Por adelantado... ¡Que paséis una feliz Nochevieja y una buena entrada de año! Y no os atragantéis con las uvas.
Gracias a Emily, mikaelita-cullen y Feorge-Gred por sus reviews.
En respuesta a Emily: Yo también tengo tendencia a enamorarme de los personajes secundarios (mírame, con lo archifamosos que son los hijos del trío y yo haciendo una historia de los niños de George). Sin embargo, el capítulo anterior era enteramente de Fred y Eleonora. Y siento decirte que en este capítulo tampoco salen mucho. Pero prometo que en el siguiente sabremos de Rox y su admirador secreto. Palabrita del niño Jesús (aunque soy agnóstica...). La madre de Naira Smith es Padma Patil. Oh, y la de Russell Finnigan, Lavender Brown, de paso. Respecto a lo del giro oscuro, quería decir que se ve en este capítulo y el siguiente, no en el anterior. Así que no te preocupes. Fijo que lo pillas. Ah, y lo de Albus/Scorpius: ni fu ni fa. Me parecen cucos, pero prefiero a Scor con Lily, la verdad. A Al ya le buscaré novia.
Bueno, y sin más dilación, aquí está el décimo capítulo de la historia. He de admitir que es flipante lo rápido que hago las cosas cuando me gustan.
Redireccionando
An angel's smile is what you sell.
You promise me heaven, then put me through hell
Chains of love got a hold on me.
When passion's a prison, you can't break free
Bon Jovi-You give Love a bad name
Cuando Jackie se levanta al día siguiente, de lo primero que se da cuenta, aparte de que es temprano y se ha despertado para nada, ya que es domingo y apenas le quedan deberes, es que Eleonora no está en su cama. Se siente tentada de volver a dormirse y quedarse en la cama hasta mediodía, pero decide sacar a la buena amiga que hay en su interior una vez más, de modo que se pone la bata y se dispone a salir del dormitorio.
Recuerda los sucesos del día anterior, y no puede evitar estremecerse al revivir la caída de Fred; ha de admitir que ella fue una de las primeras personas en pensar que se había matado. Se acuerda de que Eleonora apenas podía ponerse en pie cuando la señora Hooch se llevó al muchacho a la enfermería, así como las horas que pasó pegada a ella, convencida de que todo había sido por su culpa. Y la mirada asesina que le dirigió a la señora Pomfrey cuando los echó a todos para que Fred descansase.
Baja las escaleras, esta vez sonriendo. Porque ahora, aunque Eleonora siga negándolo, ya tiene un argumento a su favor: nadie salvo ella, ni siquiera Naira Smith, lloró tanto que los ojos se le quedaron secos.
Entonces descubre a su amiga acurrucada en un sillón cerca de la chimenea y dormida, con la cabeza colgando a un lado. Jackie se da cuenta de que Duna, la mascota de Fred, está aovillada en su regazo. Algo preocupada por el cuello de Eleonora, Jackie se acerca a ella y la sacude para despertarla.
-Déjame, no quiero dar Aritmancia…-murmura Eleonora, pero abre los ojos y enfoca a su amiga-. ¿Jackie? ¿Qué haces?
-¿Y tú?-pregunta Jackie a su vez-. ¿Dónde has ido?
-Estaba… paseando-miente ella. Lo cierto es que se ha quedado toda la noche en la enfermería con Fred, incluso después de que él se quedase dormido de nuevo. Pero Jackie no tiene por qué saber eso. Acaricia el lomo del hurón distraídamente para evitar tener que mirar a su amiga a los ojos.
-Paseando-repite la rubia-. Ya.
No se lo cree. Es imposible que Eleonora haya estado sólo paseando. Jackie la conoce, y sabe de sobra que se siente fatal por lo que le pasó a Fred y que está convencida de que fue por su culpa, pero sabe que, si se lo dice, lo único que logrará es que Eleonora se enfade con ella y que no le hable hasta mañana. De modo que se muerde la lengua y le propone subir a dormir.
-Sí, creo que tienes razón-coincide Eleonora, y tras echar a Duna de su regazo camina hasta su dormitorio con pies de plomo. Jackie suspira, preguntándose qué hacer, y decide vestirse y pasar la mañana con Russell. De modo que sigue a su amiga, y la observa tumbada en la cama boca abajo, respirando de un modo demasiado ruidoso para convencerla de que está dormida.
