Hola! Estoy aquí de otra vez, con un capítulo nuevo, por fin! Me gustaría agradeceros las reviews, los favs y los follows, gracias a todos y a todos los que seguís aquí capítulo tras capítulo. Espero que os guste y seguir dejándome vuestros comentarios! :)


La isla

10

Día 36

Regina había contado a Emma muchas cosas durante aquellos días. Pero se había centrado en una en especial, su hermana. Regina conoció a Zelena el verano en que su padre murió. La morena tenía 16 años y su hermana había cumplido los 18. Regina no había sabido de la existencia de Zelena hasta ese momento, pues su madre siempre lo había mantenido en secreto. Cuando Henry – su padre- falleció, cambiaron radicalmente sus planes para las vacaciones, y la idea de la playa quedó olvidada en el pasado.

Zelena vivía por aquel entonces con una familia adoptiva, que se había encargado de ella a petición de Cora. En realidad, la pelirroja era hermanastra de Regina. Su madre había tenido primero a Zelena, con otro hombre, y según ella no había tenido otra opción que abandonarla, dejándola con unos conocidos que no podían tener hijos.

Al principio, su relación fue desastrosa. ¿Cómo iba Regina a convivir un verano entero con una persona a la que acababa de conocer y que además la odiaba? Porque sí, Zelena la odiaba. La morena había crecido en familia, sus padres le habían dado todo y ella se había quedado sin nada. Tiempo después, la pelirroja descubrió que Regina no era tan afortunada, y que no era tan feliz como Cora le había hecho creer. Entonces, solo entonces, su relación mejoró.

La morena siempre había admirado y envidiado a su hermana mayor, pues no tenía problemas en reprocharle y discutirle a su madre, algo a lo que ella nunca se atrevería. Zelena le plantaba cara a Cora a cualquier momento, y se pasaban discutiendo la mayor parte del tiempo. Regina siempre quiso poder ser tan valiente.

Cuando finalmente Regina se separó de su marido, meses antes de su muerte, se mudó junto a Henry a casa de la pelirroja, y el pequeño se había quedado con ella durante su viaje.

Leopold…gran tema del que hablar y que aún no se había atrevido a tocar. Al menos, Emma tampoco le había preguntado.

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Emma estaba tumbada sobre la arena, con los brazos y piernas abiertos, mirando hacia la nada, perdida en sus pensamientos. Todo era una mierda. ¡Mierda! ¿Por qué tenía que haberle preguntado a Regina si quería dormir con ella aquella noche? A esa noche le había seguido la siguiente, la siguiente, la siguiente…así hasta convertirse en un hábito. Porque ella no pensaba separarse de la morena ni una noche. No había querido planteárselo, pero llegó un momento en el que no pudo negárselo a sí misma durante más tiempo. Le gustaba Regina. Le gustaba de verdad. Nunca le había pasado algo así, pero estaba segura. Se sentía atraída por la morena, incluso podía asegurar que la quería. Joder Emma, estás en un lío. ¿Cómo había llegado a ese punto?

Sabía, desde el principio, que dormir con ella era un error, pero no pudo evitarlo. Quería protegerla, y un irracional miedo a que le pasase algo la torturaba día a día. La has fastidiado de la peor manera posible, Swan. ¿No podías esperar a estar en Nueva York para reiniciar tu vida amorosa? Estúpida.

De repente, el cielo dejó de estar interesante cuando sintió unos pasos dirigirse hacia a ella y una voz la sacó de sus pensamientos.

- ¿Qué haces? – preguntó Regina, sentándose a su lado.

- Esperar. – respondió la rubia, simplemente.

- ¿A qué?

- A que pase algo.

¿Qué era exactamente lo que quería que pasase? ¿Que apareciese algo o alguien peligroso y tuvieran que huir? No. ¿Una aventura? Quizás. ¿Que las rescataran? Sí. Pero lo que más le apetecía que pasase, no era posible. Demonios, quería besar a Regina.

