¿Crees en los ángeles? ¿Esos seres alados, que vienen del cielo? En fin… ¿Crees en los ángeles guardianes?, ¿Has oído hablar de ellos, cierto?; dicen que todos tenemos uno, que siempre está a nuestro lado. Cuidando de nosotros en los peores casos... ¿De verdad crees que es así? ¡Jajajajaajaja! ¡Pues no! No lo son, no son ángeles, ni siquiera son buenos ¿sabes?, pero valla que siempre están, siempre. Tu no los verás, pero no porque sean invisibles, ellos... simplemente saben que los ignoraras, porque a la final, tu no deseas verlos, ¿Cierto? No. No quieres, no te gustaría.

Ahora estás sentado frente a tu monitor, leyendo esto, mientras él está detrás de ti, observándote, cuidando su fuente de alimento, con sus ojos rojos... vaya odiosos que son, ¡Ja! pero allí están, si, cuando tú no te das cuenta. Cada vez que vas a dormir y miras hacia el techo de tu habitación, no dejes de apuntar la vista hacia ese lugar; quizás está a tu lado. O cuando ya estás dormido, ¿A que no te imaginas?, así es… te ve de frente. De hecho, eso le gusta muchísimo. Cuando estás en la ducha y el jabón entra escurridizamente entre tus ojos, está de frente a ti, ¿Qué tal, cuando entras a una habitación oscura, y tus ojos no pueden ver nada?, él está frente a ti, pero tú no quieres que sea así. Él lo sabe, y eso está bien, porque a él no le gusta que tú sepas que existe ¿Sabes?... quizás tú crees que no le conoces, pero sí sabes quién fue. Tú claramente, te acuerdas de él o ella, cuando vivía.

De hecho, ahora mismo está detrás de ti, sí, pero no lo mires... se puede molestar - Ángel Guardián, Creepypasta.

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Raymond Vester, había observado el intento de asesinato por parte de Hunk, desde la ventana del edificio contiguo al hotel Riviera, y permaneció en el mismo lugar, después de la expansión del Virus-T, adoptando una mascarilla de gas, parecida a la del sicario de Neo-Umbrella, hasta una hora después de que el aire corroído, hubiese comenzado a disiparse.

El edificio, era un complejo de departamentos para familias de no más de cuatro personas. Contaba con una sala de menos de diez metros cuadrados, un par de baños y tres habitaciones, lo suficientemente grandes como para meter una televisión, una cama, y un armario, y seguir teniendo espacio para practicar yoga durante las mañanas, pero en ese momento, todo eso no era importante. Raymond le daba vueltas a su Red9, con el dedo índice a través de la apertura del gatillo, mientras observaba a través de la ventana. El fleco rojo, había cambiado por una pollina completamente volcada hacia atrás, por lo que Raymond, ahora parecía una especie de Elvis Presley, con un mar de sangre coagulado sobre la cabeza, pero pulcramente acicalado, que le conferían un aspecto de músico de jazz, de los años cincuenta.

Mantenía su mentón apoyado contra la palma de su mano, enarcada contra el alféizar de la ventana, y muy cerca del vidrio. Casi podía sentir el calor transparente que se traspasaba a través de las fibras de la sustancia viscosa que componía dicho material. Había estado observando el momento en el que Hunk abría desesperadamente una de las puertas de emergencia del Hotel, y se internaba en uno de los callejones aledaños, para perderse entre las zonas residenciales colindantes al hotel Riviera. Eso había sido hace más de una hora y media, pero si hubo una razón, por la cual no había ido detrás del mercenario, fue precisamente por la aparición tan abrupta del Virus-T. Aquello no figuraba en los planes de Neo-Umbrella, y Raymond estaba seguro, de que tampoco pintaba en los ideales de Jessica. Tendrían que hablar con Dagget, acerca de su impulso azaroso para tomar decisiones precipitadas, sin un motivo aparente.

Después de todo, si bien era cierto que los agentes estadounidenses, ya estaban en Brasil, su amenaza no pasaba de crear un escándalo mayúsculo, por el alboroto que organizarían después de la boda de Jill. Raymond no sabía si ese jolgorio en particular, sería de júbilo y dicha. Hasta donde tenía entendido, el matrimonio sería entre los sub-capitanes, Carlos Oliveira y Jill Valentine. A esta última, Raymond la había tratado personalmente durante el incidente del Queen Zenobia, en dónde él, en complicidad con su ahora jefa, y directora de operaciones, Jessica Sherawat, armaron un escenario de distracción, donde él mismísimo pelirrojo quedaría como la parte buena y noble de todo el asunto, mientras la espía se encargaba de extraer el Virus-T Abyss, de los confines del trasatlántico caído en desgracia. La B.S.A.A., confirmó la deserción de Raymond, menos de un mes después de los incidentes, pero para fortuna del ahora subordinado de Jessica, su orden de captura, coincidió con la perdida de la agente Valentine, luego de los incidentes en el anexo europeo de la mansión Spencer, y su caso había quedado relegado a un segundo plano, desde entonces.

Sabía que las conjeturas de la B.S.A.A., muy posiblemente habrían sido que tanto Jessica como Raymond, habían estado trabajando juntos desde el principio, durante el atentado terrorista a Terragrigia, y que por lo tanto, si daban con uno, muy seguramente, también obtendrían el paradero del otro, y viceversa. Sin embargo, a Raymond aquello le traía sin cuidado. Conocía los efectos del virus repotenciado en los laboratorios de Neo-Umbrella. La cepa no era muy distinta al ya conocido Virus-T, que azotó y posteriormente, aniquiló, a toda Racoon City, aunque con una lentitud, que no era propia de un arma biológica, que se jacta a si misma de ser elegante. No era ningún milagro de la ingeniería genética, y básicamente, consistía en un tubito con un líquido verde de tonalidad radioactiva, que al inocularse en los conejillos de indias, aceleraba considerablemente su metabolismo, en detrimento de su virus patriarca. De resto, las mutaciones eran básicamente las mismas, y si Neo-Umbrella, en cooperación con John Dagget, habían decidido emplear ese virus en Carecas, y no, por ejemplo, el Virus-C, es porque a diferencia de la cepa que había llevado la muerte y la destrucción a la ciudad china de Tatchi, el Virus-T, si podía adaptarse con maestría y resolución a absolutamente cualquier organismo, y causar mutaciones catastróficas y viscerales, sin importar su fenotipo, su genotipo o su condición actual de salud. El Virus-T, a diferencia del Virus-C, era un virus imparcial. El virus de la crisálida, podía inocularse tanto por vía oral, como a través de la sangre; pero si no encontraba un huésped adecuado, el resultado era un ser bastante estúpido, que reaccionaba con violencia y sin mucha inteligencia ante casi cualquier evento que se le presentara, y que, después de cierto tiempo, podría comenzar a amenazarse a sí mismo con tendencias suicidas. Eso no era útil ni versátil, para el equipo de planeación de Neo-Umbrella. Ellos necesitaban jugar con la psicología de los agentes, y de los ciudadanos despavoridos y aterrorizados, que pudiesen unirse a su cruzada, en búsqueda de ayuda. Necesitaban volver a los orígenes de su miedo, de su terror, de su desidia. Necesitaban que todos ellos, recordaran a Racoon City, y volvieran a vivirla, a sentirla. Que volvieran a sus memorias todas, y cada una de las razones por las cuales ese incidente, había marcado sus vidas hasta el grado de sufrir demencia post-traumática, en dosis muy leves, y que todavía hoy, varios de ellos, según informes médicos y psicológicos, extraídos con delicadeza por manos amigas dentro de la mismísima B.S.A.A.; afirmaban tener pesadillas y terrores nocturnos, que involucraban gemidos, sollozos, gritos e imágenes que pasaban ante sus ojos con una rapidez eléctrica y epiléptica, y que por lo general, eran descritos como retazos de muerte: Ora, el brutal asesinato de algún amigo o compañero, ora, el momento en el que el fuego del infierno fue consumiendo desde adentro a toda la ciudad, ora, por los monstruos dantescos a los que tuvieron que hacer frente…

