Capítulo 9

Lloró durante muchas horas después de regresar y todo el tiempo se recriminaba a sí misma por ser tan estúpida, él nunca le había dado razón para creer que sentía algo más que cariño por ella, le divertía con su inocencia, nada más. Había desnudado su corazón ante él, y la había rechazado, no se humillaría de nuevo. Se casaría por amor, o no se casaría, con ese pensamiento en mente, se quedó dormida, el laberinto surgía en la noche, una pared serpenteante de verdor que la apartaba del resto de mundo. En su corazón, sintió un vuelco cuando se acercó a la estatua del lobo de bronce. Aspiro profundamente y las ventanas de su nariz se llenaron con el perfume de las rosas. Sólo después percibió que no eran rojas.

Las docenas de flores en los rosales eran negras, escogió una, jadeó al percibir el pinchazo de una espina en su dedo. Una gota de sangre roja brillante apareció en la herida, y repentinamente Edward estaba allí, cerniéndose ante ella, sus ojos oscuros ardiendo con una luz malvada mientras cogía su mano y lentamente lamía la sangre de su dedo...

"¡No!" El sonido de su atemorizado grito, la despertó de su sueño y se incorporó, recorriendo con mirada asustada todo el cuarto.

- Sólo es un sueño - murmuró mientras se acurrucaba bajo las sabanas de nuevo - Sólo es un sueño - las familiares palabras invadieron su mente.

- Es sólo un sueño...

Cerró sus ojos, pero el sueño la eludía, con un suspiro, se levantó, caminó hasta la ventana, con la mente llena de imágenes de Edward tal y como lo había visto esta noche, sus ojos llenos de tormento, Él estaba muy solo ¿Por qué? Era un hombre apuesto y rico. ¿Por qué no se había casado y formado una familia? ¿Por qué vivía en ese frío castillo, solo? ¿Por qué la había apartado de su lado? Había aprendido mucho en los años que había estado ausente, en ocasiones había coqueteado con hombres jóvenes, había aprendido el poder de una mirada y de una tímida sonrisa. Sabía cuándo un hombre la deseaba. Y Edward la deseaba.

La había deseado desde un principio ¿Entonces, por qué, la había rechazado? Y ¿Por qué la había comprado? Había imaginado que para calentar su cama. Ahora se preguntaba si la había comprado solo para hacerle compañía. Pero un hombre como el no tenía necesidad de comprar compañía femenina. Pensó en todos los rumores que había oído acerca de él y de sus peculiares hábitos. Desde su regreso, había oído cosas, historias susurradas que hablaban del mal, de pactos con el diablo. ¿Era posible que la gente del pueblo creyera en cuentos? Sus amigos y vecinos eran personas humildes, supersticiosas, temerosas de lo que no comprendían.

Acurrucándose bajo las sabanas, cerró sus ojos de nuevo. Aunque había llegado a amar París, no iba a regresar. Ésta era su casa, aquí tenía un sitio, y no permitiría que nadie la echara, ni siquiera el dueño del castillo. Al día siguiente era día de mercado. Con la lista de su madre en la mano, Bella cogió el carruaje que Edward había comprado para su familia y se fue al pueblo, le daba gusto ver rostros familiares. Gracias a la generosidad de Edward, pudo comprar pan tierno, unas libras de carne, y una botella de vino tinto.

Estaba sentada en un salón de té, preguntándose si Edward absorbería siempre sus pensamientos cuándo vio a Jacob Black, él la vio al mismo tiempo, Inclinando la cabeza, cruzó la carretera, con una sonrisa en su cara. Seguía siendo tan apuesto como recordaba. Varias mujeres se fijaron en él, llevaba un abrigo de terciopelo verde oscuro, pantalones de color ante, y botas negras, su camisa de lino blanco y un alfiler con un diamante centelleaba en su corbata.

- Buenas tardes, Señorita Swan - se inclinó respetuosamente para besar su mano - ¿Puedo unirme a usted?

- Por supuesto.

- Hacía mucho tiempo que no nos veíamos - dijo Black recorriéndola con la mirada, con afecto y aprobación - Su estancia en París parece haberle sentado muy bien.

- Gracias, Señor - contestó Bella, consciente de la admiración en sus ojos.

- Sentí mucho lo de su padre - dijo Black - ¿Hay algo que pueda hacer por usted?

