Los SeeDs esperaban pacientemente junto a la puerta cerrada del apartamento que el Presidente Loire les había facilitado dentro del complejo presidencial a que Squall regresara con la tarjeta para abrirla. Apoyado en la pared, con la cabeza abatida de puro cansancio, Seifer se entretenía observando a sus compañeros de cintura para abajo, como ejercicio para mantener la mente en activo y evitar la vergüenza de quedarse dormido de pie. Ya le había pasado una vez, en sus tiempos de estudiante, y en lugar de escurrirse suavemente hasta el suelo se había pegado un planchazo de cara, en toda su longitud, ante multitud de testigos. Muy risueños testigos.
No era una experiencia que tuviera interés en repetir, así que ahí estaba él matando el tiempo de espera mientras tomaba nota de inanes detalles, como de que una de las botas de Quistis tenía más agujeros que una espumadera (salpicaduras de ácido o fuego, supuso), que la pierna de Selphie estaba sangrando de nuevo (¿se le habrían soltado los puntos otra vez?), que la pernera derecha del pantalón de Irvine estaba negra de pólvora, o que el pantalón de Zell tenía un parche de Chocochoc, el Chocobo de chocolate más querido por los niños (bueno, era Zell, después de todo).
Cuando Squall regresó y se acercó a abrir la puerta, Seifer decidió que todavía no estaba preparado para levantar la cabeza y, continuando con su inspección, advirtió que los vaqueros del comandante tenían más rasgaduras de las que la moda dictaba y de que las botas que llevaba habían perdido los cordones. ¿Qué diablos había hecho Squall con los cordones de sus botas? Maldito Leonhart, provocando su curiosidad cuando se sentía demasiado cansado como para enlazar dos pensamientos con coherencia. ¿Acaso no estaba incómodo caminando por ahí con las botas así?
-Siempre te las arreglas para tocarme los cojones –refunfuñó, trasponiendo la puerta recién abierta mientras le seguía dando vueltas al caletre, intentando resolver el misterio.
-¿Te lo decía a ti o a mí? –le preguntó Zell a Squall, obteniendo la misma respuesta del comandante que la que había recibido Seifer: un fruncimiento de ceño.
Soltando variadas expresiones de agotamiento y alivio, los SeeDs se dispersaron por la sala de estar del apartamento, dejando equipos, armas y suministros en el suelo sin ceremonia alguna. Seifer ocupó uno de los extremos del sofá de tres plazas que presidía la habitación, mientras Irvine se acomodaba en el opuesto musitando un sentido "Que alguien encuentre el mando de la tele, por favor". Ignorando el espacio vacío entre ambos, Zell se dejó caer sobre una cómoda butaca que complementaba al sofá. Las mujeres esperaron a que Squall terminara de entrar el resto del equipo en la habitación para preguntar:
-No os importa si vamos nosotras primero, ¿verdad, chicos? -Selphie señaló la puerta del único cuarto de baño y sonrió ampliamente al escuchar el coro de desganados gruñidos afirmativos.
Era una norma no escrita en los manuales SeeD que un equipo mixto feliz era el equipo mixto que permitía a las mujeres ir al baño en primer lugar tras una misión.
La puerta se cerró tras ellas y el sonido del agua corriendo en la ducha sonó poco después. Squall pasó sobre las piernas extendidas de Irvine (¡con sus botas sin cordones!) y se acercó a la cocina. Poco después estaba repartiendo pequeñas botellas de agua entre ellos y dejando dos para Selphie y Quistis en la mesita.
-¿No hay cerveza? –gruñó Seifer, aceptando su botella de agua con un ligero cabeceo de agradecimiento.
-Después –contestó Squall, y Seifer, en un rápido ejercicio de recapitulación mental, se dio cuenta de que llevaba al menos dos días sin escuchar a Squall decir más que una o dos palabras de cada vez. Semejante empeoramiento en su habitual parquedad podía deberse a la galopante migraña que le aquejaba, o al hecho de que todo lo que podía haber salido mal durante la misión, había acabado saliendo todavía peor.
Zell, como si tuviera su mente sincronizada con algún pensamiento semejante, escogió ese momento para comentar:
-Esta ha sido una de las peores misiones de toda mi vida. Peor incluso que la de las ciénagas de Faduna.
