Los personajes no me pertenece, son propiedad de Stephenie Meyer. Solo la trama es mía y está prohibido su uso sin mi permiso.
Capítulo 9:
Cuanto el timbre suena, dando por finalizadas las clases del día de hoy, suelto un suspiro lleno de alivio. Hoy ha sido un día muy largo y revelador, lo que da paso a que me canse con más facilidad por tanto pensar y darle vueltas a las cosas que me suceden. Menos mal que ando trayendo mis pastillas en el bolso.
Cierro mi libreta de apuntes de forma abrupta y la guardo apresuradamente en mi mochila. Tomo la mochila, me la echo al hombro y luego me despido del profesor de Biología para luego salir directo por la puerta, muy aliviada de que el día haya terminado. Entonces, un brazo se envuelve en mi cintura con velocidad y me arrastra hacia al lado, haciéndome chocar con el costado de un cuerpo. Mi corazón comienza a latir furiosamente y siento una pequeña electricidad recorrerme el cuerpo de pies a cabeza.
— ¿Adónde crees que te me escapas, cariño? —me susurra en el oído una aterciopelada voz. Me estremezco violentamente.
Sorprendida, volteo el rostro hacia mi derecha y me topo con esos ojos verde esmeralda que tanto me gustan. Sonrío a lo grande.
— ¡Edward! —exclamo jubilosa.
Sin poder contener mi euforia por verlo, le echo los brazos al cuello para poder abrazarlo. Él inmediatamente me rodea la cintura con sus fuertes brazos, enviándome una ola de descargas eléctricas a mi espina dorsal ante su toque. Inclina su rostro lentamente y lo esconde en la curva de mi cuello, mientras yo enredo mis dedos en su cabello broncíneo. Entonces, siento como me eleva suavemente del suelo y da una vuelta conmigo en sus brazos. Dios, se siente tan bien estar así con él.
Una voz se aclara la garganta tras nosotros.
—Señor Masen, ¿puede ser tan amable de bajar a la señorita Swan, por favor? No se le vaya a caer —dice la grave voz del señor Banner, el profesor de Biología.
Edward me baja de inmediato, pero su brazo derecho sigue alrededor de mi cintura, sin querer soltarme. Avergonzada, miro al señor Banner con la disculpa en mis ojos, mientras mis mejillas se sonrojan de forma automática. Edward, por su parte, le sonríe a lo grande al señor Banner y le susurra un "gracias" que no llego a comprender. En respuesta, el señor Banner sonríe y le guiña un ojo con complicidad, para luego desaparecer de nuestras vistas. Frunzo el ceño.
— ¿Qué fue eso? —le pregunto a Edward, mirándolo extrañada. Mis brazos siguen alrededor de su cuello, sin querer soltarlo jamás y a él parece no molestarle este hecho.
—Nada —me responde, apretando su agarre en mi cintura—. En la moto te lo explico. Vamos ante de que Alice se ponga histérica, odia los atrasos.
Suelto una risita.
—Lo sé. Vamos.
Comenzamos a encaminarnos a la salida, cuando una molestosa y chillona voz nasal resuena en nuestros oídos de forma abrupta.
— ¡Edward, querido!
El cuerpo de Edward se tensa de forma violenta y para su caminar inmediatamente. Su mandíbula se endurece al igual que su expresión, mientras que sus ojos se vuelven más oscuros y gélidos de lo normal. Nunca antes lo había visto así. Aprieto mi agarre en su cuello, demostrándole que estoy con él en todo momento. Como respuesta, me palmea la cintura suavemente.
—Jessica Stanley —dice Edward, entre dientes. Incluso, me parece escuchar como si escupiera el nombre de ella, como si le asqueara el solo nombrarla.
—Edward, cariño, tanto tiempo sin vernos —chilla ella con su molestosa voz nasal, luego suelta una risita—. Si quieres te das vuelta, cariño, para que pueda ver ese hermoso rostro tuyo que tanto amo.
Mis dientes rechinan de forma instintiva, con ferocidad. Sin ser consciente de mis actos, mis manos se convierten en puño y el aire comienza a sisear por entre mis dientes, de forma amenazadora. Edward me aprieta la cintura con suavidad y luego me besa el cabello suavemente, en un vano intento de calmarme. Por esta vez, sorprendentemente, no funciona.
Suelto el cuello de Edward lentamente y luego escapo de su brazo que me rodea, para darme la vuelta de forma brusca y así encarar el rostro de Jessica. No sé que me está pasando, verdaderamente, pero siento una ferocidad tan gran dentro de mí y una necesidad de defender lo que es mío. Pero… ¿qué tengo que defender? ¿A Edward? Imposible, si él no es nada mío.
Edward se voltea suavemente, mientras yo me cruzo de brazos amenazadoramente, y luego rodea mi cintura con sus brazos, manteniéndome contra su pecho en todo momento. Yo, mientras, no soy capaz de dejar de mirar a los ojos a Jessica, en una muda advertencia de que no se acerque a Edward.
¿Qué es lo que me está pasando? ¿Qué es esta incómoda sensación que siento dentro de mi pecho al observar las miradas soñadoras que le lanza Jessica Standley a Edward? ¿Por qué de pronto me ataca el irracional deseo de interponerme entre Edward y Jessica, para así evitar el que ella lo mire de aquella forma tan soñadora? Mi cuerpo entero, de pies a cabeza, está tenso y agarrotado, con mis manos convertidas en puños en mis antebrazos y mis dientes apretados con bastante brusquedad. ¿Qué me sucede?
— ¿Amas? —Edward usa un tono tan incrédulo y sarcástico, que me sorprende—. Tú no eres capaz de amar a nadie en la vida, Jessica. A nadie más que a ti misma y a quién todos conocemos, quién gracias a Dios no cayó en tus redes.
La profesora de Historia arquea una ceja en dirección a Edward. Parece sorprendida por una razón que desconozco. Luego, recuperando la compostura, pestañea varias veces y mira a Edward a través de las pestañas. Sus labios, de un excesivo color rojo, forman poco a poco un exuberante puchero. Mi cuerpo se tensa, aunque ni yo misma sé la razón de aquello.
—Estás siendo muy duro conmigo, Edward —masculla Jessica, batiendo las pestañas y mordiéndose el labio inferior.
Por una extraña razón, este gesto hace enfurecer a Edward. Sus brazos alrededor de mi cintura se tensan y se aprietan, su expresión se endurece como jamás he visto desde lo conozco. Sus ojos verde esmeralda de oscurecen poco a poco, a tal punto que parecen negros. Esto me inquieta, así que busco su mano desesperadamente y se la aprieto, en un vano intento de calmar su furia. Me devuelve el apretón de manos.
—Ve al grano, Jessica, jamás me han gustado los rodeos —dice Edward, con la voz ronca a causa del enfado.
La profesora de Historia pone los ojos en blanco. Se endereza un poco y camina unos cuatros pasos hacia delante, con la intención de tocar a mi acompañante. No sé que me sucede en el instante en que Jessica Standley se inclina para tocar a Edward, pero un instinto sobreprotector se instala en mí y me hace reaccionar a la defensiva. Con un salto, me coloco en frente de Edward y utilizo mi mano derecha para empujarlo a él suavemente para atrás, mientras que mi otra mano se alza hacia la profesora de Historia, haciendo que pare su caminar.
—Si le vas a decir algo, Jessica, que sea a la distancia —murmuro, siguiendo el consejo de Ángela sobre usar el nombre de la profesora—, por favor.
Jessica pestañea varias veces, sorprendida y con la boca ligeramente abierta. Detrás de mí, oigo perfectamente la falsa tos de Edward, quien trata de camuflar con la tos su repentino ataque de risa ante la estupefacción de la profesora. Yo solo me quedo allí, en medio de Jessica y Edward, sin dar mi brazo a torcer.
—Ya la oíste, Jessica —masculla mi acompañante detrás de mí, conteniendo la risa que amenaza con salir de sus labios. Tuerzo mi boca, disgustada—. Mantén la distancia, por favor, y habla luego, ¿quieres?
En respuesta a las palabras de Edward, Jessica alza una ceja en su dirección y ladea un poco la cabeza, intentando mirarlo. Nuevamente, impido el que se acerque a mi acompañante colocándole una mano en el hombro y dando un paso hacia delante, en una muda amenaza. Jessica retrocede inmediatamente.
—Lo que quiero decir es que yo….
La profesora de Historia es interrumpida abruptamente, por una pequeña mano que desde atrás le tira el brazo e impide que siga hablando. Es Ángela.
—Lo que tú tienes que decir, querida "amiga"… —masculla Ángela, haciendo una cómica mueca con sus labios al pronunciar la última palabra—… es ¡nada! Así de simple.
Jessica fulmina con la mirada a Ángela, de una forma tan siniestra y enfermiza, que un ligero estremecimiento del cuerpo me sobrecoge. Pero, al parecer, su mirada no tiene efecto en Ángela, ya que esta le devuelve la mirada fulminante y alza la barbilla ligeramente, con orgullo. En estos momentos, un estúpido deseo de echarme a aplaudir hacia Ángela me invade. Qué estúpida.
—Pero…, yo…
— ¡Nada! —Ángela la vuelve a interrumpir, colérica. Sus manos están convertidas en puños y sus ojos están levemente desenfocados a causa de su enfado. Toma un respiro largo y tendido, para luego acercarse a Jessica y tomarla del codo con brusquedad, como si le asqueara el solo tocarla—. Ahora, si nos disculpan…
Edward en ese instante se acerca a mí y me rodea el hombro con su brazo. Luego, ladea un poco la cabeza y mira fijamente en dirección a Ángela, dándole un asentimiento que no llego a comprender del todo. Es que, ¿qué me estoy perdiendo aquí?