- Sí…no estaría mal que pasara algo. – volvió a hablar la morena, antes de colocar una sonrisa en su cara, que Emma captó incluso sin mirarla. – Siempre puedes jugar a hacerte la valiente con los murciélagos, Batwoman. – terminó por reír.

- Regina, no tiene gracia.

Y no tenía gracia porque la risa de Regina le gustaba. Le gustaba mucho.

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Regina frunció el ceño. Emma estaba rara. Normalmente, la rubia estaba de buen humor y tenía ganas de hacer cosas. Buscaba, a cada rato, algo nuevo que hacer, cualquier cosa, para mantenerse ocupada. Pero sobre todo, la morena sabía que a Emma le gustaba hablarle, y solía tomarse las bromas con humor.

- Sí que tiene gracia. – contradijo. – ¿Qué te pasa?

- Que me aburro. No hay nada que hacer aquí.

- Bueno, es una isla desierta. No hay gran cosa. No pretenderás que nos pongamos a jugar al escondite.

La rubia levantó la cabeza y se le iluminaron los ojos al oírla decir eso. No. Ni hablar. No iba a jugar. Pero Emma parecía tan ilusionada…y Regina quería hacer algo para que dejara de aburrirse. Sin embargo, jugar al escondite no estaba dentro de sus opciones. Bajo ningún concepto.

- Dios mío…no podía creerse lo que iba a hacer para que la otra mujer sonriera un poco.

- Emma… - empezó Regina en tono de advertencia, pero fue interrumpida por la rubia.

- ¡Venga! No hay nada que hacer, no va a hacernos daño jugar un rato. Los niños se divierten con esto, ¿por qué nosotras no?

- Está bien. – se rindió la morena, resoplando.

- Va, te dejo esconderte a ti primero. – dijo Emma, emocionada. – Contaré hasta 50. Más te vale que elijas un buen sitio para esconderte, soy muy buena.

Regina se rió, negando con la cabeza. No era posible que estuviera haciendo lo que estaba haciendo. Si Henry lo supiese… Sin más, se puso a buscar un buen escondite. Si Emma quería retarla, ella estaría a la altura. Y tenía por seguro que iba a ganar. Aquella rubia la estaba subestimando.

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Había contado hasta 50, como habían quedado, y enseguida había empezado a buscar a la morena creyendo que no podría haber ido muy lejos. Pero mierda, ella era buena. Llevaba cerca de 20 minutos buscándola y no había ni rastro de ella. Incluso le había dado tiempo de dejar huellas confusas para que no pudiese rastrearla. Joder, Regina era inteligente.

Estaba segura de que había pasado cerca de ese árbol al menos tres veces, pero algo le decía que estaba cerca de su objetivo. Emma podía no ser tan inteligente como la morena, pero no dudaba de su propio instinto. Estaba por allí, lo sabía, aunque no pudiese verla.

- ¿Regina? Te he visto, sal de ahí. – dijo a la nada, a ver si había suerte, pero nadie respondió. – Vale, no te he visto. – admitió – Pero sé que estás por aquí cerca.

Miró a todos lados, pero siguió sin respuesta.

- Vamos Regina, me rindo. Eres mejor que yo. Me has ganado.

Silencio.

- Joder, Regina, me estás asustando. – dijo, esta vez nerviosa. - ¿Regina? ¡Regina! – gritó.

- ¿Emma? – la voz sonó cercana, pero no provenía de ninguno de los lados. Venía de arriba. – Estoy aquí.

La rubia levantó la vista y la vio. Regina estaba sobre una de las grandes ramas del árbol, asomando su cabeza para dejarse ver.

- ¿A qué estas esperando? ¡Baja! Has ganado.

- Digamos que…me he quedado atrapada. No sé cómo bajar.

A Emma se le escapó una risita, mientras la morena la miraba con mala cara.

- ¿Me vas a ayudar o qué?

