¡Cuántos cambios en ffpuntonet! Encima me enteré que ya empezaron con la caza de brujas.

En fin, a lo que venía: muchas gracias por sus comentarios en el capítulo anterior. Si mi computadora es buenita y me deja, me siento a contestarles, y si no, lo haré mañana. Pero el punto es que ¡gracias!

Ah, por cierto, modifiqué el capítulo 9 (nada en especial, la trama sigue igual) porque la verdad es que estaba del asco XD ¡Jajaja! No me había dado cuenta de que estaba TAN mal.


Capítulo 10


Una vez frente a la caja, esta no les decía nada. Estaba cerrada e iba dirigida a Tsunayoshi Sawada. Nada más, fin del enigma. Por ese motivo Tsuna dio un paso al frente.

—La abriré.

—No —Hayato lo tomó de la mano, entrelazándole los dedos, pero soltándolo de inmediato ante la incomodidad de ambos—, p-puede ser peligroso.

—¿Entonces?

—La dejaremos en el patio. Por las dudas… después vemos que… —de golpe silenció para acercar, cual loco, la cara a la caja.

—Ok, ya me está entrando miedo —para él ya no era una "simple" caja, era la de Pandora—Salgamos —instó tomándolo ahora él del brazo para arrastrarlo hasta afuera.

Y aunque se cobijaron bajo el alero de la casa, los segundos pasaban sin que nada explotase. Empezaron a sentirse un poco idiotas, al punto que Tsuna carcajeó bajito y Gokudera lo siguió. Sin embargo, para él, era mejor ser precavidos.

—¿Qué oíste?

Gokudera no sabía cómo explicarlo.

—Más bien "olí" —respondió, para después aclarar—, el olor a pólvora es muy característico.

—Quizás tiene armas que Reborn encargó.

—Quizás —reconoció—, pero también me pareció oír un "tic tac" muy particular. De chico aprendí a hacer bombas y…

Tsuna frunció el ceño en un gesto de horror, ¿qué clase de infancia traumática había tenido su guardián? En la mayoría de los países -incluyendo del que era oriundo Gokudera- esa clase de actividades estaban penadas por la ley.

—¿Qué hacemos, ahora? —preguntó Tsuna retóricamente.

Le daba miedo volver a la casa, pero tampoco podía estar todo el día en el frente esperando a que explotase algo que quizás no estaba ahí para explotar.

—Pues… si quiere podemos ir a mi departamento —propuso, con algo de decoro—, digo… su madre va a tardar en regresar —recordaba que había invitado a los niños a comer y al cine—, si Reborn llega, él sabrá qué hacer —alzó los hombros, percatándose de que su propuesta había colocado en una dicotomía difícil de sobrellevar a su querido décimo.

—No me parece mala idea.

Mintió, porque era una pésima idea. No sabía de lo que serían capaz de hacer estando a solas, y no es que desconfiara de su guardián, justamente de este podía poner las manos en el fuego de que no se atrevería a hacerle nada que lo lastimase o injuriase gravemente, el asunto es que él mismo no sabía de lo que era capaz de hacer con su guardián. Las hormonas gobernaban a su edad, por mucho que le pesase.

—Espere aquí, iré a buscarle las zapatillas —sin darle tiempo a nada, Gokudera volvió a la casa y al minuto regresó con el mentado calzado, incluyendo una ligera campera, prenda que anunciaba el fin de la estación. Los primero vientos otoñales comenzaban a sentirse, pero era solo un ligero cambio, apenas perceptible en la piel.

De camino al departamento ninguno de los dos abrió la boca, Tsuna se limitó a murmurar algo sobre el desayuno lo que le dio pie a Gokudera de lamentarse por desperdiciar así el que les había preparado Nana con el esmero de siempre; pero no fueron más lejos que esa conversación trivial.

Al abrir la puerta de su departamento, Gokudera llegó a una interna y férrea decisión de quebrar esa dolorosa barrera que ellos mismos, fuera por inexperiencia, vergüenza o nerviosismo, se imponían.

Tsuna vio sobre la cama la maleta a medio desarmar y una caja de chocolates que llamó su atención, tal vez porque el envoltorio era muy llamativo con ese color azul eléctrico. Hayato se acercó a ella y la tomó.

