La arena hace todo muy difícil.
Es difícil ver a quién atacar; es difícil luchar cuerpo a cuerpo; es difícil vivir cada día sintiendo la sequedad y la aspereza a donde quiera que vayas.
Llevaban demasiado tiempo en ese desierto; tanto que ya no había esperanza de volver a casa, pues ya no había casa a donde volver, al menos no la que recordaban.
Edward levantaba un cuerpo sin esfuerzo alguno y lo acomodaba fuera de la trinchera. La tormenta de arena ya lleva un par de horas azotándolos con todo lo que tenía y no estaban seguros de cuantos soldados provenientes de Xing los atacaban.
Un cuerpo más apilado y después otro.
Un estallido y un grito desgarrador acercándose a él; repentinamente, un soldado cae a su costado izquierdo, uno que él conoce muy bien y con el que había estado luchando hombro a hombro desde el comienzo.
Samuel era el cabo con el que platicaba de vez en cuando, con el que tomaba uno que otro trago y con él que cogía cuando lo necesitaba. Ahora estaba en el suelo escupiendo sangre y muriendo poco a poco con un hoyo en el costado derecho del estomago y las piernas destruidas.
Sus ojos miraban al rubio parado junto a él, cubierto de arena adherida a su piel mojada, su respiración tranquila, su mirada seca y dura con algunas manchas de sangre en su uniforme y manos. Repentinamente sus ojos se pararon en la pistola que llevaba en el cinturón justo al alcance de su mano izquierda.
Edward exhalo un poco y en un movimiento rápido desenfundó la pistola y le disparó entre los ojos.
Se agachó un poco para poder cerrar sus parpados y tomó su cuerpo para regresar al campamento.
Xerxes debía ser una zona segura, habían pasado semanas desde que alguien del bando contrario se había acercado. No entendía por qué seguían intentando recuperar la ciudadela, no había forma de saberlo.
Dejó el cuerpo junto a los demás y fue al área de armamento donde se colocó un chaleco y algunas correas en las piernas, dorso y brazos llenas de municiones, cuchillos y bombas.
Era momento de terminar con todo esto.
Silbó fuerte una corta melodía, apenas audible entre los disparos, la tormenta el barullo y los cañonazos. Sus ojos se centraron entre la inmensa nube de arena donde se veían algunos destellos de las detonaciones y comenzó a correr.
Sus músculos se tensaron, sus pasos aumentaban de velocidad a cada zancada, las venas de su frente saltaron y repentinamente el Edward de hace unos momentos había desaparecido.
Su mirada se veía letal y escalofriante.
Junto a él otros cuatro soldados de cada lado uniformados de negro con el rostro cubierto.
Algunos soldados más de Amestris los veían ir directo al fuego enemigo y sabían lo que significaba.
¡Retrocedan y reagrúpense! — gritaban algunos cabos.
Escuchar eso en pleno enfrentamiento significaba que el equipo "especial" estaba por intervenir y los soldados comunes debían alejarse de la zona de combate. Inmediatamente comenzaron a replegarse y trataban de regresar al área segura sin resultar heridos.
Miraban como el rubio y los soldados de negro se perdían entre la arena y repentinamente un silencio se apoderaba de todo.
Sólo se escuchaba el viento y los quejidos que daban los soldados entrando a las trincheras y ocultándose. Algunos miraban con curiosidad; los más nuevos con incredulidad ante lo que se rumoraba sería un baño de sangre, algunos más simplemente se preparaban para volver a ser llamados a atacar en cualquier momento.
Un estallido rompió el silencio, tan grande que la arena se removió por un momento y el campo se aclaró por la onda expansiva. El comando espacial derribaba como muñecos a los soldados de Xing que llevaban con ellos armamento de alto calibre y un par de tanques que lucían muy diferentes a los que conocían.
Se trataba de un armamento completamente agento a ellos.
Los soldados de Amestris se quedaron fríos al mirar con lo que estaban a punto de ser atacados. El comando especial había entrado en acción justo a tiempo.
La tormenta de arena cubrió el campo de batalla nuevamente y algunas explosiones en cadena se miraron en línea recta. No se escuchaba absolutamente ningún grito ni forcejeo, sólo el sonido de metal chocar, algunos disparos y las detonaciones de explosivos.
Una explosión más de gran magnitud y nuevamente se aclaró el panorama.
Los soldados de Xing intentaban escapar.
La arena regresó a cubrirlo todo.
