Capítulo 10
Edward se había imaginado un sinfín de escenarios diferentes cuando se propuso buscar a Bella, pero aquél había logrado sorprenderle. Se frotó la nuca con gesto ausente, murmurando una disculpa a los clientes que lo miraban sorprendidos y a la mujer que parecía empeñada en echarlo de allí.
—No he venido a comer —insistió.
Aunque no le habría sentado nada mal una buena comida. Había perdido tres kilos en el último mes sencillamente porque se olvidaba de comer. Había perdido el apetito. Sobrevivía día tras día, confiando en poder superar aquella mala racha. Cuando llegara un momento en que pudiera dejar de pensar en Bella a cada segundo y todo volviera a la normalidad.
Pero, en lugar de ello, el transcurso del tiempo solamente parecía servir para agudizar aún más sus sentimientos por ella. Hasta su hermano le había dicho un día:
—Dios mío, Edward, estás empezando a tener aspecto de enfermo. Y, francamente, estás empezando a ponerme enfermo a mí.
Aquella mañana, en el comedor, Jasper se había quedado mirando cómo Edward apartaba el plato del desayuno para beberse solamente el café.
—De acuerdo, lo entiendo. Para ti no fue solamente una cuestión de sexo —le había dicho mientras partía enérgicamente su tostada—. Ojalá pudiera decirte que me alegro, teniendo en cuenta que por tu culpa perdimos ese maldito contrato con Vulturi, pero… no es cierto. Aunque, bueno… la verdad es que verte sufrir de esta manera ayuda un poco.
—Vaya, gracias…
—Oh, por el amor de Dios, vete a buscar a esa mujer de una vez —había rezongado Jasper—. Sólo de verte así me entran ganas de abrirme las venas.
Edward se lo había quedado mirando emocionado. Y Jasper se había limitado a sonreír.
—Bueno, ¿a qué estás esperando? En la oficina estás fatal, pero en casa pareces una fantasma. Haz algo ya mismo al respecto, o lo haré yo.
Hasta ese momento, Edward no había reaccionado. Y no precisamente porque su hermano le hubiera prohibido salir a buscar a Bella. No, había sido otra cosa. Un dolor que no había hecho más que aumentar desde que ella lo despachó en la puerta de la iglesia, cuando se negó a marcharse con él.
—¿Y si no me quiere? —le había preguntado a Jasper, después de aclararse la garganta.
Su hermano había soltado los cubiertos bruscamente sobre el plato, con gran estrépito.
—Bueno, eso no lo sabrás hasta que no vayas a verla, ¿no te parece?
A pesar de sus miedos, aquellas palabras habían encendido en su pecho una chispa de esperanza. Una esperanza que había motivado la cadena de acontecimientos que lo habían llevado a aquel restaurante de las afueras de Seattle.
Durante aquel último mes, Jasper se había mostrado insufrible. Abortados todos los planes por culpa de Edward, habían tenido que empezar de cero. No habían conseguido ayuda del gobierno. Los esfuerzos para conseguir financiación de otras compañías se habían revelado inútiles. Y los repetidos intentos por contactar con la gente de Vulturi habían terminado en la amenaza de una denuncia ante los tribunales.
Edward se había consagrado a intentar arreglar la situación. Había volado por todo el país, entrevistándose con banqueros e inversores, y cada reunión había sido peor que la anterior. Nadie se había mostrado interesado por ayudar a una pequeña población maderera en crisis.
Afortunadamente su familia seguía viviendo bien, manteniendo un buen estilo de vida y empleando al mismo tiempo a más gente de la realmente necesaria para cubrir los gastos de la propiedad. Situación diferente era la del resto de la población. Y, más que nunca, Edward se sentía personalmente responsable de sus apuros y de sus esfuerzos por sobrevivir.
Si no se hubiera enamorado de Bella, si se hubiera controlado y hubiera dejado que se casara con Vulturi, habrían podido cerrar el trato. A esas alturas la empresa habría podido empezar a fabricar los nuevos paneles solares, dando trabajo a los habitantes del pueblo. Primero, a los trabajadores de la construcción; y después, a los obreros desempleados de la antigua maderería.
