Tonks se dejó caer en uno de los sillones de la sala. Acababa de llegar con Remus, Moody y Kinsgley a Grimmauld Place; planeaban descansar un rato antes de partir a sus casas o a sus deberes cotidianos. Echó la cabeza hacia atrás recostándola contra el sillón, suspirando ruidosamente. Esperaba que su noche fuese lo más tranquila posible; no tenía que trabajar y Remus tampoco, así que podrían pasar la noche juntos poniéndose al día por no haber podido reunirse tranquilamente desde hacía semanas.

Sus compañeros de orden también reposaban en diversos sillones, absortos en sus propios pensamientos, hasta que un hermoso patronus con forma de cierva apareció dando un grácil salto en medio de la sala. Se preguntó a quien pertenecería el patronus, hasta que le oyó hablar con una voz tan sedosa como fría; al parecer Severus Snape podía conjurar algo hermoso a pesar de su odioso comportamiento.

—Potter y seis de sus amigos han salido rumbo al ministerio de magia engañados por el señor oscuro respecto a un supuesto Black secuestrado. Me temo que entre ellos también va la señorita Peverell —el tono preocupado en la palabra "Peverell" no paso desapercibido para Tonks, pero no era momento de pensar en ello —. Los que estén en la orden diríjanse al ministerio. Que Black se quede a avisar a Dumbledore.

La cierva desapareció en un humo plateado, dejando a los presentes con cara de preocupación e incredulidad. Ojoloco fue el primero en ponerse de pie con una mirada decidida en sus disparejos ojos, seguido de Remus, cuyas facciones de repente se habían vuelto duras como la del más experimentado guerrero.

—En marcha, compañeros —Ordenó Ojoloco —. Sirius cuéntale todo a Dumbledore en cuanto venga.

Sirius apretó los puños y miró al experimentado auror desafiante.

—No me voy a quedar aquí mientras mi ahijado y sus amigos están en peligro —gruñó el animago.

—No tenemos más opciones, alguien debe quedarse, Black —dijo Ojoloco con su ojo mágico clavado en Sirius.

—Kreacher puede contarle a Dumbledore —porfió Sirius saliendo en busca del elfo como un huracán.

Diez minutos después arribaban al ministerio de magia, varitas en mano, dispuestos a luchar contra quien se les atravesara en su camino. Un único objetivo cruzaba la mente de Tonks y sus compañeros de aventura: Proteger a Harry Potter y a los chicos que arriesgaban su vida por ayudar al elegido.

Embutidos en el ascensor, bajaron impacientes al departamento de misterios, llegando a un salón lleno de puertas y separándose en dos grupos para facilitar la búsqueda. Tonks fue con Ojoloco aunque hubiese preferido estar junto a Remus; pero sabía que su concentración no sería la misma si se preocupaba por él. Los tres restantes, encabezados por Kingsley, corrieron por una de las tantas puertas que se acumulaban en el lugar.

—Lupin estará más que bien, Tonks —dijo Ojoloco abriendo una de las puertas e invitándola a pasar.

Tonks miró a Ojoloco con sorpresa.

—No se puede engañar a un zorro viejo —Ojoloco se encogió de hombros.

Tonks sonrió y, pasando frente a Ojoloco, entró por la puerta, preparada para lo que pudiese aparecer. Durante unos largos minutos de caminata no encontraron a nada ni a nadie que les resultase interesante, hasta que llegaron gritos juveniles a sus oídos.

Con mucha más prisa comenzaron a atravesar puerta tras puerta siguiendo los gritos. Después de lo que pareció una eternidad, con el corazón desbocado debido a la adrenalina, abrieron una puerta con un golpe seco, entrando a una sala en cuyo centro se alzaba un viejo arco rematado por un velo. Casi al tiempo, Remus, Kingsley y Sirius entraban al mismo salón. Tonks y su ahora reunido equipo se encontraron con que una panda de mortífagos, dirigidos por Lucius Malfoy y Bellatrix Lestrange, intentaba obligar al chico Potter a entregar la profecía que tanto habían protegido durante todo el año. Los mortífagos se giraron hacia ellos al tiempo que los miembros de la orden les enviaban una lluvia de hechizos.

