¡LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN!

(A EXCEPCIÓN DE LOS OCS)


Agradecimientos.

Byakko Yugure: gracias por tu review. El Remi pues sí, es como la forma cariñosa de Rómulo. Y como lo demás te lo respondí por MP, solo me queda decirte que disfrutes el capítulo. (Vaya, es raro responderte una review de manera tan corta :v). Gracias por leer.

The Chronicler Fox: gracias por tu review. Mi estimado, estás acertando las posibles intenciones de Bellwether y, como ambos disfrutamos hacer sufrir a nuestros personajes (y lectores), solo te diré que es probable que sí, que vaya por la familia. Bueno, sería lo que yo haría :v. Con lo de Dan y Trivia, bueno, aquí sabes de ellos y con lo de Sabrina protegiendo a Meloney siempre... :v. Gracias por leer.

Alex Fox de Wilde: gracias por tu review. Espero que este capítulo te guste. Gracias por leer.

arturven: gracias por tu review. Gracias mano, me alegra que te guste y verás los planes de Bellwether más adelante. Gracias por leer.

Sin más que agregar, los dejo con el capítulo.


IX

Vacío

MarmotMeadows. Viernes, 7 de marzo, 9:13 h.

James veía absorto la pelea entre la comadreja y Rómulo.

Ambos animales se movían de distintas maneras. El lobo era más grande y fuerte que la comadreja, pero ésta era mucho más ágil, rápida y tenía una precisión demoníaca. Rómulo tenía en su pata buena el cuchillo con el que lograba detener las estocadas de la comadreja, mientras con su pata herida lanzaba zarpazos cada que podía. Parecía estar perdiendo la calma.

Por otra parte, pudo ver que la herida de Lupa, tanto la de la pierna como la del brazo, estaban sangrando demasiado. Entre él y Rachel pudieron hacerle un torniquete en la herida de la pierna, impidiendo que siguiera emanando tanta sangre, sin embargo, con la del hombro era más complicado.

—Debemos sacar la bala —le dijo James a Rachel; ella asintió. Él se giró hacia Lupa—. ¿Aguantarías?

Lupa asintió, bufando. Tenía el pelaje blanco de la frente húmedo por el sudor.

Con un temblor en la pata, James tomó el cuchillo que Rachel le ofrecía, y ahora que se ponía a pensar, la idea de atarle el nailon fue, de verdad, increíblemente práctica, mientras él había perdido su cuchillo varias veces, ella aún conservaba la pareja. Sacudió su cabeza para concentrarse en Lupa.

Colocó la punta de la hoja en la herida abierta, con cuidado introdujo la daga hurgando para encontrar la bala. Lupa soltaba bufidos de dolor a la vez que mordía un trozo de tela para no gritar y llamar la atención de Rómulo, quien estaba concentrado en la comadreja. Cuando tocó algo metálico, James movió la hoja alrededor de la bala y, dándole un asentamiento a Lupa, la sacó con un movimiento de la muñeca, arrancándole un gemido de dolor y alivio a la loba.

Cayó sentado al suelo, con la frente perlada en sudor y con la cabeza dándole vueltas. Jamás en su corta vida pensó que tendría que extraerle una bala a alguien, ni se diga pelear contra un secuestrador y miembro de una organización peligrosa.

¿Salidas al cine con su novia? ¿Caminatas por el parque? ¿Películas en casa de alguno de los dos? No. Eso es muy mainstream. ¿Por qué no mejor correr por su vida? ¿Pelear con asesinos? ¿Ser cirujano improvisado?

Claro. James sabía cómo tratar a su chica.

«Tendré suerte si me sigue queriendo después de esto», pensó, dando un suspiro agotado.

—Gracias —logro decir Lupa, mientras intentaba colocarse de pie. Al tambalearse un poco, Rachel se pasó uno de sus brazos alrededor del cuello.

—Debemos tratar de llegar a Burrows —le hizo saber Rachel a James—. Quizá allá podamos hacer algo. Un hospital o no sé.

James asintió y se puso de pie, colocándose el otro brazo de Lupa alrededor del cuello. Ambos le hicieron de base a ella para que caminara, cojeando, pero lograba andar.

—Debemos alejarnos de ellos —dijo—. Ya veremos cómo haremos en Burrows. Iremos al hospital para que le suturen las heridas o podremos quedarnos en casa de mis abuelos.

