CAPITULO 8
20 de septiembre 19.32 horas
Un neumático pinchado —yendo en compañía de un hombre que no tenía ni idea de cómo se cambiaba un neumático, y sin disponer de un gato—, una parada para recoger las armas de Albert, tres paradas para descansar, cuatro cafés y un almuerzo muy tardío después llegaron a las primeras casas de Alborath, justo cuando empezaba a anochecer.
Candy miró de soslayo a Albert y se preguntó si el color regresaría alguna vez al rostro de él. Había forzado el tembloroso vehículo hasta obligarlo a alcanzar los ciento diez kilómetros por hora, pero luego redujo un poco, cuando Albert se agarró a los lados de su asiento tan rígidamente que si ella le hubiera dado un golpecito con una uña, probablemente él se hubiera hecho añicos.
Fue una suerte que hubiera reducido la velocidad, porque el reventón había tenido lugar cuando llevaban recorridos cinco kilómetros desde Fairhaven, y tuvieron que volver allí a pie y conseguir que un empleado de la agencia de alquiler se encargase de hacer que un mecánico cambiara el neumático pinchado. Candy trató de alquilar otro vehículo, pero como todos estaban siendo utilizados, era aquél o ninguno hasta el día siguiente por la tarde.
Una vez cambiado el neumático reanudaron el trayecto, y pasado un rato Albert se relajó lo suficiente para dirigir su atención hacia el café y los bollos. Después de quejarse amargamente porque ella no había comprado nada de tocino y ni un solo arenque ahumado, consumió con entusiasmo el café y el chocolate. El placer que exhibió ante unas cosas tan cotidianas había irritado todavía más a Candy. Que Dios la ayudara, pero lo cierto era que casi estaba empezando a creerlo. No habían hablado mucho durante el viaje, aunque no porque ella no lo hubiera intentado. Albert simplemente parecía incapaz de relajarse lo suficiente para que le fuese posible hablar. Ahora, cuando las luces de Alborath acababan de hacerse visibles acurrucadas en un valle lleno de verdor, su rostro estaba blanco como el papel a la luz del crepúsculo.
—¿Te gustaría que hiciéramos una parada en el pueblo?
—No —replicó él concisamente. Separó sus dedos del borde del asiento y señaló un camino que empezaba al norte de Alborath—.Tienes que guiar esta bestia de metal hasta la cima de ese otero.
Candy contempló la montaña hacia la cual señalaba. Su folleto turístico decía que en Escocia había doscientas setenta y siete montañas que superaban los novecientos metros de altura, y Albert estaba señalando una de ellas. Con un suspiro, Candy rodeó el pueblo y cambió la marcha en cuanto llegó a la montaña. Había estado abrigando la esperanza de que podría convencerlo de que cenaran, para así poder disfrutar de un respiro antes de tener que hacer frente a la verdadera magnitud de sus delirios.
—Háblame de tu casa —sugirió.
El día había supuesto una dura prueba para ambos, y Candy no pudo evitar sentir una súbita punzada de preocupación. Se disponía a llevarlo a casa, y ¿qué pasaría si luego resultaba que allí no había ninguna casa? ¿Y si las próximas horas sometían a una presión excesiva la mente ya trastornada de Albert? Se suponía que debía permanecer junto a él hasta el día siguiente por la noche para ver su prueba, aunque técnicamente ella ya había cumplido con su parte del trato: lo había llevado sano y salvo hasta Ban Drochaid. Pero Candy tenía la sensación de que «técnicamente» no significaba gran cosa para un hombre como Albert MacAndrew,
—No pienses que vas a dejarme ahora —dijo él mientras ponía la mano sobre la suya encima del cambio de marchas.
Candy lo miró vivamente.
—¿Qué eres? ¿Un lector de mentes?
El medio sonrió.
—No. Me limito a recordarte que acordaste conmigo que te quedarías para ver mi prueba. No permitiré que me falles ahora.
—¿Qué vas a hacer, volver a encadenarme? —dijo ella en un tono bastante seco.
Él no respondió y Candy volvió a mirarlo. Santo Dios, tenía un aspecto de lo más peligroso. Sus ojos de cielo primaveral brillaban con una aterradora calma y… sí, volvería a encadenarla. Por una fracción de segundo y visto a la fantasmagórica media luz violácea del crepúsculo, Albert pareció haber recorrido realmente cinco siglos hacia delante en el tiempo, un guerrero bárbaro tan resuelto a alcanzar su meta que nada ni nadie podrían interponerse en su camino.
—No tengo ninguna intención de escaquearme —dijo ella envaradamente.
—Supongo que «escaquearse» significa actuar con deshonor —dijo él con voz átona—. Mejor, porque yo no lo permitiría.
Siguieron rodando en silencio durante un rato.
—¿Te gustan las rimas de los bardos, Candy?
Ella lo miró.
—Se me ha acusado de disfrutar de la poesía ocasionalmente.
«Poesía romántica, de la clase que nunca leí en la mansión de los White cuando era una niña.»