En cuanto Lucy baja al Gran Comedor, busca a Ben con la mirada. Encuentra a su novio desayunando en la mesa de Gryffindor rodeado por el resto del equipo. Duda unos instantes antes de acercarse. Sabe que ninguno de los golpeadores de Ravenclaw hubiese lanzado esa bludger a Fred de saber las consecuencias de ello (más les vale), pero está segura de que el equipo de quidditch de su primo necesita alguien a quien culpar, y siempre es más fácil cargar con el muerto al adversario. Finalmente, se aventura a ir a la mesa de Gryffindor y se sienta junto a Ben. El muchacho sonríe al verla y le da un beso, y para alivio de Lucy ninguna mirada asesina la taladra.
-Buenos días-la saluda, sus ojos brillantes-. ¿Qué tal?
-Bien-responde Lucy, encogiéndose de hombros. Mira al resto del equipo, deteniéndose en su primo Hugo, que devora una magdalena-. Merlín, Hugo, contrólate.
-¡Cuando estoy nervioso como!-se justifica el pelirrojo; Lucy pone los ojos en blanco.
-Por cierto, ¿cómo está Fred?-pregunta Ben. Inmediatamente, Colin, Russell, Hugo y Alison alzan la vista, interesados. Y Jackie, que bebe su café a pequeños sorbos junto a su novio, también
-No lo sé-admite Lucy-. Iba a verlo ahora, después de desayunar-y coge un pastelito de la mesa.
De modo que los siete muchachos suben hasta la enfermería cuando se llenan el estómago. Para su alivio, descubren a Fred despierto e incorporado con la espalda apoyada en varias almohadas, charlando con Roxanne, que está sentada en los pies de su cama. El muchacho gira la cabeza, envuelta en un turbante de vendas, con curiosidad, para ver de quién se trata, pero tras escudriñarlos aparta la vista. Lucy cree ver decepción en sus ojos azules.
-¡Hola!-lo saluda Ben, que no se ha enterado de nada, y se sienta en una silla-. ¿Cómo estás?
Fred se encoge de hombros, y suelta un resoplido de disgusto.
-La señora Pomfrey me tendrá aquí hasta el miércoles-responde, malhumorado-. Dice que quiere asegurarse de que mis huesos se sueldan bien-refunfuña en voz baja. Roxanne suelta una risita-. Y tú, cállate.
-Hombre, teniendo en cuenta que pensamos que te habías matado, yo creo que eso es un mal menor-opina Lucy.
Fred la mira con curiosidad.
-No se acuerda de nada-aclara Roxanne con un tono entre fastidiado y divertido. Divertido porque ha tenido que explicarle a su hermano tres veces lo que le pasó hasta que se lo ha creído (sobre todo la parte de Eleonora prácticamente histérica; por algún motivo, Fred es bastante reacio a aceptar que la muchacha estuviese tan preocupada por él); fastidiado, porque ella temió realmente por Fred ayer, y no es justo que él ni siquiera lo recuerde.
-Oh-es todo lo que Ben dice.
-Pues una bludger te arreó en la espalda, y luego en la cabeza, y luego te descalabraste-le informa Hugo haciendo gala de un tacto del que su padre estaría orgulloso.
-Y pospusieron el partido-agrega Russell.
-¿En serio?-inquiere Fred, interesado-. ¿Para cuándo?
-Aún no han puesto fecha-responde Ben-. Pero espero que estés bien para entonces-y le da un golpe suave en el hombro. Fred hace una mueca de dolor y se aparta de él, mirándolo con reproche-. ¡Lo siento! No sabía que te dolía.
Fred pone los ojos en blanco.
-No estáis todos-observa, paseando la mirada por sus compañeros de equipo de nuevo-. ¿Dónde está Ellie?-Lucy se percata de lo mucho que le cuesta a Fred mantener un tono despreocupado.
-Durmiendo-interviene Jackie, hablando por vez primera y despegándose un poco de Russell-. No tengo ni idea de lo que hizo anoche, pero está agotada. Tú no sabrás nada, ¿verdad?-pregunta, entrecerrando los ojos con sospecha.
-¿Te crees que no tengo nada mejor que hacer cuando me duele todo que salir por ahí a molestar a esa Black?-replica Fred, entornando los ojos-. Por muy tentador que sea, mi salud también es importante, ¿sabes?
Lucy se termina de convencer en ese momento de que su primo no está tan bien como asegura.
Los días que Fred pasa en la enfermería se pueden contar entre los más aburridos de sus dieciséis (casi diecisiete) años de vida. Sólo ve a sus amigos y familiares por la noche, cuando terminan las clases. Ben sube todos los días a darle los deberes, y de paso le comenta lo que se cuece en el colegio. Así, Fred se entera de que los alumnos de Gryffindor de primero lo consideran una especie de mártir desde el sábado, de que Ellie ha suspendido un examen de Aritmancia y de que Hagrid ha adoptado una nueva mascota, probablemente grande, peluda y potencialmente mortífera.
