CAPITULO 10: la historia del herrero (V)
-No te va a gustar lo que tengo que decirte...-aquel anciano ciego hablaba de manera tranquila. Era casi sedante.
Tras un viaje pesado y agotador, habían llegado al castillo negro, donde el maestre Aemon no se negó a recibirles. El viejo maestre le hizo muchas preguntas. Toco su mano, y siguió haciéndole preguntas mucho rato. Esperaba pacientemente las respuestas de Casimiro, y le escuchaba con tanta atención que era desconcertante.
-Diga lo que tenga que decir- El herrero no tenia paciencia para más. Necesitaba saberlo. Aquella palidez antinatural ya casi le llegaba a la altura del codo.
-Has visto lo que hay más allá de los reinos de los hombres, Casimiro. Y has sido tocado por ello. Te estás convirtiendo. Lentamente. Más lentamente de lo que he visto jamás. Pero es inevitable. Te recomendaría amputar el brazo, pero no creo que sirviera. Aun así tendrías más posibilidades...
-¿Y aparte de amputarme el brazo?- grazno el caballero tragando saliva como buenamente podía. La amputación no era una opción para alguien que vive de la fuerza de sus brazos.
-No sé si sería aconsejable dejarte marchar, muchacho...-Aemon parecía realmente afectado por la suerte de aquel hombre.- Si la palidez que describes llegara a tu corazón, probablemente no habría marcha atrás. Pero esto es magia. Magia del hielo. Del norte más allá del norte. He leído historias y leyendas sobre que hay magias que pueden curar estas cosas. Magia de fuego. En desembarco conocí a sacerdotes rojos que podían sanar estas cosas. O que decían poder. Si quieres una oportunidad, deberías buscar a uno de esos sacerdotes y rezar todo lo que sepas para que pueda ayudarte...pero si no llegaras a tiempo...
Casimiro escucho como el anciano dejaba la frase en el aire. Y se acerco a la ventana de los aposentos del maestre. Miro al patio, donde Scott hablaba con algunos hermanos negros.
-Si no llegara a tiempo, conozco a alguien que me tiene el suficiente respeto como para evitar que uno de esos monstruos de ojos azules andará por el reino.
-Eres un hombre afortunado...
-¿Lo soy?- Casimiro se miro el brazo. Aquella piel pálida lo incomodaba y asqueaba. Y sobre todo lo tenía aterrado.
-Has sobrevivido. Es más de lo que muchos pueden decir. Más que nada, porque los muertos no pueden hablar. Y sigues teniendo opciones para seguir viviendo. Si eso no es ser afortunado, no sé lo que es.
Casimiro suspiro. Le dio las extrañas noticias a Scott y ambos se resignaron. Tenían mucho camino aun por delante.
Despidiéndose del muro y de todas sus desventuras allí, seguidos por los niños salvajes y por el halcón, tomaron el camino real hacia Invernalia, la primera de las muchas paradas que tendrían que hacer.
La sorpresa al llegar a la legendaria fortaleza de los Guardianes del Norte que se llevaron a ver allí a la comitiva real y al enterarse de que Ned Stark había sido nombrado Mano del Rey, no pudo ser descrita. Pero no fue nada cuando comparado a cuando Casimiro reconoció la fortaleza como la que había visto en sus sueños. Y aun más cuando se entero de que el hijo pequeño de Ned Stark, Bran, había sufrido una caída accidental y estaba en coma. El Herrero estaba realmente asustado. Todo aquello le sobrepasaba. Y eran demasiadas coincidencias.
Fueron bien recibidos, e incluso les dieron aposentos en el castillo de Invernalia. Hasta el propio Ned Stark los recibió, sintiendo curiosidad de que hacían en el norte dos caballeros del Valle. Fue en ese momento cuando ambos se enteraron de que Jon Arryn había muerto. Y que por eso el rey había ido al norte. Hasta el maestre de Invernalia visito a Casimiro para ver si podía ayudarle con su brazo. Pero no le dijo nada que ya no supiera. De hecho, sabía incluso menos que el maestre Aemon sobre su dolencia.
Cuando el rey Robert se entero de la presencia de los caballeros del Valle, insistió en conocerlos. Y tras muchos, demasiados brindis celebrando el feliz encuentro (aun que Scott no entendía que tenia de feliz), acabaron trastabillando por toda Invernalia tuteándose como si fueran viejos amigos. Si la noche que pasaron de fiesta con el rey fue memorable, la resaca que tuvieron a la mañana siguiente fue digna de las leyendas.