—Ángela —musita Edward, sonriendo suavemente—, un gusto verte nuevamente.
Ella le sonríe de vuelta, un poco más calmada respecto a su enfado.
—El gusto es mío, Edward. ¿Cómo te ha tratado la vida desde la última vez que nos vimos?
Edward tuerce los labios, convirtiéndolos en una mueca. Pero, luego de aquello, parece recordar algo, ya que sus ojos brillan repentinamente y se clavan en mí. Sus ojos en ese momento brillan de una manera tan significativa, que por alguna razón que desconozco, mis mejillas se tiñen al rojo vivo. Solo soy capaz de devolverle la mirada, hipnotizada ante el brillo de sus ojos y la hermosa sonrisa que se forma en sus labios. Dios, es tan hermoso….
—Mucho mejor… —murmura Edward. Mi sonrojo se intensifica.
La risita de Ángela nos saca a Edward y a mí de nuestro ensimismamiento.
—Eso espero —murmura Ángela, soltando unas risitas. Luego, endurece su expresión y su ceño se frunce un poco—. Enserio, Edward, ¿estás bien?
No puedo evitar fruncir el ceño ante esto. Ángela se ve verdaderamente preocupada por algo que desconozco, pero pareciera relacionado con Edward. Este, a mi lado, suelta un largo suspiro y se pasa una mano por sus alborotados cabellos bronce. Abre la boca para contestarle a Ángela, pero justo en aquel momento su móvil decide interrumpirlo. Edward se apresura en contestarlo.
—Alice —contesta. Espera unos segundos, escuchando muy atento lo que su amiga le dice y luego frunce un poco el ceño—. Está bien, nos iremos ahora. Cálmate, ¿quieres?... Sí, no te preocupes por ello…. Nos vemos, adiós.
Edward corta la llamada y luego se voltea hacía mí.
—Alice esta desesperada. Quiere que vayamos luego a la tienda o si no ella misma es capaz de venir a buscarnos. No quiere retrazarse con las compras para tu apartamento.
Una risita escapa de mis labios, sin poder evitarlo. La imagen de una Alice histérica por comprar luego me hace reír de solo pensarlo. Dios, esa chica si que es una exagerada.
—Creo que será mejor que nos vayamos —comento.
Edward asiente con la cabeza, sonriendo.
—Sí, creo que es lo mejor si no queremos presenciar la furia de la gran Alice Brandon.
—Entonces, nos vemos luego, chicos —se despide Ángela, arrastrando con ella a Jessica Standley que se debate en sus brazos inútilmente.
— ¡Nos vemos, Ángela! —decimos a coro Edward y yo.
Nos miramos los dos, sorprendidos de hacer hablado al mismo tiempo. Sin poder evitarlo, estallamos en risas ante lo absurdo de la situación. Ángela, a la distancia, sacude la cabeza con resignación y nos sonríe divertida.
Aún riendo, Edward y yo comenzamos a salir del edificio rumbo al aparcamiento. A los pocos metros puedo vislumbrar la silueta de la motocicleta de Edward. Nos acercamos a ella lentamente.
—Edward —le llamo, mientras él comienza a subirse a la moto.
De inmediato capto su atención ya que ladea el rostro y me mira, clavando esos ojos suyos tan hermosos en los míos.
—Dime —contesta.
Me muerdo el labio inferior, con nerviosismo. Una parte de mí necesita preguntarle esto, pero la otra parte me dice a gritos que no me debo inmiscuir, que a mí no me incumbe aquello. Pero necesito saberlo, de verdad que necesito saberlo. O si no moriré de curiosidad.
— ¿De dónde conoces a Ángela? —Me atrevo por fin a preguntar.
Edward voltea el rostro, sorprendido ante mi pregunta. Yo desvío la mirada, sonrojada, avergonzada de mí misma y miro al suelo, como si el suelo fuera lo más importante en esta vida. Dios, ¿por qué me estoy comportando así? ¿Qué es este sentimiento amargo que me aprieta el pecho? Siento una furia incoherente creciendo dentro de mí, abarcando mi cuerpo. Aprieto los labios con fuerza, evitando así que un gruñido salga de mis labios.
Escucho la silenciosa risa de Edward a mi lado. ¿Qué le divierte tanto? Ugh, este mal humor no me gusta.
—Somos compañeros de trabajo, Bella —responde Edward, riendo suavemente. Yo frunzo el ceño fieramente. No le veo el chiste a esto—. Además de que ella y yo nos conocemos de antes, desde el instituto, cuando coincidíamos en algunas clases y conversábamos de vez en cuando.
Alivio. Un alivio inmenso comienza a recorrer mi cuerpo, llenando mis venas y relajando todo mi cuerpo. No me he dado cuenta que mi cuerpo se ha puesto rígido ante ese sentimiento amargo que me oprimía el pecho. Sin ser consciente de ello, un suspiro teñido de alivio y relajación brota de mis labios.
— ¿Por qué lo preguntas? —Edward se inclina un poco hacia delante, buscando mi rostro para poder verlo.
Volteo mi cabeza, evitando su penetrante mirada esmeralda y elevo la vista al cielo, un poco incómoda. No sé qué es lo que me sucede en estos momentos. Me estoy comportando de una forma irracional, lo sé. Parezco una patética adolescente celosa… Celosa…
—Por nada —contesto, evasiva.
Dios, ¿acaso me sucede lo que creo que me sucede? ¿Puede ser acaso que ese sentimiento que me oprimía el pecho eran… celos? ¿Celos? ¿Celosa? ¿Yo? No, no puede ser. Edward no es nada mío para comportarme de esta manera. Nada.
—Mmm —murmura Edward, no muy convencido de mi respuesta.
El muy idiota esta sonriendo torcidamente, como si pudiera leer mis pensamientos. Se endereza en la motocicleta y le quita el seguro, volteándose a mirarme con una mano extendida hacía mí, en una muda invitación para subirme. Diablos, aún tiene esa sonrisita de suficiencia en el rostro. Si sigue así se va a llevar un gran golpe de mi parte, haber si así sigue sonriendo.
— ¿Por qué sonríes así? —le pregunto hoscamente.
Maldición, debo controlar mi maldito temperamento. ¿Qué es lo que me sucede hoy? ¿Es que acaso no voy a poder controlarme en todo el día?
—Por nada —contesta Edward, repitiendo a conciencia mis propias palabras.
Me muerdo el labio inferior, para impedir que salga el gruñido que amenaza con salir de mis labios. Maldita la hora en que hice esa maldita pregunta. Mi buen humor de hoy en la mañana a desaparecido completamente, por razones que desconozco, aunque sé que todo fue provocado por mis estúpidos celos no justificados.
—Ah, por cierto —comenta Edward, como quien no quiere la cosa—, por si te lo preguntabas, a Leah y a Seth los conozco porque son los hijos de mi nana, Sue, y siempre van a visitarla en casa mientras ella trabaja. Son grandes amigos míos.
Vale, me ha leído el pensamiento, debo reconocerlo, aunque nunca lo admitiré en frente de él. En respuesta a las palabras de Edward, solo me dedico a hacer caso omiso a su reacción y tomo su mano, mientras que comienzo a subirme en la motocicleta. Una vez ya sentada, él suelta mi mano y yo aprovecho esa oportunidad para rodearle la cintura con mis brazos. A pesar de ser la segunda vez que me subo a la moto, aún no supero el miedo a caerme de ella y pegarme un buen costalazo, así que me afirmo lo más fuerte que puedo de Edward.
—Espera —dice, mientras trata de soltar el rudo amarre de mis brazos en su cintura. Lo suelto a regañadientes… y un poco dolida ante su reacción—. Si me aprietas tanto la chaqueta no podré conducir bien —mientras dice esto, se comienza a desabotonar la hermosa chaqueta negra que anda portando este día, la cuál le queda estupenda, como siempre. La respiración se me corta de forma abrupta mientras veo su ancha y masculina espalda flexionándose mientras se desabrocha la chaqueta. Estira sus manos hacia atrás, en busca de las mías y se las entrego un poco vacilante. Entonces, mete mis manos por debajo de su chaqueta, dejándolas en su plano y duro vientre, por encima de la camisa. Ante el toque de su piel, tan cerca como nunca antes la había sentido, siento una especie de calor abarcando mis brazos y recorriéndome la columna vertebral—. Así esta mejor.
—Mmm. —Es mi "coherente" respuesta. Él se ríe por lo bajo.
—Afírmate con fuerza, Bella —dice, mientras echa a andar el motor que ruge con fiereza al instante de encenderse. Como respuesta, mis brazos se aprietan alrededor de su cintura.
El resto del viaje pasa de una forma más o menos normal, exceptuando las intensas emociones que me embargan en estos momentos. Mis mejillas están al rojo vivo, porque aún puedo sentir el calor de su piel en mis manos, porque aún siento esa característica electricidad recorriendo mis brazos y mi columna vertebral, como fuego que me quema. Y porque Edward parece estar muy consciente de lo que me está sucediendo.
En un momento dado, mientras estamos parados en frente de un semáforo en rojo, Edward baja su mano hacia la mía y me la aprieta con fuerza, manteniéndola siempre contra su cuerpo. Le devuelvo el apretón como puedo, abrumada ante su actuar. Entonces, alza mi mano, que aún se encuentra entre la suya, y le da un suave y electrizante beso en mis nudillos. Mi sonrojo se intensifica y el corazón, dentro de mi pecho, comienza a latirme con fuerza, de una forma tan intensa y fuerte que me impresiona.
De nuevo siento en mis venas esa adrenalina que me corre por las venas. Siento, también, como el estómago se me aprieta contra la columna vertebral y al aliento se me corta, se me queda atorado en la garganta ante la velocidad que recorremos las calles. De nuevo siento como cada sentimiento malo e indeseado se va con el viento que pasa al mí alrededor, dejando solo los sentimientos y las sensaciones buenas. De nuevo me siento… libre.