Ahora, sin embargo, aquellos planes se encontraban en situación de estancamiento indefinido. Todo por culpa suya. Aun así, la más resentida de todos parecía ser la furiosa mujer que tenía delante en aquel momento.
—Necesito hablar con ella.
—Yo creo que has hablado bastante —Renee Swan se negaba a ceder—. Vete. Aquí no tienes nada que hacer.
Edward echó un vistazo al interior del humilde restaurante. Una gran mampara dividía en dos el espacio del comedor. Quizá para esconder los desperfectos, porque el local necesitaba urgentemente una buena reparación y un conveniente remodelado, pese a que estaba perfectamente limpio. O quizá habían tenido que restringir el servicio. No veía a ninguna otra trabajadora, así que quizá estuvieran bajo mínimos.
No había tardado mucho en localizar el restaurante. O. mejor dicho, a la familia de Bella. Un restaurante en servicio durante más de un cuarto de siglo rara vez pasaba desapercibido. Había encontrado varias noticias de prensa y entradas de Internet con fotografías del difunto padre de Bella.
Y después se había topado con la noticia del compromiso matrimonial con el magnate griego. También había descubierto que la casa familiar estaba a punto de ser embargada, y que si no lo había sido ya no era por falta de ganas del vengativo Aro. Dos semanas atrás, el restaurante había vuelto a abrir pero con un servicio limitado.
Había imaginado que ése sería el mejor lugar donde buscarla. Un lugar público.
Pero en aquel momento se estaba arrepintiendo de ello.
Si iba a sufrir un nuevo rechazo, ¿realmente quería que fuera en una sala llena de desconocidos?
Por supuesto, puestos a elegir, habría preferido que lo rechazara ella, y no su madre.
—Bella —llamó, estirando el cuello para asomarse detrás de la mampara, y luego por la ventana de la cocina.
—Ella no quiere verte —insistió Renee al tiempo que lo empujaba hacia la puerta.
—Me gustaría escuchar eso de sus propios labios, si no le importa —y le sujetó suave pero firmemente las manos, para evitar que continuara empujándolo—. ¡Bella!
Los clientes habían dejado de disimular para quedárselo mirando estupefactos.
—¡Bella!
No le pasó desapercibido el matiz de desesperación de su voz. Finalmente, se abrió la puerta de la cocina para dejar paso a la mujer cuyo recuerdo había obsesionado sus días y sus noches durante todo aquel último mes.
Y el simple hecho de verla le hizo temer que pudiera seguir obsesionándolo durante el resto de su vida…
Bella había corrido hacia la puerta de la cocina: cualquier cosa con tal de evitar el escándalo que había amenazado con montarse en el comedor. Pero en el instante en que su mirada se encontró con la de Edward, se vio transportada a aquella isla del Egeo que tan lejana e inalcanzable le parecía ahora. Y casi pudo oler las gardenias y saborear la sal del mar en los labios cuando se los humedeció con la lengua.
Dándose cuenta de que todavía llevaba puesto el delantal, se apresuró a quitárselo.
—Ya me encargo yo de esto, madre —le dijo con firmeza.
Renee abrió varias veces la boca para oponerse. Pero Bella le entregó el delantal y tomó a Edward del brazo para llevárselo fuera.
Hacía un día radiante y luminoso, cosa rara en Seattle. Bella se estremeció, sin saber si se debía al tiempo o a la cercanía de Edward. ¿Era posible que su presencia le afectara aún más poderosamente que antes? ¿Acaso las nuevas circunstancias y el tiempo transcurrido habían amplificado lo que habían compartido en la isla, volviéndola incluso más vulnerable?
Se volvió para mirarlo, y descubrió sus mismos caóticos sentimientos reflejados en su hermoso rostro. El corazón se le disparó a toda velocidad.
—Estás preciosa —le dijo en voz baja, cautivándola con la mirada.
