Capítulo 9
Quinn miró su reloj por décima vez en cinco minutos.
El avión que llevaba a su hija había aterrizado y ella llegaría enseguida. Un minuto después, su móvil vibró al haber recibido un mensaje. La limusina con su hija estaba llegando al palacio. Incapaz de esperar más, salió del despacho y bajó hasta el vestíbulo. Tomó aliento y esperó lo que le pareció una eternidad. La puerta principal se abrió y uno de sus guardaespaldas entró acompañando a una joven que llevaba en brazos a una niña diminuta con la cabeza llena de rizos morenos y el pulgar metido en la boca. Tenía los ojos muy abiertos y miró alrededor con cautela.
—Alteza —la saludó el guardaespaldas—. Os presento a Hilda. Lleva dos meses cuidando a Stephenia.
—Hola, Hilda —saludó Quinn a la joven.
—Gracias, Alteza —la joven zarandeó levemente a Stephenia—.
Stephie, es tu otra madre, salúdala.
Stephenia la miró y escondió la cabeza en el hombro de Hilda. —Está cansada y cohibida —explicó Hilda—. Vamos, cariño, es tu mamá.
Hilda hizo un gesto como si fuese a dejar a Stephenia en brazos de Quinn. Ella se quedó paralizada y Stephenia dejó escapar un alarido aterrador.
—A lo mejor quiere comer algo o descansar —intervino Quinn—. Un empleado puede acompañaros al cuarto de la niña.
Mientras la niña seguía gritando por el pasillo, Quinn se preguntó qué se había esperado. Esa niña no sabía nada de ella y cuando la miró se asustó, naturalmente. No sabía qué hacer con una niña de dos años. Cuando la vio la primera vez, le pareció inocente y angelical, como si necesitara protección. Sin embargo, cuando abrió la boca, se preguntó si no sería una alienígena. ¿Cómo era posible que alguien tan pequeño pudiera hacer un ruido tan estruendoso? En ese momento entendió por qué sus antepasados habían mantenido lejos a los hijos ilegítimos. Si todos los niños gritaban así, lo raro era que sus padres hubieran permitido que cualquier niño se hubiese criado allí. Ella, naturalmente, tuvo una legión de niñeras hasta que lo mandaron a un internado. Rachel le había presentado muchas posibilidades maravillosas con su hija, pero al oír sus alaridos por el pasillo, se preguntó por qué su hija iba querer que la tomara en brazos, por no decir nada de sacarse una foto con ella. Quinn se temió que tardaría años en conseguirlo.
—No para de gritar —le comunicó Quinn a Rachel—. Mi hija no para de gritar.
Rachel se mordió el labio para contener la risa.
Evidentemente, no tenía experiencia con niños pequeños. —Casi todos los niños de su edad gritan —la tranquilizó ella acariciándole la espalda.
—Gritó cuando creyó que iba a tomarla en brazos. No fue un encuentro muy halagüeño.
—Bueno, ha volado por media Europa para llegar a un sitio desconocido. No ve a su madre por ningún lado.
Estará cansada y asustada. Tienes que darle otra oportunidad. En realidad, como es tu hija, tienes que darle infinidad de oportunidades.
—Voy a dársela dentro de unos minutos. ¿No me acompañarías?
—Claro —contestó ella con cierta sorpresa—. ¿Cuál es el plan?
—Iremos al cuarto de la niña.
—De acuerdo. Puedo prever que saldrá mejor que el primer encuentro.
Al cabo de un rato, entraron en el cuarto de la niña, donde Stephenia estaba agarrando una manta y chupándose el pulgar mientras apretaba unos botones que encendían unas luces en un tablero. Hilda observaba la escena desde el extremo opuesto de la habitación. Stephenia y Hilda levantaron la mirada a la vez y la niñera se puso de pie.
—Alteza…
Stephenia miró con animadversión a Quinn, luego a Rachel y otra vez a Quinn. Rachel se acercó a la zona de juegos y se sentó. Se quitó el sombrero y lo dejó a su lado mientras tomaba un libro y empezaba a leerlo en voz alta.
Pasó la primera página y poco después, Stephenia se acercó y miró por encima de su hombro. Rachel pasó otra página y la niña se sentó a su lado sin soltar la manta ni sacarse el pulgar de la boca. Rachel siguió leyendo y Stephenia se apoyó en ella. Acabó el libro y la niña se sentó, agarró el sombrero texano de Rachel y se lo puso en la cabeza.
