Capítulo 10


— ¿Qué quieres decir con eso de que te encuentras en Londres?

Las palabras de Jasper, al otro lado de la línea, consiguieron que Bella mirase al techo y pusiera los ojos en blanco.

—Estoy trabajando para el Natural History Museum. Sé que debería haberte llamado antes pero, la verdad, no creí que por el momento fuera necesario.

— ¿Has tenido problemas con Mike? Es eso, ¿verdad? ¡Maldita sabandija! ¡Voy a partirle la cara a ese cerdo en cuanto lo vea!

Bella apretó el cable del teléfono entre sus dedos.

—Mike ha estado algo pesado los últimos meses, pero no, no he tenido problemas con él. Tan solo pensé que este cambio de aires me vendría bien. Fue una suerte que Jacob me hiciera esta oferta. Tal vez incluso me plantee la posibilidad de quedarme aquí una temporada.

—Mataré a Jacob por no decirme nada.

—Él no tiene la culpa. Tan solo me hizo una oferta y acepté, eso es todo.

— ¿No regresarás a tu excavación? —La voz de su hermano denotaba asombro—. Has trabajado mucho y muy duro allí.

—Lo sé. Pero en cierta manera necesitaba una oportunidad como esta…

Una que le permitiera liarse la manta a la cabeza y alejarse lo más posible de Mike, evitó decirle Bella a su hermano.

—Está bien. Si eso es lo que necesitas, lo entiendo. Pero trata de llamarme la próxima vez que se te ocurra largarte sin decir nada. Ni te imaginas la preocupación que he tenido que soportar desde que me dijeron en tu hotel que ya no te alojabas con ellos.

—Tienes razón —suspiró ella—, no te preocupes, la próxima vez que se me ocurra algo así, te llamaré primero.

—Ahora tengo que colgar. Por lo visto el Gobierno libio tiene previsto enviar a alguien para que eche un vistazo a la excavación, pero espero que me llames pronto. Una vez por semana estaría bien.

— ¡Por el amor de Dios, Jasper! No necesito que me protejas. Por si no te has dado cuenta, estás en otro país. Si sucediera algo, que lo dudo mucho, tampoco podría hacer nada.

—Tal vez, pero al menos me sentiría más tranquilo. Tras un instante de silencio, Bella soltó una profunda exhalación.

— ¡Está bien! Te llamaré una vez por semana.

—Bien, cuídate mucho Bella. En cuanto pueda iré a verte.

Cuando Bella colgó el auricular, una sonrisa se dibujó en sus labios. Sabía que su hermano no lo haría. Como de costumbre, si deseaba verlo, sería ella la que tendría que embarcar en un avión e ir hasta donde él se encontrase. Hacía años que Jasper prometía ir a verla siempre se topaba con imprevistos que se lo impedían: un maravilloso hallazgo arqueológico, una oportunidad de ganar dinero fácil o una rubia de labios ardientes y cuerpo de escándalo. Bella aún recordaba a Lizza, la última conquista de su hermano, una mujer tan atractiva como carente de sesera.

Tras echar un rápido vistazo a su reloj de pulsera, se apresuró a agarrar los documentos que había estado leyendo la noche anterior y los introdujo en su bandolera. No le gustaba llegar tarde. Si se daba prisa, aún llegaría al museo antes de que este abriera sus puertas. Puso el pesado macuto en su hombro izquierdo y se dispuso a abandonar la habitación del hotel. Justo cuando sus dedos rozaban el pomo de la puerta, el teléfono volvió a sonar. Bella resopló fastidiada y cogió el teléfono. Al otro lado, Jacob Black la saludó.

—Estaba a punto de marcharme al museo.

—Lo siento, señorita Sanders, pero ha habido un repentino cambio de planes.

Ella frunció el ceño y se sentó junto al teléfono.

— ¿Ha ocurrido algo?

—Esta mañana vendí la colección —la voz de Jacob denotaba entusiasmo.

— ¿Vendió la colección? Lo lamento señor Black, pero no lo entiendo. ¿Quiere decir que ya no trabajo en el museo?

—No exactamente…

— ¿No exactamente? —Bella estaba perpleja.

—Ahora la colección es privada, no se mostrará en el museo, pero continúan requiriendo sus servicios para catalogarla.

—Pero, todavía hay mucho trabajo por hacer. ¿Cómo puede alguien haber comprado algo así, sin tan siquiera conocer el valor exacto que poseen las piezas?

—Créame, Bella, yo también me lo he preguntado. Lo cierto es que posiblemente hayan pagado mucho más de lo que realmente vale. El tipo que la ha adquirido tiene la reputación de ser un tanto excéntrico, un tal señor Masen. Desciende de una poderosa familia y posee algún tipo de título: conde, marqués… ¡Qué sé yo! Lo cierto es que no lo recuerdo.

— ¡Vaya! —Se dejó caer contra el respaldo de su silla y soltó un suspiró de resignación—. Tendré que hablar con ese Masen y averiguar qué es lo que espera de mí.

—No creo que vaya a tener ningún problema. El contrato que usted firmó conmigo continúa en vigor. El propio señor Masen se encargó de que sus abogados lo arreglaran. Ahora trabaja usted para él.

Bella se quedó muda.

— ¿Es eso legal?

