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EL DRAGÓN DORADO
Escrito por El Palabragrís
Libro Segundo
El Juicio de Galdabia
Capítulo VII ~ Melodía en las sombras
La suave brisa y el sonido del césped hicieron que Lina despertara. Abrió los ojos con lentitud, aquejada por el peso de sus párpados, y su mirada se quedó prendida en el gran firmamento que se abría ante ella, cubriéndolo todo de horizonte a horizonte. No tenía consciencia ni del tiempo ni del espacio, ignorante de dónde se encontraba o de cómo había llegado hasta ahí. Tan sólo había para ella el disfrute de las sensaciones, del viento meciendo su cabello y acariciando su cuerpo desnudo, de la libertad de no estar atada a nada ni a nadie, como en un sueño; sin nada que pudiera perturbarla.
Llegó un momento en el que giró la cabeza, sin preguntarse motivos, y descubrió que se encontraba acostada en la cima de lo que parecía un pequeño monte cubierto de verdes y altos pastos. Sin más que la llamara, continuó observando, en lo que pareció eterno, en un lugar donde el tiempo no marchaba y existía imperecedero. Sin embargo, de pronto pareció haber un llamado y, con la misma lentitud del descanso, Lina volvió a posar los ojos sobre la bóveda celeste del cielo. Levantó un brazo, sin preguntarse por qué hacerlo, y observó con calma su mano, estudiando su forma, su color y su textura. Fue entonces cuando percibió que había algo a lo lejos. Separó los dedos y por entre ellos le pareció ver una figura informe y dorada dando vueltas en el cielo; lejos, muy lejos. Bajó su brazo sin percatarse de haberlo hecho y continuó observándola, como hechizada.
La figura, cual ave, cual pájaro majestuoso que había venido a por su alma, formaba círculos por sobre su cuerpo, como estudiándola para verificar si se encontraba ante aliado o enemigo. Así pareció marchar un día entero, sin mayor movimiento que el causado por los vientos.
«¿Quién eres?», preguntó la muchacha en un pensamiento y su voz pareció resonar como un espectáculo de ruidos afables y llenos de armónicos que no sólo se remitían a su mente, sino que vivían en todas las cosas que la rodeaban.
El ser dorado, silente, continuó su baile en el techo del mundo y pronto Lina pudo ver que la figura mutaba su forma. Le crecieron alas, cuerpo, cola, cuello y cabeza. Ante ella, rodeada de dorado, de luz enceguecedora, de aura de súplica y esperanza, un dragón nació de la nada y, descontinuando su vuelo, la criatura magnífica se remontó por el cielo y cayó en picado en dirección a ella, a toda velocidad, como un cometa, como una estrella fugaz. Pero Lina no sintió miedo. Sus ojos observaron al ser en todo momento mientras crecía y crecía, aproximándose con cada segundo. Y cuando por fin la tuvo cerca, cuando sus ojos rojos enfrentaron a los ámbar brillante del dragón, cuando lo tuvo frente a frente y al alcance de su mano, una voz remeció todo su pensamiento, en un tono digno de quien ha vivido los años de cientos, de quien ha visto el alba y el crepúsculo de la vida, de quien ha sufrido lo insufrible y aun así ha continuado su vuelo:
Me quieren a mí...
Cuando el eco de las palabras acalló, con él se fue la calma. La brisa se detuvo y el cielo desapareció. El dragón dorado emitió su brillo incomparable y rodeó el cuerpo de Lina, consumiéndola. Ella sintió como si su ser explotara y un sinfín de imágenes oscuras que no alcanzó a comprender chocaron en su mente como olas en un roquerío. La atacaron náuseas e incertidumbre. Un temor desconocido y un pesar infinito. No pasó mucho para que se descubriera flotando en lo que parecía un mar caótico y negro, un lugar inhóspito que deseaba expulsarla y atraerla por igual, y en el que ella no tenía ningún control. De pronto, pareció como si dicho mar estallara en llamas y grandes columnas de fuego se formaron alrededor de su cuerpo indefenso, y sólo pudo contemplar cómo éstas parecían formarle un camino, un sendero que la arrastraba como agua en la corriente, y al final de éste, donde las llamas desaparecían para dar espacio al vacío, Lina divisó la horrenda forma de un ente gigante, del demonio de los cuentos al que ella ya había enfrentado en su pasado que ahora parecía otra vida; e incapaz de hacer algo para evitarlo, con la mirada atrapada en los ojos del color rubí del monstruo que la observaba, su cuerpo divagó a su encuentro. De la espesura negra que rodeaba a las llamas y a ella misma, surgió una estruendosa carcajada, maligna y pérfida, la que fue seguida por la voz fría como la escarcha, oscura como la noche y contundente como un martillo golpeando en las sombras:
Ven a dormir el sueño de destrucción conmigo...
Acompáñame en este camino para llevarlo todo a la nada...
Entonces, los fuegos se agitaron y crecieron. El corazón de Lina dio un respingo y pareció detenerse. Y cuando la paz que no era paz llovió sobre todo, de nuevo tronó la carcajada. Y mientras las llamas consumían a Lina como seres hambrientos, de algún lugar surgió una melodía triste y tranquila, melancólica y serena, que por algún motivo le resultó conocida. Fue entonces cuando la oscuridad creció y todo quedó en nada.
~ o ~ o ~ o ~ o ~
Gourry se secó el sudor con un brazo. Tomó el paño blanco, lo hundió por completo en la cubeta de agua fría que había a su lado, lo estrujó con fuerza y lo colocó nuevamente sobre la frente de Lina. Luego, volvió a sentarse en la pequeña banqueta que habían puesto junto a la camilla de su compañera y continuó contemplándola en silencio mientras ésta deliraba, mascullando palabras sin sentido, aquejada por una fiebre que amenazaba con volverse cada vez más peligrosa. Habían transcurrido ya varias horas desde que dejaran a Altair en el bosque, y en ese tiempo, el estado de la hechicera había empeorado bastante: su piel estaba más pálida, tenía los ojos hinchados, sudaba a mares y lo peor de todo, no había despertado de su inconsciencia desde la noche anterior, cuando llegaron al campamento de los Hijos de Cecile.
El espadachín se permitió levantar la mirada, bajo sus propios ojos cansados se dibujaban gruesas bolsas tras una noche sin sueño ni descanso, y observó a través de la entrada a la tienda donde se encontraban. Afuera ya era media tarde, el sol brillaba en lo alto, pues la lluvia parecía haberse ido junto a la luna, y en el campamento de los Hijos de Cecile se escuchaba el bullicio típico de un día normal. En otras circunstancias, hubiera considerado una verdadera pena el no poder compartir con los demás, pero ahora era distinto. Ahora su corazón se encontraba temeroso por el destino de su gran amiga; su compañera de múltiples aventuras.
