"... Tu cabello es fuego de invierno,

brasas de enero,

y yo ardo en él ..."

Ben Hascom a Beverly Marsh, It.


D., donde sea que estés, seas quien seas, me ames o no...

Yo te amo y eso jamás podrás quitármelo.


Este capítulo está inspirado en la canción "Words that we couldn't say" de Steve Conte para la OST de Cowboy Bebop.


Todo pasó repentinamente.

En sólo siete días, Erwin Smith había acabado definitivamente con los sueños, majestuosos, interesantes, grandiosos, que tenía para sí misma y para Levi Ackerman, quien, misteriosamente había desaparecido de su vida. Con la amenaza de asesinarla ("Sabes bien que ni el que ame a Hanji me detendrá, eso sólo será un aliciente, pues así jamás sería tuya" dijo el jefe de la tropa de Reconocimiento) hizo echar a Levi a una misión suicida: Aniquilar a todos los titanes fuera de las murallas y luego moverse hacia el mar. Nadie sabía qué había allí. Mikasa Ackerman también era para Smith un problema, pues, al saber que era hermana de Levi, tuvo que echarla también a ella en la misma misión y para mantenerla a ella calmada tuvo que echar así mismo a Eren Jaeger. Bien, que les fuera útil si servía de algo, y si no, que murieran le daba lo mismo. Tantos soldados habían muerto ya por la perdida causa de la aniquilación de los titanes, que lo mismo le daba quien ni cómo muriera nadie de los que quedaba.

Levi y Mikasa eran prodigios, que se las arreglaran como pudieran.

Él sólo se tenía a sí mismo. Y a su esposa.

"Mi esposa", se repetía a sí mismo azorado, maravillándose aún de cuán bien le habían salido las cosas.

Hanji era totalmente suya, ya no había modo de que Levi se la quitara y ya no había modo de que ella se fuera de su lado. Aunque a veces, un ligero resquemor de celos lo hacía llegar de mal humor a su habitación, a tal grado que ella terminaba encerrada en el armario de la ropa de cama, limpia y blanca, se envolvía en una de las sábanas, y aún cuando las manchaba de la sangre que manaba de las heridas que él le había producido, no salía de allí a menos que él la sacase y la hiriese más o en casos menos comunes, a menos de que fuese de día.

Pero lo peor sucedió el día del nacimiento de Matthew. Un día agridulce que Hanji jamás iba a olvidar.


Hanji alzó la vista al trigo dorado donde aquel ser dulce que constituía su única felicidad, caminaba analizándolo todo. Era curioso y despierto como ella, pero, a diferencia de ella y guardando todo parecido con él, lo admiraba todo de una forma discreta, callada y poco morbosa. Podría jurarse que era un serio y cabal adulto el ser de baja estatura que caminaba sobre el trigo y que hacía sonreír a su madre con sólo el mover su cabeza de postura perfecta y permitir que el viento leve de finales de otoño moviese su cabello negro, tan negro como el de aquel que proporcionó la mitad de sus genes para darle la vida. Cabello negro como el de toda (N. de la Autora: Y con "toda" me refiero a una persona) la familia de ése que hacía mucho tiempo era innombrable, prohibido para ella pronunciar.

O habría golpes. Sangre. Tortura.

La que conocía cuando aún había titanes.

No le preocupaba por ella. Tenía el cuerpo lleno de cicatrices. Todas habían sido dolorosas, algunas más que otras. Unas eran apenas perceptibles, otras, tan profundas que aún dolían. Pero de todas, había dos en especial que para el pequeño ser que ahora era toda su vida, siempre habían sido un misterio y que de todas, habían sido las más dolorosas física y emocionalmente para ella.

En las manos de Hanji había dos enormes cicatrices.

Obscurecidas, herrumbrosas, una redonda en cada mano. Ejercían en el pequeño una especie de mágica fascinación.

Nunca se había atrevido a preguntar a su madre qué había provocado esas cicatrices, porque para él, el motivo era evidente.

Ella era una guerrera, seguramente se las habría hecho con los cables del equipo de maniobras tridimensionales. Era obvio.

Hasta en su mente de seis años, comprendía con perfección lo que su padre le había siempre dicho sobre el equipo de maniobras. "Los cables no se tocan mientras vuelas". Bien, era fácil para él entender que tal vez Mamá no seguía jamás los consejos de Papá. Mamá era tan independiente como un animal en el bosque.

Hanji sonrió cuando su hijo, perfecto en su existencia, le sonrió a su vez, entregándole en silencio un melocotón de un árbol cercano que, más que alcanzar, había levantado del suelo y limpiado con un pañuelo de seda que llevaba guardado pulcramente en el bolsillo.

Hasta en eso se parecía a él.

