Capítulo 8: Capturamos una bandera.
— ¿Qué? —Preguntó un sorprendido, Percy.
—De todas las personas tenías que ser tú... —Murmuró mientras negaba con la cabeza, Daap.
— ¿Auch? —Dijo ahora el hijo de Poseidón, mientras fruncía el ceño.
El hijo de Hefestos empezó a silbar con incomodidad, Daap juró escuchar la canción de "Allá en la fuente"
—Yo mejor iré a dormir. —Dijo mientras se levantaba de la banca. —Jake, espero que no digas nada de lo que escuchaste... Y tu menos Jackson. —Fulminó con la mirada al pelinegro, quien se encogió en su lugar.
El moreno empezó a jugar con una tuercas mientras miraba al, aun, sorprendido hijo de Poseidón. El aludido sonrió como si nada, se sentó a su lado, y miro al agua.
— ¿Por qué las parcas las habrán traído? —Preguntó interesado el hijo de Hefestos—. ¿Eso no alteraría el orden de las cosas?
—Las parcas controlan el tiempo, y el espacio, además de los destinos... Seguro tiene algo preparado con esto, Jake. —Respondió Percy con la mirada pérdida—. Ciento que ellas tienen algo más que sangre divina, por algo las Parcas la hicieron aparecer...
—Tendremos nuevos salvadores... O salvadoras, en el caso de esas niñas. —Jake se acordó de la mirada apagada de Daap al contar su historia.
—Jake... Nunca pensé que te gustaban tan pequeñas. —El momento de seriedad se fue al tártaro por la mirada pícara, y los ojos llenos de maldad de Percy. El moreno se sonrojó completa mente.
—Cállate Jackson... —Murmuró el chico sonrojado, se levantó de la banca y caminó hasta el templo de su madre, dejando al de ojos verde pensando.
A la mañana siguiente:
— ¡Perseo! —Gritaron varias voces a la vez.
— ¿Qué? —Pregunto el héroe antiguo totalmente pálido.
— ¡Tú no! —gritaron ahora. El hijo de Zeus alzó una ceja confundido, hasta que escuchó el chillido nada masculino de Percy.
—Ah...
Minutos después...~
—Oye, Nico. ¿Qué haces? —Preguntó Will mientras se acercaba al hijo de Hades.
—Planeo un funeral. —Dijo como si nada, Nico—. Percy me lo pidió antes de ser arrastrado por Clarisse, Katie, Rachel, Thalia, Piper, Reyna, Hazel, y Annabeth.
— ¿Por qué lo arrastraron? —Pregunto con curiosidad el hijo de Apolo.
—Ayer Percy estaba caminando y se consiguió a Teseo, los dos estaban jugando con agua y planearon algo... Mojaron cada cabaña de las diosas. —Dijo totalmente tranquilo Nico.
—Ah.
—Sí. ¿Nos vamos a la sala? —Pregunto el hijo de Hades, el hijo de Apolo asintió y agarro la mano del moreno, el cual se sonrojó completamente pero no alejó su mano.
En la sala...
— ¡Yo leeré! —Gritaron al unísono la hija de Apolo, y el hijo de Hefestos. — ¡No, lo haré yo!
—Lo haré yo. —Dijo el hijo de Hades agarrando el libro. — "Capturamos la bandera"
—Oh mie... —La hija de Ares fue callada por el hijo de Marte, quien le hacía como si fuera un gato rabioso.
Los siguientes días me acostumbré a una rutina que casi parecía normal, si exceptuamos el hecho de que me daban clase sátiros, ninfas y un centauro.
—Típico. —Dijeron los inmaduros.
Cada mañana recibía clases de griego clásico de Annabeth, y hablábamos de los dioses y diosas en presente, lo que resultaba bastante raro. Descubrí que Annabeth tenía razón con mi dislexia: el griego clásico no me resultaba tan difícil de leer. Al menos no más que el inglés. Tras un par de mañanas, podía recorrer a trompicones unas cuantas frases de Homero sin que me diera demasiado dolor de cabeza.
—Que raro... —Dijeron algunos semidioses griegos mientras miraban al lastimado hijo de Poseidón.
—Sí, lo fue. El tardo mucho en aprender griego... —Respondió con la mirada perdida, Annabeth.
—Pero él aprendió rápido latín. —Dijo Reyna con un rostro lleno de sorpresa.
—El a veces solía maldecir en latín, o decir frases en latín, ahora que lo pienso. —Dijo Quirón mirando a su alumno. El aludido sonrió de manera inocente.
—Tengo descendencia Romana. —Dijo como si nada Sally—. Soy legado de Febo. —Sonrió.
—Con razón puedes ver a través de la niebla. —Dijo Annabeth con un brillo emocionado en sus ojos. — Y con razón Percy es tan bueno en el piano y la batería.
—También explica los sueños tan vividos. —Dijo ahora Rachel.
El resto del día probaba todas las actividades al aire libre, buscando algo en lo que fuera bueno. Quirón intentó enseñarme tiro con arco, pero pronto descubrimos que no era ningún as con las flechas. No se quejó, ni siquiera cuando tuvo que desenmarañarse una flecha perdida de la cola.
—Pero eso no explica el hecho de su mala puntería. —Dijo ahora Will mientras negaba con la cabeza.
—Yo también soy un poco mala... —Dijo avergonzada, Sally. El dios del mar tuvo que morder su labio para no soltar un comentario pícaro, pero pudo notar la mirada de Sally.
—Anda, creo que viene de familia. —Dijo un tanto divertido, Teseo.
—Cierto, cierto. —Le acompaño Percy, pero antes de que pudieran decir algo más, unas flechas les pasaron por la mejilla a ambos, miraron al culpable quien era nada más ni nada menos que Orión, quien tenía una sonrisa medio arrogante.
—Soy especial, moluscos. —Dijo haciendo un amago en su cabello, Artemisa rió un poco, pero luego se avergonzó.
¿Carreras? Tampoco. Las instructoras, unas ninfas del bosque, me hacían morder el polvo. Me dijeron que no me preocupara, que ellas tenían siglos de práctica de tanto huir de dioses enamorados. Pero, aun así, era un poco humillante ser más lento que un árbol.
—Cierto. Las únicas que le pueden alcanzar son las hijas de afroditas, y una que otras veces hijas de Hermes. —Dijo Percy.
—Quirón para hacer que entrenemos esconde la ropa que llega, y es como una captura de tesoros, hay que ser rápidas, agiles, y letales. —Dijo Lacy, primero con una sonrisa tierna, y cuando decía las últimas su mirada se volvió filosa y peligrosa, haciendo tener un escalofrío a los que vieron la otra fase de la hija de Afrodita. — Piper a veces entra, pero solo es cuando llegan navajas, o botas militares... Ustedes no han visto la mirada de Piper.