—¿Me concederías una merced?
—Seguro, por qué no —dijo ella con un suspiro que un mártir habría envidiado—. Ya te he concedido algo así como tropecientos millones de ellas, así que no veo qué daño puede hacer una más.
Él le dirigió una tenue sonrisa, y luego habló en voz muy baja y clara:
—«Allá donde vas tú voy yo, dos llamas encendidas por la misma ascua; el tiempo vuela hacia delante y el tiempo vuela hacia atrás, dondequiera que estés, recuerda.»
Ella se encogió de hombros, confusa. El poema había empezado siendo más bien romántico, pero no había terminado de ese modo.
—¿Qué significa?
—¿Tienes buena memoria, Candy White? —replicó él, eludiendo su pregunta.
—Por supuesto que tengo buena memoria.
«Oh, Dios, cada vez está más loco.»
—Repítemelo.
Ella lo miró. El rostro de Albert estaba muy pálido y sus manos reposaban en su regazo con los puños cerrados. Su expresión no podía ser más seria. Sin que hubiera más razón que la de que no quería que él se enfadara, Candy le hizo repetir el poema y luego lo repitió ella sin ningún error.
—¿Hay algún motivo por el que tuviera que hacer esto? —preguntó después de haberlo recitado a la perfección por tres veces. El poema había quedado permanentemente grabado en su mente.
—Me ha hecho feliz. Gracias.
—Ése parece haber pasado a ser mi propósito en la vida —dijo ella en un tono muy seco—. ¿Ésta es otra de esas cosas que veré claras a su debido tiempo?
—Si todo va bien, no —replicó él, y algo en su voz hizo que un estremecimiento recorriera la columna vertebral de Candy—. Reza para que no necesites entenderlo nunca.
Candy cambió de tema sintiéndose bastante nerviosa, y los dos pasaron el resto del trayecto hablando de cosas inocuas mientras la tensión iba creciendo poco a poco dentro de ella. Albert le describió su castillo con palabras llenas de amor: primero el recinto, luego el interior y algunas de las reformas que se habían llevado a cabo recientemente en él. Ella le habló de su estúpido trabajo, pero dijo poca cosa más que realmente significara algo. Candy había sido sometida a un condicionamiento para no revelar demasiadas cosas. Cuanto más sabía un hombre acerca de ella, menos terminaba gustándole Candy, y por razones que no podía explicarse a sí misma, ella quería gustarle a Albert MacAndrew. Fue como si ambos estuvieran súbitamente ansiosos por llenar el silencio porque temían que de otro modo éste se los tragara vivos.
Las manos de Candy habían empezado a temblar levemente sobre el volante para cuando llegaron a lo alto de la montaña, pero en cuanto él levantó una mano para apartarse los cabellos de la cara ella vio que la suya también temblaba. El significado del hecho no se le pasó por alto: Albert no estaba jugando con ella. Él abrigaba la sincera esperanza de encontrar su castillo en lo alto de aquella montaña. Firmemente asentado en su delirio, también temía que éste ya no se tuviera en pie. Mientras le lanzaba cautelosas miradas de soslayo, Candy tuvo que admitir de bastante mala gana que Albert no sufría amnesia ni estaba jugando a algún extraño juego. Él creía que era quien afirmaba ser. Comprenderlo distó mucho de tranquilizarla. Una lesión física sanaría, pero una aberración mental era algo mucho más difícil de curar.
Armándose de valor, Candy redujo un poco más la velocidad porque en realidad no le apetecía nada completar el trayecto. Deseó haber ido hasta allí a pie con Albert, porque de ese modo ahora no hubiera tenido que hacer frente a aquel momento. Si ella hubiera hecho las cosas tal como él quería que se hicieran, habría podido posponerlo durante veinticuatro horas más.
—Gira hacia el norte.
—Pero allí no hay ningún camino.
—Ya lo veo —dijo él sombríamente—. Y habida cuenta de cómo eran todos estos caminos por los que hemos viajado hasta llegar aquí, uno pensaría que debería haberlo, un hecho que me preocupa.
Candy torció a la izquierda y los faros del coche iluminaron un altozano cubierto de hierba.
—Sube colina arriba —la apremió él en voz baja.
Candy tragó aire con una profunda inspiración y obedeció. Cuando él le ordenó secamente que se detuviera, ella no hubiese necesitado recibir la orden, porque había cometido un error con el cambio de marchas y el motor ya había empezado a calarse de todas maneras. Las puntas de las imponentes piedras de Ban Drochaid se elevaban sobre la cima de la colina, negras contra un cielo lleno de neblina púrpura.
—Hum. No veo ningún castillo, MacAndrew —dijo con voz titubeante.
—Está más allá de este fell; el mon lo oculta porque se encuentra más atrás, pasadas las piedras. Ven. Te lo enseñaré.
Manipuló torpemente el cierre de la puerta y luego salió del coche como una exhalación.
«Fell y mon deben de significar colina o cresta», decidió ella antes de apagar las luces y reunirse con él. El temblor en sus manos se había extendido al resto de su cuerpo, y de pronto se sintió helada de frío.