No importaba cuánto hiciera Erwin para alejarlo de su genética. Ella siempre creyó en la ciencia, y sabía que no se podía pelear contra la memoria genética. Si tu padre tiene genes dominantes, serás igual a él.

Hanji sonrió a su pequeño hijo y éste le devolvió una mueca similar a una sonrisa adulta. Jamás había sonreído como un niño porque jamás lo fue.

Igual que él.

Matthew Smith-Zoe.

Si no fuese su hijo, a Hanji el solo pronunciar ese apellido seguido del nombre elegido para su hijo le produciría náuseas.

Erwin Smith había hecho de ella una piltrafa humana.

Se miró las palmas de las manos, pensativa antes de tomar en sus manos el melocotón amarillo que con tintes rosados mostraba su madurez exquisita y lo tomó luego para mirar entonces a Matt y sonreírle:

- ¿Qué es lo que has estado haciendo allá?

- Buscaba melocotones, señora.

- Matt… ¿No podrías sólo llamarme "mamá"?

- Papá me ha dado una reprimenda la última vez que me escuchó decirlo, señora – repitió el niño con dignidad, sin bajar la mirada o mostrar miedo alguno. Si de algo podía sentirse orgullosa era del porte y el valor del hijo que había concebido con él.

Pero entendía a Matthew también. Porque si ella hablaba de él, entonces tendría quemaduras, golpes, desgarros y una serie de complicaciones físicas provocadas que no deseaba. Aunque soportase el dolor y elegía no sufrirlo y aguantar, no lo deseaba más.

- Hagamos algo, Matt. Tú me llamas "mamá" mientras papá no esté y cuando él llega, me llamas "señora" y todos contentos ¿Tenemos un trato? – contestó ella un poco más alegre y por toda respuesta, Matt se echó a sus brazos en silencio y ésta le acarició el cabello. Se sentía justo igual que el de él. Si pudiera, le cortaría el cabello así. Pero mientras Erwin Smith fuese su esposo y viviera, ambas cosas que tendría que soportar quién sabe por cuánto tiempo, Matthew tendría que parecerse lo más a él y lo menos a Levi Ackerman.

Se asustó al pensar en su nombre que sonaba como un poema en su mente.

Para ella, su cerebro era una pizarra y de pronto, en la superficie negra de su mente, escribió con blanca tiza de mil formas el nombre de él. El hombre al que siempre había amado. El único hombre del que había tenido un hijo. El hombre con el que habría deseado envejecer y al fin morir tranquilamente en una casa en el campo, con un gato maullando en la cocina mientras el horno daba calor al hogar y era él y no ella, el que mantenía todo impecablemente ordenado. Ya habrían tenido hijos que ahora conversaban en la sala de estar sobre lo maravillosamente loca que había sido su madre y escucharía las risas dulces de sus nietos, pequeños niños de cabellos negros y castaños que jugarían en el que antes había sido su estudio.

Abrazada a su hijo, la maquinaría de su mente se detuvo de inmediato al ver a lo lejos la silueta de Erwin. Inconscientemente sus manos apretaron a su hijo contra ella, no podía evitar sentir temor. Lo miró a los ojos; los de él destellaban algo similar al orgullo y los de ella parecían tan asustados como los de un conejo en una trampa.

Se sentía afortunada. Erwin parecía de buen humor. Al menos era un día en que no la golpearía.

El guapo varón rubio se acercó al chico y, desbordando orgullo paternal lo miró. El chico le devolvió mirada por mirada, sin amedrentarse pero respetuosamente. Si alguien amaba a su padre, ése era Matthew. Si alguien amaba a su hijo, ése era Erwin Smith.

En la mente de Hanji sólo había un murmullo tímido que la acosaba cada vez que Erwin miraba a Matthew así: "Él no es tu hijo y lo sabes, maldito. Él no es tu hijo y un día, Levi vendrá y lo reclamará. Un día, Levi sabrá que existe y te lo quitará. Y yo me iré con él". Pero entonces, otro murmullo le reclamaba al anterior: "¿Y por qué no te vas? ¿Por qué no lo hiciste ANTES? ¿Es que eres idiota?" Y al fin el murmullo tímido se hacía aún más tímido y bajo y replicaba: "Porque tengo miedo".

Sí, algo había hecho el soldado con ella, tan fuerte, tan grave, tan doloroso, que había matado toda su voluntad.

