En realidad es esta una historia que siempre he definido como el gran proyecto de mis fics... una serie...
He visto otros autores de Fics hacer cosas así y de alguna forma se la han ido ingeniado para lograrlo, para hacerlas posibles.
En mi caso muy particular, la idea está en mi mente, las ideas fluyen... el papel es el que se me niega un poco, pero espero que aunque lento, Apocalipsis vea el final...
Por lo pronto, este es uno de los últimos capítulos de Alfa, pronto encontrarán el desenlace de esta primera parte, que espero les guste.
Ya lo saben: JK Rowling es ama y señora de todos los personajes y datos del universo mágico que encuentren; la idea general es de las grandiosas CLAMP, a quienes debemos la obra grandiosa de X/1999... lo otro, la suma y unión, son míos.
"¿Qué no hace una persona para lograr su deseo más profundo?"
-¡Merlín! –Intenté sujetarme de su mano, de su brazo, pero me orilló, me dejó en el vacío pendiendo apenas de él y supe que estábamos en un edificio muy alto, me sacudí y me volví a mirarlo, era Harry, sin cicatriz, sin gafas, sonriente; no pude contener mi miedo y mi desesperación, le clavé las uñas porque me temía que me soltara, sabía que iba a hacerlo, su sonrisa lo decía, algo en sus ojos me lo anunciaba.
No me equivoqué.
Caí, caí sin sentido a lo largo de todo ese edificio que ahora podía ver y reconocer como el Ministerio, el suelo parecía ya cercano y justo cuando pensé que me impactaría contra el concreto cruel, este se cristalizó como la superficie helada de un lago; nada más tocar mi cuerpo esa superficie transparente, ésta se hizo mil pedazos y caí con ellos en una infinidad naranja.
Mirando a mis lados pude distinguir enormes trozos de lo que había sido hasta hacía poco el piso bajo mis pies, cada trozo era un rostro, una cara de un lado y una distinta del otro; pude ver a Hermione y al reverso del trozo que la portaba a Draco, a Neville y a Cormac en un pedazo que flotaba a muchos metros de mí, a Luna y a Fleur que caían precipitadamente, a Wood y a Zabini, a Pansy y a Cho, estaba incluso Alicia Spinnet con Lavender Brown; no comprendí qué era todo eso pero cuando por fin dejé de caer, estaba justo en la entrada del Ministerio y un hombre con túnica esperaba delante de mí.
Quise acercarme pero él alzó la cara y me mostró su rostro alegre, era Harry, mi Harry el de los ojos verdes y sus gafas, mi Harry el de la cicatriz en la frente; sus ojos estaban tristes pero seguros y cuando tendió sus manos hacia mí, pude ver que me quería entregar una esfera, una esfera que parecía ser el mundo; me acerqué para tocarlo y tratar de entender lo que me decía pero sentí la mirada de alguien más a mi espalda y al volverme, vi a ese otro hombre vestido igual que Harry, pero distinto. Todo él irradiaba una energía que me daba miedo, quise ir hasta el Harry que me daba seguridad pero entonces vi que él lloraba y al volverme al otro, vi que tenía en las manos la misma esfera: la tierra.
-Para que haya bien tiene que haber mal. –Rezó una voz sobre mi cabeza y aunque quise reconocerla me fue imposible, porque parecían ser cuatro voces hablando al mismo tiempo; entonces lo vi, los dos dejaron caer sus esferas que al tocar el suelo se rompieron en mil pedazos.
No sé por qué pero me dolió igual que si hubiera sido yo la que se rompiera, sobrecogida miré a uno y a otro, el primero lloraba, el segundo sonreía; no pude comprenderlo, no tenía sentido, hasta que el que sonreía se me acercó para mostrarme sus ojos azules y su nariz afilada; en algún momento mientras caminaba hacia mí había cambiado por completo y para cuando se situó frente a mi cara, era ya otro, el mismo al que había visto pelear hacía poco. Sus ojos azules se llenaron lentamente de un negro que me horrorizó y por más que le sujeté las manos y le lloré implorando que no cambiara, él sólo me devolvía una sonrisa irónica; Harry quiso acercarse pero él lo golpeó con un hechizo y tomándome por la cintura me mostró lo que había a nuestras espaldas.
Eran las calles de Londres llenas de una bruma gris, todo parecía estar repleto de polvo y los edificios se habían derrumbado, escombros inundaban las calles y las cortinas de las ventanas estaban desgarradas, no había cristales, los autos habían chocado unos con otros como si los conductores no hubieran visto a dónde iban; de las fuentes brotaba arena porque agua ya no había, las puertas estaban abiertas, todas sin excepciones y el suelo parecía estar cubierto por una alfombra de color piel, una alfombra con alteraciones y bordes por doquier.
El mundo lucía una alfombra de cadáveres, todos ellos heridos terriblemente, blancos como el papel, los animales devoraban los cuerpos que no podían protegerse, arrancándoles las extremidades o perforándoles la piel con sus garras o sus picos; las moscas lo llenaban todo y el cielo se tiñó de carmesí como si la sangre hubiera subido hasta él en nubes espantosas; temblé y grité de miedo, me aferré a sus brazos acometida por el terror, pero él rió y dándome la vuelta para tenerme de frente me mostró lo que tenía en las manos, el reloj de mi madre. Las manecillas de todos los de mi casa señalaban muerte. Intenté quitárselo pero él me lo impidió arrojándome lejos y entonces pude verlo de cuerpo entero.