—¡No! —exclamó Lupa—. No podemos involucrar a tus abuelos en esto. Si Rómulo llega a vencer a Eurito, atacará a quien nos ayude. No podemos involucrarlos; primero porque son tus abuelos y segundo porque si Judy se entera, me mata.

Ambos chicos asintieron y empezaron a caminar con Lupa en dirección a Burrows. James tenía la esperanza de, al menos, por el camino toparse con alguien que se ofreciera a llevarlos a los tres.

—¿Eurito? —preguntó James, luego de un rato—. ¿Así se llama la comadreja?

Lupa negó con la cabeza.

—Es un alias —explicó ella—. Cuando yo apenas había ingresado a la ZPD hace veinte años, la jefatura estaba con un caso muy parecido a este: Los Olímpicos y Los Gigantes.

—Ya va, ¿«Olímpicos»? ¿Cómo los dioses y eso?

—Esos mismos —asintió—. Eran dos bandas criminales muy poderosas que estaban en guerra. En mi primera misión me mandaron a custodiar a una zorrita en el hospital de Zootopia… una que conoces muy bien. Y la cosa era que el líder de los Gigantes, el líder de los Olímpicos y un miembro de la policía, estaban emparentados.

»La comadreja que ves allá era, si mal no recuerdo, un miembro de los Gigantes que estuvo infiltrado en los Olímpicos; y en mi misión, nos ayudó a eliminar a un oso de alias Dioniso. Dudo de verdad que Rómulo le gane.

»Ustedes porque no lo han visto pelear, pero él es un demonio en cuerpo de comadreja.

Mientras caminaban, alejándose de ellos, James volteó a ver a Eurito y notó cómo esquivaba con la gracia casi de un felino, los zarpazos que Rómulo lanzaba, para luego girar sobre sí mismo y lanzar estocada con los kukris.

—Ya veo —dijo por fin. No le cabía duda de lo que decía Lupa, ese tal Eurito era macabro.

Siguieron caminando cada vez más hasta que Eurito y Rómulo eran sólo unas pequeñas manchas a lo lejos. Estaban empezando a adentrarse por la carretera rumbo a Burrows. A ambos lados de la misma crecían enormes maizales, tan altos como un elefante y tan vigorosos como un toro. El paisaje era encantador, pero lo que a James le importaba era que pasara un auto que les pudiera dar el remolque hasta Burrows.

—Y hablando como los locos —habló James, había recuperado su tono despreocupado; igual a su padre—. ¿Quién era la zorrita que tenías que cuidar en el hospital?

Lupa sonrió pese a su estado y le dio una mirada divertida.

—Meloney, tu hermana.


Sabana Central, departamento de Sabrina. Sábado, 8 de marzo, 9:29 h.

Al día siguiente del disturbio, del escape de Bellwether, y sobre todo de la pérdida de Dan y Colmillar, las cosas iban a un ritmo alarmante.

Cuando Judy se enteró de lo sucedido, les dio a ambas chicas una semana libre para que pudieran superar la pérdida que significaron el zorro y el tigre. Pero su madre, independientemente de las heridas que tuviera, se movía como una cheeta por la jefatura, entrando de un salón a otro, llevando y trayendo folios y expedientes, gritando órdenes a los demás policías. Nick, en cambio, era el que hacía de jefe suplente entregando las asignaciones diarias a los demás oficiales mientras Judy investigaba.

Durante el resto del día de ayer, cuando dieron la noticia, Sabrina se mostró con una tranquilidad perturbadora. Intuyendo que quizá algo estaba mal con ella, Meloney pasó la noche a su lado en su apartamento, por si se le presentaba algo, o simplemente necesitaba a alguien. Sin embargo, cuando ella despertó en la mañana, Sabrina estaba a su lado, con unas ojeras negruzcas bajo los parpados; no había pegado el ojo en toda la noche.

Ella se levantó y alistó para ir a la casa de Colmillar en busca de algo, dejando a la tigresa en su cuarto. Cuando llegó a la residencia de Mike, las palabras que le dijo antes de servirle como distracción le resonaron en la mente una y otra vez. No había estado mucho en la casa de su suegro, pero por lo menos recordaba dónde estaba el lugar de su destino. El despacho.

Entró. Era parecido al que había en casa de sus padres, una habitación de un espacio considerable, con estantes y libreros llenos de folios y carpetas, con un escritorio en el centro que tenía un ordenador portátil encima, y había una especie de caja fuerte que se abría por código anexada a la pared.

