Muchísimas gracias por los comentarios, en serio, me alegran un montón ^^. Aviso que mañana también dejaré un capítulo por la mañana, ya que me voy de viaje con unas amigas a Francia y estaré un tiempo sin actualizar. Pero en cuanto vuelva, tendréis Princess Darker de sobra!

Muchísimas gracias preciosas.


8º Capítulo: Bandera blanca

La cabeza me daba vueltas y sentía un dolor insoportable en la espalda. Apenas recordaba lo que había pasado después de que Phil me diera el sexto o séptimo latigazo.

Que dolor, Dios mío. Creí que había muerto y estaba en el centro del infierno, condenada por equivocación al peor de los suplicios.

Sentí como la puerta se abría y se volvía a cerrar. Alguien había entrado en la habitación.

Intenté girarme para ver quién era pero apenas pude soltar un leve gemido. El torso me ardía y no tardé mucho en descubrir que estaba semidesnuda.

Enrojecí mientras un olor varonil de exquisito gusto se filtraba por la tela que tenía apoyada para no manchar el cubrecamas de sangre.

Intenté recordad quién era, pero me era imposible. Era como cuando soñabas algo y en el momento en que quieres recordar el sueño no eres capaz, a pesar de saber de qué iba.

-Qu-qu...quen.. ¿quién e-es?-pregunté con voz débil y temblorosa.

-Soy Edward Mansen-su voz, melodiosa y horrorizada rezumbó por toda la habitación-venía a dejarte los apuntes... hoy hemos dado una parte importante, y...-se quedó callado. Yo seguía intentando darme la vuelta pero era incapaz.

Escuché el sonido del auga muy próxima a mí, justo donde estaba el cubo de agua donde estaba el trapo con el que habían limpiado las heridas.

Me asusté y le busqué con la mirada, pero mi ángulo de visión dejaba mucho que desear, por lo que apenas podía ver parte de la cabecera metálica de mi cama.

Escuché unos pasos tímidos acercándose y poco después el tacto suave del paño mojado. Me estremecí de pies a cabeza, olvidándome por un momento de quién era ese gesto tan amable.

El paño húmedo se deslizó por mi espalda con una suavidad casi erótica, recorriendo todas y cada una de las heridas, aliviando con el tacto helado el ardor que arañaba mi piel.

-Gra-gracias-empecé a toser, volviendo a machar con gotas de sangre el pañito.-No... no... tu... no tienes porqué hacerlo.

-No importa-replicó con voz suave, teñida de pena.

De repente, una oleada de vergüenza y humillación recorrió cada parte de mi cuerpo, casi peor que el dolor que sentía con los latigazos.

Estaba tumbada semidesnuda sin poder moverme con unos cortes sangrantes a la vista de un joven que era más perverso y cabrón que el mismísimo diablo.

Me sorprendió, también, que teniendo la oportunidad de aprovecharse de mí tanto física como moralmente lo único que hacía era aliviar mi dolor dándome un relajante masaje. Algo estaba tramando, no era posible que ése chico fuera el que me había tratado tan mal durante las últimas dos semanas después del primer día de clase.

¿Y si tuviera un gemelo? Esa sería una opción más racional que la posibilidad que ése Edward Mansen y el Edward capullo Mansen fuesen la misma persona.

-¿Te duele?-preguntó cuando me encogí de dolor al haber apretado, sin querer, con más fuerza que antes.-Lo siento, no me di cuenta...

-No, no... es... está bien, solo que ésos golpes son los más profundos.-Intenté incorporarme mientras él terminaba de mojar los cortes.

Me cogió de los brazos y tiró de mí para poder incorporarme. Me medio senté de lado, apoyada entre grandes cojines gigantes de plumón.

Él se quedó mirándome un momento, con los ojos abiertos como platos. Desvió la mirada una vez y sus mejillas se tiñeron de color. Me miré desconcertada para descubrir, con vergüenza, que los senos estaban al descubierto, sin ningún tipo de tela que me tapara.

Mi piel se tiñó de un rojo tan fuerte como el de la sangre que manchaba las sábanas. Cogí una manta y me tapé con ella, escandalizada.

Si antes me sentía humillada, ahora había llegado al punto máximo de querer morirme antes que seguir en frente de aquel hombre. Madre mía, que horror.