—No quería dársela delante de los chicos, o iban a comérselo todo.

—Lambo se va a enojar —dijo con alegría al darse cuenta de que era para él.

—Compré más, pero no de este chocolate.

Tsuna miró la caja, no tenía idea sobre marcas de chocolates, pero suponía que debían ser caros, finos y especiales -muy especiales- para que Gokudera los recelase tanto.

—Qué lindo gesto, pensaste en Lambo, I-Pin y en Fuuta —comentó al ver otras cajas asomando por la maleta.

Gokudera hizo un gesto raro con la boca y perdió la mirada, asqueado por la mera suposición de su jefe, pero vaya que tenía razón. Intentó decir algo que no fuera en contra de la imagen que con tanto ahínco se había creado -el de chico duro-, pero sabía que el décimo lo conocía mejor que nadie.

—Es que se iban a poner pesados si nos les traía nada, por eso —alzó los hombros—; además no me costaba nada, ya estaba en el local comprando para usted y pensé en que acabarían por comerse los que les iba a traer y...

Fue perdiendo la voz, y el interés en la excusa, a medida que Tsuna mismo parecía desinteresado en la plática. Miró hacia sus costados, gesto muy habitual en él. Al menos las pocas veces en las que fue a visitarlo había sido así: Solía entrar al departamento e investigar todo con la mirada, cada rincón; como si buscara conocer a Gokudera a través de sus cosas, de sus gustos. De lo que los posters, libros y adornos decían de él.

—Bueno… —murmuró sin un fin concreto.

—El desayuno —recordó Hayato yendo hasta la heladera, mientras su jefe dejaba la caja sobre la mesa y tomaba asiento, para de inmediato ponerse de pie.

—Te ayudo —se ofreció.

Pero Hayato había dejado de lado un gran detalle: que durante su ausencia, Bianchi no había llenado la alacena de comida. A duras penas tenía un paquete de galletas en la maleta y, por supuesto, chocolates.

—Será muy nutritivo el desayuno —bromeó el italiano—. Si quiere puedo ir a comprar algo…

—No —negó, incluso con la cabeza—, con las galletas está bien, además… no quiero que te vayas —confesó, bajando la vista al suelo como si decir aquello fuera algo prohibido o indecente.

Pero a Gokudera, esa inusitada frase, le hizo sonreír como en el pasado. Miró a su jefe con cariño, preguntándose si sería prudente hacer ese trascendental avance en un momento tan tenso.

Por su lado, Tsuna parecía sospechar que la tormenta se avecinaba de nuevo, esa la lucha de leviatanes en su interior; así que se puso de frente a la mesada para prestar atención a la preparación del café, aparentando así que no estaba atento a los pasos de su guardián.

Gokudera suspiró imperceptiblemente y dio la vuelta para ir en busca de las galletas. Fue en ese punto que Tsuna se dijo, con fingido alivio, que la vibración del momento había pasado. Ya no corría peligro alguno; pero Hayato dejó las galletas sobre la mesa y avanzó con la decisión paradójicamente flaqueando. Tsuna apenas tuvo tiempo de asimilar lo que iba a pasar, sintió la mano de su guardián sobre el hombro, el ligero empuje que le instaba a dar la vuelta -y no, no quería, ¡Dios, no!- y, de golpe, sin previo aviso, los labios de Gokudera sobre los suyos.

Con los ojos bien abiertos se dejó abrazar, hasta que logró entrar en sí y corresponder lentamente el gesto. Se había sorprendido, por irónico y redundante que suene, de justamente haberse sorprendido.

Supo que en algún momento eso iba a ocurrir, pero mientras estaba pasando no caía en la cuenta de que, finalmente, Hayato lo estaba besando. Era irreal, y se preguntaba tontamente si no era imaginación suya. Tal vez era un sueño, uno de esos que en los últimos días acostumbraba padecer.