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Esa misma noche, al igual que habían hecho las anteriores, se sentaron junto al fuego, una al lado de la otra. Emma estaba realmente cansada, se le notaba en la cara. Regina había sido consciente del esfuerzo que había hecho para ayudarla a bajar del árbol. Eso sin contar cuando ambas resbalaron y cayeron al suelo. Había dolido. Pero en la tranquilidad de la noche, bajo un cielo estrellado, todo eso podía olvidarse.

- Es la hora del cuento. – dijo Emma, con una tierna sonrisa que a Regina le pareció adorable.

- Me ha demostrado hoy, señorita Swan…que es usted muy infantil. – respondió Regina en tono de burla.

- Entonces, si tan niña soy, puedes dejar el "Señorita Swan" para cuando me haga mayor. – se quejó la rubia, sacándole la lengua. - ¡Quiero cuento!

Regina se rió. Aquella mujer despertaba algo extraño en su interior, pero no quería parar a preguntarse qué era, así que solo sonrió y asintió. Eso de contarse sus vidas no estaba tan mal. Al menos podía desahogarse con alguien. Y extrañamente a todo lo que pudo haber pensado en un principio, confiaba en Emma ciegamente.

- ¿Qué quieres saber esta vez? – preguntó, sabiendo por adelantado lo que la rubia iba a decir.

- Quiero…que me cuentes por qué te casaste con Leopold. Siempre evitas hablar de él, y los pocos comentarios que has hecho sobre el tema han sido malos. Me gustaría saber si lo odiaste desde siempre, si te obligaron a casarte con él…

- Sí. – respondió Regina simplemente, sin saber exactamente a qué. Entonces empezó su historia de aquella noche. – Verás…

Era joven, y mi madre aún ejercía un gran poder sobre mí. Desde que mi padre se fue, las cosas se volvieron más difíciles. Y con la llegada de Zelena, quien pagaba los enfados de Cora era yo, ella volcaba su frustración en mí. Yo tenía que ser la hija perfecta. Yo tenía que ser la hija que nunca cometía errores, la que iba por el buen camino, la que hacía todo lo que madre mandaba, la que vivía su vida por ella. Yo tenía que ser lo que ella nunca pudo ser.

Mi padre era dueño de una empresa, no era muy grande pero mantenía unos beneficios bastante aceptables, que nos permitían vivir en una buena casa y mantener la casa de la playa para viajar allí todos los veranos. Mi madre no tenía ni idea de negocios, ella solo se dedicaba a vivir bien y a divertirse, por lo que cuando papá murió todo se fue yendo a pique poco a poco. Aun así, conseguimos mantener la estabilidad durante unos cuantos años, pero tuvimos que vender la casa de la playa y pasar a tener una vida un poco más modesta.

Tiempo después, estábamos casi en quiebra. Cora había cometido muchos errores, y la única opción que nos quedaba era vender lo que nos quedaba, o dejar que una empresa mayor absorbiese la de mi padre. O por lo menos, eso era lo que yo pensaba. Mi madre tenía otro plan, y de un día para otro empezó a llevarme a fiestas y a presentarme hombres. Todos eran mayores que yo. Recuerdo varios nombres…George, Sidney…y entre todos ellos, estaba Leopold. Era un gran magnate de los negocios, y como Zelena no estaría dispuesta a colaborar, tendría que hacerlo yo.

La noche en que nos presentaron, mi madre insistió en que me arreglase más de lo normal, porque sería una noche muy especial para mí y para toda la familia. No lo entendí hasta que no estuve allí, frente a él. Era 20 años mayor que yo. No era un hombre desagradable, parecía amable, agradable e incluso bueno, pero por supuesto, no me gustaba. Aun así, acepté cada halago y cumplido que recibía por su parte, todo esto para agradar a madre. Después lo vi hablando con ella. Sobre nuestro matrimonio, sin yo saberlo.

