Capítulo 9

Los personajes pertenecen a S.M y la historia es una adaptación.

Bella sofocó un grito y le dio una bofetada. –¿Cómo te atreves? La bofetada resonó en la habitación. Él la miró con incredulidad llevándose la mano a la mejilla.

–¿Por qué finges que no es esto lo que deseas?

Bella contuvo la respiración. Se sentía abrumada por una necesidad que no podía permitirse satisfacer.

–Aunque te desee, Edward, sabes que no eres bueno para mí. El año pasado casi me mataste cuando me echaste de tu vida después de la noche que pasamos juntos.

–¿Que te eché de mi vida? ¡Fuiste tú la que se fue!

–No trataste de convencerme de que no lo hiciera. ¡Ni siquiera me pediste que me quedara!

–Intentaba hacer lo que fuera mejor para ti. Sabía que querías un esposo e hijos, y necesitabas un jefe que no te exigiera que te dedicaras a trabajar en cuerpo y alma. Necesitabas a un hombre que te amara como yo no puedo amarte. Así que te dejé marchar, a pesar de que era lo último que deseaba. ¿Y qué hiciste? –la fulminó con la mirada–. Quedarte embarazada de un canalla que ni siquiera se molesta en pasarte una pensión para la manutención de su hijo y que no lo ve.

Las lágrimas se deslizaron por las mejillas de Bella mientras negaba con la cabeza.

–¿Por qué sigues torturándome con mi embarazo?

–¡Porque implica que me sacrifiqué para nada!

–¿Que te sacrificaste? –gritó ella.

Él la agarró por los hombros.

–¿Sabes cómo te he deseado durante todo este tiempo? ¿Sabes cómo he soñado contigo? ¡En el despacho! ¡En la cama! ¡Si hubiera sabido que te conformabas con tan poco, jamás te habría dejado marchar!

Se miraron jadeantes en la habitación en penumbra. El deseo no satisfecho brillaba con furia en los ojos de él.

–Bella... –susurró.

Ella se sobresaltó al oír llorar a Robby al otro lado de la pared. Los gritos debían de haberlo despertado.

–Ya no soy aquella secretaria virgen, libre para cometer estupideces –murmuró–. Ahora soy madre y mi hijo es lo primero –se apartó de él y lo miró antes de salir–. Me entregué a la pasión una vez y estuvo a punto de costarme la vida.

Fue a su habitación y cerró la puerta con llave. Luego tomó al niño en brazos y lo acunó. Su llanto cesó de inmediato.

Oyó que llamaban suavemente a la puerta.

–Bella –dijo Edward en voz baja.

–Vete.

–Quiero hablar contigo.

–No.

Se hizo el silencio al otro lado de la puerta y ella creyó que se había ido. Se sentó en la mecedora, pero Robby comenzó a quejarse y a retorcerse. Estaba claro que la siesta se había acabado y que quería jugar.

Lo sentó en la alfombra y miró en las bolsas que la señora Tavares le había enviado. Eligió unos vaqueros oscuros y una camiseta sin mangas blanca. Se puso ropa interior nueva y, cuando acabó de vestirse, agarró a Robby y abrió la puerta sin hacer ruido. Echó un vistazo al vestíbulo conteniendo la respiración.

Edward estaba apoyado en la pared esperándola. Se había puesto unos vaqueros y una camiseta negros.

–¿Pensabas escabullirte?

Ella inspiró profundamente y alzó la cabeza desafiante.

–Voy a llevar a mi hijo a dar un paseo.

–Tienes que prepararte para el baile de gala.

–Tendrá que esperar.

–Muy bien, voy contigo.

–¿Que vienes conmigo? –repitió ella con incredulidad.

Él se acercó y le quitó a Robby de los brazos.

–¡Eh! –gritó ella.

Edward miró al bebé, que lo contemplaba petrificado. La sombra de una sonrisa se dibujó en los labios de Edward. Abrió un armario y sacó un cochecito de bebé plegado, de una marca cara que Bella no hubiera comprado. Sosteniendo al niño con un brazo, Edward abrió el cochecito con facilidad.

Ella lo miró boquiabierta.

–¿Cómo sabes hacerlo?

Él se encogió de hombros.

–¿Has estado en contacto con un bebé antes?

–Hoy la calle es una locura. Sois mis invitados y debo protegeros.

–¿Protegernos del festival en la playa de Ipanema? ¡Sólo vamos a dar un paseo!

–Qué coincidencia. Yo también.

–Eres ridículo.

Edward puso a Robby en el cochecito, le abrochó el cinturón y, sin decir palabra, pulsó el botón del ascensor. Las puertas se abrieron y entró con el cochecito. La miró.

Ella entró en el ascensor.

–¿Por qué lo haces? –masculló ella.

–Por razones egoístas, sin duda. Todo lo que hago es por eso, ¿verdad?

–Sí. ¿Por qué? ¿Hay alguna posibilidad de que Adriana y Oliveira nos vean?

–Siempre la hay.

Las puertas se abrieron y ella agarró el cochecito y lo empujó por el vestíbulo. Edward le abrió la puerta y salieron a la calle.

En la avenida aún había más gente que antes celebrando el Carnaval. La música sonaba a todo volumen y la gente cantaba y bailaba con sus amigos. Algunos llevaban atuendos muy provocativos y bebían caipiriñas, el famoso cóctel brasileño.