—Completamente —le aclaró Jacob—. Su contrato la vincula directamente con la colección y no con su propietario. Esta misma mañana —continuó diciendo—, Masen la espera en el restaurante del hotel Chancery Court. Por lo visto, desea que almuerce usted con él y le explique los detalles de su nueva adquisición.

— ¡Vaya! No esperaba conocerlo tan pronto.

—No se sorprenda. Según me dijo su abogado, Masen es un hombre de negocios acostumbrado a conseguir todo lo que se propone al momento. Dudo mucho que ese hombre destaque por su paciencia.

—Entiendo —suspiró Bella. Por algún motivo aquella actitud le recordaba a cierto hombre que había conocido en el desierto—. ¿Nos acompañará usted?

La risa de Jacob sonó al otro lado de la línea.

—Me temo que me será imposible, en estos momentos me encuentro a bordo de un barco camino a las islas Galápagos. Pero le prometo que en cuanto me sea posible contactaré con usted para ver cómo continúa todo. Espero no haberle causado demasiadas molestias. Como comprenderá, no podía rechazar una oferta como la del señor Masen.

—No se preocupe, lo entiendo perfectamente. Espero que tenga buen viaje.

Una vez colgó el auricular, Bella se quedó pensativa. No podía negar que se sentía un poco molesta por que Jacob no le hubiese dicho nada sobre todo aquello. Sin embargo, necesitaba aquel trabajo, entre otras cosas porque necesitaba seguir pagando la habitación del hotel donde se hospedaba.

Se levantó y se dirigió al cuarto de baño para echarse un vistazo en el espejo, preguntándose si estaba debidamente vestida para la ocasión. En principio, aquel iba a ser un día normal de trabajo y, como de costumbre, había optado por la ropa más cómoda y práctica que tenía: su tejano de color celeste algo desteñido y una camiseta de algodón.

Lanzó un suspiro de resignación. Poco importaba ya su aspecto, el señor Masen la esperaba para almorzar, lo que significaba que si decidía cambiarse de ropa llegaría tarde a su cita, y no convenía irritar al nuevo jefe el primer día, se dijo, asiendo nuevamente el macuto. Sobre todo si no sabía de él más que su apellido.

Según pudo averiguar, el Chancery Court, con sus siete majestuosas plantas y sus trescientas cincuenta y seis habitaciones, había sido catalogado como patrimonio inglés. Y, como correspondía a tan fastuoso nombramiento, la glamurosa decoración del lugar se mezclaba lujosamente con las comodidades que otorgaban un equipamiento actual y contemporáneo.

A pesar de que Bella lo consideró un poco ostentoso para su gusto, también lo encontró sumamente acogedor. Mientras caminaba sobre la alfombra roja del enorme vestíbulo se preguntó qué clase de hombre optaría por hospedarse allí. Alguien, sin duda, que se sintiese cómodo entre tanta fastuosidad y lujo. Un hombre seguro de sí mismo.

Aquel pensamiento atrajo a su mente irremediablemente la imagen de Edward. No había conocido a un hombre que destilara tanto poder y seguridad como él. Si lo hubiese conocido en otro lugar y situación…

Bella agitó la cabeza a los lados tratando de suprimir aquel pensamiento, se reprendió a sí misma por el sentimiento de añoranza que le provocaba. Debía olvidar de una maldita vez a ese tuareg. Ella estaba allí, en Londres, feliz con su nuevo trabajo y su nueva vida. Él, sin embargo, continuaba en alguna parte del Fezzan. Con seguridad, sus caminos no volverían a cruzarse. Debería de ser fácil pasar página y mirar hacia delante, tal como lo había hecho con Mike. Pero no comprendía por qué no podía hacerlo, y sentía que no era nada justo… Respiró profundamente y trató de recuperar la compostura. Estaba allí por negocios. Tenía que dejar sus problemas a un lado y centrarse en lo que tenía entre manos si deseaba que todo saliera bien. Al menos ese Masen le daría la oportunidad de concentrarse en algo nuevo. Algo que distrajera su mente de todo lo demás.

Según le había comentado Jacob, Masen pertenecía a la aristocracia. Cosa que en aquellos días tampoco era demasiado relevante, aunque sí era un detalle que despertaba enormemente su curiosidad. Nunca había conocido a nadie de la nobleza. Es más, cuando pensaba en un duque o conde, no podía evitar que de su mente surgiese la ilusoria y vetusta imagen de un caballero elegantemente vestido con frac, redingote y botas Wellington de piel. El rostro de Bella se iluminó ante aquella ridícula ensoñación, y se obligó a no sonreír.

—Buenos días —saludó al joven de la recepción—, creo que el señor Masen me está esperando.

— ¿Es usted la señorita Sanders? —preguntó el hombre, al tiempo que echaba una solapada mirada a su informal indumentaria.

A ella no le pasó por alto su escrutinio. Movió los pies, algo incómoda, y asintió.

—El señor Masen está esperándola en el restaurante. Si hace el favor de acompañarme.

Caminaron hasta el Pearl, el elegante restaurante del Chancery Court. A aquellas horas aún había poca gente y el silencioso fresco de la mañana dominaba el amplio espacio, agitando suavemente las blancas cataratas de perlas que decoraban el lugar.

Cuando el recepcionista se detuvo ante una de las mesas que se hallaban al fondo, junto a las grandes columnas de mármol, Bella le pidió un café bien cargado y se dispuso a tomar asiento frente al hombre que estaba en ese momento de espaldas a ella manteniendo una conversación por su teléfono móvil.