- No gracias, Lord Cullen ha sido muy generoso.

- ¡De veras! - Black se recostó en su silla – ¿Va usted a regresar pronto a Francia? – Bella negó con la cabeza

- No. Aunque París me encanta, he decidido quedarme aquí. Después de todo, esta es mi casa - Y Edward está aquí – una pequeña sonrisa se extendió por la cara de Black.

- Son muy buenas noticias - dijo - Estrenan una nueva obra de teatro. Me gustaría mucho llevarla.

- ¿De verdad? – Black se rio suavemente.

- Sí, si a usted le complace ir. Y si cree poder tolerar mi compañía durante toda la tarde.

- Ciertamente me complacería mucho - contestó Bella, en verdad, no sería molesto pasar la tarde con Black, Con sus trigueños ojos oscuros era realmente uno de los hombres más apuestos que había visto en su vida y había visto muchos durante los últimos cuatro años.

- Bien, entonces. La recogeré el sábado a las seis.

- Estaré lista.

- Muy bien – levantándose tomó su mano y dijo - Siento dejarla, pero tengo una cita de negocios - besó su mano - Hasta el próximo sábado, entonces señorita Swan.

- Hasta el sábado.

Black llegó a las seis en punto, Bella sonrió mientras le presentaba a sus hermanas. Todas y cada una de ellas, clavaron sus ojos en él y quedaron fascinadas mientras se inclinaba respetuosamente para besarles la mano. Incluso su madre parecía impresionada.

- Siento como se ha comportado mi familia - Bella comentó más tarde, en el carruaje - Es que nunca han conocido a nadie como usted. Mi hermana menor me preguntó si era usted un príncipe.

- ¿Y qué le dijo?

- Que por supuesto que lo es, Jacob se rio suavemente mientras le cogía la mano y le daba un apretón.

- Difícilmente puedo serlo.

Durante un rato, viajaron en silencio, Jacob la estudiaba era aún más bella de lo que recordaba, los años en la escuela la habían pulido, le habían dado un aura de confianza de la que antes carecía. Se le ocurrió que ya era hora de casarse y tener un heredero. Estuvo meditándolo durante la velada, ninguna mujeres podía compararse con ella, venía de una familia pobre, sí, pero él era un hombre rico y el hecho de que no tuviera dote no importaba, solo podía encontrar un inconveniente y era el hecho de que todo el mundo en el pueblo sabía que el padre de Bella la había vendido a Lord Cullen y que había tenido a que vivir en su casa. A Jacob no le importaba ni pizca lo que la gente de Forks pensara, pero probablemente sí causaría desasosiego en su familia si alguna vez lo descubrían.

Pero ya se enfrentaría a ello cuando llegara el momento, después de la obra teatral, la llevó a cenar tardía, ella le continuaba hechizando con su franqueza y sencillez, el coqueto era natural en ella; no lo había aprendido en la escuela, cuando el carruaje se paró frente a su casa, su decisión ya estaba tomada.

- Gracias por esta preciosa tarde - dijo Isabella.

- Ha sido un placer - contestó Jacob, besó su mano e incapaz de contenerse la estrechó entre sus brazos y la besó.

Bella cerró sus ojos mientras sus labios tocaban los suyos, fue un beso agradable, cortés, tierno. Inesperadamente pensó que ese beso era apacible pero no tenía pasión. Comparar el beso de Jacob con los de Edward y era como comparar la luz de una luciérnaga con la del sol. Con los brazos a su alrededor, antes de soltarla, le preguntó.

– ¿Puedo verla mañana por la noche?

- Si usted lo desea.

- ¿A las siete? – Bella asintió.

- Buenas noches, señorita Swan.

- Buenas noches, Señor.

Él llegó puntual, esa y todas las siguientes noches de la semana. Fueron juntos a cenar, al teatro y a la ópera. Aunque disfrutaba de la compañía de Jacob, no podía dejar de pensar que no era de su misma clase social, cenaban con nobles, una vez, se encontró bailando con un conde, ella, sabía que parecía que estaba en su sitio, su traje de noche era igual de costoso y a la moda, como los de las demás mujeres, gracias a la educación que había recibido en Paris, sabía cómo comportarse en la mesa, cuáles cubiertos usar, cuando hablar, como responder, pero en su interior todavía era una campesina, temerosa de gente de la clase alta. Ella se lo dijo una noche, durante la cena.