—Espera, déjame coger la parte de arriba de mi chándal —dijo.
Él esperó impacientemente sin apartar la mirada de los extremos de las piedras, y ella supo que ardía en deseos de dejar atrás la cresta de la colina para ver si su castillo todavía estaba en pie.
Albert tenía tantas ganas de seguir adelante como las tenía ella de retrasar el momento.
—¿Quieres comer algo antes de que vayamos allí? —preguntó alegremente mientras extendía la mano hacia los bocadillos de salmón y apio que habían comprado en la última parada.
Él sonrió débilmente.
—Ven, Candy. Ahora.
Con un resignado encogimiento de hombros, Candy cerró la puerta del coche y fue hacia él. Cuando Albert tomó su mano, ella ni siquiera trató de apartarse sino que se acercó un poco más, tanto para darle su apoyo como para que él le prestara el suyo.
Subieron por el resto de la pendiente en un silencio roto únicamente por el canto de los grillos y el melódico sonsonete de las ranas arbóreas. Catando llegaron a lo alto de la montaña, Candy tragó aire. Una suave brisa agitaba la hierba dentro del círculo de piedras sobre el telón de fondo del cielo surcado de rosa y púrpura. Contó trece piedras, dispuestas alrededor de una gran losa en el centro. Los megalitos se alzaban ante ellos, negros contra el brillo del horizonte.
Más allá de las piedras no había nada.
Oh, unos cuantos pinos y, de acuerdo, también había unas cuantas laderas cuyas suaves pendientes podían limitar el alcance de la visión, pero nada detrás de lo que un castillo pudiera estar traviesamente agazapado.
Avanzaron en silencio y atravesaron el círculo de piedras, ahora mucho más despacio, porque delante de ellos, más allá de los tocones de lo que antaño habían sido majestuosos robles antiguos, se veían claramente los fundamentos de un castillo que ya no existía.
Candy se negó a mirar a Albert. No deseaba hacerlo.
Cuando llegaron al perímetro del muro exterior, él cayó de rodillas.
Candy contempló la alta hierba que crecía en el centro de las ruinas, los trozos de piedra y argamasa que formaban pilas medio desmoronadas, el cielo nocturno más allá de la silenciosa tumba del castillo, cualquier cosa salvo a Albert, porque temía lo que iba a ver en el caso de que lo hiciera. ¿Angustia? ¿Horror? ¿Un súbito caer en la cuenta de que realmente sufría un desequilibrio mental destellando en aquellos hermosos ojos celestes que parecían tan engañosamente nítidos?
—Oh, Cristo, están todos muertos —susurró él—. ¿Quién destruyó a mi gente? ¿Por qué? —Tragó aire con una temblorosa inspiración—Candy
La palabra sonó estrangulada.
—Albert —dijo ella dulcemente.
—Te ruego que vuelvas a tu carro durante un rato.
Candy titubeó sin saber qué hacer. Una parte de ella sólo quería huir de aquel lugar para no regresar nunca; la otra mitad sentía que él necesitaba desesperadamente tenerla a su lado, allí y en aquel preciso instante.
—No voy a irme ahora que…
—Vete.
Sonaba tan angustiado que Candy dio un paso atrás y lo miró. Sus ojos oscurecidos eran ilegibles salvo por un brillo de humedad.
—Albert…
—Ahora te ruego que me dejes —susurró él—. Deja que llore a mi clan a solas.
La debilidad de su voz engañó a Candy.
—Prometí no abandonar sólo porque…
—¡Ahora! —atronó él. Cuando ella siguió sin moverse, sus ojos llamearon—. Me obedecerás.
Candy tuvo tiempo de darse cuenta de tres cosas durante el tiempo que tardó él en dar aquella orden. Primero, y aunque sabía que eso era imposible, los ojos celestes de Alberg parecieron arder desde dentro como algo que ella recordaba haber visto una vez en una película de ciencia-ficción. Segundo, su voz era distinta, porque ahora sonaba como una docena de voces superpuestas que eliminaban cualquier posibilidad de elección consciente; y tercero, sospechó que si él le ordenaba que se arrojara desde lo alto de un risco empleando semejante voz, ella podía llegar a hacerlo.
Las piernas de Candy iniciaron una carrera instintiva cuando su cerebro todavía no había terminado de procesar todas aquellas asombrosas observaciones. Pero en cuanto hubo dado unos cuantos pasos dentro de las piedras, la extraña compulsión perdió intensidad y Candy se detuvo y miró atrás. Albert había entrado en las ruinas del castillo y estaba subido a la pila más alta de piedras desplomadas; una silueta negra, arrodillada con la espalda arqueada y el pecho inclinado hacia el cielo, ahora sacudía su puño ante el cielo color índigo. Cuando echó la cabeza hacia atrás y rugió, Candy sintió que se le helaba la sangre en las venas.
