Arthur no pudo ir a visitar a Alfred al día siguiente. Se volcó rápidamente a sus viejos hábitos y pasó el día perdido en medio del trabajo; molesto, inquieto y preguntándose qué es lo que estaba haciendo al alejarse deliberadamente de Alfred. Deseaba que el ruido y el alboroto del bar llevara todo lejos de su mente. Nunca sucedió. Mientras una parte de él reconocía que estaba tratando de evitar la misma herida de su alma que hace poco había superado, sabía al mismo tiempo que todo lo que estaba haciendo lo hería aún más. Apenas durmió esa noche, sorprendido de lo mucho que extrañaba a Alfred luego de un solo día, y sintiéndose desesperadamente culpable por romper la promesa de la visita.

Despertó temprano a la mañana siguiente, determinado a visitar a Alfred antes de abrir el bar. Permanecía de pie justo frente a la puerta principal, observándola y tratando de reunir el coraje para atravesarla cuando esta se abrió de un portazo, lo que hizo que pagara un salto por la sorpresa. Luego ahogó un grito de asombro cuando Alfred atravesó el umbral y se plantó frente a él. Vestido una vez más con su uniforme y la chaqueta de bombardero, su birrete inclinado en su cabeza. Era como una aparición de uno de los frecuentes sueños de Arthur. Solo que llevaba lentes. Arthur lo miró, sorprendido. -¿Qué estás…? Pero… yo…- No tenía idea de que decir. -¡Creí que había cerrado esa puerta con seguro!

-¿Por qué no regresaste?- Arthur casi retrocede debido a la fiereza con que lo miraba Alfred.

-Alfred, solo fue un día, solo… solo estaba molesto porque el oficial dijo que…- Arthur pestañeó unas cuantas veces. -… te enviarían a casa.

-Arthur, es obvio que iba a regresar a América algún día. Debiste haberlo sabido.

El repentino dolor en el pecho de Arthur fue casi abrumador. Era obvio. Esto nunca había significado nada para Alfred. Siempre había planeado regresar a casa y abandonarlo. Casi podía sentir su corazón quebrándose. Pero se limitó a entrecerrar sus ojos y abrir su boca para responder enojado, para chillar y gritarle a Alfred que se marchara entonces, que regresara a América y que nunca volviera. Pero Alfred continuó antes de darle la oportunidad de escupir sus pensamientos.

-¿Pero acaso no prometí que siempre regresaría a ti?

Todo el dolor y la rabia repentinamente se desinflaron y Arthur se quedó quieto, sintiéndose confuso. -¿Perdón?

-Eres un chico malditamente sensible a veces, Arthur, de tanto que intentas actuar tan fuerte,- Alfred suspiró y sus ojos se suavizaron. –No es como que no lo entienda. Ayer esperé y esperé y cuando no apareciste, yo… yo pensé…- Alfred se quebró y miró al suelo pestañeando rápidamente. –Pensé que ya habías terminado conmigo.

Arthur resolló. Nunca había escuchado una idea más absurda. -¿Terminado contigo? ¿Cómo pudiste siquiera…?

-Siempre estabas tratando de irte. Y nunca querías tocarme. Y…

-Habían guardias fuera de tu cuarto veinticuatro horas al día, si no te tocaba era porque tenía miedo de levantar sospechas. Por supuesto que quería tocarte, ¡creí que lo había dejado perfectamente claro dentro de ese maldito armario el otro día! Estaba totalmente dolorido por no poder tocarte...

Y luego esto repentinamente pareció golpearlos a los dos de manera simultánea. ¿De qué demonios estaban hablando? ¿Por qué era importante? Estaban solos, sin doctores, sin enfermeras, sin guardias… Después de un segundo que parecía una hora, Arthur se lanzó desesperadamente sobre Alfred, quien lo agarró tan fuerte que casi lo levantó del suelo. Sus labios se encontraron casi violentamente, los dientes chocaron y Arthur dejo escapar un gemido debido al sentimiento de culminación y alivio. Esto no era un beso robado en el armario de un corredor. Esto era hasta la última gota de nostalgia y deseo que Arthur había mantenido por tanto servido de una sola vez. Era la culminación de todos esos mese de espera, temor y soledad. Esto era lo que había anhelado por tanto y con tantas ansias que se sentía como si fuera lo único que hubiera deseado en el mundo. Alfred en sus brazos, besándolo, deseándolo tanto como Arthur lo deseaba a él. Y no había nadie para detenerlos y nada que se interpusiera. Esto casi no podía ser real.