A los pocos minutos después, Edward aparca la motocicleta en un pequeño estacionamiento en frente de una tienda inmobiliaria. Alice, Rosalie, Jasper y Emmett ya están allí, esperándonos. La expresión de Alice no es para nada amistosa, y su posición en brazos cruzados sobre el pecho tampoco.
— ¿Se puede saber porqué demoraron tanto? —Alice se acerca a nosotros, cruzándose de brazos y golpeando su pie izquierdo con insistencia en el suelo. Está muy enfadada.
Edward apaga el motor de la motocicleta y le pone el seguro, provocando que esta se ladease un poco. Al intentar bajarme de la motocicleta, Alice llega a mi lado y me tira suavemente del brazo, tratando de ayudarme. Eso basta para que me tambalee como una borracha y casi caiga de bruces al suelo, aunque los brazos de Edward rodean mi cintura e impiden mi caída.
—Cuidado, Alice —la reprende suavemente Edward, mientras me ayuda a enderezarme en mi lugar—. Bella aún no esta acostumbrada a andar en la motocicleta como tú. Se marea un poco.
Solo soy capaz de asentir con mi cabeza, en un movimiento muy calculado, para dar énfasis a las palabras de Edward. Dios, todo da vueltas a mi alrededor.
—Lo siento, Bella —me dice Alice, muy apenada.
—No te preocupes, estoy bien. —Sacudo la cabeza con incredulidad ante mis propias palabras. Me aferro con fuerza al costado de Edward y a su brazo, para no caer al suelo—. Pero creo que tendrás que soportarme a tu lado, Edward, pegada como un imán por unos minutos. Estoy un poco mareada.
Mi acompañante se ríe por lo bajo y se inclina para darme un suave beso en mis cabellos. Mi corazón se agita, emocionado.
—Eso para mí no es ningún problema —me replica.
Aún aferrada al costado de Edward como si mi vida dependiese de ello, nos acercamos hacia los demás que nos esperan fuera de la tienda. Saludo como puedo, entre balbuceos, a los demás que me miran un poco divertidos. Al parecer, soy la única que se marea en la motocicleta de Edward.
—Ahora, ¿podemos ya ir a comprar las cosas necesarias para el apartamento de Bella? —Alice se desespera un poco.
Todos soltamos unas risitas ante la desesperación de Alice.
—Aún no —dice Edward a mi lado.
Alice frunce el ceño y se le queda mirando desafiantemente, con sus manos en las caderas.
— ¿Y porqué no?
—Por que falta gente que llegue, Alice.
Frunzo el ceño. ¿Quién más puede faltar si estamos todos?
Entonces, recuerdo algo. ¡Tía y Benjamín! Ellos me dijeron que les llamara cuando fuera a comprar las cosas para el apartamento, para que puedan venir a ayudar. Debo llamarlos.
Me alejo un poco de Edward, ya mucho menos mareada, y comienzo a buscar mi móvil entre el bolso que cuelga de mi costado. Entonces, Edward llama mi atención.
—Por fin —suspira y me toma de la cintura para comenzar a caminar.
Sorprendida, alzo la vista y me quedo mirándolo.
— ¿Para donde vamos, Edward? —le pregunto, cuando me doy cuenta de que los demás están detrás de nosotros, siguiéndonos tan confundidos como estoy yo.
Edward no me responde. En su lugar, se dedica a sonreírle a algo que está en frente de mí. Volteo el rostro y entonces la veo. Melanie.
Esta en frente de nosotros, hermosa hasta más no poder. Viste un hermoso vestido azul con pequeñas figuras en forma de flores del mismo color pero más intenso. Su hermoso cabello cobrizo esta suelto, cayéndole sobre los hombros y dándole un toque hermoso a su rostro en forma de corazón. Sus hermosos ojos azules, bordeados de verde, brillan llenos de emociones y sus labios delgados y de color carmesí están curvados en una hermosa sonrisa. A su lado se encuentra una mujer alta, extremadamente hermosa, con un hermoso cabello rubio y unos ojos de un extraño color gris oscuro. Esta chica le toma de la mano a Mel, mientras la niña ríe alegremente y pega saltitos.
Algo dentro de mí se remueve dolorosamente ante esta imagen. El corazón me comienza a latir de un ritmo dolorosamente lento y mis ojos se llenan de lágrimas. El pecho se me oprime y comienzo a sentir algo dentro de mí, algo muy doloroso.
Entonces, todo dolor se esfuma de mi cuerpo para abrir paso a otro sentimiento mucho más fuerte. Una rabia inmensa e injustificada corre por mis venas de una forma rápida, inaudita, y mis manos se cierran en forma de un puño con fuerza. El mismo sentimiento que sentí hace unas horas antes, siento ahora en este momento. Celos…
— ¿Quién es ella? —pregunto con los dientes apretados de tanta furia.
Edward gira el rostro y se me queda mirando con los ojos abiertos como platos. Yo alzo una ceja en su dirección, esperando que me responda.
— ¿Edward? —Alice se acerca a nosotros, con el ceño fruncido—. ¿Qué pasa? ¿A dónde van?
Mi acompañante, aún mirándome sorprendido, le apunta a Alice hacia delante, hacia donde están Melanie y… aquella mujer. Alice, a mi lado, jadea por alguna extraña razón y le envía una mirada a Edward llena de significados que no comprendo. Este la mira y se encoge de hombros, para luego apuntarme con su barbilla ligeramente. Yo frunzo el ceño, contrariada.
— ¡Edward! —Una voz extremadamente hermosa y sensual exclama a gritos.
Arrugo la nariz, irritada ante la interrupción.
La rubia despampanante se acerca a nosotros junto con Melanie, quien todavía no me ha visto. La rubia y Mel saludan a todos, con exclusivo entusiasmo, aunque a mis acompañantes les embarga una expresión de incredulidad que me sorprende. Entonces, la rubia se vuelve a Edward y le regala una sonrisa tan abierta y bonita que mi corazón se retuerce dolorosamente bajo mi pecho.
—Edward, querido, que alegría verte —le dice ella, mientras abre sus brazos hacia él.
Mi acompañante le sonríe alegremente y su brazo alrededor de mi cintura se suelta poco a poco. Jadeo al sentir el vacío en mi pecho cuando su brazo ya no hace contacto con el mío. Dios, duele….
—A mí también me alegra verte, Tanya —contesta Edward y la rodea con sus brazos.
Mi respiración se acelera de forma abrupta y mi pecho se oprime. La imagen que tengo en frente de mí, de Edward rodeando con sus brazos a la chica rubia, se me hace tan dolorosa que no lo soporto. Bruscamente volteo el rostro para no mirar más aquella imagen tan desgarradora para mí. Entonces, me encuentro con dos pares de ojos azules, con bordes verdes, que me miran fijamente y con un brillo único en sus ojos. Oh, Mel…
— ¡Sí! —grita Mel, jubilosa.
La niña se echa a correr en mi dirección, con una sonrisa sincera bailando en sus labios. Mis brazos se abren de forma automática y la alzan, a la altura de mi rostro, quedando así las dos cara a cara. Le sonrío a lo grande y ella me devuelve la sonrisa, con sus ojitos brillantes. Toma mi rostro entre sus manitas y se inclina hacia mí para darme un suave beso en la mejilla. Yo abro los ojos como platos, sorprendida.
—Sabía que usted iba a venir —me dice la niña, riendo.
Le sonrío y le doy un sonoro beso en la mejilla, haciéndola reír aún más. Mi corazón se remueve alegre ante el sonido de campanillas que proviene de su hermosa risa.
—Claro que iba a venir. Después de todo es mi apartamento el que vamos a decorar, ¿no? —Le guiño un ojo.
Ella me sonríe y envuelve mi cuello con sus bracitos, para luego enterrar su rostro en mi pecho. Es ahí cuando todo desaparece, todos los sentimientos malos que antes sentí y todos esos celos estúpidos con respecto a la hermosa niña que tengo en mis brazos desaparecen, porque algo dentro de mí me dice a gritos que esta niña me quiere a mí. Sé que lo que digo suena muy egoísta, pero juro que algo dentro de mí me asegura que esta niña me quiere a mí… tanto como yo la quiero a ella. Por que sí, la quiero, aunque la conozca de hace algunos días la quiero… como nunca pensé que querría a alguien.
Recargo mi frente en la frente de de Melanie y ella me acaricia el rostro suavemente. Alguien, a nuestro lado, jadea ruidosamente, sacándonos abruptamente a Mel y a mí de nuestra burbuja privada.
— ¿Us… Ustedes s-se conocen? —Emmett esta perplejos, con sus ojos abiertos como platos y la respiración entrecortada.
Frunzo el ceño, confusa ante su perplejidad.
—Sí —contesto un poco contrariada—, ¿por qué?
Rosalie, que se encuentra al lado de Emmett, sacude la cabeza con incredulidad para luego regalarnos a Mel y a mí una sonrisa un tanto forzada. Mi ceño se frunce aún más.
— ¿Lannie? —La chica rubia, que al parecer se llama Tanya, suelta al fin los brazos de Edward y comienza a acercarse a nosotros con paso lentos, inclinándose hacia nosotros mientras busca con su mirada el rostro de Melanie.
Casi gruño al escuchar ese sobrenombre salir de los labios de la chica. De forma casi instintiva, al ver que la chica se acerca a nosotras, retrocedo tres pasos de forma abrupta y mis brazos envuelven a Mel de forma protectora. La niña se refugia en mi pecho, sin querer soltar el agarre de sus bracitos en mi cuello. Sonrío.
— ¿No me vas a presentar, Lannie? —pregunta Tanya amablemente, haciendo caso omiso a mi estúpida reacción instintiva.
