Mentira

Kankurō caminaba aprisa y con los puños cerrados dando vueltas por todo el palacio; cada uno de los músculos de su cuerpo estaba tan tenso que dolía. Después de varias vueltas logró dar con su hermano menor.

–¡Gaara! –gritó llegando a su lado, con la respiración algo agitada– ¡Tenía el estómago y los malditos pulmones llenos de arena!

Gaara no le dijo nada, sólo lo miró sobre los hombros con frialdad.

–Le han hecho la autopsia y resultó que tragó y respiró arena hasta morir –volvió a decir muy enfadado– ¡Fuiste tú! ¡¿Por qué maldita sea lo mataste!?

El silencio de su hermano menor lo exasperó de más y con arrojo lo tomó de la solapa, estampándolo con fuerza contra la pared, causando que se quebrara un poco– ¡¿Por qué?! –Gaara lo miró con mucho odio, a Kankurō le temblaron las manos.

–Porque quise hacerlo –escupió achicando la mirada–, porque nunca había deseado tanto ver la cara de terror de una víctima mía.

Kankurō se quedó boquiabierto, sintió los fantasmas de su pasado regresar y lo hicieron estremecerse con crueldad. La mirada violenta y terrible de Gaara, con la que tantas pesadillas había tenido, se asomaba de nuevo.

–Antes, cuando asesinaba gente para saciar la sed de Shukaku –continuó Gaara con voz gutural–, no me importaba de quién se tratara, sólo eran pobres infelices que habían tenido la desdicha de cruzarse en mi camino –su mirada se ensombreció– pero esta vez fue diferente, disfruté mucho imaginando cómo iba a matarlo, buscándolo, esperándolo, quitándole la vida lentamente... fue sublime y placentera su expresión de horror... Lo volvería a matar... lo mataría mil veces más...

–¡¿Por qué?! –gritó angustiado y furioso, llevándose las manos a la cabeza, retrocediendo, tratando de suprimir los recuerdos del pasado– ¡No eres así! ¡No más! ¡Las cosas ya son diferentes! ¡¿Por qué demonios lo hiciste?!

Gaara se tardó un momento en contestar, y lo hizo arrastrando la voz, con tono tétrico...

–Él tomó a Matsuri. La hizo su mujer. Y ella quería ser una de esas kunoichi que él deseaba como esposa.

Los ojos del marionetista se abrieron lo más que pudieron y apenas y pudo emitir un pequeño sonido de frustración.

–¿¡Matsuri?! ¡¿Esto es por Matsuri?! –bramó desesperado cuando pudo hilar palabras otra vez– ¡¿Cómo puedes arruinar todo por lo que has trabajado con esto?!

Un instante de silencio. El más joven se enterró las manos en el cabello.

–¡Gaara!

–Yo quería decírselos, a Temari y a ti, pero... –Gaara hizo una pausa– no estaban. El Mayor vino a mí a hablarme de la conspiración y del Golpe de Estado, me dijo también que quería matar a su padre y trató de chantajearme con ello. Fue mi culpa, yo mandé a Matsuri a una misión para tratar de filtrar información. Jamás pensé que él la iba a querer a ella y que ella iba a aceptarlo. ¡De haber sabido que ella iba a entregarse a él no la habría mandado! ¡Es que no podía soportarlo!

Kankurō estaba pasmado; estaba siendo demasiada la información de ese día y la explicación de su hermano resultaba apresurada y un poco divagante cuando él siempre decía todo de manera concisa y fría, pero no necesitó más palabras para entender lo que había pasado.

–Y no me arrepiento de haberlo matado –continuó Gaara–; lo maté sabiendo todo el daño que significaría para Suna y para muchas personas –apartó la vista–, he arriesgado la estabilidad de Suna deliberadamente. No merezco continuar como Kazekage.

–No, Gaara –Kankurō se sentía frustrado y afligido por no poder haber hecho algo antes por su hermano menor y no saber exactamente qué hacer o decir ahora–, nadie más puede ser Kazekage; la gente te quiere, te aprueban a ti.

Su hermano menor le clavó sus ojos fríos y generalmente inexpresivos, pero en ese momento se podía leer en ellos su turbación.

–No será así cuando se sepa lo que hice.

Kankurō no podía asimilar todo lo que había pasado; no podía describir lo que sintió cuando Temari le dijo que Gaara había matado al Mayor y su corazón seguía dando vuelcos de angustia y nerviosismo, coraje, ira, tristeza... en realidad ni él mismo lo sabía.