¿Era aquél el mismo hombre que la había besado en el probador de la tienda? ¿El que la había puesto más caliente que un volcán e igual de próxima a la explosión inminente, y que le había hecho pensar que realmente existía una ecuación para la pasión que sus padres nunca habían llegado a enseñarle?
No. Aquél era el hombre que lucía cincuenta armas encima de su cuerpo, el que llevaba un hacha de doble hoja y una espada.
Aquél era el hombre por el que ella había empezado a perder un pedacito de un órgano que se le había enseñado a creer no era más que una bomba muy eficiente. La comprensión la dejó atónita. Loco o no, aterrador o no, él le hacía sentir cosas que ella nunca había sentido antes.
«MacAndrew —pensó—, ¿qué demonios voy a hacer contigo?»
Albert lloró.
Lo peor había resultado ser cierto después de todo. Yacía sobre la espalda en lo que antes había sido la Gran Sala, con una rodilla doblada y los brazos extendidos mientras sus dedos acariciaban lentamente la alta hierba, y pensaba en Silvan.
«Al igual que yo, hijo mío —le había dicho su padre—, tú tienes un solo propósito en la vida. Estás aquí para proteger el linaje de los Andrew y el conocimiento que custodiamos.»
Y Albert no había sabido cumplir con su propósito. En un momento de descuido había sido cogido desprevenido, encantado, escamoteado a su tiempo y enterrado durante siglos. Su desaparición había causado la destrucción de su castillo y de todo su clan. Ahora Silvan estaba muerto, el linaje de los Andrew se había extinguido y ¿quién sabía dónde estarían los volúmenes y las tablillas de piedra? La posibilidad de que un conocimiento semejante llegara a caer en manos equivocadas precipitó a Albert en las profundidades de un lugar muy negro que quedaba más allá del miedo. Él sabía muy bien que con semejante conocimiento un hombre codicioso podía remodelar, controlar o destruir el mundo entero.
Proteger el linaje. Proteger la sabiduría.
Albert tenía que conseguir regresar a su tiempo.
Por mucho que ni uno solo de sus cabellos hubiera llegado a cambiar, habían transcurrido quinientos años y ya no quedaba nada que hablara de la existencia de Albert, o de la vida de su padre y del padre de su padre antes de éste. Milenios de adiestramiento y disciplina se habían esfumado en un abrir y cerrar de ojos.
Al día siguiente por la noche Albert entraría en las piedras y llevaría a cabo el ritual.
Al día siguiente por la noche no saldría de las piedras. Porque de un modo u otro, ya no estaría en el aquí y ahora.
Y Dios mediante, al día siguiente el siglo de Candy ya no importaría porque, con un poco de suerte, cuando Mabon estuviese en su apogeo él habría puesto remedio a todo el mal que se había hecho.
Con todo, durante el tiempo que le quedaba por pasar en el siglo XXI , su gente estaba tan muerta como destruido se hallaba el castillo, reducido a polvo de antiguos sueños que el viento esparcía innoblemente a través de Escocia. Albert se pasó el dorso de la mano por las mejillas, se levantó del suelo y empleó la hora siguiente en recorrer las ruinas en busca de tumbas. No encontró ni una sola lápida nueva en el patio de la capilla. ¿Adónde había ido su clan? Si habían muerto, ¿dónde habían sido enterrados? ¿Dónde estaba la lápida de Silvan? Silvan había dejado muy claro que deseaba ser enterrado bajo el serbal que crecía detrás de la capilla, y sin embargo ahora ninguna lápida de piedra proclamaba su nombre.
«Anthony MacAndrew, querido hermano e hijo.»
Albert pasó unos dedos temblorosos por la piedra que indicaba la tumba de su hermano. Incapaz de asimilar el transcurso de cinco siglos, sufría un dolor abrasador y febril, como si hubiera enterrado a Anthony hacía tan sólo dos semanas. La muerte de su hermano lo había hecho enloquecer de pena. Él y Albert habían estado todo lo próximos que pueden llegar a estar dos personas. Después de perder a su hermano, Albert pasó horas interminables discutiendo con su padre.
—¿De qué sirve poseer el conocimiento de las piedras —le había gritado a Silvan— si no puedo regresar al pasado y deshacer la muerte de Anthony?
—Nunca debes viajar a un punto dentro de tu propia vida —había respondido secamente Silvan, cansado y con los ojos enrojecidos de tanto llorar.
—¿Por qué no puedo regresar a un momento de mi propio pasado?
—Si te encuentras demasiado próximo a tu yo pasado, uno de vosotros dos, o tu yo pasado o tu yo del presente, no sobrevivirá. No podemos predecir cuál vivirá. Ha habido veces en las que ninguno de los dos llegó a sobrevivir. Esa proximidad parece forzar el orden natural de las cosas, y entonces la naturaleza se esfuerza por corregirse a sí misma.
—En ese caso —rugió Albert, porque se negaba a aceptar que Anthony se hubiera ido irrevocablemente—, escogeré un momento del pasado en el que yo había cruzado la frontera y me encontraba en Inglaterra.