Sin embargo, aunque se queja hasta la saciedad de lo aburrido que es pasar el día solo, lo cierto es que las largas mañanas en la enfermería le dan tiempo para pensar y reflexionar. Demasiado tiempo; sí, ahí está el problema.
Aún sigue acordándose de lo que le dijo Jackie el domingo: que Eleonora había pasado la noche fuera. ¿Por qué haría algo así? Fred no sabe la hora a la que ella estuvo en la enfermería, pero está seguro de que fueron sólo unos minutos, media hora a lo sumo. Oyó sus pasos; la oyó llegar. Sin embargo, por mucho que busque en su memoria es incapaz de recordar el sonido de los pasos alejarse. Debió de quedarse dormido, agotado como estaba. Pero, ¿qué hizo Eleonora desde que hablaron hasta que Jackie la encontró al día siguiente en la sala común?
Fred se tapa la cara con las manos y cierra los ojos con fuerza. Pensar durante mucho tiempo, y, sobre todo, intentar recordar, ahondar en su memoria tratando de encontrar un recuerdo que sabe que está ahí pero que es inaccesible para él, hace que le duela la cabeza. La señora Pomfrey dice es normal que su cerebro no le permita acceder al recuerdo traumático, que demasiado que se acuerda de cómo se llama y no se ha olvidado de sumar y restar, que no sea tan quejica, y no le preocupa especialmente.
El martes por la noche, la señora Pomfrey, tras examinar detenidamente sus huesos, dictamina que están perfectamente soldados.
-¿Puedo irme?-pregunta Fred inmediatamente, esperanzado.
-No, te irás mañana-replica la enfermera-. ¡Y sin protestas!-añade, al ver que Fred abre la boca para tratar de convencerla. Fred suelta un bufido y ve a la señora Pomfrey ir a su despacho.
Mira el reloj y cierra los ojos de nuevo, tratando de expulsar el dolor de su cabeza. Son las ocho y media; Ben ya debería de estar ahí. Aunque Fred suele decirle que empieza a parecerse a su madre, le agradece muchísimo, a él y a todos los que han ido a visitarle, que le den algo de charla, alguna forma de distraerse. Y, sobre todo, a través de preguntas disimuladas y aparentemente indiferentes, averiguar qué es de Eleonora. Y por qué no ha ido a verlo.
Como si te debiera algo, dice una vocecilla en su cabeza. Lo que tenía que hacer, ya lo hizo. Se sentía culpable porque te descalabraras y te pidió perdón; ya no tiene nada más que hablar contigo.
Pero todos han venido, le replica Fred, desafiante. Y, le guste o no, estamos en el mismo equipo. Lo mínimo que podría hacer es presentarse con los demás, aunque no se digne a decir nada.
A lo mejor, susurra la malévola voz, a lo mejor es que sólo vino a verte por la noche porque le avergonzaba que la vieran hablar contigo. No sería extraño; has sido realmente irritante con ella.
Pero es así como funciona. Uno insulta, el otro se defiende. Y a mí me gusta. Y a ella también, porque si no me ignoraría, trata de argumentar Fred, tratando de no alarmarse.
Ella ha cambiado. Lo sabes. Y temes que haya dejado de gustarle esa forma tuya de expresar afecto.
Fred se gira hasta quedar boca abajo y hunde la cara en la almohada, con la esperanza de asfixiarse. No puede ser. Nadie cambia tanto de la noche a la mañana. Eleonora simplemente está ocupada, no puede ser tan cruel como para ignorarlo así, tan repentinamente. Es la única explicación posible (o en la que menos le duele pensar).
-¿Me puedo sentar?
Fred desentierra la cabeza y ve a Lucy, de pie junto a su cama, mirándolo algo preocupada.
-Sí-responde, y se da la vuelta para quedar boca arriba. Entonces se percata del montón de libros que ha aparecido de la nada en la mesita de noche-. ¿Y eso?
-Tus deberes-responde su prima lacónicamente-. Ben está castigado por no sé qué relacionado con un escarbato, así que me ha pedido que te los traiga.
-Me gustaría ver qué ha hecho-comenta Fred. Lucy se encoge de hombros.
-¿Cuándo te dejará salir la señora Pomfrey?
-Mañana.
-Eso está bien-Lucy se sienta cerca de sus pies, pero rehúsa mirarlo a los ojos-. Por cierto… creo que hay algo que te interesaría saber.