Alfred se separó solo lo suficiente para decir, -Estaba tan preocupado de que no regresaras.

Arthur sacudió su cabeza con incredulidad y empujó a Alfred para besarlo nuevamente. Luego de un momento, Alfred se apartó otra vez.

-Ahora que no soy un piloto…

Eso hizo a Arthur detenerse. Permaneció frente a Alfred, incapaz de creer lo que acababa de oír. -¿Crees que me enamoré de ti porque eras un piloto?

-Bueno, no, es solo que… era alguien importante… y ahora soy inútil y… y…- Alfred parecía estar buscando algo más que decir. –Y tengo que usar estos estúpidos lentes,- terminó. Arthur casi rió, pero Alfred parecía tan perdido. Había olvidado cuan joven se veía a veces.

-Alfred, eres el mayor idiota que he conocido jamás. No me interesa algo tan absurdamente trivial como qué hagas para ganarte la vida. ¿Y cómo puedes pensar que no eres importante?

Alfred se encogió de hombros y suspiró. –No sé, creo que se me ocurrió caminando hasta acá desde el hospital…

Los ojos de Arthur se agrandaron y su boca se abrió. ¡Cómo demonios no se había dado cuenta de eso! –Espera, espera…- dijo frenéticamente, -¡El hospital! ¡Te dejaron salir del hospital!- Arthur se detuvo y su estómago descendió. Por supuesto. Esto debía ser la despedida. Dejó caer sus manos de los brazos de Alfred y cerró sus ojos. Cuando Alfred había mencionado que debía regresar a casa algún día no se había dado cuenta de que sería tan pronto. –Te enviarán a casa.

-No.- Alfred sacudió su cabeza con firmeza. –No me iré a ninguna parte por el momento.

Arthur estaba seguro de que había escuchado mal. Sus ojos se abrieron por completo. -¿Qué dices?

-¿Crees que los dejaría mandarme lejos de ti, ahora, cuando acabo de regresar? No se los permitiría. Ni a ellos ni a nadie.- Arthur sintió un sensación de felicidad corriendo a través de él debido a esas palabras. Alfred rió sin intensamente. –Al final accedieron a que permanezca en Inglaterra… no es como que les dejara muchas alternativas.

-Pero… ¿qué harás?-dijo Arthur, finalmente mirando a Alfred a los ojos y con su pecho lleno de esperanza.

-Entrenar. Aparentemente tienen pocos instructores de vuelo. ¿Puedes creerlo? ¡El ejército me permitirá entrenar pilotos británicos!

Arthur agitó su cabeza con los ojos bien abiertos. –Dios salve a la nación inglesa.

Alfred entrecerró sus ojos. –Huh, ¿qué quieres decir con…?

-Cállate, Alfred.- Arthur aferró la cabeza de Alfred y lo empujó a un beso forzado. Alfred respondió aplastando su pecho contra el de Arthur y, perdiendo el balance ligeramente, cayeron contra la pared. Arthur no se detuvo. No podía. Nada podía hacerlo parar ahora. Escuchar esas palabras, saber que Alfred iba a permanecer con él, sintiéndolo en sus brazos… no había imaginado que tal felicidad era posible. Era casi demasiado para soportarlo. ARTHUR apretó una vez más y atrajo a Alfred hacia él mientras se deslizaban por la pared, enredados, sus labios todavía unidos. Aterrizaron bruscamente pero apenas se dio cuenta. Sus bocas finalmente se separaron cuando Arthur cayó sobre su espalda y Alfred sobre él, sosteniéndolo con sus brazos.

-Espera,- dijo Alfred sin aliento, -¿estás…?