Mientras volvía asumir su posición expectante frente a Lina, apoyando el mentón sobre ambas manos, permitía que su mente se diluyera en intrincados pensamientos, como lo había hecho desde que se había sentado ahí, pero por más que le daba vueltas al asunto, no encontraba una respuesta. No sabía qué podría haber dejado a Lina en ese estado. Repasaba una y otra vez en su cabeza los acontecimientos que lograba recordar del día anterior, desde que la pelea contra el mazoku hasta la lucha contra Altair, pero todo era en vano. Eso lo sumía en una suerte de silenciosa desesperación, pues se descubría a sí mismo más perdido que de costumbre. Claro está, no era la primera vez que veía a un compañero caído, pero hubiera preferido cien veces, mil veces, que en esa camilla se encontrara alguno de los mercenarios junto a los que batalló alguna vez, mas nunca Lina.
Apretó los dientes y los dedos, causando un dolor en sus músculos que no le importó. De pronto, de algún lugar de su inconsciente apareció una voz masculina que no escuchaba hacía un larguísimo tiempo, tanto que le tomó unos segundos reconocerla. Pero cuando lo hizo, y cuando recordó el escenario en que se las habían dicho, abrió los ojos de par en par, mirando a Lina, recordando su pasado:
"Intentaste protegerme, ¿y qué? ¿Qué conseguiste?"
Se llevó una mano a la sien mientras sacudía la cabeza. Ése no era el momento para recuerdos dolorosos y ya tan añejos. Los tiempos habían cambiado desde ese entonces y él esperaba haber cambiado con ellos, haberse convertido en alguien mejor. Lamentablemente, el aspecto de su protegida le sugería lo contrario.
Fue justo en ese momento en alguien entró en su tienda, sacándolo de sus agrias meditaciones. Gourry levantó pesadamente la vista y descubrió que se trataba de Celes, vestida de su casual atuendo azulado, quien le devolvía la mirada con rostro serio. No recordaría si la saludó o no, pues tan sólo se permitió volver a la realidad por un momento cuando la ilusionista le hizo una pregunta, volviendo sus ojos oscuros a Lina:
—¿Cómo está?
Gourry negó con la cabeza.
—¿Está despierta? —volvió a preguntar, por muy obvia que resultara la respuesta.
Gourry nuevamente negó, en silencio.
—Ya veo... —concluyó.
Con paciencia, como si esperara algo, la ilusionista también guardó silencio y acompañó al espadachín en su guardia solitaria. Se mantuvieron por un rato lánguido escuchando los murmullos incoherentes que Lina dejaba escapar de vez en cuando, pero llegó un momento en el que Celes volvió a hablar, dirigiéndose a Gourry:
—Quiero asegurarme de algo —le dijo—: la Gema de Cecile ahora está en poder de Vasch, ¿verdad?
—Supongo que sí —respondió él tras un breve lapso en el que estuvo buscando en su cabeza información acerca de algo tan irrelevante como una gema de quién sabía dónde.
Celes maldijo en silencio. No se había dado cuenta hasta ese momento, pero aún albergaba esperanzas; ahora sentía como si todo estuviese perdido. Llevó los ojos hacia Lina nuevamente y tras hacer una mueca que iba desde la lástima hasta la frustración metió una mano en uno de sus bolsillos, extrayendo un pergamino enrollado de aspecto antiguo, sucio y demacrado.
—Creo saber qué le ocurre a tu compañera —anunció al fin, sin ningún preámbulo.
Fue la primera vez en el día en que Gourry tuvo una reacción que no simulaba a la de un muerto en vida que sólo respiraba porque tenía la capacidad de hacerlo. Giró la cabeza con brusquedad y se levantó de un salto.
—¡¿De verdad?! —preguntó sin poder ocultar su emoción; algunos de los colores perdidos comenzaban a retornar a su rostro.
Por supuesto, Celes se sorprendió. Esperaba una reacción de alivio, pero no de alegría pura. De cualquier forma, levantó el rollo de pergamino en su mano y se lo enseñó al espadachín.
—No es nada seguro, pero esto que ves aquí perteneció a la Gran Biblioteca Real de Cecile, donde durante siglos se acumuló el conocimiento de mis antepasados, en los tiempos en que mi Reino era glorioso y no tenía por qué envidiarle nada a sus vecinos-
—De acuerdo, de acuerdo —la interrumpió Gourry meneando una mano con apresuramiento, ignorando por completo las palabras de Celes. Posó los ojos sobre el pergamino con ansia y preguntó:—. ¿Ese pedazo de papel puede hacer que Lina se recupere ya?
Celes carraspeó, tragándose la ofensa que el espadachín acababa de cometer contra ella y todos los que la precedieron. Con rostro serio, deslizó el rollo, abriendo el pergamino a medio camino. En él se veían garabatos en un idioma que Gourry no conocía, pero que Celes podía leer perfectamente.
—No —respondió ella con sequedad, decepcionando de inmediato al espadachín cuyos hombros cayeron un par de centímetros producto de la desazón. No obstante, Celes continuó hablando:—. Ésta no es una cura milagrosa, pero sí es la primera pista que tenemos para saber qué está aquejando a tu amiga.
Tras sus palabras, se produjo un silencio. Gourry la miraba con ojos incógnitos y expectantes, y Celes comprendió que debía seguir hablando. Suspiró, meditando que cuando la hechicera se encontraba junto al espadachín, en buenas condiciones al menos, éste no demostraba realmente toda su ignorancia, siempre acostumbrado a seguir órdenes y a ir dónde lo llevara la corriente que se condensaba en esa pequeña muchacha enferma en cama. Pero se obligó a hacer a un lado esos pensamientos; lo que debía decir ahora era de vital importancia si sus deseos y los de Gourry iban a cumplirse.
Como si entendiera la situación, el cambio de la atmósfera, el rostro del espadachín se endureció, adquiriendo un matiz de seriedad y concentración no muy usual en él. Celes dejó escapar un pequeño bufido, apoyó el pergamino en una mesa que tenía cerca y lo extendió a lo largo, liberando completamente su contenido. Luego, llevó los ojos a Gourry y con su mirada le dijo lo que a continuación le anunciaría con palabras:
—Si este texto está en lo correcto, lo que tu compañera tiene no es algo menor. Si no nos movemos rápido, no aguantará más que unos días.