—Es letal. —Dijo Drew* mirando sus uñas, pero tenía una sonrisa cariñosa—. Cuando consigo esas botas, y ella consigue algo que no quiere, intercambiamos. —Sonrió de manera natural, y algunos chicos se sonrojaron.
Silena miró sorprendida a Drew, quien estaba bromeando con una de sus hermanas, sonrió al ver como Piper se sonrojaba.
¿Y la lucha libre? Olvídalo. Cada vez que me acercaba a la colchoneta, Clarisse me daba para el pelo. «Tengo más de esto, si quieres otra ración, pringado», me murmuraba al oído.
Clarisse le guiño el ojo a Percy, el cual también lo hizo. — Así demuestro mi cariño, Prissy.
—Lo sé Clarita, lo sé.
—No me llames así, pringado. —Dijo sonrojado la hija de Ares.
Cierto hijo de Hermes, reía por la cara de la peli rojiza.
En lo único en que sobresalía era la canoa, que desde luego no era la clase de habilidad heroica que la gente esperaba descubrir en el chico que había derrotado al Minotauro.
—Cierto.
Sabía que los campistas mayores y los consejeros me observaban, intentaban decidir quién era mi padre, pero no les estaba resultando fácil.
—Algunos pensaban que eras hijo de Afrodita porque eras atractivo, otro de Hermes por tu sonrisa llena de picardía, otros pensaban que seguro eras hijo de Apolo por tu habilidad en los juegos, otros de Demeter... —Enumeró Quirón.
Yo no era fuerte como los hijos de Ares,
—Para nada. —Negaron los hijos de Ares. — Ahora sí.
Ni tan bueno en el arco como los de Apolo.
—Aja.
No tenía la habilidad con el metal de Hefestos
—Si hubiera sido así, tendríamos a dos Leo's. —Piper puso una mueca de horror por lo dicho de Nissa.
—Ni que las parcas quieran. —Un trueno resonó en la sala.
Ni —no lo permitieran los dioses— la habilidad de Dionisos con las vides.
Algunos rieron por la cara de indignación del dios.
Luke me dijo que tal vez fuera hijo de Hermes, una especie de comodín para todos los oficios, maestro de ninguno. Pero tuve la impresión de que sólo intentaba hacer que me sintiera mejor. Él tampoco sabía a quién adscribirme.
—... En realidad siempre lo supe. —Dijo el hijo de Hermes mirando al pelinegro. — Cada vez que hablabas conmigo decías algo sobre el mar, comparabas todo con el mar, siempre querías estar cerca del mar, hablabas como un marinero joven, y cada vez que bebías o el agua te tocaba tus ojos se dilataban con la emoción/adrenalina.
—Oh. ¿En serio? —Preguntó sorprendido el hijo de Poseidón, el hijo de Hermes asintió.
A pesar de todo, me gustaba el campamento. Pronto me acostumbré a la neblina matutina sobre la playa, al aroma de los campos de fresas por la tarde, incluso a los sonidos raros de los monstruos de los bosques por la noche. Cenaba con los de la cabaña 11, echaba parte de mi comida al fuego e intentaba sentir algún tipo de conexión con mi padre real. No percibí nada, sólo el sentimiento cálido que siempre había tenido, como el recuerdo de su sonrisa. Intentaba no pensar demasiado en mamá, pero seguía repitiéndome: «Si los dioses y los monstruos son reales, si todas estas historias mágicas son posibles, seguro que hay manera de salvarla, de devolverla a la vida...»
—No me gustas en que estás pensando Perseo Jackson. —Dijeron al unísono los padres de esté.
—Lo siento, mamá, papá. —Se disculpó sonrojado el chico.
Empecé a entender la amargura de Luke y cuánto parecía molestarle su padre, Hermes. Sí, de acuerdo, a lo mejor los dioses tenían cosas importantes que hacer. Pero ¿no podían llamar de vez en cuando, o tronar, o algo por el estilo? Dionisos podía hacer aparecer de la nada una Coca—Cola light. ¿Por qué no podía mi padre, o quien fuera, hacer aparecer un teléfono?
—Hey, que el dios de la comunicación soy yo. —Dijo con un puchero Hermes.
El martes por la tarde, tres días después de mi llegada al Campamento Mestizo, tuve mi primera lección de combate con espada. Todos los de la cabaña 11 se reunieron en el enorme ruedo donde Luke nos instruiría.
Empezamos con los tajos y las estocadas básicas, practicando con muñecos de paja con armadura griega. Supongo que no lo hice mal. Por lo menos, entendí lo que se suponía que debía hacer y mis reflejos eran buenos.
— ¿Buenos?... Eran grandiosos. —Dijo Connor con una sonrisa enorme.
—Cierto. —Dijo Luke con una sonrisa, y con los ojos llenos de orgullo.
El problema era que no encontraba una espada que me fuera bien. O eran muy pesadas o demasiado ligeras o demasiado largas. Luke intentó todo lo que estuvo en su mano para pertrecharme, pero coincidió en que ninguna de las armas de prácticas parecía servirme.
El hijo de Poseidón saca a contracorriente de su bolsillo y empezó a hablarle como si fuera un bebe, haciendo rodar los ojos a sus compañeros.
Después empezamos a enfrentarnos en parejas. Luke anunció que sería mi compañero, dado que era la primera vez.
—Buena suerte —me deseó uno de los campistas—. Luke es el mejor espadachín de los últimos trescientos años.
—A lo mejor afloja un poco conmigo —dije.
La hija de Zeus bufó, la hija de Atenea igual, haciendo sonrojar al rubio.
El campista bufó.
Algunos rieron, y el hijo de Hermes se sonrojó todavía más.
Luke me enseñó los ataques, las paradas y los bloqueos de escudo a la manera dura. Con cada golpe, acababa un poco más machacado y magullado.
—Mantén la guardia alta, Percy —decía, y me asestaba un cintarazo en las costillas—. ¡No, no tan alta! — ¡Zaca!—. ¡Ataca! — ¡Zaca!—. ¡Ahora retrocede! — ¡Zaca!
— ¿Zaca? —Rieron los Stoll.
Cuando paramos para el descanso chorreaba sudor. Todo el mundo se apiñó junto al refrigerador de bebidas. Luke se echó agua helada sobre la cabeza, y me pareció tan buena idea que lo imité. Al instante me sentí mejor. Mis brazos recuperaron fuerzas. La espada no me parecía tan extraña.
Los hijos de Poseidón empezaron a reír maniáticamente, haciendo que las personas se alejaran de ellos.
— ¡Vale, todo el mundo en círculo, arriba! —Ordenó Luke—. Si a Percy no le importa, quiero haceros una pequeña demostración.
«Vale —pensé—, vamos a ver cómo le zurran la badana a Percy.»
Algunos rieron.
Los chicos de Hermes se reunieron alrededor de mí. Se aguantaban las risitas. Supuse que antes habían estado en mi lugar y se morían de impaciencia por ver cómo Luke me usaba como saco de boxeo.