- Eso es absurdo - exclamó Jacob - no debes sentir vergüenza por haber nacido pobre.

- Pero...

- No quiero hablar más de eso - dijo Jacob firmemente, tomando su mano dijo – eres más bella que cualquiera de ellas, Bella, no debes sentirte menos porque tu padre fuera un campesino y no un conde. Acuérdate de que no todos nacemos con títulos - Bella le sonrió, reconfortada por un momento.

– ¿Te veré mañana por la noche? – preguntó Jacob negó con la cabeza.

- Me temo que no. He quedado con Mike y Edward en Cotyer - la mención de su nombre causó un dolor punzante en su corazón.

- ¿Ocurre algo? - Jacob preguntó - Te has puesto pálida de repente.

- Me ha cogido jaqueca repentina - dijo Bella - ¿Te importaría que regresáramos a casa?

- Por supuesto que no - llamó al mesero, se encargó de la cuenta, y le puso su capa.

Minutos más tarde, cuando estuvo en el coche con una manta en su regazo, cerró sus ojos rechazando cualquier conversación mientras que en su mente volvía a recordar a Jacob diciéndole que iba a encontrarse con Edward mañana por la noche. Deseó tener el atrevimiento de seguirlo a Cotyer para poder verlo de nuevo, aunque solo fuera desde lejos. Le dio las buenas noches a y entró en la casa. Mirando por la ventana, vio al carruaje que se alejaba. Asaltada por una terrible tristeza, se quitó la capa y entró en el dormitorio que compartía con Ángela, Jacob le gustaba pero aunque pidiera su mano en matrimonio, supo que no le amaría como a Edward.

¿Por qué la había echado? Después de vivir en París, entendía lo que era estar solo, ser diferente a los demás. Conocía los rumores y recordaba cosas que Edward había dicho de sí mismo de que se sentía apartado de la sociedad, aunque no entendía el por qué. ¿Había habido algún incidente en su pasado que le había hecho sentirse así? Se dijo a sí misma que no tenía importancia para ella, él la había echado, primero a París, y luego del castillo, la había expulsado y le había ordenado que nunca regresara. Así sea, pensó, parpadeando para contener las lágrimas que se negaba a derramar. Si él no la quería, entonces sabía de alguien que sí lo hacía.

La siguiente semana y por invitación de Lady Tewksbury, Jacob acompañó a Bella a un baile de disfraces en Tewksbury House, Jacob se vistió de Robin Hood, con arco y gorra con plumas. Por lo que era lógico que Bella fuera disfrazada de Lady Marian. Llegaron a las ocho y cenaron a las nueve, pasadas las diez cuando fue cuando Jacob la llevó al salón de baile. Una enorme araña de cristal lanzaba luces suaves sobre los bailarines. La orquesta estaba medio escondida detrás de una pared de helechos...

Bailó con Jacob y con Tewksbury, luego con Jacob de nuevo, él coqueteó con ella desvergonzadamente, diciéndole que era la mujer más bella del salón. Su mano acarició sus hombros desnudos, sus labios rozaron sus mejillas y sus párpados. Animada, por el vino, y solo porque Edward la había rechazado le dio permiso para besarla y ella se lo devolvió, diciéndose a sí misma que no tenía importancia, Edward no la quería, y le había dicho que se casará con otro, ¿Por qué no con Jacob? Era joven y bien parecido, rico, y la adoraba. Él nunca la rechazaría. Al final del vals, Jacob la dejó sola durante un momento para ir a buscar una copa de champaña.

Repentinamente se sintió acalorada, y salió a la terraza, una brisa ondulaba sus faldas y enfriaba sus mejillas excitadas. Fuera a lo lejos, podía ver las altas torres del castillo de Cullen, a pesar de su decisión de no pensar en él, se preguntó que estaría haciendo Edward en ese momento, si pensaría en ella, un escalofrío acarició su nuca, y con él la sensación de que no estaba sola, se giró rápidamente y se quedó sin aliento al ver a un hombre alto en el portal. Iba todo vestido de negro excepto por la máscara de esqueleto blanca con la que cubría su rostro. Llevaba un sombrero negro de borde ancho adornado con una pluma negra rizada. Una capa de fino terciopelo negro ondeaba a su alrededor. Le tendió la mano.