-Ilumíname-replica Fred, sarcástico. Lucy lo mira como preguntando: "¿Estás seguro?"-. Va, Lu. Suéltalo ya.
-Vale… el caso es…-Lucy se muerde el labio y trata de esconder la cara, que se ha encendido sin razón aparente, tras su bufanda azul y plateada-. Esto… Um… Eh...
-Si intentas mostrarme todos los ruiditos inútiles que pueden hacerse con la boca, mejor no te molestes-dice Fred, exasperado por el contraste entre la cantidad de sonidos y la de información aprovechable que emite su prima-. ¿Tan malo es?
-Eleonora Black y Paul McLaggen están saliendo-dice Lucy de un tirón.
Durante unos momentos, la enfermería se queda totalmente en silencio. Luego…
-¿Que ese gorila QUÉ?-exclama Fred, levantando la voz y sobresaltando a Lucy-. ¿Cómo se atreve a acercarse a ella? Lo voy a matar, y luego me haré un bocadillo con su carne, y como vuelva a verlo cerca de Ellie lo…
-Fred, te acabo de decir que están juntos, no que él la haya violado ni nada por el estilo-lo interrumpe Lu, que ha retrocedido ante el repentino arranque de furia de su primo.
-Es coña, ¿verdad?-pregunta Fred, aunque la voz le tiembla. La vocecilla desdeñosa de su cabeza le susurra un Te lo dije malicioso. Lucy se muerde el labio-. Dime que estás de broma-no puede evitar que su voz sea suplicante. Su prima lo mira a los ojos y niega con la cabeza.
Al menos de momento, Fred no recuerda absolutamente nada del accidente por el que lleva cuatro días en la enfermería, pero está entera, absoluta y completamente convencido de que debió de dolerle un millón de veces menos que esto. No le cabe en la cabeza que Eleonora, su Ellie, la niña lista y mordaz a la que nunca soportaba, la adolescente hermosa que le devolvió el beso con furia durante aquel castigo, la mujer con la que se escapó tantas veces del castillo para hacer el amor a escondidas, esté con otro. Por eso no ha venido, comprende de repente. No quiere que la gente siga insinuando que estamos juntos. De alguna forma, sabe que se lo ha buscado. Si él hubiese hablado con ella antes, si le hubiese dicho seriamente lo que siente por ella, en lugar de llamarla por ese apelativo que tanto odia y meterse con ella por los pasillos cada dos por tres, quizá, quizá hubiese tenido una segunda oportunidad. Ahora sólo le queda ver cómo ella se pasea de la mano de otro por los jardines del castillo y se besuquean en la sala común. Con McLaggen, piensa con una furia provocada por los celos.
-Fred…-oye a Lucy llamándolo con dulzura, aunque le parece que está muy lejos-. ¡Fred!
Lo coge de los hombros y lo sacude para hacerlo volver a la realidad. Fred parpadea, luchando por no ahogarse en la marea de sentimientos dolorosos y confusos que lo recorre por dentro poniendo patas arriba cada rincón de su mente, y sus ojos azules logran enfocar a su prima.
-¿Qué?
-¿Estás bien? Te has quedado como ido…-explica la muchacha. Fred baja la vista-. Oh, Fred-suspira-. Lo siento mucho, de verdad.
Fred alza la cabeza para enfrentar a su prima, y con la mirada fija en un punto situado bajo su barbilla dice en tono monocorde:
-No lo sientas. Me da igual.
Lucy frunce el ceño. No puede creerse que, después de todo lo que ha pasado, Fred intente seguir negando lo innegable. Empieza a comprender por qué Eleonora tiene la costumbre de pegarle cada dos por tres.
-Fred, no te da igual, y lo sabes.
-¿Por qué me lo has dicho?-pregunta él, en parte para cambiar de tema. Por primera vez en su vida, entiende a lo que se refiere su padre cuando dice que la ignorancia hace la felicidad.
-Bueno, pensé que sería mejor que lo supieras de antemano en vez de encontrártelos de sopetón-explica Lucy-. ¿Seguro que estás bien? Estás muy pálido.
-De maravilla-responde Fred con voz neutra. Aún sin mirarla, coge el libro que hay en la cima del montón que su prima le ha traído y lo abre-. Ahora, si no te importa, tengo que hacer deberes.
Lucy lo observa con tristeza. Aunque es un buenísimo mentiroso, ni siquiera Fred puede evitar que la verdad se pinte en sus ojos. De modo que se levanta, le da un beso en la mejilla y sale de la enfermería en silencio.