-¿Estuviste en Faduna? –preguntó Seifer, arrugando la cara en un empático gesto de dolor diferido. Habían muerto varios SeeDs ahí. Incluso él, que no seguía ningún tipo de noticias y que continuaba condenado al ostracismo por la mayor parte de la población del Jardín, se había enterado del asunto.
Zell asintió, dando un trago de su botella.
-Esto ha sido mucho peor –fijó la mirada en algún punto entre una pared desnuda y el techo-. Cuando hay niños… siempre es peor.
Squall dejó su botella sobre la mesita y comenzó a recoger las mochilas esparcidas por la habitación y a alinearlas contra la pared. Aunque sus movimientos eran tranquilos, Seifer estaba seguro de que se estaba manteniendo ocupado para liberar algo de estrés. Él era el responsable, después de todo. Era él quien tendría que presentar un informe ante Laguna y ante las autoridades y dar cuenta de las bajas. Y, por buscar algún triste consuelo en todo ese asunto, menos mal que los niños habían sido huérfanos y no habría que enfrentarse a las familias. Aunque la tal Dinova esa ya había estado soltándole gritos a Squall y amenazando con acciones legales.
Dado que nadie se había molestado en buscar el mando de la tele, los movimientos del comandante por la habitación constituían la única fuente de distracción, y Seifer se entretuvo en observarle (Botas. Cordones.) mientras se acercaba al cuarto de baño con la mochila que contenía los suministros médicos. Tras dar un toque en la puerta, Squall la abrió, dejó la mochila dentro y volvió a cerrar. Seifer creyó oír un "¡Gracias!" proveniente del interior.
-¿Cómo has hecho eso? –preguntó sorprendido.
Squall se detuvo y le miró, inexpresivo como siempre.
-Abrir la puerta de un cuarto baño donde dos mujeres desnudas se están bañando, o vistiendo, o lo que sea, sin recibir gritos y patadas. –elaboró Seifer y casi sonrió cuando su imaginación, siempre colaborativa, le pintó con detalle la imagen de un Squall pateado por mujeres semidesnudas y furiosas.
El comandante pareció decidir que la cuestión no merecía la pena ser contestada y continuó ocupándose en poner algo de orden en el lugar. Recogiendo los abrigos descartados hizo un montón con ellos al que Seifer puso mentalmente la etiqueta: "para quemar". Zell, siempre inquieto, se sumó a los esfuerzos de Squall para acomodar al grupo y poner algo de orden en la sala abarrotada, acción que Seifer agradeció intensamente, pero a la que no pensaba sumarse. Irvine parecía compartir su estado de ánimo y no era para menos. A Seifer todavía le dolía la espalda a rabiar, pero Irvine había recibido la carga de un seisojos furioso de pleno, mientras estaba distraído con su preciosa línea de tiro. Habían hecho falta los conjuros de curación más fuertes que les quedaban para cortar las hemorragias internas y los huesos rotos, y, por propia experiencia, Seifer sabía que el francotirador estaría agotado y dolorido durante semanas.
Un par de golpes en la puerta llamaron su atención hacia la misma. Squall se acercó a abrir (y la mirada de Seifer descendió automáticamente a sus pies) y se apartó a un lado para dejar pasar a Rinoa.
Hacía tiempo que Seifer no veía a la mujer, casi un año, y la encontró… diferente. Se había cambiado el peinado e iba vestida con uno de esos conjuntos de chaqueta, blusa y falda de corte recto que parecían inherentes a su profesión de jurista y asesora. La energía incontenible que había destilado durante su adolescencia y que había proveído la chispa que alimentó su breve romance de verano ya no estaba presente y Seifer llegó a la conclusión, divertido, de que el matrimonio con un tipo como Leonhart era suficiente como para dejar a cualquiera sobrio de golpe. Aun así, fue toda una sorpresa para él verla trasponer la puerta sin lanzarse al cuello de su dilecto esposo de inmediato. ¿Cuánto tiempo llevaba la pareja separada? Dos o tres meses, como poco. No parecía muy característico de la Rinoa que había conocido evitar las efusiones románticas y se preguntó si esos dos serían realmente una pareja, en el sentido convencional del término, o si estarían juntos solo por conveniencia.
Pero entonces, en el momento en que Squall cerraba la puerta, los ojos de ambos se encontraron y Rinoa alzó la mano y la apoyó en su brazo con una ligera sonrisa. No hubo ningún cambio en la expresión facial del comandante, pero todos los músculos de su cuerpo parecieron relajarse y el aura de inquietud y de tensión que le rodeaba se desvaneció como si la mujer hubiera pulsado un botón de alivio.