Raymond suspiró. Ya no servía de nada que siguiera apreciando el desolado paisaje de frialdad y muerte que aspiraba las calles de Carecas. Debía salir a buscar a Hunk, y aniquilarlo en el momento apropiado. Y ese momento solo llegaría, después de que el enmascarado, hubiese terminado su trabajo.

Aunque…

-Podrías terminarlo tú, ¿No?

Desde hace un tiempo atrás, hasta ahora, a Raymond se le había pasado continuamente por la cabeza, la idea de obtener aprobación de Jessica de una manera un poco más satisfactoria. No se refería al plano sexual, por supuesto. Raymond era un homosexual consumado y declarado, y no tenía problemas en aceptar su condición, y aun así, fungir como uno de los terratenientes más competentes y despiadados dentro de la organización. Raymond deseaba, un puesto que se amoldara correctamente a sus pretensiones. Algo, que rivalizara con el poder de mando de Jessica, pero que no fuera igual. Con un par de peldaños por debajo de ella, le bastaba. No quería ser el segundo detrás de Jessica, ni tampoco su subordinado. Sabía que en los pasillos de la organización, a él se le referían con ese tipo de adjetivos. Él quería ser "El otro jefe", alguien a quién obedecieran, sin antes cuestionarle si Jessica había aprobado esa orden o ese otro acatamiento. Alguien, que inspirase respeto, y, ¿Por qué no? Terror y pánico en sus empleados, ¿O debería decir, esclavos? Raymond ignoraba esa diferencia, pero de algo estaba seguro. Quería poder, y eliminar a Hunk y al resto de los agentes por su propia cuenta, ahorrándole gastos y molestias a la organización, sería un plus muy bueno para su currículum, en pro de conseguir ese objetivo.

-Si lograse capturar a Ada Wong, sería mucho mejor…

Raymond sonrío pícaramente. No le faltaban ganas de hacerse con un trofeo que engrosara su ya vasta carrera criminal, como el que implicaba hacerse con la cabeza de la señorita Ada Wong. Tenerla colgando de un retrato, encima de una chimenea, sería un logro, tanto personal, como vital para su carrera. Podía acompañarlo con las cabezas de Jill Valentine y de Chris Redfield, aunque no sentía un desprecio especial por ellos dos. Tampoco por Ada, pero su cuerpo inerte, valía su peso en oro, y la referencia de haber sido "El Asesino de la mariposa escarlata", tendría un efecto de catapulta para su carrera como magnate de las armas biológicas.

El único problema, era el asunto de Parker Luciani…

Sabía que su buen amigo, a quién le debía la vida y el alma, estaba en Carecas en ese preciso momento, y que era uno de los objetivos de Hunk. Sabía también, que, a pesar de que él estaba ahí para vigilar los movimientos del mercenario; Neo-Umbrella, también lo estaba monitoreando. Su función en ese lugar, era el de acabar con alguien efectivo, pero desconfiado como el Sr. Muerte, en caso de que alguien con una suma de dinero mayor, decidiese hacerse con sus servicios. Nadie podía atestiguarlo, pero era así. Sabía, que muy posiblemente, Hunk, trataría de sacarse de encima lo antes posible a Parker, pues significaba un escollo muy difícil de evadir, al igual que lo podían ser Chris Redfield, Jill Valentine o hasta el mismísimo Leon S. Kennedy, que también estaba como invitado a la ceremonia de matrimonio de Jill. Por lo tanto, no sería descabellado pensar, que ahora mismo, Hunk estaría urdiendo un plan para tener acceso al rudo sub-capitán de la B.S.A.A., que le había salvado la vida en un par de ocasiones. Y conociendo a ese mercenario, frío y despiadado como él solo, ya tendría una idea muy bien imaginada y confabulada, y no tardaría absolutamente nada en ponerla en práctica.

No en balde, había conseguido lastimar, y casi matar a Ada Wong, a Leon S. Kennedy y a Sherry Birkin. Todos, en el primer intento, y sin necesidad de refuerzos. Además, había improvisado todos sus movimientos, maravillosamente; y gracias a su talento como asesino y caza-recompensas, había logrado dejar incapacitado, al menos parcialmente, a un estorbo mayúsculo, como lo podía llegar a ser Jake Muller. Sin dudas, Hunk era un sujeto peligroso, y alguien que sería bastante difícil de eliminar. Fue una suerte, que quedase expuesto por unos pocos segundos, durante su escape del Hotel Riviera, a la vista de un francotirador. Pera esa oportunidad, no solo no podía aprovecharse, por el momento, sino que además, había durado menos de un minuto. Ningún tirador, por más experto y versado que fuese, tendría listo un rifle y un perfil para disparar, en menos de un minuto. Además. Raymond solo estaba en ese edificio mirando por la ventana, y esperando a que la central le diese la orden y la ubicación de Hunk, para ponerse en marcha. Jamás imaginó que el asesino saldría pitando del hotel, de esa manera.

Por lo que además, Hunk también era un sujeto completamente impredecible. Y era muy complicado dictaminar, como procedería al momento de eliminar al resto de los agentes. Por no decir, que era muy probable que sospechara que Neo-Umbrella, tendría una sorpresita preparada para él, una vez que terminara el trabajo, y que también había una gran posibilidad, de que hubiese pensado en algo para contrarrestar ese posible escenario.

Raymond se puso de pie, y luego flexibilizó su cuerpo. Dejó escapar un ligero ronquido, y entrecerró los ojos con fuerza, desperezándose. Solo tendría que vigilar los movimientos de Hunk, y estar muy cerca de él las siguientes horas, hasta que decidiese ir a por Parker. En ese momento, le clavaría un proyectil entre ceja y ceja, y acabaría con cualquier tipo de cavilaciones. Pensaría luego que haría con Parker, y después desaparecería a terminar el trabajo del Sr. Muerte. Listo, pan comido.

O al menos eso creía, hasta que sus pensamientos cambiaron radicalmente de posición, cuando un hilo de baba gruesa y húmeda cayó en su pómulo derecho, muy cerca de la comisura de sus labios.

Raymond se alejó dando una voltereta en el suelo, y cayendo de espaldas a la puerta del departamento. En un principio, no observó nada inquietante. Solo silencio y soledad en el departamento. Pero luego recordó, que algunos de esos monstruos, eran como arañas que trepaban por los techos. Tenían ese estilo de ritual, para cazar. Y que en varias ocasiones, tras varios estudios, se habían comprobado que criaturas como por ejemplo, los lickers, degollaban a sus víctimas, retorciendo su cuello y quebrando su yugular de un solo tirón, sin que estas siquiera, se hubiesen dado cuenta de que el monstro en cuestión, estaba justo encima de sus cabezas.

