con los ojos, creo que…deberías hablarle de ello. Solo te hará bien. Así, si ella no siente nada por ti, todo se aclarará, y podrás seguir adelante permaneciendo como amigas, si es lo que tú deseas ser, por supuesto»

«¿Y si…» murmuró tímidamente Emma «…y si es un sí? Si ella, en fin…si siente algo, ¿qué pasará?»

«Entonces tendréis que ser pacientes, Regina y tú. Sobre todo tú. Es el único consejo que puedo darte»

El timbre comenzó a tocar en algún lugar del instituto.

«¿Te sientes mejor?» preguntó la morena

«Sí, mejor» respondió Emma levantándose «Gracias por la pastilla. Y por…por todo»

«Es normal. Y si alguna vez necesitas a alguien con quien hablar, estoy aquí. Puedes confiar en mí»

«Gracias»

Emma le sonrió y salió de la enfermería.

Ahora tengo que hablar con mi querida Regina


Al volver a casa, por la tarde, Emma saco sus cuadernos de su mochila, y una pequeña bolsa de papel se deslizó. ¡El regalo! Con su dolor de cabeza, se había olvidado. Su corazón comenzó a desbocarse de nuevo, definitivamente, incluso cuando Regina no estaba ahí, el dichoso órgano hacía de las suyas. Febrilmente, abrió la bolsa, y dos vio pequeños paquetes. Uno era minúsculo, recubierto de papel rosado. El otro era un poco más grande, rectangular. Abrió el más pequeño. Desenvolvió cuidadosamente el papel, no quería romperlo. Una pulsera cayó en sus manos. Una fina cadena de plata, a la que estaba engarzado un pequeño colgante redondo, de extraño diseño, estriado, con una pequeña piedra negra en medio de la joya. Una pequeña nota estaba escondida en el papel «Para alegrar la fina muñeca de Ricitos de Oro» A Emma le dolían las mejillas de tanto sonreír. Se la colocó corriendo en su muñeca y le encantó cómo quedaba. Era magnifica. Abrió rápidamente el segundo paquete. Era más pesado que el otro. Parecía un frasco de perfume. Emma sospechaba lo que era. Entonces lo abrió y descubrió, bajo el frasco, una corta frase escrita con tinta plateada «Utilícese con moderación «3» Sacó el perfume de la caja, y se echó una gota. Era el de Regina.

Un repentino calor se apoderó de repente de ella. Agradecía tener a esa mujer tan especial en su vida, que sabía exactamente lo que le gustaba, y que estaba llena de atenciones hacia ella. Todo volvía a su cabeza, flashes, imágenes, todo desfilaba a una rapidez asombrosa. Regina que la mira fríamente, Regina que la saca del baile, Regina que le envía el primer mensaje, Regina que le dibuja ese corazón sobre la mano, Regina que tiene miedo, Regina que la toma en sus brazos, Regina que apoya sus labios en su mejilla, Regina…

Regina estaría sola esa tarde, Robin aún no había vuelto. Tenía que ir a verla, decírselo. Era ahora, ahora o nunca.

Sin pensarlo un minuto más, bajó volando las escaleras.

«Emma…¿dónde vas?» preguntó Marco, que sacaba algo del horno

«Tengo que salir…a comprobar una cosa»

«Pero la cena está lista…»

«No tardaré mucho, prometido»

Montó en su bicicleta que saco del garaje, y pedaleó en dirección hacia la mansión. De camino, un montón de frases le vinieron a aleatoriamente a la cabeza. Solo esperaba poder expresarse correctamente cuando estuviera delante de la morena.

Estaré aquí por ti, Regina, siempre estaré aquí. Si un día sufres, si un día te sientes mal, estaré aquí. Sé que has tenido que haberlo pasado mal, pero mis brazos estarán siempre aquí, para ti, si un día hay una tormenta, si un día tienes miedo, estaré aquí. Porque mereces que se ocupen de ti, que se ocupen de verdad de ti. Mírate, eres tan bella…Mereces todo lo mejor. Porque cuando te miro, me digo que tu compañero es un imbécil. Porque eres hermosa todo el tiempo. Porque eres divertida, inteligente. No es una máscara, eres verdaderamente tú, es lo que realmente eres. Me gusta cuando mi mano estrecha la tuya. Me gusta estremecerse cuando me rozas. Y el beso de la otra noche, fue queriendo, lo adoré, lo lamenté, pero se acabó, ya no lo lamento. Y si te digo todo esto es porque…porque yo…

Con el corazón latiendo con esa esperanza que en ese momento le parecía invencible, dejó caer su bicicleta ante el portón y lo traspaso corriendo. Nada podría detenerla. Era ese día, ese día o nunca. Su dedo tocó el timbre con cierta familiaridad. Esperó un momento, después ruidos de pasos. Sonreía, tenía calor, estaba ansiosa, su corazón resonaba hasta en su cabeza, que de nuevo bullía. Pero ya no le dolía, porque era ahora, ahora o nunca.

La puerta finalmente se abrió, y Emma comenzó a hablar, sin darse cuenta de nada.

Era ahora

«Regina, tengo que decirte que…»

Pero se interrumpió. No había nadie delante de ella. Entonces bajó la mirada. Un pequeño muchacho de ojos marrones, que debía tener unos cinco años, estaba de pie en el umbral de la puerta.

«¿Es a mama a quien vienes a ver?

O nunca


¡Tachan!. Cubo de agua fría para la rubia. Se acerca el drama.