-No puedo esperar… no puedo parar…- Arthur alcanzó los labios de Alfred y nuevamente los junto con los suyos. Había sido demasiado tiempo, para ambos. Arthur tiró desesperadamente de sus ropas, pero solo logró desabrocharse los pantalones antes de que los labios de Alfred, su aliento, su tacto, esa abrumadora realidad lo rebasara. Había sido demasiado tiempo, estaba tan cerca, era demasiado. Una caricia de la mano de Alfred y había acabado en un intenso y arrollador momento. Alfred lo siguió de inmediato, aferrándose a las caderas de Arthur con mojadas y sudorosas manos, antes de que se estremeciera y gimiera junto a la oreja de Arthur. No había alcanzado siquiera a desabrochar sus pantalones. Después de tomarse unos minutos para recuperar el aliento, Arthur explotó risa, seguido por Alfred. Pero Arthur repentinamente ahogó un grito y se puso de pie rápidamente, preocupado… Alfred había dejado el hospital hoy, ¡qué demonios estaba haciendo arrastrándolo al suelo! -¡Oh, carajo! ¿Estás bien?

Alfred solo siguió riendo. –Nunca había estado mejor en toda mi vida.- Alcanzó a Arthur, lo hizo descender nuevamente y lo besó. Arthur decidió creerle. Después de todo, se sentía de la misma manera.

Solo permanecieron allí, recuperando el aliento. Debería haber sido incomodo yacer en el suelo, pero no lo fue. Arthur sintió que podía quedarse así para siempre.

-Sabes,- dijo Alfred sin aliento. –Esta es la mesa donde nos conocimos.

Arthur miró hacia arriba y se dio cuenta que habían aterrizado justo bajo la mesa frente a la segunda ventana… la misma mesa que Alfred siempre elegía para sentarse. -¿Es esta?

-Sí, lo recuerdo perfectamente. Y también lo primero que me dijiste…- Arthur arrugó el ceño y cambió su expresión a una furiosa antes de gritar, -¡Maldición, baja en este momento de esa maldita mesa, maldito yanqui estúpido!

Arthur caviló por unos momentos. –Oh sí, dije eso, cierto.

-Siempre has usado demasiado la palabra "maldito". Horroroso vocabulario. En serio.- dijo Alfred, negando con la cabeza, a pesar de que parecía esforzarse para no reírse. Arthur lo fulminó con la mirada. Alfred pareció no darse cuenta. -¿Te acuerdas de eso, Arthur? ¿De cuándo nos conocimos?

Arthur no pudo reprimir un resoplido de risa. -¿Recordar? ¿Cómo podría olvidarlo? Irrumpiste a través de la puerta, te presentaste como el hombre que salvaría a Inglaterra, luego procediste a beber una botella completa de bourbon, intentaste entablar una pelea con una silla y terminaste la noche desmayándote sobre la barra.- Cómo podría Arthur olvidar el día en que su vida se había vuelto boca abajo. –No puedo creer que ya ha pasado más de un año desde aquello.- Se sentía como si hubiera sido ayer… pero al mismo tiempo se sentía como si hubiera sido hace toda una vida.

Alfred rió y se sentó contra la pared. –Estaba de buen humor esa noche… recién me había enamorado.

Arthur miró a Alfred e intentó ignorar el sentimiento revoloteando en su pecho. –Eso es vergonzosamente sentimental.

-¿Por qué sonríes de esa manera entonces?

-Me estoy riendo de ti.

-No, no lo estás.

-Cállate Alfred.- Pero Arthur seguía sonriendo cuando Alfred lo levantó y lo colocó a su lado, rodeándolo con un brazo.

Arthur perdió la cuenta de cuánto tiempo permaneció allí sentado, recostado sobre la pared junto a Alfred y con su respiraciones poco a poco regresando a la normalidad. El sol subió mucho en el cielo. La mañana marchaba lentamente, el tiempo corría sin que pudieran detenerlo. Arthur finalmente rompió el tranquilo silencio con una pregunta que lo había estado molestando por días. Surgió más como una declaración. –Los que te liberaron no fueron la resistencia, ¿verdad?