Gourry nuevamente palideció, y como la garganta se le había resecado por la impresión, no dijo una palabra, sino que siguió escuchando con atención. Una capacidad de atención que para él era sumamente extraña.
~ o ~ o ~ o ~ o ~
Las ventanas estaban cerradas y la habitación se hallaba oscura y silenciosa, tal como Altair lo quería. Sin haberse dado cuenta, sus pies lo habían llevado hasta un cuarto alejado al interior de la casa de curación donde reposaban los soldados que habían resultado heridos durante la confrontación de la noche anterior. La misión que el Rey les había encomendado había sido un fracaso rotundo: Lina Inverse y Gourry Gabriev, fugitivos de Galdabia, habían logrado escapar con la ayuda de la líder de los Hijos de Cecile, la mujer que lo había dejado en su estado actual. El peor escenario se había hecho realidad.
Por eso era que el otro majestuoso General de los Ejércitos de Galdabia se hallaba echado sobre el suelo de madera sucia y descuidada, con la espalda apoyada sobre una pared a la que le faltaban varias cáscaras de pintura, dejando a la vista los ladrillos que formaban sus cimientos; el lugar más humilde para quien tenía todo el derecho de ser ostentoso. Sobre una rodilla flexionada apoyaba un brazo y en su mano, afirmaba casi sin ganas, la botella vacía del primer licor al que había podido acceder. No gustaba del alcohol en absoluto, aunque éste era tan común entre los soldados, pero la situación lo ameritaba. El dolor de su corazón lo exigía.
Desde la noche anterior, desde que había recobrado sus sentidos, en su cabeza se desarrollaba una guerra, un combate sin cuartel entre la aceptación y la negación, entre sus sentimientos de confusión, duda y el deber a la lealtad, pues la muchacha a la que había combatido por tantos años, la líder de aquellos enemigos cuya única misión era la caída del Reino que se hallaba bajo su alero, decía ser su hermana. Gran parte de su ser se negaba a creerlo, era lo lógico y más obvio, pero en algún recóndito pedazo de su alma algo lo instaba a tomar esas palabras por ciertas. No lograba entender qué era, qué lo llamaba a prestar oídos a palabras vanas y a dar fe al derecho de la duda. Quizás, tras dieciséis años bajo el sol, había encontrado a alguien capaz de soportar el sufrimiento de ser repudiado y denostado por su propio progenitor, por su propio padre. Quizás era la esperanza de no ser el único rechazado.
Pero ¿cómo podría ser cierto? ¿Cómo podría creerle a una desconocida que quería hacerse pasar por hija de un rey, con todo lo que ello significaba? Muchas veces había considerado ir a preguntarle la verdad a su propio Rey, pero cada vez que aquello cruzaba por su mente, una sola pregunta se repetía: «¿De qué serviría?». El Rey jamás lo había aceptado como hijo y heredero, jamás había querido tratar lo que él solía tildar como 'ese asunto' y jamás había querido dar cara a su propio descendiente, quien lo había servido con una fidelidad que era admirada por sus conciudadanos y por sus subalternos, soldados y civiles por igual, quienes, habiendo oído los rumores de la sangre que corría por sus venas, lo habían aceptado inmediatamente como su Príncipe, sin dudarlo un instante, quizás deseando que realmente fuese cierto. Si ellos habían podido hacerlo con tanta facilidad, ¿por qué el Monarca de Galdabia se rehusaba? ¿Cobardía, quizás? ¿Egoísmo? ¿Temor ante el pensamiento de algún día cederle el poder a alguien?
Mientras meneaba la botella vacía, su mente meditabunda caía una y otra vez en abismos y en calles cerradas. Había llegado a la conclusión de que no llegaría nunca a una respuesta, pero no le importaba. En aquellos casos la oscuridad es una almohada y la soledad es una gran consejera. Él sólo deseaba mantenerse así, quizás para siempre.
Pero sus deseos se vieron truncados de pronto cuando la puerta de la habitación se abrió, de forma lenta aunque continua, y de ella emergió la viejecita que cuidaba de la enfermería, con su diminuto tamaño y sus ropas manchadas con la sangre del tratamiento de los heridos. A pesar de la gélida mirada que el General de Galdabia le dirigió al ver interrumpidos sus pensamientos, la mujer sonreía a su típica manera: entre triste y comprensiva.
—Mi Señor Altair —le dijo—, no sabía que se encontraba aquí, señor.
Altair intentó no tomarla en cuenta y mantuvo la mirada sobre la madera del suelo, como lo había hecho desde que había llegado, intentando reanudar sus meditaciones a pesar de la intromisión.
La anciana, melancólica al ver el estado del muchacho, acentuó su sonrisa.
—Espero que esta noticia le alegre, señor —dijo—: ninguno de sus soldados ha muerto y los que están heridos se recuperarán con un poco de descanso. Lamentablemente, señor, varios de sus hombres parecen haberse vuelto locos, dicen cosas acerca de haber estado luchando con fantasmas y de haber visto la cara de la muerte. ¿Tan dura fue la batalla, señor?
Altair nuevamente levantó sus ojos de hielo a la viejecita, molesto por todo el ruido que ésta emitía, sin prestarle importancia a la forma en que perturbaba la paz que él tanto anhelaba. Por supuesto, respondió con silencio.
La viejecita, buscando levantarle el ánimo, abandonó la habitación y tras un momento regresó con una silla que cargaba con dificultad, utilizándola como apoyo para alcanzar las ventanas.
—Mi Señor, esta oscuridad no le va a hacer bien, voy a abrir la-
Pero justo cuando estaba llevando una mano a la contraventana para hacerla a un lado y permitir el paso de la luz, Altair se levantó de un salto y con una violencia poco común en él empujó a la mujer, quien cayó al piso pesadamente.
—¡No te metas en mis asuntos, anciana! —le gritó, enfurecido.
La viejecita lo miró con ojos acuosos, sorprendida por la reacción de tan honorable joven, por su rostro lleno de ira descontrolada, y no sé movió de la posición en la que había caído. Altair, por su parte, pareció recapacitar tras un momento, percatándose de lo que había hecho. Hizo la vista a un lado y empuñó las manos con fuerza, desconociéndose.
—Lo siento —dijo finalmente, con una sequedad que recordaba a su voz de siempre, aquélla que desde su frialdad tenía algo de benevolencia, y abandonó la habitación hacia un destino desconocido, cabizbajo, reprochándose su comportamiento.