Era Ron.
-Te he traído té. –Dijo al abrir la puerta y alcanzó a ver que estaba mirándose al espejo, sonreía como nunca lo había visto sonreír, con las cejas levantadas y las comisuras de los labios curvadas casi hasta su límite; no se atrevió a acercarse invadida por una sensación de extrañeza que nunca había sentido, quizá más parecida al horror que a la incertidumbre y la sorpresa. -¿Ron?... te he traído té.
-Déjalo ahí. –Atinó a decir sin volverse, pero no pudo quedarse quieta más tiempo y se acercó, no quería mirarse al espejo porque recordaba el extraño sueño pero tampoco quería quedarse sin saber qué era lo que le pasaba al pelirrojo.
-Ron, ¿qué te ocurre? –Se atrevió a preguntar, minutos antes la había echado diciendo que se sentía mal, que estaba cansado, que se sentía mareado, se había ofendido sobremanera pero ahora la curiosidad le obligaba a preguntar qué pasaba; algo no andaba bien, el sentimiento de temor que había tenido durante el sueño se le estaba enraizando en el pecho y no quería tenerlo más, necesitaba saber que todo estaba bien.
-Estoy bien. –Soltó con tanta violencia que Hermione dio un paso atrás, no, él no estaba bien y sus ojos lo decían, esa forma de arquear las cejas y la forma rara en que alzaba el mentón para mirarse al espejo sin apartar la sonrisa de su boca, no eran normales.
-Ron, tú no estás bien… ¿qué te pasa? –Preguntó desconcertada, él se volvió entonces y ella lo desconoció por completo, parecía más delgado, el cabello le resplandecía y algo en su figura erguida le hacía sentirse ante un extraño, era como si todo él estuviera empapado en un agua negruzca, un agua candente que la alcanzara a ella con un tufo de maldad.
-Vamos Herms… todo está bien. –Dijo sonriendo y echando a andar hasta el sitio en que la taza de té esperaba, cuando Hermione lo siguió con la mirada lo vio caminar erguido como nunca, pero al tomar la taza volvió a estar encorvado y cuando su rostro se volvió, era otra vez el Ron de siempre, el de sus días y sus noches y el corazón pareció calmársele un poco, pareció volver a latir. –Gracias.
-Ron… de verdad, dímelo, ¿te sientes bien? –Le preguntó caminando hasta él para tocarle la frente, convencida de que tal vez tenía fiebre, quizá estaba herido internamente y nadie se había dado cuenta.
-Estoy bien… sólo, me siento muy raro, ¿sabes?... –suspiró cerrando los ojos mientras ella lo abrazaba pegando su oído a su corazón como para saberlo con vida. -… tuve un sueño muy extraño. –Admitió y aunque Hermione sintió que toda ella se tensaba acometida por la posible casualidad de un sueño compartido, él cerró los ojos y la abrazó, porque realmente sólo podía recordar haber soñado algo horrible, sólo eso y nada más.
-El señor Ministro quiere que sepa que cuenta con todo su apoyo, incondicional… no podemos dejar que alguien se entere de las cosas, de lo que pasa o de lo que usted representa… pero le ayudaremos en todo lo que podamos, ¿hay algo que quiera que hagamos por usted?
-¿Qué saben de mi hermana?
-Salió de San Mungo y se le vio por última vez al lado de un hombre rubio.
-Draco Malfoy.
-N-no sé si era él, señorita.
-Era él, todos han ido a ella, se reúnen a su alrededor y ya ha tejido la primer telaraña…
-¿D-disculpe?
-Alguien irá a buscarme, alguien a quien le dolerá mucho mi muerte, tráiganlo conmigo, él me ayudará.
-¿Puede decirme su nombre?
-Seamus Finnigan.
-Está bien.
-Una cosa más… tráiganme todos esos expedientes que estaban en la caja, junto con la esfera.
-S-sí, de inmediato.
-Gracias.
Miré a todos lados tratando de encontrar algo que me dijera que no era cierto, pero no vi nada, ese ante mis ojos era Ron; me invadió el miedo y corrí hacia él para tratar de quitarle el reloj, pero me arrojó sin misericordia sobre un piso de madera que pude reconocer de inmediato, era el de mi hogar, el mismo en el que había gateado una y otra vez, el mismo contra el que me había tropezado en mi infancia; estaba en casa, en otro sitio distinto al primero, como si con un parpadeo hubiera aparecido en otro lugar. Me levanté buscando a Ron y entonces escuché esas voces, hablando al mismo tiempo, como ordenándome o advirtiéndome.
-Él los matará. –Se me heló la sangre en las venas y me pareció estar a punto de desmayarme, una parálisis me invadió entera, no me decían a quién, mas mi corazón lo deducía. –Matará a todos los de su estirpe, porque sólo así no quedará nada que le ate a la vida.
-Mentira, Ron jamás nos dañaría. –Dije convencida y entonces escuché el grito, creí que venía de la cocina y fui corriendo a ver, pero lo que encontré hizo que me viniera al suelo de rodillas manchándome las manos de sangre, mi sangre; Percy y Charlie estaban ahí y no respiraban, tenían el pecho abierto en dos y mientras el primero reposaba su cabeza sobre una silla mirando al techo, el segundo parecía haber pretendido correr hacia la puerta, en un desesperado instinto de supervivencia; me acerqué hasta Percy y le alcé la cara para verlo a los ojos, se le habían hecho trizas las gafas que recién usaba y los cristales le habían hecho heridas profundas en la nariz; alcancé a ver los pies descalzos de Charlie y sus brazos surcados de cicatrices por las que ahora corría la sangre fresca.