—Nadie sabe qué distancia es lo suficientemente lejos, hijo mío. Además, estás olvidando que no podemos utilizar nunca las piedras por razones personales. Las piedras sólo deben ser utilizadas para el bien del mundo o, en circunstancias muy extremas, para asegurar la sucesión de los MacAndrew. Siempre tiene que haber uno de nosotros vivo. Pero éstas no son circunstancias extremas, y ya sabes lo que sucedería si abusaras del poder.
Cierto, Albert lo sabía. La leyenda transmitida a lo largo de los siglos afirmaba que cualquier Andrew que utilizara las piedras impulsado por razones personales se convertiría en un druida oscuro en el preciso instante en que hubiera terminado de pasar a través de ellas. Perdido para el honor y la compasión, entregaría su misma alma a las más negras fuerzas del mal.
Se convertiría en una criatura dedicada a la más irreverente destrucción.
—¡Al diablo con la leyenda! —había atronado él con voz desafiante.
Pero incluso en su pena, Albert ya sabía que no podría hacer nada. Tanto si la leyenda era cierta como si no, él no sería el primer MacAndrew que entrara en un territorio tan sagrado. No; aceptaría, tal como habían aceptado todos sus antepasados, y haría honor a sus juramentos. No se le había otorgado un poder insondable para que abusara de él o lo empleara en su propio beneficio. Albert no podía justificar el uso de las piedras para rehacer su propio corazón destrozado.
Si salvaba a Anthony y se convertía en un druida oscuro, ¿qué haría luego cuando Silvan fuera más anciano? ¿Volver a engañar al destino? Un hombre podía llegar a enloquecer con tanto poder y ningún límite. Una vez que Albert hubiera cruzado esa línea, ya no habría marcha atrás; realmente se convertiría en un maestro de las artes negras.
Y así fue como Albert le dijo adiós para siempre a Anthony y volvió a prestar el juramento ante su padre. «Nunca utilizaré las piedras por razones personales. Sólo para servir y proteger, y para preservar nuestro linaje, en el caso de que llegara a verse amenazado con la extinción.»
Como lo estaba ahora.
Albert se pasó una mano por los cabellos y exhaló. Anthony estaba muerto. Silvan estaba muerto. Él era el único Andrew que quedaba, y su deber no podía estar más claro. El mundo había pasado quinientos años sin estar protegido por un druida de la estirpe de los Andrew. Albert tenía que regresar al pasado y hacer lo necesario para restaurar la sucesión de los Andrew. Costara lo que costara.
«¿Y qué hay del precio que pagará la mujer?», lo riñó su conciencia.
—No tengo elección —murmuró él sombríamente.
Hundió las manos en sus cabellos y se dio un masaje en las sienes con los cantos de las palmas.
Albert se sabía de memoria las fórmulas para las trece piedras de Ban Drochaid, pero no conocía las tres fórmulas decisivas, las que especificaban el año, el mes, el día. Era vital que regresara al siglo XVI poco después de que lo hubieran hecho cautivo. Los que lo habían atraído fuera de los muros del castillo no serían capaces de abrirse paso al interior de la fortaleza Albert —ni siquiera con todo un ejército— durante al menos varios días. El castillo se hallaba demasiado bien fortificado como para que pudiera ser tomado fácilmente. Con tal que Albert regresara un día, o incluso dos, después de haber sido capturado, todavía tendría tiempo para salvar a su clan, su castillo y toda la información contenida entre sus muros. Derrotaría a su enemigo, se casaría y tendría una docena de hijos. Con Anthony muerto, por fin entendía la urgencia de la misión de reconstruir el linaje de los Albert, que Silvan siempre había intentado impartir a sus hijos.
—Albert, tienes que aprender a ocultarles tus artes a las mujeres y tomar una esposa, cualquier esposa. A mí se me bendijo con tu madre, pero eso fue algo milagroso y muy poco habitual. Aunque deseo lo mismo para ti, es demasiado peligroso tener tan pocos Albert.
Sí, él había aprendido esa lección de la manera más dura posible. Drustan se frotó los ojos y exhaló. Tenía un objetivo minúsculo hacia el cual apuntar, y nunca había estudiado los símbolos de los que ahora tenía necesidad. Durante toda su vida se le había prohibido viajar, por lo que no había habido ninguna razón para que Drustan grabara en su memoria los símbolos que abarcaban el período de su generación.
Y sin embargo…, en un oscuro momento de debilidad y anhelo, había mirado los que lo habrían llevado de vuelta a la mañana de la muerte de Anthony; y a partir de esos símbolos prohibidos, podía tratar de derivar las formas y las líneas de los tres que necesitaba ahora.
Con todo, sería una conjetura. Una conjetura increíblemente arriesgada, que tendría unas consecuencias terribles si no conseguía acertar del todo con los símbolos.