Entendía por qué lo había hecho; seguramente él también habría hecho lo mismo, pero el sentimiento de mirar a su hermano en la situación en la que se encontraba le calaba hasta lo más profundo del alma, se sentía perdido ante las circunstancias, quería hacer algo para borrar lo sucedido, sin embargo, claramente era imposible.

–Ya es hora –dijo Gaara fríamente interrumpiendo los pensamientos de Kankurō– ¿Ya lo saben todos?

–Sí –asintió con la voz cansada– el Consejo ya lleva un rato discutiendo junto a Temari y Konoha lo que va a pasar.

–Vamos entonces.

Gaara se dio la vuelta y caminó a paso lento con Kankurō siguiéndolo hasta que llegaron a la sala grande y ostentosa donde ya lo estaban esperando.

Al entrar, respiró el ambiente tenso de la habitación, sintió los ojos de las kunoichi médico mirarlo ansiosamente. Allí estaba parte del Consejo, sentado en los elegantes sillones y a su lado, Temari y Shikamaru estaban de pie, más atrás estaban sus aliados de la Aldea de la Hoja entre los que resaltaba Naruto y su colorida ropa, cabizbajo y tronando los dedos. Con su seriedad de siempre, Gaara se cruzó de brazos y se recargó en la pared. Nadie en la habitación le dirigía la mirada, sólo se veían unos a otros esperando a que alguien empezara a hablar.

–Gaara –dijo Temari rompiendo un poco la tensión del lugar–, Suekko-sama está esperando una respuesta...

–Ya lo sé –murmuró Gaara haciendo tragar saliva a todos con su tono de voz.

–Y queremos que escuches cuál es la respuesta –completó uno de los consejeros levantándose del sillón en el que estaba acomodado.

–¿Qué? –Gaara se incorporó un poco, confundido por lo que acababa de oír.

–Después de envenenar al Daimyō –prosiguió–, Shisoku-sama fue a sus habitaciones a dormir, allí, uno de los ninjas renegados que había sido contratado por su padre estaba esperándolo y lo asesinó de un golpe en el la cabeza, después lo arrojó por el precipicio.

–El intento de ataque a los civiles fue justo después de eso y el asesino fue capturado por ti –dijo otro consejero– después de todo, la intención del Daimyō era actuar en tu contra, y como Shisoku-sama siempre mostró apoyo hacia ti, lo mandó asesinar para que nadie pudiera ayudarte.

–Todo fue para perjudicarte –agregó otro–. El Daimyō mató a su propio hijo por sus desacuerdos.

La sorpresa sobrepasó la expresión dura de Gaara, quien ahora los miraba incrédulo y descruzaba lentamente los brazos

–¿Pero qué estupidez más insulsa es esa? –protestó bastante enojado– ¡Es ridículo y no le dirán eso al nuevo Feudal! Eso no fue lo que pasó. ¡Está claro para todos que yo lo maté y que disfruté matándolo! ¡Yo vine aquí acompañando a los chūnin, lo esperé y lo maté lentamente!

–Gaara-sama –dijo el primer consejero que había hablado con tranquilidad– No puedes verte envuelto en el asesinato del Shisoku-sama y mucho menos por razones personales; lo que hagas con tu vida privada no incumbe al Consejo siempre y cuando no se interponga a tu deber; si esto se sabe, perderás tu rango de Kage y tendrás suerte si te conservas como jōnin.

–¡Ya lo sé! –gruñó fastidiado– lo supe todo el tiempo; lo pensé por días y lo maté a pesar de ello. Yo quiero que esto pase.

–Esa no es tu elección –afirmó un consejero más– por el bien de Suna y el tuyo propio, las cosas se quedarán así. Es la historia que todos sabrán y la que quedará escrita.

Gaara se quedó sin palabras. No podía creerlo; tantos años que estuvieron tratando de quemarlo en la hoguera y ahora esto. Era ridículo. Era patético. Era frustrante y absolutamente odioso. Maldito Consejo, malditas Aldeas ninjas que viven a base de mentiras, verdades arregladas y corrupción; sabía que no era la primera vez que se inventaba algo para salvar o hundir reputaciones y ocurría en todas las aldeas, pero nunca había mentido por algo que él hubiera hecho. Se había justificado a sí mismo muchas veces de las mentiras argumentándose que eran cosas de los consejeros y que él no tenía nada que ver.