Vaya dos más raros.
-Bienvenida –musitó Squall.
No "Te he echado de menos" ni un "Me alegro de verte", y, por supuesto, ni una sonrisa. Pero había calidez en su voz. Era extraño como la incapacidad de Squall para expresar sentimientos lograba transformar las expresiones más inofensivas en hitos cargados de significado. A pesar de la asepsia del reencuentro, a Seifer le pareció estar presenciando un momento íntimo, y apartó la mirada, incomodado.
-Hyne, me estoy volviendo loco –musitó.
-¿Verdad? –asintió Irvine, todavía observando a la pareja- Es muy molesto. Mirándoles, parece que somos los demás los que hacemos las cosas mal.
-¿Has traído a Ryon? –preguntaba Squall, siguiendo a Rinoa a través de la sala. Cuando la mujer se sentó en el sofá entre Seifer e Irvine, Squall le tendió una botella de agua.
-Gracias. Sí. Está con su abuelo –Squall asintió aunque sus ojos se abrieron con cierta alarma cuando Rinoa añadió- Laguna se lo ha llevado para mostrarle la consola de mandos de un Lagunamov. Dice que hay un botón que hace que la nave bote y que le dará una insignia de piloto si lo encuentra.
Zell, que se había inclinado para saludar a Rinoa con un beso en la mejilla, soltó una carcajada.
-¿Se ha enterado Laguna de que el crío todavía no ha cumplido los dos años? –preguntó, divertido.
Rinoa se encogió de hombros, con una sonrisa.
-Ya le conoces.
-Corrígeme si me equivoco pero en la consola de mandos del Lagunamov hay además un botón para abrir el compartimento de carga, otro para disparar misiles, otro para encender los motores y otro para el despegue vertical –comentó Irvine con sorna, inclinándose para saludarla.
-Irvine –contestó Rinoa, dándole un beso- Estaba intentando con todas mis fuerzas no pensar en ello. Hey, Seifer –comenzó, volviéndose hacia él-. Hacía tiempo que no nos veíamos. Tienes buen aspecto. Un poco vapuleado –matizó-, pero bueno.
-Rinoa –contestó Seifer, sintiéndose de repente muy incómodo.
Había demasiados asuntos pendientes entre él y Rinoa, y no estaba pensando precisamente en su breve noviazgo, que para él, y esperaba que también para ella, conformaba una grato recuerdo enmarcado en tiempos mejores. Entre los retazos de su fragmentada memoria, persistían con una claridad sobrecogedora las súplicas de la mujer justo antes de que la arrojara a los pies de Adel. Y otro pequeño-gran detalle, en el que su mente trataba de no detenerse demasiado: a pesar de disponer de armas y de conjuros devastadores a su disposición, Rinoa había tratado hasta el último momento de razonar con él, de apelar a su amistad, en lugar de utilizar la fuerza para resistirse. Si lo hubiera hecho, seguramente hubiera ganado el tiempo suficiente como para que Squall y los demás llegaran al rescate, y muchas de las cosas que habían sucedido después se hubieran podido evitar.
¿Pero qué sentido tenía a estas alturas plantearse tan incómodos "y si…"?
Pensar en sus cuentas pendientes con Rinoa le hizo darse cuenta de que nunca, ni cuando fue capturado, ni durante su proceso, se había disculpado con ninguno de los que ahora eran sus compañeros, ni siquiera mientras le ayudaban a salir de toda la mierda que él mismo se había echado por encima. Ahora, como antes, la idea de reconocer el daño que había hecho de viva voz y de mostrar la más mínima contrición bastaba para poner un nudo en su garganta y para que un sentimiento de orgullo herido bloqueara su capacidad de razonar. ¿Por qué habría de pedir perdón una víctima? Eso es lo que él había sido durante la guerra. El juguete de Edea, el instrumento de Adel, el esbirro prescindible de Artemisa.
A la mierda con todos ellos, empezando por las brujas.
Y Rinoa era una bruja.
¿Acaso eso no la convertía en su enemiga de forma automática?
La atención de Rinoa regresó entonces a Squall, que acababa de tomar asiento en la mesa de café, y Seifer respiró hondo cuando sus grandes ojos castaños dejaron de centrarse en él.
Rinoa no era una amenaza. Por ahora, al menos.
