Hola, estoy muy agradecida por todos los favoritos, alertas y reviews que me dejan, millones de besos para tod s y les deseo toda clase de cosas maravillosas para su vida
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isis, indications de l'immortalite, liduvina, Giorka Ramirez Montoya, alezf1994, Maedna33, Jess, Monse, Haley, Jazzy Cullen Pattinson, corimar cautela, ErandiLina, teky,
Capítulo 9
Se había quedado dormida como una niña, en un segundo, pensó Edward. No es que él tuviera experiencia con niños, pero eso era lo que sus compañeros casados decían siempre. Los niños podían dormirse en un instante, justo en un abrir y cerrar de ojos, decían.
Excepto que Isabella no era una niña. Su furiosa erección lo tenía bien claro.
Ella pensaba que podría ocultarse dentro de un camisón de franela de cuello alto, pero diablos, no podría esconderse ni dentro de un saco de arpillera. Todavía sería totalmente deseable. Puede que el camisón tuviera el cuello alto, pero los pechos —los pechos sin sostén— eran claramente visibles, los pequeños pezones duros se perfilaban en la tela rosada. Era el frío lo que hacía que los pezones se le endurecieran, no el pensar en tener sexo con él. Así que se las ingenió —apenas— para abstenerse de lanzarla a la cama, desgarrarle el camisón en dos y ponerse encima de ella. Abrirla con los dedos y deslizar la polla directamente dentro.
Sabía exactamente lo que se sentía estando dentro de ella y quería más. Ahora mismo.
En parte era por cómo ella lo obsesionaba, ese aire de princesa de hielo que tenía y que contrastaba tan bruscamente con la feminidad curvilínea, la boca deliciosa, casi excesivamente grande, la piel perfecta, cremosa y suave, los ojos ligeramente inclinados hacia arriba…
Pero también estaba la parte de la adrenalina. Había salido de un tiroteo y una huída y siempre que lo hacía se ponía duro como una roca.
Era un aspecto de las misiones militares que no salía en las películas de Hollywood o en las novelas de Tom Clancy. Las películas mostraban a los hombres fumando y riendo los unos con los otros después de una lucha, pero la verdad era que los hombres después de una batalla iban pasados de rosca, con aire adusto, tensos, conmocionados, con el pene duro, tan duro como una roca. Dispuestos a follar con el agujero de una pared si era necesario para poder desfogarse.
Todos los soldados del mundo lo sabían, sabían que el que sobrevivía en una lucha después necesitaba sexo —duro, rápido y feroz— para expulsar la tensión. Los cuarteles, después de una intervención militar, estaban tan llenos de testosterona que hasta podía olerse de tanto que impregnaba el aire. Los soldados tenían erecciones después de la lucha y eso era un hecho de la vida. Algunos montarían a una cabra si no hubiera una mujer por ahí, pero él siempre había trazado la línea en cualquier perversión. Si una mujer medianamente atractiva y dispuesta no estaba disponible, pues bien, su mano hacía un trabajo bastante bueno.
Él, ahora mismo, tenía entre sus brazos a una mujer más que medianamente atractiva y las caderas se le levantaban para arriba como un reflejo de la polla, las dos con voluntad propia, buscando entrar en ella. Y ella estaba justo allí, con las piernas sobre su regazo, con el trasero encima de su polla. A través del camisón notaba el pedacito de tela en la cadera. Probablemente una copia de esas pequeñas bragas con cordón increíblemente eróticas que le había arrancado la otra noche con las prisas frenéticas para meterse dentro de ella. Ahora mismo, ahora mismo, maldita sea, podría estirar hacia arriba la suave franela, rasgarle las bragas otras vez —tendría que empezar a comprarle la ropa interior al paso que iba—, abrirle las piernas hasta que se sentara a horcajadas sobre él y empujar directamente dentro, y ella estaría tan ardiente y apretada y suave y toda su…
Jesús.
Recordó todos y cada uno de los segundos en que su polla estuvo dentro de ella, los recordaba absolutamente todos. La estrechez, el calor, la humedad… cuando cenaban ella había pensado tanto en el sexo como él.
Isabella suspiró mientras dormía, moviéndose un poco, deslizándose sobre su polla. Él se quedó congelado. La frente se le perló de sudor aunque la temperatura aún era algo fría a pesar de la calefacción.