Entonces, con esa premisa presente, elevó la cabeza, y con ella, la mirada. Ahí estaba…

En uno de los informes del ya fallecido Albert Wesker, durante su época como observador personal de la entonces niña y huérfana, Sherry Birkin, había descrito, que la pequeña había llamado a estos seres "los hombres del revés". Un nombre, que inclusive podía helar la sangre de sujetos como Raymond. Acostumbrados a lidiar con ese tipo de atrocidades. Quizás fue por lo frío e inocente del comentario de la infante, pero Raymond desde entonces, había deseado, que si debía partir en una misión y encontrarse con muchas, pero muchísimas B.O.W.S., el licker, no fuera una de ellas.

Sin embargo, ahí estaba…

El monstruo no gemía, ni sollozaba abrumadoramente; denotando su presencia y su dominio. Solo estaba enganchado al techo, como una lámpara humana, con los músculos y el cráneo expuestos, como si alguien le hubiese arrancado la piel, tajo por tajo, dejando solo a un despojo de zombi. Una criatura infernal, maquinada en la mente de un científico de cabeza ciertamente retorcida. Sus músculos palpitantes, vibraban continuamente, con el flujo de sangre contaminada que corría a través de su cuerpo. Sus manos, enmarcadas en tres largas y puntiagudas garras de animal, se adherían a la superficie de yeso y concreto del techo, como si se tratara de pegamento, y su cabeza… su retorcida cabeza, con ese cerebro rosáceo vibrante, y esa sonrisa macabra, con dientes tan pequeños como las puntas de un alfiler y una larga y afilada lengua asesina, que podría rebanar una sandía, con tan solo rozarla… todo eso, hacía del licker un monstruo sumamente abominable y detestable. Y una de las razones, por las cuales Raymond, nunca se sentía tan seguro de aceptar esas misiones.

Podía con los demás monstruos, pero el licker, era otra historia.

Entonces el licker se desenganchó del techo, cayendo como un gato en reversa, para afianzarse sobre el suelo del departamento. Todo sucedió tan rápido que por un momento, Raymond creyó que alguien le había dado una vuelta de ciento ochenta grados a la casa y por eso estaba desorientado. Por ese motivo, su primer disparo se desvío del objetivo.

El licker esbozó una sonrisa burlona. Y entonces Raymond supo, de que a pesar de que carecía de ojos, el animal podía cuándo lo estaban atacando. Todo gracias, a unos súper sentidos muy bien desarrollados, y relacionados con el tacto, que lo hacían partícipe de situaciones que podían estar ocurriendo a varios metros de distancia de él, y de los que aun así podía enterarse sin ningún inconveniente. Raymond, cayó de espaldas, y nuevamente intentó reincorporarse. Por suerte trastabilló accidentalmente, y volvió a caer, justo antes de que la lengua que se había disparado en forma de lanza, rompiera el aire como un relámpago, y se tensara atravesando el espacio que había estado ocupado, milésimas de segundo antes. Raymond creyó, que si hubiese puesto una réplica de madera en su lugar, la lengua la hubiese perforado como si se tratara de un muñeco de mantequilla.

No podía permitirse más distracciones. En ningún momento se preguntó cómo había llegado esa criatura hasta su posición. Solo supo que estaba ahí, y que por una suerte del demonio, ahora mismo no estaba decapitado, y con las tripas escurriéndosele por un agujero en medio de su cuello. Tomó la Red9, apuntó con precisión, mientras observaba el grotesco espectáculo de la lenguda danzarina, dando vueltas en el aire, y preparándose como un látigo, para azotar de nuevo. Esperó a que su vista se compenetrara sobre el apuntador del cañón, y luego jaló gatillo. Lo jaló otra vez, y nuevamente, hasta que comprobó que el animal, o lo que sea que el licker fuera, comenzara a retorcerse con espasmos moribundos, hasta yacer muerto, sobre un charco de su propia sangre.

Después, hubo quietud absoluta…

Raymond bajó el arma y luego suspiró, mientras el sudor le impregnaba la cara de forma melancólica, y el aire se escapaba de sus pulmones con ansiedad. En un país colindante a Brasil, llamado Venezuela, tenían un dicho, y ese era: "No debes contar los pollos, antes de que nazcan"; él debía emplear una filosofía similar, si pretendía acabar con Hunk, y con el resto de los agentes gubernamentales.

Se puso de pie, se dio la vuelta, y lo que vino a continuación, fue una embestida tan sublime, como si alguien le hubiese arrojado un inmenso vagón movedizo.

Otro licker, aparentemente compañero del anterior, se abalanzó hacia él, y afianzó sus garras en sus hombros y pantorrillas. Raymond soltó un alarido de terror, mientras vadeaba la cabeza, esquivando la lengua movediza del monstruo. Hilos de baba y sarro, caían de la comisura de sus grotescos labios, impregnando la visión de Raymond y obnubilando su juicio. En un ataque de pánico, tomó al licker por sus patas y tiró de él con toda la fuerza que tenía. El movimiento, fue tan brusco e inesperado, que la criatura salió disparada en dirección a la pared contraria, y el impacto la dejó parcialmente desorientada. Raymond se apresuró renqueante a recuperar su arma, pero la lengua le alcanzó al nivel del hombro antes de que eso sucediera, y perforo la parte alta de su diafragma.

Raymond se dio la vuelta pesadamente, viendo como el licker, maquinaba la lengua como si fuera un juguete a control remoto. La extremidad se retorcía y se introducía en su interior, con la misma intensidad de un millar de ampollas. Raymond sabía que estaba inmovilizado, y por eso tuvo que hacer uso de una táctica sucia.

Descuidó la lengua por un segundo, y dirigió su brazo sano a la zona de su muslo. Ahí, se encontraba una daga. Extrajo la daga de su compartimiento, sujetó el mango con fuerza y con rabia, juntó los dientes, frunció el ceño y gritó profusamente, antes de cercenar la lengua de un tajo.

El monstruo retrocedió disparando alaridos de dolor y rabia, muy profundos. Dentro de todas las maquinaciones del Virus-T, el licker, era de las más inteligentes, pero no por eso, estaba preparado para todo tipo de situaciones. Por eso, aquel ataque no solo lo dejó completamente desubicado, sino también, a merced de la rabia incipiente de Raymond, que no conforme con eso, reaccionó de forma aún más inesperada, precipitándose hasta el monstruo, y tomándolo por el abdomen. Elevándolo por los aires, y arrojándolo a través de la ventana.

Los vidrios resonaron con un estruendo macabro y atronador. El animal chilló como un perro moribundo, mientras caía directo a su muerte. Raymond cayó de espaldas contra los restos perforantes de vidrio, dejando escapar el dolor, y la ansiedad, por saberse a punto de morir.

Por suerte, las heridas habían sido superficiales, pero el daño psicológico había sido atroz. Raymond sabía que esta misión, se encargaría de cambiarlo para siempre. Hasta la última molécula de su desquiciado ser.

Una señal llegó en forma de código encriptado a su localizador, que recibía señales de los satélites de la torre Dagget. Hunk se encontraba camino a las barriadas de Carecas.