- ¿Me concede este baile, mi señora?

Su voz la acariciaba, evocando imágenes de rosas y noches iluminadas por la luna, no se le habría ocurrido rechazarlo, por lo que depositó su mano en la suya, la sostuvo cerca, con cada giro su cuerpo rozaba íntimamente el de ella, atrapada en su mirada, siguió bailando el vals por la terraza, la música se desvanecía en la distancia, las personas dentro del salón de baile dejó de existir. Sólo estaban ellos dos, bailando bajo un cielo estrellado y la conciencia del otro, miró fijamente sus ojos, insondables quedándose prendida en ellos, ojos en los que ardían los mismos fuegos del infierno. Con un repentino jadeo, murmuró su nombre. Su brazo se apretado alrededor de su cintura, atrayéndola más cerca. Su cuerpo ardía con su cercanía; Su corazón golpeaba furiosamente.

¿Era él?

Tenía que serlo.

Lentamente, él agachó su cabeza hacia la de ella, hasta que los ojos ocultos a medias por la máscara borraron todo lo demás, hasta que no vio nada, no se dio cuenta de nada, excepto el hombre que la sujetaba. Levantó su cara para recibir su beso, sintió el toque de sus labios frescos formar un camino brillante hacia su corazón y su alma. Cuando apartó su boca de la de ella, se quedó mirándolo fijamente, con sus extremidades flojas en curioso letargo. De no ser por la fuerza de los brazos que la sujetaban, creyó que podía haberse derretido a sus pies, no fue consciente de que la música había acabado hasta que vio a Jacob parado en el portal. Su compañero se inclinó de modo respetuoso sobre su mano y luego, con su capa formando remolinos a su alrededor desapareció en la oscuridad de la terraza.

- ¿Quién era? - preguntó Bella aunque estaba segura, en su corazón, de que había sido Edward, Jacob busco con la mirada al hombre de la capa y sombrero negro.

- No lo sé.

- Creí...

- ¿Qué creíste?

- Creí que era Edward.

- ¿Edward? ¿Aquí? - Jacob se rio mientras le entregaba una copa de champaña - Odia los bailes de mascaradas y las fiestas de cualquier tipo. Nunca he sabido que fuera a ninguna.

- ¿Le has visto recientemente en Cotyer? Jacob asintió.

- ¡Maldito hombre! Es imposible ganarle, sabes a veces pienso que conoce los naipes que tengo antes incluso que yo mismo.

- ¿De veras? - estaba de puntillas tratando de ver por encima de las cabezas del gentío.

- Ven - dijo Jacob, dejó su vaso en el balcón, sujeto su mano y dijo - creo que éste es mi baile.

Durante la noche soñó con Edward, soñó que entraba en su cuarto, que permanecía a su lado en la cama, su capa negra envolviéndolo, una máscara horrible escondía su rostro. No era la máscara que había al baile, era una máscara con ojos color rojo llameante y con sangre goteando de sus colmillos. Se despertó con un gritando, ¿Estaba de nuevo soñando? Se encogió con temor por la oscuridad. ¿Estaba él allí, en la esquina, o era solo una sombra provocada por la luz de la luna? Con el corazón martilleando fuertemente en su pecho, y la boca seca, se quedó mirando fijamente a la oscuridad de su cuarto.

– ¿Su Señoría?

- Duérmete, dulce Isabella.

- Déjeme ver su cara.

- A ti no te gustaría ver lo que hay en ella, duérmete, tienes tanto sueño, tanto sueño, duérmete... - luchó por permanecer despierta, pero no pudo resistir el hipnótico sonido de su voz.

- Por favor venga a mí – imploró - Sé que está usted aquí.

- Es sólo un sueño, Isabella, sólo un sueño... "

¿Cómo puede ser un sueño? si él le estaba ordenando que durmiera. ¿Y luego estaba dormida realmente, o era que en realidad estaba soñando que dormía? Confundida, trató de llamarlo, intentando liberarse del letargo que la arrastraba a la oscuridad, a la nada, se despertó decidida a verle de nuevo. A pesar de su decisión, le tomó una semana reunir el suficiente valor para ir por el camino que llevaba hasta la montaña del Árbol del Diablo al castillo de Cullen. Se vistió cuidadosamente para su viaje, su traje era de terciopelo azul marino. El corpiño tenía un escote cuadrado, las mangas eran largas y ceñidas, la falda era acampanada. Sujetó su pelo con dos peinetas adornadas con joyas.

