CRÓNICA 10

El décimo beso

—¡Kyouya! —exclamó Tamaki cuando éste impactó, de golpe, contra una mesa en la sala de música. No parecía haberse dado cuenta del obstáculo, aunque llevaba bien puestas las gafas—, ¿estás bien? ¿En qué estás pensando? ¡Eso debió doler! —exclamó, acercándose a su amigo, que, para ser honestos, no parecía estar escuchándolo.

—¿Doler? —preguntó por lo bajo—, sí, duele demasiado.

—¿Te lastimaste? —insistió Tamaki, observándolo de pies a cabeza.

—No, no.

—Kyouya-chan da miedo —susurró Honey, observando el rostro del vicepresidente del club, que distaba mucho de ser serio, furibundo o aterrador. Parecía, más bien, un zombi con gafas. Era como si le hubieran arrancado su personalidad de golpe y, en sustitución, le hubieran puesto la de alguien sumamente triste.

—Ah, Kyouya —dijo Tamaki, poniéndole una mano en el hombro para intentar reanimarlo—, ¿estás bien? Estás cansado, cierto, deberías dormir un poco, mira, te presto a mi osito de… ¡Kyouya!

El Rey en las Sombras había sucumbido a sus propias sensaciones antes que a sus pensamientos. Se había recargado en el hombro de Tamaki y, si bien no lloraba, era como si lo estuviera haciendo. Ni Kaoru ni Hikaru estaban por ahí, así que Haruhi cerró la puerta de la sala de música y entró, con paso vacilante, para acercarse a Kyouya y hablar.

Ya no importaba quién estaba al tanto y quién no, importaba todo lo que eso estaba generando.

—Kyouya-senpai, tienen que hablar con Kaoru y arreglar la situación. Esto los está dañando a ambos. Y a Hikaru también.

—Haruhi —susurró Tamaki, que no sabia de qué estaban hablando ni qué estaba pasando. Kyouya intentó alejarse, pero Tamaki lo tenia muy bien aferrado para no permitírselo. Murmuró algo contra la tela del uniforme de Tamaki, quien sintió su cálido aliento, pero nadie lo comprendió.

Honey se acercó también.

—Kyo-chan, ¿peleaste con Kao-chan?

—Terminaron —explicó Haruhi, dándose cuenta de que Honey-senpai y Mori-senpai estaban al tanto de la situación. Honey se llevó las manos a la boca y ahogó una expresión. Mori se limitó a negar con la cabeza, como si desaprobara esa actitud.

Tamaki, abandonando por completo sus dotes principescas, suspiró por lo bajo.

—Así que por eso se comportaban tan extraño —determinó. Los demás asintieron con la cabeza—, esto debe ser demasiado duro para los dos, ¿no? ¿En dónde está Kaoru?

—Está hecho un mar de lágrimas en el jardín —explicó Haruhi, observando a Kyouya, que de pronto aferró con fuerza inusual el brazo de Tamaki—, está sufriendo, Kyouya-senpai, igual que tú.

Kyouya se alejó de Tamaki con un movimiento brusco.

—Que nadie piense —dijo, con la voz ronca y furiosa, temblando— que no lo sé —advirtió.

Salió corriendo de la sala de música. Tamaki quiso ir tras él, pero Haruhi lo detuvo, aferrándose a su muñeca.

Supuso que eso era algo que tenían que arreglar ellos dos.


En el jardín, Kaoru continuaba con su trabajo. Las flores estaban en su sitio. Los manteles habían sido puestos sobre las mesas y no tardaban en llegar los aperitivos. Todo parecía ser perfecto y estar en su sitio. Sólo una cosa no encajaba en su estante y de ella provenía la astilla que más le dolía.

¿Qué pasaría a partir de ese momento? ¿Su vida se convertiría en un remolino de confusión y tendría que ir a la deriva con un remo inservible? ¿Podría luchar y escapar de ese amor que…? Porque estaba enamorado, ¿no?

Las marcas de las lágrimas en sus mejillas debían ser la prueba más grande de eso.

Kyouya apareció de pronto en el jardín, con las gafas torcidas y la respiración agitada. Se miraron. Kaoru intentó huir del contacto de sus ojos, pero no pudo al convertirse en la victima de un apretado abrazo que le robó el aliento un segundo. Kyouya lo besó. Lo besó con todas sus fuerzas y sus debilidades, entregándose a él sin prohibiciones.

¿Y qué importaba si alguien los veía? ¡¿Qué más daba?!

—Si terminas conmigo otra vez —señaló—, no te lo perdonaré jamás, Kaoru.

Éste estaba tan fuera de sí, que no pareció comprender nada de lo que le estaba diciendo. Tampoco comprendió la repentina presencia de Hikaru delante de ellos ni su desolada expresión.