Disclaimer: Seamos francos, si Harry Potter me perteneciera nunca habría sido un libro para niños, de hecho, ni siquiera se llamaría Harry Potter.


«Una creencia no es simplemente una idea que la mente posee, es una idea que posee a la mente.»

(Robert Oxton Bolt)

«La magia es un puente que te permite ir del mundo visible al invisible. Y aprender las lecciones de ambos mundos.»

(Pablo Coelho)


Dos mundos.

Kalen frunció el ceño en el instante en que estaba retirando las sábanas de la cama, justo después de haber palmeado su almohada y con uno de sus pies ligeramente levantado, apunto de desprenderse de la zapatilla. Se mantuvo quieto, exactamente en esa posición, implorando el haberse imaginado aquel ruido.

Soltó un gañido de frustración al volver a percibirlo, mirando con aprehensión su acogedora cama y dejando caer sus hombros al tiempo que negaba con la cabeza. Miró el reloj sobre su mesita de noche: las tres y media de la madrugada. Atesoraba a la única descendiente que le quedaba, pero en momentos como aquel se planteaba seriamente ser el último de su linaje. Arrastró los pies fuera de su habitación, asomándose al cuarto de su nieta aún con la mínima esperanza de que ésta siguiera ahí: tumbadita en su cama como la había dejado hacía cuatro horas. Por supuesto el cuarto estaba vacío, pero al menos había tenido la consideración de meter los peluches bajo la sábana para disimular.

A veces no sabía de dónde le salían esas ilusiones, al fin y al cabo su nieta era la digna manifestación de todos sus pecados infantiles, tal y como le había profetizado su propia madre, para estigmatizarle por ellos. Pensaba que se habría librado del castigo tras tener a Myra, que tal vez su madre tuviera un principio de miopía en su ojo interior puesto que su hija nunca le había otorgado ningún problema a la hora de criarla… iluso, el presagio de su madre tan sólo se había saltando una generación; Kalen iba a pagar los tormentos que le inflingió a su difunta madre con una nieta clavadita a él. Estaba seguro de que, donde quiera que estuviese, en esos momentos le estaría mirando con aquella sonrisa condescendiente y ese brillo de recochineo en los ojos grises.

Se desperezó a medida que bajaba las escaleras, intentando parecer inmune por si acaso su madre estaba mirándole de verdad desde ese supuesto más allá, tenía que afrontar su penitencia con entereza. Se frotó los ojos con los talones de las manos, dándose palmaditas en los mofletes para despejarse de la modorra, después de todo era culpa suya el haberse quedado hasta tan tarde traspasando la información en sus diarios, si él también se hubiese ido a dormir cuando se suponía que tendría que haberlo hecho no se habría enterado de nada y ahora estaría durmiendo a pierna suelta, bendita fuera la ignorancia.

No se lo pensó mucho al llegar a la primera planta y se dirigió directamente hacia su estudio-biblioteca, sin sorprenderse al entrever la luz que se colaba por la puerta medio abierta. Primero asomó la cabeza y, al saber que iba a tardar en ser descubierto, coló la mitad de su cuerpo en la habitación sin hacer ruido, apoyándose en el dintel.

El ventanal estaba abierto de par en par, con las cortinas recogidas de mala manera para dejar correr la brisa y mitigar la amenaza del que estaba siendo un caluroso julio. Su nieta, que con sus trece años recién cumplidos poco le quedaba ya de la pequeña niña que le imploraba jugar con su varita, estaba sentada en la escalera corrediza del estante de libros de la pared de la izquierda, con la serpiente que había crecido casi tanto como ella enroscada en sus piernas. No le sorprendió demasiado verla rodeada de una ingente cantidad de libros que había ido sacando y amontonando por todas partes: una pequeña pila en el escalón superior al que estaba sentada, otro par debajo y muchos más desperdigados por el suelo, algunos abiertos y otros incluso como si hubiesen sido lanzados con repulsión.