-Leí el informe preliminar que enviaste desde la Base de la Cordillera –con una mirada Rinoa abarcó al grupo entero- Lo siento. Estoy segura de que hicisteis todo lo que estuvo en vuestra mano, pero, supongo que a veces las cosas no terminan de salir bien. Cuando me pongas al tanto de los detalles –y su mirada se centró de nuevo en Squall- zanjaremos el asunto de la mejor manera posible.
-¿Contactase ya con el Hospital de la Base? –preguntó Squall.
-Por supuesto –Rinoa dio unos golpecitos en la carpeta que llevaba- Todos los supervivientes están estables o evolucionan favorablemente.
-¿Aryn?
-¿El niño que perdió la pierna? –tras el seco asentimiento de Squall, añadió- Estable.
-Menos mal –suspiró Zell. Ante la mirada interrogativa que le lanzaba Rinoa, elaboró- Fue algo traumático para todos, ¿sabes? Un bengal le machacó los huesos de la pierna. A los dos días, a pesar de los conjuros que utilizamos, la pierna estaba gangrenada. Squall tuvo que cortársela. Es jodido hacer eso en un entorno hostil, sin poder tomar apenas medidas para evitar una sepsis. –Zell se estremeció- Pero es más jodido todavía tener que hacerle eso a un niño que todavía no ha cumplido los cuatro años. Pobre chaval.
Seifer, que no se consideraba especialmente sensible hacia la infancia en general, no pudo menos que estar de acuerdo. Los gritos y los lloros del crío todavía le provocaban pesadillas, aunque lo que se le había quedado grabado en el cerebro con mayor claridad había sido la absoluta angustia de Selphie. Nunca hubiera sospechado que la jovial mujer tuviera semejante instinto maternal. Desde que Aryn había resultado herido hasta que lo habían dejado en el Hospital de la Base, no se había separado de él ni un momento. Había estado a punto de preguntarle a Irvine a qué demonios estaban esperando para tener un hijo, pero ni su relación con el francotirador era demasiado buena, ni había atisbado en la supuesta pareja indicio alguno de que les uniera algo más que una sólida amistad (aunque un día les había visto abrazarse durante más tiempo y más estrechamente de lo que los cánones de la amistad fijaban como correcto).
Qué pena que Squall no fuera la persona más adecuada para marujear, porque era el único de los presentes con el que se sentía lo suficientemente cercano como para hacer semejante cosa. Su relación con los demás iba creciendo día a día, y, aunque estaba gratamente sorprendido por la forma en que todos, incluyendo a Zell y excluyendo quizás a Irvine, se habían abierto a él, aún quedaba mucha confianza que instaurar y restaurar. Todavía no era un miembro pleno del equipo. Casi, pero no.
En lo que concernía a Kinneas, Seifer no se tomaba como algo personal su resistencia a estrechar lazos, pues sabía que el francotirador no pasaba por su mejor momento. Irvine había sido parte del destacamento enviado para intervenir durante la Revuelta del 16 de mayo, otra misión de esas que se habían ido al carajo, como la de las ciénagas de Faduna, pero sin tanta humedad ambiental. Hasta donde sabía, todavía recibía tratamiento por TEPT.
A saber qué diablos le había pasado en Timber, pero para afectar de tal manera a un veterano como él, tenía que haber sido algo muy gordo.
-Laguna espera tu informe mañana a primera hora –continuaba Rinoa- Hasta entonces –le tendió la carpeta al comandante-, te he traído lo que me habías pedido.- cuando Squall hizo ademán de abrir la carpeta, Rinoa añadió- Antes de nada, tengo una mala noticia. Hace una semana que la Corte marcial puso fecha a la ejecución de Wolff. El 27 de enero. –la joven suspiró y añadió- Eleone está como loca desde que se enteró.
Una semana. Coincidía con el inicio del acoso continuo al que Eleone había sometido a Squall.
-No vuelvas a mencionarla –advirtió Squall secamente.
-¿Por qué? –se sorprendió Rinoa- Dijo que iba a venir a hablar contigo una vez que os hubierais acomodado.
Squall alzó la cabeza de los papeles que estaba comenzando a leer.
-Si le pongo la vista encima –destilaba tal frialdad, que incluso Seifer se sintió amenazado- la mataré –concluyó.
No eran palabras vacías. Rinoa lo percibió al momento y se volvió hacia Seifer con una expresión de alarma en el rostro, en busca de una explicación, antes de posar su mirada interrogativa por turno en los demás. Zell se acercó y apoyó su mano sobre el hombro de Squall.