Me negué, me negué rotundamente, grité, pataleé y lloré como si fuera una niña pequeña. Pero mi madre insistió en que era un buen partido, podría sacarnos de la quiebra y darnos una vida incluso mejor de la que teníamos con papá. Así que finalmente, por mi familia, terminé aceptando ese compromiso. Rompí con el novio que tenía entonces, y me casé con Leopold. Pero más que por mi familia, lo hice por mí. Era como un trato. Podía librarme de mi madre, ya no controlaría mi vida como hacía antes. Mientras estuviera casada con Leopold, tenía derecho a hacer lo que yo quisiera.

La morena arrastró aquellas palabras una detrás de otra, lentamente, como si no quisieran salir de su boca. Pero finalmente, allí estaban, Emma las había asimilado todas y aunque el recuerdo aún dolía, Regina sintió alivio. Al fin alguien más lo sabía.

- ¿De qué modo te liberaba estar casada con él? – preguntó Emma, aun un poco confundida.

- Mi madre siempre esperó que yo tuviese un gran futuro cuando mi marido no estuviese conmigo, así que estudié Derecho y Administración de Empresas aunque no quería. Después de la boda, estudié Diseño y empecé mi colección de zapatos, lo que Cora consideraba una tontería. Y mira hasta dónde he llegado. A que una desconocida en un avión haya comprado un par de zapatos míos y le hayan parecido cómodos.

Emma tomó la mano de Regina con delicadeza, intentando transmitirle tranquilidad, indicarle que la comprendía y que pensaba que todo aquello era injusto. Entonces, decidió levantarle el ánimo con una pequeña broma.

- Eh, no sabía que eras un cerebrito. Tres carreras, vaya. ¿Cuántos años tienes?

- Eso no se le pregunta a una mujer.

- Bien, resulta que yo también soy una mujer. Dime tu edad y te diré la mía.

- Tengo 34 años. Me casé a los 24. He desperdiciado 10 años de mi vida.

- No lo has hecho. – la consoló la rubia. – Tienes a Henry. Y una maravillosa marca de zapatos. Joder, y tres carreras, ¡ya querría yo!

Regina sonrió. Una vez más, Emma había conseguido levantarle el ánimo, aunque fuese un poco.

- Entonces, ¿cuántos años tienes tú?

- Tengo 30. Y yo sí que desperdicié años de mi vida. Toda mi infancia, básicamente.

- No has desperdiciado nada, Emma. – dijo la morena esta vez – Tal vez no haya sido la mejor de las infancias, pero te ha hecho como eres. Y has llegado a caerme bien. Créeme, no muchas personas llegan a esto. Eres una gran persona, Emma.

Emma agradeció en silencio, con un asentimiento. Regina había dicho, sin decirlo, que le importaba. Sabía leer entre líneas. Y eso, la hizo inmensamente feliz.

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Eran las 2 de la mañana, aproximadamente. Ninguna de las dos se había dormido en ningún momento. Habían extendido ambas mantas y ambas estaban en la posición de Emma esa misma mañana. Mirar las estrellas no era del todo aburrido, no si tenías compañía.

- ¡Eh! ¡Una estrella fugaz! – gritó la rubia, señalando por donde había pasado. – ¿La has visto, Regina?

- Sí. – sonrió la morena. – Nunca había visto una.

- Es como un regalo de cumpleaños.

Regina se incorporó de golpe, mirando a Emma.

- ¿Es tu cumpleaños? ¿Por qué no me has dicho nada?

- Tampoco es que pudieses hacer algo especial. –se encogió de hombros. – Pero agradezco tu compañía y tu confianza. El día de hoy me lo he pasado bien. Ha sido el primer año en el que no me siento sola.

- Puedo hacer algo especial. – contradijo la morena, tras recuperarse del encogimiento de corazón por las palabras que había dicho Emma. – Te libero de tu parte de "la hora del cuento" hoy.

- Vaya, todo un detalle. – dijo la rubia, riendo.