Se cruzó de brazos y la observó pasar las páginas de ese grueso tomo que sostenía sobre las rodillas, mordiéndose el labio inferior con aquel tic nervioso, el pelo recogido en un moño desastroso sujeto por su varita y sombras oscuras bajo los ojos rojizos por el cansancio. Sí, definitivamente su nieta había salido igualita a él en su mejor y peor característica: la necesidad obsesiva por tratar de saber, de entender todo lo que la rodeaba. La primera vez que la descubrió colándose para leer hasta altas horas tendría poco más de seis años, a finales de ese verano entraría al colegio por primera vez y la pilló leyendo en voz alta la historia de la corona inglesa —de la dinastía Tudor, concretamente—, tartamudeando y trabándose a la hora de intentar hilar las palabras que mantenía señaladas con su diminuto dedo para no perderse.

Después, por supuesto, tras recibir su carta de Hogwarts devoró todo libro que cayera en sus manos y le instó infinidad de veces a que le repitiera las historias que ya le había relatado con anterioridad —al parecer hasta que no tuvo aquel pergamino en sus manos que le confirmara su próximo destino no le había hecho mucho caso—, además de acribillar a preguntas —algunas bastante indiscretas— a sus conocidos cuando pasaban por casa. Y una vez dentro del colegio mágico, aunque hubiese tenido sus altibajos dentro del mismo, su sed de conocimiento había reventado todo límite imaginable: ya tenía comprados todos los libros lectivos que iba a necesitar en aquellos siete años, incluyendo los de asignaturas que no sabía si cursaría e incluso los que se habían descatalogado por el cambio de profesores, más todo un arsenal extra dado que «Nunca se sabe lo que puede pasar ahí dentro, ¿y si me toca un profesor incompetente? ¿Qué pasa si se olvida de enseñarme algo importante que no esté en los libros que pide? No puedo delegar mi futuro en otra persona, así que no seas tacaño y cómpramelo.»

Por supuesto había libros que seguían embalados y sabía a ciencia cierta que nunca dejarían de estarlo, pero aunque su nieta se apellidara Davis, era una Roxton de los pies a la cabeza: a cabezones no les ganaba nadie, ni siquiera otro Roxton porque cada generación era más tozuda que la anterior y encima Tracey era la última del linaje, poseía todas las (malas) características de la familia concentradas en su metro cuarenta y dos —tal y como marcaba la misma puerta en la que estaba apoyado, donde la medía en cada cumpleaños—.

Sin embargo, tenía que admitir que aquel último año las incursiones de su nieta en sus dominios habían sido demasiado frecuentes y hasta perturbadoras. No era para menos después de lo que le había contado, claro, y tenía que admitir que se sentía bastante satisfecho al comprobar que había intentado buscar por sí misma las respuestas que necesitaba. Le inquietaba, no iba a negarlo, después de todo apenas era una niña demasiado pequeña comparada con un tema tan tétrico y devastador, pero también le regocijaba saber que tenía el instinto lo bastante agudo para, a pesar de ello, apañárselas por su cuenta. No estaba seguro de si aquello era una herencia innata o simplemente un acto reflejo de supervivencia al verse sola —con un padre muggle ajeno por completo al mundo mágico y él, que pasaba demasiado tiempo viajando— en aquellas tesituras; o puede que fuese una fusión de ambas cosas, esa sería su mejor baza.

Fuera cual fuese la iniciativa, se sentía un poco henchido de orgullo, mal que le pesara al augurio de su madre, al saber que Tracey había heredado la ambición de los Roxton: toda esa necesidad no tenía nada que ver con acumular méritos académicos o por saberse superior a nadie; era una ambición más personal, más egoísta, era su forma de saber qué quería porque había ido desentrañando todas sus opciones, la manera de no conformarse con lo que se quedaba en la superficie y sumergirse de lleno, por mucho que le asustara la profundidad y el no saber cuán turbulenta pudiera ser. No le bastaba con saber que el monstruo estaba muerto y la Cámara cerrada, que ella estaba completamente a salvo. No podía limitarse a aceptar que el mundo mágico estaba dividido o que Slytherin fuera un completo enigma. Esa ambición les empujaba a ir más allá, aunque no supiesen qué podían encontrarse al otro lado y les aterrase el camino hasta allí.

Por esa misma razón entendía, aunque le apenara los efectos que estaban provocando en ella —dado que parecía una desquiciada en miniatura—, por qué había escogido precisamente el tema de los libros que podía entrever por encima: Herejía, Estatutos de la limpieza de sangre, Torquemada, el Martillo de las brujas, El Manual del Inquisidor… Kalen reprimió un estremecimiento a medida que los reconocía, sobre todo aquellos que había lanzado lejos de ella. Definitivamente no eran una lectura agradable, ni para tener trece años ni hasta para sus sesenta y dos.