Si Eleonora es completamente sincera, aún no está segura de cómo exactamente ha acabado en esa butaca de la sala común besándose con Paul McLaggen. Y lo que es más importante: por qué ha dejado pasar que tirase a Fred de la escoba en las pruebas de quidditch.
Bueno, en realidad, sí lo sabe, lo que no entiende es qué demonios pasa con su cabeza. Merlín, ella está enamorada de Fred desde mucho antes de que se besaran por vez primera; de hecho, no está segura de en qué momento el muchacho dejó de parecerle un crío irritante y comenzó a adorar en secreto (tan en secreto que sólo lo sabía su subconsciente) su insolencia.
Cree que todo empezó el lunes, cuando volvía a la sala común y decidió pasar por la enfermería. Sólo para asomarse y asegurarse de que Fred estuviese bien. Sin embargo, cuando estaba en el cuarto piso, vio que McLaggen se había quedado atascado en uno de los escalones falsos. Riéndose para sí, ella lo había ayudado. Y él le había pedido que la acompañase a la sala común. Eleonora quiso negarse, pero cuando decidió hablar se encontró los labios de él sellando los suyos propios. Y entonces él se lo propuso. Y Eleonora, cuyo cerebro estaba de paseo (probablemente, en algún lugar cercano a la enfermería), dijo que sí sin ni siquiera pensarlo.
Se arrepiente de haberlo hecho, pero sabe que hará daño a Paul si se lo dice. Ey, tengo que comentarte que no quiero seguir contigo porque quien realmente me gusta es Fred Weasley. No, no sería una conversación agradable. Además, la inquieta el no haber visitado a Fred ni una sola vez desde la primera noche que el muchacho pasó en la enfermería, pero es que Paul parece quererla para él sólo. Y pensar en Fred hace que le surja otro pensamiento.
Eleonora sólo ha besado a otra persona en su vida (sin contar aquel pico que le dio una vez un compañero de clase cuando tenía siete años), y ése es Fred. Y quizá no sea lo más correcto, pero no puede evitar comparar. Es cierto que los besos de Paul denotan bastante más experiencia que los de su ex novio, pero Eleonora añora la fuerza y la picardía que imprimía Fred cada vez que sus labios se juntaban. Era como comunicarse con él, pero sin emitir sonido alguno. En cambio, tiene la impresión de que Paul la besa casi con desgana, de tanta dulzura como muestra. O quizá es ella la que se mueve por inercia sin poner ningún interés.
-Te voy a matar-le aseguró Eleonora en cuanto Stewart cerró la puerta para dejarlos solos.
-¿A mí?-inquirió Fred, acercándose a ella para coger el trapo que la profesora le había dado-. ¿Y eso?
-Por tu culpa, imbécil, estoy castigada, y van a escribir a mis padres.
-¿Mi culpa? ¿Te recuerdo quién ha reventado el caldero?-replicó Fred, arrancándole un trapo de las manos con brusquedad.
-¡Has puesto todas mis cosas rosa chicle!-protestó Eleonora-. ¡No esperarías que me quedase sin hacer nada!
-No sería mala idea-replicó Fred-. Así, al menos no estaríamos castigados-aunque no parecía molesto por el castigo en sí, sino por su compañera.
Eleonora se quedó callada, viendo cómo el muchacho tarareaba una canción y se iba a la mesa más cercana. Rabiosa, se acercó a la contigua y empezó a frotar la madera intentando quitar la mancha azul brillante de la poción. Durante unos minutos, sólo se oyó el ruido de los trapos, interrumpido por algún resoplido o la salpicadura del agua cada vez que tenían que enjuagarlo.
Eleonora observó, satisfecha, su mesa inmaculada. Se acercó hasta donde habían puesto el cubo, en el centro de la clase, pero descubrió, para su sorpresa, que no estaba ahí.
-¡Weasley!-tronó. Fred, que en ese momento limpiaba uno de los bancos, alzó la cabeza.
-Dime, mi vida-replicó en tono sarcástico. Sus ojos azules relucieron con malicia.
-¿Dónde has puesto el cubo?
-Me lo he traído aquí; no me apetece tener que estar moviéndome todo el rato, cariño mío.
-Ya-ignorando sus intentos de enternecerla (o quizá de enervarla aún más, no estaba muy claro), Eleonora se acercó a él y cogió el cubo de agua, que gracias a un hechizo se rellenaba y mantenía el agua limpia para, al menos, ahorrarles tener que ir a cambiarla cada dos por tres. Eleonora tenía que admitir que había sido todo un detalle de su profesora de Pociones. Se lo llevó a la otra punta del aula con ella y se dispuso a limpiar otra mesa-. Pues yo también lo necesito-anunció en voz alta.