—¿Eres una vaquera? —le preguntó Rachel con una sonrisa.
Stephenia miró hacia otro lado con timidez. Quinn se acercó y Stephenia abrió mucho los ojos, la miró, arrugó la cara y empezó a llorar y gritar. Ella miró a Rachel, se encogió de hombros y se dio media vuelta. Rachel tomó su sombrero y rozó la frente de Stephenia. Estaba muy caliente. —Creo que tiene fiebre —dijo Rachel pasando la mano por su frente otra vez.
—¿Qué…? —preguntó Quinn dándose la vuelta.
—No me he dado cuenta —intervino Hilda—. Con tantos cambios y nerviosismo…
—Llamaré al médico del palacio inmediatamente.
Por favor, quédate con Stephenia —le pidió Quinn a Rachel antes de salir de la habitación.
—No te sientes bien, ¿verdad, cariño? —dijo Rachel sentándose a la niña en el regazo—. Toma, te dejo el sombrero. ¿Dónde te duele? Stephenia siguió gimiendo y sollozando, pero ya no gritaba.
—No sé si soy la persona indicaba para este trabajo —comentó Hilda—. Solo era una ayudante hasta hace unas semanas y no me he dado cuenta de la fiebre. Creo que debería dimitir.
—No… La niña ha sufrido muchos cambios. Por favor, dale un poco de tiempo.
—Pero esta isla está muy apartada y no tengo amigos ni familia. —Es una isla preciosa y no está tan apartada como te imaginas. Espera un poco. Cuando todo se haya asentado un poco, habrá otra niñera para que trabaje contigo.
—Sin embargo, también llora conmigo desde que llegamos aquí.
—Es comprensible, está enferma.
—Ya veremos —replicó Hilda mirando a la niña.
Se abrió la puerta y una empleada asomó la cabeza.
—El médico está aquí para ver al bebé.
Después de veinte minutos entre llantos, el médico diagnosticó que tenía una infección en el oído y le dio la primera dosis de antibióticos. Stephenia, cansada, se quedó dormida en brazos de Hilda. Quinn y Rachel volvieron a los aposentos de ella y se sentaron en el sofá.
—Ha sido agotador —comentó Quinn—. No puedo decir que fuese mejor que ayer.
—Al menos, tienes una explicación para su comportamiento. Tú también estarías malhumorado si te doliera el oído.
—Es verdad —ella se pasó una mano por el pelo—. ¿Cuándo estará más tranquila?
—Los niños pequeños son como el tiempo. Hace sol y acto seguido se desata una tormenta.
—¿Por qué lo sabes?
—He cuidado niños. ¿Tú no? —preguntó ella en tono burlón. —No puedo decir que haya cuidado niños, pero tengo cinco hermanos menores y ninguno gritaba sin parar.
—Que tú sepas. A lo mejor no estabas cerca cuando gritaban.
—Rachel, ¿qué voy a hacer con esta hija?
—Quererla —contestó ella—. Acabará entrando en razón.
—¿Cuando tenga veinte años? —preguntó ella con ironía.
—No… Creo que para entonces habrás bajado unos cien puntos en el cociente intelectual.
Quinn gruñó.
—Veremos si recuperas tu sombrero —dijo ella.
Rachel se rió al acordarse de cómo se había aferrado la niña al sombrero mientras el médico la examinaba.
—Podrías conseguirle uno para ella.
—Puede solucionarse. ¿Cómo te la ganaste tan deprisa? —le preguntó.
—No es magia. Tú también puedes sentarte en el suelo a leer un libro. Eres más alto y con voz más profunda, la asustas. Tienes que ponerte a su altura.
—No recuerdo que mi madre o mi padre se sentaran en el suelo conmigo.
—Dijiste que ibas a ser distinto.
—Es posible —confirmó ella en tono pensativo—. ¿Por qué me parecerá más complicado que mejorar la economía de Chantaine?
Ella sonrió y le acarició la mejilla.
—Te aseguro que es pan comido en comparación con la adolescencia.
—No puedo ni imaginármela en este momento —replicó con un gruñido.
—Has conocido a Stephenia, ¿verdad? —le preguntó Bridget entre risas en la cafetería donde estaban almorzando—. Dios es justo. Quinn tiene una hija que no para de gritar. Ella consigue que todos queramos gritar.
—¿Has estado con ella? —le preguntó Rachel.
—La he visto. No soporto a los niños que gritan.