Frustrado, se llevó la mano al tabique de su nariz. ¿A fin de cuentas para qué quería ser Kage si siempre tenía que bajar la cabeza? Sólo era la cara que se tenía que dar por la Villa. Su autoridad no iba tan lejos en realidad y pocas cosas dependían directamente de él.

En pocas palabras, él no podía hacer nada. Ni siquiera podía responder por sus propios actos.

–Arriesgué la seguridad de Suna –murmuró mirando a todos con mucha frialdad–, actué con toda la alevosía y ventaja del mundo; se han condenado a muchos shinobis por mucho menos que esto y...

–No mezcles a otros shinobis contigo –lo calló un consejero de nuevo, Gaara le dirigió una mirada de odio que estremeció a varios– tú, como Kazekage, no te ves envuelto en problemas así, nunca. Además ¿para qué quieres darle lo querían al Daimyō y al Menor? ¿salir de tu cargo y darles el gusto?

–Sería ridículo –continuó Baki hablando por primera vez– toda esta cadena de sucesos comenzó porque el Feudal quería sacarte de tu rango, no podemos dejar que se salga con la suya.

–La ley dice... –trató de volver a decir Gaara pero fue callado de nuevo, haciéndolo enojar más.

–La ley no aplica a ti.

Todos tenían la cabeza gacha, nadie hablaba aparte de los consejeros. Incluso Naruto desvió la vista en cuanto Gaara lo miró buscando que tal vez dijera algo.

–No –volvió a alegar–. No lo acepto.

–Entiéndelo –siguió Baki– ¿Qué va a pasar si esto se sabe? Dejarás de ser Kage y significará un golpe demasiado duro para nuestra Aldea. No sólo has hecho que se recupere económica y militarmente, sino que has cambiado la manera de pensar de muchos. La admiración por tu fuerza para cambiar tu vida de lo que fuiste a lo que eres ha sobrepasado las fronteras. No podemos simplemente reemplazarte como Kage porque te has convertido en la raíz del País del Viento, en la razón de ser de los shinobis de Suna y si te arrancamos todos quedaremos perdidos.

Gaara iba a hablar de nuevo, enojado porque en Suna existían leyes que decían explícitamente cuando un Kage debía ser destituido, leyes que él había prometido respetar, pero antes de decir otra palabra, la puerta se abrió detrás de él y el Menor entró pavoneándose con su sonrisa de superioridad.

–¿Y bien Kazekage-sama? –preguntó mirando despectivamente y de reojo a Gaara– ¿quién mató a mi hermano?

Un silencio que se antojó cruel cayó encima del nuevo Feudal, quien miró confundido los ojos sarcásticos de todos los shinobis que tenía enfrente.

–Usted –dijo Shikamaru con una media sonrisa mientras se encogía de hombros.

–¿Disculpen? –preguntó confundido y frunciendo el ceño.

Gaara también miró incrédulo a Shikamaru.

–Como nuevo Daimyō –continuó el Nara–, tal vez hay algunos puntos que aún no entiende y por eso comete algunos errores...

Desconcertado, Suekko-sama observó a todos y de repente quiso salir de allí, miró hacia atrás encontrándose con Gaara con la cabeza agachada, mirándolo a través de los cabellos que le caían en los ojos y sintió terror helándole la sangre.

–En primera –siguió hablando Shikamaru captando de nuevo la atención–, las aldeas aliadas son aliadas –rodó los ojos– no sé qué parte no es clara; no actuamos la una contra la otra.

La sonrisa de los consejeros de Suna se ensanchó.

–En segunda –prosiguió Temari inmutable–, usted nos ha querido tomar por idiotas; ¿acaso pensó que pasaríamos por alto el misterioso detalle de que llegaron los ninjas de Konoha al mismo tiempo que nosotros, cuando ellos están a dos días de camino y Suna a unas cuantas horas?

–Si a usted le interesara su hermano, no lo hubiera dejado descomponiéndose en la intemperie –retomó la palabra Shikamaru–; usted sabía que él estaba muerto desde que mandó llamar a Konoha y avisó a Suna dos días después para que llegáramos al mismo tiempo. Lo que a usted le interesaba era tener una riña entre nosotros.

