Capitulo 10


El Sr. Todd se quedó petrificado, atónito, paralizado, tan shockeado, que de no reaccionar, habría soltado el cubo de pintura y la brocha, armando un gran estruendo y llamando la atención de las dos figuras que se estaban besando junto a la entrada del sótano. Tal y cómo había supuesto, se encontraba en el sótano de los Lovett. El horno, con sus llamas eternas, iluminaba tenuemente la habitación dándole un aspecto tétrico, haciendo resaltar la gran cantidad de sangre que estaba arremolinada en el suelo. Se asomó un poco y vio la fuente de la sangre, un montón de cadáveres.

Un momento –pensó-. Esos cadáveres no deberían estar ahí, yo no… -pero un susurro de la pareja interrumpió sus pensamientos-.

-Eleanor… -susurró la voz masculina. Voz que le era muy familiar.

Y entonces vio quienes eran, ¿cómo no había prestado atención? Tal vez pensó que sería Shirley con algún amante… Pero no, aquella Sra. Lovett era Eleanor Lovett, besándose con el que un día hiciera un trato para poder volver él a la casa. Vio como Anthony metía la mano entre los cordones del corsé de ella por la parte de atrás y supo que no iba a poder seguir mirando aquello. Y entonces sí, el bote de pintura se calló y armó un gran estruendo. La pareja se dio la vuelta y…


Ya en su casa, se pegaba de botes contra todo. ¿Y qué le importaba si la Sra. Lovett se besaba con Anthony? ¿O si se besaba con todo Londres (menos él, el Juez y el Bedel)? ¡Nada! ¡No, claro que no! Era tan sólo el hecho de que Anthony lo hiciera. Anthony había prometido estar enamorado perdidamente de Johanna, de sacarla de su prisión de piedra, mármol y lujos, donde estaba deprimida, para llevársela lejos y empezar una vida familiar o lo que ella quisiese.

Pero ahora el muy marica está con la que supuestamente iba a estar YO después de vengarme –no estaba admitiendo estar enamorado, que conste en apta-.

-¡Maldito (Censurado) (Censurado) (Censurado) (Censurado) (Censurado) (Censurado)! ¿¡Para qué le contaría yo nada!? –tiró una cacerola de metal al suelo, afortunadamente, vacía-.

Llamaron a la puerta. Él trató de calmarse y fue a abrir. Una señora mayor, con arrugas en la cara, le miró preocupado.

-Sé que no nos han presentado debidamente, señor…

-Todd, Sweeney Todd –respondió secamente y con el ceño arrugado-. ¿Qué es lo qué desea?

-Me preguntaba si está usted bien. Esta casa está… -hizo la señal de la cruz-. Embrujada y había tanto estruendo…

-Primero: El estruendo lo he causado yo, si no es molestia, porque ando de mal humor debido a unas recientes averiguaciones sobre un supuesto amigo mío. Segundo: Esta casa no está encantada, ni embrujaba ni maldita ni nada que se le parezca. Las ratas del sótano hacen ruido y el eco sube hasta aquí. Y ahora, si me disculpa, tengo que seguir con mi enfado –y le cerró la puerta en las narices. Casi, y le da de lleno con ella-.


"-¿Qué ha sido eso? –preguntó Anthony-.

-Oh, tranquilo, amor (al Sr. Todd le hirvió la sangre de ira al escuchar la palabra amor ya que legítimamente era suya). Son ratas, habrán tirado alguna piedra…"

Subió a la que futuramente sería su barbería y con un cojín en la mano le dio un puñetazo contra la pared.


Después de desahogarse correcta y debidamente, decidió que no tenía caso seguir dándole vueltas. Anthony "El Marinero Marica" pasaba a su lista negra de venganzas, con el segundo puesto en la lista, ya que, de todas formas, el Alguacil solo recibía ordenes de su amo, ¡Aunque de todas maneras culpable!

Se vendó las manos, en un par de ocasiones había manchado la pared de sangre en consecuencia con el impacto de sus nudillos contra la lisa superficie pintada de color pastel, y cogió dinero. Después se puso el abrigo y salió a la calle. Necesitaría herramientas para hacer lo que quería hacer. Después de conseguir todo lo que necesitaba, solo le faltaba una cosa. Una silla o sillón para hacer la silla especial de barbero. Pensó que lo haría más adelante.