—Claro —dice la niña en mis brazos, y se endereza un poco para poder mirarnos a las dos—. Mmm tía Be…
—Bella —la interrumpo, sorpresivamente. Ni siquiera sé porque hice eso—. Llámame solo Bella, Mel.
—Está bien —murmura la niña, riendo suavemente. Le sonrío—. Mmm Bella, le presento a Tanya Denali, mi tía que vive muy lejos y que ha venido a verme hoy. —La niña se vuelve hacía Tanya, sonriéndole—. Tía Tanya, le presento a Bella, una amiga de mi… tío Edward, a quien yo quiero muchísimo.
Todos los presentes nos echamos a reír sin poder evitarlo. A Mel le salió tan tierna la presentación, aunque también le salió un poco divertida.
La chica, Tanya, le sonríe amablemente a Mel y se le acerca para revolverle los cabellos. Yo, esta vez, no retrocedo ni tampoco actúo a la defensiva. Tanya se ve muy amigable y simpática, y yo aún no la conozco bien así que no puedo juzgarla, primero tengo que conocerla bien. Algo dentro de mí me pide que le de una oportunidad a aquella mujer rubia, algo me dice que debo conocerla. Así que, sigo mi instinto.
—Un gusto, Bella —musita Tanya en mi dirección, regalándome una sonrisa.
—El gusto es mío, Tanya —le contesto, un poco tensa. Aún no se me olvida el porqué de mi enfado con ella.
Tanya alza su mano, en busca de la mía. Se la estrecho como puedo, aun con Mel en mis brazos.
—Yo soy una…
Tanya no puede terminar de hablar porque el sonido de mi móvil la interrumpe con brusquedad. Frunzo el ceño, ¿quién me puede estar llamando? Dudo que sean mis padres, ya que ellos saben perfectamente donde estoy y con quienes… O tal vez ocurrió alguna emergencia.
Pego un saltito del susto que me da mi propio pensamiento. Sacudo la cabeza, tratando así de que aquellos malos pensamientos salgan de mi cabeza. Mis padres están bien, no les pasa nada, solo es una llamada. Mi corazón comienza a latir desbocado dentro de mi pecho e inhalo profundamente, cerrando los ojos en un vano intento de calmarme. Vuelvo a respirar profundo y luego me apresuro a contestar la llamada.
— ¿Diga? —contesto, con la voz un poco quebrada.
— ¡Bella! —exclama una voz familiar al otro lado de la línea.
Benjamín…
Suelto un suspiro lleno de alivio. Mis padres están bien, no les ha ocurrido nada. Sonrío y me dedico a hablar con Benjamín.
—Benjamín, que bueno es escucharte —comento—. Justo hace unos minutos atrás te iba a llamar para algo.
— ¿Así? ¿Y para que sería, Bella?
Me río.
—Cuéntame tú primero para que me llamas, Benjamín. Luego yo te cuento para que te iba a llamar, ¿de acuerdo?
El chico suelta un sonoro suspiro al otro lado de la línea, provocando que yo soltase unas risitas ante su comportamiento. Me había olvidado de lo divertido que es Benjamín.
—Bueno —masculla Benjamín, alegremente—, te llamaba para preguntarte sobre tu mudanza. Quiero saber cuando te vas a mudar al apartamento y cuando comprarás las cosas. Tía y yo queremos ayudarte en las comprar, ¿qué me dices?
Sonrío. Mis ojos viajan de forma automática hacia mis acompañantes, que miran con sus ceños fruncidos, confusos al no saber con quien hablo. Sospeso la posibilidad por unos instantes.
No creo que a Alice y a los demás les moleste que yo invite a dos personas más a las compras, de verdad no lo creo. Y, pensándolo bien, creo que Benjamín junto con su novia se llevarán bien con mis amigos, son de la misma clase de personas buenas y alegres. Además de que será bueno tener conmigo a Benjamín y Tía, ellos se han hecho mis amigos desde el primer día que nos vimos, y yo hoy necesito y requiero a todos mis amigos conmigo, para dar el gran paso que estoy dando en estos momentos.
—Mira, justamente te llamaba por eso —empiezo, mientras le guiño un ojo a Alice para que quite su expresión preocupada de su rostro. Ella me sonríe de vuelta, mucho más relajada—. Quiero cambiarme al apartamento mañana sábado, yo creo que en la noche, pero quiero dejar todo listo para ello.
— ¿Enserio? —pregunta Benjamín, con su voz sonando asombrada.
—Sí, enserio. Justo esta tarde mis amigos organizaron una salida de compras para mí, para comprar lo necesario para el apartamento y hace rato te iba a llamar para invitarte a ti y a Tía para que vengan con nosotros. ¿Qué te parece?
—Perfecto —dice Benjamín—. Dame la dirección de donde están y en cinco minutos Tía y yo estaremos allí.
Le doy la dirección de donde nos encontramos todos a Benjamín, ayudada por Alice ya que yo no conozco demasiado las calles de Port Ángeles. Benjamín me asegura de que va a llegar en cinco minutos más y luego nos despedimos rápidamente, para cortar la llamada luego. En eso, Rosalie se acerca a mí y rodea mis hombros con un brazo. Quiero devolverle el abrazo pero Mel aún sigue en mis brazos, y parece no querer salir de allí más, para mi gran alegría.
— ¿Quiénes van a venir, Bella? —me pregunta Rosalie, mientras me sonríe alegremente.
—Dos amigos míos —contesto.
— ¿Quiénes son? ¿Cómo se llaman? —Edward da una zancada hacia delante, para quedar en frente de mí, pero no muy cerca. Se le ve un poco… enfadado. Tiene el ceño fieramente fruncido y la boca torcida en una mueca.
Alice se acerca a él y le acaricia el brazo suavemente, como si tratara de calmarlo. Yo lo miro confundida ante su reacción. Él solo me devuelve la mirada, con una expresión inescrutable. Suspiro y aparto la mirada de sus ojos esmeralda, que parecen brillar en estos momentos llenos de un sentimiento que desconozco por completo.
—Son los ex dueños del apartamento en que me iré a vivir —digo, teniendo la impresión de que solo Edward me escucha—. Los conocí cuando fuimos al banco a sacar dinero para pagarle el apartamento, ya que tanto como a los dueños como a mí no nos gustan las rentas. Se llaman Benjamín, que es el dueño legal de la propiedad, y su novia Tía.
La fiera expresión de Edward se suaviza un poco al igual que el brillo insistente de sus ojos. Le sonrío un poco, tratando de que me sonría de vuelta y se calme. Funciona. Me sonríe ladinamente y mi corazón sufre un salto de emoción. Es impresionante lo que este hombre produce en mí.
En ese instante un automóvil aparece en el aparcamiento de la tienda. Es un Sedán de color negro, de un llamativo color negro. Por el rabillo de ojo puedo distinguir el perfil de Benjamín en el asiento del conductor, ya que tiene su ventanilla abierta al máximo. Sonrío y aprieto mi agarre en el cuerpo de Melanie.
—Mel —la llamo, sonriendo. Ella se voltea inmediatamente, poniéndome atención—, ¿quieres conocer a mis amigos?
La niña asiente suavemente con la cabeza, entusiasmada ante la idea.
—Entonces, vamos, que acaban de llegar.
Aún con el brazo de Rosalie alrededor de mis hombros y con Mel en mis brazos, comienzo a acercarme hacia el aparcamiento. De inmediato todos los demás me siguen el paso, sin querer dejarme sola. Alice, en este instante, se acerca hacia nosotras y se coloca al costado contrario mío de donde se encuentra Rosalie, y me sonríe alegremente cuando le envío una mirada cauta. Los chicos también se acomodan a mí alrededor; Jasper se coloca al lado de Alice, Emmett al lado de Rosalie y Edward se coloca detrás de mí, colocándome una mano en la cintura.
Sinceramente no comprendo su actuar tan cauto y protector. Pareciera que ellos quieren protegerme a mí de mis propios amigos, o de algo que no conozco. Sin embargo, a pesar de sentirme un poco apretujada ante tanta gente a mi alrededor, me siento gratamente protegida y querida con ellos rodeándome, cuidándome de algo que ni siquiera sé que es. Me siento conmovida ante su protección hacía mí, me siento querida por ellos, algo que nunca pensé que ocurriría. Por lo mismo, no les hago ningún comentario mientras avanzamos hacia el carro de Benjamín, por que sé que lo hacen por mi bien y se los agradezco demasiado, aunque la protección sea en vano.
— ¡Bella, querida! —Tía me reconoce inmediatamente al bajarse del Sedán.
Le sonrío alegremente. Estoy verdaderamente contenta y alegre de verlos a los dos.
—Hola, Tía, ¿cómo has estado?
Tía suelta unas risitas mientras rodea el coche, para llegar al lado de Benjamín.
—Excelente, querida —responde, mientras enlaza su brazo con el de Benjamín—. Y a ti, ¿cómo te ha tratado la vida desde que nos vimos por última vez?
—Muy bien —afirmo.
La chica morena me sonríe a lo grande.
—Me alegro demasiado por eso.
Benjamín, a su lado, finge soltar una tos. Bufo y pongo los ojos en blanco ante su intento de llamar mi atención.
—Hola, Benjamín —le saludo.
Él trata de disimular la sonrisa de suficiencia que amenaza con salir de sus labios.
—Hey, Bella, un gusto verte de nuevo.
—Lo mismo digo.
El brazo de Alice, que sin darme cuenta está entrelazado con el mío, me tironea suavemente. Reacciono de inmediato, colocándome colorada al notar que no he hecho las presentaciones correspondiente. Santo cielo, que vergüenza.
Me aclaro la garganta un poco antes de hablar.