-Él va a matarlos a todos. –Repitieron las voces a mi oído y otro grito me hizo volver la mirada a la sala, mientras un golpe me indicaba que quizá no era demasiado tarde; me levanté tropezando, dejando ahí a mis dos hermanos sin saber ya cómo salvarlos de todo eso que nos maldecía.
-¡Mentira, él nos ama! –Grité cuando salí corriendo a la sala y no me fue posible identificar entre tanta sangre quién era George y quién mi padre; la abrumadora imagen que tenía delante me hizo irme de boca al suelo, llorando ahogada sin comprender, mis ojos apenas captaban la masa incorpórea en que se habían transformado los dos, envueltos en una mezcla de sangre, músculos y huesos. -¡Ron! –Grité pensando que él también corría peligro y los pasos fuertes en el segundo piso me indicaron su presencia y la de mi madre, eché a correr subiendo las escaleras, pasando de dos en dos los escalones hasta que tropecé y me golpeé el rostro con el suelo.
Entonces me levanté corriendo y fui a su habitación, a la de mis padres, ellos hablaron cuando me encontré ante la puerta cerrada.
-Sin sangre que lo vuelva a la normalidad, el Mensajero invadirá a tu hermano. –Sentenciaron con un tono ronco y áspero y cuando abrí la puerta, mamá estaba entre las mantas empapadas de rojo, mientras Ron le besaba los dedos, relamiéndose la sangre que le quedaba en los labios, sonriéndome con maldad, enmarcado su rostro de una mata de cabellos negros.
Luna se había quedado dormida y su abuela se había marchado hacia poco tiempo, solo como estaba no podía dejar de pensar en lo que había soñado y a cada vuelta que le daba, se incrementaba la incertidumbre dejada por esas imágenes; en todo lo que había visto dentro del sueño, lo que más le intrigaba era la sensación de estar viendo cosas absolutamente reales, sucesos que estaban por venir. Por eso fue por lo que decidió ponerse a hojear algunas de las revistas que Luna conservaba apiladas en un rincón; pronto se perdió entre las palabras de algunos artículos y dio con dos fotografías que le causaron un escalofrío, la primera fue Cormac McLaggen, la segunda, Pansy Parkinson.
Confuso analizó la posibilidad de que algo importante significaran esas fotografías y la sensación en su cabeza, pero no encontraba nada concreto o al menos cuerdo que le sirviera de pretexto; resignado a no entender se tiró en su cama y miró a Tambor que ahora entraba lentamente atravesando la puerta como si fuera un fantasma. Esperó que el animalito fuera directo a la cama de su ama, pero en lugar de eso, fue a posarse a los pies de la suya y tomándolo desprevenido dio un salto yendo a dar a su regazo, sobre las fotografías.
Cuando le acarició la cabeza Tambor movió las orejas como lleno de emoción y a Neville le dio por creer que estaban pasando demasiadas cosas raras.
Entró corriendo en el último piso, tal cual le habían dicho, Padma no estaba en las listas de muertos pero tampoco la había encontrado en los pabellones o en los consultorios, en ninguna planta estaba; por eso había ido él solo hasta la morgue a buscar el cuerpo de una de las dos, de la otra, la que francamente más le importaba. Se le arrugaba el corazón al ver tanta gente sufriendo y cuando al fin el hombre encargado se acercó a preguntarle a quién buscaba luego de esperar en la larga fila, sus labios temblaron, tuvo que tragar saliva y jalar fuerza de donde ya no tenía.
-Busco el cuerpo de Parvati Patil. –Susurró como si entre más bajo lo dijera menos posible fuera, el hombre le miró de reojo, frío y lejano, como si estuviera dando datos sobre cajas o artículos de limpieza. –No murió en lo del estadio, me dijeron que había pasado algo en el Ministerio, ella trabajaba ahí con su hermana que también está desaparecida, nadie me ha podido decir algo de ella… sólo pudieron decirme que Parvati había muerto, pero yo no lo creo… yo… -El hombre frunció el ceño mientras repasaba la lista lento, nombre a nombre, con una frialdad de almacenista de supermercado; él no podía dejar de temblar presa de la pena y el desconcierto, eran demasiadas cosas para ser reales, demasiada tragedia y desgracia junta. -… yo estaba en Francia acompañando a mi jefe en unos trabajos… q-quedé de verme con ella mañana, pero en cuanto supe de todo esto vine corriendo y…
-Señor, en efecto Parvati Patil aparece en mi lista. –Aquél hombre tenía tanta frialdad en los ojos que sintió como si la noticia fuera tres veces más pesada; para ese sujeto, decirle que el nombre aparecía en la lista de muertos, era el equivalente a indicarle que su licencia para usar escoba en el extranjero se había vencido.
-¿P-perdón? –Preguntó apoyándose en la pared blanca para no irse al suelo.
-Así es, en la lista anterior justo al final, el cuerpo fue llevado a las gavetas del sótano cuatro… si gusta darme sus datos alguien lo acompañará a identificarlo, si es tan amable de llevársela hoy mismo, sería de gran ayuda, necesitamos el espacio. –Todo fue muy rápido, lo siguiente que supo es que un guardia le apuntaba a la sien derecha con su varita, mientras dos mujeres gritaban y el hombre de la lista respiraba pesado y le miraba asustado, el rostro muy pegado al suyo, los dedos le dolían de hacer tanta presión.
