Capítulo 10: Un oponente inesperado
Con movimientos sensuales, la voluptuosa mujer caminó hasta la oficina de su jefe. Sus tacones altos resonaron a lo largo del levemente iluminado pasillo del segundo piso. La estruendosa música traspasaba claramente las paredes, pese a la gran puerta divisora que separaba la sección comercial de la privada. Un detalle sin real importancia, dado el ambiente que un antro podía ofrecer tanto a sus empleados como al dueño del lugar.
A pesar del ruido mismo del entorno, la mujer pudo escuchar claramente un par de gemidos provenir del interior, hecho que no le causó la más mínima sorpresa o vergüenza. Sin golpear o anunciarse, simplemente ingresó por la puerta, vio a la pareja y dejó caer una revista sobre el escritorio del centro. El sonido del leve impacto llamó la atención del hombre, instándolo a levantar la vista de los desnudos pechos de su amante momentánea y dirigirlos a la recién llegada.
—¿Sabes con lo que me encontré esta tarde al caminar por el centro comercial? —inquirió ella, escudriñando descaradamente a la semidesnuda pareja que, al parecer, se había estado divirtiendo grandemente sobre el gran y cómodo sillón de cuero.
—¿Qué encontraste, Yura? —le devolvió la pregunta, olvidándose de momento de las ardientes caricias que intentaba darle la mujer sobre su regazo.
—Tal como lo esperabas, Miroku Hoshi ha ganado mayor prestigio en los medios. Sus nuevas modelos tampoco están mal. Míralas, con esas caritas inocentes, no sería difícil encontrar a muchos interesados. Ganaríamos mucho dinero —comentó sínicamente, rodeado a la pareja para quedar detrás de ellos. Con sus blancas y suaves manos acarició y masajeó los hombros de su empleador, al tiempo que se inclinaba al frente para mostrarle la mencionada portada—. ¿Qué te parecen?
Onigumo apartó a la prostituta de sí y con un ademán de su mano, la despachó de su oficina privada, quedando a solas con Yura. Ella, satisfecha por aquel gesto y aprovechando la oportunidad, se sentó cómodamente sobre las piernas del hombre, mientras éste observaba detenidamente a las bellas mujeres de la revista Metropolitan. Recorrió sus bien contorneadas curvas y estudió sus delicadas facciones, formándose una maliciosa sonrisa en sus labios.
—No están nada mal —comentó el hombre, deseando desde ya poder conocerlas—. ¿Están impresos sus números de contacto?
—No, pero puedo averiguarlos y de paso haría mi segundo movimiento con Miroku Hoshi —respondió Yura con total seguridad—. Si quieres llevar a cabo el plan, pienso que ahora sería el tiempo perfecto para comenzar.
—Muy bien, lo dejo en tus manos, Yura. Sabes que confío en ti —indicó Onigumo, acariciando la semi-descubierta espalda baja de la sensual mujer—. Eres la mejor.
—Menos mal que lo reconoces, pero por si las dudas... —casi ronroneó cerca del oído del hombre, frotando provocativamente su entrepierna contra el bulto de sus pantalones—. Te demostraré en qué otra área soy la mejor —concluyó, besándolo apasionadamente, demostrándole su infalible habilidad en el campo amatorio.
Si había algo en lo que Yura Sakasagami era buena y reconocida en aquel oscuro entorno, era saber cómo enloquecer a un hombre entre sus brazos. La mejor manera de sonsacar información importante o de obtener lo que quería sin levantar sospechas o parecer demasiado obvia. Algo que no lograba cualquiera, pero que ella había aprendido y perfeccionado con los años, gracias a su propia inmoralidad. Una habilidad que Onigumo conocía perfectamente y que siempre sabía aprovechar, así como disfrutar. Sin duda alguna, ni siquiera el magnífico hombre del año se escaparía de sus seductoras redes.