Cogió el serrucho, el lápiz y todas las herramientas necesarias y empezó a quitar el suelo.


Llegó la tarde y no había comida en la casa, pero afortunadamente había terminado la nueva trampilla de la barbería, lista para usarla. Sin embargo, tenía que probarla. Y no había nadie que pudiese ayudarle. Pensó un poco. Anthony y Toby quedaban descartados. Una Sra. Lovett ni de coña… ¡La de las arrugas! Tal vez si se disculpaba debidamente…

Llamó a la puerta tímidamente. La señora de las arruga salió. Pareció contenta de verle.

-¡Sr. Todd! -exclamó gratamente-. ¿Ya se le ha pasado su enfado?

-Siento mucho lo de esta mañana –bajó la cabeza, haciéndose el arrepentido-. Estaba de mal humor. Cuando me dan esos ataques de biporalidad no puedo controlarme. Le pido disculpas. No debía tratarla de esa manera. Solía haber alguien que me tranquilizaba pero…

-No pasa nada, querido. ¿Necesitaba algo? –sonrió amablemente-.

-Necesitaba un favor suyo, si no le importa, Sra….

-Russbell. Me llamo Rosemarie Rusbell. Pero vamos, querido, cuénteme que es eso que tanto te angustiaba…

-En realidad me urge…

-Tonterías, vamos a su casa.

La Sra. Rusbell era muy amable, y, extrañamente, eso a Todd no le molestaba un ápice. Se sentaron en la sala y él sirvió un poco de té que tenía. Procedió a contarle maquilladamente toda su historia, pero sin nombres, ni matanzas.

-Oh… vaya… Que historia tan… -se sonó los mocos-. Triste.

-Sí… ¿Ahora puede…?

-Me recuerda a la historia de aquél barbero… ¿Cómo se llamaba? ¡Ah, sí! ¡Barker! –el Sr. Todd se quedó estático-. Pobre, cuando lo deportaron su mujer se volvió loca. Debió intentar suicidarse con arsénico, eso dijeron. Después de aquello, no volvió a ser la misma. Pero yo sé que Barker no había hecho nada. Yo misma lo conocía de primera…

-¿No volvió a ser la misma? –interrumpió su monologo-. ¿A qué se refiere?

-Bueno, la pobre, se volvió loca, perdió la memoria. Aún vaga por las calles pidiendo limosna. Me parece que hace poco la vieron por la calle Fleet, cantando algo de… ¿Ciudad en Llamas? La llaman la mendiga cantora. Pobre, se le fue la chaveta. Era muy maja, muy hermosa. Johanna también lo era, oh sí… la pequeña Johanna. Me acuerdo cuando la cuidaba en… -en ese momento Todd desconectó de la conversación. ¿Cuidar de Johanna? ¿Mendiga Cantora? ¿¡La Mendiga que Lovett echaba todas las noches!? ¡TRAIDORA! Gritó en su mente y arremetió contra la pared.

-¡Pare! –pidió Russbell-.

-Lo… siento… usted me ha rebelado una información muy importante, Rosi.

-¿Rosi? Solo había una persona que… ¡Sr. Barker! –mierda –maldijo por dentro Todd-.

-No, no Barker. Todd, ahora.

-Está bien, Sr. Todd. ¿Pero que hicieron con usted allá en Australia? Está tan cambiado… -resignado, le contó toda la historia, otra vez, sin nombrar nombres, pero si incluyendo la traición del marinero-.

-Ahora entiendo su enfado… Bueno, ¿en qué tenía que ayudarle? –Todd suspiró. ¡A buenas horas! ¡Ya casi era de noche!

La llevó al sótano y le dijo que esperase a que un libro cayese del techo. Subió a la barbería y puso el libro en la trampilla. Cruzando los dedos se dirigió al tocador que tenía detrás y metió la mano detrás del espejo, presionando una palanca detrás del espejo. Los mecanismos se accionaron y el libro desapareció. Escuchó pasos.

-La trampilla va de maravilla, Sr. Todd –le dio el libro-. Si necesita algo, cualquier cosa, estoy en la casa de al lado. Buenas noches –y desapareció.

Mírala, que cotorra es cuando quiere y que callada cuando le da la gana.