La respiración de Alfred se trabó. Arthur no se atrevió a mirarlo. –La verdad no, no.- Ante eso, Arthur lo miró con curiosidad. –Fue Ludwig.

-¿Ludwig?- Arthur frunció el ceño por un momento antes de recordar donde había oído ese nombre. Por supuesto, las cartas de Alfred, esas que había leído cientos de veces. Ludwig era el piloto alemán que había sido capturado, el que tenía la fotografía, el que era amado por un hombre de la resistencia italiana. –Ohh. ¿Por qué? ¿Cómo?

Alfred tomó un respiro. Su brazo se apretó en torno a Arthur y su otra mano busco la de él. Arthur la tomó y la apretó con tranquilidad. Alfred permaneció en silencio durante un momento hasta que finalmente comenzó a hablar. –Cuando fui capturado, después de cierto punto no recuerdo mucho de ello. Doy gracias por eso. Todo es solo una especie de nube borrosa de dolor, como una pesadilla.- Arthur se aferró aún más fuerte a la mano de Alfred. –Debí haber sido enviado a un campamento de prisioneros de guerra, pero parecía que pensaban que había colaborado con el movimiento de resistencia italiana. No sé que creían que sabía. No sé que querían que les dijera. Pero no les dije nada y eventualmente me cambiaron a una nueva base. Recuerdo cuando me llevaban, y ahí fue cuando vi al piloto alemán otra vez. Nunca olvidaré esa cara.

Alfred se quebró, sus ojos estaban desenfocados. Después de unos pocos minutos continuó. –Una tarde, fui llevado ante la Gestapo, y… y…- la voz de Alfred era baja y tensa, como si le hiriera dejar salir a las palabras. A Arthur le hería escucharlas. –…y no quiero hablar de esa tarde,- Alfred terminó en un susurro, sus ojos casi en blanco mientras miraba al piso sin ver.

Una vez más, Alfred se detuvo y Arthur esperó pacientemente. Suponía cuán difícil le resultaba. Apenas había hablado de su experiencia como confinado, y Arthur sabía que lo prefería de esa manera. Las pocas alusiones que había hecho acerca del tema le arrancaban el corazón a Arthur. A duras penas podía oír acerca del infierno por el que Alfred había pasado solo porque la SS quería una información que él ni siquiera poseía. Pero permaneció en silencio, determinado a escuchar lo que sea que Alfred tuviera para decir.

-Pero esa noche, cuando todos habían finalmente terminado conmigo, Ludwig vino a mi cuarto. Creí que estaba soñando. Pero no lo estaba, él realmente estaba ahí y me llevó fuera de la base. No sé por cuanto camino conmigo en su espalda… veras, apenas me podía mover. Resultó que hablaba inglés y trataba de mantenerme despierto. Me preguntó por ti. Y recuerdo que en algún punto tuvimos una conversación acerca de ranas.- Alfred repentinamente miró a Arthur y habló alegremente. -¿Sabes que hay unas especies de ranas en Sudamérica que tienen suficiente veneno como para matar a doscientas personas?

Arthur sacudió su cabeza un poco asustado por este aleatorio cambio de tema. –No. No lo sabía.

-Yo tampoco. Huh. Bueno, aparte de la conversación acerca de las ranas, casi todo es borroso. Y eventualmente aparecieron otras personas y reconocí a algunas de ellas también… Incluso aunque no podíamos estar cerca de su aldea, Roma estaba ahí, y Lovino. Pero no recuerdo haber visto a Feliciano. Luego Ludwig desapareció y lo siguiente que recuerdo es que desperté en una base americana.- Alfred se encogió de hombros. –Y ahí lo tienes. Después de eso fueron meses de recuperación en la base antes de semanas de estar atrapado en un buque hospital.- Alfred suspiró. –No puedo imaginar que le sucedería a Ludwig si el ejército alemán averigua lo que hizo.

Arthur se mantuvo sentado en silencio, tratando de procesar lo que había escuchado. –No puedo creerlo. ¡Un alemán te rescató! ¡Qué diablos!… ¿por qué…?