Rio de forma estridente y desquiciada. Su trabajo no había hecho otra cosa más que comenzar.

El infierno estaba diez pisos por debajo de su posición actual, y él debía ir directamente a ese lugar.

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Ada Wong, terminó de envolver su tobillo ensangrentado, en medio de un turbante de gazas, precariamente extraídas de una farmacia abandonada.

Había tenido suerte de escapar del intento de asesinato del sicario enviado por Neo-Umbrella. Después de mucho pensarlo, había llegado a la conclusión de que aquel hombre, no podía ser un artífice de otra organización que no fuera esa, y que al estar ligado de lleno con asuntos tan turbios y macabros como el bioterrorismo, había una posibilidad inmensa, de que Dagget también figurara entre los principales patrocinadores de sus actividades.

Lo que todavía no le quedaba claro, era si ella había estado en el momento y lugar equivocados, o si por el contrario, habían sido Leon y Sherry. Podía alargar la apuesta, y dividir el paquete de opciones en tres, o hasta en cuatro, si incluía a Jake Muller, a quién había visto trepar las escaleras de emergencia, como una gacela, cuando escuchó los primeros disparos. Supuso que el hijo de Wesker, se había estado refugiando en uno de los niveles inferiores del Riviera, pero también sabía, que ella tenía completamente bajo control la situación, y a Sherry y a Leon a su merced, hasta antes de que el sicario irrumpiera estrepitosamente en el departamento, a través de la ventana. Jake no se había atrevido a intervenir, sabiendo que se trataba de ella. Él podía presentir cuando las cosas andaban mal, al igual que su difunto, y para nada llorado padre, Albert Wesker.

Ada no se preocupó en recordar mucho al rubio de anteojos oscuros. En lugar de eso, prefirió exhalar un suspiro tibio; muestra inequívoca del calor reinante que imperaba la fauna sudamericana, y recordar con algo desdén, la forma en la que escapó del complejo hotelero.

Primero, había estado preparando su equipo para adentrarse en el Hotel Riviera, a eso de las seis de la mañana. Salió del Hotel Tyrion, en donde se había estado hospedando, a golpe de las siete y media, y atravesó la plaza principal, sin ignorar el hecho de la poca concurrencia que había en la calle para esa hora del día. En especial tratándose de un miércoles. No le restó importancia, y mucho menos desaceleró su paso. Empezó a hacerse preguntas perturbadoras, cuando llegó al rellano del hotel Riviera, y se dio cuenta que ni los botones, ni los valet-parking, estaban a un costado de las puertas, esperando huéspedes o recibiendo equipaje. El lugar estaba tan desierto como un colegio en el más crudo invierno, y tampoco se divisaba una sola alma, tras las ventanas traslucidas que cubrían el porche de la institución hotelera. Ada relacionó eso, con las presencias escasas y casi fantasmagóricas, de citadinos caminando de manera extraña por la calle. Debía concluir con todo eso pronto, y alertar a Leon en el proceso. De ser posible, y con algo de suerte, su amado agente, lograría poner sobre aviso también a Chris Redfield, y tomarían las medidas cautelares a tiempo, antes de caer bajo el hampa de la masacre, la miseria y el infierno.

Ascendió los escalones que enmarcaban la entrada al hotel, y se internó en el vestíbulo, a través de las puertas rotatorias de marco metálico dorado. Se adentró mirando hacia los lados en todo momento. Llegó hasta la pared trasera, donde había una fila de cinco ascensores, empotrados en una pared con adornos ornamentados y frescos renacentistas, de gustos exóticos y europeos. Pulsó el botón del elevador número tres, que ocupaba la mitad exacta de la pared, y cuando las puertas metálicas se desplazaron hacia la izquierda, y le revelaron un inmenso cubículo iluminado, con paredes de madera galvanizadas, y una silla sin espaldar desocupada, que debía pertenecer a él empleado que se ocupaba de pedir los números de los pisos. Entró en el ascensor, pulsó el piso número cuatro, uno más debajo de donde se hospedaba Leon, y luego el transportador se puso en marcha.

Según los planos que le facilitó Sykes, el curioso ayudante de Alex Wesker, el hotel Riviera estaba conformado por una hilera de quince pisos, todos dispuestos en forma de cuadrado, alrededor del edificio, conformando una serie de cinturones departamentales, que envolvían la estructura, como una gran columna de legos. Antes de salir del modesto hotel Tyrion, Ada hackeó, los servidores del hotel Riviera, sin mucho esfuerzo y comprobó cuales habitaciones vecinas al departamento de Leon, estaban vacías. No caviló mucho, cuando se dio cuenta de que la habitación contigua a la de él, estaba en efecto, vacía. Además, comprobó los horarios del personal de mantenimiento y de servicios extra-curriculares del hotel, y ajustó un momento adecuado del día, que coincidía con el momento en el que ella se estaba internando en los pasillos del cuarto piso, para luego tomar las escaleras de emergencia y así no llamar la atención, y luego esperar pacientemente a que Leon saliese junto con Sherry, por cualquier motivo, y ella pudiese inmiscuirse hábilmente en sus dominios.

Ese momento llegó cerca del mediodía. Leon y Sherry habían pedido servicio de desayuno a la habitación, el cual jamás llegó. Escuchó una serie de improperios y maldiciones de parte de Leon, que lograron traspasar las barreras de mármol y cemento de las paredes, y llegar hasta los oídos de Ada que recibió los ademanes con una sutil y fresca sonrisa, que dejaba denotar la poca complacencia que sentía por estar ahí, y lo mucho que la llenaba el hecho de estar compartiendo el mismo espacio con Leon, aunque hubiese una pared que los separara.

Jamás escuchó una réplica de parte de Sherry, así que imaginó, que cuando el pestillo de la puerta se corrió, y el cierre electrónico se activó con un modesto sonido binario, que era algo así como un "bip", tanto Leon, como Sherry, abrían abandonado el departamento, y se habrían dirigido a algún sitio para conseguir algo de comer. Ada esperó cerca de cinco minutos, con los ojos cerrados, y los oídos muy abiertos y luego desapareció de la habitación, perforó el cierre electrónico del cuarto de Leon. Quitó la tarjeta que solicitaba el servicio de aseo hotelero del mediodía, dejó el maletín cromado encima de la mesa de estar, y se inmiscuyó en la cocina, a esperar a que Leon volviese.

Así estuvo tan solo quince minutos, cuando los dos agentes irrumpieron de manera abrupta en el departamento. Ada se mostró complacida ante ese hecho, pues había dejado la puerta abierta precisamente por eso. Para que Leon pusiera la guardia en alto, y disminuyera la posibilidad de reaccionar de manera violenta, ante cualquier situación inesperada. No le costó mucho inmovilizarlo. Sabía que Leon estaba cansado y avejentado después de tantas misiones y desilusiones. Solo tuvo que contenerlo y mostrar su mejor cara de malevolencia a Sherry, para que la rubia supiese que ella iba en serio, y en menos de lo que cantaba un gallo, ya los tenía a ambos donde quería, y haciendo lo que se supone que tenían que hacer. Seguramente no lo entenderían, pero evidentemente todo eso era por su bien. O eso esperaba Ada. Alex Wesker, jamás la mandó a ninguna empresa que atentara contra el bienestar de Leon o de alguno de sus colegas, y esta, no parecía ser la primera vez. Jamás escuchó el mensaje, ni de la grabadora, ni del contenido que ocupaba la tarjeta micro, pero supuso que era algo muy importante. Su jefe, nunca había insistido en comunicarse de manera indirecta, ni mucho menos directa con la B.S.A.A. ni la D.S.O. supuso que ese momento llegaría tarde o temprano, pero se mentiría a si misma si se dijera, así fuese a modo de consuelo, que se había preparado para recibir ese día.