Se acercó a ella y recordando lo que le dijo Colmillar, introdujo la clave. Cuatro números que ella conocía muy bien. 1-0-1-1. El cumpleaños de Sabrina.

La caja se abrió con un pitido y soltó un sonido de descompresión, como el aire saliendo de un neumático. La abrió y encontró tres cosas: un folio, una memoria USB, y un collar con un trocito triangular colgando como un dije. Al abrir la carpeta sólo encontró tres fotografías con sus respectivos nombres escritos en la base: una de una jaguar, con la palabra «Ren», otra de un lobo, con «Atha» escrito, y otra, también de un lobo, con «Samuel» escrito.

Como no pudo encontrar relación alguna de esos animales, los pasó por alto, ya que no parecían ser de importancia.

Tomó la memoria, la conectó al ordenador portátil y un archivo de audio se abrió automáticamente.

Al llegar de nuevo al piso de Sabrina, eran pasadas las siete de la noche. Meloney dejó el folio, la portátil, la memoria USB y el collar en el comedor. Buscó a la tigresa, encontrándola sentada en el sillón más amplio que había; estaba revisando unos expedientes de la ZPD.

Meloney frunció el ceño al verla allí, trabajando.

—Deberías estar descansando o durmiendo —dijo ella, con aires acusatorios.

Sabrina volteó a verla, negó con la cabeza forzando una sonrisa y volvió a los expedientes.

—Estoy bien.

—No; no lo estás —le reprochó ella—. Mírate, llevas un día exacto sin dormir. Eso no es sano.

—Estoy bien —repitió Sabrina sin apartar la vista de las carpetas.

—¿A quién engañas? —Meloney estaba empezando a perder la paciencia—. Perdiste a tu padre hace nada y no has dormido. Sólo te enfocas en el trabajo, te estás pareciendo a él.

Sabrina irguió las orejas y se arqueó un poco, denotando que las palabras de la vulpina le dieron en una fibra sensible. Meloney, al ver que ella no respondía, se acercó, la tomó del cuello de la camisa y la hizo levantarse para llevarla al cuarto. A ella le pareció extraño que la tigresa no mostrara resistencia, porque si lo hacía no habría manera de que pudiera obligarla; Sabrina era más fuerte que ella. Mientras iban al dormitorio, la oía susurrar varias veces «Estoy bien».

—Descansa —le dijo Meloney a Sabrina, sentándola en la cama—. Vas a enfermar si no duermes.

Hizo un ademán para salir, pero Sabrina la sujetó de la muñeca.

—No te vayas… por favor —rogó.

Meloney sonrió y se sentó a su lado.

—No me iré, estaré contigo —la tranquilizó ella—. Ahora bien, ¿quieres decirme cómo te sientes?

—Ya te dije que estoy bien —volvió a decir—. No siento dolor, ni estoy triste, ni tengo lágrimas. Estoy bien. Debería llorar... —Sabrina se llevó una pata al pecho—. Debería estar llorando, pero no siento nada aquí. Nada. —Volteó a ver a Meloney—. ¿Acaso hay algo malo conmigo?

El tono que usaba le hizo entender a Meloney que en verdad estaba sufriendo, sólo que no lograba exteriorizar dichas emociones. Se le ocurrió que quizá la memoria USB que encontró podría hacer que dejara salir todo lo que se guardaba.

Le dijo que esperara un momento y salió, buscó la memoria y el portátil, y volvió junto a ella. Sabrina la miraba con una chispa de curiosidad.

—¿Esa no es la portátil de…?

—Sí —asintió—. Quizá con esto puedas desahogarte —agregó, estirándole ambas cosas.

—Lo dudo, Mily —dijo Sabrina, con voz apagada; suspiró y le dio a reproducir.

El primer sonido que salió del ordenador fue de estática, seguido de espectro del audio: picos y ondas color verde que variaban. Luego de un rato, alguien habló y Sabrina reconoció la voz de su padre; la expresión le cambió.

Hubo carraspeos en el audio.

«—Sabrina, si estás oyendo esto, quiere decir que he muerto, quizá morí en servicio o quizá morí protegiéndote. Espero, de verdad, que sea la última opción —dijo la voz de Colmillar en el audio—. Este audio tiene como propósito… —hubo una larga pausa—, pedirte disculpas…»

Sabrina se irguió y miró inquisitiva a Meloney, ella sólo le hizo una seña con la pata para que continuara escuchando.