No pasó mucho tiempo dentro de aquella oficina para que el ambiente se calentara y para que las ardientes caricias y acelerados movimientos que ambos amantes se proporcionaban, los llevara al deseado y satisfactorio clímax. Con sus respiraciones agitadas y sus cuerpos sudorosos por el previo ejercicio, ambos se permitieron descansar sobre aquel ancho sillón de cuero, aun permaneciendo abrazados. Un momento de tranquilidad y relajación que les permitiría retomar energías necesarias para continuar sus actividades con normalidad, como ya estaban acostumbrados.
—¿Irás a la pelea de esta noche? Imagino que habrás apostado una buena cantidad —preguntó Yura de manera casual, trazando líneas indefinidas en el desnudo pecho de su jefe. Éste sonrió.
—Sabes que cuando hay dinero de por medio, yo no puedo faltar —respondió Onigumo con malicia—. Además, debo asegurarme que mi luchador estrella gane su pelea y no me haga quedar en ridículo.
—¿InuYasha? Por increíble que parezca, ese hombre tiene una resistencia realmente admirable. No creo que debas preocuparte demasiado por él. Aunque… ¿no había mencionado Bankotsu que había solicitado su renuncia?
—Yo nunca le autoricé aceptársela —mencionó el jefe tajantemente—. Dejarlo libre, implicaría renunciar a una de mis entretenciones favoritas y creo que aún es muy pronto para eso.
—¿Ganar mucho dinero a costillas de otros? Claro, pero… ¿nunca has considerado que algún día tu mejor luchador podría ser derrotado en un encuentro y hacerte perder una fortuna?
—Cuando eso ocurra, tendré que desecharlo. Así como un niño que se deshace de un juguete que se vuelve obsoleto e inservible y que necesita ser reemplazado.
Yura contuvo una mueca de indignación, y apretó ligeramente sus puños. La respuesta de Onigumo fue clara y, como su ser mismo, desalmada. No hacía falta preguntar los detalles de su réplica, bastaba con imaginárselo para saber lo que le ocurría a cualquiera que dejaba de serle de utilidad o, en el peor de los casos, osara a desobedecerle. Ella no tenía nada de qué preocuparse, por supuesto, pero que esto tan sólo le sirviera de recordatorio para nunca llevarle la contraria a este maligno hombre de corazón podrido, porque eso sólo significaría su perdición.
De pronto e interrumpiendo la frívola conversación del par de amantes, el celular de Onigumo vibró sobre el escritorio, llamando la atención de ambos. Yura, quien aún permanecía sobre las piernas del hombre, lo alcanzó inmediatamente para dárselo.
—¿Qué quieres? —Respondió el jefe de mala gana, escuchando la nerviosa voz de uno de sus subordinados al otro lado de la línea—. ¡¿Qué?! —se exaltó, irguiéndose en su puesto, a lo que la mujer se puso rápidamente de pie para vestirse—. ¿Que Kageromaru no podrá pelear y que lo reemplazarán? ¡¿Sabes cuánto dinero hay en juego?!... ¿Una mejor apuesta? Explícate… —El ceño fruncido y la mueca de notorio disgusto, se fueron suavizando, siendo reemplazados por un gesto de suspicacia a medida que escuchaba con atención—. ¿Estás seguro?... Ya veo. Está bien, mándamelo y espera mi llamada.
Colgando la comunicación, Onigumo apretó el celular fuertemente en su mano, tratando de calmar aquella ira inicial que lo había invadido. Si bien no estaba nada satisfecho con el reporte que acababa de recibir, por el otro lado, consideró acceder al inesperado cambio que su subordinado le había sugerido. El que Kageromaru se lesionara a tan solo unas horas de la gran pelea y que éste fuera reemplazado por otro luchador mucho más fuerte, sólo podía significar una cosa. Alguien quería que su mejor hombre perdiera y, de ese modo, llevarse consigo todo el dinero invertido. ¡Ja! Como si eso pudiera ser posible. Todavía no había nacido la persona que se atreviera a estafar a Onigumo Ukaran y salido con vida para contarlo.