Tampoco estuvo preparada, para cuando el sicario entró violentamente, quebrando las ventanas de la habitación, y perforando el espacio a base de ráfagas de fusil, que quebraron la concentración de Ada, y la pusieron más nerviosa que de costumbre.

Se preocupó enormemente por dos cosas: La primera, era que ya llevaba mucho tiempo inquieta. Toda esa serie de acontecimientos, no eran más que una consecuencia de su estado de ánimo, desembocado y desenfrenado, desde que Alex Wesker, osara ponerla nerviosa, articulando que debía tener cuidado con esta misión. Preocuparse por su bienestar y su futuro, tampoco eran características de su misterioso jefe, y por supuesto, la falta de profesionalidad y de seriedad al momento de comunicarle esa pequeña frase, enmarcada en un halo de horror psicológico, no ayudaron en nada a Ada, al momento de tocar el respaldo de la almohada, con la punta de la cabeza, y entregarse a los brazos de Morfeo.

También había que recalcar el hecho de que últimamente, se había estado sintiendo observada. Acechada por algún entre extraño, que claramente era humano, pero que tenía intenciones diabólicas. Ada sabía, que todo ese embrollo se había desencadenado por obra y causa de ese observador anónimo, y también sabía que todo terminaría cuando él así lo quisiese. Tenía que sentirse intimidada ante ese presagio, pues una clara muestra del poder de esa persona, o de esa serie de personas, es que ella todavía no había lograda dar, ni con su identidad, ni con su paradero, y estaba segura de que ese asesino, poco o nada tenía que ver con ese presentimiento. Llegó sorpresivamente, y su tobillo le escocía con la fuerza de mil demonios también; pero ese individuo era un limpiador de Neo-Umbrella. No tuvo dificultades en identificar el casco ovalado, ni los visores rojos tan característicos de la otrora corporación farmacéutica. Ella había determinado varios días atrás, que ni Dagget, ni Jessica Sherawat, estaban detrás de sus pasos; y se mantenía en esa posición.

No lo meditó mucho más y se puso de pie. Tuvo serias dificultades para hacerlo. Liberó un sonoro quejido de dolor, que se acalló inmediatamente cuando escuchó los maullidos de la muerte acechándola.

Se había refugiado en un callejón aledaño, a tan solo una manzana del hotel. Su convertible italiano, de color negro azabache, la estaba esperando, aparcado en el estacionamiento trasero de un local de comida rápida, y la vía más próxima y supuestamente más segura para llegar hasta allá, era por ese callejón. Lamentablemente, la prematura aparición del Virus-T, en forma de gas, había puesto en congelamiento su adiestrado plan, que hasta hace tan solo un par de horas, contaba con tiempo de sobra para escapar de Carecas, y seguramente de Brasil. Pero ahora estaba atrapada, y ligeramente desorientada. No estaba segura de la distribución del virus, en los alrededores y tampoco quería saberlo. Con un maullido de cerberus, era más que suficiente. No estaba en condiciones, y tampoco tenía ánimos de comprobar que tan grande era la manada de sabuesos infectados, y no se quedaría ahí para saberlo, pero…

El almacén, hasta donde hace pocos minutos se había estado refugiando, estalló en un estrépito de vidrios rotos, y esquirlas puntiagudas de madera, que volaron justo sobre su cabeza. Una sombra negra y trepidante, se plantó de cara a Ada, con un salto ágil y aterrizó magistralmente delante de ella. Se enervó en el suelo, y se reveló como un hombro fornido. De piel café, o quizás era afroamericano. Era calvo, y al parecer también sufría de heterocromía, pues uno de sus ojos era de color amarillo mostaza, y el otro azul eléctrico. Sus labios estaban abombados, y su semblante no parecía admitir otro tipo de mueca, que no fuese estar enojado y con ansias de matar, a cada momento. Medía dos veces la estatura de Ada, y seguramente era unas tres veces más grueso que ella también. Estaba embestido en un uniforme verde oliva, muy oscuro y muy opaco, que se ceñían a su cuerpo, abultándolo y convirtiéndolo en alguien varias veces más grande de lo que realmente era. No esperó ninguna reacción de Ada, y extrajo un bastón eléctrico de un cierre mágico que tenía adherido a la manga de la camisa. Lo desplegó con furia, buscando intimidar a Ada, y se fue acercando a ella, a pasos agigantados, que resonaban en los oídos de ella, como las pisadas de un tiranosaurio.

No estaba infectado. Lo comprobó por lo elocuente de sus movimientos, y la certidumbre de que estaba consciente y en pleno uso de sus facultades. El hombre había sido enviado hasta ese lugar a matarla, y seguramente, después de hacerlo, se encargaría de buscar al resto de la manada, que tantas veces frustró los planes de todos los magnates y terratenientes desquiciados, que alguna vez quisieron hacerse con el control del mundo. Ora Derek C. Simmons, ora Osmund Saddler… ora, Albert Wesker.

Pero algo le decía a Ada, que aquel sujeto no era precisamente un subordinado de Dagget, sino de alguien mucho peor, y mucho más ambicioso. No esperó un segundo movimiento. La gota de sudor que venía resbalando desde la planta de su cuero cabelludo, hasta deslizarse por su cuello, y perderse de la vista, por la entrada de su blusa; fue un motivo suficiente para corroborar que aquel hombre la asustaba, y que no estaba en condiciones de hacerle frente en ese preciso momento. Sabía que era capaz de apartarle la pistola de un manotazo, e inclusive de aguantar una serie de disparos, para después liberar un bufido y estrangularla lenta y dolorosamente; solo en caso de que decidiera utilizar su beretta. El lanzagarfíos tampoco serviría. Al momento de deslizarse por el mecate de metal, ineludiblemente tendría que pasar cerca de él, y podría retenerla de un pie (Su tobillo), y devolverla a tierra de un tirón, como si se tratara de sostener un cometa, y luego, solo Dios sabía lo que haría con ella.

Entonces, su única opción, era distraerlo, esquivarlo.

Recordó los maullidos de los cerberos. Entonces tomó su pistola y le apuntó directamente al pecho. El disparo salió desviado, pues él le apartó el arma predeciblemente de un manotazo, sin embargo, el proyectil resonó en una columna de metal, y con el rechinido de la estructura, llegaron los maullidos furiosos de los perros.

El hombre volteó fugazmente, ensanchando sus enormes dientes blancos. Parecía una versión afroamericana de Némesis. Ese momento, fue suficiente, para que Ada llevara el poco peso de su cuerpo, contra las puertas dobles del almacén, y se internara rodando en reversa hacia él, mientras por el rabillo del ojo, veía como el hombre tomaba su pistola, y apuntaba hacia un punto del callejón, desde donde estaría llegando una manda de perros hambrientos, exudando baba y con pellejos y jirones de carne, descolgándose de su piel, como si fueran rebanadas de jamón.