Fue mera casualidad que hablando aquella noche de borrachera con el rey, este les hablara de Stannis Baratheon y su nueva fe, y la bruja roja que a todas partes lo acompañara. Cuando la pareja de caballeros le dijeron que irían a visitarlas, para sorpresa de ambos, el Rey llamo a gritos textualmente a "uno de esos meatintas que pintarrajean los papeles para que él los selle". Y les redacto una muy ebria invitación.
-¡Habrá una gran fiesta! ¡Un torneo! ¡Para honrar a la mano! ¡Ja! ¡A mi nueva mano! Ned Stark! ¡Mi mejor amigo! Y os invito a que vengáis. ¡Nos hemos encontrado en Invernalia y nos encontraremos en Desembarco! ¡Y allí si nos montaremos una jodida buena fiesta con cerveza de la buena y putas más buenas aun! ¡Aquí hace demasiado frio para sacarse la polla de los pantalones y no arriesgarse a perderla por congelación! Pero en Desembarco... ¡en Desembarco si nos iremos de fiesta como los dioses mandan! ¡Nos podemos hacer un Ocho sin salir del burdel! Y un dieciséis si contamos las chicas de Essos! ¡Y yo invito!
Casimiro y Scott estaban demasiado aturdidos por el alcohol como para entender lo que Robert decía, pero se dieron mucha prisa en guardarse la invitación con el sello real. Algo así les podría ser útil en el futuro. No sabían para que, o cuando podrían usarlo. Pero algo así vale mucho para alguien. Si lograban acordarse de lo que tenían entre manos cuando estuvieran sobrios,...
Cuando las brumas etílicas se disiparon, Scott y Casimiro tenían un nuevo rumbo que tomar. Tomaron el camino real a buen ritmo hasta Puerto Blanco, y de ahí contrataron un barco que los llevara a Azor por mar.
Casimiro se planteo de mil maneras como explicarle a su mujer la recua de 25 salvajes de los que se había comprometido hacerse cargo. Pero eso no fue gran cosa comparada con la sorpresa que le dio su mujer cuando al llegar a casa le presento a las gemelas que había parido durante la larga ausencia del marido.
Descansaron unos días en el Valle, repartiendo a los niños salvajes como aprendices entre las granjas del territorio de Casimiro. LO bastante juntos para que pudieran visitarse unos a otros, pero no tanto como para que hicieran piña al más puro estilo "nosotros contra el mundo". Pero no paso ni una quincena cuando emprendieron un nuevo viaje. Uno que los llevara a Rocadragón.
Habían visto maravillas: el muro, Invernalia, nido de águilas...las puertas de la sangre... Pero Rocadragón era sobrecogedor. Una inmensa fortaleza rampando sobre las colinas de una diminuta isla, con los muros totalmente tallados en forma de dragones, cubiertos por ello. Estatuas gigantescas envolviendo las torres talladas en roca negra, y perpetuos fuegos en los minaretes de las torres como faros, con los techos tallados como fauces de esas bestias apunto de escupir llamaradas. Solo había una palabra para describir Rocadragón: Imponente. Una fortaleza hecha para perdurar, para intimidar, y para irradiar una brutal fuerza. Y lo conseguía. Las aterradoras gárgolas que bordeaban los muros del puerto en toda su longitud daban una sobrecogedora bienvenida a los visitantes de la isla, que bordeada por acantilados y afiladas playas sabían que era la única ruta segura si no querían acabar estrellados contra las rocas. El mar de las tormentas no se llamaba así por nada, y RocaDragón estaba justo en el límite de la Bahía del AguasNegras.
Inmutable durante miles de años frente a tempestades, dragones, el incesable oleaje y varios sitios, por no mencionar media docena de guerras, RocaDragón perduraba invicta e intacta. Aun que ahora los Targaryen ya no estaban y Stannis Baratheon era el señor de esos dominios.
Pero Scott y Casimiro no se sobrecogieron tanto de la primera vista que tuvieron de la isla y la fortaleza como de la mujer vestida de rojo que los esperaba en el puerto.
Así conocieron a Melissandre de Asshai, pues nada más desembarcar, ella se les acerco, altiva y hermosa, desconcertante y llena de misterio.
-Bienvenidos. Os esperaba desde hace algún tiempo...
Los dos desconcertados caballeros no atinaron a decir nada más, pues la mujer roja les indico que les siguiera. Y los llevo a un salón dentro de la fortaleza.