Concentrada en su trabajo, no se dio cuenta de que el otro susurro del trapo había cesado. Sólo cuando, tras casi media hora, se acordó de remojar el suyo y oyó el silencio, alzó la vista por encima de la mesa para ver dónde estaba Fred, y lo más importante, si estaba o no haciendo su trabajo. Eleonora no pensaba fregar todo ella sola, no señor. Para su sorpresa, el último lugar en que había visto a Fred estaba vacío. Frunció el ceño, extrañada, y miró alrededor; no estaba por ningún lado.
A lo mejor se ha escaqueado, pensó. Bien, pues fregaré mi mitad y le diré a Stewart que se ha largado.
De modo que se dispuso a enjuagar el trapo; pero, para su sorpresa, descubrió que el cubo no estaba junto a ella. Se giró en redondo, sin éxito alguno en localizarlo.
-¿Buscas esto?
Eleonora se dio media vuelta para encontrarse a Fred Weasley a medio metro de ella, con el cubo en la mano y una expresión francamente preocupante en el rostro. Eleonora comprendió que debía de haber estado escondiéndose bajo las mesas para evitar que ella lo viera.
-Dámelo-ordenó, tendiendo el brazo.
-¿Y si no me da la gana?-replicó Fred, sonriendo con malicia, y alejó el cubo del alcance de Eleonora.
-Weasley… o me lo das o te juro que…
-¿O qué? ¿O qué, Ellie?
Eso era demasiado. Enfadada, Eleonora le dio un puñetazo en el hombro.
-Fred, DÁ-ME-LO-exigió, dando un paso hacia él y separando las sílabas-. Ya.
Fred suspiró.
-Está bien, si insistes…-Eleonora tendió el brazo, satisfecha, pero Fred tenía otros planes. Alzó el cubo por encima de sus cabezas y se lo vació encima enterito-. Aquí tienes.
Hubo un segundo en que Eleonora no fue capaz de reaccionar. Se estaba quedando helada; en pleno diciembre, en las mazmorras y chorreando agua, empezó a tiritar. Se apartó el pelo empapado de la cara y miró a Fred con odio.
-Corre-le aconsejó-. Si aprecias en algo tu vida.
La sonrisa de Fred era tan grande que casi no le cabía en el rostro.
Echó a correr por toda la clase, dejando el cubo en una de las mesas con un ruido metálico. Su risa resonó por la mazmorra. Eleonora, que no corría tanto como él pero (obviamente) tenía el doble de cerebro, se las ingenió para dejarlo atrapado entre la pared del aula y dos mesas (una de ellas, con el caldero de agua, que se había rellenado solo, aún encima). La muchacha sonrió con placer vengativo, cogió el cubo y se lo echó por encima igual que él acababa de hacer con ella. Empapado, Fred sacudió la cabeza para apartarse el flequillo de la cara, salpicando a Eleonora, y la miró con tal fiereza que la muchacha hubiese retrocedido de no ser por su deseo de imponerse a él, de ser la más orgullosa de los dos.
-Te vas a enterar-siseó.
Por primera vez, su tono hizo sentir a Eleonora algo parecido al temor. No es que tuviese miedo de Fred Weasley (ni mucho menos), pero sabía que era jodidamente ingenioso cuando de revanchas se trataba. Echó a correr, oyendo los cercanos pasos de Fred por detrás.
Derecha… no, ahí estaba él. Izquierda… mierda, había puesto dos mesas para bloquear su huida. Eleonora se encontró encerrada en una trampa parecida a la que ella había hecho caer al muchacho. Pegó la espalda a la pared y lo miró desafiante, sin dejar que su expresión demostrase lo idiota que se sentía; seguía empapada, pero correr la había ayudado un poco a entrar en calor. Miró alrededor de nuevo, buscando una vía de escape, pero la única que había estaba bloqueada por Fred.
Antes de que se diera cuenta, el muchacho avanzó hacia ella hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros; de haber querido, Eleonora podría haber contado las pecas que tenía bajo su empapada piel morena. Sin embargo, un escalofrío que nada tenía que ver con el agua helada la recorrió de arriba abajo, y la muchacha se pegó aún más a la pared.
-No te acerques-le advirtió a Fred.
-No me digas que ahora te doy miedo-replicó él con sorna, sonriendo.
-Mira, déjate de tonterías y…-empezó Eleonora, empujándolo para que se apartara, pero Fred le sujetó las muñecas y las guió hacia la pared, de forma que quedaron por encima de su cabeza.