Las detonaciones no se hicieron esperar. Los estallidos de luz, podían difuminarse por los resquicios de las puertas, y los espacios huecos de las ventanas. Ada se dio la media vuelta, y subió por la escalera de metal, sin pudor en ocasionar ruido. Siguió ascendiendo, no sin cierto dolor adyacente de su maltrecho tobillo. Buscando un punto alto y una ventana, desde la que pudiese encontrar un punto de apoyo para su lanzagarfíos y con ello, escapar.

Llegó a la platabanda, que se ubicaba a poco más de diez metros del suelo del almacén, plagado de cajas y mini-grúas. Ensombrecido en una oscuridad de olvido y polvo. No encontró ventanas, pero al fondo, divisó una puerta que parecía pertenecer a uno de los gerentes del almacén. Los gerentes y las personas de posiciones altas, por lo general tenían una vía de acceso más directa y mucho menos sucia y fea que la que ella había tenido que utilizar. No caviló un segundo más, y se desplazó lo mejor que pudo hasta la puerta.

Cerrada…

Sabía que devolverse no era una opción. Más aun, cuando los estallidos habían dejado de resonar, y no había escuchado ninguna expresión de dolor o sufrimiento. Sabía que los cerberos mataban rápido, pero eso no significaba que no repartieran mordiscos maliciosos, solo para malograr a su víctima en el proceso. Lo comprobó cuando aquel hombre gigante, estampó las puertas dobles contra las paredes contiguas del almacén de una patada. Ada giró la cabeza, entre asombrada y aterrada. Su frente perlada en sudor, hacían contraste con su espectacular piel blanca de porcelana, que desgraciadamente, eran un faro de belleza, que advirtieron su presencia en lo alto de la platabanda.

El hombre se dirigió a ella nuevamente, a pasos agigantados, que hicieron rechinar de furia y cólera la platabanda. Las vibraciones metálicas calaban hasta lo más profundo de los huesos de Ada, haciéndola errática en sus movimientos, y gimiente en sus respiraciones.

Finalmente el pestillo de la puerta cedió, y Ada cayó de perfil contra el suelo alfombrado de la habitación del gerente, mientras escuchaba el rugido de aquella bestia, asombrosamente, todavía humano, que se dirigía hacia ella, dispuesta a aplacarla como un elefante aplastaría a una hormiga, cuando está huyendo de un ratón. El retumbar de la balaustrada era tan intenso, que Ada con creciente horror, llegó a creer que la estructura se derrumbaría, junto con las columnas que soportaban la oficina del gerente y el techo del almacén. Cerró la puerta de una patada con su pierna sana, y se desplazó a gatas, hasta quedar detrás del escritorio del falso administrador del almacén. Contempló con presura todas sus posibilidades, y comprobó que aquel gerente, era el único sobre toda la faz de la tierra, que no contaba con una maldita vía alterna de acceso hasta su oficina. Maldijo para sus adentros, y juró que estaba a punto de encomendarse al creador, cuando divisó dos cosas: Una rejilla de ventilación, y una trampilla de metal, que sobresalía debajo de un escritorio de madera, y que seguramente era la vía de escape de emergencia, que comunicaría con una escalera.

Ada articuló un plan en cuestión de microsegundos, mientras el resonar de los pasos del asesino se escuchaba cada vez y cada vez más cerca. Derribó el archivero. Tomó su lanzagarfíos. Lo apuntó en dirección a la rejilla. Disparó. Halo del mecate metálico, hasta que la rejilla salió, y luego, con el tacón del zapato, tomó la hebilla de la trampilla que sobresalía de la compuerta rectangular de metal, y la abrió hasta que la compuerta dio de bruces contra la pared.

Luego se dirigió ágilmente hasta donde hacía segundos había estado la rejilla, y se internó de ella con un salto, para luego desplazarse como una oruga, reptando a través del ensombrecido canal de metal, que la comunicaría seguramente con un techo plagado de chimeneas. El asesino llegó poco después, derrumbando la puerta con su propio peso, y sus enormes y andróginos ojos, surcados en venas rojas de furia asesina, divisaron la trampilla de metal abierta. Paso a paso se dirigió hasta ella, y se deslizó hacia adentro, cayendo estrepitosamente en el fondo de un canal oscuro y vacío del almacén. Pronto comprobó, que aquel canal era una habitación del pánico. Un inmenso tubo que se profundizaba hacia las entrañas de la tierra, y que servía para tener un momento a solas, o para ocultarse de algo. Ahí no había una vía alterna de escape. Solo era un escondrijo. La madriguera de una sucia rata, que seguramente a estas horas, yacía muerta, y con los intestinos al aire libre, como banquete de una manada de caníbales, que seguramente eran su familia.

El hombre rugió sonoramente. Había tenido la oportunidad de capturarla, y la había dejado escapar. Conocía la fama que precedía a Ada Wong, pero también contaba con la ralentización de su tobillo, y el hecho de que ella lo atacaría, o intentaría noquearlo, lo cual no fue así. Se preguntó si aquello habría sido inteligencia, o simplemente astucia. Su ceño profundamente fruncido, no era impedimento para contrastar con su aguda agilidad para entramar planes. Sabía que Ada no era estúpida, ni mucho menos predecible. Había conseguido otra forma de escapar. Y si no lo había confrontado, era porque simplemente, no era el momento ni el lugar.

Subió pacientemente por la escalera que comunicaba de nueva cuenta con el cuarto del gerente. Su semblante ya era mucho más tranquilo. Se permitió sonreír, inclusive. Observó detenidamente la oficina, con las manos cruzadas por la espalda, y silbando, mientras manoseaba un portalápices, y un retrato familiar de una desdichada familia brasileña, conformada por un hombre de cuarenta años, una mujer rubia, con patas de gallo y un par de mocosos, ambos varones, de cabello castaño, cortado con forma de cúpula alrededor de cabeza y con una estúpida sonrisa, que seguramente contrastaría mucho con su condición actual.

Derribó el portarretrato. El adorno se hizo añicos, y sus trozos cayeron sobre una rejilla de ventilación, que el hombre siguió atentamente con la mirada, hasta llegar al techo, de donde sobresalía un hueco oscuro y macabro. Agudizó el oído, y escuchó los débiles resoplidos del metal comprimiéndose y expandiéndose, mientras Ada Wong gateaba a través de él, y llegaba a algún lugar lo suficientemente alejado, como para perderlo de vista, al menos unos minutos.

Volvió a sonreír. Carcajeó profundamente, y se aseguró de que su risa, llegara en forma de eco hasta los oídos de Ada, mientras se agravaba por los conductos de metal, y se profundizaba en la mente y el corazón de la espía.

Finalmente, concluyó, con una voz tan grave y ensordecedora, que parecía que su garganta era de hierro oxidado, y sus cuerdas bucales eran hilos de plata, que se extendían alrededor de un viejo órgano.

-¡El próximo es Leon!

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.

.