Cientos de dragones se afinaban tallados en los muros de roca viva, y los suelos ajedrezados con azulejos rojos y negros llenaban el suelo. Titánicas lámparas de araña de hierro forjado chorreaban cera iluminando la estancia de tintes rojos y naranjas mientras los rugientes braseros caldeaban la habitación manteniendo a ralla la humedad del mar que se filtraba por todas partes. Casimiro no sabía si aquello era digno de un rey. O de una dinastía legendaria. Pero desde luego si se sentía diminuto ante los hombres que hubieran conseguido erigir aquello. Y con una mirada a Scott supo que su noble amigo se sentía exactamente igual.
Melissandre nos e ando con rodeos. Y girándose se encaro a los dos caballeros.
-El señor de luz me previno de vuestra llegada. Y de que uno de vosotros tiene una petición que hacerme...
Casimiro trago saliva. Se arremangó el brazo herido y le mostro la enfermedad que le subía hasta casi el hombro. Melissandre lo miro sorprendida. Y le pidió que le contara lo que había pasado. El herrero así lo hizo
Ninguno de los dos supo decir si lo que vieron en el rostro de aquella mujer era éxtasis o alegría. Pero los miro con sus ojos granate resplandeciendo de manera perturbadora.
-Puedo curarte, herrero, pero tendrá un precio...
-No tengo demasiado dinero, pero cueste lo que cueste...-comenzó a decir.
-No quiero tu oro o tu plata. Eso son minucias.- Melissandre pasaba sus manos por la piel blanquecina de un modo que recordaba a un amante acariciando al fruto de su deseo. Casimiro se sintió mareado y asqueado por alguna razón que no comprendía- Quiero el arma del sirviente del enemigo. La espada de hielo y cristal. Y la cura solo funcionara si reconoces al señor de luz como tu único y verdadero Dios.
-Pero yo soy seguidor de los siete- protesto el herrero- No conozco nada de ese dios...
-No es un dios. Es el único dios. Y no necesitas saber nada de él para ver lo obvio y reconocer que su verdad, es la única verdad. Hasta un ciego reconoce cuando tiene delante aquello que ha buscado toda su vida. Pides por un milagro, y puedo hacerlo por ti. Pero el señor de luz solo favorece a sus siervos. Deberás servirle y adorarle para que pueda curarte...
Se hizo el silencio. Casimiro evaluó sus posibilidades: perder el brazo...perder la vida...o convertirse a una nueva fe. La decisión no demoro mucho
Saco de uno de los fardos que habían llevado la espada que había traído del norte y se la entrego a aquella mujer.
-Eres herrero, deberás hacer uso de tu oficio para la cura...
Sin entender a que se refería Melissandre, esta lo llevo a la herrería de RocaDragón. Les costó un buen rato encender las fraguas y ponerlas en marcha. Y le pidió que forjara una cadena. De eslabones pequeños.
Casimiro tardo horas en hacerlo, pero lo hizo. Una cadena muy larga. Luego Melissandre le entrego un rubí del tamaño de un huevo de golondrina, y le pidió que le hiciera un engarce de hierro. Y que la ensartara en la cadena. El herrero así lo hizo.
Mientras la cadena aun estaba enfriándose y el engarce casi al rojo, Melissandre tomo aquella cadena y agarrando a Casimiro del brazo, se la enrollo desde la muñeca hasta el hombro impávida ante los gritos del herrero, que se estaba quemando.
Y comenzó a cantar. En una lengua melódica que ni Scott y Casimiro entendían. De algún modo, la cadena se puso cada vez más roja. Casimiro lloraba de puro dolor. La quemadura era insoportable. Pero el agarre de aquella mujer lo atenazaba como si estuviera hecho de algo más duro que el hierro que le ardía en la piel. Y desde que había empezado a cantar, no podía moverse. Parecía que cada parte de su ser estuviera hecha de plomo macizo.
La cadena resplandecía al rojo blanco. El rubí brillaba como un diminuto solen la cara externa de la muñeca de Casimiro. Y de pronto todo ceso. Melissandre termino su cantico de manera abrupta y la cadena tomo un color gris acero de golpe.
El dolor, los gritos...todo desapareció tan rápido como la luz de un candil cuando alguien sopla y apaga la vela.
Casimiro parpadeo. La cadena se había soldado en ángulos imposibles, como una manga que iba desde su hombro hasta su muñeca dando vueltas y más revueltas, y sobre su muñeca, como un brazalete, brillaba el rubí. Palpitaba, más bien. De manera imposible. Como un diminuto corazón de cristal rojo. Los destellos eran apenas visibles. Pero ahí estaban. BUM bum, BUM bum, BUM bum,…. era hipnótico. Pero la piel seguía pálida. Sus dedos seguían azulados. Y el contraste entre su piel sana y su piel marcada por aquellos monstruos de más allá del muro era tan visible como antes.