—Chicos —me dirijo hacia mis amigos que están a mí alrededor, incluida Tanya que se encuentra un poco alejada del grupo. Le sonrío y le hado una seña para que se acerque a nosotros. Lo hace un poco vacilante—, les presento a mis dos amigos Benjamín y su novia Tía.
—Un gusto —musitan los susodichos a la vez, sonriendo.
—Tía, Benjamín —ahora me dirijo a ellos—, les presento a mis grandes e inseparables amigos. Ella es Alice —mi pequeña amiga a mi lado les sonríe amablemente—, y él es su novio Jasper.
—Un placer —dice Jasper, sonriéndoles mientras Alice asiente enérgicamente con la cabeza a su lado. Suelto unas risillas.
—Ella es Rosalie —continúo, mientras apunto hacia Rose con mi mano libre, mientras la rubia les sonríe—, y él es su novio Emmett. —El grandote de mi amigo les regala una de esas sonrisas tuyas que te hacen sonreír sin poder evitarlo, con sus hoyuelos en las mejillas—. Ella es Tanya, y por último…
—Pero no menos importante —murmura Alice a mi lado, interrumpiendo mis palabras.
La fulmino con la mirada al mismo tiempo que escucho la sonora carcajada de Emmett a mi lado. Mi amiga pelinegra me sonríe inocentemente.
—Pero no menos importante… —murmuro, derrotada, siguiendo con las presentaciones. Alzo mi mano libre y la coloco encima de la mano de Edward, dándole un leve apretón que me devuelve—. Él es Edward y la dulce niña que se encuentra en mis brazos en Melanie, su hermana.
—Un gusto de conocerlos a todos —dice Tía.
—El gusto es nuestro —le responde Rosalie amablemente.
—Bien —Alice a mi lado se soba sus manos suavemente—, ahora que todos nos conocemos, ¿podemos ir a comprar ya?
Todos soltamos unas risas ante la impaciencia de Alice. Asentimos con la cabeza y nos adentramos hacia la tienda de muebles.
.
.
.
.
Comprar con mis amigos es demasiado divertido. Cada uno de ellos posee un gusto muy diferente al del otro, así que nos la pasamos discutiendo y discutiendo cuando alguien trataba de elegir algo. Lo que uno quería, al otro no le gustaba o no le convencía.
Dios, si creo que yo en vez de estar preocupada por mis muebles y por todas las cosas que necesitamos para el apartamento, estoy muy divertida mirando cada riña de mis amigos junto con Melanie a mi lado. De verdad es muy divertido ver que cada amigo mío tiene gustos diferentes, que todos son distintos entre todos, pero de igual forma su amistad y cariño perduran.
Estuvimos alrededor de una hora y media en la primera tienda de muebles, buscando algo "verdaderamente bueno", según las mismas palabras de Alice, para mi apartamento. Luego de caminar y recorrer la tienda entera como tres veces, mis brazos comenzaron a cansarse al igual que mis piernas. Esto Mel lo notó, ya que me pidió que la bajara al suelo y de ese instante en adelante se ha ido conmigo a mi lado, caminando y tomada de mi mano. Edward, a su vez, ha estado revoloteando a nuestro alrededor. No ha querido compartir palabra conmigo ya que sabe que algo raro me sucede, pero si me ha sonreído en todo el camino y ha estado al pendiente tanto de Melanie como de mí.
En la primera tienda no había que valiera la pena, según la mirada experta de mis amigos y en especial de Alice, así que nos fuimos a la tienda de al lado. En esta tienda si que hay cosas bonitas y buenas, tanto como para llamar la atención de todos mis amigos, que andan dispersos por ahí, buscando algo especial para mi apartamento. Yo voy caminando con Mel entre el pasillo de las lámparas, buscando una para el que será mi dormitorio, aunque verdaderamente no la estoy buscando.
Mi traicionera mente no se puede concentrar en la búsqueda de una lámpara. Sino que da vuelas y vueltas alrededor del mismo tema. Edward y Tanya.
A pesar de que la rubia es extremadamente simpática y amable, no puedo dejar de sentir estúpidos celos hacia ella cada vez que la veo cerca de Edward. Sí, al fin lo voy admitir. Me gusta Edward, me gusta demasiado y muero de celos cuando lo veo cerca de Tanya. No tengo ningún problema contra la rubia, al contrario la encuentro una buena persona, pero mis celos son injustificados e injustos, así que no puedo evitar el sentirme celosa cuando la veo cerca de Edward. Incluso, debo confesar, me siento celosa también cuando la veo cerca de Mel, no me gusta que se le acerque demasiado. Dios, ¿qué mierda me está pasando?
Sacudo la cabeza ante mis pensamientos, incrédula. ¿Quién iba a pensar que yo algún día iba a experimentar el sentimiento de los celos? Ni yo me esperaba aquello.
— ¡Mel! ¡Mel, mira lo que encontré! ¡Ven aquí! —Edward se acerca corriendo al pasillo donde nos encontramos y se queda al principio de este, mirando a Mel con sus ojos brillando llenos de entusiasmo.
La niña alza la mirada y al verlo sus ojos brillan únicamente. Le sonríe de una forma tan alegre que mi corazón da un brinco dentro de mi pecho. Se vuelve hacía mí con la duda en sus ojitos azules. Le sonrío y asiento con la cabeza. La niña se ríe alegremente y deja un suave beso en mi mano, para luego correr entusiasta al encuentro con su hermano. Este la toma en sus brazos inmediatamente.
— ¿Qué es? ¿Qué es? —Una impaciente Melanie se retuerce en los brazos de Edward.
Edward le sonríe y saca de atrás de su espalda una pequeña caja con una peculiar flor adentro. Es una flor hermosa, de un extraño color violeta bien resaltado y con un color más intenso en las puntas de los pétalos. Melanie pega un gritito de alegría y llena de besos el rostro de Edward, provocando que el se carcajease.
Yo los miro a los dos, embobada ante sus presencias al máximo. Me recargo en una estantería que esta cerca de mí y me dedico a observarlos, a observar como hermano y hermana interactúan tan amenamente.
—Lindos, ¿no?
Pego un saltito al escuchar la voz de Rosalie tan cerca de mí. Me volteo bruscamente, para verla sonriéndome junto con Alice, detrás de mí.
—Sí, sí, claro —contesto apresuradamente. Las mejillas de mi rostro comienzan a ruborizarse.
—A ti algo te sucede —afirma Alice, mirándome con intensidad. Mis mejillas se ruborizan aún más, si es que pueden.
— ¿A mí, Alice? No, nada. —Me hago la desentendida.
—Oh, vamos, Bella —exclama Rosalie, mientras se acerca a mí y enreda su brazo con el mío. Alice repite su acción pero con mi brazo que queda libre—. Eres como un libro abierto, y por eso sabemos que algo te pasa.
— ¿Qué es lo que sucede, Bella? —Alice me pregunta, acariciando mi brazo con suavidad.
Sacudo la cabeza con fiereza.
—Nada —digo, y luego echo una mirada por sobre mi hombro, para ver como Mel y Edward se sonríen entre ellos y se mascullan cosas al oído alegremente—, solo que hoy he descubierto muchas cosas de mí que no sabía. Por ejemplo: soy extremadamente celosa.
Las chicas a mi lado sueltan unas risitas. Yo las miro con una ceja alzada.
—Bella, todas las mujeres somos celosas alguna vez —dice Rosalie.
—Y más aún, cuando otra amenaza con quitarnos lo que nos pertenece —susurra Alice, terminando la frase de Rosalie y echando una mirada a mí, para luego echar otra en dirección a Mel y a Edward.
Yo abro mis ojos como platos y mi quijada parece querer salirse de mi rostro. Alice se ríe alegremente al ver mi expresión y luego me arrastra fuera del pasillo.
El resto de la tarde no puedo preguntarle a Alice a que se refería con lo que dijo, ya que me mantuvo muy ocupada entre elegir muebles, alfombras, lámparas, cuadros, etcétera… En definitiva, me estuvo distrayendo del tema toda la tarde. Derrotada al máximo, no hice más que dejarme llevar por las manos de mis amigas y por sus consejos. Estoy demasiada cansada como para replicar.
.
.
.
.
El día sábado pasa de una forma más o menos igual. Compramos durante todo el día las pocas cosas que nos faltaban para el apartamento y luego nos fuimos a un MacDonal's a comer comida rápida ya que todos estábamos muertos de hambre. Esta vez, Tanya no nos acompañó por razones de trabajo y yo estuve más que tranquila toda la tarde, lejos de sentir los mismos celos enfermizos que el día anterior.
Tía y Benjamín estuvieron ahí conmigo todo el tiempo y, como supuse desde un principio, ahora se llevan la mar de bien con mis amigos. Emmett, Benjamín, Jasper y Edward ahora son amigos y se hacen bromas entre ellos, de ese tipo de bromas que solo los hombres comprenden. Mientras que Tía se lleva excelente con Alice, Rose y yo y también con los chicos, así como Benjamín se lleva bien con nosotras.
En la noche, mis padres se empecinaron con querer ir a dejarme a mi nuevo apartamento junto con mis amigos, así que voy a tener todo un ejército en mi apartamento cuando me vaya.
Ahora estoy guardando todas mis prendas y mis cosas en mis maletas. Observo con cierta nostalgia la que fue mi habitación por tantos años, sintiendo una presión en el pecho que no creí que iba a sentir. Esta noche cambiaría todo, eso es lo que me dice a gritos mi instinto. Tengo el presentimiento de que esta noche será muy importante para mí.
Cierro mis maletas con todas mis pertenencias, miro mi cama por última vez y luego salgo de mi habitación. Ya no hay marcha atrás.
— ¡Bella! ¡Ha llegado tu amigo! —Reneé me grita desde abajo.