Cuando por fin él dio por finalizado el coloquio, dándose la vuelta para ocupar nuevamente su silla, Bella no pudo más que mirarlo con la boca abierta.

Durante un instante se quedó clavada en el sitio como un poste de teléfono. Su mente comenzó a girar como un torbellino, mientras sus ojos se desplazaban avivadamente por la sala, tratando de hallar la mesa del señor Masen. No pasó mucho tiempo antes de caer en la cuenta de que lo tenía justo delante.

— ¿Qué demonios estás haciendo tú aquí? —preguntó a Edward, al tiempo que un nudo se colocaba en su garganta.

—Siéntate Bella —dijo él, con una voz tan áspera como sugerente.

— ¡Y un cuerno! No pienso moverme hasta que me digas qué piensas conseguir haciéndote pasar por alguien que no eres.

—He dicho que te sientes.

—Veo que continúas dando órdenes —le dijo ella, sumida aún en la más absoluta confusión.

—Soy muy egoísta con mis posesiones.

—Te recuerdo que yo no soy «tu posesión».

— ¿Ah, no? —La miró de arriba abajo sin ningún recato—. Hazme el favor de sentarte.

Bella alzó el rostro y lo retó con la mirada.

— ¡Prueba de nuevo!

Edward empezó a dar ligeros golpecitos con la punta de los dedos en la superficie de la mesa. Luego se detuvo y la contempló, alzando una de sus cejas.

—Está bien. —Lanzó un profundo suspiro de resignación—. Señorita Sanders, ¿podría sentarse? Si es usted tan amable. Por favor.

Los labios de Bella se curvaron en una cáustica sonrisa. Tuvo que esforzarse enormemente para no atragantarse con aquella pequeña victoria.

—Por supuesto, señor Masen —respondió con maliciosa satisfacción—. ¿O debería llamarle gran señor del desierto? Debería usted aclarármelo, porque no sé qué nombre poner en la denuncia.

A Edward le brillaron los ojos.

—No creo que vayas a denunciarme, querida. Te recuerdo que todavía continuamos casados y que, además, ahora trabajas para mí.

— ¡Deja de decir tonterías! —bufó entre dientes—. ¿Cómo has conseguido engañar a Jacob?

—Yo no he engañado a nadie, querida.

—Si no te importa, deja de llamarme querida. —Entrecerró los ojos antes de insistir—: lo has estafado. El pobre cree que eres un magnate podrido de dinero.

— ¿Quién te ha dicho que no lo sea?

—Conmigo no te hagas el inocente. A mí no me engañas. Te hará falta algo más que ese traje para dármela con queso.

— ¡Oh! —Edward situó una mano sobre su duro pecho y le dijo en tono burlón—: Me has hecho daño.

—Tienes suerte de que no pueda sacarte los ojos…

— ¿Qué te lo impide, querida? —La retó a responder—. ¿Acaso el hecho de que estamos casados?

—No. Lo que ocurre es que tan solo tengo cerca el cuchillo de la mantequilla. —Alzó el cubierto con desinterés—. Como comprenderás, sería una auténtica guarrería.

Edward echó la cabeza hacia atrás, sin poder contener la risa, una masculina carcajada, que logró estremecerla de los pies a la raíz del cabello. Vestido con aquel traje gris, que parecía haber sido confeccionado sobre su cuerpo para ensalzar cada uno de sus potentes músculos, el aspecto de aquel hombre era todavía más impresionante e intimidador que antes.

—Me alegra comprobar que continúas poseyendo el aguijón de un escorpión.

—Y su veneno —añadió ella.

—Bien, Bella, la situación es esta. —Él parecía genuinamente relajado—. Ahora trabajas para mí. Ambos tenemos un contrato, firmado y en vigor. Si osas romperlo, me encargaré personalmente de que todo el mundo sepa que Bella Sanders no es de fiar, que tiene la mala costumbre de abandonar a mitad de un proyecto sin un buen motivo. Ya lo has hecho una vez, no sería de extrañar que volvieras a comportarte nuevamente como en Cuzco y salieras corriendo a las primeras de cambio.

— ¿Cómo sabes eso? —Bella soltó el aire que había estado conteniendo sin darse cuenta.

—Porque soy un magnate podrido de dinero, con muchos contactos. —Las comisuras de su sensual boca se curvaron en una media sonrisa, antes de añadir—: Una cosa más…

— ¿No te cansas nunca de exigir? Porque al ritmo que vas, acabarás agotado —comentó Bella, conteniendo el impulso de abofetearlo y salir de allí con toda la dignidad posible.

—Eres una mujer muy graciosa —respondió a su ironía.

—Sí. Como te dije en una ocasión, es una pena que no optara por trabajar en el circo, ¿no te parece?

—No es en un circo donde a mí me gustaría tenerte.

El brillo peligrosamente seductor de sus ojos le indicó a Bella a qué se refería. Carraspeó antes de atreverse a preguntar:

— ¿Qué más quieres?

—Te trasladarás a Tower-Hill, mi casa. Allí se encuentra la colección, por tanto, será el lugar donde trabajarás a partir de ahora.

Bella lo miró con los ojos como platos y rio nerviosa.

—No pienso abandonar mi hotel.