El infierno se desato alrededor de Tonks. Decenas de hechizos volaban en todas direcciones mientras se enfrentaba a Bellatrix, sabiendo que aún no era rival para su mortífaga tía, pero intentando derrotarla con todas sus fuerzas. Observó impotente como el ojo de Moody caía al suelo rodando, casi a la par con su dueño, quien se desplomó de costado, víctima de algún hechizo que no podía identificar. Su ligero descuido le costó caro; un hechizo proveniente de la varita de su contrincante le dio de lleno en el pecho arrojándola hacia atrás, sintiendo con su último asomo de consciencia como su cuerpo se estampaba con cada uno de los escalones de piedra que descendían hasta el fondo de la sala.

Vio como Tonks caía por los escalones, sintiendo que el corazón se salía de su pecho. ¿Y si estaba muerta? ¿Qué sería de su vida si ella moría? Con un furioso gruñido atacó con más ímpetu a quien fuese el mortífago con el que peleaba en ese momento, logrando a los segundos que el hombre encapuchado cayera al suelo completamente noqueado. Corrió hacia Tonks, con su rostro vuelto una máscara de pánico mientras se agachaba junto a ella para comprobar si estaba viva. Casi no pudo contener las lágrimas de emoción al encontrarse con que la chica respiraba a pesar de su pálido rostro.

—DUMBLEDORE

La voz de Neville le hizo apartar su mirada del rostro de Tonks para fijarlo en el anciano que se erguía en el umbral de una de las puertas, con una apariencia poderosa a pesar de su edad. Dumbledore se deshizo de un mortifago que intento atacarlo con una increíble facilidad, haciendo que Remus dudara entre volver a unirse a la lucha o dejar que el anciano se encargara de todo mientras él atendía a la mujer que amaba. Sacudió la cabeza y se puso de pie, rogando mentalmente para que Tonks estuviese a salvo mientras todo terminaba.

—Vamos, puedes hacerlo mejor —la voz de Sirius llegó hasta él casi arrancándole una sonrisa. El maldito animago siempre tan burlón.

Se giró para observar el que parecía el único combate que se estaba librando, justo a tiempo para ver como Sirius era impactado por el hechizo de Bellatrix. Su amigo del alma cayó a través del velo que colgaba del arco, con su cuerpo encorvado y su usual sonrisa burlona dibujada en los labios. Los ojos de Remus se abrieron con horror y estuvo a punto de correr hacia su amigo para brindarle una ayuda que sabía sería inútil, pero los gritos de un enloquecido Harry, seguido de una casi histérica Jill, lo trajeron de vuelta a la realidad. Sujetó a los muchachos cuando pasaron a su lado, impidiéndoles acercase al peligroso velo. Haciendo acopio de todas sus fuerzas para no echarse a llorar mientras los chicos se debatían por soltarse, los reprendió para hacerlos entrar en razón.

—AÚN PODEMOS TRAERLO —chilló Harry ignorándolo.

—No podemos, Harry… él esta m… —le costaba mucho decir la palabra "muerto".

—ÉL NO ESTA MUERTO —gritó Harry debatiéndose aún más.

La palabra muerto pareció activar un interruptor en la recientemente calmada Jill, haciendo que la chica también se sacudiera en un intento por soltarse de su agarre. Remus tiró de ella con fuerza arrojándola al suelo. Estaba harto; él también sufría, no solo el par de jodidos mocosos con instinto suicida a los que intentaba proteger.

—¡Basta! Cálmate ya —escupió amenazante hacia Jill.

Luchaba con todas sus fuerzas para que el dolor que se acumulaba en su garganta desapareciera. Sabía que si se soltaba a llorar por su amigo muerto sería lo último que hiciera, se volvería presa fácil para los mortífagos que lanzaban maldiciones a diestra y siniestra en la lucha que libraban con Dumbledore y Kingsley; él se convertía en un inútil cuando lloraba.

Neville llegó junto a ellos dándole información sobre los demás muchachos. Por lo menos todos los chicos estaban vivos aunque bastante magullados. Miró el ensangrentado rostro del rollizo muchacho al que intento infundir valor en el tercer año y se dio cuenta de que ya no era un niño cobarde; probablemente fuese más valiente que Harry y que todos ellos a pesar de su un tanto ridícula apariencia. Remus abrió la boca para agradecer a Neville la información, pero el ruido de una explosión ahogó sus palabras. Los gritos de Kingsley lo distrajeron el tiempo suficiente para que Harry y Jill salieran corriendo tras Bellatrix sin que él pudiese impedirlo.