Me apresuro a bajar las escaleras como puedo con las maletas que tengo en mis manos. En eso llega Charlie y me ayuda a bajarlas caballerosamente. Le sonrío como puedo al ver sus ojos rojos a causa del llanto. Oh, papá…
— ¡Bella!
Bufo y coloco los ojos en blanco. Mi padre, a mi lado, se ríe jubilosamente.
—Ya voy, mamá. No hay necesidad de que me grites.
Charlie y yo nos acercamos al comedor y dejamos las maletas arriba de la mesa. Mi madre entra en esos minutos y se me queda mirando, con esos ojos azules que tiene llenos de lágrimas. Mi corazón se agita dolorosamente bajo mi pecho y un nudo se me hace en la garganta. Trago saliva fuertemente, en un vano intento de sacar ese nudo en mi garganta.
—Oh, vamos —trato de decir alegremente, aunque la voz se me quiebra al final e la oración—, no se pongan melodramáticos, no es como si no me fueran a ver nunca más. Me voy a cambiar de casa a unos cuantos kilómetros más al centro, nada más.
Mis padres asienten con sus cabezas, de seguro tratando de que mis palabras los calmen y se den cuenta de la realidad. Dios, los voy a extrañar demasiado a los dos, pero debo hacer esto.
—Tú amigo ya ha llegado —dice mi madre, tratando de cambiar el ambiente. Funciona.
— ¿Dónde está? —pregunto.
—En el porche, esperando por ti. No quiso pasar adentro.
Sonrío y salgo hacia la calle, dejando mis maletas dentro de la casa. Lo primero que veo cuando salgo es un enorme Jeep color gris, con unos enormes faroles arriba y abajo y de una altura peligrosamente alta. Me quedo sin respiración y la risa de Emmett se escucha a mi lado.
—Es hermoso mi bebé, ¿a que si? —bromea.
Me acerco a él y le propino un suave golpe en sus fuertes antebrazos, provocando que él se ría.
— ¡Diablos, Emmett! —exclamo, dándole otro golpe un poco más fuerte que el anterior—. Cuando me dijiste que te ofrecías a llevar mis cosas al apartamento porque tenías un auto preciso para ello, nunca se me pasó por la mente que ese auto fuera un Jeep. ¡Mira eso! ¡Eso es gigantesco!
—Preciso para mí —murmura Emmett, guiñándome un ojo.
Le sonrío y le echo una mirada de pies a cabeza, sin intenciones malas o sucias. Miro su altura tan gigante, su cuerpo tan… grande y sus brazos… Sí, en definitiva el Jeep es perfecto para él.
—De seguro —comento.
Emmett suelta una enorme carcajada.
Luego de esto mi padre y Emmett se apresuran a subir mis cosas en el enorme Jeep de Emmett mientras que mi madre y yo nos aseguramos de que nada se me quede. Cuando todo ya esta preparado, salemos al porche todos juntos.
— ¿Se puede saber dónde diablos se metió Edward? —pregunto, un poco nerviosa.
Mis padres me envían una mirada recriminatoria mientras que Emmett solo se ríe ante mi nerviosismo. Mi grande amigo se acerca a mí y me rodea el hombro con su gran brazo, que parece gigante en comparación con mi cuerpo.
—Tranquila, chica, que va a llegar.
Justo cuando Emmett termina de hablar, la muy familiar motocicleta de Edward aparece en la entrada de mi casa. En este momento no puedo evitar que mi estómago se remueva con nerviosismo bajo mi piel. La llegada de Edward significa que al fin ha llegado el momento de dejar la casa de mis padres.
— ¿Lista? —me pregunta Edward cuando llega a mi lado.
—Eso creo… —contesto, no muy convencida.
Edward me sonríe tranquilizadoramente y su mano se adhiere a la mía con fuerza. Sus dedos se entrelazan con los míos y me da un suave apretón de mano. Ese gesto y el contacto de su piel con la mía me calman inmediatamente. Los nervios desaparecen de forma sorpresiva y todo pensamiento coherente abandona mi mente de forma inmediata. Le devuelvo el apretón de manos, conmovida ante su preocupación por mí.
—Bella, ha llegado la hora —me dice mi madre.
Asiento con la cabeza y me vuelvo a observar la casa de mis padres, por última vez antes de irme. Miro la casa por alrededor de cinco minutos y luego suelto un enorme suspiro. Me volteo hacia Edward y señalo con mi cabeza la motocicleta, incapaz de hablar ante el nudo que se ha formado en mi garganta.
Edward lo comprende con rapidez. Me rodea la cintura con un brazo y me la palmea suavemente, en aprobación. Yo sonrío, porque me esperaba en mi fuero interno el que hiciera eso. Ese gesto en Edward me lo sé de memoria, porque me lo ha hecho miles de veces. Ese gesto de Edward significa lo que él no te puede decir con palabras por la vergüenza o timidez. Ese gesto dice "Bien hecho. Estoy contigo".
Alzo la vista y le sonrío como puedo a Edward. Él me devuelve la sonrisa y me lleva suavemente hacia la motocicleta. Antes de subirme, miro por sobre mi hombro y les sonrío a mis padres, que se irán con Emmett en su Jeep. Mis padres me sonríen y luego se dan la vuelta para subirse al Jeep.
Cinco minutos después, ya en el apartamento, mis padres y amigos deciden ayudarme a amueblar el apartamento y decorarlo, así que todos nos colocamos manos a la obra.
Estamos por horas decorando cada rincón del lugar, poniendo cada mueble en su lugar y cambiando de lugar las cosas que no quedan bien. He visto más de dos o tres veces a Jazz y Emmett corriendo el mismo sofá para un lado y para el otro, mientras Alice les da órdenes de donde ponerlo, pero al parecer aún no se decide muy bien del lugar exacto. También he visto a la pequeña Mel, junto a Edward que parece su sombra, ayudando a Rosalie a pegar unos cuantos cuadros familiares en las paredes.
A las cuantas horas después, luego de un trabajo excelente en grupo, acabamos al fin de amueblar el apartamento. Debo admitir que quedó hermoso con todas las cosas que compramos y con todas las decoraciones que le hicimos las chicas y yo. Ya cansados de tanto ajetreo, nos sentamos todos en el enorme sillón de la sala de estar, el que queda en frente de la televisión.
Mel se acerca bailoteando hacia nosotros y se sienta en mis piernas, rodeándome el estómago con sus manos, mientras que Edward se sienta a mi lado y me rodea el hombro con su brazo. Los chicos se dejan caer con cansancio a nuestro lado y Alice recarga su cabeza en mi hombro.
—Quedó hermoso todo —murmuro, mientras miro a mí alrededor—. Gracias a todos ustedes por ayudarme a amueblarlo.
—De nada —me contestan todos al unísono.
—Mmm ¿Bella? —Melanie se remueve en mi regazo y alza su vista hacía mí—. ¿Le puedo pedir algo?
—Lo que quieras, cariño.
—Tengo hambre —dice la niña, mordiéndose el labio inferior.
Edward se endereza en su asiento, dispuesto a ir en busca de algo de comer para la niña, pero antes de que pueda pararse, Reneé se le adelanta.
—Oh, cariño, yo te doy algo —le dice mi madre a la niña, sonriéndole suavemente. Se coloca de pie y alza una mano en dirección a Melanie—. Ven, querida, acompáñame a la cocina.
Melanie se levanta de mi regazo tímidamente y sigue a Reneé hacia la cocina. Mi padre obviamente las sigue de inmediato.
—Bueno, creo que tus padres se me adelantaron —comenta Edward, sentándose de nuevo en el sofá a mi lado.
Suelto unas risitas y sacudo la cabeza.
—No debería sorprenderte. Mis padres adoran a los niños.
Él sonríe.
— ¡Llegó la hora de la sorpresa!
Frunzo el ceño al escuchar a Alice gritar. Me volteo hacia ella y la miro con una ceja alzada.
— ¿Qué sorpresa?
—Esta —me dice y se para de un salto del sofá. Se voltea hacia mí y me agarra suavemente del brazo, para luego hacer que me pare de mi asiento—. Antes que todo, quiero decirte que este regalo es de todos nosotros y cuando digo todos me refiero a Jazz, Rose, Emmett, Edward, Benjamín, Tía y yo.
—Pero, ¿no se supone que ustedes se conocen hace un día solamente? —Coloco mis manos en mis caderas.
Alice me sonríe y me guiña un ojo.
—Justo a tiempo para sumarse a nuestro gran regalo, ¿no es verdad, Tía?
Tía se echa a reír a carcajadas ante lo dicho por Alice.
—Así es.
Coloco los ojos en blanco y estiro mis brazos hacia delante.
—Muy bien, muéstrenme su regalo sorpresa.
—Perfecto.
Al contrario de lo que llegué a pensar, Alice no me entrega una caja cubierta por papel de regalo, sino que me toma del brazo y me lleva a las afueras del apartamento. Miro por sobre mi hombro y me doy cuenta de que todos los demás nos siguen, incluidos mis padres y Mel que ya salieron de la cocina.
Mi nuevo apartamento está en el piso cuatro, así que tomamos un ascensor para llegar al piso uno, donde el amable conserje y el guardia de seguridad nos saludan. Pasamos por la entrada del edificio y nos vamos directamente hacia el aparcamiento. Cuando nos acercamos, es cuando la veo.
Mis ojos se abren como platos y le respiración se me corta bruscamente. Un jadeo involuntario abandona mis labios a causa de la impresión. Dios, no lo puedo creer.
En frente de mí se encuentra una hermosa motocicleta de color negro, muy parecida a la de Edward solo que esta tiene un diseño muy distinto. En la parte del asiento tiene un enorme moño de cinta para regalo y también un ramo de rosas blancas, mis favoritas. Debajo de la motocicleta hay un pequeño cartel que dice:
Felicidades, Bella.