—Ya lo has hecho —aseveró él, con una seguridad pasmosa—. En estos momentos están trasladando tus cosas a tu nuevo puesto de trabajo.

— ¿Estás loco? El hotel no permitirá que entren en mi habitación, así sin más. No pienso quedarme aquí sentada ni un minuto más.

Bella decidió que ya había oído bastante, rebuscó nerviosa en el interior de su bandolera y extrajo una tarjeta de crédito, con la intención de no darle la oportunidad de pagar el café que había pedido y que se enfriaba aún intacto sobre la mesa.

—Reconozco que te he mentido.

—No me digas. —Agitó la tarjeta en el aire, reclamando la atención del camarero.

—Tal vez debería haberte dicho que soy el dueño de una veintena de hoteles, incluido el tuyo. —Un brillo de diversión aleteó en sus pupilas—. Otra cosa, harías bien en guardarte esa tarjeta, querida. A partir de ahora tenemos cuentas conjuntas. Ese trozo de plástico no vale un solo penique.

— ¡No te creo! —exclamó asombrada—. ¡Estás mintiendo!

—No te imaginas lo solícito que puede ser un banco cuando ingresas cifras con más de seis ceros.

— ¡No puedes hacer eso! ¡Es un maldito chantaje! —gruñó ella, tratando de no elevar el tono de su voz.

—Llámalo como quieras, querida. Pero es lo que hay.

—Podría no aceptarlo. —Podrías. Pero la célebre Bella Sanders tiene una reputación que salvaguardar. Se supone que eres uno de los mejores expertos en cultura inca y azteca, no creo que estés dispuesta a tirar por los suelos tantos años de trabajo. Corrígeme si me equivoco.

Bella sintió que le hervía la sangre. Ese hombre se mostraba tan seguro de sí mismo, que deseó rechaza su intimidante oferta y mandarlo a él y a su dinero al carajo. Sin embargo, ¿qué posibilidades tenía de hacerlo y salir bien parada de aquello?

Se sintió atrapada bajo sus ojos de depredador aguardando con seguridad una respuesta que conocía de antemano. Tragando saliva, intentó conservar la calma y pensar deprisa.

Tan solo debía ser paciente y aguardar nueve meses. Después, su matrimonio se anularía automáticamente. Ningún banco, hotel o lo que diantres fuese, se arriesgaría a obedecer a ese hombre si ella no tenía nada que ver con él.

Sin esperar una respuesta por su parte, vio cómo Edward se levantaba y rodeaba a continuación la mesa. La forma en que la miraba era completamente salvaje.

—No tengo todo el día, querida. Y tú no tienes otra elección. —La agarró por el codo y la obligó a levantarse.

—Estás acostumbrado a que siempre se haga tu voluntad, ¿me equivoco?

Bella trató de rehuir su intensa mirada, pero era incapaz de apartar los ojos del rostro seductor de Edward. Él se limitó a sonreír mientras la exhortaba a caminar hacia la salida, ante la atenta mirada de los huéspedes que se hallaban en aquel momento almorzando en el restaurante.

—Sé caminar sola.

Edward, ignorando su enojo, soltó su brazo y pasó una mano alrededor de su cintura. Bella sintió en sus mejillas un calor incontrolable. Después de todo lo que había pasado, no podía entender que su cuerpo reaccionara así con la simple cercanía de aquel hombre. Cierto que su aspecto era increíblemente apuesto y provocativo, ninguna mujer que lo mirase podría negar ese hecho, pero aquel motivo no haría que ella lo odiase menos. Porque se supone que eso era lo que debía sentir por él. Un odio fuerte y arraigado, ¿o no?

Por primera vez en su vida se dio cuenta de que no conocía la respuesta. Sabía que no debía ceder ante los avances de un hombre que la había retenido en contra de su voluntad y con el que se había casado bajo coacción. Su forma de seducir a una mujer era demasiado totalitaria y dominante. Tanto, que estaba segura de que en el corazón de aquel hombre no había cabida para nada que no fuese el sentimiento primitivo de posesión y la satisfacción de sus propios deseos. El amor nunca formaría parte de su estilo de vida. Vistiera traje o túnica, siempre sería el mismo hombre.

Bella cerró por un momento los parpados. ¿Por qué le preocupaba aquello? Debería importarle un comino si Edward tenía corazón en su pecho o si, por el contrario, bajo sus costillas había una enorme patata. Poco o nada tenía eso que ver con ella. Dentro de nueve meses ni siquiera estarían casados. Una sonrisa se dibujó en sus labios al imaginar el gesto de Edward cuando descubriese que los papeles del divorcio ya estaban en marcha. Si nada ni nadie lo impedía, dentro de poco ese hombre se quedaría soltero y sin compromiso.

—Veo que tu humor ha mejorado —le comentó Edward reparando en su mueca de satisfacción.

—No puedes hacerte una idea de cuánto. —Bella le sonrió con malicia.

—Me alegro —respondió, al tiempo que una enorme limusina se detenía ante ellos. Abrió la puerta y aguardó a que ella subiera al vehículo.

—Yo de ti, no me alegraría demasiado pronto, querido —murmuró con voz sedosa mientras se acomodaba en el asiento.

Cuando él se sentó frente a ella, Bella comprendió que aquel espacio era demasiado pequeño e íntimo para hacerla sentir segura. Impresión que se acrecentó cuando el chófer cerró la puerta y se dirigió hacia la parte delantera del vehículo para ocupar a su lugar tras el volante.