Leon conducía, mientras en el auto reinaba un silencio que se separaba en dos partes. El primero, imperaba entre el asiento del piloto, y del co-piloto, ocupado por Carlos Oliveira, que iba de brazos cruzados y parecía haber sido drogado con alguna especie de sustancia psicotrópica, que lo estaba dejando al borde del sueño, pero que extrañamente, no daba la impresión de que fuera a quedarse dormido. El segundo, estaba en la parte de atrás. Sherry no tenía reparo en recostarse contra el hombro de Jake, mientras él la mantenía ceñida a su cuerpo, con un brazo que rodeaba sus hombros. Leon los observó por el retrovisor. Mientras Sherry observaba distraídamente a través de la ventana, Jake permanecía atento con su único ojo avizor. Divisó a Leon, con la mirada fija en el espejuelo delantero, y le guiñó su único ojo sano, con una sonrisa muda de por medio, que ensanchó la comisura de sus labios, y le dio tranquilidad a Leon.

Sonrió para sus adentros. Quizás no estaban en las mejores circunstancias, pero podía dar crédito a que Sherry ahora estaba mejor que nunca, y eso se lo debía a Jake. No podía decir lo mismo de Carlos Oliveira, pero lo comprendía…

El hombre, había perdido a toda su familia, y seguramente estaba en vías de perder su cordura y su matrimonio. Todo eso, el día de su boda. No opuso resistencia, cuando Chris lo mandó a escoltarlos hasta el edificio de John Dagget, y tampoco se mostró reticente a que Jill fuese junto con Chris, y los demás, a investigar las barriadas, en busca de una vía de acceso limpia y sin anzuelos hacia la jungla, y con ello, hasta la base militar. Leon lo comprendía. Entendía su inacción, cuando Parker fue asesinado, y posteriormente devorado. Aparentemente, Carlos no compartía buenas relaciones con buena parte de la vieja camada, que conformaba el alto mando de la B.S.A.A., desde hacía ya bastante tiempo. Todo por su actitud dicharachera, y en ocasiones, subida de tono. Leon podía entender que cayera mal entre algunas personas, pero no comprendía porque entonces, con todo lo anterior mencionado, el hombre no había reaccionado. Se había quedado estático, de piedra. Como si no quisiera que escapase de Carecas, como si todo lo anterior mencionado, no fuese para intimidarlos, sino para ganar tiempo. Contrastaba enormemente con la cara que tenía ahora: Mansa, tranquila, laica… Leon se jactaba de tener buena intuición. Claire por lo general le reprochaba con un tono quejoso, que no fuese tan petulante, pero él sabía que ella también lo admiraba por eso. Y en estos momentos, tenía unas ganas inescrutables de darle una patada a Carlos, y que saliese rodando hacia la calle, con su maldita expresión fría y su desinterés.

Finalmente, la entrada hacia el estacionamiento de las Industrias Pesadas Dagget, se reveló ante ellos. Estaba comenzando a atardecer, y la oscuridad, se cernía como un manto de desesperanza; como si fuese inevitable, que en ese momento ellos llegasen a ese lugar, y se encontrasen con algo malo.

Leon curvó los labios, sin saber muy bien en que debía pensar. Aparcó el auto frente a la entrada del edificio principal, donde en la punta del rascacielos, se ubicaba la gran antena, que además de alertar a los aviones que volaban muy abajo, debía servir como radar de ondas electromagnéticas, que de seguro estaban coaccionando las comunicaciones. Leon se bajó del vehículo. Tomó su pistola, también su sobaquera, se la ciño al cuerpo, tomó un par de cajas de municiones, una daga, y una escopeta recortada, que ubicó detrás de su cintura, muy cerca de sus glúteos, y que encerró entre un par de cierres mágicos, con un movimiento adoctrinado. No esperó a que el resto de sus compañeros se bajara del auto, cuando recargó su pistola y la ubicó entre sus manos, en posición defensiva, y listo para atacar a lo que fuese que osara hacerle frente.

Las Industrias Pesadas Dagget, era un complejo de edificios, que básicamente, se componían entre: Gerencia, ingeniería y economía. Todo lo que tenía lugar en ingeniería y economía, iba a parar directamente a la gerencia, que es donde debía ubicarse una de las múltiples oficinas que Dagget debería de tener ubicadas alrededor del mundo, cuando hacía un sondeo de sus empresas en su jet privado. Se adentró entonces en el edificio de gerencia y administración. El recibidor, era una amplia estancia muy moderna y muy futurista, de carácter empresarial, con piso de parqué azul marino tan pulido, que reflejaba el azul del cosmos con el que estaba adornado el techo, como si se tratase de agua, imitando el color del cielo. Las paredes, se elevaban hasta perderse entre los colores de los peldaños contiguos, y había columnas cilíndricas de acero que surcaban todo lo ancho de la inmensa recepción. Una serie de escritorios con estructura romboidal, se elevaban en medio de una fila ancha que cortaba el acceso a los elevadores del fondo. Leon supuso, que allí se atenderían a las personas que laboran en los complejos departamentales y a los visitantes que podían ir por cuestiones turísticas, o a los grandes contratistas de otras compañías, como Emerson, que en un principio, fue la que propicio la llegada de Dagget a Brasil, y que ahora lo tenía construyendo complejos de sus industrias pesadas, en varias ciudades del coloso de América.

Leon pasó de largo. Era obvio que ahí no había nadie. Aunque agradecía no tener que pasar por entre cuerpo moribundos, con expresiones alegóricas de muerte en la cara; le llamaba poderosamente la atención, la ausencia de cuerpos y el entramado misterioso en el que se había suscitado la catástrofe. Fue seguido de cerca por los otros tres, que enarbolaban sus armas, cubriendo cada minúsculo espacio de la estancia, hasta que llegaron a los ascensores. Leon pulsó el botón de ascenso, y liberó un chasquido de rabia, cuando comprobó, que no había electricidad.

-Maravilloso…

Su mirada se paseó nuevamente por toda la estancia, y comprobó un pasillo que se abría hacia el fondo, después de la larga hilera de elevadores. Hizo un guiño con la mano, para indicar al resto de sus compañeros que se acercaran cuidadosamente hasta ese lugar, y se fueron desplazando con recelo, hasta llegar a la entrada de un pasillo, que tenía numerosas entradas de escaleras hacia los costados.

-La oficina de Dagget, como de costumbre, debe ubicarse en el piso más alto. Cuando aquí hay una falla eléctrica, una serie de generadores debería repotenciar la energía del edificio, sin embargo, no es de extrañar que esos generadores no estén funcionando precisamente ahora, y tampoco debería llamarnos la atención, que de hacerlo, todo el entramado eléctrico, se esté dirigiendo precisamente a esa gran antena que tenemos arriba – Dijo, mientras señalaba el techo – Lo que debemos hacer, es conseguir una manera de habilitar las comunicaciones, desde la oficina de mando de esa antena, y si tenemos suerte, conseguir a Dagget, aunque quizás resulte obvio que no se encuentra ahora mismo en Brasil, ignorando el hecho de que nuestros agentes, jamás lo vieron abandonar el país en ningún momento, ¿Alguna pregunta?

Todos iban a negar, cuando la energía volvió subrepticiamente. Sobresaltando a Sherry, alertando a Leon y generando recelo en Jake y Carlos.

