No se tenían más que la una a la otra. Despertaban cada día, aferradas al cuerpo de la otra como a un refugio de piedra- Lexa se sentía a salvo y Clarke se sentía salvada. Lexa necesitaba a Clarke más de lo que podía soportar, y, estar un segundo sin estar entre sus brazos, era un segundo sin respirar. Puede que sí tuvieran que haber parado cuando aún podían, porque ya era demasiado tarde. Lexa miró a Clarke desde el sofá, pensando en lo que experimentaba cada vez que lo hacía.
-Clarke, estoy enamorada de ti. –Clarke se giró rápidamente a mirarla, como si hubiera oído un estruendo saliendo de sus labios
-¿Cómo es que sabes eso?
-¿Cómo lo sabes tú? ¿No estás enamorada de mí? –El silencio de Clarke la desconcertó. -¿Has estado enamorada alguna vez?
-Sí.
-¿Y qué pasó?
-Murió. –A Lexa se le despegaron los labios e intentó respirar, pero sobre el pecho sentía un peso colosal que no la dejaba ensanchar el cuerpo.
-Lo siento.
-Yo te quiero. –Le dijo Clarke. –Sé que te quiero, más que a nada de lo que he querido nunca. Así que deja de pensar en lo que hubo antes de ti; porque realmente no es nada.
-¿Me quieres? –Sonrió.
-Sí.
-¿Cómo saldremos de esta?
-Encontraré una forma. –Sonrió. Lexa se sentó junto a ella y se acurrucó entre sus costillas y su brazo.
-Podríamos ir a París, o a Praga. Y dejar todo esto atrás, y empezar de nuevo… Conseguir un trabajo… -No funcionaba así. No podían entrar ilegalmente en un país y empezar a trabajar como si nada pasara. Pero quería dejar soñar a su princesa. Besó su frente y la abrazó.
Y no quedaba ya mucho para el juicio. Wallace insistía en no saber nada sobre el paradero de Lexa, aunque habían investigado su posible asesinato, al carecer de indicios; cadáver, sangre, cabellos… No podían imputarle los cargos. Jaha le pagó un buen abogado, uno reconocido en el país, para defenderle en el juicio que se celebraría poco después de Navidad.
-Clarke. –Susurró Lexa.
-Dime. –Respondió besando su hombro desnudo.
-Quiero hacerte una pregunta, pero prométeme que serás sincera, no importa cuál sea la respuesta. –Clarke suspiró, sabiendo lo que se le venía encima.
-Está bien.
-¿Qué pasará después del juicio? –Clarke la abrazó con fuerza. Cada vez que se le venía a la cabeza algo relacionado con Wallace, se imaginaba a Lexa lejos de ella. Se sentía perderla, después de los años de sufrimiento que le había costado encontrarla… No quería soltar a Lexa bajo ningún concepto, no ahora que todo sabía tan bien dentro de esa cárcel victoriosa.
-A no ser que el juez decida no aceptar un soborno de la mafia, cosa que dudo mucho, Wallace se librará de la cárcel. Cuando eso pase, transcurrirán alrededor de dos meses hasta que empiecen a planear la muerte de tu padre, de una forma escandalosa pero limpia, sin sicarios, sin balas a quemarropa. Algo limpio y calculado, que cause revuelo para que todos se enteren de que no se puede jugar con Jaha. Eso, si no te encuentran a ti antes. Si nos encuentran, nos matarán. O me matarán a mí y a ti te utilizarán para hacer daño a tu padre… No sé lo que serían capaces de hacer contigo. –Dijo con rabia.
-¿Y qué vamos a hacer?
-Esperar. Esperar al veredicto y después huir. Una vez salga el juicio encontraremos a alguien que pueda ayudarnos a salir del país. Ahora nadie quiere, todos tienen miedo de Jaha. Nos iremos de aquí.–Lexa se acurrucó en el hueco que formaba el pecho de Clarke y dejó caer una lágrima sobre la mano de Wanheda. –No llores, por favor.
-Estoy bien. –Sonrió ella intentando ser fuerte. –Me gustaría poder ver a mi padre una última vez, pero a la vez no sería capaz de mirarle a los ojos sabiendo que van a matarlo y que yo no haré nada más que huir. –Clarke la abrazó con calidez, una calidez abrupta e inocente.
-Quisiera poder hacer algo por él.
-Seremos libres. –Dijo ella estirando el brazo hacia atrás y acariciando la mejilla de Clarke. –Nadie intentará a hacernos daño de nuevo.
-Te quiero, Lexa.
-Hemos estado a punto de morir tantas veces que ya ni puedo contarlas. Llevo encerrada aquí más de medio año, y no veo a mi padre desde días antes de tocar tu puerta. Pero eres lo mejor que me ha pasado. Y no te cambiaría por nada, nada.
-Eh, mírame. –Le susurró apretando sus mejillas con la mano y moviendo su rostro ligeramente para que sus ojos se encontraran. Lexa la miró, abandonando sus pensamientos y todo su ser sobre la almohada para existir solo con Clarke. –Nada de lo que yo haga sería suficiente para darte lo que te mereces. Pero te juro, te juro por todo lo que existe, por todo lo que soy, que me levantaré cada mañana para luchar por lo que te mereces, para luchar por darte lo mejor. –Los pómulos de Lexa estaban elevados bajo la mano de Wanheda, y por eso sus lágrimas bañaron los dedos de la especialista, cuando la pelirroja la miraba con dolor y devoción a la vez.