~ o ~
En algún lugar bajo el castillo de Galdabia existe un salón gigantesco, capaz de albergar a grandes multitudes y aun así dejar espacio libre. Sin embargo, dicho salón no era un lugar cualquiera. En el pasado, durante la era de los grandes reyes galdabinos, se utilizaba como un anfiteatro para entretener a la plebe. Pan y circo. Grandes batallas, obras teatrales y eventos deportivos de distinto tipo se desarrollaban en su interior, cuando el castillo aún no se construía y el sol servía de fuente natural de luz para tan ambicioso coliseo, donde los grandes gladiadores demostraban sus proezas al alero del eterno cielo azul. Pero los siglos lo hicieron decaer, devorado por las aguas de la ignorancia. Ahora ya nadie veía combates ahí, ni obras ni deportes, y el único resquicio de su glorioso pasado eran unas gradas de piedra desgastadas por el paso de los siglos, repletas de telarañas, musgos y polvo. El castillo se construyó utilizándolo como parte de sus cimientos, acaso un gesto simbólico por parte de su arquitecto, y el pueblo de Galdabia se vio privado de uno de sus más grandes monumentos. Sin embargo, aquel recinto aún tenía uso para algunos; por eso era que Vasch Gald XIII, rey de Galdabia, se encontraba ahí, dando vueltas bajo las luces de incontables antorchas que, desde las paredes, irradiaban su luz sobre su armadura dorada. Pero el regente no se encontraba solo: Khuja, el mazoku, estaba con él, siempre cubierto con su capa con capucha, dejando en el misterio su figura y ocultando su rostro.
Aunque el rey divagaba sumido en sus propios pensamientos, el mazoku se hallaba ocupado, pues ante él, sobre un magnífico pedestal de mármol de un blanco puro, recostada sobre una suave almohada púrpura ubicada en su superficie, se hallaba la Piedra del Dragón, negra como una esfera del color de la noche. El demonio ya había perdido la noción del tiempo, pues durante largas horas la había estudiado, escudriñando sus secretos, buscando sus verdades y, por sobre todas las cosas, intentando descubrir la manera de activarla y de reavivar su brillo para poder obrar sus fines, algo en lo que había fracasado completamente.
—¿Es que aún no puedes revivirla? —preguntó Vasch llegado un momento, como si se refiriera a un ser vivo—. ¿Acaso los mazoku son tan débiles que ni con todos sus poderes sirven para activar una gema mágica?
Aunque sus ojos estaban bajo la sombra de su capucha, Khuja respondió a la exigencia del rey con una mirada gélida que llevó a la boca del monarca a guardar un silencio inmediato, enviándole escalofríos por la espina. Aunque Vasch ya llevaba tiempo relacionándose con el demonio aún no lograba superar el temor que aquel ente le provocaba. Había líneas que ni él mismo se atrevía a cruzar y una era la de poner a prueba el rencor de un mazoku. No valía la pena arriesgar años de esfuerzo y deseo por el momento de descontrol de un ser sobrenatural.
Ignorando de adrede los temores del rey, aunque los conocía lo suficiente como para sacar provecho de ellos, Khuja retomó su tarea de despertar los poderes ocultos de la Gema, aquéllos que tanto Vasch como él ambicionaban. Nuevamente posó una mano sobre la piedra, llamó a su poder desde su mente y lo embulló en el interior de ésta. Pero volvió a ser inútil; la Gema de Cecile, la Piedra del Dragón, se mantuvo negra y silenciosa; imperturbable.
Khuja se mordió el labio inferior, con la frustración bullente en su cuerpo. La encrucijada en la que se encontraba era grande. Si no lograba hallar la salida pronto, todos sus planes se verían desbaratados y el mundo permanecería intacto. Volvió a intentar el mismo ritual muchas veces más, variando las cantidades de poder, variando las invocaciones y las maldiciones al fracasar en cada ocasión. Cuando transcurrió cerca de una hora más, todos los malos sentimientos que había acumulado a causa de los fracasos se desbordaron ante la pregunta prepotente, petulante e inútil del rey al que había prometido servir:
—¿Es que aún no lo logras?
Por fin, Khuja abandonó por completo sus intentos de despertar la gema y enfocó toda su atención sobre el monarca, quien comprendió demasiado tarde su error: había atravesado la línea. El mazoku lo tomó con ambas manos por algunas placas de su armadura dorada y lo levantó sin ninguna dificultad por sobre el suelo, clavando sus ojos demoníacos en la mirada del regente, el cual intentaba no mostrarse intimidado, aunque no logró engañar al demonio.
—¡Si tanto quieres ver revivida a la gema, averigua cómo hacerlo!
—¡¿C-Cómo te-?!
—¡Silencio! Yo he cumplido mi parte del trato y ya tienes la gema en tu poder, ahora quiero que tú cumplas con tu parte y hagas que ésta despierte —entonces, el mazoku acercó el rostro del monarca hacia el suyo hasta que sus narices estuvieron a punto de tocarse y profundizó su mirada sobre los ojos de él, como si con ella quisiera penetrar los pensamientos de aquel hombre para consumirlo por completo—. Ya estás metido en esto, Vasch, y te prometo, como prometen los de mi casta, que si no averiguas pronto cómo despertar a la Piedra del Dragón, tu reino y tú serán lo primero en volver al Caos. ¡Ahora, vete!
El demonio soltó al rey aventándolo con fuerza hacia delante, y justo cuando los pies del silente y temeroso monarca tocaron el piso, el mazoku se estremeció. A su espalda, la gema de pronto pareció recobrar vida por sí sola, caprichosa como era, y si bien el brillo que emitió no tenía comparación al que había producido en ocasiones anteriores, fue suficiente como para llamar a todos sus sentidos al peligro: la luz era débil, tenue, pero claramente distinguible. Y por sobre eso, de la gema surgió un sonido que al comienzo pareció un rugido, aunque muy similar a un lamento, que después se convirtió en una suerte de melodía, una tonada que Khuja reconoció de inmediato, llenándolo advertencias e instándolo a huir. Así fue como el rey de pronto se descubrió solo y sorprendido en su propio coliseo abandonado, pues el demonio, presuroso, se desvaneció en el aire emitiendo una maldición. Y cuando la melodía, triste y profunda como pocas, parecía volverse cada vez un poder más eterno y temible, calló. Y junto con su silencio desapareció el brillo de la gema, volviéndose negra; muerta. Nunca más volvería a brillar.