-¡No es un objeto!... cómo… c-cómo puede… ¡Cómo puede decir que ocupa espacio como si fuera un perro! –Le sujetaba por el cuello contra el muro, lloraba, sólo sentía las gotas de agua corriéndole cara abajo, mojándole el cuello en su escape desesperado, el corazón se le desmoronaba a cada respiro y ese sujeto le miraba sin comprender, ¡¿cómo es que no entendía?! –Era una persona, una mujer hermosa, ella era especial, Parvati era… ¡Era mi chica!
-Señor por favor, suéltelo. –Pidió el guardia aunque el chico al que atacaba no parecía verse afectado por lo que le decía, para él era una escena más, otro tipo loco que no podía mantenerse entero al ir por un cadáver por el que ya nada se podía hacer.
-Está muerta, sea su chica o no. –Desorbitó los ojos sorprendido ante tanta frialdad, pero el sujeto no dejó de hablar ni siquiera ante su cara de horror y pena. –Ahora, déme sus datos y vaya por ella, hay muchos otros esperando en la fila luego de usted. –No podía creer que fuera posible tanta frialdad para hablar de un muerto, de sus muertos, sorprendido más allá de lo que le dolía todo, dejó de retenerlo contra el muro y bajando la cabeza murmuró.
-Seamus Finnigan. –El hombre anotó sus datos y le pidió al guardia que lo llevara al sótano cuatro, puerta tres y que no demorara.
-Protege a los tuyos y con eso sálvate. –Era como si me lo dijeran casi alegres y cuando alcé la cara para buscar a quien hablaba, me vi a mí misma encadenada al suelo y Ron detrás de mí sonreía.
Era una noche interminable, rodeados los dos de lo que creí que eran montañas de acero, aunque podrían también haber sido edificios o escombros, temí mirar el piso porque pensé encontrarme con algún nuevo cadáver, pero sólo vi mis pies descalzos; había sombras que nos rodeaban, doce que pude contar y una más que se perdía frente a Ron y a mí, una sombra decaída que creí reconocer llena de pena.
-No me interesa salvarme, quiero salvarlos a ellos. –Dije lo más tajante posible y todo a mi alrededor giró.
-Necesitas la espada de tu Casa, la sangre de tu familia y el dibujo bajo tus pies. –Al escuchar lo del dibujo miré el piso y vi un enorme círculo trazado con tiza, en el centro había una estrella de siete picos y varias palabras invocatorias aparecían en los espacios entre punta y punta.
Sentí algo a mi espalda más parecido a alas que a otra cosa y al volverme me vi dotada de unas enormes alas de ángel, blancas y suaves como algodón; aunque el miedo me invadió comprendí que debían estar ahí por una razón y volviéndome al sitio donde Ron había estado, esperé encontrarlo sin resultado alguno.
-¿La espada de mi Casa? –Pregunté tratando de memorizar el dibujo, convencida de que el sueño era más real de lo que imaginaba y que no me iba a quedar más remedio que hacer todo aquello.
-Sí, ve por la espada y haz esto, si quieres salvarlo a él, a ti y a los tuyos. –Me di cuenta que era un rito, que parecía ser una forma de ocultar a mi familia entera para salvarlos de algo muy peligroso, era cierto, algo terrible se acercaba y amenazaba a todos pero sobretodo a Ron. –Sálvalo a él, a Harry y a todos. –Cuando esas palabras entraron a mis oídos pude ver a Harry frente a mí, con el pecho atravesado mientras Ron sostenía en sus manos la varita con que lo había herido de muerte, Ron había asesinado al único hombre al que le habría confiado su vida.
-¡Harry! –Grité desesperada y entonces abrí los ojos…
Y estaba ahí, en su cama con Harry delante con tal cara de espanto que tuvo que sujetarse de él y tirarse a llorar sin poder decir nada.
-¿Cómo está? –Preguntó haciendo caso omiso de la inmovilidad de su brazo, el sanador sonrió para calmarlo y le palmeó el hombro en el que tenía un agujero del tamaño de una nuez.
-Ya no se preocupe, su esposa está bien, ha dado a luz a una niña hermosa. –Dijo tomándolo del hombro y él sintió que volvía a vivir, mientras una sensación cálida le llenaba el pecho haciéndolo casi saltar de gozo, aunque más bien se echó a llorar como un chiquillo, contenido apenas por la sonrisa que no podía eliminar de su cara.
-¿Niña? –La sonrisa le iba creciendo en tanto se iba dando cuenta de las cosas, Katie estaba a salvo y su hija había nacido, no podía ser más feliz y del gozo movió rudamente el brazo lastimándose tanto que se cayó sobre la silla acometido por el dolor.
-Trate de calmarse, no se lastime… permítame decirle señor Wood que la niña es hermosa, claro que tendrá que quedarse más tiempo aquí… es pequeña y débil, pero no es nada que no se pueda resolver. –Oliver asentía a todo lo que le decía con peligro de lastimarse el cuello malherido, mientras volvía a incorporarse lentamente; se sentía como en una piscina, flotando entre el gozo de ser padre, saber que su amada esposa estaba bien y la preocupación e incertidumbre que el sueño le causaba todavía en sus recuerdos; el sanador hizo ademán de marcharse, cuando lo detuvo tomándole la mano, con una mueca de nueva inquietud y temor.