Lo que lo llevó a pensar nuevamente en las tablillas de piedra. Si Silvan había sido capaz de esconderlas en algún lugar del recinto antes de sufrir cualquiera que fuese el destino que le había tocado en suerte, entonces Albert ya no tendría que fiarse de las conjeturas: podría calcular los símbolos que necesitaba a partir de la información contenida en las tablillas, sin ningún miedo al error. Se sentía razonablemente seguro de que si regresaba al día siguiente a aquel en que lo habían hecho cautivo, las leguas que separarían su futuro yo y su cuerpo encantado, combinadas con las gruesas paredes de roca de la cueva, bastarían para interponer una distancia suficiente entre ellos.
No le quedaba otra elección que creerlo.
Albert recorrió las ruinas con la mirada. La noche había caído mientras él reflexionaba, y ahora ya estaba demasiado oscuro para que fuese posible llevar a cabo una búsqueda a fondo, lo cual le dejaba el día siguiente para encontrar las tablillas y tratar de recordar los símbolos.
¿Y si las tablillas no se encontraban en las ruinas?
Bueno, ésa era la razón por la que estaba allí la pequeña y dulce Candy, que no sospechaba nada.
La pequeña y dulce Candy, que no sospechaba nada, estaba sentada en el capó del coche, masticando bocadillos de salmón y tallos de apio mientras absorbía el calor que quedaba en el motor. Consultó su reloj. Habían transcurrido casi dos horas desde que dejó a Albert en las ruinas.
Podía irse de allí ahora mismo. Bastaría con que subiera al coche, pusiese la marcha atrás y se dirigiese con un chirriar de ruedas hacia el pueblo que había abajo. Lo único que tenía que hacer era dejar solo a aquel loco para que resolviera sus propios problemas.
Y entonces ¿por qué no lo hacía?
Candy volvió a acordarse de la Ley de la Gravitación Universal de Newton y consideró la posibilidad de que, dado que la masa de Albert era mucho mayor que la suya, ella estuviera condenada a sentirse atraída por él —mientras Albert se encontrara en su inmediata proximidad— y, de ese modo, fuera tan víctima de la gravedad como la Tierra en su órbita alrededor del Sol.
Absorta en sus pensamientos, Candy canturreó distraídamente y se acurrucó sobre el capó mientras el cielo color índigo se oscurecía hasta volverse negro como el cachemir, muy ocupada en discutir consigo misma sin llegar a ninguna conclusión.
No podía sacudirse de encima la sensación de que estaba pasando por alto uno o más hechos decisivos que podrían ayudarla a determinar lo que le había ocurrido a Albert. Candy nunca había dado ningún crédito al «instinto que te sale de las entrañas»; había creído que el hambre y la excreción eran controladas por las entrañas, sin que hubiera nada de gnóstico en ello. Pero durante las últimas treinta y seis horas, algo en sus entrañas había encontrado una voz y no paraba de discutir con su mente, y Candy no podía evitar sentirse perpleja por aquel desacuerdo.
Antes de ir a buscar el calor del coche, había pasado un rato de pie entre las piedras observando a Albert. Candy lo había estudiado con el remoto candor de un científico que observa al sujeto de prueba en un experimento, pero su estudio sólo había revelado más contradicciones en vez de resolver alguna.
El cuerpo de Albert estaba poderosamente desarrollado, y un hombre no conseguía llegar a tener un cuerpo semejante sin una extraordinaria cantidad de disciplina y esfuerzo, y era impensable si no poseía una mente que fuera capaz de mantenerse centrada en el mismo objetivo. Cualquiera que fuese el lugar en el que había estado Albert antes de que ella lo encontrara dentro de la cueva, había tenido que llevar una vida activa y equilibrada. O había trabajado mucho o había jugado mucho, y Candy decidió que en su caso se trataba más de trabajo que de juego, porque sus manos estaban encallecidas y ningún presumido aristócrata amante de la ociosidad tenía callosidades en los dedos y las palmas. Albert llevaba sus sedosos cabellos dorados demasiado largos para que se los pudiera considerar apropiados en un noble y caballero del siglo XXI , pero relucían y estaban muy bien cortados. Sus dientes eran blancos y regulares, otra evidencia de los cuidados que había prestado a su cuerpo. Las personas que se preocupaban por su salud física normalmente también estaban sanas de mente.
Albert tenía un modo de andar que indicaba fortaleza, seguridad en sí mismo y la capacidad de tomar decisiones difíciles. Era razonablemente inteligente y hablaba bien, dejando aparte lo extraño de sus inflexiones y su vocabulario.
No había sabido cuál era el camino que conducía al exterior de la cueva, y cuando salieron de allí, a Candy no se le había pasado por alto el significado del túnel derrumbado y toda aquella abundancia de follaje.
«Oh, Cristo —había susurrado él— están todos muertos.»
Candy se estremeció. El motor se había enfriado y los últimos restos de calor habían desaparecido.
La Navaja de Occam promulgaba que la explicación más sencilla que encajaba con la mayoría de los hechos era la que tenía más probabilidades de ser cierta. Allí la explicación más sencilla era… que Albert estaba diciendo la verdad. Hacía quinientos años había sido sumido de algún modo en un profundo sueño contra su voluntad, quizá mediante alguna ciencia perdida, y ella lo había despertado de aquel sueño al caer encima de él.