Mis ojos se llenan de lágrimas no derramadas. Mi corazón se remueve conmovido bajo mi pecho y el agradecimiento total llena mis venas. Todo esto es tan hermoso.
— ¡Oh, chicos! —exclamo, totalmente conmovida—. Es… es… ¡perfecta!
Jasper se ríe y se acerca para pasarme un brazo por los hombros en ademán simpático. Yo le rodeo la cintura con mis brazos, muy agradecida.
— ¿A que si? La elegimos todos juntos.
—Edward aseguró que la amarías —masculla Benjamín y luego se echa a reír—. Al parecer, estuvo en lo cierto.
— ¡La amo! —digo, totalmente convencida.
—Ah —dice Alice, como quien no quiere la cosa—, las flores blancas son un regalo de Edward, ¿no es verdad, amigo?
Mis mejillas se ruborizan de forma inmediata. Sorprendida ante lo que ha dicho Alice, busco a Edward con la mirada y lo encuentro sonriéndome con aquella sonrisa torcida suya que tanto me gusta.
—Sí —admite y yo me regodeo en mi felicidad—. Aunque no son solo de mi parte, ¿cierto, Mel?
La niña, que, para gran sorpresa mía, se encuentra en los brazos de mi padre, se ríe alegremente y sacude su cabeza, provocando que sus rizos color bronce se mezan al compás de sus movimientos.
—Yo solo las elegí —dice ella, encogiéndome de brazos.
—Y por ello también eres parte de esto —le digo y luego le envío un beso al soplo—. Gracias, Mel.
Les agradezco a todos mis amigos con un gran abrazo y un beso en la mejilla. A la hora en que abrazo a Emmett, este me alza en sus brazos y da pequeñas vueltas conmigo, provocando mis risas y la de todos nuestros acompañantes. Cuando llego a Edward, lo abrazo fuertemente, rodeando su cuello con mis brazos a la misma vez que sus brazos rodean mi cintura, enviando descargas eléctricas a toda mi columna vertebral. Al igual que Emmett, me alza en sus brazos pero no da vueltas, solo se queda allí, reteniendo mi cuerpo contra el suyo firmemente y enterrando su rostro en mi cuello.
— ¡Hora de las fotos!
Por obra y gracia de Alice y su cámara fotográfica, nos sacamos varias fotografías todos juntos frente al edificio o junto la motocicleta nueva. Edward me ha prometido que me enseñará a conducir motos ya que yo no sé.
Luego de esto, a la gran Alice Brandon se le ocurre la brillante idea, por favor nótese el sarcasmo, de que tenemos que salir a celebrar lo de mi "independencia". Aunque la gran mayoría de nosotros nos quejamos por lo cansados que estamos, igual aceptamos de buena gana la proposición de Alice. Yo, por mi parte, estoy entusiasmada ante la idea de salir un rato con mis amigos.
Edward se lleva a Mel, luego de que la niña se despidiera como cinco veces de mí a grandes besos en la mejilla, porque la niña se estaba quedando dormida en los brazos de mi padre, así que la lleva a casa para dejarla con la nana en quien tanto confía Edward. Yo, mientras, decido arreglarme junto con las chicas en mi apartamento.
Me doy una refrescante ducha de agua tibia, para luego salir del baño y dejar que Alice, Rosalie y Tía me ayuden a elegir un vestuario adecuado para hoy en la noche. Al final nos decidimos por un hermoso vestido de color azul marino, que me llega a la altura de mis muslos, mientras que en el cuello tiene un escote en V que se amarra en mi espalda. Como zapatos elijo unos botines color negro de taco alto, que Reneé me los dio hace mucho tiempo atrás pero nunca he tenido la oportunidad de usarlos, como ahora.
Las chicas se van a sus casas luego de esto para prepararse ellas, asegurándome de que Edward pasará por mí esta noche. Mis padres también se marchan a casa y me hacen prometerles que los visite cada fin de semana. Les agradezco todo lo que han hecho por mí a ellos y a los chicos y luego los dejo en la puerta. Una vez sola en mi apartamento, me dedico a maquillarme un poco con el poco maquillaje que tengo, ya que no soy muy amante de los maquillajes.
Cuando estoy terminando de maquillarme, poniéndome lápiz labial de color rojo en los labios, el timbre del apartamento resuena por toda mi nueva habitación. Del susto pego un salto en mi silla y casi caigo de bruces al suelo, gracias a Dios alcanzo a sujetarme del mueble y así no caigo. Dios, voy a tener que acostumbrarme a que tengo timbre en este apartamento. Sacudiendo la cabeza ante mi propia estupidez y torpeza, me levanto de mi lugar y me dispongo a abrir la puerta. Es Edward.
—Wow —jadea, cuando sus ojos me ven nuevamente. Me regala una sonrisa ladina y alza su mano hacia mí, en busca de la mía. Se la doy vacilante y él aprovecha la oportunidad para encorvar el brazo, provocando que yo de una vuelta sobre mí misma—. Te ves hermosa, Bella. Radiante.
Me sonrojo sin poder evitarlo.
—Gracias —susurro—. Tú también te ves muy guapo.
—Gracias. ¿Estas lista para irnos?
—Sí, pero déjame ir en busca de mi cartera y mi chaquetón.
—Te espero aquí —me promete.
Corro lo más rápido que me permiten los botines y voy a mi habitación en busca de mi cartera y el chaquetón. Saco mi chaquetón de color negro que me encanta y luego tomo la pequeña cartera azul que Alice me dio cuando fuimos a la Port Ángeles a la inauguración de la artista B.C, y guardo allí mi móvil junto con mis llaves.
Cuando llego a la entrada del apartamento, me permito observar de cerca de Edward. Verdaderamente se ve hermoso con esos jeans oscuros y esa camisa blanca que se adhiere a su fuerte pecho. Tiene puesta también una chaqueta de color negro, la misma que ocupó la segunda vez que lo vi, en la motocicleta. Sonrío cuando me doy cuenta de aquel detalle.
— ¿Nos vamos?
—Nos vamos —le contesto.
Cierro la puerta de mi apartamento con seguro y guardo mis llaves en la cartera. Bajamos hacia el aparcamiento donde nos espera la motocicleta de Edward, y a su lado se encuentra la mía, aún con el moño en el asiento aunque las flores y el cartel lo tengo en mi dormitorio, guardados como un diamante.
—Dime cuando quieras y te enseño a conducir motocicletas —comenta Edward, mientras me ayuda a subir en la moto.
Me río alegremente y le rodeo la cintura con mis brazos. Me acerco a su espalda y me alzo lo suficiente para susurrarle en el oído:
—Te voy a cobrar la palabra, Masen.
Él se estremece por alguna extraña razón y puedo oír su sonrisa cuando hecha a andar la moto.
El local donde vamos en estos momentos es uno de los pocos lugares de entretención nocturna que posee el pueblito de Forks, así que es muy visitado por todos los pueblerinos jóvenes. Alice nos asegura que lo pasaremos bien allí, y ya que nadie desea hacer un largo viaje hasta Port Ángeles, decidimos que estaremos allí, en ese local. Cuando Edward y yo llegamos al local, nos sorprendimos un poco al ver la inmensa fila que adornaba los alrededor del lugar. Gracias a Dios que nosotros no tenemos que hacer la fila, ya que Alice y los demás nos esperan dentro.
Cuando entramos en el lugar, todo el bullicio y el parloteo de toda la gente que esta dentro nos ataca bruscamente. El ambiente esta lleno de diversión, música, entretención, baile, tragos, y todas esas cosas que tienen los lugares como este. De forma instintiva, me aferro al costado de Edward al ver tanta gente que se encuentra a nuestro alrededor. Él me rodea la cintura con su brazo y comenzamos a caminar rumbo a unas escaleras.
Cuando llegamos al segundo piso, que parece ser la zona Vip, ya que no hay mucha gente, en la segunda mesa a la izquierda nos encontramos con todos nuestros amigos allí. Las chicas se ven verdaderamente hermosas con sus vestidos mientras que los chicos se ven muy guapos con sus trajes casuales. Edward y yo nos sentamos al lado de Alice y Jasper, yo me quito mi chaquetón al sentarme ya que no hay necesidad de ocuparlo cuando aquí dentro nos rodea un aire caluroso.
Un chico se nos acerca en ese momento y nos pregunta sobre nuestros tragos que vamos a beber. Como yo no sé demasiado de tragos, o eso creo yo, dejo que Alice y Edward decidan por mí y ellos me piden una margarita. Edward junto con los chicos piden algo más fuerte, un vaso de vodka con hielo, mientras que las chicas piden lo mismo que yo. Así comienza la noche, conversando animadamente entre nosotros y tomando nuestros tragos tranquilamente. Nunca en mi vida lo he pasado también como ahora.
En un momento dado, una canción que se me hace conocida comienza a sonar por los parlantes. Alice, a mi lado, pega un gritito jubiloso y se para inmediatamente para mirarme con una expresión rara.
—Bella, Bella, Bella, vamos a bailar esta hermosa canción, ¿si? ¡La amo!
Sacudo la cabeza inmediatamente, negando.
— ¿Por qué no invitas a tu novio a bailar? —le pregunto.
Jasper se me queda mirando totalmente incrédulo, mientras juguetea con su vaso de vodka en la mano.
— ¿Estás loca? —me dice—. ¡Esa es una canción para chicas!
Suelto unas carcajadas. Alice toma mi mano y comienza a tirar de ella frenéticamente.
—Vamos, Bella, acompáñame, ¿si?
—Esta bien, esta bien.