-Disculpe, pero no son las únicas chicas a las que traje. –Murmuró apesadumbrado, el hombre desorbitó los ojos como sin comprender lo que le decía. –Alicia, Alicia Spinnet venía también conmigo, ¿sabe cómo está? –Arrugó la frente y se le encogió el corazón cuando el sanador se turbó.
-La señorita Spinnet está mal pero no se preocupe, no es de gravedad, simplemente me ha tomado por sorpresa, pensé que venía sola… está inconsciente y tiene muchas heridas, además de una pierna rota y el hombro dislocado… lo que más nos preocupó fue una enorme herida en su cabeza, la hemos cerrado pero perdió mucha sangre. –Oliver luchaba por mantenerse en pie de la mejor forma posible mientras escuchaba y un raro espasmo le invadía el cuerpo, ya su corazón no tenía la misma tranquilidad pasmosa de unos minutos antes. –Comprenderá que en el estado de las cosas es complicado darle toda la atención necesaria.
-L-lo entiendo… disculpe, ¿sería posible que me permita verla? –Murmuró algo confuso, ni siquiera sabía del todo por qué quería verla primero a ella que a su mujer y su hija; el sanador debió sorprenderse por ello también, porque de inmediato frunció el ceño y se irguió duramente. –Ella nos sacó del peligro a Katie y a mí… ella nos salvó.
-Oh, entiendo. –Dijo ya sonriendo más tranquilo, aunque Oliver no pudo dejar de sentir la incomodidad que le emitía, lo siguió lenta y torpemente y fueron al pabellón en que Alicia reposaba con otros muchos pacientes; llegó hasta la cama y sonrió al hombre que asintió mostrándole a la paciente con un leve movimiento de manos. –Lo dejo, aunque le recomiendo que no pierda su tiempo, dormirá todavía mucho.
-Gracias. –Susurró y se sentó en un banquito puesto al lado de la cama, abrumado por todo lo que le pasaba y sorprendido de ver a Alicia tan linda y frágil, con la cabeza vendada en la zona de la frente, el cabello colocado sobre los vendajes casi de una forma estética, aunque algunas manchas de sangre le habían quedado en el rostro pálido y cetrino; preocupado y recordando que ella había vuelto a buscarlos, se inclinó en la cama y le tomó la mano sonriendo. –Alicia. –Le dijo con embeleso y cuando ella abrió los ojos y la nube de dolor en ellos le dijo que apenas lo reconocía, no pudo menos que agradecerle con todo el corazón. –Alicia, gracias.
-Oliver. –El tenerlo delante hizo que el miedo que sentía se apaciguara un poco, pero no se fue y se le guardó en el pecho permanentemente.
-Calma Ginny, calma, todo está bien, ¿qué te pasa? –Preguntó desconcertado, sintiendo como si compartiera con ella el mismo miedo, pero convencido de que tenía que hacerla calmarse, sacarla de él, aliviarle la pena; algo en el temblor de su cuerpo, en la ansiedad convulsa que la impregnaba lo hacía sentir que quizá había pasado por más horror que él, que quizá guardaba dentro de sus recuerdos un sueño aún peor.
-¡Va a matarlos!... ¡Va a matarlos a todos!, tengo que hacer algo, tengo que hacer algo… Harry, va a matarte, ¡Oh Harry, va a matarte! –Le tomaba por las mejillas y le miraba a los ojos como si alguien fuera a quitárselo de enfrente en cualquier momento, sus uñas se clavaban en su piel casi con violencia y sus abrazos frenéticos llegaron incluso a lastimarlo, haciéndole contener el aliento para no quejarse.
-No Ginny, no te preocupes, ¿quién va a matarme?, nadie, nadie… tranquila, todo está bien, estoy contigo… -Le sonreía para calmarla pero las lágrimas le querían brotar porque las veía en relación con todo lo que había soñado, se sentía identificado y oraba porque ella no hubiera tenido el mismo espantoso sueño. -… no va a pasar nada, nadie va a matar a nadie… tranquila.
-Merlín… Merlín… Harry, abrázame, ¡Abrázame! –Pidió desconsolada, no podía decirlo todo, no podía contarle lo que había visto porque era una locura, tenía que confirmar eso que había visto, tenía que estar con Ron y cerciorarse de que realmente era otro; sofocada se perdió en el abrazo de Harry y se propuso esperar unos días, se propuso vigilar a su hermano y a toda su familia, hacer todo para salvar a los que amaba, así tuviera que hacer con exactitud todo lo que había visto en ese sueño, porque amaba a Harry y amaba a Ron, a los dos de formas distintas, pero con lo mismo: un absoluto amor.
Nada más confirmaron sus padres que estaba viva y que no había perdido la cordura, le dieron algunas caricias y atenciones, cerraron la puerta al salir y se olvidaron de ella otra vez; Pansy se quedó ahí tirada en la cama con los brazos abiertos mirando el techo y lo único que llenaba su mente era el sueño y el niño, a veces más el niño que el sueño, otras veces, más ella que el niño. La imagen en su cabeza era muy clara igual que las cicatrices de los arañones del pequeño en su pecho, los sollozos le llenaban la cabeza y entre todo sobresalía Cho, con sus ojos cerrados, con ese aire de saber algo que ella no podría conocer.