Inexplicablemente, se sentía turbada por la cercanía del muchacho. Eleonora nunca había temido a Fred; lo detestaba, sencillamente. Pero nunca había sentido nada parecido a ese escalofrío que, no obstante, hacía que le ardiese la piel. Sobre todo sus muñecas. Intentó liberarse, sin éxito; Fred tenía más fuerza que ella, y apenas se inmutó por sus esfuerzos. Inmovilizada y sin muchas posibilidades para escaparse, Eleonora no pudo más que observarlo, fijarse en el contraste de su piel morena con sus inmensos ojos azules, las gotas de agua que caían desde su pelo castaño…
-Eres idiota, ¿lo sabías?
Eleonora se obligó a interrumpir su exploración de los rasgos de Fred para escuchar cómo la insultaba.
Fred la estaba viendo como nunca antes. Su pelo negro se pegaba a sus mejillas pálidas, y sus ojos habían adoptado un tono cobrizo que no recordaba haber visto antes en ellos. Lo miraba desafiante, con las manos cerradas en puños, y, sin embargo, a Fred lo invadió una profunda ternura al ver lo pequeña y vulnerable que parecía, ahí, empapada, casi una cabeza más baja que él, con sus expresivos ojos. Incluso a pesar de su jersey, Fred pudo percibir fácilmente que tenía bastante frío.
-Tú eres un completo imbécil y no te lo digo día sí y día también-replicó Eleonora, sin amedrentarse. Fred apretó los puños alrededor de sus muñecas, lastimándola-. Me haces daño. Suéltame.
-No.
Eleonora trató de soltarse con más ímpetu; definitivamente, no le gustaba el rumbo que estaba tomando la situación, y la asustaba la forma en que la miraba el muchacho, con un brillo irreconocible en la mirada. Pero, a la vez, se sentía segura a su merced. Asustada y segura a la vez. Curioso, desde luego. Se debía de estar volviendo loca.
-Fred, suéltame-le pidió. Algo en su interior se removió, susurrando que no era eso lo que deseaba realmente.
Por un momento, Eleonora creyó que Fred le había hecho caso por primera vez en su vida. Desde luego, dejó de hacer tanta fuerza con las manos, permitiendo que sus muñecas pudieran relajarse. Una fracción de segundo después, sin embargo, lo que Eleonora sintió fueron los labios del muchacho, húmedos y calientes, luchando con fiereza contra los suyos.
Al principio, intentó apartarse. Sin embargo, Fred la tenía arrinconada contra la pared, sujetándole los brazos, así que no tenía escapatoria. Eleonora estaba ahora realmente asustada. Pero no de Fred, sino de ella misma. No se reconocía. ¿Qué diablos estaba pasando? Ella odiaba a Fred Weasley y Fred Weasley la odiaba a ella, eso estaba claro. Entonces... ¿qué hacía aprisionándola, arrebatándole la respiración…robándole un beso? ¿Robándole su primer beso en condiciones?
Entonces notó algo más que los labios de Fred. Notó su lengua tratando de abrirse paso y a la vez explorando cada recoveco de sus labios.
Y se abandonó al beso. Relajó la mandíbula y dejó a Fred explorar su boca, juguetear con su lengua, tratando de que la suya le molestase lo menos posible. Cálidos escalofríos la recorrían de arriba abajo. Merlín, ¿qué le estaba pasando? Decidió que no le importaba cuando Fred se separó de ella medio segundo, el tiempo justo para que pudieran coger aire, y sonrió cuando notó que mordía su labio inferior.
Fue en ese momento cuando se percató de que, si quería huir, ahora era el momento. Fred parecía haberse olvidado de sujetarla para que no se le escapara; tenía una mano en su cintura y otra enredada en su cabello mojado.
Pero Eleonora no huyó. Rodeó el cuello de Fred con los brazos, cerró los ojos y trató de pegarse a él lo más posible; sentía que toda distancia era un problema. Quería a Fred junto a ella; quería que Fred fuese una parte de ella.
No supieron cuánto duró el beso. Sólo que, cuando se dieron por satisfechos, Eleonora resbaló por la pared hasta quedar sentada en el suelo y Fred se dejó caer junto a ella. Se miraron y se echaron a reír.
Realmente debían muchas explicaciones al otro.
Fred va solo a la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas cuando sale de la enfermería. Realmente, no le apetece ir; sabe que inevitablemente se encontrará con Naira, y no le apetece tenerla toda la hora enroscada alrededor de él. Aprecia a la chica, de verdad; pero no sabe cómo va a terminar con ella. La última (y única) vez que rompió con alguien, fue la otra persona la que expuso su decisión. Él sólo tuvo que mostrarse de acuerdo. Duda mucho que Naira vaya a mostrarse pacífica, y no sabe muy bien por qué ha abandonado la enfermería si probablemente va a volver en cero coma.