Y mientras meditaba, el sonido de una notificación en su computador lo alertó. Inmediatamente, se dirigió a su escritorio e ingresó a su correo personal, abriendo el archivo de video que su subordinado le acababa de enviar, conforme a lo ofrecido. Con ojos ligeramente estrechados, observó detenidamente la grabación de una reciente pelea, analizando al luchador que tomaría el lugar de Kageromaru. Indudablemente, un hombre de mayores proporciones y, definitivamente, mejores habilidades. Cualquiera que lo viese, se intimidaría fácilmente con su porte, pero pensaría que lo podría vencer con velocidad o alguna táctica engañosa. No obstante, éste demostraba poder ganarles incluso con esas capacidades, atrapando infaliblemente a sus presas y desgarrándolas cual fiera hambrienta de sangre. Realmente sería difícil lograr la victoria, por no decir que imposible aun para su mejor hombre.
—¿Cambiarán también las reglas de la pelea? —Inquirió Yura detrás de Onigumo, observando impasiblemente la matanza que se mostraba en el video—. Nunca habías accedido a este tipo de… contiendas; ¿no será muy arriesgado?
Un bufido salió de la boca del hombre y una sonrisa malévola se dibujó en sus labios. En momentos decisivos como éstos, no había cabida para la duda. Después de considerarlo por unos minutos, el jefe llegó a la única conclusión que lo llevaría a la indudable victoria: Invertir las apuestas.
Realmente sería una pena perder a InuYasha de esta manera, pero si ésta era la única forma de ganar sin correr demasiados riesgos, estaba dispuesto a sacrificarlo. De todas formas, Taishô quería ser un hombre libre o algo por el estilo, así que tarde o temprano se podría revelar y ya no le sería de utilidad. Si bien era cierto que nunca consideró autorizar su absurda petición, ahora parecía ser una buena oportunidad para librarse limpiamente de él y otorgarle su ferviente deseo.
—Yura… —murmuró, aún ensimismado en sus pensamientos. La mujer lo miró y esperó por cualquier indicación—. Busca a Bankotsu y dile que quiero hablar con él.
—¿Le digo que nos vea en las jaulas? Imagino que es sobre la pelea —inquirió ella, sintiendo mucha curiosidad.
—Eres muy perspicaz. Bien pensado —dijo el hombre sin más, tomando su celular para realizar una llamada y confirmar su decisión con uno de sus subordinados. Una siniestra sonrisa se esbozó en sus labios que, incluso a la frívola mujer, provocó escalofríos.
Junto a Onigumo e igualmente sonriente, estaba un ser invisible de ojos carmesí, sujetándolo del hombro como a un buen amigo. Conectarse con los humanos de corazón retorcido y maligno era un deleite, pues ni siquiera era necesario intentar manipularlo; tan sólo bastaba con introducir un pequeño pensamiento en su mente para que todo lo demás se desarrollara por sí solo.
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Con las manos apoyadas sobre la mesa del aparador y la mirada fija delante de él, el oji-dorado se preparó mentalmente para el venidero y difícil acontecimiento. Con determinación, observó el reflejo de su rostro en el espejo e inhaló profundamente. El tan temido día, finalmente, había llegado.
No recordaba con claridad los detalles de la pelea que lo aguardaba allá fuera, pero si creía remembrar a su supuesto contrincante. Kageromaru, un sujeto no demasiado alto, pero muy veloz, escurridizo y fuerte, capaz de desplazarse de un sitio a otro en menos de un parpadeo y cortar a su oponente con sus hoces. Sin duda, un luchador muy fuerte y digno de temer. Si no tenía cuidado y se mantenía concentrado, podría salir muy lastimado. Pero estaba preparado. Ganaría el encuentro y reclamaría la libertad que le había sido ofrecida hace un mes atrás, después de solicitar su renuncia.
—Una última pelea y todo terminará… —murmuró para sí mismo, no quitando la vista de su reflejo.