Cubriéndose con su capa de color café, dio un último vistazo al espejo para examinar su apariencia antes de abandonar su cuarto. No quería que su madre o sus hermanas la vieran, anduvo de puntillas hasta la puerta trasera, ensilló uno de los caballos, y salió por el patio trasero. Era un poco atemorizante, cabalgar por la noche hasta el castillo de Cullen, los árboles emitían ominosas sombras en el camino, sintió un sobresalto en el corazón cuando un búho pasó volando cerca de su cabeza.

Oscuras nubes se cernían en lo alto del cielo, tapando la luna y las estrellas. Un viento frío bajaba de la montaña, como si un fúnebre lamento barriera la tierra. Temblaba cuando llegó al castillo. Desmontó y ató la correa del caballo a un árbol, subió las escaleras y llamó a la puerta. Minutos más tarde, la puerta se abrió con un chirrido.

- Señorita Swan - exclamó Carlisle - ¿Qué está haciendo usted aquí?

- Vine a visitar a Lord Cullen – Carlisle se quedó mirándola con estupor.

- Aquí nunca ha venido nadie a hacer visitas - comentó asombrado – ¿Está Lord Cullen esperándola?

- No. ¿Esta él aquí? – Carlisle vaciló un momento, luego asintió.

- ¿Puedo verle? – Carlisle frunció el ceño.

- En realidad señorita, no sé qué hacer.

- ¿Ocurre algo? – Carlisle dio un paso adelante.

- Él ha estado de muy mal humor últimamente, señorita - dijo, bajando la voz - no estoy seguro de que verle ahora, sea una buena idea.

-¡Carlisle! – Bella con un respingó retrocedió, sus ojos agrandados por la sorpresa de ver a Edward entrar en el vestíbulo, lentamente, Carlisle se dio vuelta para confrontar a su señor.

- ¿Señor?

- Puede retirarse, Carlisle - dijo Edward, con voz fría como el hielo.

- Sí, Su Señoría. Buenas noches, señorita Isabella.

- Buenas noches Carlisle.

- Con permiso su Señoría - dijo Carlisle y le dirigió una mirada a Bella que quiso ser reconfortante, y se encaminó apresuradamente hacia el vestíbulo.

Como dos estatuas, Bella y Edward se quedaron mirándose fijamente el uno al otro, hasta que el sonido de los pasos de Carlisle desapareció.

- ¿Qué haces aquí? - preguntó Edward con voz controlada. Sus ojos, la tenían cautivada.

- Yo... Esto es... yo... - ella no podía hablar, ni pensar coherentemente, con él mirándola de esa forma.

Se humedeció los labios repentinamente secos. Parecía tan enojado, con esa posición tan rígida ante ella. Iba de negro, siempre iba de negro, pensó. ¿Se había equivocado al venir hasta aquí? ¿Había estado equivocada en el baile? Después de todo, quizá no había sido Edward el de la máscara. Se acercó por el vestíbulo, acortando rápidamente la distancia entre ellos, hasta que quedaron separados solo por un pequeño espacio.

- Te dije que nunca más regresaras - Bella asintió, metió las manos en los bolsillos de su capa y las cerró con fuerza para calmarse.

- Sí, así lo hizo, Su Señoría.

- ¿Entonces por estas aquí? - ella levantó su barbilla, rehusándose a dejarse intimidar.

-¿Si no quería verme de nuevo, por qué fue al baile de máscaras? ¿Por qué bailó conmigo? - tomó aire profundamente - ¿Por qué me besó? - él se quedó rígido, ella vio sus manos con los puños fuertemente apretados y supo que lo hacía para calmar su cólera.

- Sé que fue usted - dijo Bella - No trate de negarlo.

- Vete de mi casa - dijo Edward fúrico - Sal ahora mismo, mientras puedas -Bella le miró a los ojos, bajo su furia, bajo el timbre rudo de su voz, sintió la soledad que le rodeaba.

- Le he extrañado, Su Señoría - dijo suavemente - esperaba que también usted me hubiera extrañado.