Carraspeó para hacerse notar en el momento en que la vio cerrar el libro sobre sus piernas y dejarlo caer al suelo, antes de coger otro de la pila de los que tenía en el escalón de arriba. Tracey levantó la cabeza sobresaltada, provocando que un par de mechones le cayeran sobre la cara y, a pesar del aspecto horrible que tenía, sonrió al verle.

—¿Te he despertado? —cuestionó, dejando el libro en la pila, dándole un toquecito en el morro a su serpientes antes de pasar los dedos por su cabeza, señal que logró que el ofidio se desenredara de sus piernas.

—No me había ido a dormir —contestó, adentrándose en la habitación y recogiendo los libros desperdigados por el suelo—. Tú, en cambio, tendrías que haberlo hecho hace horas. Si sigues aprovechándote de tu pobre abuelo como te venga en gana tu padre dejará de compartir tu custodia conmigo.

—Totalmente de acuerdo, suerte que mi encantador abuelo sabe mentir incluso mejor que yo —apuntilló, con un asomo de sonrisa pícara, estirando los brazos por encima de su cabeza para desperezarse.

—Yo nunca miento, Tracey, decidir ocultar parte de la información no es mentir siempre que la que digas sea verdad —adoctrinó, entregándole los libros con un ademán cómplice, antes de dirigirse a su escritorio—. ¿No crees que todo esto sea un poquito intenso hasta para ti?

Tracey suspiró, soltando la varita de su moño y encogiéndose de hombros, empezando a recolocar los libros en sus correspondientes huecos mediante florituras. Se mantuvo de espaldas a él, concentrada en la tarea, cuando respondió con otra pregunta:

—¿Cómo podían…? Todo lo que he leído: las quemas, las torturas, el escarnio y la vejación pública… ¿Es verdad que hicieron todo eso, que creían en que estaba bien?

—El miedo a lo que no se conoce lleva a sacar lo peor de las personas, su parte más intransigente y estúpida, la más agresiva y dispuesta a todo por sobrevivir. También la más sádica. Saca a relucir aquello que está oculto: todo héroe y todo monstruo nacen siempre del miedo —dictaminó, con tranquilidad, reclinándose en su asiento y sacando una pipa del cajón.

—Ahí no hubo ningún héroe —contradijo, en un gruñido bajo y ronco, encajando los últimos libros en la estantería con brusquedad—. Sólo sádicos, víctimas y gente estúpida.

—Fueron épocas tan complicadas como oscuras —asintió Kalen, apelmazando las briznas de tabaco en la boca de la pipa.

—Oscuro es un eufemismo —reiteró, volviendo a enmarañarse el pelo y usar la varita de pasador—. El Barón tenía razón: estaban podridos. No me extraña que Salazar no los quisiera cerca, e incluso entendería si tenía al puñetero basilisco como barrera de protección contra ellos. No eran más que una manada de enejados crueles y analfabetos lobotomizados. Y lo peor es que realmente no han cambiado tanto. Sí, ya no queman a la gente en hogueras o hacen pruebas absurdas para ver si están o no confabulados con el diablo, pero se siguen matando y destrozando entre ellos, a veces incluso con esa falacia que llaman justicia que no dista mucho de lo que hacían entonces. Son como un cáncer que destruye todo lo que toca.

Kalen abrió la boca para rebatir, principalmente para recordarle que su padre entraba dentro del colectivo que acababa de calificar como cáncer, pero se dio cuenta de que sus palabras caerían en saco roto: Tracey no estaba intentando tener una conversación filosófica sobre el sentido de la raza humana, sólo se estaba purgando de toda la aberración sobre la que había leído. La observó removerse inquieta, dando pequeños pasos de un lado a otro sin terminar de decidirse por una dirección, retorciéndose un mechón de pelo suelto con el dedo, tratando de reordenar y asimilar toda la marea de pensamientos que le bullían por dentro, para acabar sobresaltándose cuando uno de ellos se puso por delante de todos los demás:

—¿Y sabes lo que dice el libro de historia del colegio, ese mismo que Binns nos insta a usar para redactar La inutilidad de la quema de brujas del siglo XIV? «En la edad media los no magos sentían hacia la magia un especial temor, pero no eran muy duchos en reconocerla. En las raras ocasiones en las que capturaban a un auténtico mago o bruja, la quema carecía de absoluto efecto. La bruja o el brujo realizaba un sencillo encantamiento para enfriar las llamas y luego fingía que se retorcía de dolor mientras disfrutaba del suave cosquilleo. A Wendelin la Hechicera le gustaba tanto ser quemada que se dejó capturar no menos de cuarenta y siete veces con distintos aspectos» —citó, con los ojos cerrados y el rostro crispado en una mueca funesta. A Kalen no le extrañó en absoluto que hubiese memorizado ese párrafo concreto dado la ira sibilina que escupió en cada palabra—. Una pera vaginal era lo que le introducía yo a esa Wendelin de las narices, a ver cómo disfrutaba de eso. Y al tal Adalbert que ha escrito el libro lo condenaba a la prueba de la aguja, una por cada gilipollez que ha dejado escrita.

Kalen casi se ahogó mientras encendía su pipa al oír las sentencias que proclamaba su nieta. No supo qué le escoció más, si el humo que tosió rajándole la garganta y el consecuente lagrimeo en sus ojos o las palabras teñidas de esa aplastante crueldad intransigente con la que las promulgó. Puede que, en realidad, lo que más le perturbara fuera aquello de "pera vaginal." Carraspeó, tratando de retomar su expresión de hombre neutral y abuelo comprensivo para con el crecimiento de su nieta.

—Y entonces serías igual que ellos, ¿no te parece? El odio no dista mucho del miedo, trae las mismas consecuencias consigo.

—No me importa. Se lo merecen por ser tan imbéciles. Si tanto le gustaba a esa tía quemarse por qué no empleó su magia en liberar a los muggles que no tenían la suerte de "disfrutar del suave cosquilleo". ¿Y cómo puede ese otro ser tan palurdo y sugerir que la caza de brujas fue una nimiedad? ¿Has oído cuando he dicho el título que le ha dado Binns a la redacción: "La inutilidad de la quema de brujas"? Si no estuviera muerto lo mataba otra vez desencajando sus huesos en el potro —aseveró, paseándose ya de un lado al otro de la habitación como una fiera enjaulada y especialmente virulenta—. ¿Esta es la clase de educación que reciben los magos? ¿Es lo que ellos creen que pasó? ¿Cómo puede haber alguien que se crea semejante paparruchada? ¡Ellos también estuvieron ahí y no hicieron nada por evitarlo! ¿Y encima ahora fingen que no tuvo importancia?

—¿Exactamente con quiénes estás enfadada, con los muggles o con los magos? —inquirió su abuelo, a pesar de que sabía exactamente la respuesta.

Pero, por supuesto, a Tracey la pregunta le pilló por sorpresa. Se quedó parada en mitad de su paseo, frunciendo el ceño y dejando la vista perdida en la oscuridad del jardín. Kalen estiró una de sus comisuras en una sonrisa displicente mientras volvía a encenderse la pipa, aún no se había dado cuenta.

No se trataba sólo de que empezara a darse cuenta de que el mundo distaba mucho de ser un lugar pacífico donde los adultos lo sabían todo y solucionaban cualquier problema. Era algo mucho más enrevesado, algo que llevaba en la sangre: su mestizaje. Tracey se había criado, literalmente, entre dos mundos que hasta hacía muy poco había considerado que eran uno solo. Ella era las dos cosas a la vez, muggle y bruja, y ninguna de ellas había cobrado nunca ningún peso por encima de la otra: veía películas de dibujos sentada en el regazo de su padre y leía sobre los principios de la hechicería acurrucada delante de la chimenea los días de lluvia; jugaba con sus amigas del colegio muggle en el parque como cualquier otra y perseguía a los elfos y gnomos del jardín en vacaciones. Podía disfrutar tanto el ir a Disneylandia con su padre como a ver dragones con él. No había ninguna brecha que los separase, nada que le hubiera hecho intuir que, en realidad, la perspectiva que había tenido sobre el mundo era una anomalía, y ahora estaba atrancada en toda esa asfixiante verdad.