Un buen soldado visualizaba, controlando en su cabeza lo que quería hacer hasta que viera y sintiera los movimientos, hasta que los movimientos fueran su segunda naturaleza, controlando una futura batalla en la mente tantas veces como fuera necesario para que fuera un éxito, y entonces la operación iba como la seda.
Edward era condenadamente bueno visualizando, proyectando una operación, repasando los detalles una y otra vez. Era algo que no podía evitar, como no podía evitar prepararse para un futuro peligro o contrarrestar el peligro cuando lo encontraba.
Ahora mismo estaba visualizando como un loco. Visualizando todas las cosas que quería hacerle a ella y que no había tenido tiempo para hacerlas la otra noche porque había estado medio enloquecido de lujuria. No es que no estuviese en la misma condición ahora. Tenía que haber un momento en el futuro en el que fuera capaz de hacer el amor con Isabella Swan en vez de follarla a ciegas. Cuando la hubiera tenido las suficientes veces para aliviar este hambre abrasadora, cuando se hubiera corrido dentro de ella lo suficientemente a menudo como para poder saborear su tacto en vez de ansiar… entonces tal vez se tranquilizaría un poco.
Tal vez.
Pero ya había sido demasiado rudo la otra noche y eso que no estaba con la adrenalina de después de una pelea corriendo rabiosa por sus venas. Sospechaba que le había hecho daño. Entró en ella demasiado rápido, empujó con demasiada fuerza, Jesús, tal vez incluso la mordió.
El pensar eso lo enfrió un poco.
A algunas mujeres les gustaba el sexo rudo. Edward lo sabía por experiencia. Mujeres que mordían y arañaban. A las que no les importaba estar doloridas después. Que se corrían cuando había violencia apenas controlada.
Isabella no era así. La brusquedad de la otra noche la había sobresaltado, aunque tal vez también se había sobresaltado por su propia reacción. Y que reacción. Recordó cada ondulación de su vaina, contrayéndose con fuerza alrededor de la polla. Recordó la humedad de las bragas, las pupilas dilatadas.
No, puede que él hiciera que se corriera, incluso de forma explosiva, pero el sexo rudo no era lo suyo.
Y ahora mismo él no era capaz de nada más que de sexo rudo.
No era el único que estaba lleno de pura adrenalina. Ella había mostrado signos muy claros de ello con las disculpas desesperadas, frenéticas, y el llanto. Isabella no tenía el equipo necesario para tener una erección, pero las lágrimas eran también un alivio para la tensión.
La observó allí, en sus brazos, con una lágrima casi seca sobre aquel pómulo alto, perfecto, cristal sobre el mármol blanco más puro.
Jesús, la mujer era preciosa. La había encontrado atractiva cuando la conoció, quedándose embobado ante la elegancia, hermosura y seguridad de la mujer: glamurosa, absolutamente conjuntada, al otro lado del escritorio. Pero la mujer que ahora estaba en sus brazos, manchada de barro, sin maquillaje, con los ojos hinchados por las lágrimas, esta mujer era una rompecorazones. La deseaba de todas las formas posibles.
Se levantó con ella en sus brazos y se inclinó para ponerla en la cama. Ella apenas se movió cuando la acostó y él se quedó allí unos largos instantes, vigilando su sueño. Sintiendo cosas que cambiaban dentro de él, cosas que no sabía que eran. Lo único que remotamente reconoció entre las mil emociones que le recorrían era la lujuria. Tenía una erección de campeonato y se dirigió, aliviado, hacia el cuarto de baño porque al menos sabía qué hacer para solucionar eso.
No tenía ni una maldita pista de qué hacer con su corazón, pero sabía exactamente qué hacer con su polla.
Por suerte aquí, en su escondrijo de montaña, guardaba ropa de repuesto. Había comprado este sitio la segunda semana de estar en Portland. Una choza con un sótano grande, aislado, que era la razón principal por lo que la compró.
La había decorado en exactamente una hora absolutamente nefasta, y sin tener la menor idea de lo que compraba, en el Wal-Mat más cercano, escogiendo los primeros muebles que se había encontrado, sin saber qué diablos hacía. Después necesitó tres cervezas para tranquilizar los nervios.