Los ascensores comenzaron a funcionar todos al mismo tiempo. Y al unísono, llegaron con asombrosa rapidez a los pisos inferiores. El ruido metálico de las poleas desplazándose pesadamente, y el retumbar cada vez más tumultuoso de los elevadores; les hicieron temer lo peor…

Las puertas se abrieron. Leon le indicó al resto de sus compañeros, con el brazo extendido, y la palma de la mano abierta que se quedaran en sus posiciones. Se fue acercando con pasos de perfil, sin dejar de apuntar nunca hacia al frente. Apartándose tanto del pasillo que comunicaba con las escaleras, como de la pared de los ascensores. Cuando las puertas se desplazaron hacia un costado, y la marejada de zombis cayó tumultuosamente en el recibidor, entre gemidos y resoplidos de gargantas secas, Leon se dio la media vuelta y alertó a sus compañeros que debían huir.

Ascendieron las escaleras con asombrosa rapidez. Saltando los peldaños de tres en tres. Exhalando vapor caliente en el proceso. Desgastándose, y evaporando las posibilidades que tenían de huir, hasta llegar a los pisos superiores. Estaban en el quinto, cuando nuevamente, la energía volvió a cortarse.

Estar vez, los ventanales, y la poca luz exterior que lograba colarse a través de ellos, no les sirvieron de nada. El lugar estaba completamente a oscuras, y Leon, en medio de sus cavilaciones internas, no se había traído una linterna.

-Fantástico… ¿Alguien trajo una linterna, un encendedor, una caja de fósforos? ¡Lo que sea!

-Estás de suerte, Sr. Bond – Contestó Jake. Le cedió su encendedor de plata a Leon. Abrió la tapa simétrica con el dedo pulgar, y reveló una llama anaranjada, que se elevó como una bailarina de fuego, en medio de las penumbras.

El esplendor, apenas alcanzaba para alumbrar un poco más allá de la nariz de Leon, pero supuso que con eso tendría que conformarse.

-De acuerdo. Evidentemente, los ascensores, no son una opción. Ascenderemos las escaleras lo más rápido que podamos, hasta llegar al tope del edificio, luego, inspeccionaremos los pasillos, en búsqueda de la oficina de Dagget. Ahí debe haber un mando a control remoto que anule las señales de la antena, luego…

No terminó de hablar, cuando escuchó un siseo carnívoro, como de insecto. Había algo, ahí con ellos.

Leon lo supo cuando Carlos comenzó a retroceder, con los ojos abiertos y sobresalientes como un par de relucientes canicas que no dejaban de apuntar al techo. Leon deseaba que Carlos dejara de hacer eso, pero no tardó mucho en comprobar que Sherry ya lo estaba imitando. Tragó en seco. Jake se acercó lentamente hasta donde él estaba, y lo tomó del hombro para apartarlo del pasillo y acercarlo nuevamente hacia las escaleras.

Leon sin embargo, tenía que saber a qué se estaban enfrentando. Evadió el agarre de Jake y posicionó la mirada en el techo.

Eran como lámparas bulbosas, con orugas gigantes en su interior. Todos de un color verde sanguinolento y gomoso. Algo asqueroso y repugnante se movía dentro de esos capullos de insecto, y uno en particular, se había quebrado, y un hilo de baba aparentemente plateado, descendía desde la abertura, hasta llegar al suelo y formar un charco de saliva contaminado, que no paraba de precipitarse, a la vez que un animal raquítico, con enormes pinzas de escarabajo, se abría paso con ambición a través de la placenta de la envoltura orgánica. Su pequeño cuerpo finalmente cayó con un sonido sordo sobre el suelo, y lo que parecía ser una enorme cucaracha de color amarillo pardusco, con un par de enormes pinzas, que podrían ser calificadas como tenazas, se descubrió ante ellos como un malévolo primogénito de algún demonio lovecraftniano.

La criatura cayó de espaldas, y comenzó a patalear y a tambalearse, buscando frenéticamente cambiar su situación. Leon no se lo permitió. Disparó de forma seca y concisa tres veces contra el exoesqueleto descubierto de la cucaracha, y esta dejó de removerse, mientras un líquido baboso, similar a saliva con flema, exudaba de ella con una parsimonia mortífera.

Craso error. Los bulbos entonces comenzaron a agitarse violentamente todos a la vez. Sus pedazos, otrora babosos y resbaladizos, se convirtieron en sólidas cúpulas, similares a un huevo, y se quebraron con el mismo ímpetu con el que un anfibio, recibía la bienvenida a este mundo.

-¡Todos arriba! ¡Ya, ya, YA!

No esperaron más. Se precipitaron en dirección a las escaleras con pánico y desesperación. Atrás, dejaron los aleteos de las cucarachas, que para creciente horror de Leon, se descubrió que no solo eran insectos rastreros gigantes, sino que además podían volar. La manada de mutantes se concentró en el pasillo, pero no se quedó ahí demasiado tiempo. Entre todos, emprendieron una persecución sagaz. Chocaban contra las paredes ansiosamente, rastreaban sus múltiples y minúsculas patas raquíticas y llenas de vellos erizados, y las que tenían más atrevimiento, abrían su caparazón negro y desplegaban una serie de alas membranosas, que se batuqueaban en ángulos incomprensibles, para poder volar. El sonido de las alas, era insoportable.

Entre escalones y escalones, llegaron al piso nueve. Sherry resbaló en el último peldaño. Jake se apresuró a socorrerla, pero Leon lo apartó de un manotazo. Tomó sin permiso una granada del cinturón de Carlos, tiró de la hebilla y arrojó el artefacto con rapidez. Tomó a Sherry, la empujó contra la cara izquierda del pasillo, y luego comenzó a disparar a quema ropa, a la oscuridad repiqueteante y hambrienta del piso ocho.

Vació el cargador. El eco de las cucarachas se escuchaba cada vez más cerca. Leon no recargó el arma. Sherry le gritaba atronadora y desesperadamente que se quitara de una maldita vez de ese lugar. Jake la retenía, no la dejaba ir. Carlos observaba todo contra una pared con los ojos y la boca muy abiertos, no pudiendo creer lo que Leon acababa de hacer. Él idiota había arrojado una granada a control remoto, con todo e interruptor, y el explosivo no se iba a accionar, hasta que alguien oprimiese el botón rojo que estaba justo al lado de la hebilla, ¿En qué diablos estaba pensando?

Entonces, sin poder verlo venir, sin siquiera preverlo. Leon extrajo la escopeta trasera, y esperó a que el inmenso cuerpo insectívoro, compuesto por cientos de cucarachas, se conglomerara en torno a la granada. Apuntó con decisión. Se perfiló. Puso su pie izquierdo atrás, a la par de que bajaba la mirada del arma, y cuando el primer par de tenazas, estuvo a punto de cernirse alrededor de su tobillo; gatilló la escopeta, y todo su cuerpo, salió expulsado en dirección contraria las escaleras, estampándose contra una puerta que se partió en dos, y desapareciéndolo en el interior de un cuarto oscuro y misterioso, a la vez que una marejada de fuego arrastraba los cuerpos fragmentados y pulverizados de los insectos.

Leon estaba más que adolorido. Estaba friccionado, corroído, avejentado. Sabía que había logrado el objetivo, pero estuvo a punto de morir en el intento, sin embargo, nunca lo hacía. Aun así, a Leon no le faltaban dedos de los pies, ni de las manos para poder entrar en razón de que cada vez, por cada locura nueva y estúpida que se le ocurría, tentaba un poco más a la muerte.

Esta vez había sobrevivido, pero ya no estaba seguro, de si podría lograr nuevamente.

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