~ o ~ o ~ o ~ o ~
Era poco lo que Gourry comprendía de lo que Celes estaba intentando explicarle, pues parecía demasiado irreal y fantasioso como para tener algo que ver con lo que le ocurría a Lina. Además, y quizás de esto ni siquiera había llegado a darse cuenta, la preocupación por su compañera lo había enceguecido y le había cerrado los oídos, y aunque ponía todas las fuerzas que en su cansancio le quedaban para entender lo que la ilusionista intentaba informarle, su mente y sus ojos continuamente divagaban hacia la hechicera. Sin embargo, como en un intento por demostrar que sí estaba prestando atención, o quizás para convencerse a sí mismo de que lo estaba haciendo, preguntó:
—Entonces, ¿esa gema es la que está causándole esto a Lina?
Celes se llevó una mano a la cara, clamando a su paciencia una vez más.
—¿Otra vez la misma pregunta? —suspiró—. Mira, voy a explicártelo nuevamente, pero esta vez presta atención. El tiempo apremia y tú estás desperdiciándolo.
—Oh, lo siento. Continúa —el espadachín respondió seriamente y enderezando el cuerpo, aparentemente atento.
Celes maldijo para sus adentros, pues no era la primera vez en esos minutos en que llegaban a la misma foja cero. No pudo evitar preguntarse, de nuevo, cómo era posible que alguien como Lina Inverse fuese capaz de soportar sin perder la cordura a un hombre cuya única cualidad era la fuerza de sus músculos.
—La gema que tu amiga y tú encontraron en Cecile es un objeto mágico muy antiguo, incluso más antiguo que Galdabia y mi propio reino. Como siempre estuvo ahí, se le conoció comúnmente como la 'Gema de Cecile', pero su verdadero nombre es la 'Piedra del Dragón', y según el relato de este texto —Celes volvió a golpear con un dedo el pergamino que había desenrollado sobre la mesa—, es el nombre más indicado que pudieron ponerle.
—¿Y eso cómo va a ayudar a Lina? —interrumpió el espadachín, siempre serio y preocupado.
—¡Paciencia! —exclamó Celes—. Cuando termine mi explicación lo entenderás todo... espero.
—Oh, lo siento —repitió el guerrero—. Continúa.
Celes tomó aire y, efectivamente, continuó:
—Según el texto, esa gema oculta una antigua historia que se remonta a la Guerra de Resurrección —Celes levantó una mano para callar a Gourry antes de que éste formulara otra pregunta—. La historia está escrita aquí y, para resumirla bien, narra lo que vivió un dragón dorado llamado Gabranth durante esa guerra, la forma en la que se involucró con antiguos elfos y también cómo se vio enfrentado a Ojos de Rubí. ¿Vas entendiendo?
Gourry sólo la miró y por sus ojos serios Celes quiso creer que sí lo estaba haciendo, pero cuando quiso continuar con su relato, el espadachín volvió a interrumpirla.
—¿Ojos de Rubí? ¿Hablas de ese Shabreni-y algo?
—Shabranigdú —respondió Celes, resignada—. Según el texto, una parte del demonio estaba dormida dentro del alma de una elfa de la que Gabranth se enamoró y a la que vio obligado a matar para que no destruyera al mundo. Sí, ya sé que no entiendes qué tiene que ver eso con lo que le pasa a tu amiga, no pongas esa cara y, por favor, ¡no hagas más preguntas hasta que termine!
Ante eso, Gourry bajó la mano que había levantado para preguntar algo y guardó silencio. Celes no pudo evitar compararlo con un niño en la escuela. Se dio algunos segundos para tranquilizarse, pues el espadachín era capaz de sacar de sus cabales a cualquiera, e intentó armar en su cabeza las oraciones que debería decir a continuación, pues eran el meollo del asunto y lo que Gourry tanto deseaba saber:
—Según los escritos, al enterarse de lo que había ocurrido, los elfos utilizaron hechizos para condensar el poder que Shabranigdú había liberado y con éste crearon una gema mágica que ocultaron con la esperanza de que jamás fuera encontrada, para que así ese pedazo del Rey Demonio descansara en paz y no provocara la destrucción del mundo. Ése es el origen de la Gema de Cecile.
—Entonces, esa gema sí está causándole esto a Lina —meditó Gourry.
—Eres como hablar con una pared… —murmuró Celes para sí y soltó un suspiro, considerando que quizás perdía el tiempo con tanta exposición—. Pero sí, sospecho que es por la gema. No sé muy bien cómo podría haber pasado, pero no se me ocurre otra posibilidad. Después de todo, ustedes dos estuvieron expuestos ante su poder por un largo tiempo y sobrevivieron sin problemas, pero ella es la hechicera que posee una comunión con los seres que otorgan magia a humanos como nosotros; tú eres sólo un espadachín. Mi sospecha es que debido a eso el poder de la gema afectó a tu amiga de alguna forma, infectándola, si se me permite decirlo.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Gourry, intentando comprender.
Antes de responder, Celes se permitió detenerse por un momento para mirar a Gourry directamente a los ojos y con la mayor seriedad posible, para que en el cerebro del espadachín la gravedad del asunto quedara plasmada con toda su potencia:
—Que tu compañera no tiene una enfermedad común. Es el poder de Ojos de Rubí el que la está matando.
Entonces, más que alarmado, Gourry volteó hacia Lina de forma inmediata. La muchacha, siempre inconsciente, y ahora silenciosa, sudaba a mares y sus mejillas estaban enrojecidas por la fiebre. No pudo evitar sentir impotencia y desorientación por la información que había recibido y que, al parecer, había comprendido a la perfección, pues no sabía qué hacer para ayudarla, ni siquiera sabía si él sería capaz de hacer algo o si habría algo en sus manos.
—Entonces... —el espadachín quiso decir algo, cualquier cosa, pero esta vez fue Celes quien lo interrumpió:
—¿Ahora ves por qué no quería que fueran tras la gema? Es tan poderosa que ni tu amiga salió ilesa. Incluso considero que eres afortunado por no estar tú también encogido sobre una cama; ahora Vasch tiene la gema en su poder y hasta tiene la ayuda de un mazoku. ¡La situación es muy grave! ¡El mundo podría ser destruido, o peor aun, quedar bajo el control de ese maldito rey!
—Entonces... —murmuró Gourry nuevamente, con el peso de la situación resultándole prácticamente insoportable—, ¿qué puedo hacer para ayudar a Lina?
—¡Esto va más allá de tu amiga! —exclamó Celes—. ¡Estamos hablando del destino de todos!
—Pero Lina...