—Emhn, sí.
—Gracias, también los quiero chicos. —Dijo con sarcasmo extra, Percy.
Le dijo a todo el mundo que iba a hacerles una demostración de una técnica de desarme: cómo girar el arma enemiga asestándole un golpe con la espada de plano para que no tuviera más opción que soltarla.
—Esto es difícil —remarcó—. A mí me lo han hecho. No os riais de Percy. La mayoría de los guerreros trabajan años antes de dominar esta técnica.
—Ja, yo pude hacerlo a la semana. —Se burló Heracles con una sonrisa.
Hizo una demostración del movimiento a cámara lenta. Desde luego, la espada cayó de mi mano con bastante estrépito.
—Ahora en tiempo real —dijo en cuanto hube recuperado el arma—. Atacamos y paramos hasta que uno le quite el arma al otro. ¿Listo, Percy?
—Apuesto 10 denarios a que pierde. —Dijo Reyna mientras miraba a Leo.
El hijo de Hefestos asintió y empezó a anotar cada apuesta, hasta quedar "10 a que Percy perdía" y "4 a que Percy ganaba", los que apoyaron a Percy fueron Luke, los Stoll, y Annabeth.
Asentí, y Luke vino por mí. De algún modo conseguí evitar que le diera a la empuñadura de mi espada. Mis sentidos estaban alerta. Veía venir sus ataques. Conté. Di un paso adelante e intenté imitar la técnica. Luke la desvió con facilidad, pero detecté el cambio en su cara. Aguzó la mirada y empezó a presionar con más fuerza.
—Tal vez no lo sepas, pero Luke es muy competitivo. —Dijo Thalia mientras afilaba su cuchillo de caza.
Me pesaba la espada. No estaba bien equilibrada. Sólo era cuestión de segundos que Luke me derrotara, así que me dije: « ¡Qué demonios, al menos inténtalo!»
Intenté la maniobra de desarme. Mi hoja dio en la base de la de Luke y la giré, lanzando todo mi peso en una estocada hacia delante. La espada de Luke repiqueteó en las piedras. La punta de mi espada estaba a tres dedos de su pecho indefenso.
— ¡Paguen! —Gritaron los hijos de Hermes y la hija de Atenea, los cuales ganaron Dracmas y Denarios.
Los demás campistas quedaron en silencio.
Bajé la espada.
—Lo siento... Perdona.
Luke volvió a pegar un grito pero fue callado por una navaja de color negro con mango plateado, y la parte de abajo con una calavera con un rubí en la boca.
— ¡Bianca! —Chilló asustado el hijo de Hermes.
—Vuelve a gritar y te cortare la lengua. —Lo dijo con tanta frialdad que algunos temblaron, y taparon sus bocas.
Por un momento Luke se quedó demasiado aturdido para hablar.
— ¿Perdona? —Su rostro marcado se ensanchó en una sonrisa—. Por los dioses, Percy, ¿por qué lo sientes? ¡Vuelve a enseñarme eso!
No quería. El breve ataque de energía frenética me había abandonado por completo. Pero Luke insistió.
—Terco. —Dijo Bianca rodando los ojos.
—Eso fue lo que te enamoró cariño. —Dijo con burla Silena sonrojando a la morena.
Esta vez no hubo competición. En cuanto nuestras espadas entraron en contacto, Luke golpeó mi empuñadura y mi arma acabó en el suelo.
Tras una larga pausa, alguien del público preguntó:
— ¿La suerte del principiante?
—Yo. —Dijo Connor mientras revisaba una cartera de color negro.
—Ah. Espera, ¿Esa no es mi cartera? —Preguntó Percy mirando al hijo de Hermes. El castaño sonrió de manera burlona y se la regreso. —... Dame mi tarjeta de crédito. —Pidió el Ojo verde, cuando por fin tuvo su tarjeta se volvió a sentar.
Luke se secó el sudor de la frente. Me observó con un interés absolutamente renovado.
—Puede —dijo—. Pero me gustaría saber qué es capaz de hacer Percy con una espada bien equilibrada...
—Mucho... —Susurraron tanto semidioses griegos como romanos.
El viernes por la tarde estaba con Grover a orillas del lago, descansando de una experiencia cercana a la muerte en el rocódromo. Grover había subido a la cima a saltos como una cabra montesa, pero la lava por poco acaba conmigo. Mi camisa tenía agujeros humeantes y se me había chamuscado el vello de los antebrazos.
—No sé de qué te quejas... De esas camisas tenías 5 iguales. —Bufó Grover rodando los ojos.
—Hey, amo mis camisas, además son las mismas pero la que utilicé era azul coral número cinco, y las que tengo siempre van a un término verdoso. —Dijo Percy en pose de diva, algunos rieron al ver como Percy hacía flip hair.
Estábamos sentados en el embarcadero, observando a las náyades tejer cestería subacuática, hasta que reuní valor para preguntarle cómo le había ido con el señor D.
Se le puso la cara algo amarilla y dijo:
—Guay. Genial.
—Sí, claro. Y Leo no es molesto. —Dijo Piper rodando los ojos.
—Reina de la belleza, usted ha roto nuestra amistad. —Dijo Leo mientras se ponía a llorar exageradamente en el hombro de Nissa, la cual reía acompañada de Harley y Jake.
— ¿Así que tu carrera sigue en pie?
Me miró algo nervioso.
— ¿Te ha dicho Quirón que quiero una licencia de buscador?
—Bueno... no. —No tenía idea de qué era una licencia de buscador, pero no parecía el mejor momento para preguntar—. Sólo dijo que tenías grandes planes, ya sabes... y que necesitabas ganarte la reputación de terminar un encargo de guardián. ¿La conseguiste?
El sátiro bajó la mirada, y abrazó a Juniper.**
Grover miró hacia abajo, a las náyades.
Juniper hizo un puchero con el ceño fruncido, Grover beso su mejilla.
—El señor D ha suspendido la valoración. Dice que no he fracasado ni logrado nada aún contigo, así que nuestros destinos siguen unidos. Si te dieran una misión y yo te acompañara para protegerte, y los dos regresáramos vivos, puede que considerara terminado mi trabajo.
Me animé.
—Bueno, ¿no está tan mal, no?
— ¡Beee—ee! Habría sido mejor que me trasladara a limpieza de establos. Las oportunidades de que te den una misión... Además, aunque te la dieran, ¿por qué ibas a quererme a tu lado?
—Pues claro que te querría a mi lado... —Recordó Percy—. Eres mi mejor amigo G-Man, nadie más.
El sátiro sonrió un poco más animado.
— ¡Pues claro que te querría a mi lado!
Percy volvió a sonreír.
Alicaído, Grover observó el agua.
—Cestería... Tiene que ser estupendo tener una habilidad que sirva para algo.