— ¡Vaya! Esto difiere mucho de los caballos y los camellos, ¿no te parece?

Edward se encogió de hombros.

—Siempre podríamos regresar al desierto, si es lo que deseas. —Sus sensuales labios se curvaron en una provocativa expresión—. Aún añoro los ratos que pasábamos en la laguna. ¿Tú no?

La respiración de Bella se entrecortó, un torbellino de sensaciones le bombardeaban el pecho. Se movió nerviosa en el asiento, furiosa consigo misma.

—Me gustaría saber cómo demonios puedes llegar a ser tan extraordinariamente arrogante — masculló ella entre dientes.

—Practico mucho.

—Pues, créeme, te sale la mar de bien.

Edward rio entre dientes, se inclinó inesperadamente hacia delante y situó ambas manos a cada lado del cuerpo de ella, acorralándola por sorpresa.

Bella cerró los parpados y pudo sentir el aliento de Edward acariciando suavemente su mejilla. El pulso parecía irle a mil por hora y la respiración no le funcionaba mucho mejor. Comenzó a sentirse tan mareada como si se hallara en un tiovivo. Suspiró profundamente, repitiéndose que debía mantener la calma. « ¡Contrólate!», se dijo abriendo nuevamente los ojos. Una chocante sensación de dependencia se hizo con su cuerpo cuando advirtió cómo él la devoraba con aquellos feroces ojos de color azul. Su boca se acercaba a ella por momentos, provocando que el corazón le comenzara a palpitar sin control.

—Regresa a tu asiento —le pidió cuando finalmente pudo respirar. — ¿Y si no? —Una traviesa sonrisa se hizo con la boca de Edward—. ¿Qué harás si decido poseerte aquí mismo?

Los dedos de Bella se clavaron involuntariamente en la tapicería del asiento.

— ¡No puedes hablar en serio! Si no te apartas de mí ahora mismo, voy a gritar.

La sonrisa de Edward se hizo aún más amplia. Retiró una de sus manos y seguidamente pulsó un botón plateado, situado junto a la puerta. Ante la asombrada mirada de Bella, el cristal que separaba al chófer de los pasajeros comenzó a subir.

—Puedes gritar todo lo que te apetezca. El vehículo está insonorizado, cielo.

— ¡Eres detestable! —rugió ella.

— ¿Tú crees? —respondió Edward, al tiempo que rozaba deliberadamente su boca con los labios.

Una descarga eléctrica cruzó su columna vertebral

—No puedes…

— Sí puedo —la interrumpió Edward.

—Eres detestable.

—Eso ya lo has dicho —le recordó, mientras deslizaba su mirada hacia abajo, para depositarla en la exuberante redondez que se vislumbraba por encima del escote de su camiseta.

Cuando Bella movió su mano, en un intento por ocultar la insinuante curva de sus senos, él le sujetó la muñeca y llevó la punta de sus dedos a sus labios, besándolos uno a uno lentamente.

—Deja de hacer eso —le pidió débilmente.

—Te falta convicción, querida esposa.

Su miradas se cruzaron y Bella advirtió el brillo peligroso que flotaba en sus ojos. Edward era el hombre más guapo que había conocido. Guapo y seductor. ¿Qué habría de malo en ceder a sus pretensiones una vez más? Tan solo tendría que dejarse llevar, eso era todo. Luego, ya tendría tiempo para mortificarse por lo que había hecho.

De pronto se dio cuenta de lo que estaba pensando. ¿Cómo podía tan siquiera plantearse hacer una cosa así? ¿Acaso ese hombre había acabado también con su orgullo?

En ese momento supo que si no hacía nada para evitarlo, estaba perdida. Movió rápidamente la mano y se escabulló de entre sus dedos.

— ¡Serás…! Te recuerdo que estamos casados solo porque tú me obligaste. De haber sucedido en cualquier otro lugar del mundo, esa boda tendría ahora la validez de un comino.

Edward entornó los ojos y mordió suavemente su labio inferior. Cuando notó el temblor de Bella, se sintió satisfecho del efecto que causaba en ella.

—Me encanta cuando te pones a la defensiva.

Bella lanzó un bufido y cruzó los brazos bajo su pecho, sin advertir que con aquel gesto no hacía más que resaltarlos, empujándolos hacia arriba.

—Vanidoso. ¿Crees que todo lo hago para que pases un buen rato?

—Eso parece —dijo, clavando los ojos en la cremosa piel de sus senos.

—Eres increíble, ¿lo sabes? —Bella se apresuró a cambiar de postura, situando los brazos a los lados de su cuerpo y provocando en él una fuerte y vibrante carcajada.

—No tanto como tú.

Bella se quedó sin aliento, sorprendida por el beso rápido y fugaz, que él le dio. Lo miró boquiabierta, preguntándose a qué había venido. Habría esperado cualquier palabra punzante y llena de ironía, pero aquel gesto había surgido de los labios de Edward de una forma espontánea y natural, dejándola completamente fuera de juego.

Se movió inquieta en el asiento y observó el paisaje a través de la ventana.

— ¿Adónde nos dirigimos? —le preguntó a Edward, advirtiendo que el vehículo dejaba atrás Hyde Park.

—Tower-Hill se halla en las cercanías de Hampstead Heath. Un lugar acogedor.