Fue un tira y afloje para ver quién de los dos tenía más coraje para dar ese elemental y previsible paso. Y no fue nada fácil para Gokudera tomar la iniciativa, porque respetaba a Tsuna al borde de la religiosidad absurda -todavía y pese a todo-, sin embargo había hecho todos esos kilómetros de regreso con la idea fija de no permitir que todo quedase así, en la mafia, en un simple y ficticio statu quo.

Se animó a ser osado, a dejar de lado rangos y obligaciones para tomarse la libertad de profanar la boca del muchacho que tanto admiraba y servía. Le mordió los labios y no le pidió un solemne permiso para irrumpir con la humedad de su lengua, profanándolo. Porque blasfemar de esa manera era genial.

Tsuna no era un santo, ciertamente, pero podía darle la razón en que todavía no había sido debidamente profanado, y eso era algo que pensaba cambiar en la brevedad porque era un desatino seguir en ese estado beatífico teniendo a un guardián tan devoto y fiel dispuesto a pecar con él.

Eso había analizado en los escasos segundos de turbación; que por muy mal que viese sus propios actos no podía eludir sus propias emociones. Y eso que estaba tan mal, se tornaba irremediablemente en algo bueno, o casi celestial… porque si es amor ha de estar bien y ser correcto, ¿verdad? Y aunque no lo fuera, es decir: aunque no fuera en verdad algo bueno, no le importaba.

Dejó que Gokudera lo abrazara por la cintura e, incluso, que colara tímidamente las manos por debajo de la camisa que llevaba puesta; pero en un determinado momento, que a Tsuna le supo cruelmente largo, Hayato lo dejó desatendido y desesperado, para recurrir a lo único que tenía para controlar sus pulsaciones: el cuidado que le prodigaba al décimo.

—Deberíamos desayunar, ¿no?

Al demonio con el desayuno, pensó Tsuna, quería que lo besara de nuevo; pero, contradiciendo sus deseos, Tsuna asintió con una ligera sonrisa de complicidad, para después sentarse a la mesa. Y la invisible barrera que los distanciaba parecía disolverse lentamente luego del acto valeroso del guardián.

—Dime, ¿qué aprendiste en Italia? —recordaba que había ido con el fin de convertirse en una mejor mano derecha, así que quería saber cuál había sido el progreso en cuestión; y más le valía que hubiera uno, porque no quería enterarse de que había sufrido como un mendigo por nada.

Gokudera negó con la cabeza e hizo una media mueca de disconformidad con la boca. Dejó las tazas sobre la mesa y se sentó frente a su jefe para tratar de responder la pregunta en un lenguaje claro, no porque Tsuna fuera tonto y no lo entendiese -ni tampoco porque Gokudera hablase en latín de Cicerón o en arameo antiguo-, pero es que ni él tenía muy en claro cómo expresarse.

—Aprendí mucho de albañilería —resumió, haciéndole reír a Tsuna por tanta seriedad aunada a una frase que no esperaba. Y lo había dicho con tanta seriedad, que no daba pie a pensar que era una broma, al contrario pues parecía estar hablando muy en serio.

—Imagino —se compadeció—. Pero… más allá de reparar los destrozos que debiste haber hecho, ¿qué te hacían hacer?

—Más que nada, papelerío. Tuve que aprender mucho sobre administración de empresas porque la mafia, aunque no lo parezca, es una gran empresa lucrativa. La venta de armas y… —silenció de golpe, agitando una mano—, no quiero aburrirlo.

—Pero, si te pregunto es porque quiero saber —lo reprendió suavemente, mientras arrasaban con lo poco que tenían para desayunar.

De esa manera Gokudera comenzó a relatarle las tareas que le eran encomendadas y que tenían que ver con los negocios que manejaba la mafia; desde la venta de armas, drogas (legales e ilegales), juegos, casinos… la lista era interminable porque, como se decía en el círculo, la mafia es como el amor: está en todos lados.

Obviamente que uno tomaba partido de acuerdo a sus principios. El Noveno era un hombre muy justo, y si bien era tan criminal como cualquier mafioso, tenía y conservaba fuertes códigos morales. En pocas palabras, podía manejar una gran campaña en pos del lavado de dinero, pero no lucraba con drogas medicinales en sectores precarizados.