Se desnudó, dejando las ropas que olían bastante a sudor en el suelo y se metió bajo la ducha. El agua era sólo tibia pero eso le iba bien. En realidad debería darse una ducha fría, pero ya sufría bastante así.
Y aquí estaba él, desnudo y ansioso, Isabella Swan estaba en su cama, a no más de diez pasos de distancia y no había ni una maldita cosa que pudiera hacer. Si eso no era tortura, entonces no sabía lo que era.
Dejó caer la mano en la ingle.
Ella tenía un pequeño y precioso lunar color chocolate al lado de la oreja. Lo había lamido cuando la tomaba. Luego le había chupado la oreja y ella gimió y fue como si él hubiera tenido otra marcha y ella la hubiera puesto de golpe. Casi había doblado la velocidad de las embestidas antes de que los ecos del gemido hubieran terminado.
El corazón le latía con fuerza y la mano trabajaba mientras recordaba cada centímetro de ella, el sabor de los pezones, las lenguas entrelazadas, el suave pelo púbico rubio cubriéndole el montículo. Se lo había hecho tan duro que si ella se hubiera depilado allí como otras mujeres, el pantalón le habría raspado la piel.
La mano trabajaba duro y rápido ahora, bombeando, cuando recordó lo estrecha que era, como jadeaba con cada empujón, como de algún modo a mitad del camino ella había logrado abrir aún más las piernas para él, como le había agarrado ese trasero perfecto, intentando acercarla todavía más, empujando tan fuerte dentro de ella que fue un milagro que la pared no hubiera caído.
Ella había gritado al correrse, con la voz amortiguada por el abrigo. Cuando Edward recordó con exquisito detalle como la había follado mientras tenía el clímax antes de explotar él mismo, sintió las punzadas en la parte de atrás de las piernas, elevándose por la columna vertebral, la polla se le hinchó y se apoyó desmadejado contra la pared, con las rodillas débiles y jadeando, cuando se corrió con un chorro largo, interminable.
Se quedó bajo la ducha durante un largo rato, apoyándose con una mano, con la cabeza agachada bajo el agua —ahora fría—, pensando estoy metido en una buena mierda.
Tenía un problema —un verdadero y grave problema— si hacerse una paja pensando en Isabella Swan era diez veces más excitante que tener sexo real con cualquier otra mujer.
—De acuerdo, Jazz, cuéntame —Edward se recostó en la silla de cuero con un móvil imposible de rastrear en el oído.
Cuando las piernas le sostuvieron —y eso le llevó más tiempo de lo que hubiera querido— se puso una camiseta negra descolorida, unos pantalones de gimnasia grises y con los pies desnudos se había encaminado a la sala de estar. Apartando con suavidad una manta barata comprada en un supermercado, se agachó y puso el pulgar en un digitalizador. Un panel azul de acero se abrió mientras una escalera de acero inoxidable se desplegaba hasta el suelo del sótano.
Como siempre, Edward resplandeció de satisfacción al entrar en su pequeña guarida de alta tecnología. Sabía que la parte de arriba de la choza era bastante triste, aunque no tenía ni puta idea de que hacer al respecto, pero abajo, en el sótano, allí todo era de máxima calidad, tan perfecto como podría ser. Había tenido acceso a lo mejor cuando estaba en los Teams y que le condenaran si iba a conformarse con menos en el mundo civil.
Escaleras abajo estaba su pequeño patio de recreo, hilera tras hilera de reluciente electrónica, monitores, teclados, aparatos y dispositivos por encima del ying y el yang. Lo que uno quisiera, él lo tenía.
Había esperado hasta que Isabella se quedó dormida antes de venir aquí abajo, a su Aliceno de espía. Ya la asustaba bastante así como era, sin ver que él tenía algo parecido al Centro de Control de Houston.
Era consciente que la mayor parte de los civiles eran absolutamente ignorantes de los peligros del mundo, de las cosas espeluznantes que había ahí fuera. Él se había entrenado toda la vida para vigilar y ahora era una parte tan importante de él como respirar.
Pero si uno no era soldado, si su vida no dependía de una atención fanática hacia el detalle y una conciencia subyacente de los enemigos que estaban ahí fuera y podían golpear en cualquier momento, si nada malo le había pasado nunca, entonces puede que lo viera como a un fanático completamente paranoico. Había habido mujeres que se enfadaban con él por su constante conciencia de peligro, por las precauciones que tomaba.