—Es un bebé sin madre y es tu sobrina —replicó Rachel. —Vas a fastidiarme la diversión —se quejó Bridget—. Acabaré siendo una buena tía, pero no puedo pasar más de una hora con niños tan pequeños, excepto con la hija de Franny. Ella era un sueño, pero Stephenia es una pesadilla.
Además, estamos aquí para hablar de la función benéfica para niños. Me gusta la idea de una fiesta con rock duro y rap.
—¿Y dónde entran los niños? —preguntó Rachel.
—No sabía que tuvieran que entrar. Creía que teníamos que recaudar dinero para ellos.
—Se pueden hacer las dos cosas —Rachel se rió—. Podemos dedicarles un día. Castillos de arena en la playa durante el día y fiesta para adultos por la noche.
—Me gusta, pero también me gusta la idea de subastar trabajos manuales de los niños.
—Puede hacerse. Consigue un buen grupo y algunos aperitivos… —Tendría que ser una comida con cuatro platos —le interrumpió Bridget.
—No en la playa. Además, se trata de ganar dinero. Si pudieras conseguir que acudieran algunos famosos, sería mucho más atractivo. —¡La primera aparición de Quinn con su hija! —exclamó Bridget con un brillo en los ojos.
Rachel se mordió el labio al pensar en la situación tan complicada de Quinn con su hija.
—No sé si puedes contar con eso.
—Seguro que para entonces habremos conseguido que deje de gritar —argumentó Bridget.
—Ya sé que ahora estás pasando un momento complicado con Quinn, pero, al menos, la tienes, tienes un hermano y hermanas.
—Debes de añorar mucho a tu hermano —comentó Bridget en tono abatido—. ¿Por qué no habéis estado en contacto desde que sois adultos? —No puedo encontrarlo y me temo que es porque él no quiere que lo encuentren. Mi infancia no fue agradable y la suya fue peor todavía — Rachel tomó una bocanada de aire para contener las lágrimas—. Sé que Quinn y tú discutís con frecuencia, pero no te olvides de lo importante que ella es para ti y de lo importante que tú eres para ella. Además, no me refiero que seas importante por las obligaciones que cumples.
Bridget miró su copa y pasó un dedo por el borde.
—Sé lo que quieres decir. Aunque fue aterrador con Franny y pareció que estaba molesto porque lo dejaba sin apoyo, en realidad, estaba molesto porque no podía protegerla. Se moriría si nos pasara algo a cualquiera de nosotros. Sigo creyendo que su temperamento mejoraría mucho si tuviera una esposa… o una amante.
Rachel no pudo decir nada.
Quinn esperó a que su hija dejara de tener fiebre para ir a su cuarto. Aun así, la niña gritó en cuanto entró. Ella se sentó en el suelo y leyó, pero Stephenia se sentó en el rincón más alejado y lo observó con cara de espanto.
Saber que su hija la temía tanto era como una puñalada en el corazón. Una tarde, a última hora, fue con Rachel.
Stephenia estaba mucho más interesada en Rachel que en ella.
Rachel había conseguido recuperar el sombrero una noche mientras Stephie estaba dormida y la niña quería recuperarlo. Se acercó a Rachel y señaló el sombrero texano.
—¿Quieres que te preste el sombrero? —preguntó Rachel—. ¿Puedes pedirlo por favor?
Stephie siguió con el pulgar en la boca y volvió a señalarlo. —Tienes que decir «por favor» —insistió Rachel—. ¿Qué vais a leer hoy, Altitud?
—El gato en el sombrero —contestó ella sentándose en el suelo como había hecho otras noches.
—Vaya, uno de mis favoritos —comentó Rachel sentándose a su lado. Al cabo de unas páginas, Stephenia se puso al lado de Rachel y le tocó el sombrero. Rachel negó con la cabeza.
—Pídelo por favor.
Quinn dejó de leer, pero Rachel le hizo un gesto para que siguiese.
Quinn siguió y dos páginas después Stephenia habló por fin.
—Po favoo…
Rachel sonrió y le puso el sombrero en la cabeza.
—Qué niña tan lista. Estoy muy orgullosa de ti.
Stephie sonrió con timidez y el sombrero tapándole media cara.
—Po favoo… —repitió la niña.
—Muy bien —le alabó Rachel—. Te gusta el sombrero, ¿verdad?
Stephie se levantó un poco el sombrero para poder mirarla.
—Po favoo…
Quinn se sintió orgullosa, pero tuvo la sensación de que eso no solucionaba su problema.