-Recuerda, herrero: esto no te cura. No estás sanado. Pero mientras lleves la cadena y el rubí, el mal que te aflige no avanzara. Estará ahí, detenido gracias al poder del señor de luz. Pero este talismán solo será tan fuerte deteniendo tu dolencia como fuerte sea tu fe. Si te lo quitaras, si lo perdieras, o si fueras un farsante que no adora realmente al único dios verdadero, su poder se desvanecería y el mal se volvería a apoderar de ti, avanzando hasta destruirte y convertirte en un lacayo del adversario...
Casimiro trago saliva. No tenía ni idea de cómo adorar a ese extraño dios rojo, pero más le valía aprender y rápido si quería conservar la vida. Aun que la mujer roja lo había engañado. Le había prometido curarle, y lo había esclavizado sin darle más opciones. Había pagado muy cara un placebo de cura. Pero asintió con la cabeza. No creía que fuera buena idea contrariar a una mujer que acababa de hacer lo que había visto.
Dándole las gracias y sin deseos de pasar en RocaDragón más tiempo del necesario, y sintiéndose más vacios y confusos que cuando llegaron, ambos cogieron su barco y pusieron rumbo a Desembarco.
Se hospedaron en una buena casa de huéspedes y tuvieron suerte. Pocos días después, cuando se anuncio que el rey y la mano tardarían poco en volver y se celebraría un gran torneo, la ciudad se lleno y se empezó a preparar para las celebraciones.
Tanto Casimiro como Scott no tardaron mucho en apuntarse de los primeros en los principales eventos del torneo, y se dieron varias licencias a sí mismos paseando por la capital y disfrutando de todos sus placeres.
Al regreso del rey, cuando empezaron las festividades, fueron de los que acudieron con las comitivas del Valle a la cena en la fortaleza roja. Demasiado lejos de las mesas principales, pero presentes. Por lo visto la nota que les había dado el rey les abrió puertas que no deberían habérseles abierto a dos simples caballeros.
Pero en aquella cena, estuvieron.
Casimiro miraba a toda aquella gente sin saber que hacia allí. Scott parecía manejarse mejor entre la nobleza y la gente nacida con títulos y tierras.
Miro a su alrededor cuando ya todos se habían sentado en las mesas. A uno de sus lados tenia a un hombre rubio, vestido de rojo granate. Debía ser un vasallo de los Lannister. O al menos, algún noble menor de Lannisport. Al otro lado tenia a un maestre. Junto al maestre 3 personas vestidas de azul y dorado, con un emblema que no había visto en su vida. Pero en ese emblema había un martillo. Sonrió. Y vio que el maestre lo miraba fijamente.
Sin dejar de ensanchar su sonrisa, le tendió la mano a aquel hombre vestido de negro con una gran cadena al cuello que tenía el pelo dorado y los ojos también dorados.
-Hola, soy Ser Casimiro Flor de Lys, del Valle de Arryn, es un placer conocerle… ¿Y vos quien sois?
-Maestre Harlum, de la casa Minkundis...-dijo el hombre sonriendo y tendiéndole la mano con las cejas muy arqueadas por la sorpresa
Ambos hablaron de la cena. De los platos que se servían. Se burlaron un poco de algunos nobles que se paseaban por allí con pavoneos exagerados dirigidos a llamar la atención. Y se burlaron aun más de las bravuconadas de los caballeros que nadie conocía que alardeaban sobre las futuras gestas que realizarían en el torneo. Hasta que El rey y la reina y la mano del rey hicieron su aparición y todos se levantaron
-Los conocí en Invernalia, en un viaje que hice hace poco, ¿sabéis?- comento el Herrero sin darse cuenta de lo que decía.
-¿En serio?- El maestre Harlum de pronto estaba muy atento a las palabras de su nuevo amigo- Tuvo que ser un viaje muy interesante...
-Lo fue
-Contadme más...nunca he estado en el norte y siempre me han interesado las historias que allí se cuentan, ¿es tan fascinante como dicen? ¡Tenéis que contármelo todo! Que envidia... ¡un viaje por el norte! ¡Y coincidir con el propio Rey! ¡No podéis dejarme en ascuas!- El maestre relleno la copa de vino de Casimiro, y se aseguro con mucho cuidado de que siempre estuviera llena- Por cierto, ¿conocéis a mi señor? Lord Arcyth, Guardabosques del Rey. Creo que también participara en los torneos...es nuestro primer viaje a la capital, que casualidad, como vos...deberíais intercambiar opiniones...
Casimiro bebió, sonrió, y hablo mucho con el maestre. No entendía por qué decían que en la capital era difícil hacer amigos. El acababa de conocer a dos en apenas unos minutos...