Bella y Edward caminaron por la playa hasta encontrar un hueco para sentarse. Las familias se bañaban con sus hijos y grupos de jóvenes bebían bajo el sol esperando que empezara la fiesta nocturna.

Bella sacó a Robby del cochecito y, al mirar a su alrededor, no vio a Edward. Sentó al niño en su regazo y éste estiró el brazo para tomar un puñado de arena. Ella vio a Edward hablando con un hombre y, al cabo de unos instantes, volvió con un cubo y una pala.

–Pensé que a Robby le gustaría jugar.

–Gracias –dijo ella, sorprendida ante aquel detalle.

Él sonrió y su cara adoptó una expresión infantil al darle el cubo y la pala al niño. Se tendió al lado de ellos y enseñó a Robby a cavar en la arena.

Bella lo miró asombrada.

Primero había sabido qué hacer con el cochecito; después había pensado en comprarle los juguetes a Robby. Sin embargo, afirmaba que no le gustaban los niños. Entonces, ¿por qué se comportaba así?

Robby respondió a las enseñanzas paternas tratando de morder la pala y de comerse la arena. Edward se echó a reír y, con paciencia infinita, volvió a enseñarle cómo cavar. Pronto se puso al niño en el regazo. Robby se dedicó a echar arena a los dos y a reírse a carcajadas. Edward lo acompañó, y para Bella fue el sonido de la alegría. Miró la hermosa cara de Edward, que sonreía al niño que no sabía que era suyo.

¿Cómo no se daba cuenta de que Robby era su hijo? Sus ojos se encontraron y, bruscamente, los de él se volvieron fríos. Le devolvió al niño.

Bella pensó que no era demasiado tarde para decirle la verdad, que se la podía confesar en aquel mismo momento.

«Por cierto, Edward, no he tenido otro amante. A pesar de que usaste protección, eres el padre de Robby».

¿Cómo se lo tomaría?

No se pondría contento. Le había dicho miles de veces y de todas las maneras posibles que no quería esposa ni hijos. Incluso aquel día, cuando le había pedido que fuera su amante «de verdad», había dicho que estaba dispuesto a pasar por alto a Robby, que lo dejaría vivir en el piso de abajo para no tener que soportar su presencia.

Y lo que era aún peor: si había algo que Edward soportaba menos que la idea de tener una familia, era que le mintieran. Si descubría que Bella llevaba más de un año mintiéndole, no se lo perdonaría. Se haría responsable del niño y trataría de obtener su custodia. Pero no lo querría. Y a ella la odiaría.

«Mañana», se repitió con desesperación. Al día siguiente, Robby y ella volverían sanos y salvos a la granja y no tendría que volver a ver a Edward en la vida.

Pero esa certeza comenzaba a vacilar. Cada momento que pasaba con Edward, que lo veía con su hijo, deseaba poder creer que el sueño se haría realidad y que él los querría a ella y a Robby.

Estuvo a punto de decirle la verdad, pero pudo más la parte racional de su cerebro. Decirle la verdad sólo acarrearía consecuencias negativas. Y el futuro de su hijo dejaría de estar en sus manos.

Edward miró el reloj. El sol había comenzado a bajar.

–Tenemos que irnos. Te espera el peluquero.

–¿El peluquero?

Edward se puso de pie.

–Para el baile de gala.

Le tendió la mano y ella dudó. La breve felicidad de sentirse una familia había terminado.

–De acuerdo.

Le dio la mano para que la ayudara a levantarse y puso a Robby, lleno de arena y soñoliento, en el cochecito. Se encaminaron hacia la casa de Edward. En la avenida había tanta gente, que éste tuvo que ir abriendo camino para que pudiera pasar el cochecito.

–Estoy deseando ver el vestido que llevarás esta noche. Y verte sin él –sonrió.

Estaba tan seguro de sí mismo que la ponía furiosa. Pero cuando la miró a los ojos, Bella tropezó. Él agarró el cochecito y la tomó del brazo. Después la besó.

–Nada impedirá que seas mía –le susurró al oído–. Esta noche.

Ella sintió como si miles de avispas le clavaran el aguijón en todo el cuerpo. Agarró con más fuerza el cochecito y se dirigió hacia el edificio tan rápidamente como pudo mientras se decía que el hombre sexy, tierno y fuerte que acababa de ver en la playa jugando con su hijo había sido un espejismo. No debía engañarse. Edward siempre era encantador cuando deseaba algo. Y en aquel momento la deseaba a ella.

Siempre conseguía lo que quería sin importarle los medios necesarios, tanto en los negocios como en sus conquistas románticas. Pero cuando lo hubiera conseguido, cuando la hubiera poseído, no querría saber nada más de ella ni estaría dispuesto a tolerar que tuviera un hijo. La echaría y la sustituiría por otra.

Cuando él la alcanzó, le preguntó:

–¿Qué va a pasar esta noche?

–Ya lo sabes –dijo él sonriendo.

–Felipe Oliveira no es tonto, y sospecha. ¿Y si después de esta noche sigue sin creerse que me quieres?

–Se lo creerá.

–¿Y si no lo hace?

Los ojos de él brillaron con malicia.

–Tengo un plan.

Buenas Noches Chicas…Gracias por los comentarios, favoritos y alertas a la historia.

Mañana subo nuevo capítulo.