-Tranquilo, tío. Intenta poner algo de distancia.
Que Squall Leonhart, capaz de cabrearse con el viento al sentir su contacto, tolerara que Zell tratara de aplacarlo con palabras razonables y con un toquecito cuando era obvio que estaba optando por la más absoluta irracionalidad, era un hecho sorprendente capaz de trastocar la visión del mundo de una pobre alma sensible como la de Seifer Almasy.
Y, para continuar ahondando en su asombro, Squall correspondió al contacto de Zell con un toque amable, ¡amable!, en la mano que éste había apoyado en su hombro.
-Por favor, simplemente mantenedla alejada de mí.
Era difícil tratar de seguir la dinámica del grupo en lo concerniente a Squall, siendo éste como era un profesional del escaqueo en todo lo referente a las situaciones sociales, pero Seifer comenzaba a darse cuenta de que quizás se había equivocado cuando había acusado a Squall de no saber lo que era la amistad. Si lo que acababa de presenciar, que Squall no le arrancara la mano a Zell de un mordisco por atreverse a tocarle cuando estaba más enajenado (a su manera silenciosa) que un grupo de valkirias tras una lluvia de hormonas, era indicativo de algo, ese algo era: amistad. Nunca antes había visto al comandante cediendo de una forma tan normal ante nadie. Y más de una vez él mismo había recibido un puñetazo del susodicho energúmeno por tocarle, ¡y sin que estuviera enfadado siquiera!
-Cosas verás… -musitó, mientras su mente se deleitaba en retrospectivas de las incontables ocasiones en las que Squall se había enfrentado a él, con un brillo acerado en esos ojos azules suyos, y le había soltado un puñetazo, una patada en sus partes nobles, una bofetada de esas que dejan los dientes bailando, o un carpetazo en la cabeza por "ofensas" menores.
¿Y si la visión que tenía de Squall era demasiado exagerada? Se le ocurrió de pronto. ¿Y si su rivalidad y la forma en que las múltiples peculiaridades del comandante le enervaban, le habían hecho construir en su mente una imagen de Squall absolutamente caricaturizada? Tenía que reconocer que, cuando trataba de analizar a Squall, muchas veces se quedaba en la superficie, en su impasividad, su estoicismo, su apatía, su sociopatía y sus múltiples otras –patías. Pero tampoco era tan difícil de ver bajo todo ello algo distinto, algo… humano. No era evidente, había que buscarlo, pero estaba ahí.
Selphie y Quistis salieron del baño en ese momento, con el pelo todavía mojado, y se dirigieron a la pila de abrigos para descartar la ropa sucia y destrozada que se habían quitado.
-¡Rin! –exclamó Selphie, encantada, lanzándose al sofá para abrazar a su amiga- ¿Ves? –se volvió a Quistis, que se estaba poniendo una chaqueta con el logotipo del Jardín de Balamb en el frontal- Te dije que era la voz de Rinoa.
-Squall me pidió que le trajera unas cuantas cosas –explicó Rinoa, dando palmaditas en la espalda de Selphie- Pero además traigo malas noticias. La ejecución de Wolff ha sido fijada para el 27 de enero. –informó Rinoa a las mujeres.
-¡Hyne! ¿A qué día estamos? –preguntó Selphie.
-17 de enero –apuntó Rinoa- La apelación de Wolff fue desestimada por la Corte marcial y en la jurisdicción militar no hay instancia superior a la que acudir, así que es definitiva.
Mientras Quistis y Selphie comentaban la noticia con Irvine, preguntándole si había estado presente en alguna ejecución en Galbadia, Seifer (que sí había presenciado varias y que no tenía ningún interés en que le preguntaran sobre el tema) centró su atención en Rinoa y Squall, que hablaban quedamente.
-¿Vas a hacer algo al respecto? –preguntaba Rinoa.
-Hice un trato con Eleone –contestó Squall, dándole vueltas en las manos a la carpeta que ella le había dado y que todavía no había abierto. Uno de sus ojos se cerró de golpe y el comandante dio un respingo de dolor.
-¿Estás bien? –Rinoa se inclinó hacia adelante para poner la mano en su brazo- No tienes muy buen aspecto. Parece como si te hubiera pisado un arqueosaurio.
Seifer no pudo evitarlo y prorrumpió en carcajadas.