—¡Harry! ¡Jill! —Remus gritó sabiendo que era en vano; los chicos no le obedecerían.

—¿Qué hacemos, profesor? —preguntó Neville con la extraña voz que le producía su nariz inflamada y rota.

Dumbledore noqueó a los mortífagos que seguían en pie con un limpio movimiento de su varita y salió tras los chicos. Remus puso una mano sobre el hombro de Neville y le dio un apretón. Él sería más útil si se quedaba a atender a los heridos que si corría tras unos enloquecidos niños.

—Vamos a ayudar un poco aquí —dijo Remus dirigiéndose hacia Kingsley con paso firme.

—La muy perra hizo que me quebrara las piernas —dijo Kingsley en cuanto Remus llegó junto a él.

El oscuro rostro del auror estaba perlado de sudor, y una mueca de dolor se dibujaba en sus normalmente calmadas facciones. Remus entablilló las piernas de su compañero con el mismo hechizo que utilizara con Ron hacía dos años, y tras dejarlo sobre una camilla convocada mágicamente, atendió al inconsciente Ojoloco. Por último convocó una camilla para Tonks y la dejó al cuidado de Neville mientras se encaminaba a auxiliar a los demás amigos de Harry.

El maldito zumbido acompañado por un molesto pitido parecía provenir de algún sitio a su izquierda, pero no quería abrir los ojos para corroborarlo. Se sentía pesada y adolorida, y el lugar donde estaba acostada era cómodo y la relajaba un poco. De no ser por el jodido ruido, se sentiría en la gloria. Gimió y arrugó el ceño cuando una oleada de dolor se extendió por su pecho.

—Tonks.

La voz preocupada de Remus la obligó a abrir los ojos. El hombre que amaba se veía bastante mal: sus ojos estaban enmarcados por profundas ojeras y su pelo parecía un poco más gris que antes; además, estaba pálido y tan preocupado que aparentaba unos cuantos años de más.

—Que mal te ves —dijo Tonks con un hilo de voz.

Remus sonrió y el alivio le rejuveneció el rostro.

—Espera a que te traiga un espejo —respondió Remus.

—¿Cómo están los demás? —Tonks frunció el ceño —¿Y cuánto tiempo llevo aquí?

—Llevas unos cuatro días inconsciente —respondió Remus. Sus ojos se apartaron de los de ella y miraron a la blanca pared de detrás de la cabecera de la cama —. Y todos están bien. Ojoloco se recuperó hace mucho, igual que Kingsley… y todos los chicos están en la escuela a salvo.

Tonks sintió que el alivio la embargaba, aunque no dejaba de preocuparle que Remus no la mirase a los ojos. La idea de que quizás la estuviese engañando cruzó por su mente, pero la desechó de inmediato sabiendo que Remus no le mentiría.

—Que bien —suspiró Tonks —. Me muero por verlos a todos. En cuanto salga de aquí visitaré a Sirius y me tomaré unas cuantas cervezas de mantequilla con él —sonrió abiertamente —. Espero que nos acompañes.

Remus parecía más tieso que antes, y si hacia unos minutos había apartado la mirada de la de ella, ahora sus ojos parecían seguir un juego de ping pong invisible, rehuyéndole como si ella fuese medusa. Tonks se incorporó en la cama, con una mueca de fastidio al sentir la molesta puntada en su costado, y tomó la mano de Remus obligándolo a que la mirara.

—Sirius está muerto —dijo Remus esta vez sin apartar la mirada —. No quería decírtelo hasta que salieras de aquí.

Tonks asintió, tratando de asimilar la información. Su primo favorito estaba muerto, después de todo, el gran Sirius Black no era intocable como ella siempre había creído. Ahogó un sollozo y se cubrió la cara con las manos cuando las lágrimas afloraron a sus ojos. Sintió el colchón hundirse a su lado y el brazo de Remus alrededor de sus hombros brindándole todo el consuelo del que era capaz. Se descubrió la cara y lo abrazó. Quizás él necesitaba más consuelo que ella; después de todo, Sirius había sido como su hermano.