Intenté animarlo, asegurándole que poseía muchísimos talentos, pero eso sólo lo puso más triste. Hablamos un rato de canoas y espadas, después debatimos los pros y contras de los distintos dioses. Al final, acabé preguntándole por las cabañas vacías.
—La número ocho, la de plata, es de Artemisa —dijo—. Juró mantenerse siempre doncella. Así pues, nada de niños. La cabaña es, ya sabes... honoraria. Si no tuviera una se enfadaría.
—Ya. Pero ¿y las otras tres, las del fondo? ¿Son ésas los Tres Grandes? ***
Grover se puso en tensión. Era un tema delicado.
—No. Una de ellas, la número dos, es de Hera, otra de las honorarias — dijo—. Es la diosa del matrimonio, así que por supuesto no va por ahí teniendo romances con mortales. Esa es tarea de su marido.
Algunos rieron al ver la mirada enojada de la diosa, y del rostro "avergonzado" del dios.
Cuando decimos los Tres Grandes nos referimos a los tres hermanos poderosos, los hijos de Cronos.
—Zeus,
El nombrado sonrió de manera orgullosa, pero sin egocentrismo, sorprendido a los hermanos Grace.
Poseidón
—Por fin me nombra. —Dijo el dios del mar con una sonrisa burlona.
Y Hades.
—Veamos qué dirá el sátiro de mí.
—Exacto. Veo que estás al loro. Tras la gran batalla contra los titanes, le quitaron el mundo a su padre y se echaron a suertes a quién le tocaba cada cosa.
—Claro, así se dice ahora. —Rodó los ojos Hades. Su hermano del medio le dio un juguetón golpe en el hombro, mientras que su hermano menor sonrió de manera juguetona.
Hestia sonrió al notar su fuego crecer de sobre manera.
—A Zeus le tocó el cielo, a Poseidón el mar y a Hades el inframundo —dije.
—El inframundo es agradable. —Dijo de manera distraída Daap.
—Cierto. —Dijo ahora Nico.
Ciertos hijos de Apolos fruncieron el ceño y negaron con la cabeza.
—No lo es. —Dijeron al unísono Will y Nani.
—Aja.
—Pero Hades no tiene cabaña.
—Pero... —Comenzó una hija menor de Atenea, para luego ser callada por Malcolm.
—No, y tampoco trono en el Olimpo. Digamos que se dedica a sus cosas en el inframundo. Si tuviera una cabaña aquí... —Grover se estremeció—. Bueno, no sería agradable. Dejémoslo así.
— ¡Hey! —Dijeron los 4 hijos de Hades/Plutón.
—Hey, que yo no los conocía. —Se defendió Grover.
—Pero Zeus y Poseidón... Los dos tenían infinidad de hijos en los mitos. ¿Por qué están vacías sus cabañas?
—No éramos tanto. —Bufó Teseo mientras rodaba los ojos.
—Solo eran mitos, Percy. —Bufó ahora Perseo.
Grover movió las pezuñas, incómodo.
—Hace unos sesenta años, tras la Segunda Guerra Mundial, los Tres Grandes se pusieron de acuerdo para no engendrar más héroes. Los niños eran demasiado poderosos. Influían bastante en el curso de los acontecimientos de la humanidad y causaban mucho derramamiento de sangre. La Segunda Guerra Mundial fue básicamente una lucha entre los hijos de Zeus y Poseidón por un lado, y los de Hades por el otro. El lado ganador, Zeus y Poseidón, obligó a Hades a hacer un juramento con ellos: no más líos con mortales. Todos juraron sobre el río Estige.
—Y pensar que solo mi esposo respeto el tratado. —Sonrió de manera amorosa Perséfone, ganando un bufido de su madre.
El trueno bramó.
—Ese es el juramento más serio que puede hacerse —dije. Grover asintió
— ¿Y los hermanos mantuvieron su palabra?
—No. —Negaron todos los dioses, haciendo sonrojar a los que rompieron el tratado.
La expresión de Grover se enturbió.
—Hace diecisiete años, Zeus se cayó del tren. Había una estrella de televisión con un peinado de los ochenta... En fin, no se pudo resistir. Cuando nació su hija, una niña llamada Thalia... Bueno, el río Estige se toma en serio las promesas. Zeus se libró fácilmente porque es inmortal, pero condujo a su hija a un destino terrible.
—Oh vamos... Me hizo divertido el viaje. —Sonrió con sarcasmo Thalia.
—Te volviste un Pino, Thalia. No fue nada divertido. —Dijo Annabeth con el ceño fruncido.
—Claro que lo fue... Creo. —Sonrió ahora de manera inocente.
— ¡Pero eso no es justo! ¡No fue culpa de la niña!
—Awww... —Arrulló la cazadora mirando a su primo—. ¿Me defendiste?
—Claro que sí, primita. —Sonrió el hijo de Poseidón.
Grover vaciló.
—Percy, los hijos de los Tres Grandes tienen mayores poderes que el resto de los mestizos. Tienen un aura muy poderosa, un aroma que atrae a los monstruos.
—Cierto... —Bufó con la mirada baja el hijo de Hades.
—Algunos semidioses pueden tener una vida normal, pero nosotros no... —Dijo ahora Hazel.
—Es difícil... —Thalia jugó con su flequillo.
—Siempre tenemos que tener en mente que hoy podría ser nuestro último día... —dijo Percy.
Los dioses mayores miraron con pena a sus hijos, aunque Zeus lo hizo con disimulación.
—Cuando Hades se enteró de lo de la niña, no le hizo ninguna gracia que Zeus hubiera roto el juramento. Hades liberó a los peores monstruos del Tártaro para torturar a Thalia. Se le asignó un sátiro como guardián cuando tenía doce años, pero no había nada que pudiera hacer. Intentó escoltarla hasta aquí con otro par de mestizos de los que se había hecho amiga. Casi lo consiguieron. Llegaron hasta la cima de la colina. —Señaló al otro lado del valle, el pino junto al que yo había luchado con el Minotauro—. Los perseguían las tres Benévolas, junto a una horda de perros del infierno. Estaban a punto de echárseles encima cuando Thalia le dijo a su sátiro que llevara a los otros dos mestizos a lugar seguro mientras ella contenía a los monstruos. Estaba herida y cansada, y no quería vivir como un animal perseguido. El sátiro no quería dejarla, pero Thalia no cambió de idea, y él debía proteger a los otros. Así que se enfrentó a su última batalla solo, en la cumbre de la colina. Mientras moría, Zeus se compadeció de ella. La convirtió en aquel árbol. Su espíritu ayuda a proteger las lindes del valle. Por eso la colina se llama Mestiza.
— ¿Cómo es que sabes tanto? —Pregunto Zeus con fingida desinterés.
—Seguro pronto se leerá... —Respondió con desgana.
Miré el pino en la distancia.
La historia me dejó vacío, y también me hizo sentir culpable.
—Solo tú. —Bufó la hija de Zeus.