Se quedaron en silencio durante unos minutos, sin necesidad de hablar. No era un silencio incómodo, ambas podrían quedarse así toda la vida. Pero Regina tenía una duda en mente, y no tuvo reparos en preguntarlo.

- ¿Era este algo a lo que te referías?

- ¿Qué?

- Cuando dijiste que esperabas a que pasase algo. – se explicó.

- No. Pero también me vale.

Hubo otro silencio, pero quien lo rompió esta vez fue Emma.

- Te propongo algo. Verdad por verdad. Yo te confieso algo de mi vida y tú de la tuya. Pero no vale hacer preguntas. Por lo menos no hoy.

- De acuerdo. – aceptó Regina rápidamente. – Empiezas tú.

- Ok. – la rubia pareció pensárselo, pero estaba segura de lo que iba a decir. – Cicatrices. Por eso no muestro mi cuerpo. En uno de los incendios las cosas se complicaron y ahora me quedan las cicatrices de las quemaduras.

- Oh. – respondió la morena, sin comentar nada más. – Henry no es hijo de Leopold. – confesó simplemente.

Emma se arrepintió de la regla de no preguntas. Quería descubrir la razón por la que Henry era hijo de otro hombre. Y también quería saber quién era. Joder, quería saberlo todo. Podría haberse sentido defraudada con Regina, quizás, pero aquel dato solo la hacía más interesante y le gustaba más.

- ¿Tú también estás maldiciendo tu propia regla? – preguntó Regina con una sonrisa.

- Sí. Pero no le librarás. – aseguró Emma.

- Bien. Tú tampoco.

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4 de la mañana. La noche se había vuelto fría y la había obligado a cubrirse con las mantas, y como era de esperar estaban acurrucadas la una junto a la otra. Seguían despiertas, y Regina no paraba de preguntarse si Emma había pedido algún deseo a la estrella fugaz. Quizás era tonto, pero quería saberlo.

- ¿Qué has pedido?

- ¿Eh? – preguntó Emma confundida.

- A la estrella fugaz. ¿Le has pedido algún deseo?

- Eh…no me ha dado tiempo. De todas maneras, lo que quiero de verdad es bastante imposible.

- Salir de esta isla no es imposible. Solo…improbable.

- No es eso. Es…algo que podría hacer aquí mismo, en este mismo instante, pero corro peligro de muerte.

Regina soltó una carcajada.

- Adelante. Te reto a que lo hagas, mientras no sea romper la regla que has puesto antes.

Entonces, Emma dudó. Quería besarla, pero… ¿se atrevería? No sabía cómo iba a reaccionar la morena. A lo mejor no le volvía a hablar. A lo mejor la mataba con sus propias manos. Regina le daba señales confusas, a veces llegaba a pensar que a ella también le gustaba. Se debatió unos segundos entre hacerlo y no hacerlo. Pero al fin y al cabo, Regina la había retado, y estaban en una posición perfecta para besarse cómodamente.

- Sabes… - dijo Emma hablando bajito. – Si sobrevivo a esto…podría aguantar mi curiosidad y no preguntarte nada hasta que nos despertemos. – rió. – Si no…al menos moriré siendo feliz.

A Regina no le dio tiempo a responder, los labios de la rubia se dirigían hacia ella, despacio, como si fuera a cámara lenta. Y la anticipación a ese beso hizo que su corazón diera un vuelco. ¿Desde cuándo quería que Emma la besara? ¿Desde cuándo le gustaba? Cuando los labios de Emma tocaron los suyos, todo rastro de pensamiento desapareció. Le gustaba.

Finalmente, se estaban besando, y Emma no podía evitar sentirse sorprendida por el no-rechazo de la morena, a pesar de estar disfrutando un beso como jamás había hecho antes.

- Sabes… - susurró Regina separándose lentamente. – Si me sigues besando así, realmente…creo que mi curiosidad puede esperar a mañana…o a pasado mañana…incluso al mes que viene.