El Menor entornó los ojos y miró furioso a Shikamaru

–En tercera, Konoha esta obligada a obedecer al Daimyō del país del Fuego, no a usted, y nosotros podemos negarnos a sus misiones, como ya le había explicado, si estas perjudican de alguna manera a nuestra mayor aliada, Suna.

Gaara se recargó en un pilar y murmuró para sí mismo

–Ya quisiera oír eso de la boca de sus consejeros.

–Además –habló Temari acercándose a Shikamaru y colocándose las manos en la cintura– ¿no es demasiado obvio que usted mató a su hermano para tener el poder que a él le correspondía? Es lo más evidente –ironizó– ¿qué pensará la gente cuando se entere de que lo dejó tirado y muerto por varios días para poder armar un espectáculo?

Gaara miró furioso a Temari, ella le devolvió una mirada tristona que parecía de disculpa. Suekko-sama se cruzó de brazos y bufó enojado.

–Shinobis traidores –escupió– ¿entonces? ¿cuál es la conclusión de todo esto?

–Tiene dos opciones –habló por primera vez uno de los consejeros– o le decimos a la gente que usted mató a su hermano para ser Daimyō y que lo dejó días al pie del risco esperando a que las dos aldeas ninja llegaran al lugar, cosa que hará enfurecer a la multitud, y le aseguro que usted no quiere enfrentarse a una multitud enardecida que amaba al Shisoku-sama...

–O que lo mandó asesinar su padre, debido a sus diferencias irreconciliables, a manos de uno de los ninjas renegados que se colaron días atrás en el pueblo –intervino Baki poniéndose de pie– y que fueron capturados por su puesto, por los shinobis de Suna.

Tantos pares de ojos irónicos hicieron temblar de coraje al nuevo Feudal y se maldijo a sí mismo por haberlos contratado. Lleno de ira, eligió la segunda opción y luego de soltar muchas maldiciones contra todos los ninjas, agregó:

–Traidores, ratas convencieras... Estoy seguro que ustedes fueron los que mataron a mi hermano– y salió de la sala dando un portazo.

Gaara también estaba enojado, miraba a todos peligrosamente y su respiración se había vuelto pesada.

–Gaara –quiso hablar Temari–, entiende que...

–Lo entiendo, Temari –la calló–, pero no deja de ser ruin.

Temari bajó la cabeza mientras su hermano se daba la vuelta y también salía. Shikamaru se colocó a su lado y ella recargó la cabeza en su hombro lanzando un larguísimo suspiro.

Después de que Temari la dejó, Matsuri se quedó en aquel cuartito perdida en sus propios pensamientos, hasta que se dio cuenta que había anochecido, así que salió arrastrando los pies y con la cabeza gacha. Suspiró pensando en lo que iba a suceder en adelante con la Aldea.

Estaba sumamente cansada y muy triste; no podía describir cómo sentía, era como si tuviera un vacío en el pecho, como si el corazón y los pulmones se le hubieran comprimido y enredado.

Desde que vio al cadáver esa mañana, supo que Gaara lo había matado y no pudo hacer otra cosa más que alegrarse, en primera porque realmente le desagradaba esa persona y en segunda, y más importante, porque ella era la única razón por la que Gaara lo asesinaría, lo pensó mucho, no existía otra razón. También Temari lo supo después de que le contó su historia.

Al llegar al pie de unas escaleras y subir dos escalones sintió que la miraban fijamente.

Alzó el rostro y chocó con los ojos de Gaara, quien se había detenido a la mitad de los peldaños al verla aparecer, se miraron por varios segundos sin decir nada hasta que ella pudo alzar la voz.

–Tú lo mataste...

Gaara gruñó, siguió bajando con su porte de siempre, frío, distante, elegante, y la pasó de largo.

–¿Por qué? –se aventuró a preguntar cuando él ya se había alejado un par de metros. ¿estaría siendo demasiado atrevida y egocéntrica al creer que ella era la razón?

Él se detuvo y cerró los párpados, tomándose su tiempo para contestar.

–Porque quise y porque pude. Y lo haría otra vez.

Matsuri frunció los labios y contrajo su expresión en tristeza y desconcierto.

–Pero deberás ceñirte a la versión oficial –continuó listo para volver a darse la vuelta e irse–; lo mató uno de esos ninjas renegados por órdenes del Daimyō –y dicho esto, siguió caminando.