«Imposible», exclamó la mente de Candy.
Harta de tratar de persuadir al jurado de que alcanzara un consenso, Candy aceptó de mala gana la suspensión del veredicto y admitió que no podía dejar allí a Albert. ¿Y si lo imposible era posible? ¿Y si mañana él le ofrecía alguna prueba concreta de que había permanecido congelado en el tiempo durante casi quinientos años? Quizá planeaba mostrarle cómo se había hecho, mediante algún avanzado método criogénico que luego se había perdido con el paso del tiempo. Candy no estaba dispuesta a irse de allí si existía aunque sólo fuera una remota posibilidad de encontrar algo semejante. «Oh, admítelo, Candy. Pese a haber abandonado la profesión que siempre te metieron entre ceja y ceja, pese a haberte negado a continuar con tus investigaciones, sigues estando fascinada por la ciencia, y te encantaría llegar a saber cómo un hombre ha podido dormir durante cinco siglos y despertar sano y entero. Nunca lo publicarías, pero aun así te encantaría saberlo.»
Pero era más que una mera curiosidad científica, y Candy sospechaba que tenía algo que ver con el calcetín de Albert y los óvulos de ella, y con un deseo que no podía atribuir únicamente al mandato programado en sus genes que clamaba por la supervivencia de la raza. Ningún otro hombre había suscitado jamás una respuesta semejante en ella.
La ciencia no podía explicar la ternura que había sentido al ver aquellas lágrimas en los ojos de Albert. Ni el deseo que sentía de sostenerle la cabeza en su pecho; no para que su flor finalmente fuera recogida de una vez por todas, sino únicamente para darle consuelo.
Oh, su corazón se había comprometido, y eso la alarmaba y la llenaba de júbilo al mismo tiempo.
Poniéndose el cabello detrás de la oreja, Candy bajó del capó y echó a andar colina arriba. Albert ya había dispuesto de suficiente tiempo a solas. Era hora de hablar.
—Albert.
La voz de Candy se abrió paso como una luz a través de la oscuridad que lo rodeaba.
Él no intentó rehuir su mirada. La pobrecita parecía estar aterrorizada, pero también se la veía llena de resolución.
Entonces ella lo miró directamente a los ojos y, si sintió miedo, supo dominarlo. Albert admiraba eso en ella, el hecho de que a pesar de todos sus temores siguiera adelante armada con el valor de un caballero que se dispone a librar batalla. Cuando la echó de allí, le preocupaba que ella pudiera limitarse a entrar en su bestia de metal y marcharse. El alivio que sintió cuando la vio venir hacia él a través de las piedras había sido muy intenso. Fuera lo que fuera lo que hubiese decidido pensar acerca de él, Candy estaba decidida a permanecer a su lado: Albert podía verlo en sus ojos.
—¿Albert? —titubeante, pero firme.
—¿Sí, muchacha?
—¿Te sientes mejor? —preguntó ella cautelosamente.
—He establecido una precaria paz con mis sentimientos —dijo él secamente—. No temas, que no planeo alzarme en pie de guerra y vengar la pérdida de mi gente. —«Todavía.»
—Bien —dijo ella con un rápido asentimiento de cabeza.
Albert podía ver que Candy no deseaba hablar del tema, e intuía que en vez de volver a acusarlo de estar delirando cuando se hallaba tan claramente afectado, iba a optar por dar un rodeo por algún tortuoso camino. Entornó los ojos y se preguntó qué estaría tramando.
—Albert, me he aprendido de memoria tu poema y ahora es tu turno de concederme un favor.
—Como desees, Candy. Tú sólo dime qué es lo que quieres de mí.
—Quiero hacerte unas cuantas preguntas muy sencillas.
—Responderé a ellas lo mejor que pueda —replicó él.
—¿Cuánta tierra hay dentro de un agujero de medio metro de anchura, treinta centímetros de longitud y un metro de profundidad?
—¿Ésa es tu pregunta? —preguntó él a su vez, perplejo.
De todas las cosas que ella podía haber llegado a preguntarle…
—Una de ellas —se apresuró a decir Candy.
Él sonrió levemente. La pregunta de Candy era uno de sus acertijos favoritos. El sacerdote de su clan, Neil, había pasado media hora rompiéndose la cabeza mientras trataba de calcular exactamente cuánta tierra habría dentro de un espacio como aquél antes de que por fin consiguiera ver lo obvio.
—Dentro de un agujero no hay tierra —replicó él tranquilamente.
—Oh, bueno, eso era una pregunta con truco y tu respuesta no me dice gran cosa. Puedes haberla oído antes. A ver qué te parece esta otra: una embarcación tiene echada el ancla y hay una escalerilla de cuerda colgando de la borda. Los listones de la escalerilla están separados por una distancia de veinte centímetros. La marea sube a un ritmo de quince centímetros por hora y luego baja al mismo ritmo. Si un listón de la escalerilla está tocando el agua cuando la marea empieza a subir, ¿cuántos listones habrá llegado a cubrir el agua después de que hayan transcurrido ocho horas?