Una chica de mi edad se había sacrificado para salvar a sus amigos. Se había enfrentado a todo un ejército de monstruos. Al lado de eso, mi victoria sobre el Minotauro no parecía gran cosa. Me pregunté si de haber actuado de manera diferente, habría podido salvar a mi madre.
—Grover —le dije—, ¿hay algún héroe que haya cumplido misiones en el inframundo?
—Algunos —respondió—. Orfeo, Hércules, Houdini.
—Y... ¿han traído de vuelta a alguien de entre los muertos?
—No. Nunca. Orfeo casi lo consiguió... Percy, ¿no estarás pensando seriamente en...?
—No —mentí—. Sólo me lo preguntaba—Y cambié de tema—: Así que ¿siempre hay un sátiro asignado para velar por un semidiós?
—Sé que mentías. —Dijo Grover abrazando a su novia.
Grover me estudió con recelo, poco convencido de que hubiese abandonado la idea del inframundo.
—No siempre. Acudimos en secreto a muchas escuelas. Intentamos detectar los mestizos con potencial para ser grandes héroes. Si encontramos alguno con un aura muy poderosa, como un hijo de los Tres Grandes, alertamos a Quirón. Éste intenta vigilarlos, porque podrían causar problemas realmente graves.
—Y tú me encontraste. Quirón dice que crees que yo podría ser alguien especial.
—Lo eres, Percy. De cierta manera lo eres. —Dijo con burla, Nico. Y como Percy es la personificación de la madurez, le saco la lengua.
Grover hizo una mueca.
—Yo no... Oye, no pienses en eso. Aunque lo fueras (ya sabes a qué me refiero), jamás te asignarían una misión, y yo nunca obtendré mi licencia. Probablemente eres hijo de Hermes. O puede que incluso de uno de los menores, como Némesis, la divinidad de la venganza. No te preocupes, ¿vale?
—Sí, claro. —Ironizaron todos.
Me pareció que lo decía más por confortarse a sí mismo que a mí.
—Sip.
Esa noche, después de la cena hubo más ajetreo que de costumbre.
Por fin había llegado el momento de capturar la bandera.
Se escucharon gritos del campamento mestizo, y las cazadoras del futuro. Artemisa miró a sus nuevas cazadoras con recelo.
Cuando retiraron los platos, la caracola sonó y todos nos pusimos en pie.
Los campistas gritaron y vitorearon cuando Annabeth y dos de sus hermanos entraron en el pabellón portando un estandarte de seda. Medía unos tres metros de largo, era de un gris reluciente y tenía pintada una lechuza encima de un olivo. Por el lado contrario del pabellón, Clarisse y sus colegas entraron con otro estandarte, de tamaño idéntico pero rojo fuego, pintado con una lanza ensangrentada y una cabeza de jabalí.
Me volví hacia Luke y le grité por encima del bullicio:
— ¿Esas son las banderas?
—Sí.
— ¿Ares y Atenea dirigen siempre los equipos?
—No siempre. —Respondió Malcolm a ver la mirada de su madre—. Normal mente, ahora, lidera la cabaña de Poseidón, y la de Atenea, y a veces la de Ares.
—No siempre —repuso—, pero sí a menudo.
—Así que si otra cabaña captura una, ¿qué hacéis? ¿Repintáis la bandera?
Sonrió.
—Ya lo verás. Primero tenemos que conseguir una.
— ¿De qué lado estamos?
Me lanzó una mirada ladina, como si supiera algo que yo ignoraba. La cicatriz en su rostro le hacía parecer casi malo a la luz de las antorchas.
—Yo solo estaba pensando en lo graciosos que sería verte pelear con Clarisse, yo sabía el plan de Annabeth. —Dijo el rubio con el ceño fruncido.
—Nos hemos aliado temporalmente con Atenea. Esta noche vamos por la bandera de Ares. Y tú vas a ayudarnos.
La hija de Ares bufó.
Se anunciaron los equipos. Atenea se había aliado con Apolo y Hermes, las dos cabañas más grandes; al parecer, a cambio de algunos privilegios: horarios en la ducha y en las tareas, las mejores horas para actividades.
—Me gusta esos tratos. —Dijo Leo.
—Siempre ganas con tus trampas Leo, claro que te gusta. —Dijo entre risa Nissa, y todos sus hermanos rieron al ver a Leo alzar y bajar sus cejas en señal de picardía.
— ¿Están seguro de que no es hijo mío? —Pregunto Hermes mirando al pequeño hijo de Hefestos.
—Tienes la sonrisa de Sammy... —Dijo distraído Hefestos. Leo y Hazel miraron sorprendido a Hefestos. — ¿Qué?
— ¿Conoces a Sammy? —Preguntó Hazel con delicadeza.
—Sí, lo conocí hace unos años, se mudó cerca de unas fraguas mías, y lo conocí, es demasiado divertido. —Dijo con una sonrisa Hefestos. — ¿Por qué?
—Es mi Bisabuelo. —Dijo Leo con una sonrisa divertida.
—Amigo de la infancia... —Dijo Hazel con una sonrisa tímida.
Ares se había aliado con todos los demás: Dionisos, Deméter, Afrodita y Hefestos. Por lo visto, dos chicos de Dionisos eran bastante buenos atletas. Los de Deméter poseían grandes habilidades con la naturaleza y las actividades al aire libre, pero no eran muy agresivos. Los hijos e hijas de Afrodita no me preocupaban demasiado; prácticamente evitaban cualquier actividad, miraban sus reflejos en el lago, se peinaban y cotilleaban. Por su parte, los únicos cuatro niños de Hefestos no eran guapos, pero sí grandes y corpulentos debido a su trabajo en la herrería todo el día. Podrían ser un problema.
Todos miraban a Leo como si tuviera un tercer ojo.
— ¿Por qué eres tan enclenque? —Pregunto directamente Percy. Todos se golpearon la frente.
—Porque soy un genial hijo de Hefestos, y copia de Sammy, nenes. —Explicó con una sonrisa pícara, Leo.
—Y es por eso que no le damos ni cerillos, ni yesqueros. —Dijo Piper con una sonrisa burlona, ocasionando unas risas.
Eso dejaba, por supuesto, a la cabaña de Ares: una docena de los chavales más grandes, feos y marrulleros de Long Island, y de cualquier otro lugar del planeta.
—Muérete cara de pez. —Farfullaron los hijos de Ares.
Quirón coceó el mármol del suelo.
— ¡Héroes! —anunció—. Conocéis las reglas. El arroyo es la frontera. Vale todo el bosque. Se permiten todo tipo de artilugios mágicos. El estandarte debe estar claramente expuesto y no tener más de dos guardias. Los prisioneros pueden ser desarmados, pero no heridos ni amordazados. No se permite matar ni mutilar. Yo haré de árbitro y médico de urgencia. ¡Armaos!
Abrió los brazos y de repente las mesas se cubrieron de equipamiento: cascos, espadas de bronce, lanzas, escudos de piel de buey con protecciones de metal.