–Gaara-sensei –lo detuvo ella por segunda ocasión. Él, igualmente, volvió a detenerse y la miró–. No soporto que estés tan enojado conmigo, lo siento tanto –su voz estaba cerca de quebrarse–, lamento todo lo que...

–No tienes que disculparte por nada; tú no hiciste nada mal –interrumpió agriamente–. Al contrario, salvaste a todas esos civiles y a mí –hizo una breve pausa y apaciguó su tono de voz–. Y no estoy enojado contigo; estoy enojado conmigo por haberte puesto en esa posición y no aceptar las decisiones que tomaste. Soy yo el que se disculpa.

–¡Pero ahora por esto vas a alejarte de mí! No lo hagas –suplicó queriendo acercarse–, no quiero perderte así.

–Matsuri, soy una persona peligrosa –volvió a su tono de severidad–. No he cambiado; soy el mismo monstruo que siempre fui. No seas imprudente y aléjate de mí.

–Eso es ridículo –Matsuri estaba entrando en un estado en que ya no le importaba comenzar a alzar la voz–. No eres un monstruo, nunca lo has sido. Y aunque lo fueras, ¡incluso si de verdad hubieras matado a todas esas personas a mí no me importaría!

–¡¿Pero por qué?! –gritó irritado al fin, como nunca lo hacía, levantando las manos a la altura del pecho y en sus ojos impasibles se asomaba un dejo de desesperación– ¿por qué? ¿por qué? ¡¿Por qué me dijiste que me amabas y al mismo tiempo considerabas irte a entrenar con esas kunoichi y ser la esposa que él quería?!

La mandíbula de Matsuri se desencajó en sorpresa ante esa última frase.

–¡¿La... –tartamudeó– la esposa que él quería?!

–Hace unos días estaba seguro de dos cosas –continuó descompuesto–: primero que yo había cambiado y segundo que tú querías estar sólo conmigo. Ninguna resultó ser cierta. Y no pude soportar que no fueras mía, que tú quisieras algo más en la vida y por eso lo maté.

Ella se quedó callada por tensos y asfixiantes segundos mientras los hilos de su cabeza desenredaban la lógica de Gaara. Entonces lo comprendió; él había interpretado su petición de entrenar en el País del Agua como un deseo de convertirse en la esposa de Shisoku-sama cuando en realidad lo había dicho como un escape para salir de su propia vergüenza; irse jamás fue su deseo. Luego, cuando declaró su amor, lo había enfadado aún más; él pensaba que ella era capaz de traicionarlo.

–No, Gaara –hipó tratando de explicarse–, no entiendas mal las cosas; tú eres la única persona con quien quiero estar. Eres mi último pensamiento antes de dormir y el primero al despertar. Quisiera estar contigo cada día de mi vida. Eres lo más importante para mí. Y cuando te dije que te amaba lo decía en toda su extensión. Eres el único para mí. Nunca querría ser la esposa de nadie más.

Era suficiente, Gaara ya no podía más con su cara de piedra, llegaban situaciones en las que era muy difícil mantenerla. Y esta era una de esas situaciones. Estaba enojado con la resolución a la que había llegado el estúpido Consejo y para acabar de descomponer sus nervios Matsuri no se quitaba de su camino. Le exasperaba tenerla frente a él, de esa forma, ofreciéndole su vida, ¿Pero cómo podría saber sí era cierto? Todo el mundo es un potencial traidor y él había vivido la traición de primera mano con todos aquellos que intentaron matarlo en el pasado cuando se suponía que lo protegerían. Todos velan primero por sus intereses; no podía terminar de confiar en nadie. No podía dejar de sentir que algún día lo volverían a apuñalar por la espalda.

–No –dijo Gaara–. Todo el mundo mantiene su distancia y me tiene cierto temor; todos saben que soy peligroso. Tú debes hacer lo mismo.

–No, Gaara, no quiero –rezongó–. Te ha enfadado tanto que yo estuviera con él que llegaste al punto de matarlo, ¿qué se supone que he de pensar? –se atrevió a externar sus conjeturas– Me alejaré de ti sólo si me dices que no me quieres.

Siempre fue obvio que ella lo quería, lo sabían ambos desde el principio. Y él la quería, por su puesto que también la quería, también era obvio y también ambos lo sabían. Él había disfrutado por mucho tiempo sus ratos con ella, le encantaba tenerla a su lado, amaba que corriera a su oficina para verlo cada que podía y siempre pensaba en las miradas llenas de amor que le dedicaba.