Un músculo se movió en su mandíbula, solo ese signo mostró la tensión que había en él, inhaló profundamente y su fragancia invadió su nariz – el jabón con el que se había bañado, la carne de cordero y el queso que había cenado, el perfume de su pelo y de su piel. Podía oler el nerviosismo que hacía latir su corazón salvajemente, oler la sangre fluyendo por sus venas. Un frío soplo de aire hizo oscilar la capa de Bella, haciéndola temblar, después cayó un relámpago enceguecedor, seguido por un fuerte trueno, y luego comenzó a llover, Edward juró bajo su aliento, incluso los elementos parecían conjurarse en su contra. Se apartó para que ella pudiera cruzar el umbral.

- Entra - le dijo, aunque no hubo ningún calor en su voz, ninguna bienvenida en sus ojos.

- Mi caballo...

- Carlisle se encargará de el - dijo Edward intempestivamente - Entra.

Temerosa de que pudiera cambiar de idea, Bella hizo lo que le pedía, desabrochó su capa, sintiendo las manos de Edward en sus hombros al quitársela y colgarla en la percha, después cerró la puerta. Sin pronunciar palabra, caminó delante de ella. Ella vaciló un momento, luego le siguió por vestíbulo hasta la biblioteca. ¿Cuántas horas había pasado sentada este cuarto, leyéndole? Se preguntó. ¿Cuántas veces lo había observado, deseando que la cogiera entre sus brazos, y la besara como deseaba ser besada? ¿Había sabido él cómo se sentía ella? ¿Era por eso por lo que la había echado?

Se detuvo en la puerta cuando un horrible pensamiento le pasó por la cabeza. Quizá él estaba enamorado de alguna otra mujer. Quizás no había querido dar importancia a su absurdo enamoramiento. Diciéndose que lo que ella sentía por él era sólo un encaprichamiento de niña. Él se sentó en su silla favorita, de espaldas a ella.

– Entra, Bella - la invitó suavemente.

Sintiéndose asustada, cruzó la habitación y tomó asiento frente a él, parecía extraño estar sentada allí, como si ella fuera su igual, la mayoría de las noches, se sentaba sobre el suelo de espaldas a la chimenea, pasó la mirada por el cuarto, encontrándolo igual que la última vez que lo había visto, cuatro años atrás. Una antigua espada colgaba sobre la chimenea. La gran mesa del roble junto a las vidrieras de cristal, un estante de roble oscuro con varias figurillas de peltre en forma de cuervos volando y lobos aullando. No había otro mobiliario excepto dos sillas apartadas.

- No deberías haber venido aquí - Su voz era baja y suave.

- Lo siento si mi presencia le contraría - ladeó una esquina de su boca en una fría sonrisa.

- No tienes idea qué lo que tu presencia me provoca.

- Estoy muy contenta de verle de nuevo, su señoría - dijo Bella francamente - esperaba que usted sintiera lo mismo.

- Isabella, te he añorado todos esos años de una forma en que ni siquiera puedes suponer - ella negó con la cabeza.

– ¿Entonces por qué está usted tan enojado con conmigo?

- No estoy enojado - él se veía disgustado, sus manos apretaban los brazos de la silla, con los nudillos blancos por la tensión, su postura era rígida, casi podía sentir la tensión irradiar de él.

- Entonces ¿qué es lo que ocurre? - preguntó.

- Me temo que aquí no estás a salvo.

- ¿Por qué no estoy segura?

Él miró a lo lejos, oyendo la lluvia golpeando el techo, iba a llover toda la noche, pensó desoladamente, no podría enviarla de regreso a su casa, no ahora, su mirada descendió a su rostro y su figura. Era tan bella. Su piel era del color de la miel; Su pelo caía sobre sus hombros en suaves ondas, ella le observaba con sus directos y cándidos ojos café, su afecto por él reflejado en su mirada, no podía quedarse aquí, los años pasados sin ella no habían disminuido su deseo, la deseaba, ardía por ella, la ansiaba de mil formas todas desconocidas para el hombre mortal, el hambre bramaba a través de él, estaba sediento de su toque, del mismo ser de su vida.

Sentía a la bestia rebelarse desde lo más profundo, pidiendo ser alimentada, sentía la sed dando zarpazos en sus entrañas. Su cercanía, su dulzura, exageraba su anhelo, su necesidad de ella, sus uñas se hundieron en los brazos de la silla, arañando la madera. Su respiración se volvió superficial errática.

- Isabella.