Una vez más el silencio sepulcral que a todos incomodaba, jamás era una buena señal, al menos no para los enemigos de la nación.
El sonido del silbar de Edward se pudo escuchar un poco entre la tormenta dando señal de que habían terminado la limpieza. Los soldados se levantaban de su escondite y regresaban al campamento.
El pelinegro que había estado luchando a un par de trincheras de la zona de batalla se mantenía estático, un poco incrédulo ante lo que había visto, no sólo por la letalidad que acababa de presenciar, ni por los pequeños atisbos de armamento que tuvieron entre la tormenta, ni por la sincronización que había en su propio ejecito del cuál no tenía idea.
Simplemente se encontraba atónito porque el que lideraba toda acción y en el que parecían verterse todas las preguntas era el rubio que hace ya bastante tiempo había dejado en una cama de hospital para no tener que herirlo.
Le era difícil aceptar que él ya no era ni el más fuerte, ni el más rudo, ni el más apto, y ahora no era ni la mitad del soldado que fue antes de reencontrarse con Edward un par de semanas antes.
Qué estupidez enamorarse en una puta guerra.
Llevó una mano a su careta y la limpió un poco con el guante negro para poder ver mejor. La silueta del rubio acompañado por los otros comandos al fin se hizo presente.
El cabello de Edward se movía con violencia debido al viento, sus pasos eran rítmicos y tan sólo mirarlo con el uniforme negro lleno de armas y el casco que cubría su rostro completamente lo encendían de una forma abrumadora.
Le enojaba que no era dueño de sus emociones, le encabronaba que en vez de sentir un poco de respeto por las bajas que habían tenido se sentía excitado al mirar a Edward ser tan letal y rudo y más portando ese uniforme especial que hasta hace tiempo descubrió era uno de sus fetiches más grandes.
Respiró con más rapidez el oxigeno de la careta y miró pasar al rubio en la lejanía adentrándose en la ciudadela. El rostro del pelinegro no se inmutó, pero su mirada lo siguió hasta perderlo de vista.
Se quedó unos minutos mirando la tormenta, hasta que finalmente sus pies reaccionaron y se giraron para volver al campamento.
Las tormentas de arena hacían todo más difícil.
No podían salir a recuperar los cuerpos de sus compañeros. No podían ver la extensión del daño hasta que no pasara y a veces la arena cubría todo a su paso haciendo parecer que nada había pasado en ese lugar.
Tendrían que pasar días buscando entre las dunas los cuerpos de los soldados faltantes para poder darles el último adiós y regresarlos a sus familias.
Roy entró a la base y las puertas metálicas se cerraron detrás de él. Un ligero sonido de descompresión se escuchó y se quito la careta dejando caer algunos de sus cabellos sobre su rostro. Sacudió la arena que se había acumulado en sus hombros y levantó el rostro para darse cuenta que no habían sido demasiadas las bajas.
Un cabo pasaba lista para saber con exactitud quienes eran los que faltaban. Los ojos de Roy se movían entre la multitud buscando cabello rubio en un intento vano de poder encontrarlo ahí.
Coronel Mustang — se escuchó entre la multitud.
Roy levantó la mano y continuó buscando.
Repentinamente una mano lo tomó por el hombro y giró sobre sus talones con rapidez.
¡Qué alivio que no estés muerto! — decía un castaño de ojos verdes en tono burlón abrazándolo con fuerza.
¡Maes! — soltó sorprendido al ver a su mejor amigo ahí.
Me contó trabajo averiguar que estabas en esta base, pero para cuando llegué ya había comenzando el fuego y tuve que entrar al campo. Tenemos que hablar de muchas cosas Mustang — el semblante del ojiverde cambiaba de felicidad a seriedad.
Lo sé Maes, pero necesito encontrar a Edward —
¿Edward Elric? — cuestionaba el castaño, hacía mucho tiempo no escuchaba ese nombre. — ¿Qué hay con él? —
Necesito hablar con él —
Creí que había muerto —
Roy miró por un momento extrañado a su amigo, creía que todos estaban al tanto de lo que pasaba en ese batallón, de cómo Edward se había vuelto un arma letal y de la existencia de un comando con tecnología de punta que era la única oportunidad de ganar esta guerra.
Vamos a otro lugar — dijo el pelinegro encaminándose al área de suplementos donde podrían tener un poco más de privacidad.