Kalen exhaló el aire en una bocanada de humo, observándola, podía poner las manos en las fauces de un dragón sin arriesgarse al saber con total certeza dónde estaba la raíz de todo aquello: quería posicionarse pero, por mucho que lo intentara, estaba disgustada con ambos bandos. Era fácil escoger uno cuando sólo se tiene un punto de vista, cuando sólo se conoce una parte del mundo y se tiene una visión sesgada de la realidad. Pero ahí estaba el doble filo del conocimiento: cuando se entiende que todo está lleno de trasluces, cuando se ve más allá de lo que se quiere ver, no existe parasol que te cubra. Se es o no es, sin medias tintas o autoengaños. Y a Tracey no le quedaba más remedio que aceptar que no sólo había dos mundos si no que además ninguno de ellos era perfecto: todos habían hecho cosas horribles y ambos estaban llenos de gente estúpida.

—A los dos, supongo —contestó, a media voz, dejando caer los hombros y suspirando—. ¿Pero eso dónde me deja a mí?

—Pues espero que no demasiado cerca de querer montar un holocausto contra todos ellos. Piensa en lo sola que te quedarías —acotó, ganándose una mirada furibunda por parte de esos ojos ambarinos.

—¡Estoy hablando en serio, abuelo! —le riñó, poniendo los brazos en jarra y alzando el mentón, indignada.

Kalen rió entre dientes, dejando que el humo saliera en pequeñas nubecillas.

—Yo también, tal y como te has puesto te creo muy capaz de fundar tu propio partido y emprender una guerra contra muggles y magos. O eso o secuestrarles a todos y forzarles a entenderse.

Al final la risa se convirtió en carcajada cuando contempló esa chispa prenderse en los ojos de su nieta, dejando de verle aunque estuviese mirándolo, arqueando las cejas al considerar aquella sugerencia como una posibilidad. Esperaba que al menos fuera la del secuestro y no la de la guerra. Después acabo por sacudir la cabeza y dejarse caer para sentarse en el suelo, suspirando. Mandy reptó desde la escalera hasta subir por su brazo y rodearle los hombros. Tracey sostuvo la cabeza de su serpiente y se la quedó mirando, como si pudiese obtener alguna revelación a través de los ojos tornasolados del ofidio, o puede que simplemente le ayudase a pensar con perspectiva.

—Estoy en medio de ninguna parte —sentenció, con tono monocorde y una mueca de enfurruñamiento.

—Piensa que estar en medio es mejor que no estar en ningún sitio, así puedes ir en la dirección que te apetezca.

Tracey chasqueó la lengua, sin apartar la vista de la serpiente mientras le acariciaba la cabeza con la otra mano.

—Tú no lo entiendes —desdeñó, con cierta pedantería—. No puedo llegar a ninguna parte si ni siquiera sé dónde estoy. Y tampoco estoy segura de querer ir a ningún sitio. Pero si no lo hago, ¿en qué me convierte eso? O, peor, ¿qué dejaré de ser si lo hago?

—Niña, son las cuatro de la mañana, ¿de dónde sacas la energía para esa clase de pensamientos? —cuestionó Kalen, sorprendido por semejante razonamiento, teniendo que reprimir un bostezo.

La chica se limitó a encogerse de hombros, haciendo un puente con ambos brazos mientras Mandy se deslizaba por ellos de vuelta al suelo.

—Es sólo que no me gusta la idea de tener que escoger, siento que puedo perderme a mí misma si lo hiciera. Pero tampoco quiero quedarme estancada en este camino de nadie para siempre. No puedo seguir comprendiendo sus motivos y al mismo tiempo odiando lo que éstos les han llevado a hacer.

—¿Exactamente cuándo has llegado al punto de comprenderles si hace veinte minutos estabas despotricando contra todos ellos? —inquirió Kalen, inclinándose hacia delante hasta acodarse en su escritorio, curioso por aquel cambio.

—Tú has dicho antes que el miedo y el odio traen las mismas consecuencias. Y yo puedo entender ambas emociones. Sé lo que es temer algo que te hace vulnerable, que te deja desprotegido; como también entiendo la aberración y la desconfianza, el no querer estar vinculado a algo que en cualquier momento puede volverse contra ti. Puedo asimilar las bases que dividieron a muggles y magos, pero no el cómo han dejado que desemboque en esto. Es decir, sí lo sé pero no lo entiendo, ¿tiene eso algún sentido?