- ¿Su Señoría? - se inclinó hacia adelante, sus ojos se entrecerraron mientras estudiaba su rostro - ¿Está usted bien, Su Señoría? ¿Le puedo traer un vaso de vino?

- Vete a tu cuarto.

- Pero...

- ¡Vete!

Ella no replicó, no perdió el tiempo dándole las buenas noches, apartó su silla de golpe, salió corriendo del cuarto y subió las escaleras hasta la habitación que una vez había sido suya, al llegar, cerró la puerta y apoyó su espalda en ella, con su aliento entrecortado, ya le había rehuido antes, lo recordaba claramente, recordaba el sentimiento como si hubiera escapado de un destino terrible. Ahora se sentía de la misma forma, cuando su respiración se volvió normal, vio que el cuarto estaba tal como lo había dejado, fue al armario y abrió las puertas, dentro estaban los vestidos que había dejado, cuando se fue a París, lamentó dejar tantas prendas, pero Edward le había comprado más vestidos de los hubiera podido usar en toda una vida, cerró las puertas, fue al tocador y abrió el cajón que había contenido sus camisones. Seleccionó uno, se desvistió y se lo puso.

Estaba a punto de meterse en la cama cuando vio que el espejo de cuerpo estaba cubierto por una tela oscura, era extraño, pensó mientras apartaba la tela y contemplaba su reflejo. Tenía quince años la última vez que se había mirado en este espejo, ahora, era más alta, su figura era más redondeada, más femenina, aparte de eso, se veía casi igual, deseó ser bella, tener el pelo rojo rizado como su amiga del convento, Vicky, que sus ojos fueran verde esmeralda en lugar de este tono café común, que sus pechos fueran más grandes y su cintura más estrecha. No era extraño que Edward la echara. ¿Por qué la escogería cuando podía elegir entre muchas mujeres bellas?

Dando la espalda al espejo, se metió en la cama, si los rumores eran reales, él había tenido muchas mujeres, pero no se había casado, no podía dejar de preguntárselo, seguramente un hombre de su riqueza y situación desearía tener un heredero. Un bebé, pensó soñadoramente, un hijo con los ojos y el pelo negro de Edward, cerró los ojos y se imaginó como su esposa y la madre de sus hijos. Tal como lo había hecho innumerables veces en el pasado, permaneció al lado de su cama, observándola dormir. La pureza de su piel le tentaba a tocarla, pero cerró sus manos fuertemente para evitar acariciar su mejilla. ¡Qué bella era! Y cómo la adoraba. Los años sin ella habían sido la peor tortura de toda su vida. Había pensado en ella a cada instante, recordando su rostro, su risa, atormentándole más que cualquier dolor que el sol pudiera ocasionarle.

Ah, cómo ardía por ella, con un anhelo en su interior más doloroso que el hambre oscura que le inundaba, él había visto a Black bailando con ella en el baile de máscaras de Tewksbury y había deseado matarlo, desgarrar su corazón, nunca durante sus cuatrocientos treinta y un años había experimentado unos celos tan enceguecedores, tal odio, tal deseo de destrucción, supo que era un error ir al baile, del que se había enterado jugando en Cotyer una partida con Black, que había mencionado que iría, había ido solo para verla, lo cual no fue suficiente, había querido, necesitado, sostenerla entre sus brazos.

Sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos, mientras se resistía a rodearla con sus brazos y besar su mejilla, a pasar su lengua por su cuello, una niebla de deseo nubló sus ojos, el hambre subió y corrió como lava derretida a través de sus venas. Sintió que sus colmillos se alargaban, sintió el deseo aumentando en su interior, la bestia voraz urgiendo ser liberada.

- No - la palabra fue murmurada a través de sus labios. No lo haría. No podía - el miedo lo llevó hasta la puerta.

- ¿Su Señoría?- él se detuvo, sus manos apretadas con fuerza a los lados.

- ¿Su Señoría? ¿Es usted?

- Duérmete, Isabella - dijo la miró por encima su hombro con una mirada devastadora -vuelve a dormir, mi dulce, y sueña los sueños de una joven mientras puedas.

Ella contempló las profundidades de sus ojos y sintió la familiar laxitud a través de ella. Sus párpados se volvieron insoportablemente pesados. Con un suspiro suave, cerró sus ojos. Poco antes de que el sueño la reclamara, pensó que había oído el solitario aullido de un lobo.