-¡Eso pasó una vez! ¿Recuerdas, Squall? En el centro de entrenamiento, la primera vez que nos enfrentamos a uno. Aquel tío, ¿cómo se llamaba? ¿Leigh, Leith? Perdió el equilibrio tras fallar una estocada con el sable pistola y te empujó en el momento en que el arqueosaurio levantaba una pata. ¿Te acuerdas? Joder, lo que me reí aquel día –se limpió una lagrimilla y se serenó de golpe al encontrarse con una mirada del comandante que prometía su más absoluta aniquilación en los próximos segundos- Sí, ya veo que te acuerdas -añadió recuperando algo de sobriedad- La verdad es que con el paso del tiempo ha perdido su gracia –concedió, con una tosecilla para tratar de disimular las risitas que todavía pugnaban por escapársele.
-¡Pues yo no conocía esa historia! –exclamó Rinoa con una amplia sonrisa- ¿Cuándo sucedió?
-Ayer mismo, como quien dice –contestó Seifer, sintiéndose mucho mejor de repente. Unas buenas risas a costa de Squall nunca fallaban en levantarle el espíritu- Yo tenía… creo que 15 años. Squall era un chavalín… con un genio y unos prontos espantosos. La delicia de la clase, te lo aseguro.
-Seifer… un día tienes que tomarte un café conmigo. Uno largo.
-La cafetera entera, si quieres –asintió Seifer sintiendo sus niveles de satisfacción crecer al ver fruncirse el ceño de Squall- Sigue haciendo eso –añadió hablándole al comandante- que algún día se te quedará el rictus en la cara de forma permanente. Lo cual me recuerda…. Rinoa, ¿te ha contado Squall la historia de aquella vez que le lanzó a Zell un conjuro de petrificación por error mientras estaba saltando en la ducha?
Una rociada de agua salpicó la mesita de café y estuvo a punto de caer sobre Squall cuando Zell se atragantó. Tosiendo sin parar, el artista marcial dejó la botella sobre la mesita y se dobló sobre sí mismo, tratando de recuperar el aliento suficiente para hablar.
-Joder, hace un rato estaba a punto de quedarme dormido, pero ahora el asunto se está poniendo verdaderamente interesante. –rio Irvine, enderezándose en el sofá- ¿Cómo puedes lanzarle a alguien un conjuro petra "por error"?
-¿Y si contamos la historia de aquella vez que Seifer se quedó colgado boca abajo de un árbol al que se había subido para espiar a las chicas en su vestuario, sujeto por una resina pegajosa, –intervino Quistis- y tuvo que liberarse quitándose los pantalones? –entre las risas de los demás continuó contando- Era un pantalón de esos apretados y fue descendiendo muy lentamente. Los instructores que le esperaban abajo le pusieron un agravante en el expediente "por no obedecer con la debida premura" aunque también añadieron una nota al pie señalando que no creían que hubiera habido ánimo de enfrentamiento por parte de Seifer, porque al llegar al suelo se había acordado de realizar el saludo reglamentario.
Sin esperar a que las risas de los demás se apaciguaran, Seifer alzó la voz para ser escuchado por encima de ellas.
-O podíamos contar la historia de aquella vez que Quistis me iba persiguiendo, y yo me giré para encararla y decirle lo que pensaba de sus castigos, de su disciplina y de su látigo –Seifer enarcó las cejas con suficiencia- y ella tropezó al tratar de frenar para no toparse conmigo y se cayó de rodillas con toda la cara en mi entrepier… Hyne bendito –se interrumpió a sí mismo.
Quistis estaba roja como la grana, tratando de ocultar con la mano su propia risa avergonzada, Selphie e Irvine lo estaban dando todo en cuanto a carcajadas, Rinoa se rodeaba el estómago con los brazos y Zell parecía que todavía no había conseguido reunir el aliento suficiente como parar reír… pero lo intentaba aún a riesgo de provocarse a sí mismo una muerte súbita.
Y Squall se estaba riendo.
No lo hacía con tanta libertad como los demás y se había llevado una mano a la cabeza, que le dolía desde que Eleone había forzado tantos viajes en él. Pero se estaba riendo, no cabía duda de ello.
Si esta no era una señal de que se acercaba el Apocalipsis, entonces nada lo era.
-¡Oh, Hyne! –exclamó Quistis entre risas- ¡Lo había olvidado!
Seifer apartó la vista de Squall, todavía maravillado.