— ¡Uau! —exclamé—. ¿De verdad vamos a usar todo esto?
Luke me miró como si yo fuese tonto.
—Algo, algo... —Murmuró con burla el rubio.
—A menos que quieras que tus amiguitos de la cinco te ensarten. Ten. Quirón ha pensado que esto te iría bien. Estás en patrulla de frontera.
Mi escudo era del tamaño de un tablero de la NBA, con un enorme caduceo en el medio. Pesaba mil kilos. Habría podido practicar snowboard con él, pero confiaba en que nadie esperara de mí que corriera muy rápido. Mi casco, como todos los del equipo de Atenea, tenía un penacho azul encima. Ares y sus aliados lo llevaban rojo.
— ¡Equipo azul, adelante! —gritó Annabeth.
Atenea sonrió con orgullo, miró a su hija la cual tenía un brillo emocionado en sus ojos, y miraba al hijo de su tío el cual le devolvía la misma mirada con el mismo brillo. Ella no dejo de sonreír, tal vez no le agradaba la relación de su hija con el hijo de su tío... Pero su hija estaba feliz, y a pesar de su orgullo, a ella le gustaba verla feliz.
Vitoreamos, agitamos nuestras armas y la seguimos por el camino hacia la parte sur del bosque. El equipo rojo nos provocaba a gritos mientras se encaminaba hacia el norte.
Conseguí alcanzar a Annabeth sin tropezar con mi equipo.
Algunas semidiosas arrullaron.
— ¡Eh! —Ella siguió marchando
—Visto. —Dijo Leo como si presentara un producto.
—. Bueno, ¿y cuál es el plan? —pregunté—. ¿Tienes algún artilugio mágico que puedas prestarme?
Se metió la mano en el bolsillo, como si temiera que le hubiese robado algo.
— ¡Hey! —Grito el hijo de Poseidón con una sonrisa.
—Tenías sonrisa de los hijos de Hermes. —Se defendió sonrojada la hija de Atenea.
—Ojo con la lanza de Clarisse —dijo—. Te aseguro que no te conviene que esa cosa te toque. Por lo demás, no te preocupes. Conseguiremos el estandarte de Ares. ¿Te ha dado Luke tu trabajo?
—Patrulla de frontera, sea lo que sea.
—Es fácil. Quédate junto al arroyo y mantén a los rojos apartados. Déjame el resto a mí. Atenea siempre tiene un plan.
—Atenea siempre tiene un plan. —Dijeron al unísono toda la cabaña 6.
Apretó el paso, dejándome en la inopia.
—Vale —murmuré—. Me alegro de que me quisieras en tu equipo.
—Lo siento, Percy. —Se disculpó la hija de Atenea.
Los dioses se sorprendieron, normalmente los hijos de Atenea nunca se disculpaban, pero notaron las miradas cariñosas de sus hijos hacía la imagen de Percy bromeando con la hija de Atenea, y con el sátiro.
Era una noche cálida y pegajosa. Los bosques estaban oscuros, las luciérnagas parpadeaban. Annabeth me había ubicado junto a un pequeño arroyo que borboteaba por encima de unas rocas, mientras ella y el resto del equipo se dispersaba entre los árboles.
Allí de pie, solo, con mi gran casco de plumas azules y mi enorme escudo, me sentí como un idiota.
—Siempre. —Dijeron al unísono Annabeth y Grover, Percy se sonrojó y bufó.
La espada de bronce, como todas las espadas que había probado hasta entonces, parecía mal equilibrada. La empuñadura de cuero me resultaba tan cómoda como una bola de jugar a los bolos.
Percy volvió a suspirar.
Pero nadie me haría daño, ¿no? Vamos, que el Olimpo debía de tener algún tipo de responsabilidad a terceros, digo yo.
En la lejanía se oyó la caracola. Escuché vítores y gritos en los bosques, entrechocar de espadas, chicos peleando. Un aliado emplumado de azul pasó corriendo a mi lado como un ciervo, cruzó el arroyo y se internó en territorio enemigo.
—Creo que era yo. —Dijo con una sonrisa Will.
«Vale —pensé—. Como de costumbre, me pierdo toda la diversión.»
—Ahora eres el que las crea. —Dijo mientras entornaba los ojos, Annabeth.
Entonces, en algún lugar cerca de donde me encontraba, oí un ruido —una especie de gruñido desgarrador— que me provocó un súbito escalofrío. Levanté instintivamente mi escudo, con la impresión de que algo me acechaba. Entonces los gruñidos se detuvieron. Percibí que la presencia se retiraba.
—Tienes buenos instinto... ¿Me dejas convertirte en una chica? —Pregunto Artemisa con los ojos llenos de emoción. Había cambiado su forma a una adolescente de 18 años, pero antes de que se acercara a Percy, Orión la cargo como saco de papas.
—Artemisa, ni se te ocurra. Quisiste hacer lo mismo conmigo, y no te dejaré hacer lo mismo con mi hermano. —Dijo el hijo de Poseidón dejando a la diosa con sus cazadoras del pasado, que miraban a Orión con respeto, la diosa mantenía el ceño fruncido con un leve sonrojó en sus mejillas. — Phoebe, Zoe, mantengan a Artemisa aquí... No sé, háblenle de cuchillos de caza. —Dijo Orión con una sonrisa amable, las cazadoras asintieron un poco divertidas.
—Orión, eres el único chico capaz de controlar a Artemisa de su manera de tener cazadoras... —Comentó mientras soltaba un silbido, Teseo.
Al otro lado del arroyo, de pronto la maleza explotó. Aparecieron cinco guerreros de Ares gritando y aullando desde la oscuridad.
— ¡Al agua con el pringado! —gritó Clarisse.
—El mejor grito de guerra después que el de Tyson. —Dijo con una sonrisa Percy. — "¡Pol mejillón!"
—Percy, nada le gana a tu grito de guerra. —Dijo Will un poco avergonzado. — "¡Griegos, hagan eh...Cosas de guerras!" —Imitó Will a Percy, haciendo sonrojar al chico.
Todos los dioses se palmearon la frente, hasta los antiguos héroes, avergonzando aún más al hijo de Poseidón.
Sus feos ojos porcinos despidieron odio a través de las rendijas del casco. Blandía una lanza de metro y medio, en cuya punta de metal con garfios titilaba una luz roja. Sus hermanos sólo llevaban las espadas de bronce típicas; tampoco es que eso me hiciera sentir mejor.
Algunos rieron a pesar de la pequeña capa de tensión.
Cargaron a través del riachuelo. No había ayuda a la vista. Podía correr. O tratar de defenderme de la mitad de la cabaña de Ares.
—Me tienta, me tienta mucho. —Dijo Percy en pose de pensador. — Ser o no ser, comida azul o comida normal... ohm así no era, ¿Verdad? —Preguntó Percy al ver a los hijos de Atenea golpear su frente.