—Y solitario… —concluyó ella con un suspiro.

—De la forma en que lo dices, bien parece que mi intención fuese cortarte en trocitos y deshacerme de ti.

—No. No creo que esa sea tu intención —repuso ella.

— ¿Por qué no? —preguntó él, divertido.

—Mi cuerpo te gusta demasiado. —Lo miró directamente y prosiguió—. Además, no creo que pudieses deshacerte tan fácilmente de mi cadáver. En el desierto puede, pero aquí en Londres. — Chasqueó la lengua contra el paladar—. Aquí es otro asunto.

Una sonrisa mordaz se acuarteló en los labios de Edward. Se hundió en el respaldo de su asiento y la observó con atención.

—Sabes que nunca te haría daño —le dijo Edward con un brillo astuto en los ojos.

— ¡Ya! Pero disfruto fastidiándote. Es bueno que no te acostumbres a que todo el mundo haga lo que tú quieres.

—Entonces, supongo que debo darte las gracias —replicó él con socarronería.

—De nada, alguien tenía que hacerlo.

Él se puso tenso cuando advirtió que un mechón de sus cabellos se desplazó sobre su suave mejilla. Tuvo que esforzarse para mantenerse en el mismo sitio y evitar apartarlo de sus bellas facciones con una caricia.

—Decididamente, soy un hombre afortunado.

— ¿Sí? ¿Cómo de afortunado? —preguntó ella sin pensar.

El gesto de Edward se había tomado increíblemente serio.

—Tremendamente afortunado.

Ella se alteró al oír aquellas palabras. Maldita sea, se dijo entornando los ojos. Edward lo había vuelto a hacer. La había dejado nuevamente confundida con su tono dulce como la miel y unas palabras que no podía estar segura de que fuesen fruto o no de la ironía.

Durante el resto del camino ambos decidieron ignorarse. Bella no dudó en extraer unos documentos de la bandolera, que luego aparentó ojear, mientras Edward hablaba sin cesar por su teléfono móvil, organizando, rompiendo y formalizando negocios.

Aunque fingía estar absorta en la lectura, no perdió detalle de lo que Edward decía. Era increíble cómo podía hablar de miles de dólares, como si se tratase de mera calderilla. Aún le costaba creer que fuese la misma persona que había conocido en el desierto, con aquella túnica de color azul y un brillante telek enfundado en el cinto.

Edward era inteligente, culto y varonil, sin embargo no debía olvidar que, sobre todo, era un hombre peligroso. Le lanzó un rápido vistazo por encima de los documentos y se sobresaltó al descubrir la mirada de él clavada en ella.

Desesperada por aparentar una serenidad que en absoluto sentía, desvió su atención nuevamente a los papeles y fingió no sentirse afectada. Casi lo habría logrado, de no ser por el escalofrío que le provocó el oír el eco de su masculina risa. Con gran dificultad consiguió respirar para calmar sus nervios, mientras el corazón le latía a un ritmo descontrolado.

—No sé qué es lo que encuentras tan gracioso —le espetó ella.

—Me deseas, Bella Sanders. —Le bastó una sonrisa para insinuarle que, para él, su cuerpo no tenía secretos.

—Tanto como caer de un tren en marcha —respondió ella con hostilidad.

—Di lo que quieras. Pero tú y yo sabemos la verdad.

Bella bajó los papeles y lo miró.

—La única verdad que yo sé es que te falta un tornillo.

—A ambos nos falta alguno cuando estamos juntos, ¿no lo has notado?

Bella tragó saliva ante la veracidad de sus palabras, se concentró nuevamente en los documentos y carraspeó antes de decir:

—Continúa soñando.

La mirada provocativa de Edward brilló en la penumbra del vehículo.

Media hora después, atravesaron la vetusta verja de hierro que circundaba la propiedad. A medida que se adentraban en Tower-Hill la vegetación se hacía menos salvaje y tupida.

Bella admiró el vasto lugar poblado por verdes e infinitas llanuras, pequeños lagos y cipreses perfectamente recortados. Cuando el vehículo enfiló por el camino principal, se relajó un momento y se permitió disfrutar de la tranquilidad y la aparente armonía que los rodeaba.

De pronto, surgió como de la nada la inmensa casa. Al contrario de lo que había esperado, Tower-Hill era una mansión de estilo marcadamente Victoriano, con grandes tejados de pizarra gris e incontables chimeneas de dos tiros. Hermosísimos ventanales de cristales emplomados resaltaban sobre las paredes de ladrillo rojo, engalanadas en ciertas zonas por enormes enredaderas de hojas verdes y brillantes. Era como estar en otra época; luces, sombras y damas envueltas en montones de enaguas, aguardando a un gentil caballero con sombrero de copa.

Cuando la limusina aparcó junto al pórtico principal, Edward salió del coche y aguardó junto al vehículo a que ella decidiera hacerlo.

La sensación que le había producido ver aquella casa a lo lejos, no había menguado al tenerla tan cerca. El lugar era un verdadero palacio, una mansión digna de un conde o un príncipe. Bella se ruborizó al ver toda una hilera de empleados aguardándoles junto a la puerta. Por un instante sintió que el valor la abandonaba, e incluso valoró la idea de permanecer un rato más en el vehículo, pero tras advertir el gesto impaciente de Edward decidió que lo más prudente era salir del coche y enfrentarse con todo aquello de una vez por todas.