A ellos no les importaba lo que la gente hacía o dejaba de hacer, pero, por ejemplo, dejar sin insumos a una zona afectada por alguna catástrofe, con la irremediable consecuencia de cargar con la muerte de inocentes, era algo que la filosofía del noveno no contemplaba. Prefería perder millones, antes que jugar con la vida de la gente ajena al negocio, y eso era lo que lo diferenciaba de sus pares.

Desde ya que en la mafia nadie es un ángel, pero por supuesto que se podía tomar partido. De paso, vigilar los viejos preceptos de la primera generación y cuidar la armonía de Tri Ni Sette; como si fuera poco, ¿no?

Indefectible es que, más allá de todos los posibles actos "benevolentes" que podían hacer, de algo tenían que vivir. La fama y la fortuna no caía del cielo, literalmente era el Cielo el que debía velar por los intereses económicos de sus subalternos, y aún más por la integridad emocional y física de estos.

—Definitivamente, la mafia no es para mí —concluyó Tsuna.

—No diga eso, décimo. Usted será el mejor jefe que la familia Vongola habrá tenido en su historia —exageró, pero creyendo ciegamente en lo que decía; porque para él Tsuna había llegado a la Tierra con un destino, con la responsabilidad de cambiar los cimientos de la mafia desde adentro.

Tal como lo había afirmado el mismo Noveno. La familia Vongola se creó con un propósito que se fue desvirtuando y degenerando con el paso del tiempo, y especialmente con las siguientes generaciones. Tsuna parecía ser capaz de revertir eso: tantos años de sangre derramada en vano. Los pecados de la familia Vongola.

—Aprendí mucho de programas de computación. La mafia tiene un software propio, ¿puede creerlo?

—Sí, a esta altura de mi vida puedo creer en cualquier cosa —admitió sin tapujos—, desde unicornios rosas a pitufos azules.

Se produjo un breve silencio, breve porque apenas duró gracias a una sonrisa algo bribona por parte del guardián. Tsuna notó que estaba eligiendo las palabras a decir y que serían no menos que estimulantes para ambos.

—Entonces, ¿me cree si le digo que lo extrañé mucho?

Tsuna correspondió esa sonrisa picaresca, asintiendo con la cabeza y murmurando un vergonzoso "yo también", que le hizo sentir como una campesina virgen siendo cortejada por su Señor.

—Venga, le quiero mostrar algo —lo hizo ponerse de pie, lo tomó de la mano y lo arrastró hasta su cuarto.

El corazón de Tsuna volvía a latir rabioso, pero enseguida entendió el fin de su guardián cuando le soltó la mano para revisar la maleta. Debía alejar de su mente esa idea fija de que Gokudera quería aprovecharse de él. ¡Pero es que suponerlo era tan lindo!


Bueno, quien dice once, dice 22, ¿verdad? XD

Digo, ya sé que este fic, en teoría, terminaría en el siguiente, pero no pensé que la vida se me iba a complicar tanto en estas semanas D: así que… ni borracha son once capítulos en total ¡ja, ja, ja! (se ríe para no llorar).

No es que me falte mucho por contar, pero ya ven que no tengo tanto tiempo libre como antes para sentarme a escribir. Si los capítulos fueran más extensos, seguramente sí… con once me alcanzaba, pero si meto todo dentro de uno solo… no sé… tardaré un año a este paso de babosa en sal.

Les pido disculpa por esto. En general soy un desastre para calcular la extensión de mis fics (en otros fandoms, ya saben que cuando Dita dice "un número" puede ser mucho más XD), pero con este estaba segura, sin embargo al hacerlos más cortos por falta de tiempo, me veo en la necesidad de pasarme de esos once que prometí.

Tampoco es que serán veinte, ¡eh! No se asusten XD Me tomará, lo que me tenga que tomar. Usualmente soy de las que piensan una historia y la cuenta con calma, no me gusta ir a las apuradas (o sea da igual si ocupo once capítulos o cincuenta, ocuparé lo que me tome la historia).

En fin. Aquí lo dejo, nos vemos en el próximo :3 Muchas gracias por leer.

6 de junio de 2012

Merlo Sur, Buenos Aires, Argentina.