-Arthur, yo…- Alfred respiró profundamente y miró sus manos. Arthur esperó en silencio. –La razón por la que Ludwig estaba libre en primer lugar es… Bueno, antes, cuando Ludwig era nuestro prisionero, yo… yo le di a Feliciano información clasificada. Información acerca de cómo y dónde estaba detenido. Unos pocos días después, supimos que se había liberado. Feliciano debió hacerlo. Y tan pronto como lo escuché, supe que era mi culpa. Si no le hubiera dado esa información a Feliciano nunca lo habría logrado. Ayude a un enemigo a escapar. Diablos, mejor lo hubiera liberado yo mismo.

-Oh, Alfred.- Era realmente el hombre más bueno, amable y estúpido que Arthur había conocido.

-Traicioné a mi país,- dijo Alfred en un susurro, aún mirando sus manos, luciendo perdido, asustado y devastado.

-¡No!- Arthur encontró los ojos de Alfred y agitó su cabeza. –Ayudaste a un hombre… un buen hombre. Un hombre que luego te ayudo a ti. No traicionaste a nadie.

-Sabía que estaba mal, él era nuestro enemigo, era nuestro prisionero. Pero Feliciano es tan bueno y dulce y ama tanto a Ludwig y… deje a todos esos estúpidos sentimientos meterse en el camino. Alfred miró hacia arriba, con los ojos bien abiertos, directo a los de Arthur y susurró. –Arthur, si alguien lo llega a saber…

Arthur apretó la mano de Alfred de manera confortante. –Nunca lo sabrán,- dijo firmemente. –Todo está bien, nunca lo sabrán.- Arthur no podía decirle que no había hecho nada malo. Pero tampoco podía culparlo o juzgarlo. –Y escucha, Alfred, si no hubieras hecho lo que hiciste, no habrías sido rescatado. Habrías…- Arthur no necesitó terminar la oración. –Ludwig puede haber sido un enemigo, pero… le estoy jodidamente agradecido.- Arthur trató de pensarlo. Alfred había ayudado a escapar a Ludwig, y Ludwig había hecho lo mismo por Alfred. Todo era tan descabellado. -¿Qué pasó con Feliciano?

Alfred se encogió de hombros. –No lo sé. Pero él es un guerrero de la resistencia. Ludwig es un oficial alemán. Realmente espero que puedan ser felices de alguna manera. Solo que no sé cómo podría suceder.

El silencio cayó una vez más. Arthur sujetó a la mano de Alfred y pensó en cuan jodidamente suertudo era en verdad. Contra todas las posibilidades, Alfred había regresado a él. Y a pesar de que quizás tuviera que regresar a los Estados Unidos, y a pesar de que quizás nunca podrían ser abiertos acerca de sus sentimientos, y a pesar de que tendrían que mantener su amor en secreto por siempre, aún era posible… realmente era posible para ellos amarse y estar juntos de alguna manera. Y en algún lugar, a kilómetros de distancia, atrapados en medio de una guerra y una situación que nunca podrían controlar, había dos hombres que nunca sabrían si podrían eventualmente ser felices, a pesar de que se amaban tanto como ellos. No era justo.

Arthur no estaba segura acerca de cuánto tiempo estuvieron allí, simplemente sentados, en silencio. Y aunque en un principio Arthur pensó que podía quedarse sentado contra la pared junto a Alfred para siempre, inevitablemente se tornó incómodo y la dura pared detrás de él comenzó a clavársele en la espalda. –Alfred, temo que esto se está volviendo un tanto desagradable.

-Tienes toda la razón. Necesitamos movernos ahora mismo.

-Estoy completamente de acuerdo.- Arthur miró la sonriente cara de Alfred. Este le guiñó y el corazón de Arthur saltó.

-Creo que tu cama sería infinitamente más cómoda que este suelo.

Arthur no podía coincidir más con ello.


Continuará… ;D


NdT:

So we are history, your shadow covers me. The sky above, a blaze.

QEPD Amy Winehouse. La adoraba y estoy un poco triste por lo sucedido, lo siento.