—Bienvenida, señorita —la saludó amablemente el hombre de más edad, que parecía hablar en nombre de todos los restantes.

Antes de que pudiese decir nada, Edward respondió por ella:

—La señorita es mi esposa, William —le dijo Edward al mayordomo, ante la mirada sorprendida de Bella.

—Oh, eso es maravilloso señor —respondió el hombre, y sonrió a Bella con verdadero entusiasmo—. Sea usted bienvenida señora Masen. Es un placer tener una nueva duquesa en TowerHill.

—Gracias, pero por el momento creo que prefiero que no me llame usted señora Masen — respondió Bella sonriendo con sutileza—, es demasiado, cómo diría yo increíble. Sí, esa es la palabra, es rematadamente increíble —terminó farfullando.

Dicho esto, continuó su camino hasta el interior de la casa, sin detenerse a mirar el gesto estupefacto que puso el mayordomo. En cuanto llegó al vestíbulo, con paredes tapizadas en turquesa y alfombras tejidas con un sinfín de hebras de colores, deslizó la mirada a su alrededor tratando de hallar su equipaje.

— ¿Y mis cosas?

—Veo que comienzas a hacerte a la idea de que este es ahora tu hogar.

—Eres tan presuntuoso. —Se acercó a él y le obsequió una envenenada sonrisa—. Tan solo deseo saber, dónde están, por si decido marcharme pronto.

—Romperías nuestro contrato —le recordó con una sutil mirada.

—Sería por una buena causa.

—No se me ocurre ninguna. —Edward se encogió de hombros y alzó una de sus cejas.

—Pues te daré una buena razón. —Lo miró, haciendo gala de un repentino arrojo—. Diferencias irreconciliables. Aunque poseas el cerebro de un primate, seguro que has oído hablar de eso.

—Entonces, admites que estamos casados.

—Nunca he dicho lo contrario. —Se encogió de hombros con desinterés.

—Bien.

—Bien —repitió Bella de manera automática—. Y ahora que lo tenemos todo claro, ¿me dirás cuál es mi dormitorio?

Él se apartó un paso e hizo una ligera inclinación, conteniendo unas evidentes ganas de reír.

—Tú primero.

Con todo el valor y la dignidad que pudo reunir, Bella comenzó a caminar delante de él, enfilando por las escaleras que conducían a la planta superior. Allí las moquetas y la seda que tapizaba las paredes eran de tonos granates y vino. A Bella le pareció una decoración demasiado recargada, aunque por lo poco que había visto de aquella casa, los recios muebles de madera, seguramente fabricados en palosanto y roble, eran probablemente los originales. Eso sin contar las paredes y suelos, que parecían ser tan arcaicos como todo lo demás.

— ¿Qué opinas? —preguntó Edward, percatándose de la inspección a la que estaba sometiendo la casa.

—Es interesante. —Fingió no sentirse intimidada por la historia de cuanto la rodeaba.

— ¿Solo interesante? —resopló Edward con desenfado—. Eres doctorada en Historia antigua, deberías mostrar algo más de entusiasmo.

—Por si no lo sabes, la Historia antigua abarca cierto periodo que finaliza antes de la Edad Media. No creo que todo esto sea tan antiguo. Lo único anticuado aquí eres tú y tu idea de cómo tratar a una mujer.

—Touché —murmuró Edward con naturalidad, al tiempo que abría una de las puertas del amplio corredor. Cuando Bella entró en el dormitorio, ahogó una exclamación.

Aquella estancia, en la que predominaban los tonos verdes y salmón, era la habitación más espectacular que había visto jamás. Acorde con la época, las paredes mostraban infinidad de formas y dibujos de inspiración oriental, con lo que pudo deducir fácilmente que dataría aproximadamente del siglo dieciocho o diecinueve. Periodo en el que la alta sociedad europea mostró una inclinación desmedida por todo lo procedente de Asia.

Cuando Bella advirtió cómo él la miraba, echó los hombros hacia atrás y trató de recordar por qué estaba allí.

— ¿Se supone que debo dormir en una cama de tres siglos de antigüedad? —Fingió un suspiro de frustración.

—No sé por qué te sorprendes, yo llevo años haciéndolo.

Dejó caer la bandolera al suelo y abrió los ojos de par en par.

— ¿Tratas de decirme que vas a dormir en este dormitorio?

—Lo que trato de decir, queridísima esposa, es que dormiré en esta misma cama —recogió el macuto y lo puso sobre el pequeño sofá de dos plazas emplazado junto a la ventana.

— ¡No lo harás! —contestó Bella.

— ¿Apuestas algo?

—No puedes obligarme a compartir tu cama. Eso es… Eso es… —Bella no encontraba las palabras para describir su infortunio.

—Eso es el matrimonio, querida.

—Pequeño hombrecillo presuntuoso. —Bella se plantó frente a Edward y alzó el mentón para poder mirarlo a los ojos con aplomo—. En primer lugar, quiero que me digas cómo sabías dónde encontrarme. Y no me digas que dejo el rastro de un camello herido, porque no cuela.

Edward dominó las ganas de reír.

—Para empezar, tengo mis contactos —dijo, reprimiendo el impulso de besarla—, y en segundo lugar, si lo que intentas es intimidarme, será mejor que crezcas un par de centímetros o te calces uno de esos zapatos de tacón tan sexis, que te sientan tan bien.