Fue muy difícil encontrarte, no hay información de tu paradero, de hecho tu estatus está como perdido en batalla, nadie en este lugar tiene archivo, todos han sido reportados como bajas o perdidos. Supuestamente es zona segura pero aún hay ataques… Algo no anda bien — decía el ojiverde mientras miraba de reojo que nadie se acercara.
Lo sé Maes, no entiendo que sucede yo tampoco, perdí toda autoridad cuando llegué aquí. Las únicas instrucciones que recibimos todos los días son de mantener seguro Xerxes y… — repentinamente vio cabello rubio en la lejanía.
¿Y…? —
Edward… — susurró buscando con los ojos entre los soldados que se a congregaban para mirar una grabación que hizo un soldado con su casco cuando la onda expansiva de una de las bombas limpió el panorama.
¿Qué hay con él? ¿Mustang? — su amigo estaba muy disperso, jamás lo había visto así, parecía como si la guerra finalmente hubiera cavado en su cerebro y lo hubiera cambiado.
Edward está vivo; es parte del comando especial. Él y otros soldados usan un armamento de alta tecnología que los hace letales, es gracias a ellos que no hemos muerto todos. Los ataques de Xing cada vez son más prolongados y con más soldados. No entiendo por qué la concentración es justo aquí si ya era un área segura —
Repentinamente los soldados comenzaron a hablar y a ponerse nerviosos. Mustang y Hughes se acercaron un poco y comenzaron a avanzar entre los soldados hasta el centro de donde provenía todo el asunto.
Miraban en una pantalla como la nación de Xing tenía armamento del cual ellos no tenían idea.
Tanques, lo que parecían ser armas de alto calibre, uniformes acorazados y…
No puede ser…— se escapó de los labios del pelinegro.
Exoesqueletos como los que portaban los soldados que estaban con Edward.
¿Cómo podía ser?
Mustang no soportaba no tener el control y estar a la deriva, necesitaba respuestas y las necesitaba ahora.
Se abrió paso nuevamente entre los soldados y tomó una careta, tenía que encontrar al rubio a como diera lugar. Tomó entre sus manos y jaló el portón de metal enorme para abrirlo y poder salir sin importarle la tormenta de arena. Dio un paso fuera del bunker y su boca se abrió para dejar salir el aire que se agolpaba en su pecho.
La escena era aterradora.
La tormenta había parado súbitamente para dejar ver un campo de batalla teñido de rojo a pesar de que la arena seguramente había cubierto gran parte; pero lo peor de todo era como los cuerpos de los soldados caídos de Xing estaban acomodados cubriendo las trincheras como si quisieran dejar un mensaje a los próximos que se acercaran.
Cuerpo sobre cuerpo en pequeñas murallas de protección.
Fila tras fila.
Se quitó la careta y comenzó a caminar entre las trincheras. Inmediatamente después de él salían los soldados al ver que se había disipado la tormenta y buscarían a sus compañeros caídos siendo golpeados por la misma escena.
Qué sangre tan fría debía correr por las venas de los que hicieron eso.
Mustang miró el horizonte buscando los tanques o algún cuerpo de los soldados que había visto en el video pero no había rastro alguno. Estaba seguro que el "equipo especial" tenía que ver con todo esto y ahora más que nunca tenía que hablar con el rubio, que justamente después de usarlo como objeto de desahogo sexual había decidido desaparecer por completo.
Sus pasos tomaron nuevamente fuerza y se clavaban con firmeza en la arena mientras se dirigía hacia la ciudadela. Maes lo miraba desde la zona segura dándose cuenta que no estaba el convoy en el que había llegado.
De hecho no había transporte alguno. Tenía que investigar más.
Mustang se acercó hasta llegar a la última trinchera donde se ocultó. Activó el sensor térmico de la careta y se asomó un poco para ver si podía ver la huella de calor de alguien cerca de la entrada de Xerxes. Un par de rastros se mostraron semiocultos entre las ruinas.
Inmediatamente se movilizó y comenzó a rodear la entrada principal de la ciudad siendo muy cuidadoso de no se descubierto. Aprovechó los ventarrones que llegaban después de la tormenta que le proporcionan un camuflaje momentáneo.
No sabía bien por donde buscar, lo único que miraba eran escombros y ruinas. Hasta que el sonido de pasos acercándose a él lo alertaron. Inmediatamente giró y pudo mirar a un comando especial acercarse a él corriendo listo para atacar.
Roy respiró profundo y le clavó la mirada.