-Yo no podré olvidarlo jamás –afirmó con pasión, dirigiéndose a Quistis- Tienes una frente poderosa. Durante una semana entera me acordé de ti cada vez que tenía que mear.
Selphie se incorporó de un salto. Los últimos minutos parecían haber hecho maravillas con sus niveles de energía.
-¡Se me ha abierto el apetito! ¿Hay algo comestible en la cocina, comandante?
Squall negó con la cabeza.
-Nada.
-¿Me acompañas entonces, Quistis? –cuando la antigua instructora asintió, Selphie se acercó a su mochila para coger una chaqueta- Poneos guapos –añadió- y no os molestéis en hacerme sugerencias para el menú. ¡Hoy toca helado!
Incapaz de discernir si la mujer hablaba en broma o no, Seifer se fijó en los demás y por la forma en la que Zell se estremecía, y por la mirada de advertencia que Squall le lanzó a Selphie, comprendió que la mujer iba en serio. La simple idea de añadir un poco más de frío a sus huesos le puso la piel de gallina.
-Si vas a usar el fondo común, ya puedes traer algo más que helado, cielo –advirtió Irvine, poniéndose en pie y dirigiéndose al cuarto de baño.
-No prometo nada –rio Selphie, diciendo adiós con la mano desde la puerta.
-¿Queréis que os acompañe? –preguntó Rinoa- Conozco un sitio cerca de aquí, con comida calentita para llevar. Especialidades de Esthar.
-Nah… -Selphie desestimó su oferta haciendo exagerados aspavientos con la mano- Acabas de llegar. Quédate con tu palomo, que tenéis mucho que celebrar.
Quistis se despidió con un cabeceo, verbalizando un "Tranquilos, yo me ocupo" y ambas cerraron la puerta tras ellas.
-¿Qué es lo que tenéis que celebrar? –preguntó Zell, curioso.
Rinoa sonrió ampliamente.
-Estoy embarazada de nuevo –contestó, intercambiando una mirada con Squall.
-¡Enhorabuena, pareja! –exclamó Zell lanzándose a abrazar a Rinoa. Seifer se apresuró a apartarse para dejarles sitio cuando la mano de Zell, que todavía llevaba puestos sus guantes de combate, pasó demasiado cerca de su cara para su gusto- ¡Al fin una buena noticia!
-Con un poco de suerte no será lo único que tengamos que celebrar hoy –apuntó Rinoa- Squall, los detalles están en la carpeta que te he dado, pero puedo resumírtelo todo en una frase: la respuesta a la pregunta que me planteaste es "sí".
Ambos se volvieron a mirarle al mismo tiempo, y Seifer trató de recular en el sofá, invadido por una súbita sensación de suspicacia.
-Escucha, Seifer, esto te concierne. –comenzó Squall, distrayendo a Seifer con la forma en que su ojo izquierdo parecía intentar cerrarse cada diez segundos. Era increíble que ese pequeño hecho molestara más a Seifer que al comandante. Igualito que el tema de los cordones, pensó, haciendo un esfuerzo de voluntad para no bajar la mirada a las botas del otro- En cuanto llegamos a la Base de la Cordillera me puse en contacto con Rinoa para consultarle ciertos temas, y para que me pusiera al día de todo lo que había pasado durante el mes y pico que estuvimos incomunicados. Al pasar los diez días del plazo que te concedieron para apelar la decisión del Consejo, tu nombramiento como SeeD fue revocado. Se decidió que, como al empezar la misión todavía eras un SeeD, el Jardín te abonaría la misma de modo íntegro, y luego procedería a calcular un finiquito. Ese dinero ya está a tu disposición en tu cuenta pero, en el momento en que la misión finalizó, dejaste de ser un SeeD.
-¡Qué cabrones! –protestó Zell, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta- Menuda putada, lo siento, Seifer.
Seifer dejó escapar un gruñido de apreciación, pero mantuvo su atención centrada en Squall y en sus palabras.
-La única vía que nos queda es acudir a los tribunales y demandar al Jardín. Sería un proceso complicado y muy largo, pero factible. Solo la fase de preparación puede llevar meses si el Jardín estira los plazos al máximo, y, créeme, lo hará. Mientras tanto, estoy en condiciones de hacerte una propuesta en caso de que quieras seguir formando parte del Jardín de Balamb.