Ya no podía más; a fin de cuentas, él era un ser humano, tan humano como Matsuri, como el Mayor, como Naruto; sólo que le habían negado durante tantos años el afecto que necesitaba recibir que terminó creyendo que no lo era y que no requería el cariño de los demás. Terminó creyendo que jamás podría alcanzarlo con plenitud.

–Se sintió bien que me llamaras sólo por mi nombre –murmuró Gaara mirándola a los ojos, con su estoica mueca completamente descompuesta.

Ella abrió más lo ojos; no esperaba que él hubiera reparado en que le había llamado sin ningún título, algo que había deseado hacer desde hacía años, pero no había encontrado el valor para hacerlo.

El Kazekage sonrió con amargura un poquito, se cruzó de brazos mirando al techo, se recargó en la pared con mueca de disgusto.

–Olvida esta misión, por favor, yo quiero estar contigo, si te repugno tanto ahora porque él y yo...

–No lo digas así. No eres mía como para que yo pueda reclamarte nada y tú no hiciste nada incorrecto –explicó con la voz ahogada–. Y no, no quiero que te alejes, pero ahora veo que no puedo ni siquiera confiar en mí porque lo que tu provocas en mí es demasiado fuerte y si no te vas ahora no creo poder dejarte libre después; si algún día quieres irte, podría hacerte daño.

–Pero yo jamás querría irme –protestó desconsolada.

–Eso no podrías saberlo; la gente cambia mucho.

Matsuri contrajo su rostro en aflicción, terminando de comprender que lo que Gaara tenía era terror de que ella le diera la espalda algún día.

¿Cómo él podría estar seguro de que ella de verdad iba a amarlo por el resto de su vida? La gente cambia; él era el mejor ejemplo, ¿por qué no cambiaría ella algún día? Que ella lo quisiera para siempre, que el amor que le juraba fuera real era lo que él más anhelaba y pensarlo lo hacía feliz, ¿pero cómo podría saber que ella no iba a fallarle, o peor aún, que él no iba a fallar? ¿Cómo sabría si iba a terminar más herido? No había forma de saberlo.

–Podría llegar el día en que ya no te quiera más, es cierto –razonó Matsuri– ¿pero qué hay de ti? ¿Qué tal si eres tú el que deja de quererme a mí?

Gaara no pudo mirarla tras esas palabras; estaba tan turbado que no podía mantener su porte, había agachado la cabeza y nublado su expresión en un gesto impropio de su reputación.

–Al menos déjame intentarlo –pidió ella acercándosele lento–, déjame intentar estar a tu lado hasta el final de nuestros días, déjame intentar demostrarte que puedo dar todo de mi para hacerte feliz. Intentaré estar contigo pase lo que pase; a dónde tengas que ir iré contigo, te acompañaré en cada verdad y en cada mentira que diga nuestra Aldea, en la paz, en la guerra, cuando el pueblo te ame y cuando te odie, cuando estés cansado, cuando necesites aliento, cuando se acabe la esperanza... cuando tengamos que morir...

Él se tomó un rato para seguir razonando. Quería creer que el amor de Matsuri era verdadero. Entonces decidió que iba a tener que arriesgarse.

Matsuri sonrió aliviada cuando lo vio asentir con la cabeza y levantar un poco los brazos hacia ella, invitándola a que se acercara. No perdió ni un segundo y se lanzó contra él, abrazándolo con toda su fuerza, enterrando la cara en su pecho. Gaara también la abrazó, como nunca había abrazado a nadie, como nunca pensó que abrazaría alguien, la apretó contra él sintiendo su calor y como se estremecía.

Él respiró profundo; todo el enojo y el dolor de cabeza se diluyeron rápidamente, después de tantos días de tensión, tener a Matsuri en sus brazos por fin lo hacía sentirse relajado. No quería soltarla nunca; jamás imaginó que tenerla así era como una cura instantánea para todo. Sentía que podría dormir tan bien esa noche. Quizá podría empezar a dormir tranquilo mucho más seguido a partir de ese día.

Gaara la sostuvo por un larguísimo rato. Ella no protestó a pesar de que él la asía demasiado fuerte; podía oír su corazón y eso era suficiente para no querer soltarlo.

Él, por fin, la separó un poco y la besó en la frente con una dulzura que conmovió a Matsuri hasta el alma.