—¡Maldita sea! —gritó Celes, dando un puñetazo sobre la mesa donde estaba el pergamino—. ¿Es que no puedes pensar en otra cosa que no sea esa mujer?
Gourry guardó silencio. Poco a poco desvió sus ojos azules de Celes y volvió a contemplar a la hechicera, meditabundo. Pasó un rato en el que ninguno de los dos dijo nada, aunque el ambiente se había tornado desagradable producto del calor y la humedad que habían emanado desde el exterior de la tienda, complicando las cosas y llamando al desánimo. Al cabo de un tiempo, Gourry bajó la cabeza y clavó los ojos en algún lugar en el suelo, aunque no miraba hacia ninguna parte, y alzó levemente la voz:
—No puedo evitarlo, soy su guardián...
Celes soltó un silencioso bufido, aunque una parte de su persona intentaba entenderlo. Más que claro estaba que sus prioridades no eran las mismas.
La mujer tomó el pergamino, volvió a enrollarlo y se lo guardó entre las ropas en silencio. Luego inició su camino para salir de la tienda, pero no sin antes voltear y dirigirse al espadachín en un tono que si bien era seco, aún con algo de malhumor, dejaba escapar un trozo de esperanza:
—En mi tienda tengo otros escritos que logramos rescatar de la Gran Biblioteca Real. No puedo prometerte nada, pero buscaré una cura para tu amiga. Tú quédate aquí e intenta no ser una molestia para nadie.
El espadachín, sorprendido, alzó la mirada hacia Celes justo cuando ésta salía de la tienda. Sin pensar en lo que hacía, se levantó de un salto de la banqueta y tomó a la ilusionista por una muñeca.
—¿De verdad? ¿Crees que haya una cura?
Celes se soltó del agarre con brusquedad y sin siquiera voltear, respondió:
—Te dije que iba a buscarla y también que no prometía nada.
Entonces, prosiguió su camino. Cuando se había alejado sólo unos metros de la tienda de Lina y Gourry, escuchó un gritó proveniente de parte del espadachín, y por algún motivo sintió que se le apretaba el corazón. Agradeció que ese hombre no la estuviera mirando, aunque quizás no hubiese podido descifrar el semblante que se había dibujado en su rostro. El grito que escuchó fue:
—¡Gracias!
~ o ~
No obstante, los días fueron transcurriendo uno tras otro, con monotonía e impaciencia. Había días en que la salud de Lina parecía variar para mejor, pero así y todo la hechicera no había vuelto a despertar. Lo más cercano que mostraba a un indicio de recuperar la consciencia eran incoherencias y maldiciones que de vez en cuando, sumida en la fiebre y bañada por un sudor frío, salían de su boca. Esto llenaba de preocupación el corazón de Gourry, quien se desvivía en su función de enfermero, manteniéndose junto a su compañera en todo momento, sin jamás abandonar la tienda que ambos compartían, ni siquiera para ir a buscar algo de comer.
Celes había ido a visitarlo de vez en cuando, y cada vez que el muchacho alzaba la pregunta que ya casi había convertido en un saludo, la respuesta que recibía siempre era la misma: aún no había cura, ni siquiera una pista. De no haber sido por su implacable positivismo, Gourry habría caído hace mucho en la desesperación. Pero incluso el espíritu del hombre más fuerte tiene un límite y el ver a Lina en semejante estado estaba logrando que el espadachín alcanzara el suyo.
Para peor, durante una noche algunos miembros de los Hijos llegaron al campamento con noticias alarmantes: varios otros campamentos habían sido incendiados y destruidos completamente por soldados de Galdabia, había muchos muertos y, sobretodo, decenas de heridos que buscaban refugio en campamentos aún sobrevivientes, pero que no tardarían en caer. ¿El motivo de tales ataques? Galdabia ya no sólo culpaba a los Hijos de Cecile por sus actos de terrorismo, un motivo que consideraban suficiente como para aniquilarlos sin piedad, sino que ahora también los responsabilizaban de la huída y escondite de Lina Inverse y Gourry Gabriev, dos peligrosos forajidos por quienes habían puesto un precio: diez mil monedas de oro por la cabeza de cada uno; una suerte de broma enfermiza por parte del rey Vasch. Además, a eso había que agregar que no sólo eran soldados de Galdabia quienes los buscaban, sino que también había gran variedad de cazarrecompensas al asecho. Las cosas no iban bien y el estrés de Gourry sólo aumentaba.
Ante tales noticias, Celes dio órdenes para prepararse para una batalla inminente, pues Galdabia de seguro hallaría el campamento; sólo era cuestión de tiempo. Ordenó que se levantaran barricadas, que se llevaran del campamento a todo el que no estuviera en condiciones de luchar y que armaran un asentamiento provisorio en algún lugar seguro, que revisaran el estado de las armas y que se dividieran las provisiones, dejando lo suficiente como para que los habitantes del lugar pudieran alimentarse por algunos días, mientras que el resto debía ser ocultado en el bosque, para tenerlo de reserva en el peor de los casos. También envió emisarios a los demás campamentos de los Hijos, ordenando que todos se dirigieran hacia el que ella estaba habitando, el cual sería considerado su campamento principal desde ahora. Todos los demás debían quedar vacíos para que Galdabia no encontrara nada al efectuar su ataque.
Fue bajo aquellas circunstancias en que Celes llegó una noche a la tienda de Gourry, donde lo encontró cabeceando, siempre al cuidado de Lina. No pudo evitar sobrecogerse ante el aspecto de ambos: ella se veía más pálida y sudorosa que nunca, aunque sus mejillas estaban enrojecidas, y él se veía igual de demacrado, pálido y delgado, aunque no por una enfermedad, sino que por la falta de sueño y el sometimiento voluntario a un cansancio extenuante. Llenó de aire sus pulmones y enserió el rostro, ocultando su aprensión.
Cuando el espadachín se percató de la presencia de Celes, sus cabeceadas cesaron. Alzó levemente la cabeza hacia Lina, estudiando su estado, y luego volteó hacia la ilusionista, preguntándole su saludo:
—¿Ya hay una cura?
Celes asintió. Por primera vez, su respuesta fue afirmativa.
Gourry saltó de su silla con energías renovadas y la encaró con una gran sonrisa en la boca:
—¿Qué encontraste? ¿La tienes ahora? ¿Podremos ayudar a Lina ahora?
—Cálmate —respondió la ilusionista a tantas preguntas. En un intento por poner paños fríos al repentino y fulgurante entusiasmo del espadachín, le hizo un gesto con la cabeza para que saliera de la tienda, con la esperanza de que el frío de la noche lo calmara. Él obedeció a regañadientes, pues no había salido de ese lugar desde que había puesto un pie en él.