Conseguí evitar el lance del primer chaval, pero aquellos tipos no eran tan tontos como el Minotauro.
—Tan. —Repitió Leo.
—Leo estas tentando contra tu vida. —Dijo Charle con una mueca llena de diversión.
—Siempre. —Dijeron todos los semidioses que conocían a Leo.
Me rodearon y Clarisse me atacó con la lanza. Mi escudo desvió la punta, pero sentí un doloroso calambre por todo el brazo. Se me pusieron los pelos como escarpias y el brazo del escudo me quedó entumecido. Jadeaba.
Electricidad. Su estúpida lanza era eléctrica. Me replegué.
—Hey, mi lanza no es estúpida. —Farfulló Clarisse.
Otro chaval me asestó un golpe en el pecho con la empuñadura de la espada y caí al suelo.
Habrían podido patearme hasta convertirme en gelatina, pero estaban demasiado ocupados riéndose.
—Sesión de peluquería —dijo Clarisse—. Agarradle el pelo.
— ¡No! —Chilló con los ojos abiertos de par en par, Annabeth. —Su pelo no, ¿Ok, Clarisse? —Dijo con una mirada llena de amenaza, y frialdad que hizo que la hija de Ares soltará su arma.
Conseguí ponerme en pie y levanté la espada, pero Clarisse la apartó de un golpe con la lanza, que chisporroteaba. Ahora tenía entumecidos los dos brazos.
—Ouh...
—Uy, Uy, Uy —se burló Clarisse—. Qué miedo me da este tío. Muchísimo.
—La bandera está en aquella dirección —le dije. Traté de fingir que estaba enfadado de verdad, pero me temo que no lo conseguí del todo.
— ¿Lo estaba? —Preguntó Leo.
—Nop.
—Ya —contestó uno de sus hermanos—. Pero verás, no nos importa la bandera. Lo que nos importa es un tipo que ha ridiculizado a nuestra cabaña.
—Pues lo hacéis sin mi ayuda —respondí. Admito que quizá no fue lo más inteligente que pudo ocurrírseme.
—Aja.
Dos chavales se abalanzaron sobre mí. Yo retrocedí hasta el arroyo,
Los hijos de Poseidón sonrieron.
Intenté levantar el escudo, pero Clarisse era demasiado rápida. Su lanza me dio directamente en las costillas. De no haber llevado el pecho protegido, me habría convertido en kebab de pollo. Como sí lo llevaba, el aguijonazo eléctrico sólo me dio sensación de arrancarme los dientes. Uno de sus compañeros de cabaña me metió un buen tajo en el brazo.
Ver mi propia sangre —cálida y fría al mismo tiempo— me mareó.
—Uhg... —Soltó un quejido Hazel.
—No está permitido hacer sangre —farfullé.
—Anda ya —respondió el tipo—. Supongo que me quedaré sin postre.
— ¿En serio? —Preguntaron los dioses.
—Cosa de Dionisos. —Dijo Quirón, ahora los dioses miraban mal al dios de las vides.
Me empujó al arroyo y aterricé con un chapuzón. Todos rieron. Supuse que moriría tan pronto terminaran de divertirse. Pero entonces ocurrió algo. El agua pareció despertar mis sentidos, como si acabara de comerme una bolsa de las gominolas de mi madre.
—Genial. —Dijeron al unísono Poseidón y Percy.
Sally soltó unas risitas.
Clarisse y sus colegas se metieron en el arroyo para acabar conmigo, pero yo me puse en pie dispuesto a recibirlos. Sabía qué hacer. Al primero le aticé un cintarazo en la cabeza y le arranqué el casco limpiamente. Le di tan fuerte que le vi los ojos vibrar mientras se derrumbaba en el agua.
El feo número dos y el feo número tres
—Robert, y Marcus. —Nombró de manera instantánea Clarisse.
Se me arrojaron encima. Le estampé el escudo en la cara a uno y usé la espada para esquilar el penacho del otro. Ambos retrocedieron con rapidez. El feo número cuatro no parecía con demasiadas ganas de atacarme, pero Clarisse llegaba embalada, y la punta de su lanza crepitaba de energía. En cuanto embistió, atrapé el asta entre el borde de mi escudo y la espada y la rompí como una ramita.
— ¡Jo! —exclamó—. ¡Idiota! ¡Gusano apestoso!
—Me encantan tus insultos. —Dice Percy con una sonrisa burlona.
Y me habría llamado cosas peores, pero le aticé en la frente con la empuñadura y la envié tambaleándose fuera del arroyo.
Entonces oí chillidos y gritos de alegría, y vi a Luke correr hacia la frontera enarbolando el estandarte del equipo rojo. Un par de chavales de Hermes le cubrían la retirada y unos cuantos apolos se enfrentaban a las huestes de Hefestos. Los de Ares se levantaron y Clarisse murmuró una torva maldición.
— ¡Una trampa! —exclamó—. ¡Era una trampa!
—Una Trampa digna de Atenea. —Sonrió Percy con el ceño fruncido, y un tic en el ojo.
Trataron de atrapar a Luke, pero era demasiado tarde. Todo el mundo se reunió junto al arroyo cuando Luke cruzó a su territorio. Nuestro equipo estalló en vítores.
Los que participaron en el juego en el equipo de Atenea, estallaron en vítores.
El estandarte rojo brilló y se volvió plateado. El jabalí y la lanza fueron reemplazados por un enorme caduceo, el símbolo de la cabaña 11. Los del equipo azul agarraron a Luke y lo alzaron en hombros. Quirón salió a medio galope del bosque e hizo sonar la caracola.
—Me sentí tan bien en ese momento... —Sonrió Luke.
El juego había terminado. Habíamos ganado.
Estaba a punto de unirme a la celebración cuando la voz de Annabeth, justo a mi lado en el arroyo, dijo:
—No está mal, héroe. —Miré, pero no estaba allí—. ¿Dónde demonios has aprendido a luchar así? —me preguntó. El aire se estremeció y ella se materializó a mi lado quitándose una gorra de los Yankees.
Percy seguía con el ceño fruncido.
Me enfadé. Ni siquiera me alucinó el hecho de que acabara de volverse invisible.
—Me has usado como cebo —le dije—. Me has puesto aquí porque sabías que Clarisse vendría por mí, mientras enviabas a Luke por el otro flanco. Lo habías planeado todo.
Ahora todos entendían el humor de Percy, pero cuando lo vieron este estaba hablando con Annabeth, quien tenía una mirada llena de culpa.
Annabeth se encogió de hombros.
—Ya te lo he dicho. Atenea siempre tiene un plan.
—Un plan para que me pulvericen.
—Algo así... —Susurró Annabeth con una sonrisa burlona.
—Auch... —Susurró igual, Percy.