— ¿Qué te ocurre? ¿Tienes un trastorno bipolar? Por si te interesa, esos zapatos eran unos Manolo. ¡Unos Manolo! Nada menos. —Alzó las manos para enfatizar sus palabras—. Costaban una fortuna.

—No creo que en el desierto pudieras lucirlos como es debido.

—No escurras el bulto —le dijo Bella, mientras abría la maleta donde alguien había metido todo su equipaje. Tras echarle una mirada con el rabillo del ojo, añadió —: Te guste o no, me debes unos Manolo Blahnik.

Cuando Bella abrió la puerta del armario, la pila de camisetas que tenía entre las manos cayó al suelo.

— ¿Qué demonios es todo esto? —exclamó atónita, mirando las ropas y los zapatos, aún con la etiqueta puesta.

—Supongo que son esos Manolo que me reclamas con tanto ahínco.

—No seas ridículo, aquí hay al menos una docena de pares de zapatos.

Él se encogió de hombros, como restándole importancia.

—No sabía de tus gustos.

—Claro, por eso decidiste llenar el armario con un montón de ropa de diseño. —Extrajo un vestido y se lo mostró—. ¡Por el amor de Dios! ¿Sabes lo que cuesta esto?

—Por supuesto que lo sé, yo mismo lo compré.

—Ni hablar. —Exclamó, arrojando la prenda sobre el colchón—. No pienso ponerme nada de esto. Si crees, que me pondré algo que tú me hayas comprado, puedes esperar sentado.

—Tómalo como un adelanto. Al fin y al cabo, precisarás ropa nueva para los eventos. Un par de bailes y cenas; nada espectacular.

— ¡No voy a ir a ningún evento!

—Querida Bella, ahora trabajas para la fundación Masen y no para ese cretino de Black. Puedes estar segura de que asistirás a todas las fiestas y eventos que sean necesarios. Aunque para ello tenga que llevarte a rastras.

—Deja de compararte con Jacob Black —le gritó ella—, él sí es un hombre, no como tú.

Bella cerró la boca, arrepentida de sus palabras. La expresión de Edward pasó del asombro a la ira en un instante. Entornó los ojos y en el interior de sus pupilas centellearon rayos de furia.

—Pareces conocer muy bien a ese Jacob.

—Sabes que no es a eso a lo que me refería. Lo que ocurre es que consigues sacarme de mis casillas con tus comentarios y tu actitud prepotente. —Se detuvo un momento—. Además, qué hay de Baseema. Tarde o temprano regresarás a Ghat. No creo que ella esté dispuesta a renunciar a ti.

— ¿Estás celosa?

Durante un segundo Bella se quedó sin palabras.

—No digas estupideces —resopló nerviosa—, solo trato de decir que…

—Estás celosa, no vale de nada que lo niegues.

— ¡Eres un presuntuoso!

Edward se movió con rapidez y la agarró por los brazos, forzándola a que se acercara a él.

—No lo niegues, Bella —susurró contra sus labios—. Admite que sientes algo por mí.

—No lo entiendes Edward, si es así como realmente te llamas… No puedo admitir eso.

— ¿Por qué no? —Edward se apartó bruscamente de ella.

— ¿Aún te atreves a preguntarlo? —soltó Bella, con una nota de ansiedad en su mirada—. Me secuestras, me obligas a casarme contigo y luego te las apañas para que te siga hasta aquí. ¿Es que nunca haces nada que no sea lo que tú, y solo tú, deseas? —Lo miró con el mentón levantado—. Estoy harta de que jueguen conmigo, Edward. Y tú no has parado de hacerlo desde que te conozco. ¡Abre los ojos! Tú no me amas, tan solo es deseo. ¿Acaso no te das cuenta?

—No puedes saber lo que siento —aseveró él, con la mandíbula y los puños comprimidos.

—No, no puedo. Pero esto no es amor. El amor no es egoísta, Edward. Es insubordinado y altruista. No está sujeto a reservas o a los dictámenes de una de las partes. —Bella sintió cómo las lágrimas de indignación pugnaban por escapársele de los ojos. Cerró los parpados para evitarlo y se dio media vuelta, tratando de que Edward no advirtiera que comenzaba a derrumbarse—. Márchate, Edward. Necesito estar sola.

La puerta se cerró de golpe y Bella se quedó de pie, inmóvil en el mismo sitio, preguntándose a qué había venido ese portazo. No entendía por qué había dicho todas esas cosas. Y, sobre todo, no alcanzaba a comprender por qué le afectaba tanto.

Había actuado como una tonta. Nunca antes había perdido los papeles de aquella manera, mucho menos con un hombre. Pero lo cierto era que estaba ofendida, malhumorada y furiosa. Cosas que hasta ese momento le eran ajenas. Sin embargo, no podía entender aquellos celos que parecían devorarle el alma. ¡Por todos los santos! Aquello sí era insoportable. Imaginarse a Edward junto a esa alimaña de Baseema le corroía las entrañas. ¿Cómo iba a poder evitar que él regresara al desierto? ¿Y por qué querría evitarlo? Si el regresaba al oasis, ella tendría la ocasión de romper el contrato y largarse de allí. Totalmente confusa, se dejó caer sobre la cama y fijó la mirada en el verde prado que se divisaba a través de la ventana, deseando fervientemente que alguien le explicara lo que le estaba sucediendo.