Como había supuesto, la Hufflepuff está ahí, con sus compañeras (no amigas; Fred sabe que no le caen lo que se dice bien). En cuanto lo ve, Naira corre hacia él y le planta un beso en los labios. Fred se lo devuelve con desgana; espera que coja las indirectas. Luego se acerca a Hagrid, que en esos momentos sale de detrás de su cabaña.
-¡Eh, Hagrid!-lo saluda, sonriendo. Es difícil no hacerlo con el semigigante cerca.
-¡Vaya, chico!-exclama el guardabosques, dándole un abrazo tan fuerte que Fred teme por sus huesos recientemente recompuestos-. Veo que estás mejor. ¡Menudo susto nos diste!
Fred pone los ojos en blanco. ¡Si ni siquiera se acuerda! No es necesario que la gente lo mire como si fuese una especie de semidios.
-¿Qué vamos a hacer?-pregunta, ilusionado.
Hagrid sonríe, y se dirige a toda la clase para anunciar, radiante de alegría:
-¿Os acordáis de los escregutos de cola explosiva? ¡Han tenido crías!
Fred se arrepiente al instante de haber preguntado.
Cuando termina la hora, Fred alcanza a Naira, que sube de vuelta al castillo. La coge del codo y la aparta del camino para evitar oídos indiscretos.
-Fred, ¿qué pasa?
-Esto…-Fred se muerde el labio. Lamenta lo que va a hacer, de verdad que sí; Naira es realmente muy buena persona, después de todo, y él no quiere hacer daño a nadie. Pero no le queda más remedio-: Naira, he estado pensando que… bueno, que creo que deberíamos… esto…
-Me estás dejando-no es una pregunta. Fred la mira boquiabierto; luego asiente con la cabeza. La muchacha aparta la vista, tratando de ocultar sus ojos anegados en lágrimas-. Ya lo sabía.
-¿Lo sabías?-repite Fred, extrañado.
-Tú no me querías a mí. Nunca me has querido. Lo único que buscabas era una sustituta de ella, y pensaste que yo serviría.
Fred se siente realmente mal; había esperado que la muchacha le gritase, pero no eso. No quiere hacer llorar a Naira, no se lo merece.
-Oye, yo… lo siento. No te he usado ni…
-Sí lo has hecho-lo contradice ella, y vuelve a mirarlo a los ojos. Una lágrima desciende por su mejilla-. No con intención de herirme, pero lo has hecho. Y, ¿sabes? La culpa es mía. Por pensar que realmente podría sustituirla.
Fred no sabe qué decir; es tan sincera que ya lo ha dejado todo dicho por él.
-Realmente, Naira, eres una persona genial-balbucea; tiene la impresión de que son las palabras más vacías que ha dicho en su vida y, sin embargo, lo piensa de verdad-. Seguro que hay por ahí alguien mejor que yo.
Naira sonríe y parpadea para evitar que nuevas lágrimas escapen de sus ojos.
-Supongo que lo habrá. Sabes… realmente te quiero. Pero ella llegó antes. Y yo creí que podía hacer que la olvidaras.
-Lo siento-murmura Fred de nuevo.
Naira lo abraza con fuerza.
-Bueno, de alguna forma, ha estado bien-comenta, y se limpia las lágrimas-. Me voy, llego tarde.
Fred la ve alejarse. Se muerde el labio, sintiéndose ligeramente culpable por haberla hecho llorar. Sin embargo, sonríe tras unos minutos.
Siente que está redireccionando su vida. Aunque no tiene ni la menor idea del rumbo que está tomando. Sólo espera que acabe llevándole hasta Ellie.
Notas de la autora: Quería mostrar el primer beso de estos dos, así que voilà!
Feorge-Gred tachó a Naira Smith de zorra en un review. No os confundáis, lo que pasa es que está enamorada de Fred, y tenía que aprovechar su oportunidad para conquistarlo. Pero ha sabido ver que tenía la lucha perdida y ha dejado el camino despejado; seguro que encontrará a alguien que la quiera (y cuando digo seguro, es que lo voy a hacer). En un par de capítulos os puedo asegurar con absoluta certeza que odiaréis mil veces más a otro/a personaje/a (?).
Y repiiiito, aunque peque de pesada. El capítulo 12… (música de película de miedo).
En fin, volviendo al capítulo presente... ¿Qué os ha parecido?