-Clarke…
-No, cállate. –Le ordenó. –Tú te mereces algo mejor que yo, te mereces algo mejor del futuro que puedo darte. Y, si algún día te das cuenta de eso, te dejaré marchar para que seas feliz. Pero mientras te empeñes en estar a mi lado, te prometo que dejaré de ser todo lo que soy por ti, porque este error que cometes estando a mi lado, valga la pena.
Ocurrió así. Simplemente una mañana la vio arrastrarse adormilada hasta la cocina, solo con la parte de arriba del pijama celeste de los pingüinos… La vio juguetear con su propio pelo, darle un sorbo al té con los ojos vivaces brillando sobre la curva de la taza, y lo supo. Supo que aquella mujer no era un ser humano. Supo que la había enviado alguien para sacarla del infierno en el que llevaba desde siempre. Supo que quería existir con ella sin importar nada más. Supo que quería despertarse viendo su sonrisa durante el resto de sus días.
Llegó el día. El día de la sentencia. Wanheda sintonizó la vieja radio que le había regalado a Lexa por su cumpleaños y las dos se sentaron a escuchar la apelación de la fiscalía y de la defensa, para el posterior veredicto del jurado.
Se daban la mano como esperando malas noticias en la sala de espera de un hospital, mientras escuchaban primero al fiscal.
-Cage Wallace es un hombre sin principios. Desertó del ejército de su país de origen y entró a América para dedicarse a la delincuencia. Ha participado en lo asesinatos de nuestros políticos, jueces, directores y demás hombres de honor, maridos de sus mujeres y padres de sus hijos. Al fallar en su participación en el asesinato del empresario Gustus Woods, decidió redimirse ante la mafia secuestrando y probablemente asesinado a su hija Alexandria Woods, de veintiún años de edad.
Era una joven prometedora, con un brillante futuro por delante. Le gustaba montar a caballo y leer. Ahora tendría veintidós años si no hubiéramos dejado que un hombre que se escapó de su país por delincuente, entrara en nuestra América para acabar con la vida de personas inocentes.
Su padre jamás volverá a verla sonreír. Está en las manos de ustedes, señoras y señores del jurado, impedir que este criminal vuelva a arruinar la vida de más americanos. Confío en que tomarán la decisión adecuada.
Turno de la defensa.
-¿Es así como tratamos a los ciudadanos entregados que sirven en nuestro país, pagan sus impuestos y se sacrifican por América considerándola su propio hogar? ¿Condenándolos sin ni una sola prueba?
Está claro que si pretendemos hacernos valer, dar un nombre a este imperio, hacernos un hueco entre las mayores potencias mundiales, no lo conseguiremos si coartamos y quemamos las alas de aquellos que dan la vida por esta tierra.
Cage Wallace es un luchador, es un superviviente, es un alma caritativa que ahora tiene que pagar por los errores que comete la gente a la que intentaba ayudar. Prestó su nombre para que una pobre muchacha de la calle, que vivía fuera del sistema, pudiera subsistir en un hogar digno. Y ella se lo pagó secuestrando a una muchacha y manchando el nombre de la única persona que la ayudó; Cage Wallace.
Es mucho más fácil culpar al inocente, al indefenso, a quien intentó hacer el bien, que reunir nuestras fuerzas para encontrar a la verdadera culpable de todo esto. Una mujer sin rostro, sin nombre, de quien solo se conoce su grupo sanguíneo ha arrebatado de los brazos de un padre, a una chica inocente. ¿Vamos a encontrarla y hacer justicia, o vamos a dejarla escapar por inculpar a un hombre que simplemente estaba en el lugar equivocado?
Era hora de que el jurado deliberase. No pasaron ni dos horas hasta que la decisión estuvo tomada. Cage Wallace se enfrentaba a dieciocho años de cárcel por secuestrar a una joven y negarse a contribuir en su búsqueda. El honorable juez ordenó a los miembros del jurado a ponerse de pie y dictar la sentencia.
-Nosotros, el jurado, en representación de cada ciudadano de este país, habiendo conocido las causas y argumentos tanto de la parte defensora como de la acusadora, hemos valorado las evidencias. Y declaramos al acusado… Inocente de los cargos que se le imputan.
No se oían más que gritos de celebración en la sala. Se anunció que el juez abandonaba el lugar y Clarke no hizo más que apagar el aparato y mirar a Lexa. Sí. Era la sentencia que estaban esperando, justo lo que suponían que sucedería, pero aun así no dejaba de causarles miedo y dolor. Sobre todo porque ahora el pueblo reclamaría a un culpable para la desaparición de una inocente joven arrebatada de los brazos de su padre.
Lexa la abrazó. Esa noche se fueron a dormir en cuanto la luna acarició el cielo. Clarke fingió estar en paz, pero en su cerebro, una idea maligna en forma de gusano destructor empezaba a carcomer. ¿Estaba dispuesta a llevarse a Lexa para siempre? ¿Obligarla a huir de su propio lugar? ¿Condenarla a vivir escondiéndose toda su vida? No podía hacer eso, no por mucho que desearla tenerla en su vida por el resto de sus días. Lexa era una joven prometedora con un futuro brillante, tenía que terminar de estudiar, graduarse, formar una familia… Clarke no podía hacerle eso. No podía llevársela de allí, forzándola a vivir la vida que ella misma había vivido y que tantas lágrimas le había costado.
Se levantó con sigilo y escribió una nota para Lexa. "Si no estoy cuando despiertes, no hagas ninguna tontería. Volveré cuanto antes, tengo que encontrar algunas cosas antes de que empecemos a preparar el viaje". Si le decía la verdad, sabía que Lexa se rebelaría y patalearía para que cambiara de opinión, así que la engañó por su propio bien.
Lo dejó todo preparado y emprendió viaje para acabar con toda esa pesadilla.