Y ya de paso, él no dejaría nunca a una mujer en el lado de fuera de la acera. Y no por caballerosidad, sino porque las mujeres, estúpidamente, llevaban los bolsos colgando de los hombros sólo con una tira fina de cuero. Bolsos de colores brillantes que gritaban, "¡Ey! ¡Tengo dinero y tarjetas de crédito aquí a mano!"
¿Por qué diablo hacían eso? Nunca había podido entenderlo. Era algo tan absurdamente estúpido, era como poner un capote rojo delante de los ojos de un toro. Cualquier hijoputa de movimientos rápidos que pasara en una bici o una motocicleta con un cuchillo, podría cortar y tirar, y era por eso por lo que él siempre iba en la parte de afuera. Se lo pensarían dos veces antes de cortarle o tirarle a él.
Él nunca había hecho caso de la ridícula noción de que una mujer podría defenderse de un atacante; no le importaba cuántos cursos de autodefensa tomara ella y no le importaba lo que dijera el psiquiatra de ella. Si era su cita de aquella noche —incluso aunque no se volvieran a ver después del sexo— ella estaba bajo su protección y él actuaba en consecuencia. Eso hacía que muchas mujeres se enfadaran porque él no pudiera fingir que el mundo no estaba lleno de depredadores y que la naturaleza había hecho que las mujeres fueran la presa. Así que se acostumbró a tomar la mayor parte de las precauciones tan disimuladamente como fuera posible.
Lo habían llamado dinosaurio bastante a menudo, y no es que le preocupara, pero era inexacto. Los dinosaurios no se actualizaban y él lo hacía. Sabía exactamente lo que tenía que hacer y cómo hacerlo y, gracias a ello, había sobrevivido a las situaciones más peligrosas que la vida había sido capaz de ponerle en el camino.
Como ahora.
Nadie, ni siquiera Jazz y la policía, podría saber que Isabella estaba con él. Nadie los había seguido. Incluso si alguien le buscaba, tardaría mucho en relacionar esta choza con él, y esto incluía a Jazz y a la policía junto con todos los recursos que pudieran reunir.
Edward era hábil en lo que hacía, bueno en organizar la seguridad. Sabía que aquí la seguridad era tan buena como la de una central nuclear. Tal vez mejor. Estaban tan seguros como en una caja fuerte. Pero un buen soldado siempre verifica dos veces y él estaba vivo porque nunca, nunca jamás había dado nada por sentado. Nunca en toda su vida.
Así que se sentó y comprobó el equipo.
Tenía el más maravilloso juguete nuevo, y lo adoraba. Una serie de sensores con un microchip especial programado con un algorhythm para detectar latidos. Y no un latido cualquiera, oh no. Esa era la belleza del pequeño aparato inventado por el Loco Mac Rowan, el Pitágoras de la informática de los Team. El chip distinguía por la frecuencia latidos humanos de los latidos de diez especies diferentes de mamíferos, así que la alarma no saltaba si pasaba un ciervo o un oso. El INS había comprado el sistema para la Patrulla Fronteriza por diez millones de dólares, pero Loco Mac le había dado el prototipo. Edward lo puso en marcha y encontró exactamente lo que esperaba encontrar.
Nada. Ni un latido.
Siguiente paso, los sensores de movimiento. Luego el banco de monitores conectó con las cámaras dispuestas alrededor del perímetro de sus tierras. Luego los sensores a lo largo del camino de tierra que conducía a la choza.
Nada, nada y nada.
Nadie por allí, nadie por aquí. Perfecto.
Bien. Ahora podía llamar a Jazz.
Jazz parecía cansado.
—Tenemos un problema, Edward —dijo—. Uno muy grande. Las huellas de los dos tipos salieron inmediatamente en el NCIS. El primer francotirador es un malhechor callejero. Asalto, violación…
A Edward se le heló la sangre. Violación. Una vez violador, siempre violador. Jesucristo, el tipo no habría tenido piedad de Isabella. La habría violado antes de matarla.
Se sorprendió de que sus manos no dejaran huella en el teléfono, lo estaba agarrando tan fuerte.