—Más del que ves y menos del que crees que importa —contestó Kalen, sonriendo ante la nariz fruncida de su nieta por su tono críptico.

—Gracias, abuelo, eso ha sido muy revelador —replicó la joven, irónica, lanzándole una mirada enfurruñada.

—¿Qué gracia tendría que te revelase todos los misterios de la vida antes de que los experimentes por ti misma? Créeme, Tracey, ahora puede parecerte confuso y demasiado complicado pero, cuando llegues al final del camino, verás que es infinitamente más divertido haber llegado hasta allí por tu cuenta.

—También dijiste algo así de Hogwarts y mira lo que pasó —le recordó Tracey, picajosa, para acabar soltando un bufido exasperado—. ¿Qué demonios tenía Salazar en la cabeza para dejarnos un puñetero basilisco como legado? ¿No podría, no sé, haber montado una piscina subterránea exclusiva para sus adorados pupilos o, si tanto le gustaba la grandeza, alguna pista que nos guiara hasta ella una vez que él desapareciera?

Kalen desvió la vista, aprovechando que su nieta seguía refunfuñando sobre la poca practicidad de la herencia del Fundador de su Casa, girándose un poco mientras limpiaba la pipa para controlar su expresión antes de que la niña se diera cuenta de su titubeo. Aún era demasiado pronto para que lo averiguase, a él le costó años y recorrerse medio mundo para darse cuenta. Tal y como le había dicho tenía que dejar que, si llegaba, lo hiciera por sí misma. Y estaba seguro de que algún día lo haría, aunque tenía la sensación de que no estaría ahí para verlo.

Un pulcro y aún lacrado sobre cayó hasta el suelo desde su precaria posición encima de los papeles que tenía sobre el escritorio cuando cerró el cajón tras meter la pipa. A Kalen se le agrió la cara en cuanto reconoció el membrete del sello de cera.

—Rómpelo y tíralo a la chimenea. Por Merlín, qué pesados pueden llegar a ser —se quejó, levantándose y cerrando a golpe de varita el ventanal.

—Es una invitación para un evento benéfico la semana que viene…

—No, querida, es una invitación para una selecta y tremendamente aburrida fiesta en la que perder el tiempo con gente a la que no tengo ningún interés en ver cómo se critican y pavonean unos de otros. Ésta es una de las cosas que sí puedo desvelarte: no hay nada divertido en esas "reuniones sociales" —aleccionó el hombre, exagerando las comillas con los dedos y frunciendo la boca en una mueca de rechazo.

Sin embargo, y para su desgracia, Tracey no había hecho amago alguno de escucharle; se mantuvo sentada en el suelo, con el pergamino desplegado, leyéndolo detenidamente y formando una sonrisilla al ver la lista de familias invitadas.

—No —zanjó el anciano, nada más ver el hoyuelo formándose en la mejilla del lado de la cara que podía verle, antes de que terminara si quiera de leerlo—. Bajo ningún concepto, amenaza, tortura o rabieta. No vamos a ir y es mi última palabra sobre esto, Tracey Davis.

Y sin más emprendió el rumbo hacia el llamado de su cama en el piso de arriba, teniendo la vaga y extraña percepción de que el crujido de la madera bajo sus pies estaba en sintonía con la risa que solía soltar su madre antes de añadir, con retintín, sus «te lo dije». Maldito fuera su ojo interior.


Hasta aquí la serpiaventura de hoy.

Detalle número 1: Kalen Roxton, un completo OC gracias a la escasez de adultos Slytherin que no sean mortífagos o se sospeche de su afiliación con éstos. Kalen es un nombre irlandés que, si Internet no me ha timado, significa "el que posee las claves"; y respecto a su apellido se lo he cogido prestado a Conan Doyle y su personaje, Lord John Roxton, en "El mundo perdido". Espero que os haya gustado su presentación oficial.

Detalle número 2: La parte que cita Tracey es, como habréis visto, completamente textual al tercer libro de la saga. No he podido resistirme a meterla y transmitir un poco de la bilis que yo misma regurgité la segunda vez que lo leí (entendiendo todos los matices que implicaba ya).

Y no sé si me olvida algo más que puntualizar, si es así ya sabéis dónde podéis hacérmelo saber, guiño, codazo, ¿review al canto?