«—Conociéndote, de seguro estás enojada, preguntándote que cómo puedo hacer esto por un audio y no de frente, pero seamos realistas, aunque yo quisiera hacerlo tú no me dejarías.»

—Tiene razón —asintió Sabrina.

«—Ninguno de los dos somos buenos con las palabras así que trataré de decirlo lo mejor que pueda. —Otra pausa, seguida de un suspiro—. Lo lamento. Lamento que mi obsesión con el trabajo me haya alejado de ti, yo…, yo solo quería protegerte, y en lugar de eso te alejé de mí… Si tu madre estuviera viva, posiblemente ahora yo estuviera en rehabilitación por lo que ella me hubiera hecho. —Una suave risa al fondo—. ¿Sabes? Al principio no me di cuenta, pero poco a poco lo noté.

»Me grabé tanto en la mente la promesa que le había hecho a tu madre en sus últimas, que dejé de lado todo, incluyéndote; y no sabes cómo me arrepiento de eso. Me lamento siempre haber estado lejos, sin intervenir, mientras ibas formándote en la hembra que eres hoy. En tu graduación de primaria, sí, fue Nick quien estuvo allí en mi lugar, pero lo que no sabes es que él grabó todo para que yo lo viera. Así fue con lo demás: secundaria, quince años, Academia, inclusive en tu certificación de policía. —Con cada evento que iba nombrando, una imagen aparecía en la pantalla; Meloney se percató de pequeño brillitos en los ojos de Sabrina. Comienzos de lágrimas—. En cierta forma, siempre velaba por ti, aunque no de la manera correcta.

»Con tu relación con Meloney, por ejemplo. Ese día me quedé tan sorprendido que reaccioné de la manera incorrecta y creo que fue en ese punto en que te perdí por completo, ¿cierto? —La voz de Colmillar flaqueó, como si estuviera dolido—. Ahora me doy cuenta que debí apoyarte en lugar de hacer lo que hice, y sé que con esto no puedo repararlo; lo hecho, hecho está. Sólo quiero que sepas que reconozco mi error.»

El tono de un celular repicó al fondo y Colmillar soltó un suspiro, resignado.

«—Parece que me tengo que ir —empezó a finalizar—. Sabrina, sólo quiero que sepas que aunque no te haya dicho todo esto, sí son cosas que de verdad siento. Siempre serás mi hija sin importar nada, hagas lo que hagas, estés con quien estés y digas lo que digas. Te has vuelto alguien de la que estoy sumamente orgulloso e imagino que tu madre pensará igual.

»¿Sabes? Algún día me eclipsarás y serás la mejor oficial que verá esta ciudad. No sé si tendré el privilegio de que me recuerden como el padre de Sabrina Colmillar, porque ni siquiera teníamos dicha relación como debía de ser, pero si llegase a suceder, sería el mejor legado que me puedo imaginar.

»Te amo, hija.»

Se oyeron ruidos al fondo, sillas corriéndose, y el tintinar de unas llaves. El audio sonó otra vez con estática y terminó; dejando la habitación en donde estaban ambas en un silencio total.

Meloney fue a decir algo, pero antes de siquiera poder abrir la boca, Sabrina la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza, reposando la cabeza en su hombro. Y ella pudo sentir las lágrimas de la tigresa cayéndole en el hombro. Meloney la abrazó por la cintura, dándole seguridad.

Las lágrimas de la felina caían sin parar. Y mientras se desahogaba, Meloney oía la misma frase: «No es justo». Al cabo de unos minutos, pareció que Sabrina había soltado por completo todo lo que la agobiaba y cuando se separaron, se percató de que los ojos de ella estaban húmedos y un poco rojos.

—Está bien —la tranquilizó Meloney—. ¿Cómo te sientes ahora?

—Mejor —afirmó Sabrina con la voz ronca—. Gracias.

La tigresa no dijo nada más, sólo la besó de pronto, intensamente. Meloney se quedó sin aliento de la repentina sorpresa. Sabrina la abrazó con fuerza y le acarició con cariño la mejilla.

—Te quiero —le dijo al oído, con voz ronca—. Eres lo único que me queda, Meloney.

Sabrina la besó de nuevo, con urgencia, con pasión. Meloney cerró los ojos sintiendo cómo el amor que sentía por ella estallaba e inundaba todo su ser. De modo que dejó que la besara, que bebiera de ella; se estremeció cuando la tigresa la tumbó sobre la cama y se echó sobre ella, pero no la alejó de sí.