-Emmm... yo...-carraspeó, incómodo-ten los apuntes, yo... eh... te veré en clase cuando... bueno, cuando te recuperes y... yo... si, nos vemos y... bueno, espero que te mejores...y.... bueno, adiós-me dejó los apuntes encima de la cama y se fue con rapidez, con los ojos clavados en todo momento en el suelo.

Me derrumbé, intentando apoyar lo menos posible la espalda contra algo. Todavía me costaba asimilar los hechos ocurridos hacía unos instantes.

Edward capullo Mansen había resultado ser, también, además de una persona con doble personalidad, un caballero con todas las de la ley.

Increíble, el mundo había dado un giro de ciento ochenta grados. Por un momento olvidé el problema con mi padrastro. Solo por un momento, claro.

-¡Isabella!-chilló mi madre-vamos a ver, ¿me puedes decir quien es ése chico que acaba de salir de casa?-empezó a lloriquear-¿no te ha llegado con lo de hoy? ¿Quieres tener más cicatrices?

-Era mi compañero de música, me vino a dar los apuntes.-Salí de entre las sábanas como bien pude y mi madre me miró, horrorizada.

-¿Me estás diciendo que te ha visto así? ¿Es que te has vuelto loca? ¿No te das cuenta de lo que significa la palabra decente?

-Madre, no me ha visto nada-mentí descaradamente. Hice un gesto de dolor cuando un corte tocó la madera del cabecero. Me vió entre las sábanas, como si estuviera enferma. Me dió los apuntes y se fue, que tenía prisa.

-No se que voy a hacer contigo-negó con la cabeza, disgustada.-Jacob vendrá mañana-anunció de pronto,-quería venir hoy pero le insistí que no te encontrabas muy bien-me miró con aire crítico.-El Doctor Cullen vendrá por más tarde para revisar las heridas, por si acaso.

-Que raro-me reí, con amargura.-Creí que no querrías que en tu perfecta familia ocurriese nada malo. Que no querrías que tus amigas se enteraran.

-Y no se enterarán-se sentó al lado de mi cama-el Doctor Cullen no dirá nada, y espero por tu bien que tu "amiguito" tampoco.

Nos quedamos en silencio, y ninguna de las dos parecía querer comperlo. Deseé que se fuera de la habitación. Nada me gustaría más que estar sóla.

-Mañana te voy a traer un nuevo vestido, el que encargamos dos semanas atrás, ¿te acuerdas?-murmuró de pronto, sentándose en el borde de la cama.

-No pretenderás que me ponga un corsé en mi estado-la miré, anonada, ¿estaba loca o es que se había quedado sin neuronas?

-Tienes que estar guapa para cuando venga Jacob,-habló sin mirarme-tienes un aspecto lamentable.

-Me gustaría el aspecto que tendrías si te hubiesen pegado una paliza, madre-le eché en cara, con voz dura.-No sé que es lo que estás pensando, pero desde luego que ni se te pase por la cabeza que voy a ver a ese... a ese cerdo maltratador. Antes me voy de casa.

-Isabella, por favor. No hagas de un grano de arena una tormenta-se levantó, dispuesta a marcharse.-No eres la única que ha recibido azotes, ni serás la última-con esto se fue, dejándome sóla.

Me tapé la cara con las manos y aguanté las ganas de llorar. No lo había hecho desde que Phil me dejó tirada en el suelo. No iba a empezar ahora.

Una furia explosiva me recorrió el cuerpo como un calambre. Me habían maltratado, insultado, humillado y controlado. Phil me las pagaría, oh, ya lo creo que si. En cuanto pudiera vengarme lo haría, lenta y dolorosamente, disfrutando del festín.

Eché de menos a Emmet, con su gran sonrisa y la facilidad de encontrar el humor hasta en la más negra de las situaciones.

Por un momento la idea de llamarlo por teléfono pululó por mi mente unos instantes. Deseché la idea. Seguramente Renée estaría vigilándome, ella o alguno de los empleados de la casa.

Me acurruqué en posición fetal en el centro de la cama, cubierta de sábanas ahora salpicadas de un rojo carmín.

Intantaría dormir hasta que llegara el Doctor Cullen. Y por la noche pensaría una forma de vengarme de Phil.