De pronto, un golpe en la puerta del pequeño camerino lo sacó de sus pensamientos, y la afeminada voz de Jakotsu se escuchó desde el otro lado.
—InuYasha querido, ¿estás listo? Ya es la hora —anunció, esperando afuera por él.
El joven Taishô se irguió en su sitio, se revisó rápidamente los vendajes de sus muñecas y manos, y comprobó su movilidad. Se puso rápidamente su camiseta blanca sin mangas y, finalmente, se encaminó hacia la puerta para encararse con una oscura parte de su ya marcado destino.
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—Así que… ¿cambiará la apuesta? —Dubitativo, Bankotsu escuchó sobre las recientes y repentinas modificaciones del evento de esa noche, no muy seguro de haber escuchado bien—. ¿No es algo… muy precipitado? InuYasha es muy fuerte, así que…
Onigumo sonrió con suficiencia. Ciertamente le hacía gracia que su subordinado osara siquiera a dudar de sus decisiones, como si fuera un novato. Pero a pesar de todo, estaba de buen humor, así que por esta vez, lo dejaría pasar.
—El cambio ya está hecho —expuso escuetamente—. Dile a InuYasha que, por esta vez, no es necesario que se esfuerce. Quiero que pierda este encuentro.
—Pero… si pierde, él…
—Será libre como había deseado —lo interrumpió el jefe de manera fría y sínica, completando con eso la frase del sorprendido Bankotsu—. Ahora ve y asegúrate de dejarle a Taishô bien en claro esta petición especial. No quiero errores.
—Entiendo.
Con una leve reverencia, Bankotsu se retiró de los asientos VIP de la amplia instalación y se encaminó a la entrada de las conocidas jaulas. Una sección con cuatro amplios cuadriláteros, cada uno cercado por altas rejas para que ninguno de los luchadores intentara escapar del campo de batalla. Un lugar especialmente diseñado para llevar a cabo las peleas clandestinas de las cuales muchas personas de gran poder económico disfrutaban e invertían estúpidamente su dinero. Una diversión bastante insana, sobre todo para los luchadores quienes, en la mayoría de los casos por su necesidad o situación monetaria, únicamente eran utilizados para generar ambiciosas apuestas sinsentido.
Hombres y mujeres estaban ya posicionados en sus respectivos asientos entorno a las enjauladas plataformas, aclamando los nombres de los peleadores de su mejor elección. Las luces se apagaron por un breve instante para luego volver a encenderse y enfocarse únicamente en los cuadriláteros. Un hombre con vestiduras elegantes apareció en el centro de ellos y anunció cuatro peleas simultáneas de menor categoría para dar inicio al especial evento del día. Por supuesto, dado su papel importante como presentador y árbitro, su seguridad e integridad física estaban aseguradas gracias a las jaulas que lo separaban del real peligro.
La campana sonó y las peleas dieron inicio. El bullicio de las aclamaciones, chiflidos, insultos y voces de ánimo resonaron en el gran salón. El árbitro estaba atento a cada golpe de los luchadores que se apaleaban incesantemente entorno a él, dando detalles explícitos de cada hombre caído y de cada contraataque dado por ellos, increíblemente, sin confundirse en sus animosas narraciones. El color escarlata manchó las blancas plataformas, mostrando claramente la masacre que se estaba dando en esos momentos. Un sádico espectáculo que sólo alguien de mente perturbada podría disfrutar.
Desde una esquina y con el entrecejo fruncido, InuYasha observaba el horrible escenario, empezando a sentirse de pronto inseguro. Algo lo estaba molestando grandemente al ver a esos hombres luchar tan desesperadamente. Había algo diferente a lo usual; esos luchadores parecían pelear no sólo por ganar, sino también por defender sus vidas, aferrándose a ellas. Una extraña sensación de incertidumbre se alojó en su interior, como un mal presentimiento que le anunciaba el eminente peligro.