Albert pasó por una rápida serie de cálculos y luego rió suavemente, él que había pensado que quizá ya nunca volvería a reír. De pronto comprendió por qué ella había escogido unas preguntas semejantes,
y el respeto que sentía por Candy se incrementó. Cuando un aprendiz le pedía a un druida que lo aceptara y lo instruyese, tenía que pasar por una serie similar de problemas pensados para revelar cómo funcionaba la mente del muchacho y de qué era capaz.
—Ninguno, muchacha, porque la escalerilla sube por encima del agua junto con la embarcación. ¿Mis poderes para razonar te convencen de que no estoy loco?
Ella lo miró de una manera muy extraña.
—Tus capacidades de razonamiento no parecen haber sido afectadas por tu peculiar… enfermedad. ¿Entonces cuánto es 4.732,25 multiplicado por 7.837,50?
—37.089.009,375.
—Dios mío —dijo ella, mostrándose simultáneamente impresionada y marcada—. ¡Pobrecito mío! Hice la primera pregunta más que nada para averiguar si eras capaz de pensar con claridad, y la segunda para ver si tu primer acierto se había debido a un golpe de suerte. Pero ahora has llevado a cabo ese cálculo matemático dentro de tu cabeza en cinco segundos. ¡Ni siquiera yo puedo hacerlo tan deprisa!
Él se encogió de hombros.
—Siempre he tenido una cierta facilidad para los números. ¿Tus preguntas te han probado algo?
A él sí que le habían probado algo. Candy White era la muchacha más inteligente que hubiese conocido jamás. Joven y aparentemente fértil, había entre ellos un extraordinario calor de emparejamiento, y además, era lista.
Su certeza de que el destino se la había traído por alguna razón se duplicó.
Tal vez, pensó, después de la noche de mañana ella ya no le tuviera miedo. Tal vez sí que fuera a existir un amor para él como el que había conocido su padre.
—Bueno, si eres un candidato para el manicomio, eres el loco más listo que he conocido jamás, y tus delirios parecen estar limitados a un solo tema. —Suspiró—. Bien, y ahora ¿qué?
—Ven aquí, muchacha.
Extendió los brazos hacia ella.
Candy lo contempló con recelo.
—Ay, muchacha, dame algo que sea verdadero y dulce para que pueda tenerlo entre mis brazos. No te haré ningún daño.
Candy fue hacia Albert y tomó asiento sobre la hierba junto a él. Mantuvo el rostro vuelto hacia un lado durante unos momentos, con la mirada alzada hacia las estrellas, y después sus hombros descendieron abruptamente y miró a Albert.
—Oh, qué diablos —dijo, y lo dejó asombrado al extender los brazos para tomar su cabeza en ellos y llevarla hacia su pecho.
Él deslizó las manos alrededor de su cintura y se la puso encima del regazo.
—Hermosa Candy, heme aquí volviendo a darte las gracias una vez más. Eres un regalo de los ángeles.
—Yo no estaría tan segura de eso —musitó ella junto a sus cabellos.
Parecía sentirse un poco incómoda abrazándolo, como si nunca hubiese llegado a adquirir demasiada práctica en el arte de abrazar. Su cuerpo estaba tenso, y Albert supo que cualquier movimiento repentino por su parte haría que ella se apresurara a apartarse de él, así que respiró despacio y se mantuvo lo más inmóvil posible, dando tiempo a Candy para que se acostumbrara a la intimidad.
—Supongo que esto significa que mañana no serás capaz de probarme nada, ¿verdad?
—Tal como fue prometido, mañana te probaré que mi historia es cierta. Esto no cambia nada, o en todo caso muy poco. ¿Te quedarás aquí por voluntad propia? ¿Quizá me ayudarás a explorar el lugar mañana?
Candy deslizó sus manecitas entre los cabellos de él, y Albert medio suspiró y medio gimió de placer cuando sus uñas le rozaron el cuero cabelludo.
—Sí, Albert MacAndrew —le dijo ella después, pronunciando su nombre con un acento tan bueno como el de cualquier joven escocesa—. Me quedaré contigo hasta mañana.
Albert rió y la atrajo hacia él. Anhelaba sentir el contacto de Candy junto a su cuerpo y sentía un desesperado deseo de hacerle el amor, pero sabía que si la acuciaba ahora, perdería el consuelo de su abrazo.
—Eso está muy bien, moza. No tienes nada de tonta, y empiezo a pensar que todavía conseguiremos hacer de ti una pequeña y dulce muchachita de las Highlands.
Aquella noche Candy durmió acurrucada entre los brazos de un highlander, un hombre de las Tierras Altas, en un campo de escombros y margaritas, bajo la cuchara plateada de la luna, tan apaciblemente como una oveja. Y si Albert se sentía lobuno, se obligó a conformarse con tenerla abrazada.
Continuara...