—Vine tan rápido como pude. Estaba a punto de saltar para defenderte, pero... —Se encogió otra vez de hombros—. No necesitabas mi ayuda. — Entonces se fijó en mi brazo herido—. ¿Cómo te has hecho eso?
—Es una herida de espada. ¿Qué pensabas?
—No. Era una herida de espada. Fíjate bien.
La sangre había desaparecido. Donde había estado el corte, ahora había un largo rasguño, y también estaba desapareciendo. Ante mis ojos, se convirtió en una pequeña cicatriz y finalmente se desvaneció.
—Genial... —Murmuraron algunos.
— ¿Cómo has hecho eso? —dije alelado.
Annabeth reflexionó con repentina concentración. Casi veía girar los engranajes en su cabeza. Me miró a los pies, después la lanza rota de Clarisse, y por fin dijo:
—Sal del agua, Percy.
— ¿Qué...?
—Hazlo y calla.
—Tan mandona como siempre. —Soltó al aire Grover.
Lo hice e inmediatamente volví a sentir los brazos entumecidos. El subidón de adrenalina remitió y casi me derrumbo, pero Annabeth me sujetó.
—Fue mucha adrenalina. —Dijo Teseo como explicación.
—Oh, Estige —maldijo—. Esto no es bueno. Yo no quería... Supuse que habría sido Zeus.
— ¿Por qué? —Rugió el dios.
— ¿Será por el hecho de que eres un mujeriego? —Respondió con sarcasmo Hera.
Antes de que pudiera preguntar qué quería decir, volví a oír el gruñido canino de antes, pero esta vez mucho más cerca. Un gruñido que pareció abrir en dos el bosque.
Los vítores de los campistas cesaron al instante. Quirón gritó algo en griego clásico, y sólo más tarde advertí que lo había entendido a la perfección:
— ¡Apartaos! ¡Mi arco!
Annabeth desenvainó su espada.
—Fue incomodo... —Confesó la rubia.
En las rocas situadas encima de nosotros había un enorme perro negro, con ojos rojos como la lava y colmillos que parecían dagas.
Me miraba fijamente.
—Le pareciste guapo, Percy. ¿Qué esperas? ¡Corre! —Gritaron algunos.
Nadie se movió, y Annabeth gritó:
— ¡Percy, corre!
— ¡Hazle caso a Annabeth!
Intentó interponerse entre el bicho y yo, pero el perro era muy rápido. Le saltó por encima —una sombra con dientes— y se abalanzó sobre mí. De pronto caí hacia atrás y sentí que sus garras afiladas perforaban mi armadura. Oí una cascada de sonidos de rasgado, como si rompieran pedazos de papel uno detrás de otro, y de pronto el bicho tenía un puñado de flechas clavadas en el cuello. Cayó muerto a mis pies.
—Que linda imagen. —Susurraron algunas chicas con sarcasmo y con la piel de color verdosa.
Por algún milagro, yo seguía vivo. No quise mirar debajo de mi armadura despedazada. Sentía el pecho caliente y húmedo, sin duda tenía cortes muy feos. Un segundo más y el animal me habría convertido en picadillo fino. Quirón trotó hasta nosotros, con un arco en la mano y el rostro sombrío.
—Di immortales! —Exclamó Annabeth—. Eso era un perro del infierno de los Campos de Castigo. No están... se supone que no...
—Alguien lo ha invocado —dijo Quirón—. Alguien del campamento.
Luke se acercó. Había olvidado el estandarte y su momento de gloria se había esfumado.
— ¡Percy tiene la culpa de todo! —Vociferó Clarisse—. ¡Percy lo ha invocado!
—Estaba enojada, lo siento. —Se disculpó con la barbilla en alto la hija de Ares.
—Cállate, niña —le espetó Quirón.
Observamos el cadáver del perro del infierno derretirse en una sombra, fundirse con el suelo hasta desaparecer.
—Estás herido —me dijo Annabeth—. Rápido, Percy, métete en el agua.
—Estoy bien.
—No, no lo estás. —Replicó Sally, con el ceño fruncido.
—No, no lo estás —replicó—. Quirón, mira esto.
Estaba demasiado cansado para discutir. Regresé al arroyo, y todo el campamento se congregó en torno a mí. Al instante me sentí mejor y las heridas de mi pecho empezaron a cerrarse. Algunos campistas se quedaron boquiabiertos.
—Claro que sí. —Dijeron mientras entornaban los ojos, los Stoll.
—Bueno, yo... la verdad es que no sé cómo... —intenté disculparme—. Perdón...
Luke tapó su boca mientras recibía la mirada de Bianca.
Pero no estaban mirando cómo sanaban mis heridas. Miraban algo encima de mi cabeza.
—Percy —dijo Annabeth, señalando.
Cuando alcé la mirada, la señal empezaba a desvanecerse, pero aún se distinguía el holograma de luz verde, girando y brillando. Una lanza de tres puntas: un tridente.
Todos empezaron a aplaudir animados.
—Tu padre —murmuró Annabeth—. Esto no es nada bueno.
— ¡Hey! ¿Por qué? —Refunfuño como un niño, Poseidón.
—Ya está determinado —anunció Quirón.
Todos empezaron a arrodillarse, incluso los campistas de la cabaña de Ares, aunque no parecían nada contentos.
— ¿Mi padre? —pregunté perplejo.
—Poseidón —repuso Quirón—. Sacudidor de tierras, portador de tormentas, padre de los caballos. Salve, Perseus Jackson, hijo del dios del mar.
—Y los plomeros. —Terminó con voz seria Leo, haciendo reír a todos.
—Ok... —Comenzó Nico. — Terminé.
—Quiero leer yo... —Y antes de que Leo se quejará un destello de luz paso entre todos y cuando volvieron a ver todo con luz natural, la hija de Apolo tenía el libro entre sus brazos. — Amo mis poderes... —Canturreo con una sonrisa.
Antes de que todo comenzara una luz verde y otra azul apareció en la sala, y de ella salió una chica de cabellos negros, una camisa del campamento mestizo totalmente llena de agujeros, un pantalón corto lleno de cortes, y toda lastimada, y a su lado estaba un chico de cabello negros, de piel blanca, ojos azules eléctrico, camisa medio rota y pantalones azules igual de rotos.
—Ay...uda... —Trato de hablar, pero se desplomó en el suelo inconsciente, al igual que la chica.
Listo, hice lo mejor que pude.
¿Alguien adivina quienes llegaron? Quien adivine le dedicaré el próximo capítulo.
*: No me cae ni bien, ni mal Drew. Pero siempre he tenido la idea de que con la llegada de Piper, los cambios, y todo eso, ella podría ir cambiando poco a poco.
**: Enebro (España) Juniper (Latinos)...¿Cual es mejor?
***: En el capítulo que Quirón le muestra las cabañas a Percy el adivina de quienes son las cabañas, el dice Hera y Zeus, y después Poseidón. ¿Por qué ahora no sabe de quienes son? ¿Será un error o qué?
Los amos ;3