Intentó dormirse pero a cada cerrar de ojos volvían las imágenes del estadio, del sueño y del niño y la rabia se le acumulaba en el vientre porque en el estómago el miedo no le dejaba espacio a nada; tragó saliva con desprecio, deseando haberse muerto en esa nube de humo blanco, cuando unos nudillos golpearon la puerta con sutileza y sonriendo irónica, pensando que venían sus padres de vuelta, se acurrucó para no hacerles caso, dispuesta incluso a cubrirse con la manta entera y enterrarse entre cojines.
-Señorita Pansy… -Susurró a la puerta de la habitación una joven asistente de su madre, Pansy hacía que dormía envuelta en cojines y mantas de seda, en colores verdes de muchas tonalidades; las imágenes que la rondaban, la hostigaban y le llenaban de una rara sensación de poder, mezcla de miedo y sorpresa por Cho y por todo; sintió que la puerta se había abierto y se volvió a la entrada para ver de qué se trataba qué era tan importante como para que valiera la pena recordarla, insistir incluso en llamarla. -… le ha llegado un mensaje.
-¿Qué tipo de mensaje? –Preguntó con la absurda idea de que pudiera ser de Draco, preocupado a sabiendas de que estaba en el estadio, abrió los ojos con lentitud como para no perder la imagen de sí misma en el espejo y no se movió ni un poco por temor a que todo se volviera real; intentaba convencerse de que no sería nada importante, pero algo la hacía sentirse alegre de recibir un mensaje, como si estuviera esperándolo desde hacía tiempo y eso aliviara la ansiedad que sentía, menguando las imágenes del espantoso sueño.
-Pues…es muy raro, la verdad. –Mencionó la joven que entró lento y dejó sobre la mesa lo más peculiar que Pansy había visto en medios de comunicación, incluso entre magos: ante sus ojos sorprendidos una bola de cristal brillaba, se puso de pie y fue a ella tambaleándose debido a las heridas y golpes que había recibido en el desastre, pero con la sensación de que aquello era la respuesta que estaba esperando para poder dormir al fin sin que el sueño ese volviera a atormentarla.
-¡Es una broma!... odio la adivinación… -Soltó altanera al ver que la sirvienta la miraba, sorprendida de que la señorita se interesara en algo como aquella esfera o en algo como cualquier cosa; llevándose la mano al vientre acometido de nuevo por el dolor se regresó a la cama con un aire desgarbado y cansado. -… la detesté en el Colegio y aún lo hago, ¡Llévatelo! –Exclamó enfadada y volvió a la cama, la esfera brilló horriblemente haciendo que incluso las cortinas se movieran y ella sintiera su piel quemarse, como un escozor de vapor ardiente; se volvió a mirarla y lo que vio ahí la impresionó, era ella misma empuñando la varita para vencer a alguien, para pelear, lo hacía con un poder asombroso que la hizo sonreír, no sólo era poderosa sino además ágil y veloz; pero lo que más le sorprendió vino después, al ver su rostro, se veía realizada, casi contenta, sonreía tranquila y feliz, sí feliz y sorprendida por eso, detuvo a la chica antes que se llevara la esfera que al parecer sólo había tenido ese efecto en ella. –Alto… ¿Quién la ha enviado?
-El elfo dijo que era un mensaje de la señorita Parvati Patil… que tenía que ser entregado con urgencia, luego se fue sin decir más… ni siquiera pensó esperar por ella. –Susurró extrañada por la reacción de Pansy que miraba la esfera, donde ahora encontraba con horror las imágenes de su sueño, en las que incluso Cho aparecía haciéndole compañía, como ver de nuevo una película que ya tenía aprendida de memoria.
-Pero… esa Patil está muerta… -Murmuró pálida y la chica que no conocía eso se tambaleó junto a la esfera que amenazó con caerse de la mesa y hacerse añicos, cosa que Pansy impidió apenas tocándola con las puntas de sus dedos. -… ¿qué más venía con ella? –Preguntó sin mirarla, como si hablara con un elfo o un perro.
-Este papel. –Masculló la joven dándole una hoja de pergamino muy delgado y blancuzco doblada en dos, al abrirla Pansy pudo leer dos líneas: Departamento de Misterios.
-Avisa a mi padre que saldré mañana… y no le digas a dónde o por qué… -La sirvienta asintió presurosa y salió, Pansy se acercó de nueva cuenta a la esfera y la miró con detenimiento, segura de que algo más le mostraría y no se engañó, una caligrafía fina le devolvió la mirada, azorada leyó. –… Pansy Parkinson, uno de los siete. –Susurró sorprendida, no conocía la letra pero algo dentro le decía, que la conocería muy bien pronto.
-¡La comida está lista! –Gritó moviéndose con cuidado porque todo le dolía, quizá era que había dormido en una mala postura para sus heridas, con el platón de la ensalada en las manos vio a Tambor que movía las orejas como esperando que le diera algo. -¿Comes? –Preguntó mirándolo y él le miró inclinando la cabeza a un lado, tal como ella también lo hacía.
-Debe comer aire. –Exclamó Neville riéndose, mientras traía al perro de un paseo, lento, ya que no podía andar a prisa, aunque las pociones le habían soldado los huesos. –¿O planeas darle una zanahoria?
