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Una vez de regreso de su visita al Ministerio de Magia, Albus Dumbledore se dirigó directamente a su despacho de profesor de Transfiguraciones. Había considerado la posibilidad de hacer una parada en Inverness, para poner en antecedentes a Malcolm McGonegall, pero finalmente había decidido esperar un poco. Al fin y al cabo, Cygnus Black había dicho que la resistencia francesa no había podido acercarse al lugar, y además, el sitio en el que había desaparecido la Rosa, como muy bien sabía Dumbledore, aunque casi con certeza Black lo ignorara, no era precisamente cualquier lugar de la frontera. Albus Dumbledore vio una remota posibilidad, que tendría que perseguir antes de dar por fracasada la operación y desaparecidos tanto la bruja como su preciada carga.
Cuando abrió la puerta de su despacho, casi no se sorprendió al ver dos lechuzas esperándole. Una era una lechuza comercial, de color marrón oscuro, que traía el periódico. La otra, un ejemplar de color ceniza, más entrado en años, permanecía encaramada al respaldo de la silla, mirando con desconfianza a su plumífera compañera. Anudado a su pata izquierda, llevaba un sobre de pergamino de color ocre. Albus le quitó la carta de la pata y dedicó un momento a acariciarle suavemente las plumas del pecho con un dedo, antes de dar un suave golpe al sobre con su varita.
En un inglés muy correcto, con una letra picuda pasada de moda, podía leerse:
"Mi querido amigo;
El tiempo transcurre más rápidamente de lo que quisiéramos, y hace ya demasiado que no sabemos el uno del otro. Parece que fue ayer cuando, aún estudiantes, desarrollamos nuestro proyecto conjunto de investigación, y sin embargo, ya ha pasado más de un siglo. Debo reconocer que la pasión por el estudio y conocimiento de la magia de la que ya hacías gala cuando éramos jóvenes, y que te ha acompañado siempre, era contagiosa, y quedó en mi en un estado latente que, de vez en cuando, ante cualquier pieza de museo, hace que me pregunte por sus misterios, aunque, debo reconocer, que abandono pronto y la dejo reposar en su vitrina.
Soy muy consciente de las dificultades y los peligros que entrañan los viajes en nuestros días, y de los momentos difíciles que vive tu patria, pero la primavera empieza a despuntar en nuestros valles, y el rosal silvestre, que parecía perdido para siempre al final del invierno, resurge cuando los hielos se vuelven agua, y las flores vuelven a desplegar sus pétalos al viento.
Antes de que seamos demasiado viejos, y me haya vuelto demasiado cursi, me gustaría mostrarte alguno de los misterios mágicos más impresionantes de esta parte del mundo.
Espero saber pronto de ti.
Saludos,
Estefanía M. de Falcón
Albus Dumbledore dejó la carta a un lado. Después tomó el periódico y lo extendió sobre su mesa. Comenzó a pasar hojas buscando algo muy concreto. Lo encontró en una esquina interior de una página par. El titular hacía referencia a una reclamación interpuesta por el Ministro de Magia de España, con el apoyo del de Portugal, ante la Confederación Internacional de Magos, en relación con una presunta incursión de un escuadrón de la Seguridad Mágica de Windelwald en el pirineo navarro. El asunto se trataría en el siguiente Pleno de la Confederación. El Gobierno de Grindelwald restaba importancia al suceso, indicando que las fronteras en los Pirineos no estaban claramente señalizadas, por lo que un escuadrón en misión ordinaria de reconocimiento podría sin proponérselo adentrarse algún kilómetro en el país vecino.
Dumbledore juntó las yemas de los dedos mientras reflexionaba. Se le escapó una pequeña sonrisa. En efecto, todavía había un resquicio abierto para que se colara por él la esperanza.
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Sola en la cocina del barco, se permitió un momento para reflexionar. La jornada había sido agotadora. Había tenido que dedicarse a organizar las provisiones para el viaje, y después preparar la comida. Como le había dicho Santi, los marineros se conformaron con que fuera tragable y abundante. Aunque no tenía buen aspecto, tampoco olía mal, así que no se quejaron.
Atrás quedaba Eleanor, reflexionó, el personaje del que se había servido mientras estaba con los brujos españoles. Sin saber muy bien por qué, sintió un pequeño ramalazo de nostalgia, pero inmediatamente lo olvidó. Decidió organizar sus cosas antes de empezar a preparar la cena, así que abrió el armarito. Dentro había metido su petate con todas las cosas dentro. Lo sacó, abrió el compartimento secreto y fue metiendo en él, muy ordenados, los termos de poción, no sin antes servirse un vaso y beberla. Después introdujo también el paquete. Cuando hubo terminado la operación, se quedó un momento reflexionando, para a continuación meter decidida la mano en el bolsillo. Pero, cual no sería su sorpresa, cuando no encontró el brazalete. Rebuscó también en el otro bolsillo, más que nada para descartar, porque estaba bien segura de dónde lo había metido. Miró alrededor, por el suelo. Revisó el fondo del petate. Y de pronto, una imagen le vino a la cabeza y se echó a reir. El chico del malecón, el que le había dado un empellón¡Le había robado el brazalete!. Por fin se había librado del enojoso artefacto. No importaba dónde hubiera ido a parar, ni qué clase de efectos podría tener en los muggles, ahora era libre de servirse de la magia. Cerró la tapa del hueco escondido y se desplomó en una silla, feliz. En cuanto llegara la noche, sin que nadie la viera, desaparecería del barco, y volaría directa a Escocia.
Estuvo en un tris de tirar la poción multijugos por el desagüe, ahora que ya no la necesitaba. Pero miró el reloj y vio que no podía perder el tiempo si tenía que preparar la cena de la tripulación.
Cuando todos habían cenado ya era de noche y pronto podría marcharse. Sintió algunos nervios atenazando su estómago. Pero aún tenía mucho que hacer, así que decidió no perder el tiempo. Lavó los cacharros, recogió la mesa y arregló la cocina sin usar la magia, por miedo a que alguien pudiera entrar en la cocina y la pillara in fraganti. Cuando terminó, tenía la boca seca. Se sirvió un vaso de agua del fregadero. Mientras lo bebía, oyó ruidos y gritos que venían de la cubierta. Se dio media vuelta. Unas pisadas fuertes delataban que alguien bajaba a la cocina. No le dio tiempo de agacharse para sacar la varita de la pernera. Un soldado alemán, desde la puerta de la cocina, la estaba encañonando.