—Entonces, ¿ya sabe decir «po favoo»?
—Es un paso —contestó Rahel con el ceño fruncido.
—Sí, pero no sabemos si dejará de gritar —replicó ella antes de intentar tocar a la niña y de que ella gritara—. Como comprobarás.
—Es verdad —Rachel suspiró—. Me iré de la habitación.
—¿Por qué? —preguntó ella sin poder evitar el pánico.
—Porque Stephenia y tú tenéis que aprender a comunicaros. —Llevo intentándolo, sin resultados, desde que llegó aquí —le recordó la rubia.
—Es verdad y te admiro por ello. Cuando me vaya de la habitación, quiero que susurres.
—¿Lo dices en serio? —preguntó ella sin salir de su asombro.
—Completamente —contestó ella mientras salía de la habitación.
Stephenia miró a Rachel y luego miró a Quinn con recelo. —Sí, me he quedado contigo —susurró ella—. Ojalá también se hubiese quedado ella.
Quinn siguió susurrando El gato en el sombrero y, cuando faltaba una página para acabarlo, su hija se sentó a su lado y apoyó la cabeza en su costado. Ella estuvo a punto de llorar.
—Alteza, necesitáis una esposa más que nunca —afirmó Tomas—. Con el escándalo que habéis organizado al aceptar la paternidad de una hija ilegítima, la mejor solución es que os caséis. Aunque estoy seguro de que bastantes de las candidatas declinarían la oferta.
—Por Stephenia… —afirmó Quinn más que preguntó. —Teniendo en cuenta la categoría de vuestras posibles parejas, muchas preferirán no tener una hijastra.
—Entonces, yo tampoco querría a esa mujer como esposa.
—Naturalmente —replicó el consejero con nerviosismo —. Mi interés, nuestro interés, es por el bien de Chantaine… y el vuestro.
Quinn captó el orden de prioridades. Lo había aceptado siempre, pero en ese momento tenía que pensar también en Stephenia. —No tengo intención de buscar una esposa por el momento. Estoy creando una relación con una hija que ni siquiera sabía que existía. Mi prioridad es ayudar a que Stephenia se sienta a gusto y estrechar la relación familiar con mis hermanos. Mis padres y los consejeros la descuidaron y estoy dispuesto a enmendarlo.
—Vos y vuestros hermanos recibisteis la mejor educación posible — replicó Tomas con indignación—. ¿Cómo íbamos a saber que necesitabais algún lazo fraternal?
Ninguno de vuestros predecesores manifestaron esa necesidad.
Vuestro padre no apreciaba mucho a su hermano.
—No soy mi padre.
El consejero lo miró un rato a los ojos y luego miró hacia otro lado. —Vuestro padre tenía otros principios en lo relativo a los hijos ilegítimos.
—Explícate —le ordenó Quinn.
—No es nada. Sólo unas medidas preventivas que nunca fueron necesarias, gracias a Dios.
Quinn estuvo tentada de exigirle que se las explicara, pero no tenía interés en seguir entreteniendo al consejero.
—Me alegro de que entiendas mis prioridades.
—Sí, Alteza, pero pronto vais a tener que casaros.
—Lo primero es lo primero. Sin embargo, estoy buscando niñera.
Tomas parpadeó y frunció el ceño.
—Haré indagaciones. Se oyen rumores de que la niña es un poco… expresiva.
—Expresiva no es la expresión adecuada —replicó Quinn entre risas —. No para de gritar, pero estamos corrigiéndolo. Es curioso, cuando le susurras, suele callarse.
—Enhorabuena —le felicitó el consejero con seriedad—. Si habéis encontrado el secreto para callar a una mujer, habéis encontrado el secreto de la tranquilidad.
—Quiero que mi hija se sienta amada y amparada.
Todavía no he encontrado el secreto para eso.
—Vuestro padre nunca habría expresado esa preocupación en voz alta. Sois distinto a él.
—Lo tomaré como un cumplido.
Al día siguiente, Stephenia y Quinn fueron a visitar los establos. —No estoy muy segura de que sea una buena idea —comentó Rachel al recibirlos.
Stephenia, con el pulgar en la boca y sin soltar su manta, miró a Rachel y su sombrero negro, que había recuperado por quinta vez. La niña se sacó el dedo de la boca y lo señaló.
—Po favoo…
—Tenemos que conseguirle un sombrero —dijo Rachel mientras se lo quitaba con desesperación.