Una vez afuera, con el refrescar de la brisa helada meciendo el largo cabello de ambos, Celes retomó la palabra, decepcionándolo:
—Encontré una cura, pero en este momento no la tengo en mi poder. No creas que salvar a tu amiga es tan simple como darle un brebaje, pues puedo asegurarte que no es así.
—Pero dijiste que ya sabías cómo sanarla.
—En ningún momento he dicho eso —se defendió la ilusionista—. No sé si esto que encontré pueda ayudarla, pero al menos ya es algo.
—¿De qué estás hablando? —preguntó el espadachín, intentando levantarse el ánimo de entre el cansancio que había retornado a él con todas sus fuerzas.
—Verás —comenzó Celes, sacando otro pergamino de entre sus ropas—, según este texto, otro de los que encontré en mi tienda, muy lejos de aquí hacia el norte, casi llegando a la frontera con Saillune, hay una cueva. Se supone que en esa cueva podrás encontrar un objeto mágico que podrá ayudar a tu amiga.
Gourry intentó comprenderlo, pues aún tenía en la cabeza la idea de una poción que pudiera regresar a Lina a su estado normal, incluso hizo el intento de evocar su mapa mental para hallar tal cueva en la experiencia de sus viajes, sin éxito. Se llevó una mano a la frente, apretándola con los dedos para espantar al sueño que lo carcomía, y preguntó:
—¿Y ese objeto qué sería?
—No lo sé —respondió Celes—, el manuscrito se refiere sólo a eso, a un 'objeto mágico'.
—Ya veo... —murmuró el espadachín—. Pero ¿estás segura que podrá ayudar a Lina?
—No —respondió la ilusionista con sequedad—, pero es eso o nada. La otra posibilidad sería esperar tranquilamente a que muriera sin que intentáramos hacer algo.
Gourry llevó sus ojos hacia los de Celes tras escuchar esto y la ilusionista se preguntó si no había cometido un error con esa última frase, pues en la mirada del espadachín percibía amenaza. Sin embargo, y para su sorpresa, de pronto Gourry sonrió abiertamente. Una sonrisa sincera; una sonrisa aliviada.
—¡Sí, al menos ya es algo! —exclamó, recuperando nuevamente, la compostura—. ¿Y qué haremos para ir a buscar esa cosa? ¿Vas a enviar a alguien para que ayude a Lina? ¿Partirá ahora mismo?
Celes observó a Gourry con renovada sorpresa. Toda amenaza que había sentido se había extinguido tan rápido como había llegado. Por algún motivo, en su interior se despertaron sentimientos extraños: entre alivio por verlo a él aliviado, algo que podría ser descrito como esperanza y también, oculto bajo una sombra, ira, una que no sabía si iba dirigida hacia él o a ella misma. Nuevamente tomó aire, desviando la mirada hacia el campamento, donde sus soldados se preparaban para el embate de Galdabia, intentando forzadamente no mirar a los ojos del espadachín, ni tampoco contemplar su sonrisa, aquélla que despertaba sus propias dudas y que hacía tambalear sus secretos. Tras un momento de pensamientos abstractos, volvió a alzar la voz, pero no le dirigió la mirada:
—Estamos esperando un ataque por parte de Galdabia. No puedo enviar a ninguno de mis soldados a buscar ese objeto cuando los necesito aquí para defender a los que quedamos.
La decepción de Gourry fue grande y se reflejó en su rostro, donde su sonrisa desapareció de a poco.
—Pero debe haber alguien —dijo—, alguna mujer, algún niño...
—¡No voy a enviar a mujeres y niños a un viaje lleno de peligros desconocidos! ¡Estás permitiendo que tu preocupación por esa hechicera te enceguezca!
Gourry se arrepintió de lo que había sugerido sin pensar. Aunque bajó la mirada sus ojos no observaban a nada, perdidos en algún punto del infinito, y aunque pensaba a velocidades extremas, su mente se hallaba vacía. Había llegado a un camino sin salida, con la existencia de una posibilidad, pero una posibilidad inalcanzable.
—Tendrás que ir tú.
El espadachín despertó de pronto al escuchar esa sentencia que Celes había dejado escapar. Volvió a mirarla, esta vez con sorpresa, y en su cabeza se deslizaron oportunidades nuevas, amenazas constantes y deseos contradictorios.
—¡Ni hablar! —exclamó con fuerza—. ¡No voy a dejar sola a Lina!
—Entonces, ¿qué quieres que hagamos? —respondió Celes—. ¿Nos quedaremos de brazos cruzados? Por mí no hay problema, después de todo, fueron ustedes quienes comenzaron todo esto, pero ¿vas a permitir que tu amiga muera sólo porque no quieres separarte de su lado? ¿Eso es lo que quieres?
—¡No importa! ¡Soy su guardián, tengo que protegerla!
—¡Fíjate en lo que estás diciendo! ¿Qué clase de guardián protege dejando morir a alguien? ¡En este momento no sacas nada vegetando a su lado, mientras podrías estar haciendo esfuerzos reales por ayudarla!
—¡Pero...! —exclamó Gourry, aunque no supo qué decir. La ironía era gigantesca, lo suficiente como para colapsar su ya agotado pensamiento. Con todo el cuerpo tensado, más de impotencia que de otra cosa, cerró los puños y apretó los dientes—. ¡No puedo! —exclamó al fin—. ¡Me niego a dejarla sola! ¡Tendrá que venir conmigo!
—Ni siquiera puede levantarse de la cama, ¿y quieres llevarla a una travesía de varios días en terreno peligroso? —respondió Celes con sensatez.
—¡Pero...!
Sin embargo, Gourry no encontró más palabras. Ya no había más en su diccionario que pudiera ayudarlo, y ni siquiera sabía si quería ser ayudado, hasta ignoraba que significaba esa ayuda. Ignoraba sus propios deseos. Su confusión, su contradicción y sus sentimientos lo habían superado. Por primera vez en mucho tiempo no sabía qué hacer y no tenía quién lo guiara. Entonces, esa voz volvió a aparecer en su cabeza, aquella voz de quien también había confiado en él durante un pasado remoto. Había aparecido para atormentarlo, para llevarlo a una guerra civil interna que acabaría por destruirlo si no hacía algo, alguna cosa que era incapaz de efectuar, pues estaba incapacitado, con sus piernas rotas y sus brazos arrancados:
"Intentaste protegerme, ¿y qué? ¿Qué conseguiste? ¡Ahora ya no están y es por tu culpa!".