Bella tragó saliva y se secó las palmas húmedas de sudor en los pantalones negros. A duras penas se contuvo de quitarse la sencilla cinta de color verde que le apartaba el cabello de la cara.
—No es verdad.
—Claro que sí —sonrió.
Y de pronto, se sintió realmente hermosa. Al menos pudo verlo en sus ojos. Y su reacción fue tan intensa como abrumadora. Lo había echado de menos. Algo increíble, teniendo en cuenta que apenas había tenido tiempo para llegar a conocerlo bien. O quizá lo que había echado de menos había sido aquella sensación de ser… especial. Como si todo lo que necesitara en el mundo estuviera allí, en sus ojos. Como si aquel nombre tuviera su corazón en la palma de su mano, y ella confiara plenamente en él para que se lo guardara.
Antes de que ella pudiera evitarlo, Edward ya la estaba besando. Ávida, vorazmente, envolviéndola con todo su cuerpo como si hubieran vuelto a casa después de una cita nocturna, y su lógico destino fuera el dormitorio.
Pero no estaban en la intimidad de su casa: estaban en plena calle, delante del restaurante. Un conductor tocó la bocina a su espalda, mientras el tráfico se multiplicaba por momentos.
Bella se apartó, jadeante, y apoyó la nariz en su barbilla.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que no había sido el exótico escenario griego lo que había inspirado su atípico comportamiento de un mes atrás. No, aquellos sentimientos habían sido obra de un solo hombre, el mismo que tenía delante.
—Lo siento —se disculpó él—. No era mi intención hacer esto, yo…
Bella alzó la mirada hacia él.
—¿Ah, no?
—Bueno, claro que quería hacerlo… —sonrió—. Y sigo… queriéndolo.
Bella pensó en todo lo que había sucedido durante el último mes. Era extraño que todo pareciera tan distinto ahora que tenía a Edward delante. Como si no tuviera tanta importancia.
—Yo…
Bella esperó. Y lo animó a continuar.
—Dime. Tú…
—Maldita sea, Bella. Estas últimas semanas han sido un verdadero infierno. No poder verte, ni tocarte… Intenté convencerme de que se me pasaría. Que lo que había sucedido en Grecia… que lo que había sucedido entre nosotros sólo era un sueño del que pronto me despertaría.
Bella no lo dudaba; ella había sentido lo mismo.
—Sexo.
—¿Perdón? —inquirió ella.
Edward volvió a sonreír.
—Pensé que todo se reducía al sexo. Mis problemas para olvidarte, quiero decir.
Bella desvió la mirada.
—Tendrás que reconocer que aquella noche conmigo fue increíble.
Se mordió el labio. Todas las noches se había despertado anhelándolo, ansiosa de abrazarlo… sólo para descubrir que no estaba.
—Pero esto… lo que estoy sintiendo ahora… no tiene nada que ver —continuó él.
Bella lo miró extrañada.
—Bueno, claro que tiene que ver. Pero no es sólo eso. Como te dije, intenté convencerme a mí mismo de que lo nuestro no había sido más que una aventura fugaz, de una sola noche. De que el sexo había sido tan maravilloso precisamente por lo excepcional de las circunstancias. Me refiero a que apenas nos conocíamos…
Los coches continuaban pasando al lado, el mundo continuaba girando. Pero Bella sólo tenía ojos para él.
—Ahora, sin embargo, he terminado comprendiendo que… bueno, el sexo fue tan increíble porque… oh, diablos, me estoy haciendo un lío.
Bella le tomó las manos.
—Continúa.
La miró a los ojos como si pudiera encontrar el coraje necesario en ellos.
—Tú eres la mujer de mi vida, Bella. Estamos hechos el uno para el otro. Por eso aquella noche fue tan memorable. Por lo que no puedo olvidarte —clavó una rodilla en tierra—. Y por lo que no quiero pasar una sola noche más sin ti.
Sonó otra bocina. Bella intentó obligarlo a levantarse.
—¿Qué estás haciendo?
—Me estoy declarando, Bella. ¿Te casarás conmigo?