Sin embargo, Sabrina se limitó a apoyar la cabeza en su pecho y a rodearle la cintura con los brazos, temblando. Y se quedó así, en esa posición, como si hubiese encontrado un lugar para el reposo después de un día agotador.

—Te amo —susurró.

Meloney respiró hondo y cerró los ojos, intentando controlar los sentimientos que amenazaban con desbordarse en su pecho. Fue entonces más consciente que nunca de que ella también la quería con locura. Le acarició el pelaje con cariño y susurró su nombre.

Sabrina no respondió. Se había quedado dormida

Meloney suspiró y la abrazó, acercándola más a ella. Cerró los ojos y se acurrucó junto a ella.

—Pase lo que pase —le susurró—, estaré contigo.


Distrito Forestal, mansión en las cercanías del río Moongoose. Sábado, 8 de marzo, 16:29 h.

Dan poco a poco iba abriendo los ojos. El cuerpo le dolía como el demonio y sentía una presión en el pecho al respirar. No había luz, era una oscuridad total, pero se adaptó rápidamente gracias a su visión nocturna. El brazo aún le daba destellos de dolor, sólo que con menos repeticiones; tenía cortes y moretones en varias partes, y al tratar de mover la pata del brazo herido un nuevo rayo de dolor le recorrió la extremidad. Estaba rota o dislocada. Esperaba que fuera lo segundo.

Sacudió la cabeza para espabilarse un poco y vio que a su lado, sentada con suma tranquilidad, estaba Trivia. La hiena, en su pata izquierda, a nivel del antebrazo, tenía incrustada una gruesa esquirla de madera que la atravesaba de lado a lado. Dan arrugó la cara, eso se veía doloroso, no obstante, ella no perdía la serenidad. Al entrecerrar los ojos para enfocarla mejor en la oscuridad, se percató de que tenía los ojos cerrados.

—Al fin te dignas en despertar —dijo ella, sin abrirlos.

Dan se incorporó algo desconcertado, miró alrededor y notó que estaban atrapados en un espacio de no más de dos metros cuadrados, el techo había quedado peligrosamente inestable, el pequeño espacio parecía un domo o una cúpula, y ese mismo espacio fue lo que les salvó la vida.

—¿Esta es la mansión? —preguntó—, quiero decir, ¿lo que quedó?

Trivia asintió.

—Estamos confinados.

—¿Y cómo salimos? —quiso saber él.

—Por eso esperé a que despertaras, genio —siseó, señalándose el antebrazo con la esquirla—. Con el brazo así no puedo salir, necesito tu ayuda.

—¿Disculpa? —Dan arqueó una ceja.

—Estamos en el Distrito Forestal, además de que cerca nuestro hay un río. Podríamos salir de aquí cavando por tierra una especie de túnel —explicó ella, como si fuera lo más obvio del mundo—. Sólo tendríamos que levantar algunas maderas hasta llegar a tierra y cavar. Es eso o morir aquí.

Dan miró sus alrededores y, efectivamente, la única manera posible de salir iba a ser bajo tierra, porque en el supuesto caso de que llegaran a enviar un equipo para sacarlo a él (lo que dudaba), podrían hacer que se les terminara de derrumbar el techo con sólo mover algo.

—Bien —se resignó—. ¿Cómo sé que no me matarás apenas estemos libres?

—No me sería provechoso —repuso Trivia—. Me descubrieron por mi ambición y me cegué por la venganza… Si tan sólo hubiera pensado un poco hubiera notado que era una trampa —suspiró—. Bueno, ¿qué le vamos a hacer?

—Un último punto —avisó Dan—. Apenas salgamos, me dirás dónde tienen a mi madre.

—En una casa a unos seiscientos kilómetros de FoxVille, la zona de referencia es una gasolinera —le soltó ella, como si fuera un dato sin importancia. Se levantó y le estiró la pata a Dan—. Ahora bien, ¿cooperamos?

Él la analizó con la mirada y bufó molesto, aceptando la propuesta.

—No será el Acuerdo Perfecto, pero ambos ganamos —sonrió, encogiéndose de hombros.

Trivia también sonrió; sonrisa que le hizo parecer a Dan que, en lo más profundo de ese ser frío y desalmado que era ella, se encontraba un animal como cualquier otro. Borró esas ideas de la mente; ella era un miembro de la SPQR, no una amiga.

—Bien —dijo Trivia—, vamos a levantar ese piso para salir de aquí.