Por un momento Gourry sintió que perdía la fuerza de sus rodillas y estuvo a punto de caer, pero en un último aliento recuperó el control de sí mismo y se mantuvo de pie, aunque su mente ya no le pertenecía, ahora era de ella, de la muchacha que se hallaba moribunda sobre esa camilla. Se llevó una mano a la sien nuevamente, intentando recuperarse, tratando de recobrar el sentido.
Celes, que había asumido esta reacción como parte de la sorpresa que tal encrucijada significaba para el espadachín, ignoraba por completo el maremoto que se había producido en el interior de aquel hombre, y debido a esto, al no saber, le dijo palabras que en cualquier otra ocasión podrían haber resultado útiles, pero que ahora simplemente se perderían en el vacío:
—Sé que no es fácil, pero puedes contar con que la cuidaremos bien aquí. Tómate tu tiempo para pensarlo, pero que no sea mucho; se nos está agotando.
¡Cuánta crueldad del destino! Justo cuando Celes acababa de pronunciar la última sílaba de aquella frase, en el campamento se despertó algo parecido al infierno: de pronto surgieron gritos de los hombres presentes, un llamamiento a las armas, y el choque de espadas no se hizo esperar. Surgieron fuegos de incendios y el sonido del caer de las barricadas y de las pisadas de decenas, quizás cientos, de hombres marchando como una gruesa pared insuperable en contra de ellos. Celes tardó menos de un instante en darse cuenta de que estaban bajo ataque y de que Galdabia los había encontrado con prontitud. Dirigió unas palabras que Gourry no comprendió y se marchó al combate, alzando mandatos y otorgando orden a la confusión de su reducido ejército. Los hombres del rey Vasch penetraron el campamento por la entrada principal y por los flancos, algunas tiendas ardían y las mujeres y los niños que se habían tardado de más en huir ahora intentaban hallar una salida a través del laberinto de armaduras y humildes ropas de género derruido.
Y, sin embargo, Gourry era ajeno a todo aquello. Observaba la batalla perdido en sus pensamientos, sin siquiera hacer un esfuerzo por blandir su espada para atacar, ni siquiera para defenderse. De pronto notó que sus pies comenzaban a moverse por cuenta propia y cuando se dio cuenta, se descubrió sentado nuevamente en la banqueta frente a la camilla de Lina, con ambas manos tomadas con fuerza bajo su mentón. Sin una pizca de piedad, la voz nuevamente invadió su cabeza, martillándola con el cruel acero de la culpa:
"Intentaste protegerme, ¿y qué? ¿Qué conseguiste? ¡Ahora ya no están y es por tu culpa! ¡Están muertas porque te quedaste aquí y no hiciste nada por ellas! ¡Maldito seas, Gourry Gabriev! ¡Maldito seas!".
Fue ahí, bajo el asedio de su pasado, bajo los gritos de la batalla, bajo el brillo de las llamas y el calor del fuego, en que sus sentimientos se quebraron. Se llevó las manos a la sien y se sujetó la cabeza con mucha fuerza, pues pensó que ésta de pronto iba a explotar, y con los ojos ocultos bajo su cabello rubio, exclamó, incapaz de controlar una voz que por momentos se le quebraba al hablar:
—No quería verte nunca en una camilla como ésta, Lina. Prometí que te cuidaría y ahora lo único que puedo hacer es quedarme a tu lado. ¡Maldición! ¡Prometí que nunca volvería a pasar esto, maldición!
Entonces, Gourry se vio forzado a levantar la vista y sin un momento para continuar lamentándose desenvainó la espada, pues a su alrededor la tela de la tienda fue rasgada por lo que parecieron ser garras, muy distintas a las espadas. Y sin poder creer lo que veían sus ojos, ante él apareció una horda de lesser demons, idénticos a los que los habían atacado con anterioridad bajo la lluvia de Cecile.
El guerrero apretó los dientes y se preparó para brindar un combate sin cuartel, sabiendo que se encontraba solo contra aquellos demonios aparecidos de pronto. Y mientras que los gritos de la otra batalla, aquélla entre los Hijos de Cecile y los soldados de Galdabia, lo bañaban con su furia desenfrenada, mientras el choque de espadas lejanas resonaba contra el gruñido de las criaturas inmundas que se cernían sobre él, prometió que aunque se le fuera la vida, aunque su cuerpo quedara completamente destruido y que aunque su nombre se perdiera en la memoria, jamás permitiría que tocaran a Lina, que la protegería con todo su arsenal, como su mejor amigo, como su compañero de aventuras; como su guardián.
~ o ~ o ~ o ~ o ~
Las llamas regresaron junto al sueño y el cuerpo de Lina continuó flotando rodeado por las sombras de la perdición en su desnudez. Y como en una danza maléfica con la muerte, el Demonio alzó su brazo para atraerla hacia él, llamándola desde el infinito oscuro con su voz de caos y muerte:
Que la destrucción nos una...
Que nos lleve al mar lejano, Asesina de Demonios...
Y aunque Lina observaba todo con ojos atentos y muy abiertos, era incapaz de moverse, sometida al yugo de los elementos de ese lugar ajeno. El miedo de su corazón se había esfumado por completo y ahora sólo habitaba la nada; el vacío de la ignorancia; el sopor de lo intangible.
Pero de entre las llamas que se agitaban como en una fogata oscura, en el sendero que habían formado para ella y sólo para ella, se despertó nuevamente la melodía que la rodeó con su canto. Y de ésta surgió un poder dorado que rodeó al Demonio con su propio fuego, haciéndolo desaparecer entre gritos de un ser enjaulado.
Entonces, las llamas se apagaron y Lina se encontró flotando a solas, rodeada del negro de la noche, a salvo del rojo del crepúsculo y de la sangre. Y mientras su cuerpo se perdía, flotando sin voluntad en el vacío, una única palabra hizo eco en su mente; un grito sincero en que se pronunciaba el nombre de quien habitaba en su alma, contra la oscuridad, contra la perdición:
«¡Gourry...!».
Así, la oscuridad creció y en su mente se formó el vacío. Continuó flotando de forma eterna, acompañada siempre y solamente por la melodía en las sombras.
Slayers © Hajime Kanzaka & Rui Araizumi, Kadokawa Shoten, Fujimi Shobo, E.G. Films, J.C. Staff
~Escrito entre el 10 de febrero y el 3 de marzo de 2010 / Revisión final el 17 de agosto de 2014~