¿Casarse con él? No habría podrido sorprenderla más si le hubiera presentado dos billetes de avión de primera clase con destino a Grecia. Y tampoco habría podido hacerla más feliz. Pero…
Estaba hablando en serio. Realmente quería casarse con ella.
Entonces, de repente, lo entendió todo. Se había pasado el último año intentando convencerse de que conocía a Aro. Había construido su vida a partir de lo que había terminado revelándose como un espejismo. Y se había persuadido a sí misma de que el cariño que había sentido por el magnate podía acabar convirtiéndose en amor.
Pero luego apareció Edward. Y entonces se enamoró. Verdadera, locamente. Profundamente.
—No —le dijo.
Se la quedó mirando asombrado.
—Y levántate antes de que mi madre salga para perseguirte con una escoba.
—¿No? —se levantó por fin, cediendo a su insistencia.
—No.
De repente parecía tan abatido que hasta le entró pena de verlo así.
—No… ahora. Ahora no.
Esa vez fue él quien se quedó sin habla.
—Te amo, Edward. Ahora lo sé. Pero hace un mes, creía que quería a otra persona. Con la que estuve a punto de casarme.
—Pero te casarás conmigo —adivinó él.
—No. Ahora no —sonrió.
—Quizá la semana que viene.
Bella intentó poder orden en sus pensamientos. Y en sus sentimientos.
—Mira, no quiero volver a dejarme avasallar por nadie. Ni dejar que me rescate tampoco nadie. Sólo quiero que me quieran. ¿Podrás hacer eso por mí? ¿Podrás amarme? ¿Sólo amarme? ¿Sin expectativas ni promesas que cumplir?
Edward se quedó callado durante un buen rato. Ella temió que fuera a darle un ultimátum: o se casaba con ella o nada. Sin término medio.
Hasta que esbozó una lenta sonrisa.
—Depende.
Una condición. No le gustaba cómo sonaba eso. Se dispuso a retirar las manos, pero él se las retuvo con fuerza.
—No me refiero a lo de amarte. Mi amor ya lo tienes, Bella. Siempre lo tendrás.
Escuchándolo, se sintió como si de repente le hubieran brotado alas del corazón. Alas doradas.
—Depende de si tu propuesta incluye… —continuó él—, mucho más de ese sexo increíble que hemos compartido.
La alegría que le estalló a Bella en el pecho no podía compararse con nada de lo que hubiera experimentado antes. Se lanzó a sus brazos y lo besó emocionada.
—Eso no hacía falta ni decirlo —susurró.
Edward le devolvió el beso apasionadamente, apretándola contra su pecho.
—Entonces podré esperar todo el tiempo que quieras.
Qué estúpida había sido, pensó mientras el deseo corría como un torrente de lava por sus venas. Había creído que lo que necesitaba era una bonita ceremonia y un precioso vestido de novia…
Cuando lo único que había necesitado era un hombre como aquél.
Y obtuvieron su feliz para siempre…
Los cuentos de hadas siempre terminan bien porque nunca son fáciles. Bella y Edward aprendieron de la manera más dura posible que el amor, el amor verdadero, casi siempre se presenta acompañado de sacrificios y difíciles elecciones. Y que es capaz de acceder a la fortaleza de tu corazón cuando más ocupada estás haciendo otros planes.
El amor no es algo que pueda ser planificado o manipulado: es un regalo de los dioses que exige una rendición completa y absoluta. Una puede optar por ignorarlo, negarlo y fingir que no existe porque la ocasión no es la adecuada, o porque otros se oponen a él: en ese caso, el castigo decretado por los dioses será terrible. Pero por muchas que sean las promesas que tengas que romper, o los imperios que tengan que caer, si eres lo suficientemente valiente para entregarte a un amor para toda la vida… entonces ese amor se convertirá en tu eterna recompensa.
Fin
Buenos mis queridas lectoras ha llegado el final espero que alla sido de su agrado si no me lo hacen saber, gracias a todas las que me apoyaron (con RR, Alertas y FF) son grandiosas y nos vemos en otra adaptacion luego...
Bendiciones y Paz...