-Es un mito eso de que los conejos comen zanahoria… bueno, al menos al nivel que piensan los muggles. –Luna acomodó las servilletas en la mesa y acarició la cabeza de Poppy que mostraba la lengua con emoción por ver a su ama a salvo.
-No es un mito. –Refutó Hermione que bajaba al lado de Ron, el pelirrojo saludó a Neville y se interesó en preguntarle cómo se sentía mientras las dos chicas se ocupaban de la comida y el perro y el conejo se miraban fijo como si estuvieran esperando una señal para ponerse a jugar. –Huevos rellenos… tostadas, emparedados, ensalada… papas, pastel de carne… Luna, recién salimos de San Mungo, ¿quieres regresarnos indigestos? –Hermione no podía contener la sorpresa y su natural molestia ante la actitud de la rubia, aunque Neville miraba riendo entre dientes, Poppy se frotaba contra la pierna de la castaña que tuvo que rascarle una oreja para quitárselo de encima.
-Claro que no, la señora Weasley dijo que debíamos comer bien, yo obedezco su orden al pie de la letra, comeremos bien y mucho. –Murmuró la rubia dando de saltitos para ir de nueva cuenta a la escalera y llamar a Harry y a Ginny que tardaban en bajar.
-Era obedecerla, no emularla. –Comentó Ron sonriendo mientras se sentaba a la mesa, Neville carcajeó con el comentario y entonces Harry y Ginny bajaron; Hermione se había ocupado en probar aquí y allá para revisar que todo no tuviera un exceso de sal.
Los ojos de Ginny se posaron de inmediato en su hermano, que le miraba sonriente y relajado, casi como si acabara de pasar por una cómoda y plácida siesta; el temor la invadía pero intentó no evidenciarlo y se unió a la plática con animosa presteza, se sentaron todos y empezaron a comer mientras Hermione colocaba sobre la mesa algunos frascos de poción para poder tomarlas en cuanto fuera necesario; Neville arrojaba trocitos de pan a Poppy que correteaba a Tambor para quitárselos, aunque el conejo jamás se comió uno, Luna no dejaba de hablar diciendo de todo, desde lo que había visto en San Mungo hasta el cómo había pelado los huevos cocidos. La plática era amena, entre risas efusivas de Harry y contenidas de Hermione, hasta sonrojos de Ron y aspavientos de Neville; Luna asustaba a Ginny de vez en cuando y ésta hacía un guiño a Harry algunas veces, hasta que la rubia mirando su plato vacío masculló llevándose las manos al estómago en señal de que estaba satisfecha.
-Soñé algo muy raro. –Y toda la mesa se hizo de hielo, mientras Ginny miraba fijamente a Ron que por alguna rara razón, sonreía arrogante al escuchar aquello.
-Es hermosa. –Susurró mientras le pasaba el dedo índice por la naricita roja y arrugada, Katie en la cama sonrió y la clamó extendiendo los brazos; él le besó la frente con devoción antes de acceder a dejarla en la cama sobre su brazo otra vez, todavía le siguió con la vista un rato sin perder la cara de bobo.
-Se parece a ti. –Le miraba a los ojos pero él estaba perdido en la pequeña, parecía como si ni siquiera le importara ella. –Oliver.
-¿Mmm? –Preguntó tomando con dos de sus dedos la manita de la niña que respondió al tacto arrugando la frente y moviendo la cabeza con molestia, incómoda porque no le dejaban descansar.
-He dicho que se parece a ti. –Repitió mirándolo sonriente, descubriendo que era quizá la mujer más afortunada del mundo por tener un esposo que la amara tanto, que las amara tanto.
-Ajá, sí. –Estaba absorto en ella, en esa pequeña cosita rosada y roja que representaba la necesidad de que ese sueño se marchara, de que ese miedo corrosivo lo abandonara; se volvió a mirar los ojos profundos de su esposa y al verle la sonrisa, y la seguridad entre ceja y ceja de que todo estaba bien, sintió náuseas. –Katie.
-¿Qué pasa? –Le miraba quizá notando esa incertidumbre en sus cejas juntas, o ese espanto en sus ojos enormes de miedo.
-Yo… -No podía decirle todo lo que lo preocupaba, esa sensación de estar al final del camino y a la vez saberse capaz de construir la siguiente vereda. -… te amo. –Admitió enternecido y ella lo besó.
-Y yo a ti. –Aceptó, sus ojos brillaron. -Sé cómo llamarla… Alicia ¿te parece?
-¿Alicia? –Preguntó Oliver sorprendido, Katie asintió.
-Estoy tan agradecida de que nos haya salvado… de no ser por ella, estaríamos muertos. –Murmuró acariciando la frente roja de su primogénita, Oliver asintió.
-Alicia entonces… aunque podría tener un segundo nombre, ¿no crees? –Sugirió y Katie asintió de inmediato.
-Danielle. –Oliver abrazó a las dos mujeres sonriendo y cerrando los ojos se puso a pensar que quizá las cosas no podían ser tan malas, entonces alguien llamó a la puerta de la habitación y al alzar la cara se topó con un mensajero que lo llamaba; besó a sus mujeres y fue hasta él con lentitud, el hombre no dijo nada sólo le tendió una taza.
-¿Qué es esto? –Preguntó confundido, el hombre miró la taza y Oliver lo imitó; dentro había marcas de té y comprendió que había que leerlo y al hacerlo, se vio a sí mismo varita en mano luchando contra alguien, desorbitó los ojos al ver luego las imágenes de su sueño y al sentir el mismo sofoco de pánico de entonces con Blaise delante. –Pero, ¿quién lo envió? –El hombre murmuró sólo un nombre.