—¿Qué está pasando? —murmuró quedamente para sí con los ojos ensanchados, viendo a un peleador caer por una inesperada rotura de cuello.
El presentador declaró al indudable ganador frente al público, el cual estalló en aplausos. No pasó mucho tiempo para que otro luchador callera igualmente muerto por un brutal y despiadado ataque, dando así finalizada la primera ronda de entretención. La hora del "plato fuerte" había llegado, tiempo del cual los recientes ganadores aprovecharían para descansar, antes de volverse a enfrentar entre sí. Las nuevas apuestas se generaron rápidamente y las especulaciones del venidero encuentro llenaron el ambiente.
—Ah, InuYasha, aquí estás —la repentina voz de Bankotsu lo sacó rápidamente de su ensimismamiento, volteándose hacia el recién llegado—. Te estuve buscando. Imagino que ya estarás listo para tu pelea.
El oji-dorado frunció el entrecejo con desconfianza, escuchando vagamente al presentador anunciar el próximo emocionante enfrentamiento. A sus espaldas y sin que se percatara por el momento, las jaulas de los cuadriláteros se levantaron y las cuatro plataformas se unieron, formando uno solo de enorme tamaño.
—¿Qué quieres? —Inquirió el joven Taishô toscamente, mirando al sub-jefe fijamente a los ojos. Éste soltó un pequeño bufido y sonrió.
—¿Oh? Sólo venía a desearte buena suerte antes de tu gran pelea —dijo calmadamente, palmeando el hombro de InuYasha—. Lo lograste Taishô; el jefe autorizó tu renuncia tal como habías solicitado.
—¡¿Qué?! —Completamente incrédulo, el oji-dorado parpadeó varias veces, no creyendo haber escuchado bien.
—Ésta será tu última pelea y serás totalmente libre. Podrás ir a donde te plazca y hacer lo que quieras cuando quieras. ¿No es lo que querías?
—Yo…
Libertad… Salir de ese oscuro mundo y olvidar esa horrible parte de su vida era lo que más deseaba. Una vez alejado de toda esa gente, podría rehacer su vida e ir a buscar a su amada Kagome sin tener que preocuparse por nada más. Podría disfrutar del tiempo que le quedaba junto a ella y sus amigos. Volvería a ser feliz, hasta el día del inevitable infortunio.
—… Espero que hayan hecho ya sus apuestas, porque esto será realmente algo grande y digno de ver —declaró el animoso presentador y árbitro desde un costado—. ¡El encuentro más esperado por todos…!
—Ah, sólo una cosa —indicó Bankotsu antes de voltearse y dejar a InuYasha—. Debes perder la pelea.
—¡¿Qué?!
—Órdenes del jefe.
Diciendo esas últimas palabras, el hombre de trenzados cabellos negros se retiró, dejando a un sorprendido oji-dorado atrás, al tiempo que el presentador anunciaba los participantes de la próxima pelea.
—¡… el fabuloso InuYasha Taishô contra el poderoso Ryûkotsusei Mogura!
Las luces del salón se apagaron, iluminando únicamente el gran cuadrilátero en cuyo centro se llevaría a cabo la nueva pelea sangrienta. Los estrafalarios espectadores estallaron en aplausos y gritos de júbilo, aclamando a los dos feroces luchadores.
En la cabeza de InuYasha sólo retumbaba una única palabra, permaneciendo momentáneamente paralizado en su lugar. ¿Perder? Una petición definitivamente inesperada, por no decir que descabellada e inusual. No lo recordaba; en ningún momento de su vida como luchador le habían dado tan absurda orden. ¿Por qué? ¿Por qué tan repentinamente le pedían perder, cuando eso únicamente significaba pérdidas para aquellos que lo representaban? En un instante, las imágenes de los previos luchadores llegaron a su mente, golpeándolo fuertemente, asimilando su cerebro también el nombre de su inesperado oponente.
«¡¿Ryûkotsusei?!»