El comando inmediatamente intentó derribarlo en un rápido movimiento pero Mustang ya había visto ese ataque en Edward, por lo que lo pudo esquivar apenas. Giró sobre sus talones y tomando del casco al comando sobre su hombro derecho lo derribó dejando caer su propio peso contra el suelo. Inmediatamente se colocó sobre él con una rodilla sobre su pecho e intentó levantarse para poder correr.
Fue en vano.
El cabo lo sujetó de una pierna y lo estrujó con una descomunal fuerza hasta que de la boca de Roy se escapó un grito de dolor. Inmediatamente después sintió el golpe de la arena en la cara y como era arrastrado ciudad adentro.
Estaba mareado y no estaba seguro de que había pasado, todo fue muy rápido. Miró hacia arriba encontrándose con un casco negro que ya conocía bien y forcejeó para poder ponerse de pie.
Puedo caminar solo — escupió con molestia mientras se levantaba siendo aún sujetado por el comando.
Siguieron caminando adentrándose entre las ruinas de lo que solía ser una iglesia muy grande. Los pilares que sujetaban la frágil estructura lucían como si en cualquier momento fueran a colapsar. Se dirigieron justo a un costado de donde se encontraba una figura de algún Dios, cuando repentinamente el sonido de sus botas chocando contra el metal llamó su atención.
Las paredes ya no eran más de roca y la obscuridad se tragaba todo a cada paso que daban.
No podía ver forma alguna y seguía avanzando. El comando no decía absolutamente nada, pero a decir por su agarre que le cortaba la circulación del brazo, estaba seguro que no estaba nada tranquilo.
Un sonido intermitente sonó y una luz verde se encendió frente a él dejando ver un elevador grande y dos comandos más custodiando la entrada.
Se adentraron y un soldado más se acercó para colocarle unas esposas muy diferentes a las que se usaban para detener a criminales. Lucían más como grilletes que cubrían casi toda su muñeca y que presionaban demasiado fuerte.
No diría ni haría nada. Sería imposible poder escapar con un solo comando, ahora que habían dos no habría forma alguna.
Miraba con rapidez cada parte del lugar por donde lo llevaban sin perder de mente al rubio.
Pasaban por habitaciones cerradas, todo el lugar cubierto de lo que se miraba como una especie de metal negro reflejante que no podía reconocer. Para entonces ya llevaban casi 20 minutos caminando. El silencio era incomodo y nada cambiaba en el panorama.
Hasta que del casco de ambos comandos sonó un ruido similar al de una alarma. Se detuvieron un par de segundos y cambiaron de dirección caminando con más rapidez.
Una puerta más se abrió y se pudo ver otra área del lugar donde habían muchos ventanales. Por uno, logró ver un tanque de los que ya había visto en el video que grabaron sus compañeros en el enfrentamiento previo.
Trató de frenar sus pasos para poder ver con más detenimiento pero fue obligado a seguir.
Repentinamente un comando soltó su agarre y se adentró en una puerta mientras el otro continuaba llevándolo a quien sabe donde.
Miró la puerta cerrarse e inmediatamente después un nuevo ventanal donde ahí lo pudo ver al fin.
Edward estaba acostado en una camilla completamente diferente a cualquiera de hospital. Sujetado de brazos y piernas con un casco lleno de nodos y tubos saliéndole por cada extremidad, la sala estaba llena de maquinas y cámaras en cada esquina. El rubio forcejeaba y hacía muecas de dolor y furia.
El ventanal llegó a su fin. Roy luchó un poco para poder regresar y saber que le hacían.
Repentinamente tuvo un recuerdo de cuando le habían injertado el brazo.
Quizá nuevamente estaban experimentando con él.
Una punzada atravesó su pecho y comenzó a forcejear para poder verlo, empujó al comando y comenzó a correr hacia el ventanal, pero una descarga eléctrica proveniente de sus muñecas lo paralizó y lo obligó a caer contra el suelo dejándolo aturdido y tembloroso.
Sentía como su rostro se deslizaba contra el suelo frío, en su cabeza se presentaba Edward y la guerra y Maes y una bomba tras otra.
Repentinamente fue arrojado y se deslizó por el suelo hasta que una pared frenó su paso.
Se mantuvo contra el suelo intentando en vano controlar los espasmos que sacudían su cuerpo y colocó sus manos debajo de sí incorporándose lentamente.
Miró con dificultad su alrededor y no había nada más que una habitación blanca vacía, con un ventanal enorme por donde se podían ver algunas luces del pasillo.
Se quedó sentado unos minutos más hasta que pudo ponerse de pie y tambaleándose caminó hasta el cristal sin tocarlo.