- ¿Cómo está el soldado más fuerte de la humanidad? – Dijo Erwin a su hijo sonriéndole orgullosamente, mientras daba una mirada a los ojos color caramelo de su esposa, ojos que examinaban el horizonte como si ofreciera una interesante perspectiva que jamás antes había analizado. No hubo muestra de interés por parte de Hanji en la frase que acababa de pronunciar, sarcástico, mordaz. Matthew no se daba por enterado. Él no sabía quién era realmente su padre. Para él, llamarlo así era lo común. Su padre, el que conocía, lo amaba y le daba epítomes y etiquetas agradables y valerosas porque lo amaba y sabía que al crecer sería un soldado fuerte y valiente. Para Matthew nada tenía que ver, porque no lo sabía, con Levi Ackerman. Él ni siquiera sabía de la existencia de esa persona. Un adulto con su mismo porte, con los mismos ojos grises, su piel blanca y sus labios finos. Un adulto con la misma atlética figura y el mismo cabello de un negro intenso, como la espesa negrura de la noche. No sabía tampoco que existía una soldado, llamada Mikasa Ackerman, que era su tía y que también era muy similar a él. Hanji pensaba que el timbre de voz de Matthew era idéntico al que Mikasa tenía a los dieciocho años cuando la conoció.

- Estoy bien, señor – y le tendió la manita a su padre. Sin embargo, pese a ser una mano pequeña, era una mano fuerte. Erwin estaba henchido de orgullo. Hanji, intrigada, no le miraba, pero prestaba atención de forma discreta todo el tiempo a cada movimiento de Erwin y a cada palabra que decía. Sabía que pasaba algo, ése hombre jamás llegaba con esa postura que dejaba bien claro que era un día fabuloso.

- Me alegro, hijo. Tenemos una visita que hacer, así que tendrás que encargarte un traje nuevo. Pide ayuda a tu madre para eso, aunque no parezca, cuando se esfuerza, tiene buen gusto.

En la mente de Hanji, resonó un sonoro "Tsk". No podría olvidar esa expresión de supremo fastidio de Levi ni aunque Erwin le reventara el cráneo contra una piedra destrozándoselo.

La aludida asintió en silencio. A Erwin le gustaba más la Hanji de ahora, sumisa, callada y obediente, que la de antes, independiente, ruda, inteligente y curiosa. Para un ama de casa, estaba mucho mejor no saber demasiado ni ser demasiado autosuficiente. Y a fuerza de golpes a puño cerrado, encerrones en el granero, noches enteras en campo abierto, latigazos y demás lecciones, se lo había enseñado y se lo había enseñado bien.

Se sentía tan orgulloso de tener una esposa perfecta y hermosa que nunca daba su opinión ni se oponía a sus gustos e intereses.

A veces extrañaba un poco a la divertida teniente que comandaba en la antigua tropa de Reconocimiento, cuando Levi era su mejor amigo y podía apoyarse en él para las tareas difíciles.

Pero esos tiempos se habían terminado.

Todo lo que Levi daba por sentado, porque se le daba fácilmente sin siquiera pedirlo o hacer nada, ahora le pertenecía a él.

Era un increíble mérito y sabía que era todo suyo.

Hanji se levantó entonces de la piedra y se sacudió la falda. "Mierda- pensaba - ¡Cómo detesto esta porquería de ropa! Todo estaría tan bien si pudiera usar pantalones de nuevo, no puedo hacer nada con esta mierda". Pero si llegara a osar romper las reglas, Erwin le habría puesto una nueva paliza.

¿Cómo se había transformado en un ama de casa pusilánime y serena?

Habría que preguntar a las dos quemaduras en las palmas de sus manos. Cada una supuró hasta que se formó una costra dura y poco a poco fue cayéndose, para luego dar paso a una dermis y al final a una epidermis más lisa que a su vez fue cayéndose y al final se transformó en las cicatrices que tanta curiosidad daban a Matthew.

El día de su nacimiento, Erwin le había quemado las manos con hierros candentes.

Ya no dolían como le dolieron aquel día. No recordaba cómo es que hacía para cargar a Matthew y alimentarlo. Aquellos días, Erwin no quería ver el pequeño rostro blanco y estuvo tentado en varias ocasiones de apretar el blanco y frágil cuello del bebé que, ni aun siendo un bebé sonreía o tenía expresión alguna. Era la viva efigie del padre, el verdadero, el que había hecho mujer a la que no sabía cómo amamantarlo sin que torrentes de lágrimas recorrieran sus mejillas por el intenso dolor de las manos que debían sostenerlo.

Pero aún en su interior, ella era fuerte.

Su embarazo literalmente había sido un infierno. Sufría pensando que el padre era Erwin, y por eso aceptó el matrimonio aunque no de buena gana. Había firmado porque sabía que no vería más a Levi, al final lo vio, sí, tuvo su despedida feliz, sí, pero estaba embarazada. Desapareció ella de él y él de ella y pensó que tal vez un día tendrían oportunidad de verse las caras y decirse las palabras que no pudieron decir, buenas o malas.

Luego, al saber que estaba embarazada, Erwin pidió el permiso de paternidad para él y para ella. Se retiraron del ejército. Su embarazo fue un infierno porque él parecía muy feliz. Y ella lloraba noche tras noche y día tras día, haciéndose vieja, enfermando, sintiéndose miserable frente a él sin que éste pareciera siquiera reparar en su deterioro. Cual si no le importase.