¿Cómo era posible? Se suponía que su oponente debía ser Kageromaru y aunque la lucha sería algo difícil, tenía la certeza de ganar. Entonces, ¿por qué…? ¿En qué momento habían cambiado las cosas? Un escalofrío subió por su espalda y, de pronto, creyó sentir la presencia de algo siniestro detrás de él. Instintivamente se giró, pero no vio a nadie que emitiera aquella aura oscura y aterradora. ¿Acaso…?
«Naraku…», musitó para sus adentros, comenzándolo a invadir el miedo ante lo desconocido.
Un farol lo alumbró, instándolo a pasar al frente. No dándole tiempo a pensar o rehusarse siquiera, dos hombres de grandes proporciones lo empujaron al frente, prácticamente arrojándolo sobre el ring. Ligeramente aturdido por la algarabía del público y las blancas luces, se puso de pie, quedando delante de su temerario oponente. Allí, al otro extremo del enorme cuadrilátero, un feroz hombre de un poco más de dos metros de altura, corpulento y grandes músculos desarrollados y mirada fría, lo aguardaba. Sus ojos marrones inyectados en sangre que lo miraban con fijeza y una sádica sonrisa que mostraba peculiarmente afilados dientes, cual bestia carnívora. Las uñas de sus manos, igualmente afiladas y largas como si fuesen garras.
La campana sonó y de pronto, una gigantesca jaula descendió desde las alturas, cubriendo la gran plataforma con sus dos nuevos luchadores dentro. Una parte del techo se abrió sobre ellos, mostrando varias armas de diferentes formas y tamaños colgadas por separado, cual trofeos desde lo alto. Ryûkotsusei sonrió sádicamente y se aproximó a un aún estático InuYasha. Fue en ese momento en que él reaccionó, siendo consciente de la terrible pelea que lo aguardaba. Ganar significaba sobrevivir, pero también su perdición. El jefe mismo se encargaría de eliminarlo posteriormente por incumplir con su orden y hacerlo perder una cuantiosa cantidad de dinero que, seguramente, habrá apostado en su contra. Perder significaba renunciar a su vida. En otras palabras, debería morir para conseguir su anhelada libertad.
¡Estaba en una aterradora encrucijada!
«¿Qué haré…?»
Continuará…
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N/A: ¡Hola a todos!
Antes de nada, disculpas por este inesperado retraso. Creo que nunca me había demorado tanto para subir una actualización, hasta ahora. Realmente han pasado muchas cosas, entre las cuales está la muerte de una tía por culpa del maldito cáncer, y carga adicional de mucho trabajo, entre otras. Hace relativamente poco he sido nombrada líder de mi equipo, lo que conlleva más responsabilidades y varios viajes al exterior. De hecho, el primero será a finales de Enero :P. La única parte buena porque ahora hay más trabajo por la misma paga u_u. Como sea, no quiero aburrirlos con mi vida personal, así que volvamos a lo que importa aquí.
Como verán, nuestro querido protagonista ha llegado a un punto crucial de su vida, en la que no sólo su decisión definirá su destino, sino también los próximos acontecimientos. La historia que InuYasha conocía ha sido alterada y no precisamente por sus actos. ¿Perder o ganar? Su vida pende de un hilo. Por supuesto, ¿qué se podía esperar de un demonio tramposo al que sólo le interesa destruir las almas de los vivientes? ¡Naraku es de lo peor!
Como siempre, gracias a todas por su paciencia y sus reviews que siempre me motivan a seguir escribiendo. Especiales agradecimientos a: bruxi, Faby Sama, elvi y lindakagome. Cada vez somos menos, parece que las estoy aburriendo xD. Como sea…
¡Besos y hasta la próxima!
Con cariño,
Peach n_n
P.D.: Dentro de unos días será Navidad e iniciaremos un nuevo año, así que… Desde ya, ¡felices fiestas a todos y que tengan un lindo tiempo junto a sus seres queridos! =) Espero terminar una pequeña sorpresa navideña para ustedes a tiempo :P.