Me paro de mi asiento a la misma vez que las chicas, ya que al parecer ellas también vendrán con Alice. Comenzamos a caminar hacia las escaleras, ya que la pista de baile se encuentra en el primer piso. Todas nos tambaleamos ligeramente ya que el alcohol empieza a surtir efecto en nosotras, pero no demasiado como para hacernos parecer unas borrachas. Ese es el problema de las margaritas, como son tan ricas y dulces, uno se entusiasma y toma cada vez más sin darse cuenta de que cuanto alcohol uno consume.
Ya en la pista de baile, las chicas y yo formamos un círculo entre nosotros, como podemos con tanta gente alrededor, y comenzamos a mecer nuestras caderas al ritmo de la música. Nos reímos, bromeamos, cantamos la canción, cuando al fin me aprendo algo de ella, a todo pulmón e incluso bailamos dos canciones más, entretenidas a más no poder. Lo estoy pasando extremadamente bien en estos momentos.
Luego una media hora bailando, las chicas y yo decidimos subir para ver que hacen los chicos. Cuando llegamos arriba, nos encontramos con una chica pelinegra tratando de entablar conversación con los chicos, pero en especial con Edward. Yo, cuando la veo, alzo una ceja y me dirijo inmediatamente hacia la mesa, escuchando a mis espaldas los gruñidos de mis amigas al darse cuenta de que la chica no esta sola, tiene a sus amigas también allí, aunque los chicos no parecen desear conversar demasiado con ellas, parecen incómodos.
—Y dime, guapo —le dice la chica pelinegra a Edward, mientras alza su mano en un intento de acariciarle el cabello. Edward le aparta la mano bruscamente, torciendo los labios con disgusto—, ¿viniste solo?
Él abre la boca para contestar, pero decido hacerlo yo por él. Dios, el alcohol está haciendo conmigo cosas que nunca me hubiera imaginado. ¿De dónde he sacado este coraje para bailar y hacer esto? No lo sé, pero si sé que sin alcohol en mi organismo, no hubiera hecho esto.
—No —contesto yo, mientras me acerco a ellos y me siento en el regazo de Edward—. Viene conmigo. ¿Algún problema con eso, chica?
Edward me envuelve la cintura con sus brazos inmediatamente, con fuerza. La chica pestañea varias veces, sorprendida. Comienza a balbucear cosas sin sentidos y luego, como por arte de magia, desaparece de nuestras vistas. Yo bufo por lo bajo mientras suelto el agarre de Edward en mí y me siento a su lado. Cobarde…
—Hey —me llama Edward, tirando de mí para que me siente en su regazo de nuevo. Yo, sorprendida, lo miro con la boca abierta—. ¿Por qué te fuiste?
—Por que parece que estabas mejor con aquella chica.
Diablos, demasiado sincera para ser bueno.
Edward se me queda mirando, sorprendido ante mi arrebatamiento. De forma sorpresiva, estalla en carcajadas y su cuerpo se sacude a causa de la risa. Creo que el alcohol también esta haciendo estragos en él.
—Claro que no, tonta —responde entre risas. Se calla abruptamente y escucha con atención la canción que ha comenzado a sonar por todo el local—. Baila esta canción conmigo —me pide, con sus ojos brillantes.
Aparto la mirada de sus ojos y me muerdo el labio inferior con nerviosismo. Las cosquillas en mi estómago comienzan a aparecer de forma instantánea. Dios, creo que me veo a desmayar.
—No —balbuceo como puedo.
Edward alza una ceja, divertido.
— ¿A no?
Se para abruptamente del asiento, provocando de yo me pare junto con él.
— ¡Edward! —exclamo, riendo—. Eres un bruto.
Él hace caso omiso a mis palabras y comienza a caminar conmigo hacia el primer piso. Derrotada, y soltando un sonoro suspiro, me dejo llevar por él hacia donde quiera que me lleve. Al final, paramos en la pista de baile, donde un montón de gente bailotea sin parar.
Él acerca su cuerpo al mío y rodea mi cintura con sus brazos, mientras comienza a mecernos al ritmo de la música. Sus ojos brillantes y penetrantes, se clavan en los míos con fijeza e irremediablemente caigo en el hechizo de sus ojos, sin poder apartar los míos. Comienzo a mover mis caderas al ritmo de la música, sin perder contacto visual con él. En respuesta, me sonríe ladinamente y, por alguna extraña razón, mis mejillas se sonrojan de forma instantánea.
Bailamos así por unos cuantos minutos. Puedo sentir perfectamente la electricidad que me recorre el cuerpo a causa de su toque, y como mi corazón bombea con fuerza contra mi pecho. Me dejo rodear por sus brazos, me dejo envolver por su exquisito perfume y las sensaciones que solo él provoca en mí.
Entonces, cuando ladeo el rostro, me encuentro con la mirada de la chica pelinegra, la que intentaba seducir a Edward. La chica no me mira a mí, sino que mira a Edward en todo momento, comiéndolo con la mirada. Mi cuerpo entera se tensa y un gruñido involuntario escapa de mis labios.
Edward, impresionado y sintiendo mi cuerpo tenso, sigue la dirección de mi mirada y se topa con la mirada de la chica, quién le sonríe coquetamente y le guiña un ojo. Vuelvo a gruñir involuntariamente.
—Vamos, Bella, ignórala como lo hago yo —masculla Edward en mi oído.
—Si, claro —murmuro, sarcástica.
En esta ocasión, es Edward el que gruñe quedamente. Me toma de cintura con fuerza y me arrastra hasta la parte más oscura de la pista de baile, donde nada ni nadie nos puede ver. Ante esto, mi estómago comienza a sentir esas cosquillas tan indeseadas.
Edward me estampa contra la pared más cercana y deja su cuerpo sobre el mío, presionándome. Suelto un jadeo de la impresión y busco su mirada. Sus ojos llamean llenos de un sentimiento que no logro a comprender, pero que provoca que sus ojos se oscurezcan y que brillen más de lo normal. Él, mientras yo lo miro, toma mi rostro entre sus manos y deja su rostro exquisito a escasos centímetros del mío. Santo cielo, puedo saborear su sabor con la punta de mi lengua.
—Tus celos son estúpidos y lo sabes —murmura él, en un fiero murmullo.
Yo solo soy capaz de asentir estrepitosamente con mi cabeza. Mi cuerpo entero se estremece ante las embargadoras sensaciones que estoy sintiendo en estos momentos. Mi corazón late desbocado contra mi pecho, incluso puedo sentir mi pulso palpitando en mis muñecas y en mis orejas. La respiración se me entrecorta de forma precipitada mientras que siento una electricidad recorrerme el cuerpo entero.
—Bella —suspira Edward, inclinándose un poco más hacia delante. Yo cierro los ojos al sentir su exquisito aliento en mi cara, aturdiéndome y dispersando mis pensamientos—. No sabes cuanto deseo besarte en estos momentos…
Jadeo, sorprendida ante sus palabras. Mi corazón comienza a latir alocadamente, de un modo frenético e irregular. El aire se me queda atorado en los pulmones y estos comienzan a arderme ante la falta de oxígeno.
Tomando una decisión de la que no me arrepentiré nunca, rodeo el cuello de Edward con mis brazos, respirando agitadamente y con el corazón enloquecido. Edward ahoga un gemido cuando siente que apego mi cuerpo más al suyo, sintiendo unas vibraciones que nunca antes he sentido en mi vida.
—Hazlo, Edward —susurro débilmente. Él recarga su frente en la mía y cierra los ojos con fuerza—. Bésame.
Una mano de Edward baja hasta mi cuello mientras que la otra se posa en mi cintura, acercando aún más su cuerpo al mío. Yo cierro los ojos con fuerza cuando él comienza a inclinarse hacia delante, dispuesto a cumplir nuestros deseos.
Entonces, sus labios hacen contacto con los míos. Un contacto suave, delicado, enviando pequeñas vibraciones a mi cuerpo, pequeñas emociones que no soy capaz contener demasiado. Mis dedos se enredan en su suave cabello broncíneo, mientras me aferro a su cuerpo como si mi vida dependiese de ello. En respuesta a esto, Edward me presiona aún más contra la pared.
Sus labios se mueven insistentes contra los míos, casi desesperados, temerosos. Yo le devuelvo el beso de la misma manera, moviendo mis labios al compás de los suyos. La respiración se me agita de modo insistente y, aún con los labios de Edward contra los míos, comienzo a jadear audiblemente. Entonces, abro los labios dispuesta a saborear con mi lengua el sabor de Edward.
Cuando al fin saboreo su boca, un estremecimiento me invade el cuerpo. El sabor de Edward es tan exquisito, tan delicioso, un sabor que nunca antes he probado en mí vida. El sabor del vodka se entremezcla son el sabor de Edward en mi boca haciéndolo más irresistible, más adictivo. Dios, creo que estoy a punto de desmayarme.
Aquí termina el capítulo 9, espero que les haya gustado. Dejenme saber sus opiniones, ¿si?
Más abajito esta un adelanto de lo que leerán en el siguiente cap. Gracias por sus hermosos Review, los adoro.
Nos leemos en el próximo cap, las y los quiero un montón.
ADELANTO DEL PRÓXIMO CAPÍTULO:
— ¿De que hablas, Jessica?
— ¿Nunca te has preguntado porqué tus padres no hablan de tu accidente? ¿O porqué no tienen los mismos síntomas de trauma que tú si se supone que sufrieron el mismo accidente? ¿O porque nunca haz visto el auto en el que chocaron?
.
.
.
Carlisle me mira asombrado cuando me ve entrar echa una furia a su oficina. Tiro mi mochila bruscamente el suelo y me siento en frente de él. Sé que no debo comportarme así pero estoy muy enfadada.
—Llegó la hora de la verdad, Carlisle —digo, enfadada—. Quiero que me digas y me cuentes todo, absolutamente todo lo que tenga que ver con mi accidente. ¡Basta de mentirme y esconderme cosas!