El día del nacimiento de Matthew, 22 de febrero del año 856, todo eso cambió drásticamente.

Una comadrona entró en la casa Smith detrás del Muro María. Una casa de altos techos, blanca y de columnas redondas y se internó entonces en el cuarto de los esposos. Hanji no quería dar a luz frente a Erwin, pero éste se negó a irse. No cabía en sí de gozo, pues conocería al primero de su descendencia.

A Hanji no le fue difícil dar a luz, había tenido contracciones toda la mañana y tarde del día anterior y ahora, después de las 4 de la madrugada, era la hora. Pujó con fuerza, se sostuvo de la cabecera mientras Erwin le sostenía por detrás. Recordaba ese momento como en una especie de secuencia de película en blanco y negro. Un último esfuerzo desgarrador y un silencio solemne. Sintió un tirón y entonces vio emerger entre sus piernas y la sábana una figura pequeña, delgada y fantasmal. Era Matthew.

Erwin contuvo una maldición.

La comadrona sonreía a la madre. Las comadronas siempre sonreían a las madres, porque creían que los niños son la vida que se renueva sin importar quienes mueran. Siempre hay niños para reemplazar a los que se van. Humanos nuevos y carentes de antecedentes ni pasado que pueda prolongar sus angustias y desgracias.

Esta comadrona no tenía idea de que el niño que acababa de ayudar a tener a Hanji Zoe Smith sólo prolongaría la desgracia de la madre. Y entonces dijo la frase fatal que acabaría por dar al traste con las expectativas paternales del Comandante Smith.

- ¿Acaso este niño no debería ser rubio? Señora, usted debe tener familiares de las razas asiáticas porque este niño tiene el cabello más negro que he visto. Y sus ojos parecen de acero.

Ciertamente.

Los ojos de Matthew eran de un tono grisáceo, abiertos y brillantes. No lloró ni se removió. Alzó en completo silencio los brazos y la comadrona entonces se lo dejó a Hanji en los brazos. Erwin ahogó nuevamente una maldición y Hanji escuchó en su oído el rechinar enfurecido de sus dientes al ver el rostro del recién nacido.

"Te mataré. A ti y al bastardo de Levi. Y luego encontraré al soldado más fuerte de la humanidad y haré que recoja los escombros de los dos para terminar matándolo a él. Suelta al engendro y déjalo con la comadrona. Tú y yo vamos a arreglar esto ahora. Vístete".

Eso dijo a Hanji mientras ésta sonreía manteniéndose ecuánime, siendo presa del miedo. Aunque tuviera que desgarrarse entera, no le dejaría tocar a su hijo. Haría lo que fuese por él.

Pidió su ropa a la comadrona y ésta, alarmada, le dijo que no debía moverse. Hanji sólo le dijo que estaba bien, que regresaría.

Cuando volvió, sus manos eran dos heridas abiertas que parecían más bien producto de estigmas provocados por el Dios vengador y malvado en que ella no creía.

Cuando volvió, Hanji Zoe sonreía.


Nuevamente volvió de su ensoñación y Erwin le tomó suavemente el brazo. Le hizo recordar la garra en que su mano se convirtió el día que le había destrozado las palmas de las manos.

Tenía esa costumbre de murmurar de cerca en su oído, produciéndole un escalofrío primitivo, profundo, temeroso.

"Vamos a ir a Shiganshina. ¿Sabes qué hay ahí? Tu precioso Levi Ackerman. Vamos a presentarle a nuestro hijo. Quiero ver si se atreve a reclamarlo. Dudo que lo haga cuando sepa que soy el nuevo líder de la armada de la Reina…"

Parecía que le había leído la mente.

Sus labios temblaron un instante. Pero por primera vez en casi siete años, su corazón se había llenado de esperanza.

"Tu precioso Levi Ackerman… "

Nadie exceptuándola a ella, sabía el significado del nombre que eligió para su hijo. Erwin creyó siempre incluso que el nombre estaba bien porque se alejaba de todo lo que le recordaba a aquel hijo de perra.

Sin saber que, de hecho, Hanji había elegido ese nombre porque uno de los evangelistas en la historia de la Biblia, libro supremo del dogma cristiano (cuando aún existía) solía ser llamado así. Su nombre era Mateo; de ahí es de donde eligió llamar a su hijo Matthew, forma americanizada (cuando América aún existía) del nombre Levi, proveniente de la lengua hebrea (cuando aún existía en el mundo) que significa "El que une a los suyos".

Por alguna razón, sabía que Matthew un día la reuniría con él y la alejaría de Erwin.

Y al parecer el día había llegado.

Por fin.