-Te escucho –asintió Seifer, aunque si Squall le sugería que volviera a ser un cadete, tendría que declinar de plano. ¿Seifer Almasy convertido en el nuevo Guthrie? No, gracias. Su orgullo no le permitía continuar humillándose ante el Jardin, incluso si ello implicaba dejar que el Consejo se saliera con la suya.
-¿Estarías dispuesto a entrar en nómina del Jardín, sin ser un SeeD?
Seifer dejó escapar un potente bufido.
-¿Como qué, Leonhart? ¿Como instructor? ¿Personal de limpieza? ¿Haciendo bocatas en la cafetería?
-No te ofendas, Seifer, pero no me comería uno de tus bocatas ni aunque fuera la última ración de comida que quedara en el planeta –apuntó Zell y Seifer musitó un sardónico "Chico listo" antes de devolver su atención a Squall.
-Como escolta. –contestó éste con su habitual falta de expresividad.
-¿No es necesario que los escoltas sean SeeDs? –preguntó Zell, rascándose la mandíbula y encontrándose en el proceso con la costra de una herida- ¡La madre que me…!
-Hay muchos SeeDs que son contratados como escoltas. –señaló Rinoa- Pero eso no significa que dentro del Jardín no pueda haber escoltas privados. De hecho, tenemos unos cuantos.
-Pero eso no me coloca en nómina del Jardín, sino en nómina de mi empleador. –señaló Seifer.
-No, si el contrato se hace con respecto al cargo, y no a la persona que lo ocupa. –respondió Squall, evidenciando que Rinoa y él ya habían tenido en cuenta ese punto- En tu caso, serías contratado como escolta del comandante del Jardín.
-¿Yo? ¿Tu guardaespaldas? –Seifer se echó a reír con ganas- Tú no necesitas que nadie te cubra las espaldas, Leonhart.
-¿Y quién más iba a aceptarte como escolta? –apuntó Squall, ladeando ligeramente la cabeza- Cid, lo haría, pero ocupa un puesto emérito, que no está incluido en la relación de puestos de trabajo del Jardín.
-Mi esposo –intervino Rinoa con tanta seriedad que Seifer dejó de verle la gracia al asunto de golpe- Ha sufrido varios atentados contra su vida recientemente. El último estuvo a punto de tener éxito.
-¿Durante mi examen?
¿Y si al final resultaba que su examen se había ido a la mierda porque quien quiera que estuviera intentando librarse del más "simpático" miembro del Jardín, había aprovechado la coyuntura, y había estado a punto de llevárselo a él por delante de propina?
Squall negó con la cabeza.
-Sigo pensando que durante el examen el objetivo eras tú.
Seifer no tenía el asunto tan claro, pero la cuestión que demandaba una respuesta en esos momentos era otra. Sopesó sus opciones en escasos segundos. Después de todo, no era tanto lo que tenía que plantearse. ¿Demandar al Jardín? Por supuesto. ¿Y de qué iba a vivir durante los meses que durara el proceso? ¿Del dinero que tuviera ahorrado? Eso nunca se le había dado bien. Squall le estaba ofreciendo una solución casi perfecta. Seguiría en el Jardín, el entorno al que sentía que pertenecía, y en contacto con el grupo de personas que, aparte de Viento y Trueno, le conocían mejor.
El pequeño detalle que le incomodaba, era cuáles iban a ser sus obligaciones con respecto a su empleador, y qué se esperaba que hiciera con exactitud. ¿Era un contrato a tiempo completo? ¿Debía seguir a su protegido día y noche, o sólo cuando dejara su casa? ¿La familia de Squall sería también responsabilidad suya?
-Ya que voy a ser tu guardaespaldas, necesito saber algo. Ya sabes, para poder desempeñar mi trabajo lo mejor posible. –comenzó, asintiendo a la oferta y provocando una amplia sonrisa en Rinoa. Empezaría planteando el interrogante que más le acuciaba en ese momento- ¿Qué hiciste con los cordones de tus botas?
-Se los metí por el culo al último que me preguntó por ellos -contestó Squall con hostilidad patente.
-Squall, ¡cuida ese lenguaje delante de tu hijo! –exclamó Rinoa tocándose la barriga, como si le quisiera tapar los oídos a la criatura que crecía en su interior.
-Hyne, esto va a ser una fiesta continua –se lamentó Seifer.
Y lanzó una patada a las pantorrillas de Zell, que, por lo visto, encontraba el asunto sumamente gracioso.