—Le he dado uno blanco, pero prefiere el tuyo —comentó ella mientras ponía al sombrero a su hija.
Stephenia esbozó una sonrisa y Quinn se preguntó si sabría que estaba manipulando a los adultos.
—Ya, ya… —replicó Rachel—. Bueno, ya sabes lo que hay que hacer. Pídele a la niñera que lo recupere esta noche cuando Stephie se quede dormida.
—Claro. ¿Vamos a presentarle a Black?
—Ni hablar —contestó ella—. ¿Quieres asustarla para siempre? —Black la protegerá.
—Después de aterrarla. Gus es nuestro hombre. Él sí que es un caballero —afirmó ella mientras se dirigía al cajón del caballo—. Hola, guapo. Quiero que conozcas a alguien, sé bueno —susurró ella mientras indicaba a Quinn que se acercara—. ¿Verdad que es precioso? —le preguntó a Stephie—. Tiene un pelo muy suave. Mira sus orejas, Stephie.
La niña lo miró fijamente y luego movió la mano hacia él. —¿Quieres acariciarlo? —le preguntó Quinn mientras le acercaba la mano al cuello—. ¿Es suave?
Ella levantó más la mano y él se la llevó hasta las orejas de Gus.
—¡Oh…! —exclamó la niña.
—Creo que le gusta —dijo Quinn mirando a Rachel.
—Sí —confirmó ella mientras Stephenia acariciaba el hocico de Gus.
El caballo resopló y asustó a la niña.
—Es un ruido muy gracioso, ¿verdad? —le preguntó Rachel riéndose.
Stephenia pareció dudarlo un momento y luego también se rió.
Quinn se quedó pasmada. Era la primera vez que oía reírse a su hija. Rachel acarició el hocico de Gus y él volvió a resoplar. Stephenia se rió con más fuerza, una risa que retumbó por todo el establo.
—¿No se puede grabar el resoplido de Gus? —preguntó Quinn a Rachel.
—Tenemos que intentarlo —contestó ella.
—¿Nos acompañarás a almorzar?
Ella, emocionada por la invitación, notó que el corazón le daba un vuelco.
—¿No crees que esto debería quedar entre vosotros dos?
—No —contestó tajantemente y con los ojos en blanco.
—De acuerdo, muchas gracias. Vamos.
Iban a comer en una mesa en los aposentos de Quinn, pero Rachel propuso una manta en el suelo.
—Un picnic. Después, puedes sacudir la manta y meterla en la lavadora —ella hizo una breve pausa—. Bueno, supongo que no la lavarás tú, pero una manta da menos trabajo a todos.
Al cabo de un rato, les sirvieron la comida en una manta. Stephie, sin quitarse el sombrero de Rachel, tomó su comida de una fuente.
—Mmm —murmuró mientras comía pollo con aguacate.
—Come de todo —comentó Rachel—. Eso está muy bien.
—Quiero darte las gracias por tu consejo de que susurrara —le dijo Quinn mientras comía su sándwich—. Da resultado casi siempre. —Podrías intentarlo también con la música. Tendrás que encontrar la que le gusta, pero estoy segura de que le gusta la música.
—¿Tú crees? —le preguntó Quinn mientras miraba comer a su hija.
—Sí. Sólo espero que no sea rap —contestó ella en tono burlón. —Estás disfrutando un poco demasiado con todo esto— replicó ella.
—Te recuerdo que antes de conocerte creía que eras la persona más arrogante del mundo. Una niña de dos años te ha bajado los humos. —No me ha bajado los humos. Stephenia y yo estamos en negociaciones.
—¿Quién está ganando esta negociación? —preguntó ella conteniéndose la risa.
Ella le dirigió una mirada que era sexy y burlona a la vez.
—Es una serie de negociaciones que acabaré ganando.
—Te lo recordaré si seguimos hablando cuando sea una adolescente —le amenazó ella.
—Seguiremos hablando cuando sea una adolescente y yo ganaré.
—Lo veremos.
—No deberías dudar cuando tengo la certeza de algo —insistió con fastidio.
—Sólo soy sincera. ¿Quieres que no lo sea?
—No —contestó ella al cabo de un instante—. Tengo que verte esta noche después de las ocho.
NUEVO CAPITULO espero les guste, :P
Aclaro ni glee, ni los personajes son mios, esta es una adaptación
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Gracias se les quiere y sigan pasando la dirección para que más lean la historia. Hasta la próxima
Por fa déjenme reviews para sobrevivir