-Parvati Patil. –La sangre se le fue al piso y quizá Katie lo hubiera notado de no ser porque las enfermeras entraban a revisarla.
-Pero ella… -Comenzó, el hombre le tendió un papel y se marchó sin siquiera esperar la taza, Oliver abrió la nota y se encontró con una dirección: Departamento de Misterios.
-¿Qué soñaste, Luna? –Había mofa en su voz y todos la notaron, Ginny sintió que se le erizaba cada vello del cuerpo y no pudo contener el miedo, al punto en que tomó la mano de Harry bajo la mesa, asustándolo; Hermione miró a Luna esperando una respuesta que llegó y fue más sorpresiva de lo que hubiera querido.
-Un espejo. –Murmuró la rubia sin dejar de ver el plato, Tambor subió hasta su regazo y se acurrucó como para consolarla, mientras Poppy daba una vuelta a la mesa y se plantaba a espaldas de Ron.
-Suena terrible. –Dijo el pelirrojo con sarcasmo y Luna y Neville le miraron sorprendidos, mientras Hermione desviaba su mirada de él a Ginny que parecía estar al borde de un colapso.
-Yo también soñé un espejo. –Admitió Harry como para darle apoyo a Luna, Ron se volvió a mirarlo y el ojiverde sintió pánico, los ojos de Ron tenían la pupila dilatada al máximo y su boca sonreía tan irónico que recordó muchos rostros de su pasado.
-Yo también. –Confesó Neville tomando la mano de Luna sobre la mesa y Hermione asintió para dejar en claro que también lo había visto; Ginny estaba sobrecogida, toda ella sentía algo raro en su hermano y no podía evitar querer salir corriendo; cuando él le miró, soltó una frase que la hizo ponerse en pie de un salto, tirando la silla y haciendo saltar la mesa.
-… es cierto. –Terminó alzando las cejas mirándola, Harry se volvió a Ginny que retrocedió hasta el muro ignorando la silla tirada y a todos que la miraban; esa frase era como una confirmación y horrorizada salió corriendo, subió las escaleras y se metió en su cuarto buscando refugio.
-¡Ginny! –Harry la siguió escaleras arriba sin decir más nada, mientras Hermione miraba a Ron con la quijada adolorida por la tensión; Ron tomó un huevo relleno y se lo llevó a la boca sin dejar de mirarla con ironía, mientras Luna le revisaba el rostro llena de curiosidad, Ron sonreía alzando las cejas y Neville temblaba sin saber por qué; entonces Luna concluyó algo que no entendía pero que sabía más cierto que nada sobre la mesa y entrecerró los ojos y tomó a Tambor entre sus brazos como para protegerlo.
-Tú no eres Ron. –Sentenció ante la contrariedad de Neville y Hermione que no supieron como actuar, Ron sonrió volviéndose a verla, abrió la boca para hablar pero Poppy empezó a ladrar como un animal endemoniado y se tiró sobre él que cayó al suelo entre su lugar y el de Neville que se levantó dispuesto a ayudarlo.
-¡Qué te pasa! –Gritó el pelirrojo confundido, mientras el perro le tiraba feroces mordidas al rostro, que sólo pudo cubrirse con el brazo derecho. -¡Ayúdenme!
-¡Poppy, no! –Hermione sacó la varita y entre ella y Neville tuvieron que controlar al animal que mordía el brazo de Ron, que había vuelto a ser el de antes.
-¡Poppy ¿qué te pasa?! –El pelirrojo gimoteaba de dolor y el animal se calmó como si ya nada le hiciera enojar, Luna permanecía con Tambor entre los brazos mirando pasmada; cuando Hermione lo llevó escaleras arriba y ella y Neville se quedaron limpiando, aún no podía dejar de fruncir el ceño.
Era un largo pasillo oscuro y ella caminaba con su uniforme de Quidditch y la escoba en la mano, sonreía emocionada por haber ganado el partido cuando vio una sombra en un pasillo contiguo; se volvió a mirar y la vio ahí sentada en el suelo al lado de un perro, el Grim. Tragó saliva asustada y se acercó corriendo para ayudarla, entonces ella volvió sus ojos ciegos y los clavó en su rostro.
-Departamento de Misterios. –Brotó de sus labios desdentados y Alicia se tiró al suelo llena de espanto, mientras veía en esa misma habitación todo lo que había visto en su sueño y se veía peleando, poderosa y entera; esa mujer se irguió y pudo verla entonces completa y reconocer en ella a Parvati Patil.
Despertó y se llevó la mano a la frente empapada en sudor, la enfermera dijo que tenía fiebre y había delirado, pero la verdad es que no creía que hubiera sido así.
-Ginny, cálmate. –Harry intentaba controlarla, pero ella se movía de un lado a otro de la habitación ofuscada.
-Ese no es Ron… ¡Lo oíste! –Gritó pálida y demacrada en segundos.
-Ginny, no sé a qué te refieres… pero intenta calmarte, aún estás débil. –Pidió nervioso, ella se tiró a llorar desconsolada en sus brazos y aunque no entendía lo que pasaba, estaba convencido de que ella le temía a algo real.
Estamos a poco del final... agradezco a quienes han leído la historia... ojalá les guste el desenlace.