Llegó el día siguiente, y no sabía si ir a trabajar o quedarse el día en casa. Fue a la cocina y abrió el armarito. Nada. Vacío. Solo telarañas. Decidió que tendría que ir.

Se vistió y se fue. Cuando llegó al puerto, no podía pensar en nada más que traiciones. ¿Cómo había sido capaz de mentirle de aquella forma? Ahora Eleanor Lovett figuraba en el segundo puesto, mientras el marica estaba en el tercero.

Se puso a cargar cajas. No había reconocido a la Sra. Russbell. Era una amable mujer, siempre cuidaba de Johanna cuando ellos no podían. Muy buena, sin duda. Al parecer, su marido se la pegaba con otra, su madre estaba liado con su hermano y su padre era homosexual. ¡Vaya familia! Además, su hijo, era travesti…

Y tampoco podía quitarse de la cabeza lo que vio en el sótano. ¿Qué hacían allí aquellos cadáveres? Una pregunta sin resolver.

-Oye, Clarkson, ¿no tendrás un sillón de sobra? –preguntó a un compañero-.

-Casualmente sí. ¿Lo quieres?

-Lo necesito.

-5 libras.

-¡Es muy caro! –se quejó. Lo prefiero gratis :D -.

-La vida es cara –y no habló más.


Cuando cobró aquella semana, le compró el sillón y lo enganchó al suelo. Otra vez a pasarse la noche en vela mientras lo desmontaba y montaba de nuevo…

Un mes después, la barbería y la casa estaban listas. Ahora, solo tenía que abrir de nuevo. Y se le ocurrió una idea brillante. Pero primero tenía que arreglar otro asuntito…

Bajó al sótano de nuevo, por 5º vez aquel mes, y volvió a recorrer el camino de las manchas rojas. Se quedó observando. Poco a poco, iba anotando los caminos que tomaba para llegar antes, y los ponía en un mapa improvisado que estaba haciendo por su cuenta. Después, comprobaba los horarios en los que el horno estaba libre de presencias inoportunas. Pasó la tarde allí y al fin encontró el hueco libre que necesitaba. Contento, volvió a su casa y salió a buscar un muchacho.

-¡Eh! ¡Niño! –llamó-.

-¿Sí, señor? –preguntó el muchacho, de unos 11 años-.

-¿Quieres ganarte 2 libras?

-¡Sí! ¡Por supuesto! ¡Claro que sí!

-Pues mañana tráete un par de amigos contigo al nº 13 de Bell Yard para hacer un trabajito. Temprano por la mañana ¿eh? No tardareis mucho.

-¡Sí, señor! –y echó a correr-.

Al día siguiente, unas pequeñas manos llamaron a su puerta. Dejó la taza de café en el plato y salió a abrir. Quedándose perplejo por un momento. El niño, había traído a dos amigo, y uno de ellos, era Toby.

-Buenos días… chicos –saludó, reponiéndose-. Buenos días, Toby –se metió y cogió las fotocopias-. Como dije solo será un momento –empezó a contar hojas-. Necesito que las peguéis por todo Londres. ¿Entendido? –dio un par al primero. Ellos asintieron. Los nervios de Toby eran palpables-. Dime, Toby –dijo casualmente-. ¿Qué tal sigue tu madre? –preguntó resuelto, pero interesado. Dejando ver que le importaba pero que no le era transcendental-.

-Mejor, mucho mejor, desde que usted se fue –le desafió con la mirada-.

-Me alegro –sonrió educadamente, mientras seguía contando-.

-¿Sabe que Anthony y ella son pareja, ahora? –no pudo contenerse-.

-¿Eso te han dicho? Sí, lo sabía desde hace varios días -dio las últimas fotocopias-. ¿Puedes decirle algo a tu madre de mi parte?

-Usted dirá –dijo molesto-.

-Dile que Barker sabe la verdad, y que… necesito que me traiga el diario de ella. ¿Entendido?

-¿Qué quiere decir? ¡Ella no va a traerle nada!

-Oh, sí que lo hará… si no quiere sufrir las consecuencias.

-¿Es una amenaza, señor?

-No, por supuesto que no –sonrió amablemente-. Tendréis 3 libras cada uno si las repartís bien. Toby, tu puedes guardar alguno y quedártelo. Seguro que encuentras a alguien que quiere saber sobre el tema.