Frente a él otras habitaciones con gente dentro. Sus ojos se abrieron al ver que portaban el uniforme del ejercito de Xing.
Trataba de ver cuantos soldados alcanzaba a ver mientras caminaba a lo largo del ventanal y sus ojos contaban.
Debían ser al menos 20 hasta donde alcanzaba a ver ventanales, suponiendo que en cada habitación hubiera un soldado.
Levantó los brazos y trató de llamar la tención del soldado en la habitación frente a la suya, pero en cuanto sus manos tocaron el cristal una descarga golpeó tan abruptamente su cuerpo que cayó contra el suelo escupiendo sangre en el proceso.
Su cuerpo comenzó a retorcerse y perdió el conocimiento.
Había pasado mucho tiempo, Roy sentía la boca seca y el cuerpo destruido, quizá por las descargas. Quizá habían sido horas o quizá algunos días.
Se escuchó la puerta de una de las habitaciones abrirse y algunos pasos seguidos de gritos en un idioma que no podía entender.
Abrió los ojos con pesadez y se incorporó. Tenía que ver que estaba pasando.
Se puso de pie con mucha lentitud, como si sus movimientos fueran en cámara lenta y miró por una esquina del ventanal sin acercarse lo suficiente para no recibir otra descarga. Los comandos arrastraban a un soldado mientras este luchaba con toda su fuerza para intentar zafarse del agarre, pero no había forma alguna.
Lo arrastraron hasta salir del campo de visión del pelinegro y se dejó caer contra el suelo con pesadez, aún con más preguntas que antes.
Un sonido se escuchó proveniente de una bocina que no había visto antes ubicada en el techo a contra esquina de donde el estaba sentado. Repentinamente se pudieron escuchar los gritos del soldado que se habían llevado aún en otra lengua. Se escuchaba desesperado y aterrado, algunos ruidos metálicos y murmullos que no podía entender.
Los gritos se calmaron y el llanto se hizo presente.
Esta vez sonaba su voz en un español roto.
… Por favor, no me torturen, diré lo que quieran pero no me torturen…
El sonido de una maquina moverse y…
Gritos desgarradores pidiendo auxilio.
De esa clase de gritos que te hiela la sangre y hace que te tiemblen las piernas. Roy se puso de pie inmediatamente asustándose un poco y miró por el cristal. El soldado de la habitación frente a la suya se cubría los oídos tumbado en una esquina de la habitación.
Uno más golpeó el cristal y recibió una descarga que lo dejó desmayado en el piso para no tener que escuchar.
Los gritos no cesaban y todo se escuchaba en cada habitación.
Los torturaban sin tener que tocarlos; al parecer a él también le esperaba lo mismo.
Los pasos se hicieron presentes nuevamente y una puerta más se abrió. Un comando se adentró y esta vez los gritos provenían de una mujer que inmediatamente comenzó a luchar por su vida.
No podía creer lo que estaba viendo.
El seguro de su puerta se liberó y se abrió.
Sus músculos se tensaron y sus pupilas se afilaron, sudaba frío.
Un comando se hizo presente y por primera vez en mucho tiempo temió por su vida.
Comenzó a caminar hacia él y no opuso resistencia, fue sujetado por el cuello obligado a erguirse y comenzó a caminar. Frente a él la mujer era arrastrada por una pierna mientras se removía gritando aterrada.
Roy podía ver por el rabillo del ojo a los soldados de Xing que estaban aún cautivos temerosos alejados de las ventanas. Repentinamente se escuchaban golpes y descargas, seguidos del sonido de los cuerpos chocando contra el suelo.
Preferían estar inconscientes a tener que escuchar.
Repentinamente entraron en una habitación al final del pasillo y ahí sintió el terror recorrer sus venas.
Un par de camillas blancas como la habitación goteando sangre, el suelo encharcado y las paredes salpicadas.
En una bolsa metían lo que parecía ser carne o tejido humano y el uniforme de Xing, la mujer gritaba despavorida y él trataba de pensar en como escapar pero no veía como saldría de esta.
Lo comenzaron a jalar hacia la camilla y trató de luchar pero su cuerpo estaba muy cansado y lastimado.
No hubo forma alguna.
Las gotas de sudor se escurrían por sus flequillos mientras miraba como amarraban a la chica en la otra camilla y él miró el lugar que sería donde finalmente moriría.
Él no — se escuchó el eco en la habitación
Una voz que por un segundo hizo que todo su miedo se fuera.