—… robo a mano armada, drogas… todo lo que se te ocurra. Y por si fuera poco, era drogadicto, con marcas en los brazos, así que si le dieras dinero en efectivo para su dosis, asaltaría una escuela infantil para ti. Hablamos de ir con un arma cargada, tío. Me pagas, apunto y fuego. Aunque por lo que parece, él era la clase de arma que te puede estallar en la cara, no te podías fiar, era como intentar dar a una moneda de diez centavos. Esas son las buenas noticias. Las malas son que el segundo francotirador era un verdadero profesional. El FBI no me deja en paz desde hace una hora; el SAC de Portland esta aquí conmigo ahora mismo. Tienen la señal de posible peligro para cualquiera que pida una copia de sus huellas dactilares. Han estado detrás de él desde hace diez años. Es el primer sospechoso del asesinato del senador Lesley hace ocho años. También lo buscan por el asesinato de otro par de personas importantes.
—Alguien está muy interesado en matar a Isabella —continuó Jazz—. Un tío importante, y está dispuesto a pagar mucha pasta para conseguirlo. No sé quién es, pero quienquiera que sea ha contratado a un profesional, uno bastante caro por lo que dicen los "fedes". Tenemos que hablar con Isabella, Midnight. Necesitamos que la traigas. Ahora.
Jazz estaba loco. La policía no iba a acercarse a ella. Nadie iba a hacerlo.
—De ninguna manera, Jazz —dijo Edward con frialdad—. La verás si y cuando hayas averiguado que pasa y luego me convences de que has averiguado cómo pararlo. No antes. Tendrás noticias mías mañana y más vale que tengas algunos hechos irrefutables y un plan bastante bueno para solucionar esto. Y pon dos hombres en casa de Isabella, delante y detrás. Que nadie entre.
—Ey, espera, ¿dónde estás? —preguntó Jazz cuando Edward colgó el teléfono. Esperó sombrío hasta que recuperó el control, hasta que la respiración se tranquilizó y la niebla roja de rabia desapareció de delante de los ojos.
¿Alguien estaba decidido a que Isabella muriera?
Primero tendrían que pasar por encima de su cadáver.
Se dirigió al piso de arriba. De ahora en adelante, Isabella no iba a estar más allá de un palmo de la mano de él.
Ya era muy tarde cuando ella se despertó. El cielo que se veía por la gran ventana con marco de madera era del profundo azul del anochecer en las montañas. No había ni una sola nube. Los pinos proyectaban largas sombras de color negro azulado que anunciaban que el día tocaba a su fin. Se había pasado durmiendo todo el día.
Algo caliente le agarraba con fuerza la mano y despacio giró la cabeza en la almohada, sabiendo lo que vería, e incluso así el corazón le dio un vuelco cuando sus ojos se posaron en Edward.
Se le ralentizó la respiración y se sintió tranquila, segura. Habían estado yendo hacia esto desde el momento en que se conocieron.
Ha llegado el momento, pensó.
Él estaba sentado en la mecedora junto a la cabecera de la cama, agarrándole la mano, observándola. ¿Había dormido él? No había modo de saberlo. Se le veía como siempre, fuerte e indestructible.
Se había cambiado y llevaba una camiseta negra, que abrazaba aquel pecho inmenso, poderoso, extendiéndose por sus enormes bíceps y unos pantalones finos de gimnasia bastante gastados. Podía percibir con claridad los fuertes músculos del muslo.
Estaba enormemente excitado y eso también podía verse con claridad. No pudo apartar la mirada de su ingle. El pene se apartó del estómago al alargarse, palpitando y luego volvió a apoyarse otra vez en el abdomen.
Se quedó asombrada, de que ella fuera la causa de eso, de tener tal poder. El antiguo poder de la feminidad. El llanto y el sueño profundo, y tal vez hasta el whisky, le habían hecho bien, le habían despejado la mente, llenándola de una profunda sensación de certeza. Ahora estaba en un mundo diferente, uno antiguo, tan viejo como el hombre, donde los lazos se forjaban a sangre y fuego. Un mundo donde las leyes se perdían en la niebla del tiempo, pero que no eran menos fuertes por eso.
Estaban atados por la ley más antigua del mundo.
Él había luchado y matado por ella. Ella era suya.
La historia no es mia, la autora de tremenda maravilla es Lisa Marie Rice
Espero les guste y nos vemos en el próximo capitulo
* Saludos Telli *
